II Vísperas – Domingo XIX de Tiempo Ordinario

II VÍSPERAS

DOMINGO XIX de TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme. 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

¿Qué ves en la noche,
dinos, centinela?

Dios como un almendro
con la flor despierta;
Dios que nunca duerme
busca quien no duerma,
y entre las diez vírgenes
sólo hay cinco en vela.

¿Qué ves en la noche,
dinos, centinela?

Gallos vigilantes
que la noche alertan,
Quien negó tres veces
otras tres confiesa,
y pregona el llanto
lo que el miedo niega.

¿Qué ves en la noche,
dinos, centinela?

Muerto le bajaban
a la tumba nueva.
Nunca tan adentro
tuvo al sol la tierra.
Daba el monte gritos,
piedra contra piedra.

¿Qué ves en la noche,
dinos, centinela?

Vi los cielos nuevos
y la tierra nueva.
Cristo entre los vivos
y la muerte muerta.
Dios en las criaturas,
¡y eran todas buenas! Amén.

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. Oráculo del Señor a mi Señor: «Siéntate a mi derecha». Aleluya.+

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Oráculo del Señor a mi Señor: «Siéntate a mi derecha». Aleluya.

SALMO 110: GRANDES SON LAS OBRAS DEL SEÑOR

Ant. El Señor, piadoso y clemente, ha hecho maravillas memorables. Aleluya.

Doy gracias al Señor de todo corazón,
en compañía de los rectos, en la asamblea.
Grandes son las obras del Señor,
dignas de estudio para los que las aman.

Esplendor y belleza son su obra,
su generosidad dura por siempre;
ha hecho maravillas memorables,
el Señor es piadoso y clemente.

Él da alimento a sus fieles,
recordando siempre su alianza;
mostró a su pueblo la fuerza de su obrar,
dándoles la heredad de los gentiles.

Justicia y verdad son las obras de sus manos,
todos sus preceptos merecen confianza:
son estables para siempre jamás,
se han de cumplir con verdad y rectitud.

Envió la redención a su pueblo,
ratificó par siempre su alianza,
su nombre es sagrado y temible.

Primicia de la sabiduría es el temor del Señor,
tienen buen juicio los que los practican;
la alabanza del Señor dura por siempre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor, piadoso y clemente, ha hecho maravillas memorables. Aleluya.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: LAS BODAS DEL CORDERO

Ant. Reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo. Aleluya.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios,
porque sus juicios son verdaderos y justos.
Aleluya.

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos,
los que le teméis, pequeños y grandes.
Aleluya.

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo,
alegrémonos y gocemos y démosle gracias
Aleluya.

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero,
Su esposa se ha embellecido.
Aleluya.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo. Aleluya.

LECTURA: 1P 1, 3-5

¡Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en su gran misericordia, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza vida, para una herencia incorruptible, pura, imperecedera, que os está reservada en el cielo. La fuerza de Dios os custodia en la fe para la salvación que aguarda a manifestarse en el momento final.

RESPONSORIO BREVE

R/ Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.
V/ Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.

R/ Digno de gloria y alabanza por los siglos.
V/ En la bóveda del cielo.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. «Señor, mándame ir hacia ti andando sobre el agua.» Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: «¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?»

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. «Señor, mándame ir hacia ti andando sobre el agua.» Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: «¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?»

PRECES

Invoquemos a Dios, nuestro Padre, que maravillosamente creó al mundo, lo redimió de forma más admirable aún y no cesa de conservarlo con amor, y digámosle con alegría:

Renueva, Señor, las maravillas de tu amor.

Te damos gracias, Señor, porque, a través del mundo, nos has revelado tu poder y tu gloria;
— haz que sepamos ver tu providencia en los avatares del mundo.

Tú que, por la victoria de tu Hijo en la cruz, anunciaste la paz al mundo,
— líbranos de toda desesperación y de todo temor.

A todos los que aman la justicia y trabajan por conseguirla,
— concédeles que cooperen, con sinceridad y concordia, en la edificación de un mundo mejor.

Ayuda a los oprimidos, consuela a los afligidos, libra a los cautivos, da pan a los hambrientos, fortalece a los débiles,
— para que en todo se manifieste el triunfo de la cruz.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú, que al tercer día, resucitaste gloriosamente a tu Hijo del sepulcro,
— haz que nuestros hermanos difuntos lleguen también a la plenitud de la vida.

Concluyamos nuestra súplica con la oración que el mismo Señor nos enseñó:
Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso y eterno, a quien podemos llamar Padre, aumenta en nuestros corazones el espíritu filial, para que merezcamos alcanzar la herencia prometida. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Un espejo de nuestra situación

Para entender este relato escrito en clave simbólica, tal vez sea de ayuda conocer el significado de los elementos que utiliza. El monte representa el lugar del encuentro con Dios. La noche es, a la vez, tiempo de oscuridad y de intimidad. La madrugada es el comienzo del día, el nacimiento de la luz. La barca simboliza al grupo o la comunidad y, en términos más amplios, a toda la humanidad. El mar es símbolo del mal, lugar de fuerzas amenazadoras. La expresión “caminar sobre las aguas”  aparece en el Antiguo Testamento, como una prerrogativa de Yhwh y significaba el poder de Dios sobre el mal. “Yo soy” –parece que así habría que traducir el texto griego, mejor que “soy yo”, donde se pierde el significado real de la expresión– es la “traducción” de Yhwh: es el nombre de lo innombrable, en el que Jesús se reconoce.

