II Vísperas – Domingo XIV de Tiempo Ordinario

II VÍSPERAS

DOMINGO XIV TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. 
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Nos dijeron de noche
que estabas muerto,
y la fe estuvo en vela
junto a tu cuerpo

La noche entera
la pasamos queriendo
mover la piedra.

Con la vuelta del sol,
volverá a ver la tierra
la gloria del Señor.

No supieron contarlo
los centinelas:
nadie supo la hora
ni la manera.

Antes del día.
se cubrieron de gloria
tus cinco heridas.

Con la vuelta del sol,
volverá a ver la tierra
la gloria del Señor.

Si los cinco sentidos
buscan el sueño,
que la fe tenga el suyo
vivo y despierto.

La fe velando,
para verte de noche
resucitando.

Con la vuelta del sol,
volverá a ver la tierra
la gloria del Señor.

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. Cristo, sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec. Aleluya.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Cristo, sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec. Aleluya.

SALMO 113B: HIMNO AL DIOS VERDADERO

Ant. Nuestro Dios está en el cielo, y lo que quiere lo hace. Aleluya.

No a nosotros, Señor, no a nosotros,
sino a tu nombre da la gloria,
por tu bondad, por tu lealtad.
¿Por qué han de decir las naciones:
«Dónde está su Dios»?

Nuestro Dios está en el cielo,
lo que quiere lo hace.
Sus ídolos, en cambio, son plata y otro,
hechura de manos humanas:

Tienen boca, y no hablan;
tienen ojos, y no ven;
tienen orejas, y no oyen;
tienen nariz, y no huelen;

Tienen manos, y no tocan;
tienen pies, y no andan;
no tiene voz su garganta:
que sean igual los que los hacen,
cuantos confían en ellos.

Israel confía en el Señor:
él es su auxilio y su escudo.
La casa de Aarón confía en el Señor:
él es su auxilio y su escudo.
Los fieles del Señor confían en el Señor:
él es su auxilio y su escudo.

Que el Señor se acuerde de nosotros y nos bendiga,
bendiga a la casa de Israel,
bendita a la casa de Aarón;
bendiga a los fieles del Señor,
pequeños y grandes.

Que el Señor os acreciente,
a vosotros y a vuestros hijos;
benditos seáis del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.
El cielo pertenece al Señor,
la tierra se la ha dado a los hombres.

Los muertos ya no alaban al Señor,
ni los que bajan al silencio.
Nosotros, sí, bendeciremos al Señor
ahora y por siempre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Nuestro Dios está en el cielo, y lo que quiere lo hace. Aleluya.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: LAS BODAS DEL CORDERO

Ant. Alabad al Señor, sus siervos todos, pequeños y grandes. Aleluya.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios,
porque sus juicios son verdaderos y justos.
Aleluya.

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos,
los que le teméis, pequeños y grandes.
Aleluya.

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo,
alegrémonos y gocemos y démosle gracias
Aleluya.

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero,
Su esposa se ha embellecido.
Aleluya.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre, 
por los siglos de los siglos.

Ant. Alabad al Señor, sus siervos todos, pequeños y grandes. Aleluya.

LECTURA: 2Ts 2, 13-14

Debemos dar continuas gracias a Dios por vosotros, hermanos amados por el Señor, porque Dios os escogió como primicias para salvaros, consagrándoos con el Espíritu y dándoos fe en la verdad. Por eso os llamó por medio del Evangelio que predicamos, para que sea vuestra la gloria de nuestro Señor Jesucristo.

RESPONSORIO BREVE

R/ Nuestro Señor es grande y poderoso.
V/ Nuestro Señor es grande y poderoso.

R/ Su sabiduría no tiene medida.
V/ Es grande y poderoso.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Nuestro Señor es grande y poderoso.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. «Mi yugo es llevadero y mi carga ligera», dice el Señor.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. «Mi yugo es llevadero y mi carga ligera», dice el Señor.

PRECES

Demos gloria y honra a Cristo, que puede salvar definitivamente a los que, por medio de él, se acercan a Dios, porque vive siempre para interceder a favor nuestro, y digámosle con plena confianza:

Acuérdate de tu pueblo, Señor.

Señor Jesús, Sol de justicia que ilumina nuestras vidas, al llegar al umbral de la noche, te pedimos por todos los hombres; 
— que todos lleguen a gozar eternamente de tu luz, que no conoce el ocaso.

Guarda, Señor, la alianza sellada con tu sangre,
— y santifica a tu Iglesia, para que sea siempre inmaculada y santa.

Acuérdate de esta comunidad aquí reunida,
— y que tú elegiste como morada de tu gloria.

Que los que están en camino tengan un viaje feliz 
— y regresen a sus hogares con salud y alegría.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Acoge, Señor, las almas de los difuntos
— y concédeles tu perdón y la vida eterna.

Terminemos nuestra oración con las palabras del Señor:
Padre nuestro…

ORACION

Oh Dios, que por medio de la humillación de tu Hijo levantaste a la humanidad caída, concede a tus fieles la verdadera alegría, para que quienes han sido librados de la esclavitud del pecado alcancen también la felicidad eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Venid a mí quienes estáis cansadas/os y agobiadas/os

Para entender estas palabras de Jesús hay que retomar lo que Mateo narra en los versículos anteriores. Al comienzo del capítulo 11 (11, 1,7) los discípulos de Juan el Bautista se acercan al Maestro para preguntarle si él es el Mesías. Jesús no responde directamente, sino que los remite a su actividad y a su palabra y los invita a discernir si lo que él hace responde a lo que la Escritura dice sobre los signos que acompañan a quien es enviado de Dios. (Is 35, 5-6; 42, 18). A continuación, se dirige a las personas que se ha congregado en torno a él y las confronta sobre sus expectativas frente a Juan el Bautista y frente a él mismo. Para Jesús el pueblo está ciego y busca a tientas esperanza, pero no sabe leer los signos de los tiempos (11, 8, 19).

Jesús está experimentando con fuerza la incomprensión de su mensaje. En algunas ciudades de Galilea no han creído en su palabra y no han acogido los signos que ha realizado para hacer visible el reino de Dios. Esta experiencia le lleva a pronunciar palabras muy duras contra dos de ellas: Corazaín y Betsaina porque han tenido la oportunidad de creer y la han rechazado (11, 20-24). 

Ante todo eso, Jesús se dirige a su Padre/Madre Dios agradeciéndole que los pequeños y sencillos hayan podido encontrar esperanza y salvación en su mensaje y en sus actuar. Los que aparecen como sabios y entendidos han puesto sus intereses por delante de la oferta de Dios y no han podido acogerla ni entender que él es su enviado (Is 29,9-24),

En medio del cuestionamiento Jesús experimenta con profunda emoción que Dios ha optado desde siempre por los/as más desvalidos/as, por los/as pobres, los/as marginados/as que no tienen a quien acudir, por eso sus curaciones, sus comidas con pecadores/as, su denuncia de la injusticia son expresión de esa preferencia de su Abba. Él se reconoce como hijo del Dios Padre/Madre que lo ha enviado e invita a quienes lo escuchan a reconocer esa filiación.

En el mundo antiguo el mayor orgullo de un hijo es parecerse a su Padre, es continuar su obra y aumentar su honorabilidad en su familia y en la sociedad. Con su conducta Jesús está imitando a su Padre y se está declarando digno hijo de tan buen Padre. No es por tanto su capricho actuar así, sino que porque conoce a su Padre/Madre sabe que su misión es restaurar, reconciliar, sanar y salvar.

Tradicionalmente en la religiosidad de Israel recitar y vivir el shema(Dt 6, 4-25) se interpretaba como llevar el yugo del reino de los cielos. Encontrarse con un Dios que acompaña, cuida y ama es no solo una experiencia liberadora sino una responsabilidad y un compromiso. Jesús evoca esta imagen del yugo para remitir a sus oyentes a la experiencia fundante de su fe pero también para ampliar la interpretación que hacen de ella.

