Homilía – Domingo XV de Tiempo Ordinario

1.- Una Palabra eficaz (Is 15, 10-11)

Un breve texto de Isaías, centrado en la palabra de Dios. Una cualidad destacada: su eficacia: «No volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo».

Una imagen agrícola sugerente: la lluvia. De la Palabra, la imagen de la lluvia sugiere origen y destino: el cielo; sugiere su arraigo: la tierra; sugiere su proceso: «Empaparla, fecundarla, hacerla germinar»; sugiere su provechosa finalidad: «Dar semilla al sembrador y pan para el que come».

Son todos ellos rasgos que, de la imagen, pasan a la Palabra: Viene de Dios y a Dios retorna, una vez que ha cumplido su misión. Unos destinatarios que, «como tierra reseca, agostada y sin agua» están a la espera de ser también empapados por una lluvia abundante. No es ajena la lluvia de la Palabra a la sequedad del corazón del hombre que ansia «ser llovida». Llegada de la Palabra a la tierra del corazón. Realización de un misterio de germinación u crecimiento.

La Palabra en el corazón: Alimento para preguntas que sin ella, quedarían en el misterio de un hambre humana insaciada. Se da la mutua atracción entre corazón humano y Palabra. La Palabra-lluvia para el corazón-sequía… Gozoso anuncio de un cabal cumplimiento. Mutua atracción así descrita en nuestro soneto: «En el silencio de mi noche oscura/ atisbo la palabra de tu boca,/ que hace tu encarno y nunca se equivoca,/ sembrando de prodigios
su andadura».

 

2.- Todos y todo, salvados (Rom 8, 18-23)

La salvación del Señor es universal: su destino son todos y todo. Toda la humanidad y la creación entera. Una salvación cósmica que tiene trazado el camino en la comunidad sufriente de los discípulos. Unos «trabajos, sin embargo, que no pesan tanto como la gloria que se revelará».

Porque esa gloria no se limita a ser una recompensa moral por los trabajos sufridos. Es una gloria/meta del conjunto de la creación, que asume en su caminar los trabajos realizados y sufridos por los hombres. Será «la plena manifestación de los hijos de Dios» la que colmará la expectativa de toda la creación. Una especie de regocijo cósmico por una humanidad salvada.

Pero hay aún más. La creación no es sólo testigo de la salvación humana; es testigo, pero es ella también sujeto: «Sometida a la frustración, con la esperanza de verse libre de la esclavitud de la corrupción». Los horizontes se ensanchan hacia un futuro plenamente liberado. El final no será aniquilamiento; será plenificación. El destino de todo lo creado es «entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios». Creación y salvación unidas en el designio de Dios.

El camino hacia esa meta es de engendramiento doloroso Una «creación entera, gimiendo toda ella con dolores de parto». Una creación incompleta e imperfecta tendiendo dolorosamente a su plenitud; una creación inacabada con señales escandalosas de imperfección… Pero, «una creación aguardando», acompañando a los redimidos en el gemido interior. Costará, pero, por la fuerza del Espíritu, también será redimido el cuerpo, esa parte de una creación material, toda ella expectante. Una creación dinámica, en camino permanente hacia la plenitud de Dios.

 

3.- La palabra eficaz y la tierra buena (Mt 13, 1-23)

Inicio de la sección de las parábolas en Mateo: el sembrador. Una especie de contrapunto a la eficacia de la Palabra en la imagen de Isaías. Isaías, puesto del lado de la Palabra, la compara con ¡a lluvia; Mateo, puesto del lado del creyente, la compara con la tierra. La semilla, la lluvia y la tierra…, y, en medio la sementera.

En el caso de Isaías, el proceso es fulminante: «No volverá a mí vacía»; en caso de Mateo, el proceso es lento y laborioso, como el de una sementera, a la que acecha el fracaso del vacío.

En las dos lecturas, la Palabra. Cuando ha caído en tierra buena, fecundada por la lluvia, produce el ciento por uno. Es la Palabra que se ha tornado eficaz, produciendo la alegría de la cosecha.

No basta con que haya sembrador y haya semilla, y la lluvia no niegue su presencia… El crecimiento de la Palabra no se encuentra asegurado de una manera automática. Es preciso contar con la suerte de la tierra. En ella existen tropiezos para el natural crecimiento: las piedras de los caminos, los zarzales sofocantes, las malas hierbas tenaces… ¡Que la tierra puede impedir la eficacia de la Palabra! No estamos frente a un crecimiento que fuera incondicional. Sólo en la tierra que es buena alcanza la sementera la abundancia de sus frutos… ¡Que «no es lo mismo predicar que dar trigo»!

La semilla del Reino

En el silencio de mi noche oscura
atisbo la palabra de tu boca,
que hace tu encargo y nunca se equivoca,
sembrando de prodigios su andadura.

Ella sacó a Israel de su presura,
hizo brotar el agua de la roca
y hará que mi esperanza, tibia y poca,
sea colmada, Señor, por tu largura

Sé que el mundo en tensión aguarda el ciento
por uno de mi humilde labrantío,
pendiente de tu lluvia y de tu nieve.

Si del dolor depende el rendimiento,
en vez de sol y lluvia, dale frío
y sequedad, para que el ciento lleve…

 

Pedro Jaramillo

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