Con esos datos, no es difícil apreciar la belleza y la profundidad del relato, en lugar de entenderlo de manera literal como un milagro fantasioso.

Jesús vive en el “ámbito” de la divinidad, porque sabe que su identidad última no es su yo separado –la persona del carpintero de Nazaret–, sino el “Yo soy” universal, uno con el ser, con Dios…, con todo lo que es. Parece que cuida esa conexión por medio del silencio en la “noche”. Y eso le permite vivir en la luz, caminar sobre el “mar” embravecido y calmar todo oleaje de amenaza.

Pero eso no es posible solo para Jesús. El propio Pedro camina igualmente…, hasta que es atrapado por el miedo. Al desconectar de quien es, pierde la confianza, aparece la duda y se hunde. La fuente de nuestra confusión y de nuestro sufrimiento es la duda acerca de lo que realmente somos, es decir, la ignorancia básica sobre nuestra verdadera identidad; en lenguaje del evangelio, la “poca fe”.

El relato se muestra así como un espejo capaz de reflejar nuestra vivencia en todos sus matices: la experiencia del silencio interior y los miedos que nos alborotan, la confianza en lo que es y la duda acerca de lo que somos, la fuerza confiada y el susto que nos hunde.

El relato concluye con una profesión de fe hacia la que iba dirigida toda esta catequesis: “Realmente eres Hijo de Dios”. La comprensión experiencial nos permite reconocer que esa expresión no es exclusiva de Jesús –por más que él la viviera de una forma consciente y coherente–, sino que nos alcanza a todos. Somos “hijos e hijas de Dios”, es Dios expresándose en las formas o personas en las que nos estamos experimentando.

Nuestra realidad es una paradoja porque estamos constituidos por un “doble nivel”: nuestra personalidad –el yo particular, separado, lo que creemos que somos cuando nos pensamos– y nuestra identidad –aquello que somos antes de pensarnos o cuando quitamos todo pensamiento, pura consciencia, “Yo soy” sin más añadidos–. Por decirlo brevemente, somos, a la vez, “Jesús” y “Pedro”. La clave de la sabiduría –y quizás el “mensaje” de este relato– es la siguiente: ¿cómo vivirnos como “Pedro” sabiendo que somos “Jesús”?

¿Cómo vivo entre el miedo y la confianza?

Enrique Martínez Lozano

Del miedo a la confianza

La escena sitúa a los discípulos lejos de Jesús, las olas azotaban con violencia, pues el viento les era contrario. Podría ser la descripción metafórica de una situación de crisis, de unas circunstancias vitales que avanzan en contra y desestabilizan la vida. Y es Jesús quien se acerca a ellos caminando sobre las aguas, es decir, trascendiendo la realidad y revelando su identidad verdadera. Revela una energía que puede contrarrestar la fuerza del mal viento que a veces nos azota. Aparece así la tensión entre el miedo y la confianza. La eterna cuestión de si la fe tiene espacio en nuestras noches y tormentas personales. 

El miedo es humano, es lógico sentirlo ante situaciones de amenaza e inseguridad, incluso es bueno porque nos lleva a reaccionar para protegernos. Sin embargo, un miedo fuera de control es signo de dependencia y de cadenas internas que paralizan el proceso de la vida. No es diferente el miedo del ámbito espiritual al humano. Funciona de la misma manera, incluso su dinamismo es idéntico. Lo opuesto a la fe no es el ateísmo sino el miedo; nos agarramos a las creencias mentales para sujetar esa fe, pero sólo amarramos ideología y pensamientos automatizados que justifican nuestra falta de confianza auténtica. Necesitamos signos que avalen nuestra posición ante la vida, pero la fe nos lleva por el camino de la confianza sin evidencias. Esto no lo soporta un ego enarbolado. La confianza parte de la experiencia de que, contra todo pronóstico, la identidad esencial no se destruye y nace una fuerza que vence al miedo, impulsando a actuar con osadía y libertad.

Queremos signos que calmen la ansiedad que vivimos ante la incertidumbre de estas situaciones, pero nuestra mente nos introduce en una espiral de desconfianza hasta experimentar el límite de nuestra humanidad. La desconfianza nos lleva a reaccionar con hundimiento, o bien disfrazándonos de poder, como le ocurre a Pedro, cuyo resultado es más debilidad y no sentir un suelo-aguas donde apoyarse. Activar la confianza a fondo perdido, sin signos, sin sentir, sin evidencias, hace su trabajo humano y espiritual transformando el miedo en decisiones valientes que nos capacitan para escuchar interiormente:   – Tranquilizaos, soy yo. No tengáis miedo.

