Buscar el tesoro que somos

La metáfora del tesoro escondido u oculto, presente en diferentes tradiciones sapienciales, constituye una invitación a encontrar o descubrir aquello que, aun sin saberlo, anhelamos: lo que realmente somos.

Y contiene varias indicaciones valiosas: el tesoro está ahí todo el tiempo, se trata simplemente de descubrirlo; no es algo separado de nosotros ni algo de lo que carezcamos, sino justamente aquello que somos; cuando se descubre, todo lo demás empieza a ser visto como algo secundario; y ese descubrimiento se traduce en alegría estable.

Todo ser humano añora ese tesoro. De hecho, es ese anhelo el que nos mueve, nos hace iniciar la búsqueda y recorrer diferentes caminos, atraídos siempre por su aroma de plenitud. 

Sin embargo, en esa búsqueda puede suceder de todo: nos despistamos y terminamos enredados; nos conformamos con pequeñas “golosinas” o nos entretenemos con “juguetes”, olvidando el tesoro real; acallamos la voz del anhelo aturdiéndonos con múltiples ruidos; nos decimos a nosotros mismos que el anhelo es inventado y que es necesario ser “prácticos” y no creer en “cuentos” ilusorios…

Y aun en el mejor de los casos, cuando la búsqueda se apoya en una fuerte determinación, no resulta fácil superar la trampa que nos incita a buscar el tesoro en “algo” fuera, lejos o en el futuro.

Lo cual me trae a la memoria el relato del ciervo almizclero. Fascinado por un olor exquisito cuya procedencia ignoraba, inició una carrera alocada por atraparlo. Por más que corría, el olor no lo abandonaba, aunque tampoco conseguía descubrir su procedencia. En un salto desafortunado, el ciervo se golpeó en el pecho con una rama puntiaguda, muriendo en el acto. Su pecho abierto guardaba el perfume que equivocadamente había buscado fuera.

Como el ciervo, no podemos negar el “olor” de la plenitud. Pero nuestra mente, al reducirnos a la “forma” de nuestra persona –al identificarnos con el yo separado–, nos hace creer que la plenitud se halla fuera y ahí empezamos la carrera que no conduce a ninguna parte.

La parábola nos recuerda: tú –en tu verdadera identidad– eres ya lo que estás buscando. No corras hacia fuera, porque donde tienes que llegar es a ti mismo. Acalla la mente y, si tienes paciencia y perseveras en ello, el silencio te mostrará el tesoro que desde siempre has añorado. Cuando eso ocurra, la búsqueda habrá concluido: has descubierto lo que siempre has sido y que, sin embargo, te permanecía oculto.

¿Cómo vivo la búsqueda? ¿Qué, dónde, cómo busco?

Enrique Martínez Lozano

II Vísperas – Domingo XVII de Tiempo Ordinario

II VÍSPERAS

DOMINGO XVII TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Quédate con nosotros,
la noche está cayendo.

¿Cómo te encontraremos
al declinar el día,
si tu camino no es nuestro camino?
Detente con nosotros;
la mesa está servida,
caliente el pan y envejecido el vino.

¿Cómo sabremos que eres
un hombre entre los hombres,
si no compartes nuestra mesa humilde?
Repártenos tu cuerpo,
y el gozo irá alejando
la oscuridad que pesa sobre el hombre.

Vimos romper el día
sobre tu hermoso rostro,
y al sol abrirse paso por tu frente.
Que el viento de la noche
no apague el fuego vivo
que nos dejó tu paso en la mañana.

Arroja en nuestras manos,
tendidas en tu busca,
las ascuas encendidas del Espíritu;
y limpia, en lo más hondo
del corazón del hombre,
tu imagen empañada por la culpa.

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. Desde Sión extenderá el Señor el poder de tu cetro, y reinará eternamente. Aleluya.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Desde Sión extenderá el Señor el poder de tu cetro, y reinará eternamente. Aleluya.

SALMO 113A: ISRAEL LIBRADO DE EGIPTO: LAS MARAVILLAS DEL ÉXODO

Ant. En presencia del Señor se estremece la tierra. Aleluya.

Cuando Israel salió de Egipto,
los hijos de Jacob de un pueblo balbuciente,
Judá fue su santuario,
Israel fue su dominio.

El mar, al verlos, huyó,
el Jordán se echó atrás;
los montes saltaron como carneros;
las colinas, como corderos.

¿Qué te pasa, mar, que huyes,
y a ti, Jordán, que te echas atrás?
¿Y a vosotros, montes, que saltáis como carneros;
colinas, que saltáis como corderos?

En presencia del Señor se estremece la tierra,
en presencia del Dios de Jacob;
que transforma las peñas en estanques,
el pedernal en manantiales de agua.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. En presencia del Señor se estremece la tierra. Aleluya.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: LAS BODAS DEL CORDERO

Ant. Reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo. Aleluya.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios,
porque sus juicios son verdaderos y justos.
Aleluya.

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos,
los que le teméis, pequeños y grandes.
Aleluya.

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo,
alegrémonos y gocemos y démosle gracias
Aleluya.

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero,
Su esposa se ha embellecido.
Aleluya.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo. Aleluya.

LECTURA: 2Co 1, 3-4

¡Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordia y Dios de todo consuelo! Él nos alienta en nuestras luchas hasta el punto de poder nosotros alentar a los demás en cualquier lucha, repartiendo con ellos el ánimo que nosotros recibidos de Dios.

RESPONSORIO BREVE

R/ Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.
V/ Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.

R/ Digno de gloria y alabanza por los siglos.
V/ En la bóveda del cielo.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. El reino de los cielos se parece a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El reino de los cielos se parece a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra.

PRECES

Adoremos a Cristo, Señor nuestro y cabeza de la Iglesia, y digámosle confiadamente:

Venga a nosotros tu reino, Señor.

Señor, haz de tu Iglesia instrumento de concordia y de unidad entre los hombres
— y signo de salvación para todos los pueblos.

Protege, con tu brazo poderoso, al papa y a todos los obispos
— y concédeles trabajar en unidad, amor y paz.

A los cristianos concédenos vivir íntimamente unidos a ti, nuestra cabeza,
— y que demos testimonio en nuestras vidas de la llegada de tu reino.

Concede, Señor, al mundo el don de la paz
— y haz que en todos los pueblos reine la justicia y el bienestar.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Otorga a los que han muerto una resurrección gloriosa
— y haz que gocemos un día, con ellos, de las felicidad eterna.

