Vísperas – Viernes XVIII de Tiempo Ordinario

VÍSPERAS

VIERNES XVIII TIEMPO ORDINARIO

V/. Dios mío, ven en mi auxilio.
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo,
como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

El dolor extendido por tu cuerpo,
sometida tu alma como un lago,
vas a morir y mueres por nosotros
ante el Padre que acepta perdonándonos.

Cristo, gracias aún, gracias, que aún duele
tu agonía en el mundo, en tus hermanos.
Que hay hambre, ese resumen de injusticias;
que hay hombre en el que estás crucificado.

Gracias por tu palabra que está viva,
y aquí la van diciendo nuestros labios;
gracias porque eres Dios y hablas a Dios
de nuestras soledades, nuestros bandos.

Que no existan verdugos, que no insistan;
rezas hoy con nosotros que rezamos.

Porque existen las víctimas, el llanto. Amén.

SALMO 114: ACCIÓN DE GRACIAS

Ant. Arranca, Señor, mi alma de la muerte, mis pies de la caída.

Amo al Señor, porque escucha
mi voz suplicante,
porque inclina su oído hacia mí
el día que lo invoco.

Me envolvían redes de muerte,
me alcanzaron los lazos del abismo,
caí en tristeza y angustia.
Invoqué el nombre del Señor:
«Señor, salva mi vida.»

El Señor es benigno y justo,
nuestro Dios es compasivo;
el Señor guarda a los sencillos:
estando yo sin fuerzas, me salvó.

Alma mía, recobra tu calma,
que el Señor fue bueno contigo:
arrancó mi alma de la muerte,
mis ojos de las lágrimas,
mis pies de la caída.

Caminaré en presencia del Señor
en el país de la vida.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Arranca, Señor, mi alma de la muerte, mis pies de la caída.

SALMO 120: EL GUARDIÁN DEL PUEBLO

Ant. El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra.

Levanto mis ojos a los montes:
¿de dónde me vendrá el auxilio?
El auxilio me viene del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.

No permitirá que resbale tu pie,
tu guardián no duerme;
no duerme ni reposa
el guardián de Israel.

El Señor te guarda a su sombra,
está a tu derecha;
de día el sol no te hará daño,
ni la luna de noche.

El Señor te guarda de todo mal,
él guarda tu alma;
el Señor guarda tus entradas y salidas,
ahora y por siempre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: HIMNO DE ADORACIÓN

Ant. Justos y verdaderos son tus caminos, ¡oh Rey de los siglos!

Grandes y maravillosas son tus obras,
Señor, Dios omnipotente,
justos y verdaderos tus caminos,
¡oh Rey de los siglos!

¿Quién no temerá, Señor,
y glorificará tu nombre?
Porque tú solo eres santo,
porque vendrán todas las naciones
y se postrarán en tu acatamiento,
porque tus juicios se hicieron manifiestos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Justos y verdaderos son tus caminos, ¡oh Rey de los siglos!

LECTURA BREVE 1Co 2, 7-10a

Enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria. Ninguno de los príncipes de este mundo la ha conocido; pues, si la hubiesen conocido, nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria. Sino, como está escrito: «Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que le aman.» Y Dios nos lo ha revelado por el Espíritu.

RESPONSORIO BREVE

V/. Cristo murió por los pecados, para conducirnos a Dios.
R/. Cristo murió por los pecados, para conducirnos a Dios.

V/. Como era hombre, lo mataron; pero, como poseía el Espíritu, fue devuelto a la vida.
R/. Para conducirnos a Dios.

V/. Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
R/. Cristo murió por los pecados, para conducirnos a Dios.

 

Magníficat.: Acuérdate de tu misericordia, Señor, como lo habías prometido a nuestros padres.

MAGNÍFICAT, Lc 1, 46-55 ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

Él hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de la misericordia
—como lo había prometido a nuestros padres—
en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Magníficat.: Acuérdate de tu misericordia, Señor, como lo habías prometido a nuestros padres.

 

PRECES

Bendigamos ahora al Señor Jesús, que en su vida mortal escuchó siempre con bondad las súplicas de los que acudían a él y con amor secaba las lágrimas de los que lloraban, y digámosle también nosotros:

Señor, ten misericordia de tu pueblo.

Señor Jesucristo, tú que consolaste a los tristes y deprimidos,
—pon ahora tus ojos en las lágrimas de los pobres.

Escucha los gemidos de los agonizantes
—y envíales tus ángeles para que los alivien y conforten.

Que los emigrantes sientan tu providencia en su destierro,
—que puedan regresar a su patria y que un día alcancen también la eterna.

Que los pecadores se ablanden a tu amor
—y se reconcilien contigo y con tu Iglesia.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Perdona las faltas de los que han muerto
—y dales la plenitud de tu salvación.

Con el gozo que nos da el saber que somos hijos de Dios, digamos con plena confianza:
Padre nuestro…

ORACION

Señor, Dios todopoderoso, te pedimos nos concedas que, del mismo modo que hemos cantado tus alabanzas en esta celebración matutina, así las podamos cantar también plenamente, con la asamblea de tus santos, por toda la eternidad. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

R/. Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Viernes XVIII de Tiempo Ordinario

1) Oración inicial

Ven, Señor, en ayuda de tus hijos; derrama tu bondad inagotable sobre los que te suplican, y renueva y protege la obra de tus manos en favor de los que te alaban como creador y como guía. Por nuestro Señor.

