El tesoro más valioso, por el que merece la pena venderlo todo

El contexto de pandemia global que atravesamos y la incertidumbre radical que se nos impone como compañera de camino nos fuerzacomo personas y como comunidades cristianas a hacernos preguntas incómodas y desinstaladoras. Una de ellas sin duda es ¿cuál es hoy nuestro tesoro? porque sólo desde ahí entenderemos también que es lo que nos moviliza, donde están nuestros miedos, nuestros riesgos, nuestras confianzas, ya que como   nos recuerda también el Evangelio donde esta nuestro tesoro esta nuestro corazón (Mt 6,19-23).

Nuestros aparatos ideológicos pueden autoengañarnos, pero hay un criterio de objetividad que desvela siempre la realidad y desnuda nuestros discursos y opciones es el criterio de los afectos: las razones del corazón. Las convicciones son importantes, pero más poderosas que ellas son el amor y la fuerza de los vínculos: historias de vida, relaciones, geografías, concretas que nos ayudan a descubrir que el Evangelio es verdad y entre quienes decidimos aventurar la vida más allá de todo pragmatismo y calculo.

En un contexto en el que impera un mercado salvaje y no se distingue valor y precio el Evangelio encarnado en las vidas de los y las descartables se nos revela como un bien mayor  irreductible  por el que merece la pena apostarlo todo, aunque no suponga más “ventaja” que la propia libertad y plenitud de una vida colmada más allá de todo pronóstico y calculo económico.

Pepa Torres

II Vísperas – Santiago Apóstol

II VÍSPERAS

SOLEMNIDAD DE SANTIAGO APÓSTOL

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Pues que siempre tan amado
fuiste de nuestro Señor,
Santiago, apóstol sagrado,
sé hoy nuestro protector.

Si con tu padre y con Juan
pescabas en Galilea,
Cristo cambió tu tarea
por el misionero afán.
A ser de su apostolado
pasas desde pescador:

Por el hervor del gran celo
que tu corazón quemaba,
cuando Cristo predicaba
aquí su reino del cielo,
“Hijo del trueno” llamado
fuiste por el Salvador.

Al ser por Cristo elegido,
por él fuiste consolado,
viéndole transfigurado,
de nieve y de sol vestido
y por el Padre aclamado
en la cumbre del Tabor.

Cuando el primero a su lado
en el reino quieres ser,
Cristo te invita a beber
su cáliz acibarado;
y tú, el primero, has sellado
con tu martirio el amor.

En Judea y Samaría
al principio predicaste,
después a España llegaste,
el Espíritu por guía,
y la verdad has plantado
donde reinaba el error,

SALMO 115: ACCIÓN DE GRACIAS EN EL TEMPLO

Ant. Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan y empezó a sentir terror y angustia.

Tenía fe, aun cuando dije:
«¡Qué desgraciado soy!»
Yo decía en mi apuro:
«Los hombres son unos mentirosos.»

¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando su nombre.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo.

Mucho le cuesta al Señor
la muerte de sus fieles.
Señor, yo soy tu siervo,
siervo tuyo, hijo de tu esclava:
rompiste mis cadenas.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando tu nombre, Señor.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo,
en el atrio de la casa del Señor,
en medio de ti, Jerusalén.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan y empezó a sentir terror y angustia.

SALMO 125

Ant. Entonces les dijo: «Velad y orad, para no caer en la tentación».

Cuando el Señor cambió la suerte de Sión,
nos parecía soñar:
la boca se nos llenaba de risas,
la lengua de cantares.

Hasta los gentiles decían:
«el Señor ha estado grande con ellos».
El Señor ha estado grande con nosotros,
y estamos alegres.

Que el Señor cambie nuestra suerte,
como los torrentes del Negueb.
Los que sembraban con lágrimas
cosechan entre cantares.

Al ir, iba llorando,
llevando la semilla;
al volver, vuelve cantando,
trayendo sus gavillas.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Entonces les dijo: «Velad y orad, para no caer en la tentación».

CÁNTICO de EFESIOS

Ant. El rey Herodes se puso a perseguir a algunos miembros de la Iglesia e hizo pasar a cuchillo a Santiago, hermano de Juan.

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante Él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Este es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas
del cielo y de la tierra.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El rey Herodes se puso a perseguir a algunos miembros de la Iglesia e hizo pasar a cuchillo a Santiago, hermano de Juan.

LECTURA: Ef 4, 11-13

Cristo ha constituido a unos, apóstoles, a otros, profetas, a otros, evangelizadores, a otros pastores y maestros, para el perfeccionamiento de los santos, en función de su ministerio, y para la edificación del cuerpo de Cristo; hasta que lleguemos todos a la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, al hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud.

RESPONSORIO BREVE

R/ Contad a los pueblos la gloria del Señor.
V/ Contad a los pueblos la gloria del Señor.

R/ Sus maravillas a todas las naciones.
V/ La gloria del Señor.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Contad a los pueblos la gloria del Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. ¡Oh glorioso apóstol Santiago, elegido entre los primeros! Tú fuiste el primero, entre los apóstoles, en beber el cáliz del Señor. ¡Oh feliz pueblo de España, protegido por un tal patrono! Por ti el Poderoso ha hecho obras grandes. Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. ¡Oh glorioso apóstol Santiago, elegido entre los primeros! Tú fuiste el primero, entre los apóstoles, en beber el cáliz del Señor. ¡Oh feliz pueblo de España, protegido por un tal patrono! Por ti el Poderoso ha hecho obras grandes. Aleluya.