Terminemos nuestra oración con las palabras del Señor:
Padre nuestro…

ORACION

Oh Dios, protector de los que en ti esperan, sin ti nada es fuerte ni santo; multiplica sobre nosotros los signos de tu misericordia, para que, bajo tu guía providente, de tal modo nos sirvamos de los bienes pasajeros, que podamos adherirnos a los eternos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

No somos un campo que contiene un tesoro

Menos mal que la comunidad de Mt no se atrevió a alegorizarlas. No lo tenía fácil. El mensaje es idéntico en las dos pero tiene matices significativos. Una diferencia es que en un caso el encuentro es fortuito. Y en el otro, es consecuencia de una búsqueda. Otra es que en la primera se identifica el Reino con el tesoro, pero en la segunda se identifica con el comerciante que busca perlas. Puede ser una pista para descubrir que la comparación no es con uno ni con otro, sino que hay que buscarla en el conjunto del relato. Las dos opciones se hacen con un grado de incertidumbre. Los dos se arriesgan al dar el paso.

La parábola no juzga la moralidad de las acciones narradas; simplemente propone unos hechos para que nosotros nos traslademos a otro ámbito. En efecto, tanto el campesino, como el comerciante, obran de forma fraudulenta y por lo tanto injusta (aunque legal). Los dos se aprovechan de unos conocimientos privilegiados para engañar al vecino. No actúan por desprendimiento sino por egoísmo. “Renuncian” a unos bienes para conseguir bienes mayores. No es su objetivo vivir de otra manera, sino conseguir una vida material mejor. Da un ejemplo material pero en el orden espiritual las cosas no funcionan así.

En estas dos parábolas vemos claro cómo no todo lo que dicen es aprovechable. Jesús en el evangelio advierte una y mil veces del peligro de las riquezas; no puede aquí invitarnos a conseguirlas en sumo grado. El mensaje es muy concreto. El punto de inflexión en las dos parábolas es el mismo: “vende todo lo que tiene y compra”. Sería sencillamente una locura. Si vende todo lo que tiene para comprar la perla, ¿qué comería al día siguiente? ¿Dónde viviría? Esa imposibilidad radical en el orden material, es precisamente lo que nos hace saltar a otro orden, en el que sí es posible. Ahí está la clave del mensaje.

Hay dos matices interesantes. El primero es el abismo que existe entre lo que tienen y lo que descubren. El segundo es la alegría que les produce el hallazgo. Yo la haría todavía más simple: Un campesino pobre, que solo tiene un pequeño campo, en el que cava cada vez más hondo, un día encuentra un tesoro. O un comerciante de perlas que un día descubre, entre las que tiene almacenadas, una de inmenso valor. Evitaríamos así poner el énfasis en la venta de lo que tiene, que solo pretende indicar el valor de lo encontrado. Todo lo contrario, se trata de un minucioso cálculo, que les lleva a la suprema ganancia.

No damos un paso en nuestra vida espiritual porque no hemos encontrado el tesoro en lo que ya somos. Sin este descubrimiento, todo lo que hagamos por alcanzar una religiosidad auténtica, será pura programación y por lo tanto inútil. Nada vamos a conseguir si previamente no descubrimos lo que somos. Nuestra principal tarea será tomar conciencia de esa Realidad. Si la descubrimos, prácticamen­te está todo hecho. La parábola al revés, no funciona. El vender todo lo que tienes, antes de descubrir el tesoro, que es lo que siempre se nos ha propuesto, no es garantía ninguna de éxito.

Un ancestral relato nos ayudará: cuando los dioses crearon al hombre, pusieron en él algo de su divinidad, pero el hombre hizo un mal uso de esa divinidad y decidieron quitársela. Se reunieron en gran asamblea para ver donde podían esconder ese tesoro. Uno dijo: pongámoslo en la cima de la montaña más alta. Pero otro dijo: No, que terminará escalándola y dará con él. Otro dijo: lo pondremos en lo más hondo del océano. Alguien respondió: No, que terminará bajando y la descubrirá. Por fin dijo uno: ¡Ya sé dónde lo esconderemos! La pondremos en su corazón. Allí nunca lo buscará.

Tenemos que aclarar que el tesoro no es Jesús, como deja entender Pablo, y sobre todos los santos padres. Jesús descubrió la divinidad dentro de él. Éste es el principal dogma cristiano. “Yo y el Padre somos uno”. Tampoco la Escritura puede considerarse el tesoro. En muchas homilías, he visto estas interpretaciones de las parábolas. La Escritura es el mapa que nos puede conducir al tesoro, pero no es el tesoro. Tampoco podemos presentar a la Iglesia como tesoro o perla. En todo caso, sería el campo donde tengo que cavar (a veces muy hondo) para encontrarme a mí mismo.

Jesús no pide más perfección sino más confianza, más alegría, más felicidad. Es bueno todo lo que produce felicidad en ti y en los demás. Solamente es negativa la alegría que se consigue a costa de las lágrimas de los demás. Cualquier renuncia que produzca sufrimiento, en ti o en otro, no puede ser evangélica. Fijaos que he dicho sufrimiento, no esfuerzo. Sin esfuerzo no puede haber progreso en humanidad, pero ese esfuerzo tiene que sumirme en la alegría de ser más. Lo que el evangelio valora no es el hecho de renunciar. Lo que me tiene que hacer feliz es descubrir la plenitud que ya soy.

El tesoro es el mismo Dios presente en cada uno de nosotros. Es la verdadera realidad que soy, y que son todas las demás criaturas. Lo que hay de Dios en mí es el fundamento de todos los valores. En cuanto las religiones olvidan esto, se convierten en ideologías esclavizantes. El tesoro, la perla no representan grandes valores sino una realidad que está más allá de toda valoración. El que encuentra la perla preciosa, no desprecia las demás. Dios no se contrapone a ningún valor, sino que potencian el valor de todo. Presentar a Dios como contrario a otros valores, es la manera de hacerle ídolo.

Vivimos en una sociedad que funciona a base de trampas. Si fuésemos capaces de llamar a las cosas por su nombre, la sociedad quedaría colapsada. Si los políticos nos dijeran simplemente la verdad, ¿a quién votaríamos? Si los jefes religiosos dejaran de meter miedo con un dios justiciero, ¿qué caso haríamos a sus propuestas? En cambio, si de la noche a la mañana todos nos convenciéramos de que ni el dinero ni la salud ni el poder ni el sexo ni la religión eran los valores supremos, nuestra sociedad quedaría purificada. Los intereses materiales y egoístas son lo que de verdad mueven los hilos de la sociedad.

Tener claro que soy el tesoro supremo, la perla más valiosa, me permite valorar en su justa medida todo lo demás. No se trata de despreciar el resto sino de tener claro lo que vale de veras. El “tesoro” nunca será incompatible con todos los demás valores que nos ayudan a ser más humanos. Es una constante tentación de las religiones ponernos en el brete de tener que elegir entre el bien y el mal. Esta postura es radicalmente equivocada. Lo que hay que tener muy claro es cuales son las prioridades, dentro de los valores. Debemos tener claro dónde está el valor supremo y qué valores son relativos o falsos.

Meditación

Eres el mayor tesoro que puedas imaginar.
Si aún no te has dado cuenta,
es que has buscado algo imaginado por ti
o que no has bajado al centro de tu ser.
Una vez descubierto lo que hay de Dios en ti,
todo lo demás es coser y cantar.

Fray Marcos

Parábolas para tiempo de crisis (final)

1) ¿Por qué no aceptan todos el mensaje de Jesús? (parábola del sembrador).

2) ¿Qué hacer con quienes no lo aceptan? (el trigo y la cizaña).

3) ¿Tiene futuro esta comunidad tan pequeña? (el grano de mostaza y la levadura)

Quedan todavía otras dos preguntas por plantear y responder.

¿Vale la pena?

La pregunta que puede seguir rondando en la cabeza de los segui­dores de Jesús es si todo esto vale la pena. A la pregunta responden dos parábolas muy breves, aparentemente idénticas en el desarrollo y con gran parecido en las imágenes. Por eso se las conoce como las parábolas del tesoro y la perla. Lo que ocurre en ambos casos es lo siguiente:

a) El protagonista descubre algo de enorme valor.

b) Con tal de conseguirlo, vende todo lo que tiene.

c) Compra el objeto deseado.

Sin embargo, hay curiosas diferencias entre las dos parábolas, empezando por los protagonistas.

El suertudo y el concienzudo (el tesoro y la perla)

El protagonista de la primera es un hombre con suerte. Mientras camina por el campo, encuentra un tesoro. Su primera reacción no es llevarlo a la oficina de objetos perdidos (que entonces no existe) ni poner un anuncio en el periódico (que tampoco existe). Ante todo, lo esconde. Repuesto de la sorpresa, se llena de alegría y decide apropiarse del tesoro, pero legalmente. La única solución es comprar el campo. Es grande y caro. No importa. Vende todo lo que tiene y lo compra.

El protagonista de la segunda parábola es muy distinto. No pierde el tiempo paseando por el campo. Es un comerciante concienzudo que va en busca de perlas de gran valor. Por desgracia, la traducción litúrgica ignora este aspecto: en vez de “El Reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas”, debería decir “a un comerciante en busca de perlas finas”. No la encuentra por casualidad, va tras ella con ahínco. Como buen comerciante, calculador y frío, no salta de alegría cuando la encuentra, igual que el protagonista de la primera parábola. Pero hace lo mismo: vende todo lo que tiene para comprarla.

La perla y el comerciante. Otra diferencia curiosa es que la primera parábola compara el Reino de los Cielos con un tesoro, pero la segunda no lo compara con una perla preciosa, sino con un comerciante. Este detalle ofrece una pista para interpretar las dos parábolas.

Ni bonos basura ni timo de la estampita. No olvidemos que estas parábolas se dirigen a una comunidad que sufre una crisis profunda y se pregunta si ser cristiano tiene valor. En términos modernos: ¿me han vendido bonos basura o me han dado el timo de la estampita? La respuesta pretende revivir la experiencia primitiva, cuando cada cual decidió seguir a Jesús. Unos entraron en contacto con la comunidad de forma puramente casual, y descubrieron en ella un tesoro por el que merecía la pena renunciar a todo. Otros descubrieron la comunidad tras años de inquietud religiosa y búsqueda intensa, como ocurrió a numerosos paganos en contacto previo con el judaísmo; también éstos debieron renunciar y vender para adquirir.

Las parábolas, aparte de infundir ilusión, animan también a un examen de conciencia. ¿Sigue siendo para mí la fe en Jesús y la comunidad cristiana un tesoro inapreciable o se ha convertido en un objeto inútil y polvoriento que conservo sólo por rutina?

Al mismo tiempo, nos enseñan algo muy importan­te: es el cristiano, con su actitud, quien revela a los demás el valor supremo del Reino. Si no se llena de alegría al descubrir­lo, si no renuncia a todo por conseguirlo, no hará perceptible su valor. Estas parábo­las parecen decir: «Cuando te pregunten si ser cristiano vale la pena, no sueltes un discurso; demuestra con tu actitud que vale la pena».

¿Qué ocurrirá a quienes aceptan el Reino, pero no viven de acuerdo con sus ideales?

A esta última pregunta responde la parábola de la red lanzada al mar. No queda claro si se habla de toda la humanidad, donde hay buenos y malos, o de la comunidad cristiana, donde puede ocurrir lo mismo. Ya que el tema del juicio universal se ha tratado a propósito del trigo y la cizaña, parece más probable que se refiera al problema interno de la comunidad cristiana. Interpretada de este modo, empalmaría muy bien con las dos anteriores. Hay gente dentro de la comunidad que no vive de acuerdo con los valores del evangelio, que no mantiene esa experiencia de haber descubierto un tesoro o una perla. ¿Qué ocurrirá con ellos? La respuesta es muy dura («a los malos los echarán al horno encendido») pero convie­ne completarla con la última parábola del evangelio de Mateo, la del Juicio final (Mt 25,31-46), donde queda claro cuáles son los peces buenos y cuáles los malos. Los buenos son quienes, sabiéndolo o no, dan de comer al hambriento, de beber al sediento, visten al desnudo, hospedan al que no tiene techo… Los que ayudan al necesitado, aunque ni siquiera intuyan que dentro de ellos está el mismo Jesús.

Conclusión

Mateo termina las siete parábolas comparando al predicador del evangelio con un padre de familia. Parece un nuevo enigma, esta vez sin explicación. En sentido inmediato, el escriba que entiende del reinado de Dios es Jesús. Para exponer su mensaje ha usado cosas nuevas y viejas. Del baúl de sus recuerdos ha sacado cosas antiguas: alguna alusión al Antiguo Testamento, la técnica parabólica y el lenguaje imaginati­vo de los profetas. Pero la mayor parte consta de cosas nuevas, fruto de su experiencia y de su capacidad de observación: la vida del campesino, del ama de casa, del pescador, del comerciante, de la gente que lo rodea, le sirven para exponer con interés su mensaje. Por eso, la comparación final es también una invitación a los discípulos y a los predicadores del evangelio a ser creativos, a renovar su lenguaje, a no repetir meramente lo aprendido.

La primera lectura nos invita a pedir a Dios esta sabiduría, igual que Salomón se la pidió para gobernar a su pueblo.