2) Lectura del Evangelio

Del Evangelio según Mateo 16,24-28
Entonces dijo Jesús a sus discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará. Pues ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? O ¿qué puede dar el hombre a cambio de su vida?
«Porque el Hijo del hombre ha de venir en la gloria de su Padre, con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta. Yo os aseguro: entre los aquí presentes hay algunos que no gustarán la muerte hasta que vean al Hijo del hombre venir en su Reino.»

3) Reflexión

• Los cinco versículos del evangelio de hoy son la continuidad de las palabras de Jesús a Pedro que meditamos ayer. Jesús no esconde ni ablanda las exigencias del discipulado. No permite que Pedro tome la delantera y le pone en su sitio: “¡Quítate de mi vista!” El evangelio de hoy explicita estas exigencias para todos nosotros.

• Mateo 16,24: Tome su cruz y me siga. Jesús saca las conclusiones que valen hasta hoy: “Si alguien quiere seguirme, renuncie a si mismo, tome su cruz y me siga”. En aquel tiempo, la cruz era la pena de muerte que el imperio romano imponía a los marginados y a los bandidos. Tomar la cruz y cargarla detrás de Jesús era lo mismo que aceptar el ser marginado por el sistema injusto que legitimaba la injusticia. La Cruz no es fatalismo, ni exigencia del Padre. La Cruz es consecuencia del compromiso libremente asumido por Jesús: revelar la Buena Nueva de que Dios es Padre y que, por tanto, todos y todas deben ser aceptados y tratados como hermanos y hermanas. A causa de este anuncio revolucionario, Jesús fue perseguido y no tuvo miedo a dar su vida. No hay prueba de amor más grande que dar la vida por los hermanos (Jn 15,13). El testimonio de Pablo en la carta a los Gálatas muestra el alcance de todo esto: “Por mí, no quiero sentirme orgulloso de nada, sino de la cruz de Cristo Jesús, nuestro Señor. Por él el mundo ha sido crucificado para mí, y yo, para el mundo”. (Gal 6,14) Y termina aludiendo a las cicatrices de las torturas que sufrió: “Que nadie pues me venga a molestar. Yo, por mi parte, llevo en mi cuerpo las señas de Jesús” (Gal 6,17).

• Mateo 16,25-26: Quien pierde la vida por causa mía la encontrará. Estos dos versículos explicitan valores humanos universales que confirman la experiencia de muchos, cristianos y no cristianos. Salvar la vida, perder la vida, encontrar la vida. La experiencia de muchos enseña lo siguiente: Quien corre tras los bienes y la riqueza no queda nunca saciado. Quien se entrega a los demás olvidándose de sí, siente una gran felicidad. Es la experiencia de las madres que se entregan, y de mucha gente que no piensa en sí, sino en los demás. Muchos hacen y viven así casi por instinto, como algo que viene del fondo del alma. Otros hacen así, porque tuvieron una experiencia dolorosa de frustración que los llevó a mudar de actitud. Jesús tiene razón en decir: Quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará”. Importante es el motivo: “por mí”, o como dice en otro lugar: “por causa del Evangelio” (Mc 8,35). Y termina: “Pues ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? O ¿qué puede dar el hombre a cambio de su vida?” Esta última frase evoca el salmo que dice que nadie es capaz de pagar el precio de rescate de la vida: “comprada su vida nadie tiene, ni a Dios puede, con plata sobornarlo, pues es muy caro el precio de la vida. ¿Vivir piensa por siempre, o cree que no iré a la fosa un día?”. (Sal 49,8-10).

• Mateo 16,27-28: El Hijo del Hombre, dará a cada uno según su conducta. Estos dos versículos se refieren a la esperanza del pueblo con relación a la venida del Hijo del Hombre al final de los tiempos como juez de la humanidad, como presentado en la visión del profeta Daniel (Dn 7,13-14). El primer versículo dice: “El Hijo del Hombre vendrá en la gloria de su Padre, con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta” (Mt 16,27). En esta frase se habla de la justicia del Juez. Cada uno recibirá según su propia conducta. El segundo versículo dice: “Yo os aseguro: entre los aquí presentes hay algunos que no gustarán la muerte hasta que vean al Hijo del hombre venir en su Reino”. (Mt 16,28). Esta frase es un aviso para ayudar a percibir la venida de Jesús como Juez en los hechos de la vida. Algunos pensaban que Jesús vendría luego (1Ts 4,15-18). Jesús, de hecho, ya estaba presente en las personas, sobre todo en los pobres. Pero ellos no lo percibieron. Jesús mismo había dicho: “Cuando lo hicieron con alguno de estos más pequeños, que son mis hermanos, lo hicieron conmigo!” (Mt 25,34-45)

4) Para la reflexión personal

• Quien pierde la vida, la gana. ¿Cuál es la experiencia que tengo en este punto?
• Las palabras de Pablo: ““Por mí, no quiero sentirme orgulloso de nada, sino de la cruz de Cristo Jesús, nuestro Señor. Por él el mundo ha sido crucificado para mí, y yo, para el mundo”.¿Tengo valor para repetirlas en mi vida?

5) Oración final

Ensalzad conmigo a Yahvé,
exaltemos juntos su nombre.
Consulté a Yahvé y me respondió:
me libró de todos mis temores. (Sal 34,4-5)

Comentario – Viernes XVIII de Tiempo Ordinario

Ya hemos comentado este mismo pasaje en la versión que ofrece el evangelio de Marcos (8, 34-9,1). Jesús se dirige a sus discípulos, invitándoles a su seguimiento, pero también advirtiéndoles de las graves implicaciones del mismo: Si alguno quiere venirse en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me sigaPorque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará. Irse con él es un acto de voluntad que responde a una llamada. Pero el que inicia el seguimiento debe saber que tiene que negarse a sí mismo, y no una vez, sino muchas veces, constantemente, cuantas veces sean necesarias para mantenerse en el camino emprendido. La negación de sí mismo o abnegación debe ser una actitud permanente en la vida del seguidor de Jesús. En realidad, la negación forma parte de la vida de todo hombre que se afirma en sus diferentes opciones.