PRECES

Oremos, hermanos, a Dios, nuestro Padre, y pidámosle que, por intercesión del apóstol Santiago, proteja a nuestra nación y bendiga a todos los hombres; digamos:

Acuérdate, Señor, de tu pueblo.

Padre santo, tú que dispusiste que nuestra nación fuera protegida por el apóstol Santiago,
— concede a cuantos en ella moran ser fieles a su mensaje evangélico.

Padre santo, bendice a la Conferencia episcopal de nuestra nación y derrama tu Espíritu sobre nuestros obispos,
— para que con celo propaguen el mensaje apostólico.

Padre santo, haz que nuestros gobernantes y cuantos les asisten,
— gobiernen con rectitud y trabajen para el bien de otros.

Padre santo, derrama tu Espíritu sobre nuestro pueblo,
— para que todos vivamos en mutua comprensión y cumplamos con lealtad nuestros deberes cívicos.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Padre santo, tú que quisiste que el apóstol Santiago fuera el primero entre los apóstoles, en gozar del reino de tu Hijo resucitado,
— concede a nuestros difuntos participar en esta misma gloria.

Llenos de fe, invoquemos juntos al Padre común, repitiendo la oración que Jesús nos enseñó:
Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso y eterno, que consagraste los primeros trabajos de los apóstoles con la sangre de Santiago, haz que, por su martirio, sea fortalecida tu Iglesia y, por su patrocinio, España se mantenga fiel a Cristo hasta el final de los tiempos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Santiago, apóstol

1) Oración inicial

Muéstrate propicio con tus hijos, Señor, y multiplica sobre ellos dones de tu gracia, para que, encendidos de fe, esperanza y caridad, perseveren fielmente en el cumplimiento de tu ley. Por nuestro Señor.

2) Lectura

Del Evangelio según Mateo 20,20-28
Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, y se postró como para pedirle algo. Él le dijo: «¿Qué quieres?» Dícele ella: «Manda que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y otro a tu izquierda, en tu Reino.» Replicó Jesús: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber?» Dícenle: «Sí, podemos.» Díceles: «Mi copa, sí la beberéis; pero sentarse a mi derecha o mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado por mi Padre.»
Al oír esto los otros diez, se indignaron contra los dos hermanos. Mas Jesús los llamó y dijo: «Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo; de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos.» 

3) Reflexión

• Jesús y los discípulos están en camino hacia Jerusalén (Mt 20,17). Jesús sabe que van a matarlo (Mt 20,8). El profeta Isaías lo había anunciado ya (Is 50,4-6; 53,1-10). Su muerte no será fruto de un destino o de un plan ya preestablecido, sino que será consecuencia del compromiso libremente asumido de ser fiel a la misión que recibió del Padre junto a los pobres de su tierra. Jesús ya tenía dicho que el discípulo tiene que seguir al maestro y cargar su cruz detrás de él (Mt 16,21.24), pero los discípulos no entendieron bien qué estaba ocurriendo (Mt 16,22-23; 17,23). El sufrimiento y la cruz no se combinaban con la idea que ellos tenían del Mesías.
• Mateo 20,20-21: La petición de la madre de los hijos de Zebedeo. Los discípulos no sólo no entendían, sino que seguían con sus ambiciones personales. La madre de los hijos de Zebedeo, como portavoz de sus dos hijos, Santiago y Juan, llega cerca de Jesús para pedirle un favor: «Manda que estos dos hijos míos, se sienten uno a tu derecha y otro a tu izquierda en tu Reino». Ellos no habían entendido la propuesta de Jesús. Estaban preocupados sólo con sus propios intereses. Esto refleja las tensiones en las comunidades, tanto en el tiempo de Jesús como en el tiempo de Mateo, como hoy en nuestras comunidades.
• Mateo 20,22-23: La respuesta de Jesús. Jesús reacciona con firmeza. Responde a los hijos y no a la madre: ««No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber?» » Se trata del cáliz del sufrimiento. Jesús quiere saber si ellos, en vez del lugar de honor, aceptan entregar su vida hasta la muerte. Los dos responden: “¡Podemos!” Era una respuesta sincera y Jesús confirma: «Mi copa sí la beberéis”. Al mismo tiempo, parece una respuesta precipitada, pues pocos días después, abandonaron a Jesús y lo dejaron solo en la hora del sufrimiento (Mt 26,51). Ellos no tenían mucha conciencia crítica, ni tampoco perciben su realidad personal. Y Jesús completa: “pero sentarse a mi derecha o mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado por mi Padre.» Lo que él Jesús puede ofrecer, es el cáliz del sufrimiento de la cruz.

• Mateo 20,24-27: Entre ustedes no sea así. “Al oír esto los otros diez, se indignaron contra los dos hermanos”. La demanda que la madre hace en nombre de los dos produce enfrentamiento y discusión en el grupo. Jesús los llama y habla sobre el ejercicio del poder: ««Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo; de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos.»
En aquel tiempo, los que detenían el poder no tenían en cuenta a la gente. Actuaban según como les parecía (cf. Mc 14,3-12). El imperio romano controlaba el mundo y lo mantenía sometido por la fuerza de las armas y, así, a través de tributos, tasas e impuestos, conseguía concentrar la riqueza de la gente en mano de unos pocos allí en Roma. La sociedad estaba caracterizada por el ejercicio represivo y abusivo del poder. Jesús tenía otra propuesta. El enseña contra los privilegios y contra la rivalidad. Invierte el sistema e insiste en la actitud de servicio como remedio contra la ambición personal. La comunidad tiene que preparar una alternativa. Cuando el imperio romano quiere desintegrar, víctima de sus propias contradicciones internas, las comunidades deberían estar preparadas para ofrecer a la gente un modelo alternativo de convivencia social.
• Mateo 20,28: El resumen de la vida de Jesús. Jesús define su vida y su misión: “El Hijo del Hombre no ha venido para ser servido, sino para servir, y para dar la vida en rescate de muchos”. En esta autodefinición de Jesús están implicados tres títulos que lo definen y que eran para los primeros cristianos el inicio de la Cristología: Hijo del Hombre, Siervo de Yahvé y Hermano mayor (Pariente próximo o Goel). Jesús es el Mesías Servidor, anunciado por el profeta Isaías (cf. Is 42,1-9; 49,1-6; 50,4-9; 52,13-53,12). Aprendió de su madre quien dijo: “¡He aquí la esclava del Señor!”(Lc 1,38). Propuesta totalmente nueva para la sociedad de aquel tiempo. 

4) Para la reflexión personal

• Santiago y Juan piden favores, Jesús promete sufrimiento. Yo, ¿qué busco en mi relación con Dios y qué pido en la oración? ¿Cómo acojo el sufrimiento que se da en la vida y que es contrario a aquello que pido en la oración?
• Jesús dice: “¡No ha de ser así entre vosotros!” Nuestra manera de vivir en la comunidad y en la iglesia ¿está de acuerdo con este consejo de Jesús? 

5) Oración final

Los paganos decían: ¡Grandes cosas
ha hecho Yahvé en su favor!
¡Sí, grandes cosas ha hecho por nosotros
Yahvé, y estamos alegres! (Sal 126,2-3)

Cuando algo merece la pena

Cuentan que los exploradores de tesoros no escatiman ni en tiempo y ni en esfuerzo para descubrirlos. Nosotros, en este marco veraniego, hemos escuchado las últimas parábolas que Jesús nos propone en el capítulo 13 de San Mateo.

El cristiano, en cierto sentido, es un explorador desde el día de su Bautismo. Dios puso, en el fondo de nuestras almas y de nuestros corazones, la “pepita de oro de la fe”. Pero, como siempre suele ocurrir en estos casos, el hombre se preocupa más en buscar el tesoro de su vida en la simple hojalata que en el oro auténtico.

EL problema que muchos cristianos están o estamos viviendo es que “el campo” donde se encuentra el tesoro de la fe (el corazón, la iglesia, la eucaristía, la oración) se nos regaló sin ser conscientes de ello. Y, por ello mismo, muchos no se han preocupado de labrar y de sacar a flote aquello que podría ser decisivo en su felicidad. ¿Qué hacer para que, las nuevas generaciones, tengan experiencia de Dios y –luego- se dediquen a cultivarla?

Hay una bonita leyenda que nos narra como un rey iba camino de su palacio fletado por un grupo de siervos y, cómo para comprobar su fidelidad, echó al aire un puñado de perlas preciosas. Todos, excepto uno, se quedaron embelesados recogiendo aquella fortuna que el soberano había lanzado. El rey, volviendo su vista hacia aquel siervo que había pasado de largo de la seducción de las perlas le preguntó: “¿Cómo es que no te has detenido a recoger perlas de tanto valor? En este momento podrías ser rico. El siervo, levantando los ojos, le contestó: “yo, señor, sigo a mi rey”.

A Jesús, cuando se le descubre, se convierte en una fuerza tan poderosa por la que –toda renuncia- sabe a poco.

A Jesús, cuando se le sirve, todas las riquezas del mundo quedan en segundo plano.

A Jesús, cuando se le conoce, quedan atrás falsas promesas

Pero, a Jesús, se le descubre, se le sirve y se le conoce en la medida en que nos afanamos por cavar en ese campo que es la fe. Sólo cuando uno está convencido, que en las profundidades existen tesoros, deja tierra y familia, amigos y riquezas para adentrarse en esa otra mucho mayor que nos espera.

La realidad que nos rodea tal vez nos diga machaconamente que es un alto precio el que hay que pagar por seguir a Jesús. Que no merece la pena ni tanto esfuerzo ni renunciar a nada. Pero, al final queda en el aire una pregunta: ¿la sociedad nos ofrecerá un paraíso definitivo o la ansiedad que produce el tener todo sin poseer lo más importante?

Pidamos al Señor que sepamos ayudar a tantos hermanos nuestros, que sin saberlo, tienen un gran campo en su interior con un gran tesoro: Jesús.

Pidamos al Señor que, lejos de entretenernos en aspectos que son secundarios para nuestra felicidad, sepamos poner nuestros ojos en aquello que de verdad merece la pena.

El verano es muy proclive a invitarnos a vender la eucaristía por el descanso, la oración por el ruido, la contemplación por la distracción. Es bueno pensar, que incluso allá donde nos encontramos en este tiempo, Jesús sigue siendo un tesoro que sigue brillando en lo más hondo de nuestras almas.

Que, aún descansando, no descansemos por encontrarlo. Y he aquí la oración final de todas las semanas:

Señor;
Mi corazón es un campo para la fe
Mi fe es una perla de gran valor
Mi valor es la capacidad que me das para amarte
Mi capacidad sólo sé que me la das Tú.
Tú, Señor, por eso y mucho más: eres mi tesoro
Que ninguna riqueza pueda más que el brillo de la fe
Que ninguna torpeza malogre tal descubrimiento
Que ningún deseo me aparte del camino emprendido
Que, hoy y aquí, sepa buscar ese trozo de tierra
donde te escondes como el mayor y el mejor tesoro.
Que nunca, Señor,
me canse de invertir en tiempo y decisión
para salir al encuentro de ese tesoro
Amén

Javier Leoz

Comentario – Santiago Apóstol

La fe con la que celebramos la eucaristía; la fe con la que rezamos; la fe con la que vivimos en la esperanza de la vida eterna, depende en gran medida de testimonios como el del apóstol Santiago. En cuanto creyentes somos hijos de una tradición de fe que se remonta al testimonio apostólico, que es el primer eslabón de esta cadena de transmisión que tiene su origen histórico en el testimonio del mismo Cristo.

Los apóstoles no se limitan, sin embargo, a transmitir el testimonio que Cristo dio de sí mismo y del Padre; también dan testimonio –como nos recuerda el libro de los Hechos– de lo que el Padre hizo con Jesús, resucitándolo de entre los muertos. Los apóstoles se presentan ante el mundo sobre todo como testigos de la resurrección del Señor. Por eso nuestra fe es esencialmente fe en la resurrección o fe en la victoria sobre la muerte. Esto es lo que se nos pide que creamos en cualquier situación y circunstancia. Podremos vernos –como san Pablo- apretados, apurados, acosados, derribados; podemos llevar en nuestro cuerpo la muerte de Jesús, pero sin perder la convicción de que también la vida de Jesús se manifestará en nuestro cuerpo mortal. Esta fe (asociada a la esperanza) nos permitirá vivir esperanzados (no desesperados) en medio de los aprietos y acosos.

El testimonio apostólico brota de la experiencia (los encuentros con el Resucitado); pero de una experiencia en la que está presente la fe, pues para ver a Cristo en el Resucitado se requiere una mirada de fe. Creí –decía san Pablo-, por eso hablé: Su hablar, su testimonio oral y escrito, brota de la fe. La fe en Cristo, Hijo de Dios, es la razón última de su hablar, de su predicar, de su lanzarse al mundo con la intención de comunicarle la buena noticia de la resurrección de Jesús: sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús, también con Jesús nos resucitará a nosotros. Así, la fe engendra saber: doctrina que ilumina la vida del hombre.

El testimonio de Santiago no es distinto del testimonio de Pablo. También él daba testimonio de la resurrección del Señor; y lo hacía con mucho valor, con un valor propio de mártires o de testigos: exponiéndose a interrogatorios, desafiando prohibiciones, soportando amenazas, sufriendo torturas y encarcelamiento, y finalmente la muerte cruenta. A este valor añadía los muchos signos y prodigios que tenían al pueblo como testigo. Su testimonio resonó en Jerusalén. Él estaba a la cabeza de esta comunidad. Allí fue juzgado por las autoridades judías que se sentían acusadas por sus palabras; allí se le prohibió seguir enseñando en nombre de Jesús; allí se vio obligado a esgrimir su objeción de conciencia: Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres; allí, finalmente, fue mandado decapitar por el rey Herodes, convirtiéndose en el primer apóstol mártir. Era el, año cuarenta y dos, apenas una decena de años después de la muerte de su Maestro. Más tarde, en la década de los sesenta, vendrán los martirios de Pedro, de Pablo y de otros apóstoles.

Eran testimonios sellados con sangre; y no hay mejor firma para un testimonio que el derramamiento de la propia sangre. Realmente el Señor consagró los primeros trabajos de los apóstoles con la sangre de Santiago, pues él fue el primero entre los apóstoles en derramar su sangre. La sangre de los mártires siempre reviste a la Iglesia de una fortaleza muy especial, de la misma fortaleza con la que el mártir afronta el martirio. Es la fortaleza que le proporciona su fe en la resurrección. Pero al parecer Santiago dio testimonio no sólo en Jerusalén, sino también en España, y esto antes que san Pablo. Así lo atestigua una tradición (quizá tardía: siglo VIII) que se ha mantenido durante siglos. Y de ello ha quedado constancia en el sepulcro donde se veneran sus restos, en Santiago de Compostela. De ahí ha surgido una larga tradición de peregrinaje que se sigue consolidando con el paso del tiempo. Por eso, porque le reconocemos un papel predominante en nuestra fe cristiana nos hemos puesto bajo su patrocinio y pedimos por su mediación la fidelidad de los pueblos de España a Cristo hasta el final de los tiempos.

Santiago, hijo de Zebedeo, realmente bebió el cáliz que Cristo les habría de dar a beber después de haberlo bebido él mismo: el cáliz del sufrimiento y de la muerte, tal como había pronosticado: Mi cáliz lo beberéis. Y aunque el puesto a derecha e izquierda del Señor está reservado por el Padre, a los que hayan consumido el cáliz del martirio, Dios les tiene reservado un puesto de privilegio en su Reino. Así lo ha reconocido la tradición eclesial ensalzando a sus mártires como miembros más excelentes de su Cuerpo.