Jesús sabe que en su sociedad (como en la nuestra) unos pocos oprimen, abusan y esclavizan a muchos y que la religión muchas veces se convierte en una carga que dobla la vida, que impide encontrase con ese Dios que consuela, perdona y salva. Por eso se indigna Jesús, porque muchos/as prefieren vivir de una religión que alivia pero que no pide grandes esfuerzos, escogen relacionarse con un Dios al que se le puede satisfacer con oraciones y ofrendas, pero olvidan que Dios es gratuidad, amor y perdón. Por eso Jesús los invita a llevar su yugo, a dejarse guiar por él porque Dios quiere aligerar nuestras cargas, consolarnos, animarnos…

“¿Cómo hacerles entender que de Ti nunca nacerá nada que les limite o les agobie, porque tú eres un Dios que quiere hacer ligeras sus cargas y que no les pides penosas ascensiones a montañas sagradas, ni templos en los que pagar diezmos, ni altares donde inmolar holocaustos? Por eso cuando los veo preguntándose cómo agradarte, les recuerdo las palabras de miqueas: lo que el Señor espera de vosotros no son humillaciones ni postraciones, sino que caminéis humildemente junto a Él aprendiendo de su ternura y su justicia.

Porque Tú no buscas criados que te sirvan, sino hijos con los que compartir el sueño de tu Reino, colaboradores entusiasmados por hacerlo llegar a todos los que están esperando, tirados en las cunetas de los caminos” (Dolores Aleixandre, Dame a conocer tu rostro (Gn 32, 30. Imágenes bíblicas para hablar de Dios, pág. 46)

Jesús finalmente invita a aprender de él, a ser sus discípulas/os y a ofrecer junto a él palabras y gestos de consuelo, caminos de liberación y perdón y experiencias de gratuidad y encuentro. Todo ello hoy cargado especialmente de sentido. En estos tiempos difíciles que seguimos viviendo no son ofrendas y holocaustos a Dios lo que el hermano o la hermana que sufre necesita, sino que cada una y cada uno de nosotros, discípulas/os de Jesús escuchemos su Palabra, imitemos su conducta y seamos consuelo, esperanza, reconciliación…cada día y con quien lo necesite.

Por eso te alabo Padre/Madre…

Carme Soto Varela, ssj

Dios no puede revelarse ni esconderse

“Te doy gracias, Padre, porque…” Lo importante no es la acción de gracias en sí sino el motivo. Jesús no puede afirmar que Dios da a algunos lo que niega a otros. Lo que quiere decir es que, el Dios de Jesús no puede ser aceptado más que por la gente sencilla y sin prejuicios. Los engreídos, los soberbios, los sabios tienen capacidad para crearse su propio Dios. Los “sabios y entendidos” eran los especialistas de la Ley. Su pretendido conocimiento de Dios les daba derecho a sentirse seguros, poseedores de la verdad. No tenían nada que aprender pero eran los únicos que podían enseñar.

¿Quiénes eran los sencillos? “El “nepios” griego tiene muchos significados, pero todos van en la misma dirección: infantil, niño, menor de edad, incapaz de hablar; y también: tonto, infeliz, ingenuo, débil. No tenía capacidad de razonamientos y les faltaba la mínima preparación para desplegarla. En todos descubrimos la ausencia de cálculo, la falta de doblez o segundas intenciones. Para la élite religiosa, los sencillos eran unos malditos, porque no conocían la Ley, y por lo tanto no podían cumplirla. Los sencillos eran los “sin voz”, “la gente de la tierra”. Según dice el Papa Francisco, los descartados.

Estas cosas son las experiencias de Dios que Jesús vivió y que nos quiere transmitir. No se trata de conocimiento sino de experiencia profunda. “Todo me lo ha entregado mi Padre…” Ese conocimiento de Dios no es fruto del esfuerzo humano, sino puro don; aunque no se niegue a nadie. El error de nuestra teología, fue creer que conocíamos a Jesús porque conocíamos a Dios; si Jesús era Dios, ya sabíamos lo que era Jesús. El texto nos dice que la única manera de conocer a Dios es aproximarnos a Jesús, pero no por conocimiento sino por haber hecho nuestra la experiencia de Dios que él tuvo.

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados que yo os aliviaré. La imagen de yugo se aplicaba a la Ley, que, tal como la imponían los fariseos, era ciertamente insoportable. El hombre desaparecía bajo el peso de más de 600 preceptos y 5.000 prescripciones, además de las tradiciones que eran innumerables y sumían a la gente en la imposibilidad de cumplirlas. Para los fariseos, la Ley era lo único absoluto. Jesús dice lo contrario: “El sábado está hecho para el hombre, no el hombre para el sábado”. La principal tarea de Jesús es liberar al hombre de las ataduras religiosas.

Mi yugo es llevadero y mi carga ligera. Jesús libera de los yugos y las cargas que oprimen al hombre y le impiden ser él mismo. No propone una vida sin esfuerzo; Sería engañar al ser humano que tiene experiencia de las dificultades de la existencia. Sin esfuerzo no hay verdadera vida humana. No es el trabajo exigente lo que malogra una vida, sino los esfuerzos que no llevan a ninguna plenitud. Todo lo que hagamos a favor del hombre se convertirá en felicidad porque traerá plenitud y felicidad.

Jesús propone un “yugo” pero no de opresión que vaya contra el hombre, sino para desplegar todas sus posibilidades de ser más humano. Jesús quiere ayudar al ser humano a desplegar su ser sin opresiones. El yugo y la carga serían como el peso de las alas para el ave. Claro que las alas tienen su peso, pero si se las quitas, ¿con qué volará? El motor de un avión es una tremenda carga, pero gracias a ese peso el avión vuela. Nuestras limitaciones son las que nos permiten avanzar hacia la meta.

Lo que acabamos de leer es evangelio (buena noticia). No hemos hecho caso a este mensaje. En cuanto pasaron los primeros siglos de cristianismo, se olvidó totalmente este evangelio, y se recuperó “el sentido común”. Nunca más se ha reconocido que Dios se pueda revelar a la gente sencilla. Es tan sorprendente lo que nos acaba de decir Jesús, que nunca nos lo hemos creído. Dios no comparte con el hombre el conocimiento, sino su misma Vida. Los que no creen en la evolución pueden disfrutar de una buena salud.

Si Dios se revela a la gente sencilla, ¿Qué cauces encontramos en nuestra institución para que esa revelación sea escuchada? ¿No estamos haciendo el ridículo cuando seguimos siendo guiados por los “sabios y entendidos” que se escuchan más a sí mismos que a Dios? A todos los niveles estamos en manos de expertos. En religión, la dependencia es absoluta, hasta el punto de prohibirnos pensar por nuestra cuenta. Recordad la frase del catecismo: “doctores tiene la Iglesia que os sabrán responder”.

Jesús no propone una religión menos exigente. Esto sería tergiversar el mensaje. Jesús no quiere saber nada de religiones. Propone una manera de vivir la cercanía de Dios, tal como él la vivió. Esa Vida profunda es la que puede dar sentido a la existencia, tanto del listo como del tonto, tanto del sabio como del ignorante, tanto del rico como del pobre. Todo lo que nos lleve a plenitud, será ligero. Este camino de sencillez no es fácil.

Los cansados y agobiados eran los que intentaban cumplir la Ley, pero fracasaban en el intento. De esas conciencias atormentadas abusaban los eruditos para someterlos y oprimirlos. Nada ha cambiado desde entonces. Los entendidos de todos los tiempos siguen abusando de los que no lo son y tratando de convencerles de que tienen que hacerles caso en nombre de Dios. Pío IX dijo: “solo hay dos clases de cristianos, los que tienen el derecho de mandar y los que tienen la obligación de obedecer”. Hoy ningún jerarca repetiría esas palabras, pero en la práctica, todos actúan desde esa perspectiva.

