Comentario – Lunes XV de Tiempo Ordinario

Jesús continúa dando instrucciones a los que serán sus apóstoles: No penséis que he venido a la tierra a sembrar paz: no he venido a sembrar paz, sino espadas. Y precisa: He venido a enemistar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; los enemigos de cada uno serán los de su propia casa. Son frases que oídas todavía hoy resultan impactantes, y eso incluso después de haberlas contrastado, matizado y contextualizado, es decir, después de haberles quitado hierro y filo.

A bote pronto, la primera frase venía a contradecir lo expresado por el predicador de las bienaventuranzas cuando dice: Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. ¿Es que Jesús no estaba entre los que merecían ser declarados dichosos por trabajar por la paz? ¿Es que él no era digno de ser llamado hijo de Dios? Porque si ha venido al mundo a sembrar espadas, no parece que pueda considerársele un pacífico trabajador de la paz. Por otro lado, ¿qué alcance puede tener esa paz que él mismo distribuye cuando le dice a la mujer sorprendida en adulterio: Yo tampoco te condeno; vete en paz y no peques más? ¿Y por qué enviar a sus apóstoles y representantes como portadores de paz cuando él declara de manera tan diáfana que no ha venido a la tierra a sembrar paz?

La frase que sigue no es una mera adición, sino más bien una explicación que quiere precisar lo que acaba de afirmar con tanta solidez. Parece querer referirnos el modo concreto en que él siembra espadas en la tierra, y lo hace enemistando a los miembros más próximos del círculo familiar, al hijo con su padre, a la hija con su madre o a la nuera con su suegra. Tampoco esta concreción amortigua el impacto y la rudeza de la primera afirmación; más bien, lo incrementa, acrecentando nuestra perplejidad. Jesús, el aliado del hombre, el prodigio de humanidad, el portador de un perdón sin límites, el mensajero de la Buena Noticia, el proclamador del Año de la misericordia, dice ahora haber venido a este mundo para enemistar al hijo con su padre o a la hija con su madre, algo que exige romper los lazos afectivos más poderosos, que son los que crea la propia naturaleza asociada a la crianza y a la educación.

Pero Jesús no se queda ahí, intentando deshacer posibles equívocos o matizar la crudeza de sus expresiones. Su discurso avanza de modo imparable hacia una cumbre: El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no coge su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará. En estas pocas palabras podemos encontrar la clave interpretativa (clave de bóveda) de toda su instrucción. Nada está por encima de él en el orden de la estimación, porque nada hay más estimable que él, ni siquiera el padre, la madre, el hijo o la hija que nos dio la naturaleza, o mejor, el mismo Dios por medio de ella; y no sólo el padre, la madre o los hijos, sino la propia vida. Por eso, el que no sea capaz de renunciar al amor de cualquiera de estas personas o de todas ellas en su conjunto por él, no será digno discípulo suyo, no le apreciará como debe ser apreciado, por encima de todos y de todo.

Las exigencias de Jesús nos sitúan ante alguien que reclama para sí una adhesión absoluta, porque se concede un valor singular, absoluto. Por algo (=alguien) tan valioso, uno tiene que estar dispuesto a perderlo todo, hasta la propia vida. Jesús lo expresa de diferentes maneras, porque ¿acaso no es él ese tesoro escondido por el que uno, que lo ha encontrado en un campo, va y vende todo lo que tiene por adquirirlo, o esa perla preciosa por la que un comerciante en perlas finas empeña todos sus bienes? Desde tales premisas no es extraño que se diga que el que no está dispuesto a perderlo todo por él no es digno de él, porque no le aprecia en su justo valor; pues nada de lo que pueda poseer en este mundo vale más él. Es una cuestión de valoración. Por él, la persona más valiosa con la que podemos encontrarnos en esta vida, uno tiene que estar dispuesto a coger su cruz, exactamente la misma cruz que llevó él, y seguirle por el mismo camino que él recorrió. Tal ha sido la actitud de tantos mártires que enfrentaron el martirio con la seguridad de haber encontrado en Cristo a la persona más estimable, y por lo mismo más valiosa, de sus vidas.

Desde el momento en que se constituye en valor absoluto, Jesús pasa a ser también signo de contradicción o factor de división: signo que pone al descubierto la actitud de muchos corazones que se posicionan ante él; factor de división entre los que se ponen de su parte y los que se ponen en su contra, entre los que se alistan en su bando o lo hacen en el bando contrario. Semejante división acaba instalándose en el seno de la misma familia, entre padres e hijos y entre hermanos; pues nadie puede competir en amor con un absoluto.

Esta experiencia se mantendrá más allá de su existencia histórica, en sus enviados, representantes y mediadores, porque el que les reciba a ellos como enviados de Jesús estará recibiendo a su representado y a su vez representante del que lo ha enviado a él: El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado. En resumen, en el apóstol (cristiano) estamos recibiendo al mismo Cristo que lo envía, y en Cristo a Dios Padre, que nos lo ha enviado a nosotros; luego en el apóstol estamos recibiendo al mismo Dios que debe ser amado sobre todas las cosas, puesto que es lo más amable que pueda pensarse. Por eso, la acogida que se dé al profeta por ser profeta, se estimará como acogida dada al mismo Dios y tendrá la recompensa debida (paga de profeta). Tampoco quedará sin recompensa la acción de dar de beber un vaso de agua fresca a un discípulo de Cristo por llevar el nombre de Cristo, pues con semejante acción se estará dando acogida al mismo Cristo en su discípulo. Y Dios sabe recompensar con infinita generosidad. No se le puede ganar en generosidad a Aquel que, por ser el sumo Bien, es lo más valioso y lo más apreciable.

En este punto acaban momentáneamente las instrucciones de Jesús a sus discípulos, sin que ello signifique que dé por concluida su enseñanza y predicación, que continuará por otros pueblos y ciudades.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística