II Vísperas – Domingo XVI de Tiempo Ordinario

II VÍSPERAS

DOMINGO XVI de TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme. 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Cuando la muerte sea vencida
y estemos libres en el reino,
cuando la nueva tierra nazca
en la gloria del nuevo cielo,
cuando tengamos la alegría
con un seguro entendimiento
y el aire sea como un luz
para las almas y los cuerpos,
entonces, sólo entonces,
estaremos contentos.

Cuando veamos cara a cara
lo que hemos visto en un espejo
y sepamos que la bondad
y la belleza están de acuerdo,
cuando, al mirar lo que quisimos,
lo vamos claro y perfecto
y sepamos que ha de durar,
sin pasión sin aburrimiento,
entonces, sólo entonces,
estaremos contentos.

Cuando vivamos en la plena
satisfacción de los deseos,
cuando el Rey nos ame y nos mire,
para que nosotros le amemos,
y podamos hablar con él
sin palabras, cuando gocemos
de la compañía feliz
de los que aquí tuvimos lejos,
entonces, sólo entonces,
estaremos contentos.

Cuando un suspiro de alegría
nos llene, sin cesar, el pecho,
entonces —siempre, siempre—, entonces
seremos bien lo que seremos.

Gloria a Dios Padre, que nos hizo,
gloria a Dios Hijo, que es su Verbo,
gloria al Espíritu divino,
gloria en la tierra y en el cielo. Amén.

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. Yo mismo te engendré, entre esplendores sagrados, antes de la aurora. Aleluya.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Yo mismo te engendré, entre esplendores sagrados, antes de la aurora. Aleluya.

SALMO 111: FELICIDAD DEL JUSTO

Ant. Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.

Dichoso quien teme al Señor
y ama de corazón sus mandatos.
Su linaje será poderoso en la tierra,
la descendencia del justo será bendita.

En su casa habrá riquezas y abundancia,
su caridad es constante, sin falta.
En las tinieblas brilla como una luz
el que es justo, clemente y compasivo.

Dichoso el que se apiada y presta,
y administra rectamente sus asuntos.
El justo jamás vacilará,
su recuerdo será perpetuo.

No temerá las malas noticias,
su corazón está firme en el Señor.
Su corazón está seguro, sin temor,
hasta que vea derrotados a sus enemigos.

Reparte limosna a los pobres;
su caridad es constante, sin falta,
y alzará la frente con dignidad.

El malvado, al verlo, se irritará,
rechinará los dientes hasta consumirse.
La ambición del malvado fracasará.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: LAS BODAS DEL CORDERO

Ant. Alabad al Señor, sus siervos todos, pequeños y grandes. Aleluya.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios,
porque sus juicios son verdaderos y justos.
Aleluya.

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos,
los que le teméis, pequeños y grandes.
Aleluya.

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo,
alegrémonos y gocemos y démosle gracias
Aleluya.

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero,
Su esposa se ha embellecido.
Aleluya.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Alabad al Señor, sus siervos todos, pequeños y grandes. Aleluya.

LECTURA: Hb 12, 22-24

Vosotros os habéis acercado al monte Sión, ciudad del Dios vivo, Jerusalén del cielo, a millares de ángeles en fiesta, a la asamblea de los primogénitos inscritos en el cielo, a Dios, juez de todos, a las almas de los justos que han llegado a su destino y al Mediador de la nueva alianza, Jesús, y a la aspersión purificadora de una sangre que habla mejor que la de Abel.

RESPONSORIO BREVE

R/ Nuestro Señor es grande y poderoso.
V/ Nuestro Señor es grande y poderoso.

R/ Su sabiduría no tiene medida
V/ Es grande y poderoso.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Nuestro Señor es grande y poderoso.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Al fin del tiempo, el Hijo del hombre separará el trigo de la cizaña. Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Al fin del tiempo, el Hijo del hombre separará el trigo de la cizaña. Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre.

PRECES

Alegrándonos en el Señor, de quien viene todo don, digámosle:

Escucha, Señor, nuestra oración.

Padre y Señor de todos, que enviaste a tu Hijo al mundo para que tu nombre fuese glorificado, desde donde sale el sol hasta el ocaso,
— fortalece el testimonio de tu Iglesia entre los pueblos.

Haznos dóciles a la predicación de los apóstoles,
— y sumisos a la verdad de nuestra fe.

Tú que amas a los justos,
— haz justicia a los oprimidos.

Liberta a los cautivos, abre los ojos a los ciegos,
— endereza a los que ya se doblan, guarda a los peregrinos.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Haz que los que duermen ya el sueño de la paz
— lleguen, por tu Hijo, a la santa resurrección.

Unidos entre nosotros y con Jesucristo, y dispuestos a perdonarnos siempre unos a otros, dirijamos al Padre nuestra súplica confiada:
Padre nuestro…

ORACION

Muéstrate propicio con tus hijos, Señor, y multiplica sobre ellos los dones de tu gracia, para que, encendidos de fe, esperanza y caridad, perseveren fielmente en el cumplimiento de tu ley. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Llamados a ser levadura o semilla que hacer crecer el Reino desde dentro

La cizaña debe arrancarse siempre para que el trigo crezca

Comentario – Domingo XVI de Tiempo Ordinario

Jesús nos sigue hablando en parábolas de uno de sus temas de predilección: el Reino de Dios. Hablar en parábolas es hablar en términos comparativos. Aquí se compara el Reino de los cielos, una realidad que nos es absolutamente desconocida, con algo que nos es más próximo y conocido, una realidad de nuestra experiencia cotidiana. Por eso se dice: El Reino de los cielos se parece a un hombre que… No nos dice lo que el Reino de los cielos es, sino únicamente aquello a lo que se parece. Nos habla, por tanto, de la apariencia de esa realidad que permanece oculta tras su apariencia. Pero la apariencia de una cosa no sólo oculta el ser de la cosa; también lo manifiesta. En la apariencia de una sustancia (persona o cosa) se manifiesta lo que es; luego, aunque no captemos toda su esencia, algo captamos de la misma. Sucede, además, que toda comparación nos lanza hacia el término comparado, sin que lo podamos apresar del todo.

Aquí el término de la comparación es el Reino de los cielos, y se compara con un hombre que sembró buena semilla en su campo. De un Dios bueno sólo puede esperarse buena semilla. Y del enviado de este Dios para llevar a cabo esta labor, también. El Hijo del hombre es el que siembra (con su palabra) la buena semilla en el mundo (porque el campo es el mundo); y la buena semilla, como explica el mismo Jesús, son los ciudadanos del Reino (y lo sembrado por ellos). Pero en el mundo no hay sólo buenos; hay también malos, o partidarios del Maligno; no hay sólo trigo, sino también cizaña. ¿De dónde viene la cizaña, si el sembrador sembró sólo trigo? La respuesta inmediata de Jesús suena así: De la acción seminal de un enemigo (el Maligno), que se opone a los planes del sembrador, que tiene el expreso propósito de echar a perder la cosecha, que no desea que el Reino de Dios progrese.

En semejante situación los criados proponen arrancar la cizaña cuanto antes, antes de que crezca y se extienda más, amenazando con tragarse la cosecha. Tal parece la solución más acertada, sobre todo a los que persiguen remedios inmediatos a los males sobrevenidos. Pero Jesús no acepta la propuesta. ¿No podría arrancarse el trigo al intentar arrancar la cizaña? La espiga de la cizaña es muy semejante a la del trigo y podría fácilmente confundirse con ésta. Además, ¿extirpar la maldad del mundo no exigiría también el aniquilamiento de los malos, sus operarios, sin dejarles ocasión y oportunidad de conversión? ¿Y al aniquilar a los malos no se estaría introduciendo una infusión de maldad en el mundo? ¿A quién le correspondería llevar a cabo esta labor de discernimiento que separe a buenos y malos? ¿No habría que establecer esta separación entre la bondad y la maldad en el corazón mismo de los buenos (en los que también hay maldad) y de los malos (en los que también hay bondad)? ¿Y puede introducirse este juicio separador antes de que finalice la vida de los sometidos a él?

Nosotros, como aquellos criados de la parábola que en seguida se convierten en jueces ejecutores de sentencias, tendemos a establecer muy a la ligera esta división maniquea entre buenos y malos, entendiendo por buenos a los que lo parecen, porque forman parte de un determinado grupo, porque observan unas normas de conducta, porque les vemos hacer ciertas obras de beneficencia, porque no se oponen a Dios y a los proyectos cristianos. Los malos serían los contrarios, los opositores, el resto. Pero esta distinción que, teóricamente, puede parecer tan sencilla como separar a los partidarios de Jesús y miembros de su Iglesia de los partidarios del Maligno, en la práctica es sumamente compleja y difícil. Nada tiene de extraño que el sembrador del trigo recomiende paciencia y espera, porque en el intento de arrancar la cizaña, podrían arrancar también el trigo. Por eso, aconseja: Dejadlos crecer juntos hasta la siega.

Pero esta permisión divina (dejadlos) atenta contra nuestra impaciencia que desearía ver el campo libre de cizaña ya, sin caer en la cuenta de que la mala semilla no sólo crece fuera, en el mundo, sino también dentro de cada uno. Sucede que el trigo y la cizaña crecen tan juntos, que no son sólo vecinos del mismo bloque, sino inquilinos de la misma casa; porque en nuestro corazón conviven, compartiendo morada, egoísmo y generosidad, pereza y diligencia, soberbia y humildad, maldad y bondad. Aquí, en este espacio de interioridad, sí cabe discernir (tal es el juicio moral), separar y extirpar incluso (tal es labor penitencial) la cizaña antes de que llegue el tiempo de la siega. Pero la tarea que consiste en arrancar la cizaña del mundo que nos rodea (del corazón de los demás) ya es más compleja.

En realidad, sólo el juez supremo puede llevarla a cabo con éxito; porque él es el único capaz de discernir, y en el momento justo, es decir, al final. Hasta entonces, las vidas humanas pueden experimentar cambios muy notables, cambios que exigen rectificación en el juicio. El discernimiento definitivo sólo se puede hacer al final, en el momento de la siega, cuando ya no cabe otra cosa que separar lo llegado a su término. Y tras el juicio y la separación comparecerá el destino de lo sembrado, porque trigo y cizaña tendrán destinos diferentes. El trigo, el granero donde se almacenará; y la cizaña, el fuego o el horno encendido en el que será quemada.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Directorio para el Ministerio Pastoral de los Obispos «Apostolorum Successores»

130. Ambientes en los que se desarrolla la catequesis.

Es necesario esforzarse para que la Palabra de Dios penetre, de modo diferente según la formación y las condiciones de las personas, en todos los ambientes y en todas las categorías de la sociedad contemporánea: en el ambiente urbano, rural, estudiantil, profesional, obrero, etc., y proveer también para trasmitir la doctrina cristiana a aquellas personas que tienen menos acceso a la atención pastoral común, como los que han sido afectados por formas de incapacidad física o mental, ciertos grupos particulares (prófugos, refugiados, nómadas, los que trabajan en el circo y en las ferias, emigrantes, encarcelados, etc.). En el ambiente urbano – hoy cada vez más extendido – se podrán instituir cursos periódicos de catequesis específica según los diferentes intereses profesionales y grados de formación cultural: para obreros, para intelectuales, para profesionales de algún sector, para empleados y comerciantes, para artistas, etc. Con este fin, es necesario elegir las modalidades más idóneas para cada caso: lecciones, conferencias, debates, mesas redondas, y los lugares más apropiados: en primer lugar las parroquias, pero también, si es posible, los mismos lugares de trabajo (centros de enseñanza, negocios, oficinas), los centros culturales, deportivos, de reposo, de turismo, de peregrinación y de diversión pública.

Para realizar este objetivo, el Obispo debe convocar a clérigos, religiosos, miembros de las Sociedades de vida apostólica y laicos, ya presentes en los diferentes ambientes sociales y que, por tanto, tengan experiencia directa de la mentalidad profesional, hablen el mismo lenguaje y – en el caso de los laicos – compartan el mismo estilo de vida. Con esta finalidad, el Obispo debe incitar a todas las instancias diocesanas y solicitar la generosa ayuda de asociaciones, comunidades y movimientos eclesiales.

Es necesario en fin, recordar siempre a los padres cristianos que a ellos compete el derecho y el deber irrenunciable de educar cristianamente a los hijos, en primer lugar con el ejemplo de una vida cristiana recta, pero también con la enseñanza, especialmente cuando otros ambientes de catequesis se demuestran insuficientes.(381) Convendrá además impulsarlos a emprender útiles iniciativas catequéticas de ámbito familiar o catequesis familiar en beneficio de los hijos propios y de familias amigas, procurándoles con tal finalidad los subsidios necesarios.(382)


381 Cf. Codex Iuris Canonici, cans. 226 § 2 y 774.

382 Cf. Juan Pablo II, Exhortación Apostólica postsinodal Familiaris Consortio, 40 y 49-62.

Lectio Divina – Domingo XVI de Tiempo Ordinario

El misterioso crecimiento del Reino
La paciencia de Dios
Mateo 13, 24-43

1. Oración inicial

Espíritu de verdad, enviado por Jesús para conducirnos a la verdad toda entera, abre nuestra mente a la inteligencia de las Escrituras. Tú, que descendiendo sobre María de Nazareth, la convertiste en tierra buena donde el Verbo de Dios pudo germinar, purifica nuestros corazones de todo lo que opone resistencia a la Palabra.

Haz que aprendamos como Ella a escuchar con corazón bueno y perfecto la Palabra que Dios nos envía en la vida y en la Escritura, para custodiarla y producir fruto con nuestra perseverancia.

2. Lectura

a) División del texto:

El texto consta de tres parábolas, un intermedio y la explicación de la primera parábola: Las tres parábolas, la de la cizaña y el trigo (13, 24-30), la del grano de mostaza (13, 31-32), y la de la levadura (13, 33), tienen la misma finalidad. Quieren corregir las expectativas de los contemporáneos de Jesús, que creían que el Reino de Dios irrumpiría con fuerza y eliminaría de pronto todo lo que le fuera contrario. A través de estas parábolas Jesús quiere explicar a sus oyentes que Él no ha venido a instaurar el Reino con potencia, sino para inaugurar los tiempos nuevos gradualmente, en la cotidianidad de la historia, de una forma que, a veces, pasa inadvertida. Sin embargo, su obra lleva consigo una fuerza inherente, un dinamismo y un poder transformante que poco a poco va cambiando la historia desde dentro, según el proyecto de Dios…¡si se tiene ojos para verlo!
En 13, 10-17, entre la parábola del sembrador y su explicación, el evangelista introduce un coloquio entre Jesús y sus discípulos en el que el Maestro les explica el motivo por el cual a la muchedumbre habla sólo en parábolas. También aquí, entre las parábolas y la explicación, el evangelista hace un breve comentario del por qué Jesús habla en parábolas (13, 34-33).
Sigue finalmente la explicación de la parábola de la cizaña y el trigo (13, 36-43). Lo que maravilla en esta explicación es que mientras muchos detalles de la parábola son interpretados, ni siquiera se hace una mínima mención del punto clave de la parábola, a saber, el diálogo entre el amo y sus siervos con respecto a la cizaña que ha crecido con el grano. Muchos estudiosos deducen que la explicación de la parábola no es obra de Jesús, sino del evangelista y cambia el sentido original de la parábola. Mientras Jesús intentaba corregir la impaciencia mesiánica de sus contemporáneos, Mateo se dirige a los cristianos tibios para exhortarles y casi amenazarlos con el juicio de Dios. Parábola y explicación forman parte, de todos modos, del texto canónico y por tanto las dos se tienen en consideración, porque las dos contienen la Palabra de Dios dirigida a nosotros hoy.

Mateo 13, 24-43

b) El texto:

24-30: Otra parábola les propuso, diciendo: «El Reino de los Cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero, mientras su gente dormía, vino su enemigo, sembró encima cizaña entre el trigo, y se fue. Cuando brotó la hierba y produjo fruto, apareció entonces también la cizaña. Los siervos del amo se acercaron a decirle: `Señor, ¿no sembraste semilla buena en tu campo? ¿Cómo es que tiene cizaña?’ Él les contestó: ‘Algún enemigo ha hecho esto.’ Dícenle los siervos: `¿Quieres, pues, que vayamos a recogerla?’ Díceles: `No, no sea que, al recoger la cizaña, arranquéis a la vez el trigo. Dejad que ambos crezcan juntos hasta la siega. Y al tiempo de la siega, diré a los segadores: Recoged primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo recogedlo en mi granero.’»
31-32: Otra parábola les propuso: «El Reino de los Cielos es semejante a un grano de mostaza que tomó un hombre y lo sembró en su campo. Es ciertamente más pequeña que cualquier semilla, pero cuando crece es mayor que las hortalizas, y se hace árbol, hasta el punto de que las aves del cielo vienen y anidan en sus ramas.»
33: Les dijo otra parábola: «El Reino de los Cielos es semejante a la levadura que tomó una mujer y la metió en tres medidas de harina, hasta que fermentó todo.»
34-35: Todo esto dijo Jesús en parábolas a la gente, y nada les hablaba sin parábolas, para que se cumpliese lo dicho por el profeta: Abriré con parábolas mi boca, publicaré lo que estaba oculto desde la creación del mundo.
36-43: Entonces despidió a la multitud y se fue a casa. Y se le acercaron sus discípulos diciendo: «Explícanos la parábola de la cizaña del campo.» Él respondió: «El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino; la cizaña son los hijos del Maligno; el enemigo que la sembró es el diablo; la siega es el fin del mundo, y los segadores son los ángeles. De la misma manera, pues, que se recoge la cizaña y se la quema en el fuego, así será al fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, que recogerán de su Reino todos los escándalos y a los obradores de iniquidad, y los arrojarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga.

3. Un momento de silencio orante

para que la Palabra de Dios pueda entrar en nosotros e iluminar nuestra vida.

4. Algunas preguntas

para ayudarnos en la reflexión personal.

a) De frente al mal que ves en el mundo y en ti mismo ¿cuál es tu reacción, la de los siervos o la del amo?
b) ¿Cuáles son los signos de la presencia de Dios que consigues vislumbrar en el mundo y en tu vida?
c) ¿Qué imagen de Dios emerge de estas tres parábolas? ¿Es ésta tu imagen de Dios?

5. Una clave de lectura

para aquéllos que quieran profundizar más en el tema.

a) El Reino de Dios:

En los dos sumarios que nos ofrece del ministerio de Jesús, Mateo lo presenta predicando el evangelio o la buena nueva del Reino y sanando (4, 23; 9, 35). La expresión «Reino de los cielos» se encuentra 32 veces en Mateo. Es una expresión equivalente a «Reino de Dios», que se encuentra sólo 4 veces en Mateo, mientras es la expresión más usual en el resto del Nuevo Testamento. Por respeto, los hebreos evitaban mencionar no sólo el Nombre de Dios que fue revelado a Moisés (ver Ex 3, 13-15), sino también la palabra Dios a la que substituyen con otras varias palabras y expresiones entre las cuales «El Cielo» o «Los Cielos». Mateo, el más hebraico de los evangelistas, se conforma a esta usanza.
La expresión no se encuentra en el Antiguo Testamento, donde sin embargo se encuentra a menudo la idea de la realeza de Dios sobre Israel y sobre el universo y también el equivalente verbal de la expresión neotestamentaria, «Dios reina». En efecto, el Reino de Dios, incluso como viene presentado en el Nuevo Testamento, es sobre todo la acción de Dios que reina y la situación nueva que resulta de su reinar. Dios ha sido siempre rey, pero con el pecado Israel y la humanidad toda entera se sustraen de su reinado y crean una situación contraria a su proyecto originario. El Reino de Dios se establecerá cuando todo esté de nuevo sometido a su dominio, o sea, cuando, aceptando su soberanía, la humanidad realice su diseño.
Jesús ha proclamado la venida de estos tiempos nuevos (ver por ejemplo Mt 3,2). De cualquier modo la realidad del Reino de Dios se hace presente y anticipada en Él y en la comunidad fundada por Él. Pero la Iglesia no es todavía el Reino. Ella crece misteriosa y gradualmente hasta conseguir su plenitud al final de los tiempos.

b) La lógica de Dios:

La realidad del Reino y su crecimiento, como viene descrito por Jesús, nos ponen de frente al misterio de Dios, cuyos pensamientos no son siempre nuestros pensamientos. No confundamos realeza con fuerza, con imposición, con triunfalismo. Nos gusta las cosas hechas a lo grande. Consideramos que hemos realizado una empresa, cuando viene aclamada y cuando a ella se adhieren muchas personas. Éstas, sin embargo, son tentaciones por las que también la comunidad cristiana se deja seducir y en vez de ponerse al servicio del Reino, a menudo se encuentra en contraposición a él. Dios, por su parte, prefiere llevar adelante su proyecto con cosas pequeñas, pobres, insignificantes y mientras nosotros tenemos siempre prisa por llevar a término cuanto antes nuestros proyectos, Dios sabe esperar con mucha paciencia y longanimidad.

6. Salmo 145

Himno al Señor Rey

Te ensalzaré, Dios mío, mi Rey,
bendeciré tu nombre por siempre;
todos los días te bendeciré,
alabaré tu nombre por siempre.