Descubramos en qué medida separamos la fe de la vida, la experiencia del conocimiento, el amor del culto, la conciencia de la moralidad, etc. Los predicadores seguimos imponiendo pesados fardos sobre las espaldas de los fieles. Nuestro anuncio no es liberador. Seguimos confiando más en los conocimientos teológicos, en el cumplimiento de unas normas morales y en la práctica de unos ritos, que en la sencillez de sabernos en Dios. Seguimos proponiendo como meta la “Ley”, no la Vida.

La gran carencia de nuestra comunidad hoy es la falta de experiencia interior. Pero esa situación nunca se podrá superar insistiendo en la doctrina, condenando a los que se atreven a discrepar de la doctrina oficial o imponiendo documentos que tratan de zanjar cuestiones discutibles. Lo que hay que enseñar a los cristianos es a vivir la experiencia del Dios de Jesús. Solo ahí encontraremos la liberación de toda opresión. Solo teniendo la misma vivencia de Jesús, descubriremos la libertad para ser nosotros mismos.

Meditación

Jesús conoce al Dios interior y nos lo puede revelar.
Debemos buscarlo en lo hondo de nuestro ser
y aceptar ese Dios como el único que puede liberarnos.
Todo dios que venga de otra parte será opresor.
Mientras más agobiados nos sintamos,
más necesitamos al Dios de Jesús que es el nuestro.

Fray Marcos

Comentario – Domingo XIV de Tiempo Ordinario

El evangelio de hoy se abre con una exclamación jubilosa. Jesús da gracias al Padre porque ha escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las ha revelado a la gente sencilla. ¿Qué cosas son esas? Las cosas relativas a Dios y a sus planes: lo que forma parte de su mensaje, aquello que él predica en sus parábolas y en sus discursos. Ese mensaje ha calado entre los sencillos con cierta facilidad, pero ha encontrado mucha resistencia entre los escribas y fariseos, precisamente los entendidos en las Escrituras judías, los especialistas en materia religiosa. Estos, anclados en sus tradiciones, encuentran mucha dificultad en aceptar la novedad representada por Jesús y su palabra. De hecho, se opusieron al espíritu reformista acerca de la Ley, el Sábado, las tradiciones de los mayores, el culto judío, que encarnaba este maestro singular y atípico.

A sus ojos, Jesús aparecía como un introductor de novedades peligrosas para la estabilidad del sistema judío, como un innovador heterodoxo. Por eso Caifás dirá: Es preferible que muera uno por el pueblo. El saber de estos entendidos: su modo de entender la religión (es decir, a Dios), sus tradiciones, su conocimiento de las ciencias sagradas, sus prejuicios, les impedían acoger con docilidad intelectual la novedad -no obstante ser una novedad que enlazaba con la más genuina tradición profética del Antiguo Testamento- del mensaje de Jesús, con su enorme carga profética y renovadora. Aceptar a Jesús como enviado de Dios suponía tener que cambiar de mentalidad y de criterios, suponía metanoia, conversión en muchos aspectos de la vida; suponía, por ejemplo, tener que cambiar su visión de Dios y del culto, que era más importante la misericordia que los sacrificios, que a los pecadores había que tratarlos como enfermos curables no como a desahuciados. Cambiar estas cosas que habían pasado a formar parte de la propia vida y personalidad no era nada fácil.

Y no es que Dios esconda su rostro y sus planes a los sabios y entendidos. Es más bien que estos, creyendo conocerlo todo acerca del mundo, del hombre o de Dios, se niegan a aceptar otro conocimiento que no sea el ya adquirido por ellos, otra revelación que escape a sus esquemas mentales (y tradicionales). Lo que aleja a esta ciencia, como a toda ciencia, de la fe no es su saber, sino su engreimiento, su absolutización, su no reconocimiento de los propios límites, en definitiva, su falta de humildad. Porque es la humildad la que hace que los sencillos acojan a Jesús como el maestro cabal de las cosas de Dios. Y esto es lo que provoca su exclamación jubilosa: Te doy gracias, Padre, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla.

Para aprender, en cualquier campo del saber, es imprescindible la humildad. Sólo la humildad nos hace receptivos, también y mucho más tratándose de la palabra de Dios, esa palabra que se refiere a lo más misterioso de la realidad, a su mismo fundamento. Pero ¿qué persona puede haber más capacitada para hablarnos de Dios que su Hijo? Nadie conoce al Padre sino el Hijo. Nadie puede conocer a Dios mejor que el Hijo de Dios. Una vez aceptado como tal, dependemos enteramente de su revelación para obtener el verdadero conocimiento de Dios. No tenemos mejor vía de conocimiento de Dios que Jesucristo. Pero, para aceptar la palabra de Jesús como la expresión humana de la verdad de Dios se requiere humildad, porque tal verdad sólo puede ser creída, no demostrada. Pero puede ser creída porque es creíble -a pesar de lo increíble de la Encarnación-, aunque no sea estrictamente demostrable. Se trata, pues, de una verdad testimonial, una especie de confesión personal de alguien que nos merece credibilidad, porque ha dado pruebas suficientes en su vida de que es fiable.

El que acoge esta verdad halla descanso intelectual (porque la inteligencia encuentra reposo en ella) y afectivo (porque es la verdad de alguien que nos ama por encima de todo límite y condición y que responde a nuestra necesidad más profunda de afecto, a nuestra sed insaciable de amor). Por eso, Jesús nos invita a reposar en él: Venid a mí, todos los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviaré; a reposar en él y a aprender de él mansedumbre y humildad. Sin mansedumbre y sin humildad no es posible hallar el descanso pretendido. Jesús sólo puede otorgarnos el descanso si desistimos de la soberbia y de la ira, pues éstas son siempre factores de perturbación y de inquietud. Sólo por la vía de la mansedumbre es posible hallar descanso. Si lo hacemos así, si aprendemos de él mansedumbre y humildad, si lo acogemos como portador de la verdad de Dios, comprobaremos su verdad en nuestra vida y hallaremos el descanso deseado.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Directorio para el Ministerio Pastoral de los Obispos «Apostolorum Successores»

116. La formación de los fieles laicos.

De la importancia que hoy tiene la acción de los laicos surge la necesidad de proveer en amplia medida a su formación, la que debe ser una de las prioridades de los proyectos y programas diocesanos de acción pastoral.(348) El Obispo sabrá proveer generosamente a este gran desafío, apreciando adecuadamente las autónomas iniciativas de otras instituciones jerárquicas de la Iglesia, de los Institutos de vida consagrada, de las asociaciones, movimientos y otras realidades eclesiales, así como promoviéndolas directamente, solicitando la colaboración de sacerdotes, consagrados, miembros de Sociedades de vida apostólica y laicos bien preparados en cada área, de modo que todas las instancias diocesanas y los ambientes formativos trabajen con generosidad y se pueda llegar capilarmente a un gran número de fieles: parroquias, instituciones educativas y culturales católicas, asociaciones, grupos y movimientos.