Generalmente, el que opta por una cosa tiene que dejar otras; el que opta por un oficio o un estado de vida como el celibato, tiene que renunciar a otros como el de casado. No se puede ser a la vez algo y su contrario; no se pueden ejercer dos oficios al mismo tiempo, ni se puede servir simultáneamente a dos amos. La negación es el reverso de la afirmación; y en toda afirmación se halla implicada una negación. Seguir a Jesús como al Maestro y Señor de nuestras vidas implica de ordinario dejar de seguir otros magisterios o dejar de pertenecer a otros señores; por tanto, negación no sólo de otros –de su enseñanza o señorío-, sino de nosotros mismos, renunciando a nuestras tendencias autodidactas o inclinaciones autonómicas.

Negarse a sí mismo supone muchas veces renunciar a apetencias propias, a proyectos personales, a aspiraciones legítimas, a ensoñaciones de independencia, a compromisos afectivos, a éxitos profesionales, quizá a cierto grado de desarrollo intelectual o al cultivo de ciertas cualidades, a la propia voluntad: un sacrificio en aras de una voluntad superior, pero al mismo tiempo una voluntad más íntima y luminosa que la propia.

Y la negación, por lo que tiene de negación, suele llevar consigo un componente de cruz o de sufrimiento. Por eso, tome su cruz y me siga. También la cruz es un elemento omnipresente en la vida de todo ser humano. Para advertirlo basta con prestar atención a su condición mortal y sufriente. Todos, tarde o temprano, acabamos encontrándonos con la cruz, o las cruces, porque éstas son múltiples y variadas, en nuestro camino. Pretender caminar por la vida sin cruz es a todas luces una pretensión imposible. Puesto que esto es así, hemos de tomar nuestra cruz –tantas veces inevitable-, y con ella seguirle.

El seguimiento de Jesús no nos va a eximir de la cruz; al contrario, añade la suya a la nuestra, es decir, incorpora a nuestra vida otras cruces anejas al mismo seguimiento o consorcio con él. Son esas cruces asociadas a nuestra condición de cristianos entre las cuales se cuentan renuncias exigidas, rechazos o desprecios indeseados, persecuciones previstas o imprevistas, martirios. La cruz se suele presentar como una carga generadora de sufrimiento; por eso se habla de “llevar la cruz” o de “cargar con la cruz”.

Esa carga puede ser un defecto congénito o adquirido, un complejo que nos retrae u obstaculiza nuestra tarea o nuestras relaciones, una tara física o psíquica, un acontecimiento que nos deja heridos o disminuidos, una difamación que perdura en el tiempo, una pérdida relevante de salud, una limitación acentuada con la edad. A estas cargas pueden sumarse todas aquellas que nos sobrevienen por el simple hecho de habernos incorporado al seguimiento de un Crucificado, esto es, de un rechazado por el mundo. Hacerse consortes de Jesús es compartir la suerte de alguien que fue arrojado de la ciudad y clavado a una cruz en la cima de un monte; por tanto, compartir la suerte de alguien tenido por un malhechor y por un mártir. Nada tiene de extraño que entre sus seguidores haya también mártires, y no uno ni dos, sino muchos. Al fin y al cabo seguimos a un mártir, esto es, a alguien que dio la vida –y por eso la perdió- por el Evangelio, es decir, por anunciar la salvación que él mismo traía, la salvación que llegaba con él.

Por mucho que pretendamos salvar la vida que actualmente poseemos (y muchos parecen dispuestos a emplear medios tan descabellados como la criogenización en este empeño), la perderemos, puesto que es una vida temporal (la idea de la detención del envejecimiento humano parece más una ensoñación que una posibilidad real) y, por tanto, con fecha de caducidad; pero si perdemos la vida por el que la ha perdido por nosotros y por el Evangelio, la salvaremos, como él mismo la salvó o la recuperó tras haber pasado por la muerte. De nada sirve ganar el mundo entero si perdemos el alma o la vida. Sin vida no es posible gozar de la posesión del mundo. No hay comparación entre ambos valores: el mundo, con todas sus riquezas, y la vida. El mundo sin la vida no vale nada para el que no dispone de aquélla; y aunque no conocemos por experiencia una vida sin mundo, podemos esperarla porque nos ha sido prometida, y podemos hallarla en Cristo resucitado. La vida nos resulta tan valiosa que seguramente estaríamos dispuestos a entregar todas nuestras posesiones por obtenerla o por recobrarla, pues la totalidad de éstas no valen lo que vale la vida.

Pues bien, Cristo, el crucificado, pero también el resucitado, nos ofrece una vida que, por ser eterna, no tiene comparación con esta vida caduca y temporal, una vida de incomparable calidad, una vida sin sombra de muerte que se nos ofrece como paga o recompensa a nuestras buenas acciones. Porque el Hijo del hombre vendrá, con la gloria de su Padre, entre sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta. No es que semejante galardón sea equiparable a nuestros méritos, pero estos serán tenidos en cuenta a la hora de la paga. Ninguno de nuestros méritos, por muy valiosos que sean, merecerán semejante salario, pero la conducta por la que cada uno hace méritos se tomará como medida o evaluación de la recompensa.

El pasaje evangélico se cierra con una solemne afirmación, que no por solemne es menos enigmática, y que parece aludir a esa futura venida en gloria del Hijo del hombre a la que se refería en la frase inmediatamente anterior. Son palabras que el evangelista pone en boca de Jesús: En verdad os digo que algunos de los aquí presentes no gustarán la muerte hasta que vean al Hijo del hombre en su reino.

Jesús parece conceder el privilegio de esta visión gloriosa en vida sólo a algunos de sus seguidores, no a todos. Pero si se trata de su segunda venida, como parece sugerirse, no cabe pensar que haya habido coetáneos de Jesús que hayan tenido ocasión de disfrutarla durante su vida mortal, puesto que todos han gustado ya el sabor de la muerte. Hay quienes refieren el texto a la visión con la que fueron obsequiados los apóstoles Pedro, Santiago y Juan en el monte de la transfiguración o a las apariciones del Resucitado, el Hijo del hombre nimbado por la gloria de la resurrección. Pero tales interpretaciones se presentan más bien como intentos de salvar la dificultad que plantea una más que probable alusión a la Parusía o venida en gloria de Cristo. Sea como fuere, lo cierto es que sólo el tránsito por la muerte nos dará acceso a la contemplación gloriosa y definitiva del Hijo del hombre –que también tuvo que hacer este tránsito- en su reino.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Lumen Gentium – Documentos Concilio Vaticano II

La Iglesia, Cuerpo místico de Cristo

7. El Hijo de Dios, en la naturaleza humana unida a sí, redimió al hombre, venciendo la muerte con su muerte y resurrección, y lo transformó en una nueva criatura (cf. Ga 6, 15; 2Co 5, 17). Y a sus hermanos, congregados de entre todos los pueblos, los constituyó místicamente su cuerpo, comunicándoles su espíritu.

En ese cuerpo, la vida de Cristo se comunica a los creyentes, quienes están unidos a Cristo paciente y glorioso por los sacramentos, de un modo arcano, pero real. Por el bautismo, en efecto, nos configuramos en Cristo: «porque también todos nosotros hemos sido bautizados en un solo Espíritu» (1Co 12, 13), ya que en este sagrado rito se representa y realiza el consorcio con la muerte y resurrección de Cristo: «Con El fuimos sepultados por el bautismo para participar de su muerte; mas si hemos sido injertados en Él por la semejanza de su muerte, también lo seremos por la de su resurrección» (Rm 6, 4-5). Participando realmente del Cuerpo del Señor en la fracción del pan eucarístico, somos elevados a una comunión con Él y entre nosotros. «Porque el pan es uno, somos muchos un solo cuerpo, pues todos participamos de ese único pan» (1Co 10, 17). Así todos nosotros nos convertimos en miembros de ese Cuerpo (cf. 1Co 12, 27) «y cada uno es miembro el otro» (Rm 12, 5).

Y del mismo modo que todos los miembros del cuerpo humano, aun siendo muchos, forman, no obstante, un solo cuerpo, así también los fieles en Casto (cf. 1Co 12, 12). También en la constitución del cuerpo de Cristo está vigente la diversidad de miembros y oficios. Uno solo es el Espíritu, que distribuye sus variados dones para el bien de la Iglesia según su riqueza y la diversidad de ministerios (1Co 12, 1-11). Entre estos dones resalta la gracia de los Apóstoles, a cuya autoridad el mismo Espíritu unificando el cuerpo por sí y con su virtud y con la conexión interna de los miembros. Por consiguiente, si un miembro sufre en algo, con él sufren todos los demás; o si un miembro es honrado, gozan conjuntamente los demás miembros (cf. 1Co 12, 26).

La Cabeza de este cuerpo es Cristo. Él es la imagen de Dios invisible, y en Él fueron creadas todas las cosas. Él es antes que todos, y todo subsiste en Él. Él es la cabeza del cuerpo, que es la Iglesia. Él es el principio, el primogénito de los muertos, de modo que tiene la primacía en todas las coas (cf. Col 1, 15-18). Con la grandeza de su poder domina los cielos y con su eminente perfección en acción llena con las riquezas de su gloria todo el cuerpo (cf. Ef 1, 18-23).

Es necesario que todos los miembros se hagan conformes a Él hasta el extremo de que Cristo quede formado en ellos (cf. Ga 4, 19). Por eso somos incorporados a los misterios de su vida, configurados con Él, muertos y resucitados con Él, hasta que con Él reinemos (cf. Flp 3, 21; 2Tm 2, 11; Ef 2, 6; Col 2, 12, etc.). Peregrinando todavía sobre la tierra, siguiendo de cerca sus pasos en la tribulación y en la persecución, nos asociamos a sus dolores como el cuerpo a la cabeza, padeciendo con Él a fin de ser glorificados con Él (cf. Rm 8, 17).

Por Él «todo el cuerpo, alimentado y trabado por las coyunturas: y ligamentos, crece en aumento divino» (Col 2, 19). El mismo conforta constantemente su cuerpo, que es la Iglesia, con los dones de los ministerios, por los cuales, con la virtud derivada de Él, nos prestamos mutuamente los servicios para la salvación, de modo que, viviendo la verdad en caridad, crezcamos por todos los medios en Él, que es nuestra Cabeza (cf. Ef 4, 11-16 gr.).