Grande es Yahvé, muy digno de alabanza,
su grandeza carece de límites.
Una edad a otra encomiará tus obras,
pregonará tus hechos portentosos.
El esplendor, la gloria de tu majestad,
el relato de tus maravillas recitaré.
Del poder de tus portentos se hablará,
y yo tus grandezas contaré;
se recordará tu inmensa bondad,
se aclamará tu justicia.
Es Yahvé clemente y compasivo,
tardo a la cólera y grande en amor;
bueno es Yahvé para con todos,
tierno con todas sus creaturas.

Alábente, Yahvé, tus creaturas,
bendígante tus fieles;
cuenten la gloria de tu reinado,
narren tus proezas,
explicando tus proezas a los hombres,
el esplendor y la gloria de tu reinado.
Tu reinado es un reinado por los siglos,
tu gobierno, de edad en edad.
Fiel es Yahvé en todo lo que dice,
amoroso en todo lo que hace.

Yahvé sostiene a los que caen,
endereza a todos los encorvados.
Los ojos de todos te miran esperando;
tú les das a su tiempo el alimento.
Tú abres la mano y sacias
de bienes a todo viviente.

Yahvé es justo cuando actúa,
amoroso en todas sus obras.
Cerca está Yahvé de los que lo invocan,
de todos los que lo invocan con sinceridad.
Cumple los deseos de sus leales,
escucha su clamor y los libera.
Yahvé guarda a cuantos le aman,
y extermina a todos los malvados.

¡Que mi boca alabe a Yahvé,
que bendigan los vivientes su nombre
sacrosanto para siempre jamás!

7. Oración final

«Tu tienes piedad de todos, porque todo lo puedes
y disimulas los pecados de los hombres para traerlos a la penitencia.
Pues amas todo cuanto existe
y nada aborreces de lo que has hecho;
pues si tú hubieras odiado alguna cosa, no la habrías formado.
¿Y cómo podría subsistir nada si tú no quisieras?
o ¿cómo podría conservarse sin ti?
Pero a todos perdonas, porque son tuyos, Señor , amador de las almas.
Porque en todas las cosas está tu espíritu incorruptible.
Y por eso corriges poco a poco a los que caen,
y a los que pecan los amonestas, despertando la memoria de su pecado,
para que apartándose de la maldad, crean, Señor, en ti.»

Siendo justo, todo lo dispone con justicia
no condenas al que no merece ser castigado
pues lo tienes por indigno de tu poder.
Porque tu poder es el principio de la justicia
y tu poder soberano te autoriza para perdonar a todos.
Sólo si no eres creído perfecto en poder
haces alarde de tu fuerza,
confundes la audacia de los que dudan de ella.
Pero tú, Señor de la fuerza, juzgas con benignidad
Y con mucha indulgencia nos gobiernas,
pues cuando quieres tienes el poder en las manos»

Sab 11, 24-12, 2.15-18

Parábolas para una crisis de la Iglesia (2ª parte)

El mal está con nosotros

1.- La parábola de la cizaña es una enseñanza justa, precisa y muy importante. El Hijo de Dios nos recuerda que el mal existe y que quien lo siembra es el Maligno. El texto del Evangelio de Mateo es claro, conciso e inequívoco. Es verdad que asistimos a muchos episodios de maldad humana y ello nos puede llevar a suponer que es una realidad contingente y cercana, solo imputable al hombre. Por ello, entonces, podríamos suponer que la bondad es obra nuestra también y que solo es generada por nuestro buen corazón. Tampoco es así. La semilla de bondad que reina en nuestras almas ha sido plantada por Dios, por medio de la Palabra –el Verbo– que es su Hijo. El mal está en nuestra naturaleza, por causa del pecado original. Esa desobediencia cósmica, profunda, inducida por el Malo, cambió el curso de la creación. Pero, además, el mal anida en nosotros, por miles de actos que constituyen un enfrentamiento con Dios. No es sólo un problema de inclinaciones dentro de una naturaleza torcida. Cada vez que hacemos el mal y, entendemos perfectamente, que es una forma más de oponerse a Dios. No debemos tener miedo al mal, pero tampoco desconocerlo o disculparlo a ultranza. El mal –el Maligno– será derrotado definitivamente al final de los tiempos, pero mientras tanto ejercerá su reinado.

2.- Hoy nos podemos hacer la pregunta que más se han formulado los humanos de todos los tiempos. ¿Por qué existe el mal y por qué Dios lo permite? El mal no existe como una prueba, ni como un test, ni tampoco como un inconveniente que haga brillar a los mejores y hundirse a los peores. El mal existe por voluntad de quienes, un día, se rebelaron, porque Dios hizo su creación en libertad. No fabricó unas marionetas, constantemente manejadas por hilos. Creó seres libres, ya que la libertad está en la esencia divina. Y los ángeles, espíritus puros, también asemejados a Dios, tienen su libertad y optan a ella. Cuando se produjo la rebelión angélica se estaba creando el imperio del mal. No por decisión divina, si no por voluntad de sus ejecutores. El Episodio del Edén, el engaño demoníaco frente a un árbol prohibido, tuvo su acción inductora, pero la responsabilidad fue de quienes comieron. El desafío era convertirse en dioses e iniciar su propia auto-adoración. Pues, como ahora. El gran pecado de la soberbia no es otra cosa que preferirse a uno mismo, en lugar de Dios y de los hermanos. Todo acto de rebeldía contra Dios no es un gesto inconsciente. Se trata de hechos concretos con su graduación en el mal perfectamente mensurable y basado en hechos reales.

