Meditación – Jueves XVII de Tiempo Ordinario

Hoy es jueves XVII de Tiempo Ordinario.

La lectura de hoy es del evangelio de Mateo (Mt 13, 47-53):

En aquel tiempo, Jesús dijo a la gente: «También es semejante el Reino de los Cielos a una red que se echa en el mar y recoge peces de todas clases; y cuando está llena, la sacan a la orilla, se sientan, y recogen en cestos los buenos y tiran los malos. Así sucederá al fin del mundo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de entre los justos y los echarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. ¿Habéis entendido todo esto?» Dícenle: «Sí». Y Él les dijo: «Así, todo escriba que se ha hecho discípulo del Reino de los Cielos es semejante al dueño de una casa que saca de sus arcas lo nuevo y lo viejo». Y sucedió que, cuando acabó Jesús estas parábolas, partió de allí.

Hoy, el Evangelio constituye una llamada vital a la conversión. Jesús no nos ahorra la dureza de la realidad: «Saldrán los ángeles, separarán a los malos de entre los justos y los echarán en el horno de fuego» (Mt 13,49-50). ¡La advertencia es clara! No podemos quedarnos dormidos.

Ahora debemos optar libremente: o buscamos a Dios y el bien con todas nuestras fuerzas, o colocamos nuestra vida en el precipicio de la muerte. O estamos con Cristo o estamos contra Él. Convertirse significa, en este caso, optar totalmente por pertenecer a los justos y llevar una vida digna de hijos. Sin embargo, tenemos en nuestro interior la experiencia del pecado: vemos el bien que deberíamos hacer y en cambio obramos el mal; ¿cómo intentamos dar una verdadera unidad a nuestras vidas? Nosotros solos no podemos hacer mucho. Sólo si nos ponemos en manos de Dios podremos lograr hacer el bien y pertenecer a los justos.

«Por el hecho de no estar seguros del tiempo en que vendrá nuestro Juez, debemos vivir cada jornada como si nos tuviera que juzgar al día siguiente» (San Jerónimo). Esta frase es una invitación a vivir con intensidad y responsabilidad nuestro ser cristiano. No se trata de tener miedo, sino de vivir en la esperanza este tiempo que es de gracia, alabanza y gloria.

Cristo nos enseña el camino de nuestra propia glorificación. Cristo es el camino del hombre, por tanto, nuestra salvación, nuestra felicidad y todo lo que podamos imaginar pasa por Él. Y si todo lo tenemos en Cristo, no podemos dejar de amar a la Iglesia que nos lo muestra y es su cuerpo místico. Contra las visiones puramente humanas de esta realidad es necesario que recuperemos la visión divino-espiritual: ¡nada mejor que Cristo y que el cumplimiento de su voluntad!

Rev. D. Ferran JARABO i Carbonell

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Liturgia – Jueves XVII de Tiempo Ordinario

JUEVES DE LA XVII SEMANA DE TIEMPO ORDINARIO, feria o SAN PEDRO CRISÓLOGO, obispo y doctor de la Iglesia, memoria libre

Misa de la feria (verde) o de la memoria (blanco).

Misal: Cualquier formulario permitido / para la memoria 1ª oración propia y el resto del común de pastores (para un obispo), o de doctores, o de un domingo del Tiempo Ordinario;. Prefacio común o de la memoria.

Leccionario: Vol. III-par.

  • Jer 18, 1-6. Lo mismo que está el barro en manos del alfarero, así estáis vosotros en mi mano.
  • Sal 145. Dichoso a quien auxilia el Dios de Jacob.
  • Mt 13, 47-53. Reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran.

Antífona de entrada          Sal 46, 2
Pueblos todos, batid palmas, aclamad a Dios con gritos de júbilo.

Monición de entrada
El Señor Jesús, nos invita un día más a participar de la mesa de la Palabra y de la Eucaristía. Reconozcamos ahora, al comienzo de la celebración, que somos pecadores e indignos de acercarnos a recibir su Cuerpo y su Sangre; y pidamos por ello sinceramente perdón a Dios.

• Tú, Pan vivo bajado del cielo. Señor, ten piedad.
• Tú, Vino nuevo que alegra el corazón. Cristo, ten piedad.
• Tú, banquete de vida inagotable. Señor, ten piedad.