José Luis Sicre

Comentario – Domingo XVII de Tiempo Ordinario

Jesús sigue hablando en parábolas de su tema más recurrente: el Reino de los cielos, que se parece a un tesoro escondido en el campo. El tesoro es siempre algo de gran valor; mucho más valioso que el lugar en que se encuentra y lo oculta. Es un tesoro, pero está escondido. Si alguien quiere hacerse con él, tiene que descubrirlo antes. Pero no basta con descubrirlo -saber dónde está, en qué terreno, a cuántos metros de profundidad-; es preciso después poner todos los medios necesarios para hacerse con él: comprar el campo, vender posesiones para semejante adquisición. Sólo así se obtiene, finalmente, la propiedad del tesoro escondido y descubierto.

Jesús ofrece con el Reino de los cielos un tesoro de gran valor o una perla de precio único: algo por lo que puede dejarse todo (= venderse todo), porque es mucho más valioso que el campo en el que se encuentra, es decir, que el mundo en el que se oculta. Entre el tesoro y el campo hay la misma diferencia que entre la vida eterna y esta vida temporal y caduca que vivimos en este mundo. Pero la vida que se nos promete, como el tesoro, siendo de valor incalculable, está oculta a nuestra mirada y escapa a nuestra comprobación. Por eso, puede ser fácilmente menospreciada.

Pero objetivamente hablando no hay comparación entre la una y la otra. Más valioso es lo menos expuesto al deterioro, lo más resistente al tiempo, lo eterno. No obstante, para hacerse con este tesoro, antes hay que descubrirlo como verdadero tesoro, como una riqueza de valor incontable por la que uno está dispuesto a empeñar toda su hacienda, a trabajar lo que haya que trabajar, a vender lo que haya que vender, con tal de adquirir este tesoro de valor imperecedero.

Jesús había proclamado en las bienaventuranzas, a propósito de los poseedores de este tesoro: Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos; o también: Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán (otra posesión) a Dios. El tesoro será sólo de los que hayan vendido o se hayan despojado de cosas también valiosas; y debido a ello se hayan hecho pobres.

Pero, para ser pobres de espíritu no basta con ser pobres. Hay que tener espíritu desprendido de los bienes de este mundo, espíritu capaz de compartir lo que posee y de no codiciar lo que no posee: espíritu de amor (que aquí se confunde con el espíritu de pobreza). Éste es el único espíritu con el que se puede vivir en el Reino de los cielos y, por tanto, poseer este Reino como se posee un tesoro, pero un tesoro capaz de compartirse. Ahí está su valor primordial, que puede ser compartido por muchos, que nunca se agota porque tiene un valor infinito.

Muchas veces solemos entender que nuestro mayor tesoro en la vida es una persona: una madre, una esposa, un hijo. Y así lo expresamos abiertamente, llamándole «tesoro». Pues bien, el tesoro personal que se nos descubre en el Reino de los cielos es el mismo Jesucristo. Sin su presencia no se concibe el Reino. Tampoco se concibe sin su amistad y sin su salvación del pecado, del mal y de la muerte; pues tales son los dones aportados por el Salvador. Y, puesto que ya podemos experimentar esta salvación y esta amistad parcialmente, ya podemos sentirnos en posesión de este tesoro y disfrutar con él. Descubrir a Jesucristo como Salvador real es encontrar el tesoro, de modo que todo lo demás (= lo que no es él) empieza a perder valor ante nosotros: puede venderse, dejarse o perderse, con la sensación de que se deja o se pierde muy poco; pues comparado con el tesoro encontrado vale realmente poco.

El Reino acabará siendo de quienes lo descubren y lo adquieren. Aquí parecen quedar excluidos del disfrute de este tesoro los que no lo han descubierto, porque no lo han buscado, o los que no lo han adquirido porque no lo han valorado debidamente o porque no han sido capaces de vender sus posesiones para adquirirlo. En todas estas posturas tiene que haber culpabilidad; de lo contrario, no se les podría acusar de pereza, negligencia, ceguera o servidumbre. En definitiva, que ese Reino tiene también su afuera (o su frontera); y habrá quienes queden excluidos de sus riquezas por haber sido arrojados (como los peces malos) fuera, allí donde se vive en el llanto y el rechinar de dientes, es decir, en la aflicción y en el espanto que producen las cosas terroríficas.

La definitiva separación de la bondad y la maldad acarreará finalmente la separación entre los buenos y los malos, puesto que en el Reino de los cielos no cabe la maldad y ésta se desvanece con la desaparición de sus autores o agentes, es decir, con la desaparición de los malos. Si la maldad entrara en el Reino de los cielos, este ya no sería «lugar» de armonía y de paz, esto es, Reino de los cielos. De ahí la necesidad de un juicio previo que separe lo que es bueno de lo que es malo y se mantiene tal a pesar de las numerosas oportunidades ofrecidas de conversión.

Esta es la sabiduría del letrado que entiende del Reino de los cielos y que sabe aunar lo antiguo (la tradición veterotestamentaria) con lo nuevo (la tradición neotestamentaria). Ésta es la sabiduría que le fue concedida a Salomón (hasta que la perdió por la fascinación del mundo), a petición suya: una sabiduría hecha de clarividencia para ver lo mejor y de sensatez para llevarlo a término. Que el Señor nos conceda esta sabiduría.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Directorio para el Ministerio Pastoral de los Obispos «Apostolorum Successores»

IV. El Obispo y los medios de Comunicación Social

137. Los modernos areópagos.

La misión de la Iglesia se dirige al hombre considerado en su individualidad, pero, como el ser mismo de la persona, posee también una dimensión social y cultural. Se trata, por tanto, del fascinante desafío de la evangelización de la cultura humana mediante todos los modos honestos de relación y comunicación social, para que la Iglesia sea un signo siempre más claro para los hombres de cada época.(402)

Siguiendo el ejemplo de San Pablo (cf. Hch 17), la Iglesia se esfuerza en difundir el mensaje salvífico a través de los modernos areópagos en los que la cultura se propone y difunde, y en particular mediante los medios de comunicación social:(403) periódicos, revistas, televisión, radio, cine y, con creciente incidencia, internet y los instrumentos informáticos.

En la formación de los fieles en este campo de las comunicaciones sociales, hay que resaltar la contribución que todos pueden dar, cada uno desde la propia situación en la Iglesia y en el mundo. En este sentido, hay que valorar especialmente el trabajo de los fieles cuya actividad profesional se desarrolla en este ámbito, tratando de incitarlos a colaborar activamente en aquellos medios donde sea moralmente posible, y también en los que ellos mismos puedan crear, en sintonía con otras personas con las que se pueda concretar una colaboración positiva para el bien de la sociedad. No hay que olvidar la responsabilidad de los fieles como destinatarios de los medios: pueden elegir servirse o no de las diferentes ofertas; ejercitar – individualmente o constituyendo asociaciones – el derecho a juzgar públicamente de un modo positivo o negativo el funcionamiento de los medios; tienen la posibilidad de influir sobre la orientación de las comunicaciones con el apoyo económico de ciertas iniciativas.


