La segunda creación

1.- Vamos a citar hoy a Juan el Evangelista, aunque no hayamos proclamado, hoy, texto alguno suyo. ¡Qué bien se expresa en el prólogo del Evangelio de San Juan el efecto de la Palabra y lo que es la Palabra! Jesús, el Hijo de Dios, el Verbo, la Palabra, ha puesto en marcha todo. Y para nosotros, para nuestra percepción más inmediata, todo lo que somos, vemos y sentimos, la Creación visible, el mundo en el que nos vivimos, todo es obra de la Palabra. Por eso en este domingo decimoquinto del Tiempo Ordinario vemos como la Palabra protagoniza una siembra para dar después fruto. El fruto es la creación adulta, consolidada, enorme, sin fin para nosotros. Es el universo gigantesco y es, asimismo, la pequeña flor que crece –sola y fuerte—en un agujero donde ha faltado el asfalto de la carretera. A tal flor solitaria, le ha bastado ser un pequeño arbusto en una pequeña porción de tierra para crecer, desafiante, ante un mundo hostil que la circunda. Es el mundo del asfalto, que, en su momento, inundó la tierra de aquel lugar como azufre que lo quema todo.

Las lecturas de este domingo van a incidir con fuerza y maestría en este efecto de la “Palabra-Siembra” para nuestro aprovechamiento y enseñanza. Isaías ya anticipa la capacidad generadora de la palabra de Dios. Ciertamente, San Juan y su prólogo iban a llegar históricamente mucho después. Y Mateo y su Parábola del Sembrador. Pero la idea común es la misma. La Palabra que baja –dice Isaías—volverá al Padre con los frutos de su trabajo. La creación entera dará sus pasos para que, en nuestro caso, la raza humana viva y se desarrolle y ante la Palabra inicie un canto de alabanza al Creador, ante la maravilla, visible que es la Creación que nos rodea. Por que está claro que la Palabra siembra en la tierra y, también, en el alma y en el corazón de los hombres y mujeres de todos los tiempos.

2.- Jesús de Nazaret entra, con la Parábola del Sembrador, a revelarnos la acción fundamental de la Palabra que siempre es Semilla de Dios. Su implanto, maduración y fruto en la realidad humana: en nuestras mentes, en el corazón de todos, en nuestra vida, en el devenir histórico. Y como es vehículo de libertad enviado especialmente a hombres y mujeres: pues su éxito es desigual. Dios nos ha creado libres con una libertad enorme, total. Libertad extrema diríamos porque la condición humana no termina de entender que alguien otorgue un grado de libertad que puede volverse hasta el extremo de ir contra quien da dicha libertad. Pero, así es. Nuestra libertad total nos puede llevar a negar y despreciar a nuestro propio creador.

La capacidad humana para oponerse a la Palabra la explica Jesús en términos agrícolas, en materia del oficio del sembrador. Y, en efecto, el sembrador que sepa bien su oficio ha de saber que no puede lanzar la semilla en los caminos, donde será pisoteada. O en el curso de un río, donde la corriente se la llevará y los peces la devorarán. El trabajo mal hecho de un sembrador sería, sin duda, objeto de conversación, entonces. Como hoy pueden serlo las capacidades de almacenaje de nuestros ordenadores, de nuestras computadoras, con sus “megas” y sus “gigas”. Por eso el efecto de las diferentes tesituras que una semilla sufriera durante la siembra iba a ser perfectamente entendido por los contemporáneos de Jesús. Aunque algunos, que entendieran bien el mecanismo de la siembra, no la relacionaran con la Palabra de Dios. De ahí la explicación posterior de Jesús a sus discípulos.

Para nosotros, hoy, la capacidad didáctica de la Parábola del Sembrador ha estado presente en nuestro sentir cristiano desde siempre. Y así muchos habremos pensado que nuestros entusiasmos primeros y nuestros desencantos posteriores estaban perfectamente reflejados en esa semilla que crece en tierra de poco fondo; que, en efecto, crece pronto y con fuerza y que luego se agosta por falta de perseverancia. O, asimismo, cuando parece que la Fe se ha evaporado sin apenas dejar rastro, pues también hemos pensado que los pájaros malos de nuestro mundo han dado mal fin a la palabra que estaba destinada a nosotros.

3.- En la construcción litúrgica de nuestras Eucaristías, en lo relativo a los textos de la Palabra, suele ocurrir que, en efecto, la primera lectura y el Evangelio concuerden tratando el mismo tema, con una naturaleza muy parecida y casi idéntica. Semilla y Palabra están muy presentes en el texto de Isaías y el Evangelio de Mateo, que tan magistralmente nos narra, hoy, la Parábola del Sembrador. Pero, habitualmente, la segunda lectura, sacada casi siempre de las Cartas del Apóstol Pablo, pues queda en otra dimensión y otro discurso. No es así en nuestra celebración de hoy. En el fragmento del Capítulo Octavo de la Carta a los Romanos se habla de una creación frustrada por efecto del Malo y que espera su liberación. La relación con las otras dos lecturas es total. Y, sobre todo, con el Evangelio, porque la semilla mal colocada llega a esa situación por efecto del mal, por la capacidad humana de preferir el mal al bien. Aunque naturalmente esa naturaleza humana es capaz de discernir, cuando está dominada por el mal, la necesidad imperiosa de buscar el bien. Por eso la naturaleza sujeta a la frustración espera la aparición de los Hijos de Dios –de nosotros, los creyentes—quienes con su trabajo de evangelización colaboraremos con la misión iniciada por Cristo.

4.- Y ahí esta el núcleo principal del relato que hoy nos regala la Palabra de Dios. Y es que la Redención es como una Segunda Creación. Ciertamente, la Palabra, en el principio, movió todo lo necesario para que se iniciase la andadura de la creación. Pero, obviamente, el Maligno sojuzgó parte esa creación evitando sistemáticamente la Buena Siembra. Fue necesario el sacrificio de la Cruz para que se recuperara la libertad y esa naturaleza oprimida fuese libre. Y, por ello, hay un matiz que es necesario reflejar. En esta segunda creación esos hombres y mujeres que un día fueron sometidos por el pecado al olvido o lejanía de la Palabra de Dios, al recuperar la gracia que hace que la Palabra se muestre con claridad, son agentes de salvación, mediante la enseñanza del Evangelio.

Jesús de Nazaret dejó en manos del nuevo Pueblo de Dios –de todos los que viven el Evangelio—la capacidad de hacer creación de nueva, de buscar para sus hermanos vías de salvación y felicidad. Eso es, queridos amigos y amigas, lo principal de las lecturas de hoy. La generosidad de Jesús de Nazaret nos nombró coautores de una misión sublime: la salvación y la felicidad de todos los hombres y mujeres de todo tiempo y situación.

Ángel Gómez Escorial

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