FELIZ DOMINGO

Rosario Ramos

Comentario – Domingo XIX de Tiempo Ordinario

El evangelio de hoy es una hermosa catequesis sobre la fe y la falta de fe, sobre nuestros miedos ante una naturaleza que no se deja dominar, sobre las dudas que despierta nuestra falta de confianza en Aquel que nos fundamenta y sobre la importancia y la necesidad de estar a solas con quien sabemos nos ama. La catequesis quiere arrancar de nuestro corazón la solemne profesión de fe que hicieron los discípulos de Jesús al contemplar aquel acto de dominio sobre la naturaleza indomable: Realmente eres Hijo de Dios; por tanto, el fundamento supremo en el que podemos apoyarnos, Aquel que merece nuestra confianza total, Aquel que puede ayudarnos a superar nuestros miedos o a deshacer nuestras dudas.

Jesús, tras haber realizado el milagro de la multiplicación de los panes, nos recuerda el evangelista, apremió a sus discípulos a que subieran a la barca, mientras él despedía a la gente. Su intención era quedarse a solas para orar. Jesús no sólo busca a las multitudes, porque les ve como ovejas sin pastor (de hecho, ha venido al mundo para estar con los hombres); también despide a la gente. Y les despide para quedarse a solas con su Padre, para orar.

Hay cosas que sólo se pueden hacer estando en soledad. Y para ello hay que despedir a la gente, hay que aislarse momentáneamente del mundo de los hombres, incluidos amigos e íntimos. En la vida hay momentos en los que sólo caben dos: uno mismo y Aquel que es más íntimo a nosotros que nosotros mismos. Jesús sintió la necesidad de estos momentos de soledad, de silencio, para estar con su Padre. Al fin y al cabo se sentía Hijo amado, predilecto. ¿Cómo no reservar tiempos para estar a solas con Él? Y a Jesús no le sobraba el tiempo. Había venido para redimir a la humanidad, la gente le buscaba con ansia, sus discípulos necesitaban su magisterio y su perspectiva de vida era escasa, apenas unos dos años. Estaba, por tanto, muy escaso de tiempo.

A pesar de todo, buscó tiempo para estar a solas con su Padre. Necesitaba que le manifestase su voluntad, pues había venido para cumplirla; necesitaba su confidencia y su apoyo paterno; necesitaba nutrir su conciencia filial. Si nuestra fe en Dios no necesita de confidencia, esto es, de diálogo, interlocución, visita, reciprocidad con Él es que está falta de algo o de mucho. Pues ¿qué relación es ésa en la que los amigos, los novios, los esposos, los padres, los hijos no tienen necesidad de hablarse, de verse, de estar a solas?

Es una necesidad inherente a la misma relación. La relación con Dios también se alimenta del contacto, de la confidencia, de la conversación. Y Dios no está, como nos recuerda el pasaje de Isaías, en el movimiento impetuoso del viento huracanado -aunque también pudiera estarlo-, ni en el movimiento desestabilizante y aterrador del terremoto, ni en el palpitar del fuego, sino en la quietud del susurro o de la brisa. Nada tiene de extraño que Jesús escoja la noche, el tiempo del sosiego, para estar a solas con su interlocutor y Padre.

           También nosotros escogemos la noche para la intimidad y el reposo. La oscuridad de la noche nos aísla; el silencio de la noche nos concentra. Hay momentos de intimidad que requieren aislarse de todo lo que nos rodea, hacer silencio en torno nuestro: apagar televisores y radios, cerrar libros y ventanas, eliminar interferencias, despedirnos de la gente que nos rodea. Sólo ahí, en la intimidad del corazón, podemos encontrarnos con Dios, el Intimísimo. Por eso la Iglesia ha privilegiado siempre los tiempos de oración y adoración; por eso han surgido en el seno de la Iglesia los movimientos monásticos, las huidas al desierto, el eremitismo. Es la necesidad que experimenta el creyente de estar a solas con su Dios. Ahí es donde crecen los afectos. Ahí es donde Dios se hace más padre, más amigo, más claro y más íntimo. Porque un Dios que nos sea afectivamente indiferente está en trance -si no lo ha hecho ya- de convertirse en un Dios muerto o extraño a nuestras vidas.

Pero el momento de la oración no es el único momento en la vida del cristiano. Vivir no es sólo orar. Está también el momento de la acción -aunque ésta no esté ausente en la oración- y de la lucha y del trabajo. Pero, estando en la brega, no hemos de perder nunca la conciencia de no estar solos. No lo estamos, aun viviendo en un mundo que puede resultarnos muchas veces hostil e inhóspito. Estamos con Aquel con quien hemos estado a solas. Y, estando con Él, podremos vivir de manera más confiada, menos temerosa, más despreocupada y libre, menos pendiente de habladurías y posibles humillaciones. Y con la conciencia de estar sostenidos por la mano poderosa de Dios podremos superar miedos y dudas: las dudas que alimenta nuestra ignorancia, los miedos que genera nuestra debilidad e indigencia.