402 Cf. Juan Pablo II, Carta Encíclica Redemptoris Missio, 52; Catecismo de la Iglesia Católica, 2493-2494.

403 Cf. Juan Pablo II, Carta Encíclica Redemptoris Missio, 37; Exhortación Apostólica postsinodal Pastores Gregis, 30; Pontificio Consejo de las Comunicaciones Sociales, Instrucción pastoral Aetatis novae.

Lectio Divina – Domingo XVII de Tiempo Ordinario

Tres parábolas del Reino de Dios
Descubrir los signos de Dios en la vida de cada día
Mateo 13,44-52

1. Oración inicial

Señor Jesús, envía tu Espíritu, para que Él nos ayude a leer la Biblia en el mismo modo con el cual Tú la has leído a los discípulos en el camino de Emaús. Con la luz de la Palabra, escrita en la Biblia, Tú les ayudaste a descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos dolorosos de tu condena y muerte.

Así, la cruz, que parecía ser el final de toda esperanza, apareció para ellos como fuente de vida y resurrección.
Crea en nosotros el silencio para escuchar tu voz en la Creación y en la Escritura, en los acontecimientos y en las personas, sobre todo en los pobres y en los que sufren. Tu palabra nos oriente a fin de que también nosotros, como los discípulos de Emaús, podamos experimentar la fuerza de tu resurrección y testimoniar a los otros que Tú estás vivo en medio de nosotros como fuente de fraternidad, de justicia y de paz. Te lo pedimos a Ti, Jesús, Hijo de María, que nos has revelado al Padre y enviado tu Espíritu. Amén.

2. Lectura

a) Una división del texto para ayudarnos en la lectura:

Mateo 13,44: Parábola del tesoro escondido
Mateo 13,45-46: Parábola del mercader que busca perlas preciosas
Mateo: 13,47-50: Parábola de la red echada al mar
Mateo 13,51-52: Una parábola para concluir el discurso de las parábolas.

b) Clave de lectura:

En este domingo decimoséptimo ordinario meditamos las tres parábolas que componen la parte final del Discurso de las Parábolas: el tesoro escondido, el mercader de perlas preciosas y la red echada en el mar. Las parábolas de Jesús nos ayudan a sintonizar nuestra mirada para percibir mejor la presencia del Reino de Dios en las cosas más comunes de la vida. En el curso de la lectura es bueno fijar la atención a cuanto sigue: “¿Qué cosa es para mí un tesoro escondido, un mercader en perlas preciosas o una red echada en el mar? ¿De qué modo me ayuda mi experiencia a entender las parábolas del tesoro, de la perla y de la red?”

c) El texto:

Mateo 13,44-5244 «El Reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo que, al encontrarlo un hombre, vuelve a esconderlo y, por la alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y compra el campo aquel.
45 «También es semejante el Reino de los Cielos a un mercader que anda buscando perlas finas, 46 y que, al encontrar una perla de gran valor, va, vende todo lo que tiene y la compra. 

47 «También es semejante el Reino de los Cielos a una red que se echa en el mar y recoge peces de todas clases; 48 y cuando está llena, la sacan a la orilla, se sientan, y recogen en cestos los buenos y tiran los malos. 49 Así sucederá al fin del mundo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de entre los justos 50 y los echarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes.
51 «¿Habéis entendido todo esto?» Dícenle: «Sí.» 52 Y él les dijo: «Así, todo escriba que se ha hecho discípulo del Reino de los Cielos es semejante al dueño de una casa que saca de su arca cosas nuevas y cosas viejas.»

3. Un momento de silencio orante

para que la Palabra de Dios pueda entrar en nosotros e iluminar nuestra vida.

4. Algunas preguntas

para ayudarnos en la meditación y en la oración.

a) ¿Qué parte del texto ha llamado principalmente mi atención? ¿Por qué?
b) Según mi experiencia de vida, ¿qué entiendo por tesoro escondido, por mercader de perlas preciosas o por red echada en el mar?
c) Esta experiencia mía ¿cómo me ayuda a entender las parábolas del tesoro, de la perla y de la red?
d) ¿Cuál es la diferencia que existe entre las parábolas del tesoro y de la perla?
e) ¿Qué dice el texto sobre la misión a realizar en cualidad de discípulos de Cristo?

5. Para los que quieren profundizar en el tema

a) Contexto de las parábolas pronunciadas por Jesús:

Los evangelios contienen muchas parábolas de Jesús. Mateo llega hasta decir: “Todas estas cosas Jesús dijo a la gente en parábolas y no les hablaba sino era en parábolas” (Mt 13,34). Era el método usado comúnmente en aquella época para enseñar. Así era cómo Jesús se hacía entender de la gente. En las parábolas, Jesús parte de cosas muy comunes de la vida y las usa como términos de comparación para ayudar a las personas a entender mejor las cosas menos conocidas del Reino de Dios. En el evangelio de este domingo, Jesús parte de tres cosas bien conocidas de la vida de la gente: el tesoro escondido en el campo, el mercader que busca perlas finas y la red que los pescadores echan al mar.

b) Comentario del texto:

Mateo 13,44: La parábola del tesoro escondido
Aquí, el término de comparación para aclarar las cosas del Reino de Dios es el tesoro escondido en el campo. Ninguno sabe que en el campo hay un tesoro. Un hombre lo encuentra por casualidad. No sabía que lo encontraría. Lo encuentra y se alegra y acoge con gratitud lo imprevisto. El tesoro descubierto no le pertenece todavía, será suyo sólo si consigue comprar el campo. Así eran las leyes de la época. Por esto va, vende todo lo que posee y compra aquel campo. Comprando el campo, se hace dueño del tesoro.
Jesús no explica la parábola. Vale aquí lo que ha dicho antes: “Quien tenga oídos oiga” (Mt 13,9.43). O sea: “El Reino de Dios es esto. Lo habéis escuchado. ¡Ahora, tratad de entenderlo! Si Jesús no explica la parábola, tampoco yo la explico. Es tarea de cada uno de nosotros. Pero quisiera dar una sugerencia partiendo de lo que yo mismo he entendido. El campo es nuestra vida. En la vida de cada cual hay un tesoro escondido, tesoro precioso, más precioso que todas las cosas de valor. Quien lo encuentra ¿ da todo lo que posee para comprar aquel tesoro? ¿Lo has encontrado tú?