3.- Hay una resolución al antagonismo entre el bien y el mal, en el tiempo y en el espacio. Y se resolverá en los últimos días, cuando vengan los ángeles a segar. En toda la historia de la Salvación ese momento final está muy presente. Es posible que con la noción de la benevolencia divina, pudiéramos pensar que el mal –y el Maligno– desaparecerían sin mal, ni daño. Nos cuesta trabajo pensar en lo terrible de una condenación eterna, cuando sabemos que Dios es Padre y quiere a sus creaturas. Pero no podemos dejar de reconocer que son muchas las gentes que llevan su rebeldía hasta niveles profundos y definitivos. Militan en el Mal de tal manera, que no quieren salir de esa situación. Ya no será un leve engaño, ni una torpeza salida de tal engaño. Es una opción terrible y completa. Debemos de enfrentarnos con seriedad y conocimiento al hecho de la existencia del mal. Y no esconderlo entre los pliegues de una tolerancia mal entendida. Pero una vez aceptado ese hecho, nuestra obligación es pedir a Dios «que todos los hombres se salven», porque es lo que el Señor quiere. Es más que obvio que todos, con la ayuda de Dios podemos obviar el mal.

4.- «El Señor esta cerca de los atribulados». El Señor cuida de que sus Hijos no se pierdan. Hay gracia sobreabundante donde reinó el pecado. No podemos dar por asumido ese juego maniqueo del bien y del mal, por el cual cada uno se alinea en un lado o en otro, como en un partido de fútbol. El bien vence al mal con la ayuda de Dios. Y ese es el camino. Tenemos la obligación de luchar urgentemente contra el mal y sacar de sus garras a nuestros hermanos. No hay reparto previo de malos y buenos en cantidades prefijadas. «Tu, Señor, eres bueno y clemente», dice el salmo que cantamos hoy. Y es perfectamente expresivo y diría que muy útil. Se trata de rezar siempre invocando la bondad y la clemencia de Dios, pues esa será la llave de la Salvación. La Esperanza total de que un día seremos salvos por la generosidad de Dios, no nos puede hacer olvidar que el mal está en nosotros. Pero también Dios esta cerca para escuchar los gemidos de nuestro corazón «humilde y contrito».

5.- El fragmento del Libro de la Sabiduría, que leemos hoy nos muestra el deseo de Dios de perdonar y de olvidar, cuantas veces fuese necesario, el pecado del hombre. Dice la Escritura: «y diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento». Dulce esperanza es una excelente expresión muy oportuna para ser meditada hoy. Es el Dios –Padre Nuestro– que va siempre tras su pueblo, procurando su regreso y su arrepentimiento. Pero va a ser San Pablo quien afine aun más la acción divina en nosotros y dentro de la búsqueda del arrepentimiento y de la paz. Dice Pablo: «El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables». No hemos de temer por nuestros pocos medios personales, ni por una voluntad rota, ni por, tampoco, la repetición de nuestras faltas. Llegará el equilibrio, vendrá el Espíritu en nuestra ayuda.

6.- Por tanto, el reconocimiento de la existencia de la cizaña, no significa nada más que el reconocimiento de que existe. No se trata de una afirmación de su poder o de su capacidad para doblegarnos. No es dicho reconocimiento un planteamiento pesimista, ni truculento. Es la constatación de una realidad que nos circunda. Debemos de releer después de la Eucaristía el fragmento del Evangelio de San Mateo que hoy hemos proclamado. Jesús nos dice que existe el Mal y nos lo muestra para que no seamos engañados por «falsas bondades». Hemos de protegeremos del engaño del Maligno, pues sus armas preferidas son precisamente esas mentiras con aspecto de verdades entretejidas especialmente para nosotros, con parte de los materiales –malos– que tenemos dentro. Jesús nos avisa de ese peligro. Hemos de escucharle. Hoy y siempre.

Ángel Gómez Escorial

Justos, no justicieros

En la serie “Por muchas razones”, en el último capítulo, uno de los actores dice esta frase: “Al final los malos ganamos a los buenos”. Mucha gente haría suya esta afirmación: ya sea en las pequeñas cosas de cada día como en los grandes temas mundiales, una constante es que quienes van a la suya, no piensan en los demás, se saltan las leyes, defraudan… acaban saliéndose con la suya, mientras que las personas que intentan hacer las cosas correctamente lo pasan peor y parece que su trabajo y esfuerzo resulta inútil o cae en el vacío. Esta experiencia puede provocar que algunas personas se harten y acaben tomándose la justicia por su mano, con graves consecuencias.

Aunque seamos cristianos, y a veces precisamente por serlo, también nosotros sentimos ese hartazgo ante tantos que se salen con la suya y sin que les suponga grandes consecuencias. Y como el Señor dijo: Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia (Mt 5, 6) y creemos tener claro lo que está bien y lo que está mal, aflora en nuestro interior una especie de “vena justiciera” que nos hace desear que “quien la hace la paga”, incluso rezamos para que “Dios les castigue”. Pero como vemos que eso no ocurre, lamentablemente en la Historia de la Iglesia ha habido quienes, “en nombre de Dios”, se han tomado la justicia por su mano para castigar a los que hacen el mal.