Necesitamos que el Señor nos tienda la mano y nos vuelva a decir como a Pedro: ¿Por qué has dudado? Tendremos que responderle: Porque el miedo que se ha apoderado de nosotros al sentir la fuerza del viento ha podido más que nuestra fe; porque la desconfianza se infiltró en la confianza, debilitándola; porque nuestra débil fe está siendo siempre vapuleada por la duda y asediada por la incredulidad. Tras haberle oído decir: Ánimo, soy yo, no tengáis miedo, seguimos teniendo miedo. Por eso, ante los embates de la vida y la percepción de nuestro hundimiento acabamos gritando: ¡Señor, sálvame! Dirigimos nuestro grito de socorro al Señor porque creemos en él, porque tenemos fe; pero nos hundimos porque nuestra fe está corroída por las dudas. Por eso Jesús, al tiempo que nos auxilia, nos echa en cara nuestra falta de fe: ¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?

Estando tan escasa la fe en nuestro mundo, hemos de pedirle al Señor no sólo que aumente nuestra fe, sino que nos dé más motivos para creer, como se los dio a aquellos discípulos que contemplaron con sus propios ojos cómo amainaba el viento y volvía la calma al lago por imperativo de Jesús. Aquella portentosa actuación se bastó a sí misma para lograr la postración y el reconocimiento de los asombrados discípulos que habían sido testigos presenciales de la misma: Realmente eres Hijo de Dios. Al asombro sigue el reconocimiento de su señorío y la fe en él como Hijo de Dios. Como ellos, también nosotros seguimos necesitando motivos para creer. Por eso hemos de pedir no sólo que acreciente nuestra fe, sino que nos dé motivos para creer. Sin estos, la fe no aumentará.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Lumen Gentium – Documentos Concilio Vaticano II

CAPÍTULO II

EL PUEBLO DE DIOS

Nueva Alianza y nuevo Pueblo

9. En todo tiempo y en todo pueblo es grato a Dios quien le teme y practica la justicia (cf. Hch 10, 35). Sin embargo, fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que le confesara en verdad y le sirviera santamente. Por ello eligió al pueblo de Israel como pueblo suyo, pactó con él una alianza y le instruyó gradualmente, revelándose a Sí mismo y los designios de su voluntad a través de la historia de este pueblo, y santificándolo para Sí. pero todo esto sucedió como preparación y figura de la alianza nueva y perfecta que había de pactarse en Cristo y de la revelación completa que había de hacerse por el mismo Verbo de Dios hecho carne. «He aquí que llegará el tiempo, dice el Señor, y haré un nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá… Pondré mi ley en sus entrañas y la escribiré en sus corazones, y seré Dios para ellos y ellos serán mi pueblo… Todos, desde el pequeño al mayor, me conocerán, dice el Señor« (Jr 31, 31-34). Ese pacto nuevo, a saber, el Nuevo Testamento en su sangre (cf. 1Co 11, 25), lo estableció Cristo convocando un pueblo de judíos y gentiles, que se unificara no según la carne, sino en el Espíritu, y constituyera el nuevo Pueblo de Dios. Pues quienes creen en Cristo, renacido no de un germen corruptible, sino de uno incorruptible, mediante la palabra de Dios vivo (cf. 1P 1, 23), no de la carne, sino del agua y del Espíritu Santo (cf. Jn 3, 5-6), pasan, finalmente, a constituir «un linaje escogido, sacerdocio regio, nación santa, pueblo de adquisición…, que en un tiempo no era pueblo y ahora es pueblo de Dios» (1P 2, 9-10).

Este pueblo mesiánico tiene por cabeza a Cristo, «que fue entregado por nuestros pecados y resucitó para nuestra salvación» (Rm 4, 25), y teniendo ahora un nombre que está sobre todo nombre, reina gloriosamente en los cielos. La condición de este pueblo es la dignidad y la libertad de los hijos de Dios, en cuyos corazones habita el Espíritu Santo como en un templo. Tiene por ley el nuevo mandato de amar como el mismo Cristo nos amó a nosotros (cf. Jn 13, 34). Y tiene en último lugar, como fin, el dilatar más y más el reino de Dios, incoado por el mismo Dios en la tierra, hasta que al final de los tiempos El mismo también lo consume, cuando se manifieste Cristo, vida nuestra (cf. Col 3, 4), y «la misma criatura sea libertada de la servidumbre de la corrupción para participar en la libertad de los hijos de Dios» (Rm 8, 21). Este pueblo mesiánico, por consiguiente, aunque no incluya a todos los hombres actualmente y con frecuencia parezca una grey pequeña, es, sin embargo, para todo el género humano, un germen segurísimo de unidad, de esperanza y de salvación. Cristo, que lo instituyó para ser comunión de vida, de caridad y de verdad, se sirve también de él como de instrumento de la redención universal y lo envía a todo el universo como luz del mundo y sal de la tierra (cf. Mt 5, 13-16).