Oración colecta
OH, Dios,
que por el Misterio pascual de tu Unigénito
realizaste la redención de los hombres,
concédenos por tu bondad experimentar el aumento continuo
de tu salvación a quienes,
celebrando los sacramentos,
proclamamos con fe la muerte y Resurrección de tu Hijo.
Él que vive y reina contigo.

Oración de los fieles
Unidos a toda la Iglesia, dirijamos nuestras oraciones a Dios Padre, que llama a todos los hombres del mundo a la salvación.

1.- Por la Iglesia, por todos los que compartimos la alegría de ser cristianos. Roguemos al Señor.

2.- Por las vocaciones sacerdotales, a la vida religiosa y al laicado cristiano. Roguemos al Señor.

3.- Por la buena convivencia en nuestro país, y por el bienestar de todos los que aquí vivimos. Roguemos al Señor.

4.- Por los que viven en la marginación y no tienen esperanza ante el futuro Roguemos al Señor.

5.- Por nosotros, y por los que esperan que recemos por ellos. Roguemos al Señor.

Atiende con amor, Padre, las oraciones que te hemos elevado, y haz que todos acepten el mensaje de salvación que tu Hijo nos anuncia con la llegada del Reino de los cielos. Por Jesucristo nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
OH, Dios,
que actúas con la eficacia de tus sacramentos,
concédenos que nuestro ministerio
sea digno de estos dones sagrados.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión          Sal 102, 1
Bendice, alma mía, al Señor y todo mi ser a su santo nombre.

Oración después de la comunión
TE rogamos, Señor,
que la participación en la mesa celestial
nos santifique para que,
por el Cuerpo y en la Sangre de Cristo,
se afiance la unión de todos los hermanos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Santoral 30 de julio

SAN PEDRO CRISÓLOGO, obispo y doctor de la Iglesia († 450)

San Pedro Crisólogo nació en Imola, Italia, a finales del siglo IV. Fue cerca de veinte años obispo de Ravena, capital entonces del imperio de Occidente. Gobernó la diócesis con celo de apóstol y a todos trataba con entrañas de padre. Era conocido como orador sagrado y como gran especialista en las Sagradas Escrituras. Era también muy devoto de la Virgen María.

La poderosa influencia que ejercía sobre sus contemporáneos este gran obispo, podemos descubrirla si hojeamos los ciento ochenta sermones que de él nos quedan, llenos no sólo de unción, sino también de belleza, de donde le viene el apelativo de Crisólogo, palabra de oro. Dícese que cuando predicaba lo hacía con tal fogosidad y fervor que en ocasiones se quedó sin voz, y que los fieles muchas veces lloraban al oírlo.

Su palabra vibrante de apóstol descollaba en un imperio que se desmoronaba, en una corte llena de intrigas. Los bárbaros eran los dueños de la situación. Los cortesanos se parapetaban en la molicie. Sólo el obispo hablaba con esperanza. Él se preocupaba de sembrar. Otros cosecharían.

Las multitudes se agolpaban para oírle. No les importaba ni el frío ni el calor, con tal que el frescor o el fuego vivo de aquella palabra de oro pudiese llegarles. Todos quedaban encandilados ante su elocuencia.

En sus sermones comenta los milagros del Evangelio, explica las parábolas, desarrolla el Credo y el Padrenuestro, ensalza la fortaleza de los mártires, siempre atendiendo a la capacidad receptiva del auditorio. Su palabra no es tan dogmática como la de su contemporáneo San León Magno. Es más ágil y afectiva, más popular. Iba más dirigida al corazón.

No le gustaba gritar ni gesticular. Buscaba siempre lo constructivo. Evitaba en lo posible la polémica. Su criterio de ortodoxia era la cátedra de Pedro. Eutiques le escribe para atraerle al monofisismo. El Crisólogo le contesta: «Triste he leído tus tristes letras. Porque así como la paz de la Iglesia, la concordia de los sacerdotes y la armonía del pueblo me llenan de alegría, así la disensión fraterna me aflige y abate».