Y para que nos renováramos incesantemente en Él (cf. Ef 4, 23), nos concedió participar de su Espíritu, quien, siendo uno solo en la Cabeza y en los miembros, de tal modo vivifica todo el cuerpo, lo une y lo mueve, que su oficio pudo ser comparado por los Santos Padres con la función que ejerce el principio de vida o el alma en el cuerpo humano.

Cristo, en verdad, ama a la Iglesia como a su esposa, convirtiéndose en ejemplo del marido, que ama a su esposa como a su propio cuerpo (cf. Ef 5, 25-28). A su vez, la Iglesia le está sometida como a su Cabeza (ib. 23-24). «Porque en Él habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad» (Col 2, 9), colma de bienes divinos a la Iglesia, que es su cuerpo y su plenitud (cf. Ef 1, 22-23), para que tienda y consiga toda la plenitud de Dios (cf. Ef 3, 19).

La misa del domingo: misa con niños

DOMINGO XIX DE TIEMPO ORDINARIO

SALUDO

La gracia y la paz de Dios nuestro Padre, manifestado en Jesús, que nos da su Espíritu para que vivamos llenos de esperanza, esté con todos nosotros.

ENTRADA

Con alegría comenzamos la celebración de nuestra fe, sabiendo que lo más importante para la vida cristiana no es lo que nosotros hacemos, sino lo que Dios Padre nos regala. Cierto que tenemos que esforzarnos, que tenemos que crecer en una fe que sea activa y comprometida, que tenemos que buscar a Dios en las personas. Pero El ya sabe de nuestros miedos y limitaciones, sabe de las dudas y de los fracasos. Aún así, sobre todo cuando más dudamos, Él sigue dándonos la fe, la vida, la entrega. Nos falta acoger de verdad todo lo que se nos da; nos falta mirar la vida con los ojos que vean a los demás como a hermanos. Cada vez que cele­bramos la Eucaristía nos sentimos renovados y llenos de confianza; el Señor viene a nosotros para acompañarnos y quedarse en medio de todos. Y esto nos llena de esperanza, de ánimo y de fortaleza.

ACTO PENITENCIAL

De nuestras dudas y vacilaciones, de la falta de amor a quienes viven cerca, de todo lo que nos aparta del Amor, pedimos perdón:

SEÑOR, TEN PIEDAD.

– Tú, que cuando nos fallan las fuerzas nos llevas de tu mano.

CRISTO, TEN PIEDAD.

-Tú, que nos animas a vivir confiando en tu entrega sin fin.

SEÑOR, TEN PIEDAD.

Oración: Dios de toda bondad y consuelo, danos tu perdón. Por Jesu­cristo nuestro Señor.

ORACIÓN COLECTA

Dios y Padre nuestro, que en tu bondad nos haces partícipes de tu Amor sin fin y nos muestras tu rostro en Jesús; al dar comienzo a esta Eucaristía te rogamos que nos ayudes a descubrirte en lo cotidiano y en el esfuerzo sincero de las personas por vivir en tu presencia. Por nuestro Señor Jesucristo.

LECTURA NARRATIVA

Elías no descubre frutos de su trabajo en medio del pueblo, y se sien­te fracasado y decepcionado. En su situación de pesar recibe la voz de Dios que le llama a salir de ahí, para encontrarse con su Dios. Ni en el viento, ni en el terremoto, ni en el fuego estaba el Señor. Dios estaba en el susurro, en lo cotidiano y sencillo de la vida.

LECTURA APOSTÓLICA

Pablo trata de vivir entregado a sus hermanos, compartiendo con ellos sus mismos problemas y la misma fe. Este identificarse le lleva a sentir dolor cuando surgen los problemas y las dificultades, lo que es un signo que nos indica su hondura humana.

LECTURA EVANGÉLICA

Los discípulos de Jesús se ven sorprendidos por el viento contrario mientras están en una barca. Y la dificultad les hace dudar de sus certe­zas, se muestran incapaces de reconocer a Jesús. Y Jesús les llama a no tener miedo, a confiar, aunque la dificultad sea grande, a tener fe y con­fianza, las cuales les hacen reconocerle como Hijo de Dios.

ORACIÓN DE LOS FIELES

  Con la confianza que nos da nuestra fe, presentemos al Padre nuestras plegarias diciendo: TE ROGAMOS, ÓYENOS.

  1. Para que Dios nuestro Padre proteja con amor a su Iglesia, y la haga crecer en la fe y la esperanza. OREMOS:
  2. Para que no falten entre nosotros las vocaciones a la vida sacerdotal, diaconal y religiosa. OREMOS:
  3. Para que los niños y niñas de nuestra parroquia aprendan a conocer y amar a Jesucristo de todo corazón. OREMOS:
  4. Para que el Espíritu de Dios sostenga y fortalezca losesfuerzos de los hombres y mujeres de buena voluntad trabajan por un mundo más justo. OREMOS:
  5. Para que las personas mayores reciban unas pensiones les permitan vivir dignamente. OREMOS:
  6. Para que todos nosotros aprendamos a ser más generosos con los pobres. OREMOS:

Te pedimos, Padre, que escuches nuestra oración y nos concedas tu misericordia. Por Jesucristo, nuestro Señor.

           

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Expresión de lo mucho que nos quieres, Señor, son este pan y este vino, frutos del trabajo y de la tierra; como signo de gratitud hacia ti los traemos ahora hasta el altar; santifícalos con tu Espíritu Santo y haz que sean para nosotros Comida y Bebida de Salvación. Por Jesu­cristo.