Finalmente Santiago, el testigo de Cristo, aprendió a ser grande (o primero) en el Reino de los cielos dando su vida en rescate por muchos, a imitación de su Maestro, el Hijo del hombre, que no vino para que le sirvieran, sino para dar la vida en rescate por todos. Su testimonio de fe fue realmente un testimonio coherente: porque creía en la resurrección dio la vida. Como indica él mismo en su carta: sólo la fe acompañada de obras es consecuente. Se trata de obras de caridad, que son las únicas obras que guardan conformidad con esta fe. La fe sin obras, en cambio, revela que está muerta o, al menos, carente de vitalidad, porque no mueve a nada, porque no produce nada. Vivamos de esta fe y pidamos, por intercesión de Santiago, el don de la perseverancia en ella hasta el final de nuestros días.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Directorio para el Ministerio Pastoral de los Obispos «Apostolorum Successores»

136. Las universidades y las facultades eclesiásticas.(396)

Compete a la Santa Sede la erección o aprobación y la suprema dirección de Universidades y facultades eclesiásticas, es decir, de aquellas instituciones que se ocupan de la instrucción y de la investigación científica en las ciencias sagradas o de otras disciplinas relacionadas con ellas.(397)

Si el Obispo ocupa el cargo de Gran Canciller, ejercite las funciones que le son propias. Si no es ese el caso, recae sobre él la responsabilidad de vigilar las universidades o facultades eclesiásticas situadas en la diócesis, para que los principios de la doctrina católica sean fielmente observados. Si notase abusos o irregularidades, lo debe comunicar al Gran Canciller o, si es el caso, a la Congregación Romana competente.(398) El Gran Canciller representa a la Santa Sede ante la Universidad o la Facultad, lo mismo que representa a ésta ante la Santa Sede, promueve su conservación y progreso y favorece su comunión con la Iglesia tanto particular como universal.(399)

Comprobadas la idoneidad humana, eclesial, científica y didáctica del candidato a la enseñanza de disciplinas concernientes a la fe y la moral, el Gran Canciller, o su delegado, da la misión canónica después que el candidato haya emitido la profesión de fe, de la cual es parte integrante el juramento de fidelidad, según la forma establecida por la Iglesia.(400) Los docentes de otras materias deben recibir la autorización para enseñar, o sea la venia docendi.

Antes de conceder la misión canónica del docente que está por ser asumido de modo estable, el Gran Canciller pida el nihil obstat de la Santa Sede.

El Obispo diocesano, en vista del bien de la diócesis, debe enviar a las universidades eclesiásticas a los seminaristas y a los sacerdotes jóvenes que se distinguen por carácter, virtud e inteligencia.(401)


396 Para una exposición completa sobre las Universidades Eclesiásticas, cf. Juan Pablo II, Constitución Apostólica Sapientia Christiana.

397 Cf. Codex Iuris Canonici, cans. 815 y 816.

398 Cf. Codex Iuris Canonici, cans. 810 § 1 y 818; Juan Pablo II, Constitución Apostólica Sapientia Christiana, 12, 13 y 74; Congregación para la Educación Católica, Normas aplicativas, arts. 10 y 22.

399 Cf. Juan Pablo II, Constitución Apostólica Sapientia Christiana, 12.

400 Cf. Codex Iuris Canonici, cans. 818; 833, 7°; Juan Pablo II, Constitución Apostólica Sapientia Christiana, 27 § 1; Congregación para la Doctrina de la Fe, Profesión de fe y juramento de fidelidad.

401 Cf. Codex Iuris Canonici, cans. 819 y 833, 7°; Juan Pablo II, Constitución Apostólica Sapientia Christiana, 12; 25; 27 § 1-2; 28; Congregación para la Educación Católica,Normas aplicativas, art. 19.

El más preciado tesoro

1.- «En aquellos días, el Señor se apareció en sueños a Salomón y le dijo: Pídeme lo que quieras» (1R 3,5) Salomón ha sucedido a su padre el rey David. Ahora es él quien se sienta en el trono de la casa de Jacob, quien rige los destinos del pueblo. El pasaje de hoy nos presenta al joven rey después de haber ofrecido un sacrificio a Yahvé, el Dios vivo de Israel. Por la noche, durante el sueño, Salomón tiene una visión. Dios se le presenta y le pregunta qué es lo que más desea, cuál es su mayor anhelo para concedérselo, sea lo que fuere.

Salomón responde: «Señor, Dios mío, tú has hecho que tu siervo suceda a David, mi padre, en el trono, aunque yo soy un muchacho y no sé desenvolverme. Tu siervo se encuentra en medio de tu pueblo, un pueblo inmenso, incontable, innumerable. Da a tu siervo un corazón dócil para gobernar a tu pueblo, para discernir el mal del bien…». Salomón se ha olvidado en su petición de sí mismo, sólo está preocupado, hondamente, de su pueblo, de cómo regirlo con acierto, teniendo en cuenta el bien común de todos, sin dejarse llevar del favoritismo, ni de las apariencias. Ha preferido los bienes espirituales a los materiales. Buen ejemplo para cada uno de nosotros que tantas veces pedimos con una visión egoísta, sin mirar el bien de los demás, sin tener en cuenta una justa jerarquía de valores que pone lo espiritual por encima de lo material.

2.- «Al Señor le agradó que Salomón hubiera pedido aquello» (1 R 3, 10) Dios responde a la plegaria de Salomón: «Por haber pedido esto y no haber pedido para ti vida larga ni riquezas, ni la vida de tus enemigos, sino que pediste discernimiento para escuchar y gobernar, te cumplo tu petición: te doy un corazón sabio e inteligente, como no lo ha habido ni lo habrá después de ti…». Y Salomón será el prototipo del rey sabio. Y junto con la sabiduría le vendrán los demás bienes a manos llenas. Su reinado será el de mayor esplendor, dejando un recuerdo indeleble en la mente y en el corazón de todo israelita. Pedir a Dios, rezarle con la confianza de que somos escuchados. Pero pedirle como cristianos y no como paganos. Sabiendo apreciar los valores del espíritu, buscando primeramente el Reino de Dios y su justicia, conscientes de que todo lo demás nos vendrá por añadidura. Siendo nosotros los últimos a la hora de pedir algo. Ante todo el Reino de Dios, la Iglesia, el Papa, los obispos y sacerdotes. Después el bien de la patria y el del mundo entero, nuestros familiares y amigos. Y por fin, nosotros mismos. Y Jesús, que es bueno, infinitamente, sabrá apreciar nuestro desinterés, nuestro deseo auténtico de ayudar, sin esperar nada de los hombres, a todo el que lo necesite.