Así como al pueblo de Israel, según la carne, peregrinando por el desierto, se le designa ya como Iglesia (cf. 2Esd 13, 1; Nm 20, 4; Dt 23, 1ss), así el nuevo Israel, que caminando en el tiempo presente busca la ciudad futura y perenne (cf. Hb 13, 14), y también es designado como Iglesia de Cristo (cf. Mt 16, 18), porque fue Él quien la adquirió con su sangre (cf. Hch 20, 28), la llenó de su Espíritu y la dotó de los medios apropiados de unión visible y social. Dios formó una congregación de quienes, creyendo, ven en Jesús al autor de la salvación y el principio de la unidad y de la paz, y la constituyó Iglesia a fin de que fuera para todos y cada uno el sacramento visible de esta unidad salutífera. Debiendo difundirse en todo el mundo, entra, por consiguiente, en la historia de la humanidad, si bien trasciende los tiempos y las fronteras de los pueblos. Caminando, pues, la Iglesia en medio de tentaciones y tribulaciones, se ve confortada con el poder de la gracia de Dios, que le ha sido prometida para que no desfallezca de la fidelidad perfecta por la debilidad de la carne, antes, al contrario, persevere como esposa digna de su Señor y, bajo la acción del Espíritu Santo, no cese de renovarse hasta que por la cruz llegue a aquella luz que no conoce ocaso.

Lectio Divina – Domingo XIX de Tiempo Ordinario

Jesús camina sobre las aguas
Mateo 14,22-33

1. Oración inicial

Ven, Espíritu Santo, mi vida se haya en la tempestad, los vientos egoístas me empujan a donde no quiero ir, no consigo resistir su fuerza. Soy débil y falto de fuerzas. Tú eres la energía que da la vida, Tú eres mi fortaleza, mi fuerza y mi grito de plegaria. Ven Espíritu Santo, desvélame el sentido de las Escrituras, devuélveme la paz, la serenidad y el gozo de vivir.

2. Lectio

a) Clave de lectura:

Jesús con los discípulos se encuentran en la orilla del lago, al caer de la noche, después de la multiplicación de los panes. Parte del pasaje propuesto también es narrado por Marcos (Mc 6,45-52)) y por Juan (6,16-21). El episodio de Pedro (vv.28-32) se encuentra sólo en Mateo. Algunos comentadores sostienen que se tratan de una aparición de Jesús después de la resurrección (Lc 24,37). Vienen así aclaradas las dificultades de la Iglesia y la necesidad de una fe más grande en Jesús resucitado.

b) Una posible división del texto:

Mateo 14,22-23: enlace con la multiplicación de los panes
Mateo 14,24-27: Jesús camina sobre las aguas
Mateo 14,28-32: el episodio de Pedro
Mateo 14,33: la profesión de fe

Mateo 14,22-33

c) Texto:

22 Inmediatamente obligó a los discípulos a subir a la barca y a ir por delante de él a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. 23 Después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar; al atardecer estaba solo allí. 24 La barca se hallaba ya distante de la tierra muchos estadios, zarandeada por las olas, pues el viento era contrario. 25 Y a la cuarta vigilia de la noche vino él hacia ellos, caminando sobre el mar. 26 Los discípulos, viéndole caminar sobre el mar, se turbaron y decían: «Es un fantasma», y de miedo se pusieron a gritar. 27 Pero al instante les habló Jesús diciendo: «¡Ánimo!, soy yo; no temáis.» 28 Pedro le respondió: «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti sobre las aguas.» 29 «¡Ven!», le dijo. Bajó Pedro de la barca y se puso a caminar sobre las aguas, yendo hacia Jesús. 30 Pero, viendo la violencia del viento, le entró miedo y, como comenzara a hundirse, gritó: «¡Señor, sálvame!» 31 Al punto Jesús, tendiendo la mano, le agarró y le dice: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?» 32 Subieron a la barca y amainó el viento.33 Y los que estaban en la barca se postraron ante él diciendo: «Verdaderamente eres Hijo de Dios.»

3. Momento de silencio orante

deseo callar y escuchar la voz de Dios.

Algunas preguntas:

En los momentos de oscuridad y tormenta interior ¿cómo reacciono? La ausencia y la presencia del Señor ¿cómo las integro en mí? ¿Qué puesto tiene en mí la oración personal, el diálogo con Dios? ¿Qué pedimos al Señor en la noche obscura? ¿Un milagro que nos libre? ¿Una fe más grande? ¿En qué me asemejo a Pedro?

