Comentario – Viernes XV de Tiempo Ordinario

El evangelista refiere que un sábado cualquiera Jesús, en compañía de sus discípulos, atravesaba un sembrado. Los discípulos, acuciados por el hambre, empezaron a arrancar espigas y a comérselas. Pero, arrancar espigas en sábado era una violación de la Ley concerniente al descanso sabático. Estaban, pues, actuando contra la Ley. No es extraño, por tanto, que los fariseos, guardianes de la Ley, al verlos actuar así, reaccionen de inmediato y censuren su conducta. Pero los fariseos no se dirigen en su crítica a quienes cometen la infracción, sino al Maestro que se lo consiente: Mira –dicen-, tus discípulos están haciendo una cosa que no está permitida en sábado. ¿Qué cosa era ésa?

Arrancar espigas, realizar una labor agrícola, es decir, trabajar en el día en que hay que descansar. Éste es su pecado. No les acusan de robar en campo ajeno, sino simplemente de arrancar espigas en el día festivo o día destinado al descanso, según la Ley de Dios. Pero los apóstoles no arrancaban espigas para almacenar el grano o para venderlo, sino únicamente para comérselas, pues tenían hambre. Aquella actividad no perseguía otra cosa que procurarse algo de alimento para ese día, una actividad reclamada por la urgencia y la oportunidad del momento.

Ante la acusación farisaica que coloca a estos discípulos del lado de los transgresores de la Ley, Jesús sale en su defensa invocando el ejemplo de un ilustre personaje de la historia del pueblo de Israel a quien sorprendemos en compañía de sus soldados llevando a cabo acciones contrarias a la Ley o acciones que no estaban permitidas por esa ley que mandaba no hacer uso profano de las cosas sagradas. Tales eran los panes presentados y reservados a los sacerdotes que David y sus hombres, acosados por el hambre y quizá tras una intensa jornada de campaña militar, consumieron después de haber entrado en la casa de Dios. Pero comer de estos panes destinados a la ofrenda cultual o ya ofrecidos no les estaba permitido a personas ajenas al sacerdocio, como eran, en este caso, David y sus acompañantes.

Hicieron, pues, lo que la Ley prohibía a los profanos. Lo único que podía justificar esta acción era la urgente necesidad de recurrir a algún alimento para no desfallecer, y esos panes reservados eran el único alimento que se les puso al alcance de la mano en tales circunstancias. La misma necesidad (hambre) que justifica esta acción justificaría la acción de arrancar espigas por parte de sus discípulos, con la diferencia de que aquellos panes eran la ofrenda de un sacrificio cultual y las espigas del sembrado no, o aún no.

Pero la Ley también permitía excepciones, y Jesús se lo hace saber recurriendo al ejemplo de los sacerdotes que trabajan en el templo los sábados sin incurrir en culpa: al oficiar en el templo los sábados, violan la Ley, pero no se hacen culpables de transgresión. La Ley les permite a ellos lo que no les permite a otros, a saber, trabajar en sábado. Según este criterio, la Ley admite excepciones que encuentran justificación en situaciones de extrema necesidad o en las obligaciones asociadas al propio oficio, un oficio reconocido y apreciado en el marco de la misma Ley, cual es el oficio sacerdotal. Pues bien, si el servicio del templo justifica el incumplimiento del Sábado –dice Jesús-, aquí hay uno que es más que el templo, es decir, alguien con más autoridad que la emanada del templo; y si el templo y su culto imponen ciertas obligaciones que entran en conflicto con la Ley, también él –en cuanto mayor que el templo- puede eximir del cumplimiento de la Ley si éste colisiona con otros valores que es preciso salvar en una determinada situación.

Los fariseos, sin embargo, tampoco escaparán a la censura de Jesús, que aprovecha la ocasión para poner de manifiesto sus grandes carencias. Al fin y al cabo son de los que cuelan el mosquito y se tragan el camello. Ellos, los que se han constituido en guardianes de la Ley, merecen –a juicio de Jesús- una censura aún mayor que la que ha recaído sobre esos pobres hambrientos que, impelidos por la necesidad, se han visto obligados a buscar alimento en lugares y tiempos improcedentes, y es que no han comprendido todavía lo que Dios quiere del hombre, lo que realmente aprecia en él, que no es otra cosa que la misericordia, esa misericordia de la que ellos carecen cuando condenan a inocentesSi comprendierais –les dice- lo que significa «quiero misericordia y no sacrificios», no condenaríais a los que no tienen culpaPorque el Hijo del hombre es señor del Sábado.

La misericordia mira al prójimo necesitado; el sacrificio, a Dios. Siendo esto así, resulta que a Dios le agradan más nuestras obras de misericordia que nuestras ofrendas (o culto sacrificial). Y si le agradan nuestras ofrendas es sólo en la medida en que despiertan y sostienen nuestras acciones misericordiosas. No podemos olvidar, sin embargo, que hay ofrendas que son a la vez obras de misericordia. Pensemos en ese sacrificio en el que Cristo ofrece su propia vida por la salvación de la humanidad doliente. ¿No hay en esta ofrenda (=sacrificio) un acto de misericordia? ¿No se ofrece a Dios para remediar las miserias del hombre sujeto al pecado y a la muerte el que tantas muestras había dado ya de apiadarse de los miserables de este mundo?

Evidentemente que en este sacrificio había misericordia. Por eso, además de por ser el sacrificio del Hijo, es agradable a Dios. Nuestro culto sacrificial se concentra en la eucaristía, actualización sacramental del sacrificio de Cristo; pero sólo si nos ofrecemos con él podremos decir que ese sacrificio es también nuestro y será del agrado de Dios. Lo que justifica el sacrificio a los ojos de Dios es la actitud oferente inspirada en la misericordia, es decir, en ese deseo de contribuir con nuestra ofrenda a remediar ese estado de miseria y de indigencia en que se encuentra la humanidad, siempre necesitada de salvación. Ello explica la insistencia de Jesús en la misericordia, pues ella constituye la razón de ser de su venida a este mundo y de la existencia cristiana. Sólo si entendemos lo que significa quiero misericordia podemos considerarnos mentalmente cristianos. Y si realmente entendemos esto, no condenaremos a los que carecen de culpa, aunque les veamos violar ciertas leyes como la del descanso sabático. Lo refrenda el que se proclama Señor del sábado.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

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