Se ha de preocupar, en primer lugar, de la formación espiritual de los laicos, con medios antiguos y nuevos (ejercicios y retiros espirituales, encuentros de espiritualidad, etc.) que los conduzcan a considerar las actividades de la vida ordinaria como ocasión de unión con Dios y del cumplimiento de su voluntad, y también como servicio a los hombres, llevándolos a la comunión con Dios en Cristo. A través de cursos y conferencias se les dé una suficiente formación doctrinal, que les brinde una visión, lo más amplia y profunda posible, del misterio de Dios y del hombre, sabiendo insertar en aquel horizonte la formación moral, que comprenda la ética profesional y la doctrina social de la Iglesia. En fin, no se pierda de vista la formación en los valores y en las virtudes humanas, sin las cuales no puede darse una auténtica vida cristiana, que son prueba ante los hombres del carácter salvífico de la fe cristiana. Todos estos aspectos de la formación de los laicos deben estar orientados a despertar en ellos un profundo sentido apostólico, que los lleve a transmitir la fe cristiana con el propio testimonio espontáneo, con franqueza y entusiasmo.(349)


348 Cf. Codex Iuris Canonici, cans. 217-218; 329; Juan Pablo II, Exhortación Apostólica postsinodal Christifideles laici, 57.

349 Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto Apostolicam Actuositatem, 4; 28-32; Juan Pablo II, Exhortación Apostólica postsinodal Christifideles Laici, 17, 60, 62; Carta Encíclica Redemptoris Missio, 42-45; Exhortación Apostólica postsinodal Pastores Gregis, 51.

Lectio Divina – Domingo XIV de Tiempo Ordinario

La Buena Noticia del Reino de Dios revelada a los pequeños
El espejo del evangelio nos hace entender lo que acontece hoy
Mateo 11,25-30

1. Oración inicial

 Señor Jesús, envía tu Espíritu, para que Él nos ayude a leer la Biblia en el mismo modo con el cual Tú la has leído a los discípulos en el camino de Emaús. Con la luz de la Palabra, escrita en la Biblia, Tú les ayudaste a descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos dolorosos de tu condena y muerte. Así, la cruz, que parecía ser el final de toda esperanza, apareció para ellos como fuente de vida y resurrección.

Crea en nosotros el silencio para escuchar tu voz en la Creación y en la Escritura, en los acontecimientos y en las personas, sobre todo en los pobres y en los que sufren. Tu palabra nos oriente a fin de que también nosotros, como los discípulos de Emaús, podamos experimentar la fuerza de tu resurrección y testimoniar a los otros que Tú estás vivo en medio de nosotros como fuente de fraternidad, de justicia y de paz. Te lo pedimos a Tí, Jesús, Hijo de María, que nos has revelado al Padre y enviado tu Espíritu. Amén.

2.Lectura

a) Una clave de lectura:

Cuando Jesús se dio cuenta que los pequeños entendían la buena nueva del Reino, se alegró intensamente.
Espontáneamente se dirigió al Padre con una plegaria de acción de gracias e hizo una invitación generosa a todos los que sufren, oprimidos por el peso de la vida. El texto revela la ternura de Jesús al acoger a los pequeños y su bondad al ofrecerse a los pobres como fuente de reposo y de paz.

b) Una división del texto para ayudar a la lectura:

Mt 11,25-26; Oración de acción de gracias al Padre
Mt 11,27; Jesús se presenta como el camino que lleva al Padre
Mt 11,28-30; Invitación a todos los que sufren y a los oprimidos

c) El texto:

25-26: En aquel tiempo, tomando Jesús la palabra, dijo: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito.
27: Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
28-30: «Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera.»

3. Un momento de silencio orante

para que la Palabra de Dios pueda entrar en nosotros e iluminar nuestra vida.

4. Algunas preguntas

para ayudarnos en la reflexión personal.

a) ¿Cuál es el punto del texto que más ha llamado mi atención y que más me gusta?
b) En la primera parte (25-27), Jesús se dirige al Padre. ¿Qué imagen del Padre revela en su oración? ¿Cuáles son los motivos que le empujan a dar alabanza a Dios? Y yo ¿qué imagen tengo de Dios? ¿Cómo y cuándo alabo al Padre?
c) ¿A quién se dirige Jesús en la segunda parte (28-30)? ¿Cuál es el yugo que mayormente pesaba sobre el pueblo de aquel tiempo? Y ahora ¿cuál es el yugo que más cansa?
d) ¿Cuál es el yugo que me da descanso?
e) ¿Cómo pueden las palabras de Jesús ayudar a nuestra comunidad a ser un lugar de reposo para nuestras vidas?
f) Jesús se presenta como revelador y como camino al Padre. ¿Quién es Jesús para mí?

5. Una clave de lectura

para aquéllos que quieran profundizar más en el tema.

a) El contexto literario de las palabras de Jesús: capítulos 10-12 del Evangelio de Mateo.

* En el Evangelio de Mateo, el discurso de la Misión ocupa todo el capítulo 10. En la parte narrativa que sigue después de los capítulos 11 y 12, donde se describe cómo Jesús realiza la Misión, aparecen incomprensiones y resistencias que Jesús debe afrontar. Juan Bautista, que miraba a Jesús con una mirada del pasado, no lo comprende (Mt 11, 1-15). El pueblo, que miraba a Jesús sólo por interés, no es capaz de entenderlo (Mt 11, 16-19). Las grandes ciudades en torno al lago, que habían oído la predicación y habían visto los milagros, no quieren abrirse a su mensaje (Mt 11, 20-24). Los escribas y doctores que juzgaban todo a partir de su ciencia, no son capaces de entender la predicación de Jesús (Mt 11,25). Ni siquiera los parientes lo entienden (Mt 12,46-50) Sólo los pequeños entienden y aceptan la buena nueva del Reino (Mt 11,25-30). Los otros quieren sacrificios, pero Jesús quiere misericordia (Mt 12,8). La resistencia contra Jesús lleva a los fariseos a intentar matarlo (Mt 12,9-14). Ellos lo llaman Beelzebul (Mt 12, 22-32). Pero Jesús no cede; él continúa asumiendo la misión del Siervo, descrito por el profeta Isaías (Is 43, 1-4) y citado al completo por Mateo (Mt 12, 15-31).

* Así, este contexto de los capítulos 10-12 sugiere que la aceptación de la buena nueva por parte de los pequeños es la realización de la profecía de Isaías. Jesús es el Mesías esperado, pero es diverso de lo que la mayoría imaginaba. No es el Mesías glorioso nacionalista, ni siquiera un juez severo, ni un Mesías rey poderoso. Sino que es el Mesías humilde y siervo que «no rompe la caña cascada, ni apagará la mecha humeante» (Mt 12,20). Él proseguirá luchando, hasta cuando la justicia y el derecho prevalezcan en el mundo (Mt 12,18. 20-21). La acogida del Reino por parte de los pequeños es la luz que brilla (Mt 5,14), es la sal que da sabor (Mt 5,13), es el grano de mostaza que (una vez convertido en árbol grande) permitirá a las aves del cielo anidar entre sus ramas (Mt 13, 31-32).

b) Breve comentario a las palabras de Jesús:

* Mateo 11, 25-26: Sólo los pequeños pueden entender y aceptar la buena nueva del Reino.

De frente a la acogida del mensaje del Reino por parte de los pequeños, Jesús tiene un gran gozo y espontáneamente, transforma su gozo en una oración al Padre: «Te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a los sabios y discretos y las revelaste a los pequeñuelos. Sí, Padre, porque así te plugo». Los sabios, los doctores de aquel tiempo, habían creado una serie de leyes en torno a la pureza legal, que después imponían al pueblo en nombre de Dios (Mt 15, 1-9). Ellos pensaban que Dios exigía todas estas observancias, para que el pueblo pudiese tener paz. Pero la ley del amor, revelada por Jesús, afirmaba lo contrario. De hecho, lo que cuenta, no es lo que hacemos por Dios, sino más bien, ¡lo que Dios, en su gran misericordia, hace por nosotros! Los pequeños oían esta nueva noticia y se alegraban. Los sabios y doctores no conseguían entender tal clase de enseñanza. Hoy, como en aquel tiempo, Jesús está enseñando muchas cosas a los pobres y a los pequeños. Los sabios e inteligentes harán bien en convertirse en discípulos de estos pequeños.