Orígenes y Nestorio se enredaban en sutilezas sobre la generación de Cristo. Pedro prefiere no entrar en discusiones. Prefiere adorar con los magos y cantar con los ángeles al que yace en el pesebre, siguiendo las directrices del pontífice de Roma «puesto por el bienaventurado Pedro, que vive aún y preside su cátedra, y comunica la verdad a los que la buscan. En cuanto a mí, el amor de la paz y de la verdad no me permiten intervenir en cuestiones de fe sin el consentimiento del obispo de Roma».

Su palabra encendida vibraba sobre todo cuando se trataba de condenar los degradantes ritos paganos, como las bacanales del primero de enero. Advierte a sus fieles que no se dejen engañar por representaciones de dioses adúlteros, impíos y obscenos, que es lo que se celebra en aquellas fiestas. «E1 que se divierte con el diablo, no gozará con Cristo. Nadie juega seguro con la serpiente, ni se divierte impunemente con el diablo».

A San Pedro se le ha llamado doctor del amor paternal de Dios. Repite que Dios quiere ser amado y no temido, que «no quiere la muerte, sino la fe, no exige la sangre, sino la voluntad, no pide la vida, sino el corazón».

Benedicto XIII le dio el título de Doctor de la Iglesia en 1729 por sus sermones, tan llenos de doctrina, y por sus escritos catequéticos.

San Pedro Crisólogo murió el 30 de julio del año 450. Fue sepultado en la cripta de San Casiano, de la catedral de (mola, su ciudad natal.

Otros Santos de hoy: Abdón, Senén, Rufino, Máxima, Julita, Segunda.

Justo y Rafael Mª López-Melús

Laudes – Jueves XVII de Tiempo Ordinario

LAUDES

JUEVES XVII TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Señor, ábreme los labios.
R/. Y mi boca proclamará tu alabanza

INVITATORIO

Se reza el invitatorio cuando laudes es la primera oración del día.

SALMO 94: INVITACIÓN A LA ALABANZA DIVINA

Ant. Venid, adoremos al Señor, porque él es nuestro Dios.

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

Entrad, postrémonos por tierra,
bendición al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
«Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso».»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

HIMNO

Comienzan los relojes
a maquinar sus prisas;
y miramos el mundo.
Comienza un nuevo día.

Comienzan las preguntas,
la intensidad, la vida;
se cruzan los horarios.
Qué red, qué algarabía.

Mas tú, Señor, ahora
eres calma infinita.
Todo el tiempo está en ti
como en una gavilla.

Rezamos, te alabamos,
porque existes, avisas;
porque anoche en el aire
tus astros se movían.

Y ahora toda la luz
se posó en nuestra orilla. Amén.

SALMO 56: ORACIÓN MATUTINA DE UN AFLIGIDO

Ant. Despertad, cítara y arma; despertaré a la aurora.

Misericordia, Dios mío, misericordia,
que mi alma se refugia en ti;
me refugio a la sombra de tus alas
mientras pasa la calamidad.

Invoco al Dios altísimo,
al Dios que hace tanto por mí:
desde el cielo me enviará la salvación,
confundirá a los que ansían matarme,
enviará su gracia y su lealtad.

Estoy echado entre leones
devoradores de hombres;
sus dientes son lanzas y flechas,
su lengua es una espada afilada.

Elévate sobre el cielo, Dios mío,
y llene la tierra tu gloria.

Han tendido una red a mis pasos
para que sucumbiera;
me han cavado delante una fosa,
pero han caído en ella.

Mi corazón está firme, Dios mío,
mi corazón está firme.
Voy a cantar y a tocar:
despierta, gloria mía;
despertad, cítara y arpa;
despertaré a la aurora.

Te daré gracias ante los pueblos, Señor;
tocaré para ti ante las naciones:
por tu bondad, que es más grande que los cielos;
por tu fidelidad, que es más grande que los cielos;
por tu fidelidad, que alcanza a las nubes.

Elévate sobre el cielo, Dios mío,
y llene la tierra tu gloria.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Despertad, cítara y arma; despertaré a la aurora.

CÁNTICO de JEREMÍAS: FELICIDAD DEL PUEBLO REDIMIDO

Ant. «Mi pueblo se saciará de mis bienes», dice el Señor.

Escuchad, pueblos, la palabra del Señor,
anunciadla en las islas remotas:
«El que dispersó a Israel lo reunirá,
lo guardará como un pastor a su rebaño;
porque el Señor redimió a Jacob,
lo rescató de una mano más fuerte.»