3.- «Mi porción es el Señor, he resuelto guardar tus palabras…» (Sal 118, 57) A veces las frases del salmista nos llaman la atención por la honda intimidad que reflejan, por su fuerte sabor de sencillez y de sinceridad. Son expresiones que nos tocan el corazón, palabras que nos parecen propias, muy nuestras. Como si las estuvieran diciendo para que las repitiéramos con la misma fe y confianza, con el mismo fervor con que se pronunciaron la vez primera. «He resuelto guardar tus palabras», nos dice el poeta inspirado. Una vez más he resuelto serte fiel. Una vez más quiero empezar. Y digo una vez más porque, en efecto, no es la primera vez que uno se determina a rectificar, que uno se resuelve a cumplir con fidelidad la voluntad de Dios. Esto que, a primera vista, pudiera parecer poco serio, una frivolidad, es sin embargo un asunto muy importante, una cuestión fundamental.

Sí, es fundamental rectificar cada día, es necesario levantarse una y mil veces, si una y mil veces tiene uno la fragilidad, o la malicia, de caer. Levantarse siempre y recomenzar con la esperanza y la ilusión puestas en el poder divino que es infinito, en su amor y benevolencia que no tienen límites. Hemos de estar seguros de que el deseo renovado de ser fieles, acabará haciendo realidad el anhelo que tenemos por ser mejores.

4.- “Que tu voluntad me consuele, según la promesa hecha a tu siervo» (Sal 118, 76) Yo estaré con vosotros hasta la consumación de los siglos, prometió el Señor a los suyos, a todos los que por su bondad infinita formamos parte de su Iglesia, de su Pueblo, de su Reino. Él sabía que las dificultades y las penalidades habrían de llegar, Él conocía los tiempos de persecución hasta el martirio, las épocas grises de la historia de la Iglesia. Lo mismo que la barca de Pedro estaba a punto de hundirse bajo el envite furioso de los vientos y de las aguas, así la Iglesia surca los mares procelosos de los siglos, en medio de incomprensiones y de calumnias, traicionada y vendida por sus mismos hijos. Pero al fin la Iglesia, pase lo que pase, sigue su ruta de salvación y lleva a cabo la redención de quienes le permanecen fieles.

Y esto que ocurre a nivel colectivo, sucede también a nivel personal. Cada uno es una barquilla cuyas velas a veces se desgarran, cuya proa es azotada por el oleaje con tal fuerza que a menudo todo parece perdido… Que nunca jamás abandonemos la calma, que siempre tengamos el coraje de volver a empezar en nuestra lucha por ser fieles a Cristo. Sepamos que lo realmente terrible es perder la esperanza, pensar que lo nuestro no tiene remedio. Que siempre levantemos la mirada a Santa María, nuestra Madre, y volvamos a empezar.

5.- «Sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien» (Rm 8, 28) A veces el lenguaje de san Pablo, inspirado por el Espíritu Santo, se hace categórico, seguro, indiscutible. Dios nos habla en este caso de algo que no tiene vuelta de hoja, de una verdad perenne, cierta, irrebatible. «Sabemos, dice, que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien».

Todo para bien. Absolutamente todo, bueno o malo, es algo ventajoso, algo que favorece, algo que alegra y que consuela. Incluso esas pequeñas o grandes contradicciones que a menudo la vida lleva consigo. También eso sirve para algo bueno y provechoso.

Sólo es preciso cumplir una condición: amar a Dios. A Dios y a todo lo que Dios quiere de cada uno de nosotros. Si viviéramos pendientes del Señor y de su santa voluntad, entonces viviríamos felices y serenos, también en medio del dolor y de la incomprensión. Seríamos conscientes de que todo es para nuestro bien.

6.- «A los que había escogido, Dios los predestinó a ser imagen de su Hijo para que Él fuera el primogénito de muchos hermanos» (Rm 8, 29) La voluntad de Dios se nos hace clara y concreta, sencilla y diáfana. Su deseo es que tratemos de llevar a nuestra vida la vida misma de Cristo. Nuestro Padre Dios desea que nos conformemos, palmo a palmo, con el pensamiento de Jesús, que nos identifiquemos con su persona, que reproduzcamos en nuestra vida y en nuestras obras la vida de Jesucristo.

Una vida hecha de pequeñas renuncias. Una vida de trabajo asiduo y bien hecho, una vida de íntima unión con Dios, de fidelidad exquisita a su Ley. Ser otros cristos, ser el mismo Cristo que pasa una vez más por nuestras calles y plazas. Eso es lo que Dios quiere, esa ha de ser la meta de nuestra existencia, el ideal hacia el que hemos de caminar, aún con tropiezos, cada día de nuestra vida entera.

7.- «El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido…» (Mt 13, 44) Jesús pregunta a los suyos si entienden sus palabras. Una pregunta que se dirige también a nosotros. Son palabras tan sencillas y claras, que sería extraño que alguien no las entendiese. Es verdad, además, que son palabras muchas veces oídas. No obstante, siempre es conveniente recordarlas. Hemos de hacer como ese escriba de que nos habla Jesús, el cual rebusca en su viejo baúl para sacar de él lo antiguo y lo nuevo. Así consigue que toda su vida sea iluminada por ese rico arsenal de doctrina, de ideas y de recuerdos, que constituyen su más preciado tesoro.