Plegaria eucarística IV con su prefacio

PREFACIO

Es bueno proclamar, Señor, que Tú siempre sales al encuentro de la personas, porque ésta es la mejor noticia que se puede dar al mundo. En tu grandeza prefieres lo sencillo, lo que no tiene valor, lo más humilde. Y esto debemos buscarlo donde Jesús nos dice: en la comunidad cristiana, en los sacramentos, en las personas más humildes que son tus predilectas.

Por eso estamos aquí, porque eres el mejor Amor, y eso nos llena se confianza y seguridad para vivir con entrega aunque tengamos dificulta­des. Y por eso ahora queremos proclamar tu gloria diciendo: Santo, San­to, Santo…

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Llegue a Ti, Dios y Padre nuestro, esta acción de gracias que aho­ra te dirigimos; ayúdanos a vivir confiando en la verdad y en la jus­ticia, descubriéndote presente y cercano en las personas y en sus dese­os de paz y de fraternidad. Por Jesucristo.

DESPEDIDA

Como cristianos que somos tenemos la tarea de buscar, encontrar y seguir el camino que conduce a Jesús; pero también es tarea nuestra el ayudar a nuestras hermanos a encontrar y seguir este camino. No podemos contar solamente con nuestra vida; hemos de tener tamibén  presentes la vida de cuantos nos rodean. Llegando por los demás, si es preciso, incluso a la propia humillación, a la propia desestimación, al propio oprobio. Porque quien crea que ha encontrado su camino y prescinde de los demás, se ha equivocado.

La misa del domingo

Aquella tarde el Señor Jesús había realizado un signo asombroso al multiplicar cinco panes y dos peces para dar de comer a miles. Este signo había encendido los entusiasmos mesiánicos de la multitud, tanto que se proponían hacerle rey (ver Jn 6,14-15). ¿Acaso no serían sus mismos Apóstoles, testigos privilegiados de aquel milagro asombroso, los primeros en experimentar un intenso entusiasmo? ¿Cuál no sería su asombro, luego de este espectacular signo realizado, signo que confirmaba a todas luces que Él era el Mesías esperado? Con la multitud enfervorizada, luego de correrse la noticia como reguero de pólvora, es de suponer que el Señor Jesús quisiese en primer lugar asegurar a sus discípulos obligándoles a subir a las barcas para ir delante de Él a Cafarnaum y quedar Él solo con la multitud para “despedir” a la gente, para calmar a la multitud enfervorizada. En efecto, podemos suponer que ante el alboroto suscitado el Señor con todo el peso de su autoridad obligó (que eso significa el verbo utilizado por el evangelista: enagkrasen) a sus Apóstoles a separarse de la multitud y marchar en la barca «a la otra orilla».

Luego de obligar a sus Apóstoles a apartarse del lugar de la escena el Señor Jesús «despide» a la gente. El mismo verbo griego que se traduce por “despedir”, apolysas, lo utiliza Mateo también cuando habla de «cualquiera que despide a su mujer» (Mt 5,31; 19,9), en otras palabras, cuando “se divorcia” de ella. No necesariamente es, pues, un despedirse de buenas maneras, ni en buenos términos, sino que entraña más una separación forzosa que implica un rechazo, un firme y decidido “no” a los excitados mesianistas políticos que quieren proclamarlo rey (ver Mt 16,23).

Al caer la noche el Señor sube a solas al monte a orar. Era usual que el Señor Jesús se retirase a orar de noche, y ya en otras ocasiones el Señor había elegido un monte como lugar de oración (ver Lc 6,12; 9,28). El monte era el lugar típico en el que Dios se manifestaba a sus elegidos, como es el caso del profeta Elías (ver 1ª. lectura) o de Moisés. También el Hijo de Dios se dirige a la montaña para el diálogo íntimo con su Padre.

El Señor es un hombre de oración. Y si bien dedicaba largas horas a los momentos fuertes de oración, su oración no se interrumpía pasados esos momentos: su oración se prolongaba en la medida en que permanecía siempre en presencia de su Padre, en sintonía y profunda comunión con Él. Toda su acción era sin duda una oración incesante, un acto de alabanza ininterrumpido al Padre, en la medida en que no buscaba sino llevar a cabo su obra, cumplir fielmente sus designios reconciliadores (ver Jn 4,32).

Mientras Él rezaba, la barca con los discípulos avanzaba con dificultad en el Mar de Galilea. Aquella noche el viento era fuerte y las aguas estaban agitadas. Relata G. Ricciotti que «ya entrada la primavera, es frecuente en el lago de Tiberiades que, después de un día caluroso y sereno, hacia el declinar del sol, sobrevenga desde las montañas dominantes un viento frío y fuerte en dirección sur, viento que continúa y crece más cada vez hasta la mañana, haciendo la navegación bastante difícil».

Ya de madrugada, cuando la luz empezaba a disipar las tinieblas, una figura humana se acerca a ellos caminando sobre el mar. Los discípulos «se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma». ¿Quién en su sano juicio podría pensar que era un hombre de carne y hueso quien se acercaba caminando tranquilamente sobre las aguas? Los seres humanos, los vivos, no caminan sobre las aguas. Es comprensible que pensaran que se trataba de un fantasma, considerando además que este tipo de creencias, como en nuestros días, también eran comunes entre las gentes de entonces.

En la concepción judía de aquella época las aguas eran consideradas como el dominio de la muerte, símbolo de inestabilidad. Dios es reconocido como dueño de los cielos, aquel que «anda sobre las olas del mar» (Job 9,8). Asimismo, para la mentalidad oriental y judía, caminar sobre algo (un país, por ejemplo) o pisarlo significaba ejercer pleno dominio sobre ello. Al caminar sobre las aguas el Señor Jesús expresaba claramente su señorío y soberanía sobre el mar, símbolo del caos y del dominio de la muerte. En clave religiosa, este hecho era una afirmación de su divinidad, otra manera de decir que Él es verdaderamente Dios.