¡Jesús oraba mucho! Oraba con los discípulos, oraba con el pueblo, oraba solo. Pasaba noches enteras en oración. Llegó a resumir todo su mensaje en una oración de siete peticiones, que es el Padre Nuestro. A veces, como en este caso, los evangelios nos informan del contenido de la oración de Jesús (Mt 11,25-26; 26-39; Jn 11,41-42; 17,1-26). Otras veces nos dan a conocer que Jesús rezaba los Salmos (Mt 26,30; 27,46). En la mayoría de los casos, sin embargo, dicen simplemente que Jesús oraba. Hoy por todas partes se están multiplicando los grupos de oración.
En el Evangelio de Mateo, el término pequeños (elachistoi, mikroi, nepioi) a veces indican a los niños, otras veces indica sectores excluídos de la sociedad. No es fácil distinguir. A veces lo que se llama pequeño en un evangelio, es llamado niño en otro. Además, no siempre es fácil distinguir entre lo que pertenece a la época de Jesús y lo que es, por el contrario, del tiempo de las comunidades para las que han sido escritos los evangelios. Pero, aun siendo esto así, lo que resulta claro es el contexto de exclusión que reinaba en aquella época y la imagen de persona acogedora de los pequeños que las comunidades primitivas tenían de Jesús.

* Mateo 11,27: El origen de la nueva Ley: el Hijo conoce al Padre
Jesús siendo el Hijo, conoce al Padre y sabe lo que el Padre quería, cuando en el pasado, había llamado a Abrahán y a Sara para formar un pueblo o cuando consignó la Ley a Moisés para reforzar la alianza. La experiencia de Dios como Padre ayudaba a Jesús a entender de una manera nueva las cosas que Dios había dicho en el pasado. Lo ayudaba a reconocer errores y límites, dentro de los cuales la buena nueva de Dios había estado prisionera de la ideología dominante. La intimidad con el Padre le ofrecía un criterio nuevo que lo colocaba en contacto directo con el autor de la Biblia. Jesús no iba de la letra a la raíz, sino de la raíz a la letra. Él buscaba el sentido en la fuente. Para entender el sentido de una carta es importante estudiar las palabras que contiene. Pero la amistad con el autor de la carta puede ayudar a descubrir una dimensión más profunda en esas palabras, que el solo estudio no es capaz de revelar.

* Mateo 11,28-30

Jesús invita a todos aquéllos que están cansados y promete su descanso. El pueblo de aquel tiempo, vivía cansado, bajo el doble peso de los impuestos y de las observancias exigidas por las leyes de pureza. Y Jesús dice: «Tomad sobre vosotros mi yugo y aprended de mi, que soy manso y humilde de corazón y hallaréis descanso para vuestras almas, pues mi yugo es blando y mi carga ligera». A través del Profeta Jeremías Dios había invitado al pueblo a investigar en el pasado para conocer qué camino bueno podría dar descanso a las almas (Jer. 6,16). Este camino bueno aparece ahora en Cristo. Jesús ofrece descanso a las almas. Él es el camino (Jn 14,6).

Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón. Como Moisés, Jesús era manso y humilde (Num 12,3). Muchas veces esta frase ha sido manipulada para pedir al pueblo sumisión, mansedumbre y pasividad. Lo que Jesús quiso decir es todo lo contrario. Él pide que el pueblo, para poder entender las cosas del Reino, no le dé tanta importancia a «los sabios y doctores» esto es, a los profesores oficiales de la religión del tiempo y que confíen más en los pequeños. Los oprimidos deben comenzar a aprender de Él, de Jesús, que es «manso y humilde de corazón».
En la Biblia muchas veces la palabra humilde es sinónimo de humillado. Jesús no hacía como los escribas que se envanecían de su ciencia, sino que era como el pueblo humilde y humillado. Él, el Maestro, sabía por experiencia qué cosa pasaba por el corazón del pueblo y cuánto el pueblo sufría en la vida de cada día.

c) Para iluminar las actitudes de Jesús:

* El estilo de Jesús en el anuncio de la buena nueva del Reino
En su modo de anunciar la buena nueva del Reino, Jesús revela una gran pasión por el Padre y por el pueblo humillado. Diferente de los doctores de su tiempo, Jesús anuncia la buena nueva de Dios, en cualquier lugar en donde encuentra gente que lo escucha. En las sinagogas durante la celebración de la Palabra (Mt 4,23). En las casas de los amigos (Mt 13,36). Caminando por los caminos con los discípulos (Mt 12,1-8). En el mar, a lo largo de las playas, sentado en la barca (Mt 13,1-3). Sobre la montaña donde proclama las bienaventuranzas (Mt 5,1). En las plazas de los pueblos y de las ciudades, donde el pueblo transporta a los enfermos (Mt 14,34-36). También en el templo de Jerusalén durante las peregrinaciones (Mt 26,35). En Jesús ¡todo es revelación de lo que dentro le anima! No sólo anuncia la buena nueva del Reino, sino que Él es una prueba viva del Reino. En Él aparece ya lo que acontece cuando una persona humana deja que Dios reine y tome posesión de su vida.

* La invitación de la Sabiduría Divina a todos los que la buscan
Jesús invita a todos los que sufren bajo el peso de la vida a encontrar en Él reposo y alivio (Mt 11,25-30) En esta invitación resuenan las palabras tan bellas de Isaías que consolaba al pueblo cansado por el destierro (Is 55,1-3). Esta invitación está en relación con la Sabiduría Divina, que convoca en torno a sí a las personas (Sir 24,18-19) afirmando que » sus caminos son caminos deleitosos y son paz todas sus sendas» (Prov 3, 17). También dice: » La sabiduría exalta a sus hijos y acoge a los que la buscan. El que la ama, ama la vida, y los que madrugan para salir a su encuentro, serán llenos de alegría» (Sir 4, 11-12). Esta invitación revela un aspecto importante del rostro femenino de Dios, la ternura y el acogimiento que consuela, revitaliza las personas y les hace sentir bien. ¡Jesús es el alivio que Dios ofrece al pueblo fatigado!

6. Salmo 132 (131)

La oración de los pequeños

Mi corazón, Yahvé, no es engreído,
ni son mis ojos altaneros.
No doy vía libre a la grandeza,
ni a prodigios que me superan.

No, me mantengo en paz y silencio,
como niño en el regazo materno.
¡Mi deseo no supera al de un niño!
¡Espera, Israel, en Yahvé
desde ahora y por siempre!

7. Oración final

Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén

Mejor ser sencillo que sabio

¿Es realmente el Mesías esperado? Juan Bautista duda, y envía a sus discípulos a preguntar si tienen que esperar a otro. Los de Corozaín y Betsaida no se dejan afectar por su predicación, se niegan a convertirse. Los fariseos lo acusan de infringir la ley y el sábado, deciden matarlo y dicen que está endemoniado.

Sin embargo, en medio de todos estos que desconfían, se desinteresan o se oponen a Jesús, hay un grupo que lo acepta por dos motivos muy distintos: por revelación de Dios, y porque, desde un punto de vista religioso, se sienten agobiados, cargados, y encuentran alivio en Jesús y su mensaje. Al final, este grupo aparecerá como la familia de Jesús, sus hermanos, sus hermanas y su madre.

Sabios y sencillos (Mateo 11,25-30)

El pasaje de este domingo contiene una acción de gracias, una enseñanza y una invitación.

Acción de gracias. Jesús ve que la gente se divide ante él, y las cataloga en dos grupos. El de los «sabios y entendidos», que tienen una sabiduría humana, y por eso se escandalizan de Jesús o lo rechazan. Son especialmente los escribas, que dominan las Escrituras tras muchos años de estudio; también los fariseos, muy unidos a los escribas, que siguen sus enseñanzas y se consideran perfectos conocedores de la voluntad de Dios. Pero están también los “sabios y entendidos” desde un punto de vista humano, los que se consideran capacitados para criticar a Juan Bautista y a Jesús, aunque no hayan estudiado teología.