El mejor tesoro, el más valioso don que el hombre puede codiciar, por muy grande que sea su ambición. Por eso el que lo encuentra, el que descubre su valor, ese lo sacrifica todo por obtenerlo. Nada vale como ese tesoro y quien lo consigue tiene ya todo cuanto se puede desear. Es el mayor bien que existe o que pueda existir. Una perla preciosa que colma las más grandes exigencias del corazón humano. Dios quiera que lo descubramos, ojalá deseemos poseer ese tesoro que el Señor nos ofrece, entrar en el Reino de los cielos. Cuando comprendamos lo que eso significa, entonces todo nos parecerá poco para llegar a poseerlo.

La alegría, la dicha, la felicidad, la paz, el gozo, el bienestar, el júbilo, la bienaventuranza. Ahora, ya en esta vida aunque sea de forma parcial e incoada. Una primicia que, sin serlo todo, es más que suficiente para que, aunque sea entre lágrimas, brille siempre una sonrisa y florezca la esperanza, también cuando todo nos haga desesperar. Inicio del gozo eterno que un día concederá Dios a quienes le permanezcan fieles, aún con altibajos, hasta el final. Entonces podremos abrir del todo ese cofre que contiene nuestro más preciado tesoro y disfrutar para siempre del Bien supremo, contemplando la Belleza sin fin y comprendiendo la Verdad esplendente que es Dios mismo.

Antonio García Moreno

El tesoro está muy cerca de nosotros

1.- Hay un tesoro escondido en la vida de cada uno. Jesús vuelve a utilizar el lenguaje de las parábolas para hablarnos del Reino de Dios. La insistencia en el tema del Reino indica la importancia que tiene para Jesús. Dialogando un día con los niños en catequesis sobre qué es lo principal que enseñó Jesús, todos respondían que nos enseñó el mandato nuevo del amor. Sólo uno indicó que Jesús contaba muchos cuentos y todos tenían el mismo tema: el Reino de Dios. ¿Por algo será?, les dije yo. El domingo pasado veíamos cómo el Reino tiene que extenderse a todos ya en este mundo, a pesar de las dificultades del maligno. Estas dificultades son el dinero, el materialismo, el ansia de poder, el egoísmo, el relativismo moral……..Hoy Jesús nos dice que poseer al Reino es lo más grande que nos puede ocurrir, como aquél que encuentra un tesoro en el campo y vende todo para comprar el campo, o el comerciante en perlas preciosas que encuentra una de gran valor y vende todo lo que tiene para conseguirla. Pero nos advierte también que en nuestro mundo conviven la bondad y la maldad, pero sólo la primera triunfará al final de los tiempos.

2. – Cuentan que un joven recibió en sueños una gran revelación: en el cruce de dos caminos cercanos a su aldea había un gran tesoro. Sólo tenía que ir allí y remover la tierra para conseguirlo. Ni corto ni perezoso se dirigió a aquel lugar. Estuvo todo el día cavando, retirando las piedras y apartando la tierra. Cuando ya estaba derrumbado y agotado por el duro trabajo pasó por aquel cruce un sabio que le preguntó qué estaba haciendo. Al explicarle su sueño el sabio le dijo que él también había tenido un sueño parecido, pero que el tesoro de su sueño estaba dentro de una casa que tenía dos ventanas, un hermoso porche a la entrada un tejado de color rojo. El joven recapacitó y se dio cuenta de que la casa de la que le estaba hablando aquel desconocido era su propia casa. Salió corriendo hacia su domicilio y excavó justo al lado de la puerta y encontró un hermoso cofre. Se dio cuenta de que el tesoro lo había tenido muy cerca, en su propia casa durante muchos años y no se había dado cuenta del hecho. Pueda que nos ocurra a nosotros lo mismo. Dentro de nosotros está la felicidad, pero hace falta descubrirla

Ya lo advertía un experto en búsqueda de la felicidad, Agustín de Hipona, quien hace dieciséis siglos y después de una larga experiencia vital de búsqueda, escribía: «No vayas fuera, busca en tu interior, pues en el hombre interior habita la verdad». Un buen programa para este verano: profundizar en nuestro interior para encontrarnos con nosotros mismos y con Dios.

3. – En la parábola el que encuentra el tesoro y el de la perla preciosa venden todo y se quedan sólo con lo que de verdad merece la pena. Nuestro tesoro es el conocimiento de Dios. Así lo ha manifestado el Papa Benedicto XVI, quien después de aconsejarnos que mirar a Cristo es el secreto de la felicidad, nos dice: «Tener trato con Dios es para mí una necesidad. Tan necesario como respirar todos los días….Si Dios no estuviese aquí presente yo ya no podría respirar de manera adecuada». Cuando uno encuentra a Cristo opta por El, lo demás pasa a ser secundario, es capaz de renunciar a cualquier cosa por seguirle, porque el llena plenamente nuestro corazón. Y ahora pregúntate: ¿dónde esta tu tesoro?, ¿has optado por Cristo?, ¿a qué estás dispuesto a renunciar por El?

