Homilía – Domingo XVI de Tiempo Ordinario

1.- Dar lugar al arrepentimiento (Sab 12, 13.16-19)

Dos conclusiones saca el texto de la Sabiduría del concreto proceder de Dios con el hombre pecador: a) que «el justo debe ser humano»; b) que Dios «da a sus hijos la esperanza de que, en el pecado, hay lugar para el arrepentimiento».

Dios da tiempo al pecador, porque es paciente y porque obra desde «un juicio hecho con moderación y un gobierno realizado con indulgencia». En la raíz de este clemente proceder está «la soberanía universal de Dios que le hace perdonar a todos» («muestra su poder con la misericordia y el perdón»). Ante nadie tiene que justificar su poder misericordioso: «Porque puede hacer cuanto quiere».

La «inclinación» de Dios al perdón y la indulgencia infunde en el piadoso israelita dos actitudes: a) debe parecerse a su Dios: Debe «ser humano» como su Dios es «humano». Sus entrañas deben estar inclinadas a la misericordia y no a la venganza; b) se mira a sí mismo como un ser perdonado, porque Dios está abierto a su arrepentimiento.

Nosotros decimos del pecador: «En su pecado lleva la penitencia»; con la Sabiduría, deberíamos decir: «En su pecado lleva el arrepentimiento». La primera sentencia es castigadora; la segunda, esperanzadora.

 

2.- El Espíritu y nuestra debilidad (Rom 8, 26-27)

La experiencia de su debilidad es siempre dolorosa para el hombre. Llega, en efecto, a tocar dimensiones hondas de su ser, confrontándolo con la expresión más grande de su débil condición: la muerte.

Frente a los esfuerzos titánicos por superarla, introduce Pablo una fuerza externa de superación que es, sin embargo, «don» para la interioridad del creyente: el Espíritu. Su ayuda a nuestra debilidad la concreta el Apóstol en la hondura de la oración.

Por lógica, la experiencia de la debilidad se convierte en súplica. La certeza interior es que Alguien pueda remediarla. Pero, incluso nuestra súplica es débil por humana: «No sabemos lo que nos conviene». Nos es difícil llegar al nivel de nuestras hondas necesidades. Cuando pedimos, creemos pedir lo que nos conviene…, pero sólo lo creemos.

El Espíritu se convierte en nuestro intérprete. Él conoce los deseos más íntimos de nuestro propio corazón. Con «gemidos inefables» da forma a nuestros débiles gemidos. Ahondando en nosotros mismos el manantial de nuestros clamores. Hacer coincidir nuestros deseos con los deseos del Espíritu sólo lo puede hacer quien conoce el corazón humano en su mayor y mejor hondura… En esa profunda y misteriosa dimensión en la que el deseo humano se identifica con el de Dios.

3.- Frente al pecado: la espera de Dios y la impaciencia del hombre (Mt 13, 24-43)

La parábola de la cizaña contrapone dos actitudes: la impaciencia y la espera. Ambas, ante un hecho de evidencia: el mal moral que existe en el mundo.

Presentado como campo para la siembra, la semilla que se siembra en este mundo tiene importancia decisiva… Cuando la tierra está bien cultivada, la semilla echa raíces, crece y fructifica… El mundo va alcanzando así, progresivamente, su meta.

Pero es preciso contar con el misterio del mal. La parábola lo refiere a una mala intención personal: «Un enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo, y se marchó»… El mal también germina, y se desarrolla, y se concreta en personas, instituciones y realidades que lo encarnan. Situación diferente y contradictoria: el trigo y la cizaña. Dos diferentes sementeras y dos concreciones de enfrentado crecimiento.

Más allá de una simplista oposición maniquea entre el bien y el mal, distinción que no conoce matices, se abre ya un contraste de actitudes: la de Dios, intentando dar lugar al arrepentimiento (primera lectura); la del hombre, deseoso de establecer diferencias, «tomando la justicia por su mano».

Llegará el momento del discernimiento final, que solo toca a Dios… Mientas tanto, hay lugar para la misericordia y el perdón la cizaña puede ser tocada por el trigo…, y el trigo se puede malograr, convirtiéndose en cizaña… Mientras tanto, «este es el tiempo de la misericordia».

¡Esperad a la siega!

Si con el pecador eres humano, Señor…,
si no te rindes en la espera,
dame tiempo de llevar hasta tu era
las postrimeras garbas del verano…

Esparcí la cizaña con mi mano
en cada noche de tu sementera…;
la gracia hizo crecer la espiga entera…;
—superando mi empeño— grano a grano.

Sumido en el hondón de mi horizonte,
no encuentra mi problema otro remonte
que el poder salvador de tu justicia.

Gima por mí el Espíritu inefable,
pues no hay desvío yerro ni malicia
que ante tus ojos sea imperdonable.

 

Pedro Jaramillo