Sin embargo, tomarse la justicia por su mano es totalmente contrario al Evangelio; ni siquiera debemos desear que Dios castigue a quienes consideramos culpables, porque como hemos escuchado en la 2ª lectura, nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene.

Para que no seamos “justicieros” y sepamos qué actitud debemos adoptar como cristianos, el Señor hoy nos ofrece la parábola del trigo y la cizaña. Como los criados de la parábola, a nosotros lo primero que nos sale de dentro es “la vena justiciera”: arrancar la cizaña, extirpar el mal cuanto antes. Pero el dueño del campo, que es el Señor, muestra una actitud muy distinta.

Él no niega que hay un mal, la cizaña; y sabe que ese mal ha sido realizado intencionadamente por una persona “mala” (un enemigo lo ha hecho). Pero su reacción no es tomarse la justicia por su mano contra ese enemigo; ni siquiera lo vuelve a mencionar. Y tampoco quiere arrancar el mal de raíz, indicando a los criados, y a nosotros, las consecuencias que eso podría tener: No, que podríais arrancar también el trigo. El Señor toma otra actitud, sorprendente: Dejadlos crecer juntos hasta la siega.

El bien y el mal no están tan definidos como nosotros creemos; a veces están tan entrelazados, en uno mismo, en las realidades humanas, en la sociedad… que no se deben adoptar medidas drásticas y tajantes porque se puede provocar mucho
daño. Con esta parábola, el Señor nos pide que, aunque tengamos delante el mal y veamos que va creciendo, no nos tomemos la justicia por nuestra mano para “arrancar el mal”, ni pidamos a Dios que castigue a “los enemigos” que siembran tanto mal: aguardemos hasta que llegue el momento en el que, como ocurre con las espigas maduras de trigo y de cizaña, el mal quede bien identificado y entonces será el momento de “segarlo”.

Seguramente el proceder de Dios choca con nuestra mentalidad y deseos, incluso “no lo consideramos justo”; pero la 1ª lectura nos ha dicho algo sobre Dios que no debemos olvidar: Obrando así enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano, y diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento. Dios nos pide que seamos justos, no justicieros, y aunque haya enemigos que siembren el mal, y lo suframos, no debemos perder nuestra humanidad devolviendo mal por mal e insulto por insulto (1Pe 3, 9); Dios nos pide que también demos lugar al arrepentimiento. 

¿Creo que “los malos ganan a los buenos”? ¿En alguna ocasión he deseado que Dios castigue a alguien? ¿He llegado a tomarme la justicia por mi mano? ¿Pienso en las consecuencias de actuar como un justiciero? ¿Sé aguardar, doy lugar al arrepentimiento de quien considero mi “enemigo”?

Que el Espíritu Santo, que viene en ayuda de nuestra debilidad (2ª lectura) nos recuerde lo que el Señor nos dice. Que nos enseñe a tener hambre y sed de la justicia, pero no como justicieros, porque reconozcamos que no estaríamos hoy aquí si Dios no tuviera paciencia y nos diera lugar para arrepentirnos de la cizaña que llevamos en nosotros y que también sembramos con nuestros actos.

Comentario al evangelio – Domingo XVI de Tiempo Ordinario

NO SABEMOS… COMO CONVIENE


Israel ha ido descubriendo, madurando, purificando, profundizando el rostro de Dios a lo largo de su historia, conforme iban pasando por diversas situaciones históricas. Y así ha quedado recogido en los distintos libros de la Biblia, por lo que podemos encontrar diferentes y hasta contradictorios rostros de Dios.  También nos pasa lo mismo a nosotros: según vamos experimentando diferentes acontecimientos en nuestra vida, según vamos reflexionando, estudiando, viviendo… vamos conociendo y experimentando e incluso corrigiendo nuestras vivencias sobre Dios.

El Libro de la Sabiduría es de los últimos en escribirse antes de Jesucristo. Los judíos se encontraban dispersos por el mundo, por el Imperio Romano, y la mayoría vivía en grupos aislados, con apuros económicos y discriminados, aunque permanecían fieles a Dios. Y lógicamente se preguntaban: ¿Por qué estamos así, por que Dios permite que los paganos prosperen, y nosotros suframos la injusticia? ¿Por qué no interviene ahora, como hizo en otros tiempos? ¿Ha perdido su poder?

En tiempos de crisis, de conflicto, de dificultades… estas preguntas vuelven de nuevo. Sobre todo (y pasa precisamente en estos momentos) los más frágiles, los que no cuentan, los que no pueden… sufren con mayor intensidad y experimentan la injusticia de los que tienen en su mano el poder.

El autor de este libro comienza diciendo algo que sí sabían: Sólo existe un Dios Creador y Señor de todo, Omnipotente y providente que ama a todas sus criaturas. Pero… tal vez no recordaban o «no sabían» que  su señorío le hace compasivo con todos, le «hace perdonar/ser indulgente con todos». Los hombres echamos mano de la fuerza para imponer temor y respeto, para someter y dominar a los más débiles, para conseguir que triunfen nuestros critrios. Dios, por el contario, a pesar de ser el dueño de la fuerza, no la usa para imponer su soberanía; no recurre a castigos y escarmientos, ni a la venganza… sino que se muestra con todos, ¡también con los malvados!, manso e indulgente (vv. 17-18). Quiere enseñar a su pueblo que: el justo debe ser humano y amar a los hombres. A pesar de que actúen de modo inaceptables y rechazable, ningún hombre es despreciable, todos merecen ser amados y esperar su arrepentimiento. Dios no quiere la muerte del malvado, sino que: «se convierta de su conducta y viva» (Ez 18,23); por eso deja siempre la puerta abierta a la posibilidad del arrepentimiento. Nosotros no sabemos todavía ser así (v.19). 