4. Meditatio

Breve comentario

22 Inmediatamente obligó a los discípulos a subir a la barca y a ir por delante de él a la otra orilla, mientras él despedía a la gente.
La multiplicación de los panes (14, 13-21) podría haber generado en los discípulos esperanzas triunfalistas con respecto al Reino de Dios. Por tanto, Jesús ordena inmediatamente alejarse. Él “obligó”, verbo insólito de fuerte significado. El pueblo aclama a Jesús como Profeta (Jn 6,14-15) y quiere hacerlo guía político. Los discípulos son muy fáciles a malentender (Mc 6,25; Mt 16,-12), y hay el riesgo de dejarse llevar del entusiasmo del pueblo. Los discípulos deben abandonar esta situación.

23 Después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar; al atardecer estaba solo allí.
Jesús se encuentra delante de una situación en la cual la gente galilea se entusiasma por el milagro y hay el peligro de que no comprendan su misión. En un momento tan importante como éste, Jesús se retira en solitario para orar, como en el Getsemaní (Mt 26,36-46).

24 La barca se hallaba ya distante de la tierra muchos estadios, zarandeada por las olas, pues el viento era contrario.
Este versículo, en el cual se habla de la barca, sin Jesús, en peligro, se puede unir al v. 32 donde el peligro cesa con la subida a la barca de Jesús y Pedro

25 Y a la cuarta vigilia de la noche vino él hacia ellos, caminando sobre el mar.
Jesús aparece a los discípulos de modo insólito. Él transciende los límites humanos, tiene autoridad sobre todo lo creado. Se comporta como sólo Dios puede hacerlo (Job 9,8; 38,16)

26 Los discípulos, viéndolo caminar sobre el mar, se turbaron y decían : “Es un fantasma” y de miedo se pusieron a gritar.
Los discípulos luchaban con el viento contrario, habían pasado una jornada emocionante y ahora una noche sin dormir. En la noche ( entre las tres y las seis), en medio del mar, se llenan de miedo al ver a uno que va a su encuentro. No piensan en la posibilidad de que pudiera ser Jesús. Tienen una visión humana, creen en los fantasmas (Lc 24,37). El Resucitado, al contrario, ha vencido las fuerzas del caos representado por las olas del mar.

27 Pero al instante les habló Jesús diciendo: “¡Ánimo!, soy yo; no temáis”.
La presencia de Jesús aleja todo miedo (9,2.22). Diciendo “Soy yo” evoca su identidad (Ex 3,14) y manifiesta el poder de Dios (Mc 14,62; Lc 24,39; Jn 8,58; 18,5-6). El miedo se vence con la fe

28 Pedro le respondió: “Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti sobre las aguas”
Parece que Pedro todavía quiere una confirmación de la presencia de Jesús. Pide un signo.

29 “¡Ven!” le dijo. Bajó Pedro de la barca y se puso a caminar sobre las aguas, yendo hacia Jesús.
De todos modos Pedro está dispuesto a arriesgarse saliendo de la barca y tratando de caminar sobre aquellas olas agitadas, en medio del impetuoso viento (v.24). Afronta el riesgo de creer en la Palabra: ¡ven!

30 Pero, viendo la violencia del viento, le entró miedo y como comenzara a hundirse, gritó: “¡Señor, sálvame!”
Se necesita también de la perseverancia en la elección de la fe. Las fuerzas contrarias (el viento) son tantas, que hay riesgo de sucumbir. La oración de súplica lo salva.

31 Al punto Jesús, tendiendo la mano, le agarró y le dice: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”
Pedro no ha sido dejado solo en su debilidad. En las tempestades de la vida cristiana no estamos solos. Dios no nos abandona aun cuando aparentemente parezca que está ausente o no hace nada.

32 Subieron a la barca y amainó el viento.
Apenas Jesús sube a la barca las fuerzas del mal cesan. Las fuerzas del infierno no prevalecerán sobre ella

33 Y los que estaban en la barca se postraron ante él diciendo: “Verdaderamente eres Hijo de Dios”
Ahora sucede aquella profesión de fe que se ha venido preparando desde el episodio precedente de la multiplicación de los panes, purificado con la experiencia del alejamiento del Pan de vida eterna (Jn 6,1-14). También ahora Pedro puede confirmar a sus hermanos en la fe, después de la prueba.

5. Para el que quiera profundizar

Jesús, hombre de oración

Jesús ora en la soledad y en la noche (Mt 14,23; Mc 1,35; Lc 5,16), a la hora de las comidas (Mt 14,19; 15,36; 26,26-27). Con ocasión de los acontecimientos más importantes: el bautismo: (Lc 3,21), antes de escoger a los doce (Lc 6,12), antes de enseñar a orar (Lc 11,1; Mt 6,5), antes de la confesión de Cesarea (Lc 9,18), en la Transfiguración (Lc 9,28-29), en el Getsemaní (Mt 26,36-44), sobre la cruz (Mt 27,46; Lc 23,46). Ruega por sus verdugos (Lc 23,34), por Pedro (Lc 22,32), por sus discípulos y por los que le seguirán (Jn 17,9-24). Ruega también por sí mismo (Mt 26,39; Jn 17,1-5; Heb 5,7). Enseña a orar (Mt 6,5), manifiesta una relación permanente con el Padre (Mt 11,25-27), seguro que no lo dejará nunca solo (Jn 8,29) y lo escuchará siempre (Jn 11,22.42; Mt 26,53). Ha prometido (Jn 14,16) continuar intercediendo en la gloria (Rm 8, 34; Heb 7,25; 1 Jn 2,1)

6. Oratio: Salmo 33

Bendeciré en todo tiempo a Yahvé,
sin cesar en mi boca su alabanza;

en Yahvé se gloría mi ser,
¡que lo oigan los humildes y se alegren!