Mateo 13,45-46: La parábola del mercader en perlas finas
En la primera parábola, el término de comparación era “ el tesoro escondido en el campo”. En esta parábola, el acento es diverso. El término de comparación no es la perla preciosa, sino la actividad, el esfuerzo del mercader que busca perlas preciosas. Todos saben que tales perlas existen. Lo que importa no es saber que esas perlas existen , sino buscarlas sin descanso, hasta encontrarla.
Las dos parábolas tienen elementos comunes y elementos diversos. En los dos casos, se trata de una cosa preciosa: tesoro y perla. En los dos casos hay un encuentro, y en los dos casos la persona va y vende todo lo que tiene para poder comprar el valor que ha encontrado. En la primera parábola, el encuentro se sucede por casualidad. En la segunda , el encuentro es fruto del esfuerzo y de la búsqueda. Tenemos dos aspectos fundamentales del Reino de Dios. El Reino existe, está escondido en la vida, en espera de quien lo encuentre. El Reino es fruto de una búsqueda y de un encuentro. Son las dos dimensiones fundamentales de la vida humana: la gratitud de amor que nos acoge y nos encuentra y la observancia fiel que nos lleva al encuentro.

Mateo 13,47-50: La parábola de la red echada en el mar
Aquí el Reino es semejante a una red, no una red cualquiera, sino una red echada en el mar y que pesca de todo. Se trata de algo típico en la vida de aquéllos que escuchaban, donde la mayoría eran pescadores, que vivían de la pesca. Una experiencia que ellos tienen de la red echada en el mar y que captura de todo, cosas buenas y cosas menos buenas. El pescador no puede evitar que entren cosas no buenas en su red. Porque él no consigue controlar lo que viene de abajo, en el fondo del agua del mar, donde se mueve su red. Sólo lo sabrá cuando tire de la red hacia lo alto y se sienta con sus compañeros para hacer la separación. Entonces sabrán qué es lo que vale y lo que no vale. De nuevo, Jesús no explica la parábola, pero da una indicación: “Así será al final de mundo”. Habrá una separación entre buenos y malos.

Mateo 13, 51-52: Conclusión del discurso parabólico
En el Evangelio de Mateo, el discurso parabólico termina con un breve diálogo entre Jesús y aquéllos que lo escuchaban que sirve de clave de lectura para todas las parábolas. Jesús pregunta: “¿Habéis entendido todo esto?” Respuesta de la gente: “¡Sí!” Y Jesús concluye con una frase muy bella: “Por esto todo escriba convertido en discípulo del reino de los cielos es semejante al dueño de la casa que extrae de su arca cosas nuevas y cosas antiguas” Esta frase final es otra pequeña parábola. “Las cosas nuevas y las cosas antiguas que el dueño de la casa saca de su arca” son las cosas de la vida que Jesús apenas ha propuesto en las parábolas: semillas arrojadas en el campo (Mt 13,4-8), el grano de mostaza (Mt 13,31-32), la levadura (Mt 13,33), el tesoro escondido en el campo (Mt 13,44) el mercader de perlas finas (Mt 13,45-46), la red echada en el mar (Mt 13, 47-48). La experiencia que cada uno tiene de estas cosas es su tesoro. Y en esta experiencia es donde cada uno encuentra el término de comparación para poder entender mejor las cosas del Reino de Dios. A veces , cuando las parábolas no nos dicen nada y no dejan libre su mensaje, la causa no es la falta de estudios. Sino la falta de experiencia en la vida o la falta de profundidad de la propia vida. Las personas que viven en la superficie sin profundizar en la experiencia de la propia vida, no tienen un arca de donde extraer cosas nuevas y cosas viejas.

c) Profundizando: La enseñanza de las parábolas

Las parábolas de Jesús son un instrumento pedagógico que se sirve de la vida cotidiana para indicar cómo ésta nos habla de Dios. La parábolas hacen transparente la realidad, reveladora de la presencia y acción de Dios. Convierten contemplativa la mirada de la persona. Una parábola se refiere a cosas de la vida y por esto es una enseñanza abierta que nos hace partícipes, que nos compromete, todos tenemos cualquier experiencia de las cosas de la vida.
La enseñanza en parábolas hace partir a las personas de su experiencia de las cosas comunes de la vida para poder entender el Reino: semilla, sal, luz, oveja, flor, mujer, niños, padre, red, pez tesoro, perla etc.
Jesús no acostumbraba generalmente a explicar las parábolas. Sino que por lo general terminaba con esta frase: “¡Quién haya oído , entienda!” (Mt 11.15; 13,9.43). O sea: “Es esto. Lo habéis escuchado. Ahora tratad de entender”. Jesús dejaba abierto el sentido de la parábola, no lo determinaba. Señal de que creía en la capacidad que la gente tenía para descubrir el sentido de la parábola partiendo de su experiencia de vida. Alguna vez, a petición de sus discípulos, explicaba su significado (Mt 13,10.36). Por ejemplo, los versículos 36-43 explican la parábola del trigo y de la cizaña y también es posible que estas explicaciones sean reflexiones de la catequesis que se hacían en las comunidades de los primeros cristianos. Las comunidades se reunían y discutían las parábolas de Jesús, tratando de comprender lo que Jesús quería decir. Así, poco a poco, la enseñanza de Jesús comenzaba a ser asimilada en las catequesis de las comunidades que luego se convertirán en una explicación de la parábola.

6. Salmo 19,8-15

La ley de Yahvé es perfecta,

La ley de Yahvé es perfecta,
hace revivir;
el dictamen de Yahvé es veraz,
instruye al ingenuo.
Los preceptos de Yahvé son rectos,
alegría interior;
el mandato de Yahvé es límpido,
ilumina los ojos.
El temor de Yahvé es puro,
estable por siempre;
los juicios del Señor veraces,
justos todos ellos,
apetecibles más que el oro,
que el oro más fino;
más dulces que la miel,
más que el jugo de panales.

Por eso tu siervo se empapa en ellos,
guardarlos trae gran ganancia;
Pero ¿quién se da cuenta de sus yerros?
De las faltas ocultas límpiame.
Guarda a tu siervo también del orgullo,
no sea que me domine;
entonces seré irreprochable,
libre de delito grave.

Acepta con agrado mis palabras,
el susurro de mi corazón,
sin tregua ante ti, Yahvé,
Roca mía, mi redentor.

7. Oración final

Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén.

