Lectura continuada del Evangelio de Marcos

Marcos 14, 37-42

37Y viene y los encuentra dormidos; y dice a Pedro: “Simón, ¿duermes? ¿No has tenido fuerzas para velar ni una hora? 38Velad y orad para que no caigáis en la tentación: el espíritu está presto, pero la carne es débil”. 39Y, yéndose de nuevo, oraba diciendo las mismas palabras.

40Y viniendo de nuevo, los encontró dormidos, porque sus ojos estaban sobrecargados, y no sabían qué responderle.

41Y viene por tercera vez y les dice: “¿Vais a dormir y descansar el resto de la noche? ¿Acaso está lejos [la hora]? ¡Ha venido la hora! He aquí que el Hijo del hombre es entregado en manos de los pecadores. 42¡Levantaos, vámonos! He aquí que está llegando el que me entrega!”.

14,37-42: Jesús, sin embargo, no obtiene ayuda de sus seguidores en tiempo de necesidad. La segunda mitad de la perícopa se centra en los intentos infructuosos de Jesús de despertarlos para que le ofrezcan compañía y salvaguardar así la propia salud espiritual de sus discípulos. Este intento comienza cuando Jesús vuelve de su oración, en la que invoca a su Padre (Abba) y encuentra a sus discípulos dormidos (14,37a). Es el segundo indicio (el primero fue la conclusión de la plegaria misma) de que la respuesta a su oración será un «no»; Dios no apartará la copa del sufrimiento de Jesús, ni proveerá compañía durante sus pruebas. Así pues, esta sección del relato de Getsemaní ha sido titulada con acierto «El silencio de Dios». Jesús, en medio de este terrible silencio divino y confrontado al grupo durmiente de sus antiguos devotos, se dirige a Pedro con palabras pensadas para todos los discípulos, como evidencia el cambio de la segunda persona singular en 14,37bc a la segunda plural en 14,38. Pedro sigue siendo así el discípulo representativo. Representa a un grupo de apóstoles que vacila en el borde de la apostasía, como se pondrá de manifiesto en las escenas siguientes, cuando los Doce huyan tras el prendimiento de Jesús (14,50; también 14,52) y Pedro lo niegue (14,66-72). Tal vez Jesús, al dirigirse a Pedro con su antiguo nombre, «Simón», esté insinuando esta incipiente apostasía; en vez de ser el «Roca», el fundamento eclesiástico del edificio de Jesús para la nueva edad, Pedro corre el peligro de volver a caer en la antigua, donde Satanás tiene el mando.

El retorno de Jesús a donde están los discípulos comienza con palabras que despiertan a Pedro y a la vez le informan de su estado: «¿Duermes? ¿No has tenido fuerzas para velar ni una hora?» (14,37bc). Pedro ha estado durmiendo en más de un sentido. Moviéndose desde el reproche hasta el remedio, Jesús prescribe vigilancia y oración de modo que no flaqueen en la prueba: «El espíritu está presto, pero la carne es débil» (14,38ab). Aquí se emplea de nuevo una locución escatológica; peirasmos es un término técnico para «la hora de la prueba que viene sobre el mundo entero, para probar a los habitantes de la tierra» (Ap 3,10).

El marco de guerra escatológica ayuda a explicar el creciente frenesí, implícito en los movimientos de Jesús al final de la escena. Este movimiento acelerado comienza con Jesús que se aleja para rezar por segunda vez, utilizando las mismas palabras que antes (14,39); por tanto, Jesús busca aún la huida de «la hora» y de «la copa».

Cuando vuelve de nuevo a los discípulos, encuentra que sus ojos están «sobrecargados» (14,40), otra indicación probable de tribulación escatológica y de la opresión satánica. Así pues Jesús, que sufre todavía por su aislamiento y por el peso de la crisis escatológica, despierta al parecer a los discípulos una vez más, aunque no se relate. Su respuesta perpleja («y no sabían qué responderle», 14,40c) evoca la escena de la Transfiguración en 9,6: no comprenden la gloria transcendente de Jesús, ni su vulnerabilidad humana, aunque estas sean características inseparables de la nueva edad de Dios. El siguiente versículo (14,41a) implica que Jesús, incapaz de despertarlos para la acción, se marcha a rezar por tercera vez; los lectores atentos pueden vincular así la experiencia de Jesús en Getsemaní con un modelo bíblico de petición angustiada y triple (cf. Sal 55,17; 2Cor 12,8-9). Las palabras de conclusión de Jesús manifiestan que acepta su destino.

Este sustancial anuncio conclusivo tiene varios aspectos importantes. Primero, proclama el advenimiento escatológico: «¡Ha llegado la hora!» (14,41b). Segundo, vincula este advenimiento con la «entrega» del Hijo del Hombre a los «pecadores» presumiblemente para ser asesinado (14,41c). Sin embargo, el rompecabezas teológico central del pasaje es lo que se dice del Hijo del Hombre, a saber, que va a ser «entregado en manos de los pecadores» (14,41c). La expresión «entregado en manos de» es frecuente en el AT. El sujeto explícito o implícito es generalmente Dios, que entrega a sus enemigos en manos de Israel en la guerra santa, o que entrega a Israel a sus enemigos cuando ha pecado y merece el castigo. «Entregar en manos de», por tanto, es lo contrario de la salvación y el equivalente del juicio. Por esta razón, lo que Jesús profetiza es lo contrario de lo que el fiel espera; nuestro pasaje representa una inversión de lo que se esperaba normalmente para el eschaton: los pecadores serían entregados al justo, no al contrario.

Es más paradójico hablar del Hijo del Hombre que va a ser entregado en manos de los pecadores. Constituye una llamativa inversión de Dn 7,13-14, donde se entrega a «un como un hijo de hombre el reino, la gloria y la realeza; y todos los pueblos, naciones y lenguas lo servirán», incluidas las perversas naciones que han oprimido a Israel. Así, la esperanza veterotestamentaria era que Dios habría de entregar a las naciones pecadoras en manos del Hijo de Dios / Hijo del Hombre; sin embargo, en nuestro pasaje Jesús anuncia lo contrario: el Hijo del Hombre está a punto de ser entregado en manos de los pecadores. Al hacerlo así, obrará una salvación diferente, al aceptar el juicio divino que va unido a la idea de ser entregado en manos de los pecadores.

Mas para que Jesús cumpla este acto de salvación, debe morir; y para que esto ocurra, debe ser entregado a las autoridades por alguien de su círculo íntimo. En la conclusión de nuestro texto se anuncia esta traición como inminente (14,42b), y sucederá inmediatamente en el siguiente pasaje.