Ensalzad conmigo a Yahvé,
exaltemos juntos su nombre.

Consulté a Yahvé y me respondió:
 me libró de todos mis temores.

Los que lo miran quedarán radiantes,
no habrá sonrojo en sus semblantes.

Si grita el pobre, Yahvé lo escucha,
y lo salva de todas sus angustias.

El ángel de Yahvé pone su tienda
en torno a sus adeptos y los libra.

Gustad y ved lo bueno que es Yahvé,
dichoso el hombre que se acoge a él.

7. Contemplatio

Señor Jesús, a veces estamos llenos de entusiasmo y olvidamos que eres tú la fuente de nuestro gozo. En los momentos de tristeza no te buscamos o queremos que intervengas milagrosamente. Ahora sabemos que no nos abandonas nunca, que no debemos tener miedo. La oración es también nuestra fuerza. Aumenta nuestra fe, estamos dispuestos a arriesgar nuestra vida por tu Reino

La fe-confianza es de presenta

Además de Mt, lo narra Mc y Jn. Los tres lo sitúan después de la multiplicación de los panes. Los tres presentan a Jesús subiendo a la montaña para orar. En los tres relatos, Jesús camina sobre el agua. También coinciden en señalar el miedo de los discípulos; Mt y Mc dicen que gritaron. La respuesta de Jesús es la misma: Soy yo, no tengáis miedo. En Mc y Mt, Jesús manda a los discípulos embarcar y marchar a la otra orilla; pero el verbo griego, deja entrever cierta imposición. En Jn, la iniciativa es de los discípulos.

En el AT, el monte es el lugar de la divinidad. Jesús, después de un día ajetreado, se eleva al ámbito de lo divino. Como Moisés, la segunda vez que sube al Sinaí, va solo. Nadie le sigue en esa cercanía a la esfera de lo divino. La multitud solo piensa en comer. Los apóstoles piensan en medrar. Para superar la tentación, Jesús se pone a orar. Orar es darse cuenta de lo que hay de Dios en él para poder vivirlo. Es muy interesante descubrir que Jesús necesita de la oración, desbaratando así la idea simplista que tenemos de que él era Dios, sin más. Jesús tiene necesidad de momentos de auténtica contemplación.

Jesús sube a lo más alto. Los discípulos bajan hasta el nivel más bajo. Esperan encontrar allí las seguridades que Jesús les niega al no aceptar ser rey. En realidad encuentran la oscuridad, la zozobra, el miedo. Las aguas turbulentas representan las fuerzas del mal. Son el signo del caos, de la destrucción, de la muerte. Jesús camina sobre todo esto. En el AT se dice expresamente que solo Dios puede caminar sobre el dorso del océano. Al caminar Jesús sobre las aguas, se está diciendo que domina sobre las fuerzas del mal.

En el relato se aprecia la visión que de Jesús tenía aquella primera comunidad. Era verdadero hombre  y como tal, tenía necesidad de la oración para descubrir lo que era y superar la tentación de quedarse en lo material. Al caminar sobre el mar, está demostrando que era también verdadero Dios. La confesión final es la confirmación de esta experiencia. Esta confesión apunta también a un relato pascual, porque solo después de la experiencia de la resurrección, confesaron los apóstoles la divinidad de Jesús.

La barca es símbolo de la nueva comunidad. Las dificultades que atraviesan los apóstoles son consecuencia del alejamiento de Jesús. Esto se aprecia mejor en el evangelio de Jn, que deja muy claro que fueron ellos los que decidieron marcharse sin esperar a Jesús. Se alejan malhumorados porque Jesús no aceptó las aclamaciones de la gente saciada. Pero Jesús no les abandona a ellos y va en su busca. Para ellos Jesús es un “fantasma”; está en las nubes y no pisa tierra. No responde a sus intereses y es incompatible con sus pretensiones. Su cercanía, sin embargo, les hace descubrir al verdadero Jesús.

El miedo es el primer efecto de toda teofanía. El ser humano no se encuentra a gusto en presencia de lo divino. Hay algo en esa presencia de Dios que le inquieta. La presencia del Dios auténtico no da seguridades, sino zozobra; seguramente porque el verdadero Dios no se deja manipular, es incontrolable y nos desborda. La respuesta de Jesús a los gritos es una clara alusión al episodio de Moisés ante la zarza. El “ego eimi” (yo soy) en boca de Jesús es una clara alusión a su divinidad. Jn lo utiliza con mucha frecuencia.