Por otra parte, está el grupo de la «gente sencilla», sin prejuicios, a la que Dios puede revelarle algo nuevo porque no creen saberlo todo. Pescadores, un recaudador de impuestos, prostitutas, enfermos… Esta gente acepta que Jesús es el Mesías, aunque no imponga la religión a sangre y fuego; acepta que es el enviado de Dios, aunque coma, beba y trate con gente de mala fama; se deja interpelar por su palabra y enmienda su conducta. Esto, como la futura confesión de Pedro, es un don de Dios. La capacidad de ver lo bueno, lo positivo, lo que construye. Los sabios y entendidos se quedan en disquisiciones, matices, análisis, y terminan sin aceptar a Jesús.

Enseñanza. En pocas palabras tenemos un tratadito de cristología, centrado en lo que tiene Jesús y en lo que puede revelarnos. Lo que tiene, se lo ha dado el Padre. El mejor comentario se encuentra en el cuarto evangelio, donde se dice que el Padre ha dado a Jesús los dos poderes más grandes: el de juzgar y el de dar la vida. A estos dos poderes se añade aquí el de revelar al Padre. Estas personas sencillas, a través de Jesús, van a conocer a Dios como Padre, no como un ser omnipotente o un juez inexorable. Él se lo revelará, porque es el único que puede hacerlo.

Pero esta revelación del Padre no es algo abstracto, teórico. Es un respiro para los rendidos y abrumados por el yugo de las leyes y normas que les imponen las autoridades religiosas. Los rabinos hablaban del “yugo de la Ley”, al que los israelitas debían someterse con gusto y con deseo de agradar a Dios. Pero ese yugo se volvía a veces insoportable por la cantidad de mandatos y prohibiciones, y por la idea tan cruel de Dios que transmitían. En cambio, el yugo de Jesús pone a la persona por delante de la Ley, como lo demostrarán los dos relatos inmediatamente posteriores, centrados en la observancia del sábado.

Resumen. Estos versículos contienen un dinamismo muy curioso: el Padre revela al Hijo, el Hijo revela al Padre, pero el gran beneficiado es el hombre que acoge esa revelación; se ve libre de una imagen legalista, dura, agobiante, de Dios y de la religión. Su piedad, al hacerse más divina, se hace más humana.

Un rey sencillo, pero de inmenso poder (Zacarías 9, 9-10)

El hecho de que Jesús se presente como «manso y humilde» trae a la memoria la promesa de un rey «modesto, montado en un asno», anunciado por el profeta Zacarías. Estamos, probablemente, a finales del siglo IV a.C., poco después de que Alejandro Magno haya pasado por Palestina camino de Egipto. A la imagen grandiosa del monarca macedonio, montado en su caballo Bucéfalo, contrapone el profeta la imagen de un rey de apariencia modesta, montado en un burro, pero de enorme poder, capaz de llevar a cabo lo que otros profetas habían atribuido al mismo Dios: sin necesidad de ejército (destruirá los carros de guerra de Efraín y la caballería de Jerusalén, romperá los arcos de los guerreros) instaurará la paz y dominará desde el Éufrates hasta el fin del mundo. Un rey excepcional, casi divino.

Los evangelistas relacionarán este texto con la entrada de Jesús en Jerusalén. En el contexto de este domingo, pretende reforzar la imagen de un Jesús manso y humilde, que no instaura la paz en las naciones sino en los corazones.

«Te ensalzaré, Dios mío, mi rey» (Sal 144)

El salmo elegido para este domingo reúne bien las dos lecturas. Recoge la imagen del rey, pero no destaca su poderío militar ni su dominio universal, sino su clemencia, misericordia, piedad, bondad. «Es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas». Igual que Jesús, que alivia a cansados y agobiados, el rey prometido «sostiene a los que van a caer, endereza a los que ya se doblan». Por eso, la reacción que debemos tener al escuchar las palabras del evangelio es la de bendecir al Señor Jesús día tras día, por siempre.

José Luis Sicre

Sencillos, humildes, mansos… y cansados

1.- El Evangelio de Mateo que leemos hoy es de una belleza singular. Como diría un buen amigo mío, el sacerdote agustino, don Jesús Manrique, lo es en el fondo y en la forma. La belleza serena que inspira el texto es como un remanso de paz. Está llamando a quienes están cansados y oprimidos… A su vez entona Jesús, según las palabras de Mateo, un canto a la sencillez. Incluso la lectura rápida y no muy contemplativa del texto nos llena de paz y de sosiego.

2.- Pero es obvio que nos interesa el fondo que, sin duda, es sorprendente si aplicamos las valoraciones tópicas y típicas del interés generalizado de los hombres. Dice Jesús: «Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla.» Los sencillos, los pacíficos, la gente corriente va a recibir los mensajes de Dios Padre de manera especial. Pero, ¿y por qué? La soberbia del sabio es un venda terrible que tapa los ojos. Cuando Pablo llega a Atenas e intenta hablar a ese pueblo culto y sofisticado sobre la Resurrección de Señor se ríen de él y lo abandonan. ¿Es lo correcto? Para nada. Todo aquel que ama el conocimiento debe escuchar sin previos prejuicios todo aquello que le formulen. Pero si está envanecido por sus propios conocimientos y tiende a ignorar al que, presuntamente, es menos inteligente o menos científico que él, no encontrará la verdad.

3.- La humildad que reconoce nuestras limitaciones es un buen ingrediente para llegar a ser sabio de verdad. Creerse sabio, disponer de “título oficial” de sabio, es un camino de embrutecimiento. Quien, además, espera que toda su sabiduría y conocimiento pueda venir de la mano de Dios estará en el mejor camino. Es verdad que un enfermo que pide a Dios que le cure, no puede, en ninguno de los casos, dejar de acudir al médico o no tomarse las medicinas recetadas. De la misma forma, quien ponga su anhelo de conocimiento en las manos de Dios, deberá buscar en los medios humanos –las llamadas «causas segundas»– en su camino de aprendizaje. Hay además una enorme sabiduría en el seno del pueblo llano, producida por el sentido común y por la observación sin prejuicios.

4.- «Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera». Impresionante. ¿No es así? Vivimos en un mundo lleno de angustias, de cansancio y de agobios. Jesús nos ofrece alivio. Y El no puede mentir, ni engañarnos. Por tanto El va a aliviarnos. Es seguro. Necesitamos de su consuelo y de nuestro descanso en El. ¿Cómo es el yugo de Jesús? ¿Nos molesta la palabra yugo –el viejo enganche para emparejar bueyes– por lo que tiene de sujeción, de falta de libertad? No debe ser así. Porque verdaderamente es un yugo suave, fácil de llevar, que, sobre todo, da confianza. Todo aquel que ha experimentado una conversión o ha tenido un crecimiento sensible en el camino de la fe, va a entender perfectamente la suavidad del yugo de Jesús y la ligereza de su carga. Es obvio que si se está más cerca de uno mismo que del Señor Jesús, el yugo nos parecerá angustioso y la carga como un peso insoportable de llevar. Además, si alguna vez carga y yugo se ponen difíciles para nosotros, siempre le podemos pedir a Jesús que nos ayude a soportarlos, como hizo el Cirineo con su Cruz, en los momentos terribles anteriores a la Crucifixión. El apoyo de Jesús no nos va a faltar. Y cada vez que imploremos su ayuda, más y mejor entenderemos sus palabras sobre la ligereza de la carga que nos oferta.