Vendrán con aclamaciones a la altura de Sión,
afluirán hacia los bienes del Señor:
hacia el trigo y el vino y el aceite,
y los rebaños de ovejas y de vacas;
su alma será como un huerto regado,
y no volverán a desfallecer.

Entonces se alegrará la doncella en la danza,
gozarán los jóvenes y los viejos;
convertiré su tristeza en gozo,
los alegraré y aliviaré sus penas;
alimentaré a los sacerdotes con enjundia,
y mi pueblo se saciará de mis bienes.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. «Mi pueblo se saciará de mis bienes», dice el Señor.

SALMO 47: HIMNO A LA GLORIA DE DIOS EN JERUSALÉN

Ant. Grande es el Señor y muy digno de alabanza en la ciudad de nuestro Dios.+

Grande es el Señor y muy digno de alabanza
en la ciudad de nuestro Dios,
+ su monte es santo, altura hermosa,
alegría de toda la tierra:

el monte Sión, vértice del cielo,
ciudad del gran rey;
entre sus palacios,
Dios descuella como un alcázar.

Mirad: los reyes se aliaron
para atacarla juntos;
pero, al verla, quedaron aterrados
y huyeron despavoridos;

allí los agarró un temblor
y dolores como de parto;
como un viento del desierto,
que destroza las naves de Tarsis.

Lo que habíamos oído lo hemos visto
en la ciudad del Señor de los ejércitos,
en la ciudad de nuestro Dios:
que Dios la ha fundado para siempre.

Oh Dios, meditamos tu misericordia
en medio de tu templo:
como tu renombre, oh Dios, tu alabanza
llega al confín de la tierra;

tu diestra está llena de justicia:
el monte Sión se alegra,
las ciudades de Judá se gozan
con tus sentencias.

Dad la vuelta en torno a Sión,
contando sus torreones;
fijaos en sus baluartes,
observad sus palacios,

para poder decirle a la próxima generación:
«Éste es el Señor, nuestro Dios.»
Él nos guiará por siempre jamás.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Grande es el Señor y muy digno de alabanza en la ciudad de nuestro Dios.

LECTURA: Is 66, 12

Así dice el Señor: «El cielo es mi trono, y la tierra, el estrado de mis pies: ¿Qué templo podréis construirme o qué lugar para mi descanso? Todo esto lo hicieron mis manos, todo es mío —oráculo del Señor—. En ése pondré mis ojos: en el humilde y el abatido que se estremece ante mis palabras.»

RESPONSORIO BREVE

R/ Te invoco de todo corazón, respóndeme, Señor.
V/ Te invoco de todo corazón, respóndeme, Señor.

R/ Guardaré tus leyes.
V/ Respóndeme, Señor.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Te invoco de todo corazón, respóndeme, Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Sirvamos al Señor con santidad, y nos librará de nuestros enemigos.

Benedictus. EL MESÍAS Y SU PRECURSOR. Lc 1, 68-79

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado y redimido a su pueblo,
suscitándonos una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo
por la boca de sus santos profetas.

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
realizando la misericordia
que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza
y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán.

Para concedernos que, libres de temor,
arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor
a preparar sus caminos,
anunciando a su pueblo la salvación,
el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tinieblas
y en sombra de muerte,
para guiar nuestros pasos
por el camino de la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Sirvamos al Señor con santidad, y nos librará de nuestros enemigos.

PRECES

Demos gracias a Cristo, que nos ha dado la luz del día, y supliquémosle, diciendo:

Bendícenos y santifícanos, Señor.

Tú que te entregaste como víctima por nuestros pecados,
—acepta los deseos y proyectos de este día.

Tú que nos alegras con la claridad del nuevo día,
—sé tú mismo el lucero brillante de nuestros corazones.

Haz que seamos bondadosos y comprensivos con los que nos rodean,
—para que logremos así ser imágenes de tu bondad.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

En la mañana haznos escuchar tu gracia,
—y que tu gozo sea hoy nuestra fortaleza.

Fieles a la recomendación del Salvador, digamos con filial confianza:
Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso y eterno, humildemente acudimos a ti al empezar el día, a media jornada y al atardecer, para pedirte que, alejando de nosotros las tinieblas del pecado, nos hagas alcanzar la luz verdadera que es Cristo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.