A los asustados discípulos el Señor les dice: «¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!». La expresión griega ego eimí, que en esta versión litúrgica se traduce por “soy yo”, debe entenderse más bien como un “Yo soy”. Al decir “Yo soy” se identifica no sólo como Jesús, sino que de este modo, como dice San Jerónimo, «podían conocer [los discípulos] que el que les hablaba era el mismo que sabían ellos habló a Moisés en estos términos: “Dirás esto a los hijos de Israel: Yo soy me ha mandado a ustedes” (Ex 3,14)». La expresión del Señor Jesús puede entenderse entonces como un “no teman, soy Jesús, tengan confianza en mí, porque Yo soy Dios que está con ustedes”.

A esto Pedro le contestó: «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua». Las palabras de Pedro traducidas como «si eres tú», en griego ei su ei, no tienen un sentido condicional, como quien pone en duda que se trate verdaderamente del Señor Jesús y por ello exige una demostración. En caso de duda, ¿quién en su sano juicio pediría poder caminar sobre el agua como señal de que verdaderamente es quien dice ser? Las palabras de Pedro, en el original griego, expresan en cambio absoluta certeza. El sentido de sus palabras es este: «ya que eres tú, puesto que eres tú, mándame ir hacia ti». Pedro no pide una señal que demuestre que Jesús es verdaderamente quien dice ser, sino que pide ir hacia Él. ¿Le atrae acaso un deseo de participar de su poder, de su señorío sobre el dominio de la muerte y los elementos del caos?

Invitado por el Señor, Pedro se puso a andar sobre las aguas. Mas al sentir la fuerza del viento se llenó de miedo y empezó a hundirse. En su angustia gritó al Señor para que lo salve. Él «extendió la mano, lo agarró y le dijo: “¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?”».

El Señor relaciona el hundimiento de Pedro con un momento de duda, de poca fe y confianza en Él. Al experimentar el ímpetu de las olas y la fuerza del viento, Pedro se deja vencer por el miedo que lo lleva a desconfiar en el Señor. Entonces, de un momento para otro, todo lo que era firme y sólido bajo sus pies deja de serlo, la seguridad que se tenía desaparece para dar paso a una experiencia de total inseguridad y “hundimiento”, de no tener dónde afirmarse, de ahogarse en medio de las aguas turbulentas. Para Pedro, llamado a hallar su consistencia en el Señor Jesús, esta duda significa hundirse en las profundidades del mar, de la muerte, a menos que acuda nuevamente al Señor implorando humildemente su auxilio. Sólo la fe y confianza en Dios le devuelven la solidez y consistencia.

Luego de rescatar el Señor a Pedro, «en cuanto subieron a la barca, se calmó el viento». Se trata de una nueva manifestación del señorío del Señor Jesús sobre las fuerzas de la naturaleza. Él somete los elementos del caos como el viento fuerte y el mar agitado.

Ante tantos signos realizados por el Señor, sobre todo por aquellos que manifestaban un dominio total sobre la naturaleza, «los de la barca se postraron ante Él, diciendo: “Realmente eres Hijo de Dios”». La acción de arrodillarse ante el Señor unida a la confesión “tú eres el Hijo de Dios” obedece indudablemente a que ven en Jesús un poder omnipotente y divino. Más que mostrar un profundo respeto a quien se reconoce como Mesías, se trata de una confesión de su divinidad.

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Nuestra vida es como una pequeña barca en medio de la inmensidad del mar, pequeña, frágil, zarandeada a veces por fuertes vientos y tempestades, las pruebas de la vida que nos hacen percibir nuestra inconsistencia. Sin embargo, como no nos gusta sentirnos ni mostrarnos frágiles, y porque tenemos una como “necesidad de seguridad”, hacemos todo lo posible para olvidar esa realidad, aprendemos a ser autosuficientes y a manejarnos en la vida de tal manera que tengamos todo bajo control. Incluso llegamos a manipular situaciones y/o personas para que todo salga “como yo lo he planeado”. Así nos sentimos seguros, tranquilos, dueños de los diversos acontecimientos de la vida.

¿Y cuando las cosas escapan de mi control? ¿Cuando las cosas no suceden como yo esperaba? ¿Cuando inesperadamente muere un ser querido? ¿Cuando fracasa mi negocio o mi matrimonio? ¿Cuando tenía mis planes hechos y percibo el llamado del Señor que cambia todos mis planes? ¿Cuando me toca una durísima prueba? Entonces parece que el suelo bajo nuestros pies se abre, parece que caemos al vacío, el miedo nos invade, queremos pisar firme y no encontramos dónde. ¡Cuánta inseguridad y miedo experimentamos en esos momentos! Y aunque nos esforcemos en demostrar que todo está bien, que somos fuertes, inquebrantables, interiormente sentimos que todo se desmorona.

Es cuando experimentamos las dificultades, la inseguridad, la fragilidad, cuando debemos aprender a mantenernos firmes en la fe. Es entonces cuando hemos de decirle al Señor: “¡Ya que eres tú, mándame ir donde ti sobre las aguas”! Que pueda yo también caminar sobre el mar embravecido de las pruebas que experimento en mi vida. Que pueda, apoyado en ti, sostenido por tu fuerza, caminar con firmeza en medio de todo lo inseguro, de todo lo inestable. Que pueda, hasta llegar a ti definitivamente, afrontar con confianza y sin miedo los vientos más fuertes y las olas más encrespadas de esta vida! Señor, ¡hazme firme en la fe, para que en ti encuentre siempre la seguridad y firmeza que tanto necesito!