El tesoro y el Reino

1.- No. No era tan joven cuando comencé a dar, en solitario, unos largos paseos por una playa alicantina. Allí viajaba –y viajo—con frecuencia. Y en esos paseos, yo, ya con más de cuarenta años esperaba encontrarme un tesoro lanzado por el mar a la playa. No era una obsesión pero, en efecto, esperaba que el mar regalase algo valioso. Yo también buscaba mi tesoro escondido. No era tanto la búsqueda exclusiva de dinero o de algo muy valioso. Se trataba de esperar algo que me cambiase la vida o me hiciese más feliz. Cuando yo comencé a dar esos paseos no era creyente. Y, cuando lo fui, ya no buscaba el tesoro. De ello me he dado cuenta ahora. Pero, no obstante, la especial finura psicológica de Jesús de Nazaret nos muestra en el evangelio de Mateo de hoy que todo hombre y toda mujer buscan su tesoro. Claro, algunos, lo encuentran; otros, jamás. Y muchos creen que han encontrado un tesoro cuando, en realidad, solo han hallado quincalla, bisutería. La cuestión es saber, y discernir, cual es nuestro tesoro oculto verdadero y necesario para que nuestra vida sea mejor. También, esa ya aludida finura de Jesús en el análisis de la mentalidad humana lo llama tesoro que es una palabra que plantea, la mayoría de las veces, que existe en su interior un contenido de riquezas materiales e inmediatas, de dinero. Y Jesús no es amigo del dinero, pero sabe que los hombres y mujeres de todos los tiempos si lo son. Y lo que desea es dar verdad a sus vidas. Enseñarles que el verdadero tesoro que necesitamos para ser felices es vivir en sintonía con el Reino de Dios, dentro de él. Lo demás, como decía antes es quincalla, bisutería.

Vamos “atravesando” en estos domingos de julio la “ruta de las parábolas”. Hemos leído varias. Nos llamó la atención el domingo pasado la de la cizaña, porque es una explicación necesaria de Jesús a unos de los grandes enigmas de la humanidad: la coexistencia del bien y del mal dentro de la presencia totalizadora del Dios Bueno. Es la pregunta de “¿Por qué Dios permite esto? Y, desde luego, hay situaciones muy cercanas que nos llevan a hacer esa terrible pregunta. Ahí están los salvajes atentados de Londres, Madrid y Nueva York. La libertad absoluta de hombres y mujeres les lleva a asumir su propio camino. La idea de “imagen y semejanza” anunciada por Dios en el momento de la creación del género humano es eso. Dios es libre. Nosotros, tambien. Resulta chocante que el poderoso deje ser libre al débil. Pero Dios es así. Y es que nuestra libertad para hacer el bien o el mal está presente en nuestras vidas y no hay nadie –absolutamente, nadie—que no haya experimentado su capacidad cotidiana para hacer el bien y el mal. Y es esa libertad plena la que, asimismo, nos lleva a poder elegir el tesoro del Reino de Dios, totalmente, libremente, sin coacciones. Tampoco hay “coacción” divina en la búsqueda del bien. Es la capacidad de discernimiento que nos da nuestra libertad lo que nos lleva a ello.

2.- Salomón –nos cuenta el libro de los Reyes—escucha una pregunta fabulosa, soñada, también, por todos. Dios le pregunta: “Pídeme lo que quieras”. La respuesta va a ser humilde, pero magistral: “da a tu siervo un corazón dócil para gobernar a tu pueblo, para discernir el mal del bien”. Y el Señor entusiasmado por la respuesta dará a Salomón todo lo mejor que se puede encontrar en la tierra. Es obvio que Salomón opta por lo que llamaríamos el talante del Reino de Dios. Y ello, pues, guarda su relación con el tesoro de la parábola. Pero, también, se pone de manifiesto un hecho muy habitual y corriente en la vida humana. Pedir a Dios lo que necesitamos o lo que –según nosotros—nos falta. “Pedir y se os dará” dice Jesús. Entonces que es lo que podemos pedirle a Dios. Pues, sinceramente, creo que todo, hasta que nos toque la lotería, porque como Padre Bueno que es entenderá nuestras peticiones. ¿Todo lo que pedimos nos lo puede dar? No claro que no. No todo nos conviene o, realmente, existe. Además, Dios no puede traicionar sus propias leyes. Lo que sería absurdo por otra parte es ir con reservas a nuestra conversación habitual con nuestro Padre.

Es posible que a todo esto haya que aplicar la frase del Apóstol Pedro respecto que para Dios mil años son como un día. Es decir, que nuestro cómputo respecto a los dones generosos dados por Nuestro Señor Dios, deben tener un recorrido, espacio y tiempo. Como niños impacientes que somos desearíamos que lo pedido nos llegue inmediatamente, a vuelta de correo. Pero no es así. En mi caso, he de reconocer que examinando mi vida de unos cuantos años –no pocos—he obtenido mucho de lo que he pedido. Tal vez, concretado de otra manera la petición inicial. No le podemos poner puertas al campo de nuestra relación con Dios, ni tampoco querer llevar a nuestro Padre por los caminos inmediatos de nuestra cambiante existencia.

3.- Hemos leído un brevísimo fragmento de la Carta de Pablo a los fieles de Roma. Y, sin embargo, es más que fundamental. Resume el plan completo de Dios para nuestra salvación. La doctrina de la Iglesia ha hablado de vocación, elección, predestinación y justificación como los pasos para dicha salvación. Y nadie, como Pablo de Tarso, lo ha referido de manera tan breve y completa. La cuestión es que ese plan de salvación tiene dos lados inseparables, diferenciados, pero inseparables. La salvación es individual y comunitaria. La salvación llega a cada uno de nosotros, pero incardinados en un conjunto de bien, amor, solidaridad, belleza y felicidad que contiene el Reino de Dios. Y así, las palabras de Pablo nos ayudan a mejor comprender todo lo que hemos dicho anteriormente y que no es otra cosa que la relación con Dios en el contexto de una vida coronada por el descubrimiento del Reino de Dios. Debemos meditar muy especialmente las lecturas de hoy. Merece la pena que hoy especialmente –siempre hay que hacerlo—cuando lleguemos a casa leamos y releamos estos textos de la Misa de hoy. Y abrir con ellos una meditación abierta, como la búsqueda del tesoro escondido. Y no nos debe faltar una condición en nuestro avance. Ella está perfectamente definida en el versículo responsorial del salmo 118 que hemos proclamado: “¡Cuánto amo tu voluntad, Señor!