José María Martín OSA

El hallazgo del tesoro

1.- El rey Salomón fue a ofrecer mil holocaustos a Gabaón donde estaba la ermita principal cuando él no había aún edificado el templo de Jerusalén. «El señor se le apareció en sueños y le dijo ‘Pídeme lo que quieras'». Y Salomón pidió sabiduría para gobernar a su pueblo. La petición acertada agradó al señor y le dio «un corazón sabio e inteligente, como no lo ha habido antes ni lo habrá después de ti» (1Reyes 3,5). «Dios concedió a Salomón una sabiduría e inteligencia extraordinarias y una mente abierta como las playas junto al mar (1Re 5,8). Dos son las características de la sabiduría de Salomón: se la ha infundido Dios, como fruto de su oración. Lo afirma así el libro de la Sabiduría: «Supliqué y se me concedió la prudencia; invoqué y vino a mí el espíritu de sabiduría. La preferí a cetros y a tronos, y en su comparación tuve en nada la riqueza; no le equiparé la piedra más preciosa, porque todo el oro a su lado es un poco de arena y junto a ella la plata vale lo que el barro; la quise más que la salud y la belleza y me propuse tenerla por luz, porque su resplandor no tiene ocaso. Con ella me vinieron todos los bienes juntos, en sus manos había riquezas incontables; de todas gocé, porque la sabiduría las trae, aunque yo no sabía que las engendra todas (Sab 7,7).

2.- La sabiduría pedida por Salomón es el tesoro escondido en un campo y encontrado por un afortunado que no dudó en vender todo lo que tiene para comprarlo y acceder de manera justa al tesoro, «lleno de alegría». Es también la perla fina, lo más precioso que un oriental puede encontrar y para comprarla vende todo lo que tiene. Nada de lo que tiene puede ser comparado con la perla (Mateo 13,44).

3.- El cumplimiento de la voluntad del señor, la obediencia a sus mandatos, el afán en escuchar la explicación de sus palabras constituyen la herencia y la porción del hombre bíblico que ha resuelto guardar las palabras del señor que «estima más que miles de monedas de oro y plata y más que el oro purísimo, porque iluminan y dan inteligencia a los ignorantes» (Salmo 118).

4.- Jesús le dirá al joven rico: «Ve, vende todo lo que tienes, dalo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; y tú ven y sígueme» (Mt 19,21). Seguir a Cristo es entrar en su Reino y gozar de su amistad. Y eso vale más que todo. Nada se le puede comparar. Paul Claudel entró en Nôtre Dame, la catedral de París, en busca de inspiración. Al oír cantar el Magnificat le llegó la inspiración deseada, que no era la que esperaba y exclamó «Dios existe y está aquí. Es una persona que me ama y me llama». Había encontrado la perla, el tesoro, la sabiduría.

5 También nosotros hemos encontrado este tesoro y esa perla. Jesús nos la ha hecho encontrar. Roguemos que seamos expertos en tesoros y en joyas para ver que Jesús se nos ofrece para obrar en nosotros la liberación y nuestro éxodo de Egipto.

Pidamos para todos a la Virgen, trono de la sabiduría que nos dé a conocer mejor su inestimable valor, para que podamos ser testigos de él ante nuestros hermanos, y ante todo el mundo. Si se nos da, como a Salomón, todo nos parecerá pobre en su comparación, deslustrado junto a su luminosidad. 6.- Sobre el ara del altar vamos a hacer presente, vivo, resucitado e inmortal al amigo fiel, que nos ofrece su cuerpo partido en comida y su sangre derramada en bebida para reconfortar nuestra pobre vida. Prestémosle atención, devoción, amor.

Jesús Martí Ballester

Descubrir el proyecto de Dios

No era fácil creer a Jesús. Algunos se sentían atraídos por sus palabras. En otros, por el contrario, surgían no pocas dudas. ¿Era razonable seguir a Jesús o una locura? Hoy sucede lo mismo: ¿merece la pena comprometerse en su proyecto de humanizar la vida o es más práctico ocuparnos cada uno de nuestro propio bienestar? Mientras tanto se nos puede pasar la vida sin tomar decisión alguna.

Jesús cuenta dos breves parábolas. En ambos relatos, el respectivo protagonista se encuentra con un tesoro enormemente valioso o con una perla de valor incalculable. Los dos reaccionan del mismo modo: venden todo lo que tienen y se hacen con el tesoro o con la perla. Es, sin duda, lo más sensato y razonable.

El reino de Dios está «oculto». Muchos no han descubierto todavía el gran proyecto que tiene Dios de un mundo nuevo. Sin embargo, no es un misterio inaccesible. Está «oculto» en Jesús, en su vida y en su mensaje. Una comunidad cristiana que no ha descubierto el reino de Dios no conoce bien a Jesús, no puede seguir sus pasos.

El descubrimiento del reino de Dios cambia la vida de quien lo descubre. Su «alegría» es inconfundible. Ha encontrado lo esencial, lo mejor de Jesús, lo que puede trasformar su vida. Si los cristianos no descubrimos el proyecto de Jesús, en la Iglesia no habrá alegría.

Los dos protagonistas de las parábolas toman la misma decisión: «venden todo lo que tienen». Nada es más importante que «buscar el reino de Dios y su justicia». Todo lo demás viene después, es relativo y ha de quedar subordinado al proyecto de Dios.

Esta es la decisión más importante que hemos de tomar en la Iglesia y en las comunidades cristianas: liberarnos de tantas cosas accidentales para comprometernos en el reino de Dios. Despojarnos de lo superfluo. Olvidarnos de otros intereses. Saber «perder» para «ganar» en autenticidad. Si lo hacemos, estamos colaborando en la conversión de la Iglesia.

José Antonio Pagola