5.- En las siguientes palabras de Jesús se concentra uno de los pilares básicos de su misión junto a los hombres. Dice el Señor: «Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar». Jesús nos mostró al Padre, es el rostro visible de Dios invisible. Sabemos de su amor, de su ternura, hacia a sus hijos, gracias a las enseñanzas del Señor Jesús. Y esa cercanía que el Hijo de Dios muestra en su trato con Dios Padre es la base del conocimiento trinitario.

Hay muchas gentes religiosas –cristianos de otras confesiones, musulmanes, judíos y no pocos católicos– que no pueden soportar el acceso que Jesús nos dio a la intimidad de Dios Padre. Ellos prefieren una figura divina, lejana, inaccesible, llena de poder, que no contempla la proximidad sublime de Padre hacia sus criaturas, a sus hijos. Esa es la gran novedad histórica y trascendente de la misión de Jesús. Tal vez la idea lejana de Dios se hubiera mantenido si Jesús no se hubiera encarnado en la Santísima Virgen para ser un hombre como nosotros. Pero Jesús tenía que mostrar el amor de Dios padre, pues era el ingrediente básico de la acción redentora. La Redención no se hace por poder, se acomete por amor. Hay un enorme poder en esa acción redentora, pero lo fundamental es el amor que Dios nos tiene. Es muy necesario repasar y meditar el texto evangélico que leemos hoy. Se condensa lo fundamental del mensaje de Cristo y, por tanto, lo fundamental también de la acción de Dios.

6.- La profecía de Zacarías adelanta la humildad con que Jesús, en pleno momento de triunfo, entro en Jerusalén. Los lomos y el leve trotecillo de un borrico solo muestras paz y mansedumbre. El gran dignatario habría llegado a las puertas de la Ciudad Santa, montando un brioso caballo, ricamente engalanado. Iría acompañado de sus colaboradores y subalternos también a caballo y demostrando poder y majestad. Zacarías confirma la humildad que Cristo va a desarrollar en su acción en la tierra. Y su permanente afabilidad, palabra esta que tiene el mismo sentido que mansedumbre.

7.- «Vosotros no estáis sujetos a la carne, sino al espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo. Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros». San Pablo en la Carta a los Romanos consagra la doctrina de la espiritualidad en la vida cotidiana, en el periplo terrestre de todo hombre. Para Pablo, estar sujetos a la carne, no es solo lo relativo a los deseos o necesidades físicos que el hombre puede tener. No estar en la carne es elevarse sobre ella y actuar ya en el mundo de hoy con el Espíritu que Jesús nos ha enviado. Pablo a su vez profundiza en la doctrina del cuerpo glorioso que tendrá cada ser humano tras la Resurrección. Y esa espiritualización del cuerpo que esperamos –como Jesús tras la Resurrección–, se muestra ya como comienzo en nuestra actitud espiritual frente a otra más corpórea. El Espíritu elevará nuestro cuerpo a otra dimensión. No se trata de despreciar, o de martirizar al cuerpo. La cuestión es buscar y reconocer la acción del Espíritu. A partir de ahí entenderemos mucho mejor esa conexión entre cuerpo y espíritu, según la doctrina del Señor Jesús, que tan magistralmente expone San Pablo.

8.- No debemos de dejar pasar la ocasión de profundizar en las enseñanzas que las lecturas de este domingo nos plantean. Jesús nos va ayudar a terminar con nuestras angustias y temores. Y nos va llevar a su descanso. Nos pide que llevemos su yugo –el mismo que El lleva– y sabemos porque nos lo dice el mismo Jesús que es fácil de llevar y cargar si estamos cerca de El. Nos muestra a Dios Padre, dentro de una nueva dimensión histórica, única en la historia de la Humanidad. Es un Dios misericordioso, cercano, amoroso, tierno y siempre buscando la felicidad y salvación de sus criaturas. Nos va a pedir que le imitemos en el sentido de la paz, en la humildad, en la afabilidad para con todos. Debemos iniciar nuestro cambio en esa dirección. Una vez que seamos sencillos, y hayamos sepultado nuestra soberbia, por la acción del Espíritu Santo, el Señor Dios nos mostrará su sabiduría sin límites. Ya no necesitaremos conocer nada más.

Ángel Gómez Escorial

Descansar trabajando

La gran mayoría de nosotros, en los últimos meses, hemos sentido cansancio y agobio. Por supuesto, quienes desde distintos ámbitos han estado y continúan estando en primera línea de lucha y trabajo contra el coronavirus y sus consecuencias. Pero también quienes formamos el conjunto de la población, sobre todo con el transcurrir de las semanas, hemos sentido cansancio y agobio en diferentes grados al tener que afrontar cada día con sus dificultades, preocupaciones… Muchos, en algún momento, aunque no lo hayamos expresado públicamente, hemos deseado encontrar un “refugio” donde poder sentirnos seguros, “a salvo” y poder descansar, pero la realidad nos muestra que ese refugio no lo vamos a encontrar. Y el cansancio y agobio aumentan. 

Hace unos días leí un artículo de Michael P. Moore, ofm, Doctor en Teología Fundamental por la Universidad Gregoriana de Roma, titulado “Dios-en-pandemia”, y en él indicaba: “Humanamente es entendible que, en situaciones de grandes calamidades, el hombre -de ayer y de hoy- acuda a dios o a las divinidades -tengan el nombre que tengan- para que solucionen aquello que ya nosotros -las ciencias- no podemos solucionar porque que escapa de nuestras manos; sobre todo, cuando se ve amenazado el don más grande que tenemos: la vida”.

Y en el Evangelio de hoy, Jesús ha dicho: Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré. Y es lo que, como creyentes, hemos hecho y hacemos: vamos a Él. “Se acude a cadenas de oración, pedidos de intercesión a santos, rezos ante imágenes (supuestamente) milagrosas, etc. para que, por su mediación, Dios intervenga y frene el flagelo, o, al menos, consuele a los desconsolados”. Pero muchas personas ven que, por mucho que se multipliquen las oraciones, aparentemente, todo sigue igual, y ni el cansancio ni el agobio desaparecen, y acaban resignándose a aguantar “hasta que Dios quiera”.

Pero inevitablemente surgen las preguntas: “¿Por qué Dios no hace algo? ¿Dónde está Él mientras tantos hijos suyos se deshacen en el dolor, y resbalan, lentamente, hacia la muerte? ¿Existe, en verdad algún Dios… y si existe, cómo es?”. Porque no hay que olvidar que “lo que se pone en juego en estas situaciones es -nada más y nada menos- que nuestra imagen de Dios: ¿quién es el dios en el que se basa mi fe y cómo se relaciona con la Historia?”.

Esta situación de crisis quizá pone al descubierto que tenemos una imagen de Dios como la de “un Gran Mago que, desde “el cielo” y de vez en cuando –muy de vez en cuando, por cierto- interviene con golpes de varita mágica para interrumpir el curso de las leyes y de las libertades, y así evitar el sufrimiento”.

Pero en el Evangelio Jesús ha continuado diciendo: cargad con mi yugo y aprended de mí… porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera. Jesús no nos libra mágicamente del cansancio y el agobio; Jesús nos propone “cargar con su yugo”, “porque la historia está en nuestras manos… y nuestras manos, sostenidas por las de Dios. Dios-hace-haciendo-que los hombres hagamos”. Lo que Jesús nos propone es “descansar trabajando”… pero con Él y como Él y entonces encontraremos nuestro descanso. Porque Él, el Hijo de Dios, se hizo hombre, padeció, murió y resucitó “por nosotros y por nuestra salvación”, y así nos mostró que “Dios está presente no como aquel que evita el dolor del mundo, sino como aquel que lo padece y soporta y, entonces, es el hombre quien está llamado a evitar el sufrimiento de Dios en la historia. Dicho gráficamente: la pregunta que el hombre dirige al cielo en medio de su dolor ¿por qué no haces algo?, Dios la devuelve al hombre desde su identificación con el sufriente. Y desde allí nos interpela para que aliviemos su dolor, que es el mismo dolor de su creatura”.