Ángel Gómez Escorial

Adhesión personal a Jesús

1.- El mensaje de Jesús está muy lejos de ser una mera concepción del hombre, de las relaciones con los demás hombres y con el mundo de las cosas. Es esto, sin duda; pero con el dinamismo de crear no un juicio o un mero criterio, sino una actitud práctica, eficaz, eficiente, significativa en la vida del creyente. No se trata de situar el mensaje en el nivel de una sabiduría filosófica o antropológica, sino de asumirlo como una inspiración para la vida de cada jornada. Por eso, creer es adhesión personal al mensaje de Jesús; adhesión que compromete al creyente en todas las manifestaciones de la vida y, principalmente, en todas las opciones en que entra de lleno su libertad. Creer no es un mero saber. Es un vivir la vida según la escala de valores que propone el mensaje de Jesús.

2.- La página del evangelio de san Mateo nos aporta esta fundamental enseñanza de Jesús. A través de tres comparaciones o símiles, el Evangelio viene a decirnos que, descubierta la clave del mensaje, cambia en la vida del creyente la escala de valores con que produce su existencia. Tesoro escondido en cuya comparación todo otro valor resulta sin mayor precio; perla fina ante lo que palidece la luz de las otras; pez fresco y preciado que arruina el fingido valor del resto de la redada…

3.- Nace de aquí una visión optimista de la existencia humana y de la historia. La carta de san Pablo a los cristianos de Roma lo subraya con acento emocionado: «A los que aman a Dios todo les sirve para el bien, a los que ha llamado conforme a su designio». Para el creyente en Jesús, la vida tiene un sentido, el esfuerzo humano una razón de ser y hasta la contrariedad y las dificultades, lejos de asumirlo en la angustia y en la desesperación, aparecen ante su conciencia y su dinamismo, como argumentos de más para redoblar su compromiso. El cristiano cree en la historia. Sabe por el mensaje que la sucesión del tiempo entraña una vocación de eternidad y que la construcción del mundo por los caminos de la justicia y de la fraternidad desembocará en la salvación.

4.- Esta es la suprema sabiduría que el mensaje de Jesús aporta a los hombres. En ella se encuentra no la resolución, aunque si la iluminación del enigma de la vida. Para el creyente nada quedó resuelto con su fe; pero la fe si ilumina y clarifica la razón del vivir y del esfuerzo. A esta sabiduría alude la petición de Salomón. Nada hay más alto ni de mayor valor para el drama de la existencia.

Antonio Díaz Tortajada

Vender para comprar

En un canal de televisión emiten un programa titulado “Vender para comprar”. En él, dos expertos que se dedican al negocio inmobiliario ayudan a unos propietarios a encontrar “su vivienda soñada”. Pero esa “vivienda soñada” normalmente queda fuera de sus posibilidades económicas, por lo que estos hermanos les aconsejan reformar su vivienda actual para poder venderla en mejores condiciones económicas y entonces poder comprar la vivienda que desean. En otros muchos casos de nuestra vida se produce esta situación, que la sabiduría popular recoge en un refrán: “El que algo quiere, algo le cuesta”, sobre todo cuando ese “algo” es muy importante.

Hoy Jesús en el Evangelio ha continuado hablándonos sobre el Reino de los Cielos, con dos parábolas muy conocidas: el tesoro escondido y la perla de gran valor. En ambos casos, los protagonistas de las parábolas se encuentran con algo que desean, y cada uno vende todo lo que tiene para poder hacerlo suyo. Lo que venden es valioso, pero lo que desean lo es todavía más.

Jesús nos está diciendo que el Reino de los Cielos es ese tesoro de inmenso valor, y que debería ser algo deseado por cualquiera que se lo encontrase. Pero para hacerlo nuestro, para “comprarlo”, antes hay que estar dispuestos a “vender” algo.

No debemos tomar al pie de la letra el lenguaje mercantil, para evitar volver a errores pasados cuando se compraban indulgencias para “entrar en el cielo”. Ni tampoco debemos simplificar ese estar dispuestos a “vender” algo como la realización de una serie de renuncias que, como contrapartida, nos obtendrían el Reino de los Cielos. Pero como escribió G. Bernanos en “Diálogos de carmelitas”: “no somos una empresa de mortificación ni conservatorios de virtudes”. Ésta sería la actitud que el Papa Francisco ha descrito como “nuevos pelagianos”, “quienes en el fondo sólo confían en sus propias fuerzas y se sienten superiores a otros por cumplir determinadas normas” (GE 49, EG 94).

El Reino de los Cielos es algo de tanto valor que queda totalmente fuera de nuestras posibilidades humanas. Seguramente, en nuestro estado actual, no estamos en condiciones de “vender todo lo que tenemos” para hacer nuestro el Reino de los Cielos. Por eso, para “comprarlo”, antes debemos efectuar algunas “reformas” en nosotros mismos.

La primera “reforma” es cuestionarnos si de verdad deseamos el Reino de los Cielos; si de verdad lo vemos como lo más valioso, porque si no es así, difícilmente estaremos dispuestos a “vender todo lo que tenemos”.

Y después, si de verdad queremos “comprar el Reino”, pero lo vemos fuera de nuestro alcance, necesitamos descubrir qué “reformas” debemos llevar a cabo en nosotros y en nuestra vida para estar en condiciones de “vender todo lo que tenemos”. No se trata de hacer unos apaños ni unas “chapuzas” para salir del paso; si de verdad queremos hacer nuestro el Reino de los Cielos, las reformas habrán de ser en profundidad, poniéndonos en manos de “expertos” acompañantes que nos ayuden a identificar qué debemos reformar, cómo realizar la reforma y qué materiales utilizar. 

¿De verdad deseo el Reino de los Cielos? ¿Pienso que “lo tengo que comprar” a base de mortificaciones y renuncias? ¿Estoy dispuesto a hacer en mí las reformas necesarias para alcanzarlo? ¿Hay algo en mí que no quiera “vender”, algo de lo que no quiera desprenderme, ni siquiera por el Reino de los Cielos? ¿Me pongo en manos de “expertos”, sigo o quiero seguir acompañamiento espiritual que me oriente en este proceso de “vender para comprar” el Reino?

Si de verdad queremos ser cristianos, debemos desear el Reino de los Cielos considerándolo lo más valioso, por el cual merece la pena hacer las reformas necesarias para “vender todo lo que tenemos”. Y el Señor se pone a nuestro lado como el “Experto” que nos acompaña en este proceso. Así lo dijo el Papa Francisco: “Como no puedes entender a Cristo sin el reino que él vino a traer, tu propia misión es inseparable de la construcción de ese reino. Tu identificación con Cristo y sus deseos, implica el empeño por construir, con él, ese reino de amor, justicia y paz para todos. Cristo mismo quiere vivirlo contigo, en todos los esfuerzos o renuncias que implique, y también en las alegrías y en la fecundidad que te ofrezca”. (Gaudete et exsultate, 25)