En los momentos más difíciles de tu vida, eleva tu mirada al Señor, busca en Él tu fortaleza. Implora el auxilio divino, suplica a tu Padre que te libre de la prueba, pero añade siempre a tu súplica esta otra: «pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieras tú» (Mc 14,36). Así, manifestando tu disposición a abrazarte firmemente a la Cruz, serás fiel discípulo de Cristo. Recuerda que el Señor Jesús, en la oración insistente, encontró la fuerza para abrazarse a la Cruz con valentía y serenidad.

Y si no sabes cómo rezar en esos momentos, recuerda que los Salmos son escuela de oración. En ellos aprendemos a rezar como Dios mismo ha querido que recemos, y es que Dios ha inspirado estas bellas poesías-oraciones para enseñarnos a dirigirnos a Él en las diversas circunstancias de nuestra vida. María y Jesús también aprendieron a rezar con los Salmos. El Señor incluso en medio del tormento de la Cruz rezaba con el salmista: «¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?» (Mt 27,46; Sal 22[21],2ss), y también: «Padre, en tus manos pongo mi espíritu» (Lc 23,46; Sal 31[30],6). Ambos salmos manifiestan en medio de la prueba una profunda confianza en Dios. Así tú también, cuando pases por momentos de prueba y tribulación, cuando te experimentes frágil y débil, pon las palabras del salmista en tu mente y en tu corazón, recitándolos incesantemente con tus labios. (ver Sal 18[17],3-7.32.47; 19[18],15; 27[26],5; 31[30],3-4; 40[39],3; 61[60], 3; 62[61], 3; 7-8; 71[70],3; 94[93],22)

En esta barca

Muchos dicen que en esta barca
vamos, más que nunca, a la deriva;
que es muy antigua y nada atractiva,
que ha perdido seguridad y rumbo,
que hace aguas por todas las esquinas
a pesar de sus arreglos y proclamas;
y que sus timoneles desconciertan
a quienes se acercan con fe y ganas.

Dicen que sólo ofrece palabras;
que coarta la libertad y la gracia;
que ata, en nombre de Dios, la esperanza
anunciándose servidora humana;
y que se cree tan verdadera y necesaria
que las personas honestas y sanas
acaban dejando que pase,

Y aunque se pase las noches bregando
no pesca nada en las aguas que surca
ni puede compartir con otras barcas
las fatigas y gozos de las grandes redadas.
Lo único que le queda en esta travesía,
antes de quedar varada en la orilla,
es remar mar adentro y echar las redes
siguiendo tu consejo y palabra.

Y, sin embargo, esta barca,
tan llena de miserias, tan humana,
tan poco atractiva y desfasada,
a la que ya pocos miran
y es objeto de risas y chanzas,
es la que me llevó por el mar de Galilea
y me enseñó a no temer tormentas
y a descubrirte, sereno, en la popa.

Esta barca a la que Tú te subiste,
para hacerme compañía y prometerme
ser pescador y entrar en tu cuadrilla,
todavía recibe ráfagas de brisa y vida
y es, aunque no lo comprenda,
mi casa, mi hogar, mi familia
para andar por los mares de la vida
a ritmo y sin hundirme, con la esperanza florecida.

Florentino Ulibarri

Comentario al evangelio – Viernes XVIII de Tiempo Ordinario

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: El que quiera venirse conmigo, que se niegue s sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recuperarla?

Porque el Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta. Os aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán sin antes haber visto llegar al Hijo del hombre con majestad.”

Queridos hermanos:

¿Verdad que queremos acertar en la vida?, ¿verdad que no deseamos malgastarla, malograrla, desperdiciarla? 

Tú y yo, discípulos del Maestro de Nazaret, nos venimos entrenando ya hace tiempo en ese juego evangélico del “gana-pierde”.

¿Por qué razón? Sencillo. En la escuela del Maestro hemos ido cursando una asignatura cuyo contenido solamente se va entendiendo en la medida en que en la vida de cada día uno se va descentrando. Dicho de otro modo, en el ir pasando con más libertad y ligereza de retener la vida para sí, de cerrar los ojos, las manos y el corazón a las necesidades de cualquier otro -cercano o lejano- a una manera de desvivirse, sin ningún tipo de aspaviento, en la que priman los otros (muy especialmente los pobres y excluidos, con sus nombres y apellidos, con sus rostros e historias). Es ir cursando en lo concreto la incondicionalidad del seguimiento que cuenta con la cruz. ¡No hay otra!

Eso sí. Nada de cruces inventadas, sino las que se nos dan; nada de cruces buscadas, sino las que aparecen inexorablemente cuando en el centro de la existencia están aquellos a los que se les niega permanentemente la vida o la dignidad y, consecuentemente, nos ponemos a su lado, de su parte, con todos los costes añadidos. Asumiendo con consciente libertad que las fuerzas del anti-reino no se van a quedar inactivas… Discípulos de un hombre ajusticiado en una cruz… aprendices de esa locura de amor: sabiduría que parece necedad, fortaleza con trazas de debilidad.

Nos queda hoy, de nuevo, machaconamente, volver a confesar que la mejor manera de no malograr la vida es entregarla como Él y con Él… Porque “quien entrega su vida por amor, la gana para siempre” –dice el Señor-.

Juan Carlos Rodríguez, cmf