¿He sentido cansancio y agobio estos meses? ¿La oración me ha ayudado, o me he preguntado “por qué Dios no hace algo”? ¿Tengo una imagen de Dios como la de “un Gran Mago”? ¿Qué entiendo por “cargar con el yugo de Jesús”? ¿Qué estoy haciendo para aliviar el dolor de otros?

Jesús nos repite su invitación: Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados… cargad con mi yugo y aprende de mí… y encontraréis vuestro descanso. Sin embargo, “para muchos, esto no basta. Porque preferirían no un Dios que sufre con ellos sino un Dios que evita el sufrimiento, que no sufre ni deja sufrir”. Pero no es éste el Dios que se nos ha revelado en Jesucristo, Crucificado y Resucitado. Jesús nos invita a recordar cómo es el Dios en quien decimos creer, porque no es un Gran Mago milagrero, sino que “Dios está sufriendo en y con los que sufren este flagelo, y también está salvando con y a través de tantos que están arriesgando su vida para que otros vivan (…)”. Si queremos encontrar descanso, “descansemos trabajando” aprendiendo de Jesús y cargando con su yugo, porque “mientras Dios no llegue a ser ‘todo en todos’ (1Co 15, 28) continuará el sufrimiento en el mundo. Se trata, en el mientras tanto, de practicar la misericordia, para aliviar nuestro dolor, que es el suyo”.

Comentario al evangelio – Domingo XIV de Tiempo Ordinario

A LA BÚSQUEDA DE LOS CANSADOS Y AGOBIADOS


      Se puede decir: «Dime cómo es tu Dios -tu experiencia de Dios-, y te diré cómo es tu comportamiento con los hombres». Si el rostro de Dios que has encontrado es el de un ser exigente, controlador, al margen de tu vida cotidiana, un Dios lleno de normas y obligaciones, un Dios que me pone condiciones y espera mis esfuerzos y sacrificios para hacerme caso… O si es un Dios que siempre me perdona aunque caiga una y otra vez en lo mismo, que se alegra con mis alegrías y me quiere libre y es fuente de mis alegrías y de mi paz, que me ha elegido para transformar el dolor y el mal del mundo, etc… mi conducta humana estará amasada con todos estos rasgos, y mi trato con los demás también.

      Pues bien: El rostro de Dios que ha experimentado, del que vive y habla Jesucristo es alguien cercano, a quien, en cualquier momento del día, y en cualquier lugar, en medio de las cosas cotidianas, le dirige espontánea y sencillamente lo que siente y lleva en el corazón. Y este modo de sentir y vivir a Dios, le lleva a descubrirse y actuar como una persona pendiente de «los cansados y agobiados». 

Esa experiencia de libertad interior y de gozo le lleva a buscar, y convocar («venid») a quienes no la tienen para revelársela, para ayudarles a descubrirla. Su Padre se conmueve ante los perdidos y abandonados de la sociedad y de las estructuras religiosas, ante los que no tienen esperanza, ante quienes se ven sobrecargados de preceptos, normas, condiciones, ritos minuciosos, prohibiciones, condenas… incluso «en el nombre de Dios»… Por eso mismo Jesús se siente llamado a ofrecer «otra cosa». Hoy parece como si se le hubiera «escapado» delante de todos, una plegaria fresca, gozosa, agradecida. Y en ella se descubre el rostro de un Dios misericordia, consuelo, descanso, liberación…

     Jesús es un profeta sobre todo «acogedor», y que ha formado un grupo de discípulos acogedores, para que salgan a buscar, como él, a quienes se sienten señalados, juzgados, rechazados, marginados, olvidados… Y los acojan con gestos, palabras, actitudes y hechos… A su lado, tienen que sentirse incondicionalmente queridos y aceptados. Por eso hoy la Iglesia -cada bautizado-, tiene que ser capaz de proclamar con mucha fuerza y claridad a los hombres de hoy y de todos los tiempos: «Venid a mí… ven a mí tú que…»

§ Ven a mí, tú que estás agobiado con tantas normas y prohibiciones e imposiciones religiosas, con tantas cosas que hay que cumplir para estar en regla. Tú necesitas que te alivien, que te quiten tantos fardos de encima. Sólo una «norma», una carga: la del amor.

§ Ven a mí, tú que estás cansado de que quienes tienen el poder saquen tajada, y redacten las leyes que les beneficien, dejando tantas veces desprotegidos a los más débiles, a los más pequeños. Ven, que te voy a enseñar la felicidad que brota de servir y cuidar a los otros, ven que te voy a mostrar quiénes son los favoritos de mi Padre del cielo, y lo que está dispuesto a hacer por ellos, por ti, por vosotros.

§ Ven a mí tú que tanto intentas ser mejor, que te esfuerzas en corregir tus fallos y errores sin conseguirlo o con pocos resultados, y te acabas desanimando y cansando de luchar…  Ven, que te quiero enseñar a apoyarte en mi Padre, a mirarle más a Él que a ti mismo. Él es la Fuerza de nuestra fuerza.

§ Ven a mí tú que te siente agobiado por tu futuro, por tus problemas, porque no te llega el dinero, porque te falta un trabajo digno, por tu salud… Ven, verás que te enseño a vivir todo eso con más paz, porque mi Padre quiere que te preocupes por otras cosas, y dejes éstas en sus manos. Él quiere que mires al cielo, que le mires a Él y descubras que ninguna de esas cosas te puede ni te debe hundir. ¡Yo las he vencido para ti!

§ Ven, tú que estás cansado de hacer todos los días lo mismo, que te ves envuelto en la rutina y el aburrimiento, que te faltan ilusiones para vivir, que piensas que ya «no hay nada nuevo bajo el sol», que no encuentras un sentido a tu vivir: Ven, toma mi yugo ligero, sujétate a mí con fuerza, y vamos a recorrer nuevas sendas; ya verás que aún hay mucho que hacer, que siempre hay algo más, algo nuevo que puedes hacer, alguien a quien amar…  hasta el día en que descanses definitivamente en los brazos de mi Padre.

§ Ven tú que estás «cargado» de convencionalismos sociales, esclavo de las modas, esclavo de tu aspecto físico, esclavo de tu historia personal, esclavo de tus limitaciones y defectos, esclavo del «qué dirán»… Acércate a mí, que te voy a ayudar a liberarte de todo eso, para que seas tú mismo, para que seas como mi Padre ha soñado que seas. Sólo tiene que asumir la carga que yo te dé, una carga ligera, porque la llevaremos juntos; una carga agradable, porque se trata de que te ocupes de tus hermanos, que hagas tuyos sus pesos y sufrimientos, que los alivies, que compartas lo que ellos quieran darte… en la medida de tus fuerzas.

§ Ven tú que estás triste porque entre los que se llaman discípulos míos hay «carrerismos», luchas de poder, amiguismos, oscuras alianzas con los poderosos, lejanía de mis ovejas, zancadillas, chismes… Ven tú, porque en mi Iglesia también se encuentran muchos que viven confiando, amando, sirviendo calladamente, humildemente, con sencillez. Ellos serán tu apoyo, como lo soy yo para que la cizaña no ahogue tu trigo.

No ha prometido el Señor que se van a «esfumar» las dificultades o que vamos a tener éxito. No. Ha dicho: «Yo os aliviaré… y encontraréis descanso para vuestras almas…». 

Por eso su Iglesia (cada discípulo, también tú yo) sigue llamando incansablemente: Ven… Ven… Ven… tu sitio está aquí, junto con todos nosotros… Acudamos nosotros a él continuamente para que nos alivie y descanse… y abramos también puertas, corazones, espacios, instituciones… para que tantos más «vengan».

Enrique Martínez de la Lama-Noriega, cmf