El domingo pasado meditábamos en que la creación vive con la esperanza de ser liberada y «está gimiendo con dolores de parto«. Y nosotros, aun poseyendo las primicias del Espíritu «gemimos en nuestro interior suspirando porque Dios nos haga sus hijos y libere nuestro cuerpo«. Y hoy San Pablo afirma que «no sabemos orar como conviene». La creación que gime, nuestra conciencia de ser hijos y la necesidad de ser liberados son, deben ser, contenido de nuestra oración. Pero a menudo nuestra oración anda por otros derroteros: intentando «presionar» a Dios para que cumpla nuestros deseos, demasiado centrados en nuestras cosas, en los nuestros (individualismo, egocentrismo…), con demasiada palabrería («ya sabe el Padre todo lo que necesitáis aun antes de pedírselo», nos advertía Jesús. Con horizontes demasiado bajos y frecuentemente con rutina y dando vueltas a los mismos asuntos. Menos mal que «el Espíritu acude en ayuda de nuestra debilidad e intercede por nosotros». Desde nuestro más profundo interior, donde él reside, haciéndonos su Templo, podemos orar para buscar la voluntad de Dios, para que avance el Reino, para plantearnos cómo vivir en esta creación -esta casa común- que hoy gime, para discernir los signos de los tiempos, para colaborar cada cual desde su propia vocación, con el proyecto salvador de Dios. No sabemos hacerlo como conviene, por eso ¡precisamos contar, invocar, dejarnos acompañar por el Espíritu en nuestras oraciones! Personal y comunitariamente. Para orar «como conviene«. Ven Espíritu Divino…

Jesús había comenzado su tarea hablando del Reino y de la felicidad que él supone y que ya está presente (bienaventuranzas y sermón del Monte). En la cabeza de la gente y de los mismos discípulos, había muchos sueños, ideas y deseos sobre la acción de Dios en el mundo, alimentadas a veces por los mismos profetas. Pero… después de un cierto tiempo… el resultado es desalentador. No pasa lo que ellos esperaban con tanto anhelo. ¿Por qué? Aún más: ¿pueden ellos hacer algo para que las cosas mejoren? 

Jesús quiere centrarles, aclararles las cosas, invitarles a la responsabilidad, a la esperanza y a la paciencia. Para ello se sirve de algunas parábolas. Resumiendo y subrayando:

– En el mundo, en la Iglesia y en cada uno de nosotros conviven el bien y el mal. Todostenemos sembrada semillas buenas, pero un «enemigo» ha sembrado también cizaña. Y se nota que ambas crecen juntas. ¿Hacemos una buena limpieza y quitamos estorbos para que el resultado sea mejor? Pues no. No tenemos datos ni criterios suficientes para actuar de jueces: tarea que sólo corresponde a Dios. Y de hacerlo, tendríamos el riesgo de arrancar también lo bueno. El sembrador (como en la primera lectura) prefiere seguir haciendo caer su lluvia sobre malos buenos… hasta el momento de la siega… confiando incluso que las malas yerbas se «conviertan» y produzcan frutos.

– En segundo lugar Jesús compara el Reino no con los grandes cedros del Líbano, con un ciprés o algún otro árbol majestuoso. Se sirve del humilde árbol de mostaza, que puede llegar a medir hasta tres metros en el mejor de los casos, pero es pequeño. Sin embargo tiene capacidad de acoger a todos los pájaros que busquen refugio. Es la grandeza de lo pequeño. Desmonta así los deseos de grandeza, de grandiosidad, de triunfo espectacular, de ser muchos, de arrasar con su poder. No son esos los caminos de Dios. Sino crecer, desarrollarse y acoger a los hermanos que quieran refugiarse en sus ramas. Han sido  ésas grandes tentaciones de la Iglesia de todos los tiempos. También de hoy. Pero no por ser grandes, no por tener muchos recursos o buenos contactos y pactos, no por ser muchos… se cumplen mejor los proyectos de Dios.  Puede que todo lo contrario. Cuidar la comunidad, las relaciones, la acogida, en cambio, sí que le importa al Señor. Es lo que conviene ser.

– Por último, la parábola de la «desproporción». Tres medidas de harina vendrían a ser 22 litros… menudo pedazo de pan resulta con un poco de levadura. La masa es mucha, como el mundo, y seguirá siendo masa… pero la presencia discreta y mínima, pero muy potente, de la levadura, hace posible el pan para comer, lo cambia todo. Así también el Reino, la comunidad cristiana, la Palabra de Jesús… «poca cosa»,  ni se ve, pero su tarea es que todo sea distinto. Así ha sido (y todavía), por ejemplo, la presencia callada de la Iglesia y de muchas personas buenas aliviando esta situación terrible del coronavirus. Acompañando, ofreciendo comida, orando, dando refugio en sus locales, y también esperanza. Sin hacer ruido, sin que se note, sin que una inmensa mayoría se entere. Ha sido levadura. Es lo que tenía que ser, convenía actuar así. Lo sabemos porque Jesús nos lo había dejado claro.

Enrique Martínez de la Lama-Noriega, cmf