El episodio de Pedro, merece una mención especial ya que tiene mucha miga. Pedro siente una curiosidad inmensa al descubrir que su amigo Jesús se presenta con poderes divinos, y quiere participar de ese mismo privilegio. “Mándame ir hacia ti, andando sobre el agua”; que es lo mismo que decir: haz que yo partícipe del poder divino como tú. Pero Pedro quiere lograrlo por arte de magia, no por una transformación personal. Jesús le invita a entrar en la esfera de lo divino y participar de ese verdadero ser: ¡ven!

Estamos hablando de la aspiración más profunda de todo ser humano consciente. En todas  las épocas ha habido hombres que han descubierto esa presencia de Dios. Pedro representa aquí, a cada uno de los discípulos que aún no han comprendido las exigencias del seguimiento. Jesús no revindica para sí esa presencia divina, sino que da a entender que todos estamos invitados a esa participación. Pedro camina sobre el agua mientras está mirando a Jesús; se empieza a hundir cuando mira a las olas. No está preparado para acceder a la esfera de lo divino porque no es capaz de prescindir de las seguridades.

El verdadero Dios no puede llegar a nosotros desde fuera y a través de los sentidos. No podemos verlo ni oírlo ni tocarlo, ni olerlo ni gustarlo. Tampoco llegará a través de la especulación y los razonamientos. Dios no tiene más que un camino para llegar a nosotros: nuestro propio ser. Su acción no se puede “sentir”. Esa presencia de Dios, solo puede ser vivida. El budismo tiene una frase, a primera vista tremenda: “si te encuentras con el Buda, mátalo”. Podíamos decir si te encuentras con dios, mátalo. Ese dios es falso, es una creación tuya. Si lo buscas fuera de ti, estas persiguiendo un fantasma.

También hoy, el viento es contrario, las olas son inmensas, las cosas no salen bien y encima, es de noche y Jesús no está presente. Todo apunta a la desesperanza. Pero resulta que Dios está donde menos lo esperamos: en medio de las dificultades, en medio del caos y de las olas, aunque nos cueste tanto reconocerlo. La gran tentación ha sido siempre que se manifestará de forma portentosa. Seguimos esperando de Dios el milagro. Dios no está en el huracán, ni en el terremoto, ni en el fuego. Es apenas un susurro.

Hoy tenemos que afrontar la misma disyuntiva. O mantener a toda costa nuestro ídolo, o atrevernos a buscar el verdadero Dios. La tentación sigue siendo la misma, mantener el ídolo que hemos pulido y alicatado desde la prehistoria. La consecuencia es clara: nunca encontraremos al Dios verdadero. Esta es la causa de que se alejen de las instituciones los que mejor dispuestos están. Los que no aceptan los falsos dioses que nos empeñamos en venderles. Se encuentran, en cambio, muy a gusto con ese “dios” los que no quieren perder las falsas seguridades que les dan los ídolos fabricados a nuestra medida.

El ser humano ha buscado siempre el Dios todopoderoso que hace y deshace a capricho, que empleará esa omnipotencia en favor mío si cumplo determinadas condiciones. Si en la religión buscamos seguridades, estamos tergiversando la verdadera fe-confianza. Dios no puede darme ni prometerme nada que no sea Él mismo. Ni como Iglesia ni como individuos debemos poner nuestra meta en las seguridades externas. Las seguridades que con tanto ahínco busca nuestro yo, son el mayor peligro para llegar a Dios.

Meditación

El ansia de lo divino es una constante en el ser humano.
Pero queremos conseguirlo por un camino equivocado.
Lo divino forma parte de mí.
Es la parte sustancial y primigenia de mi ser.
Cuando descubro y vivo esa Presencia,
despliego todas las posibilidades de ser que hay en mí.

Fray Marcos

Jesús reza, los discípulos reman, Pedro se hunde

La tempestad calmada y el viento en contra

Hay dos episodios en los evangelios bastante parecidos, aunque muy diferentes. Se parecen en el escenario (una barca en medio del lago de Galilea en circunstancias adversas) y en los protagonistas (Jesús y los discípulos). Se diferencian en que, en el primer caso, la barca está a punto de zozobrar y los discípulos corren peligro de muerte; en el segundo, sólo se enfrentan a un fuerte viento en contra que hace inútiles todos sus esfuerzos.

Traducido a la experiencia de nuestros días, la tempestad calmada recuerda a numerosas comunidades cristianas, sobre todo de África y Oriente Medio, que se ven amenazadas de muerte y gritan a Jesús: «¡Señor, sálvanos, que perecemos!» El viento en contra hace pensar en tantas otras comunidades, especialmente de occidente, que luchan contra viento y marea, cada vez con menos fuerzas, y sin ver resultados tangibles.

El primer episodio, la tempestad calmada, tiene un claro paralelo en el Salmo 107 (106), 23-32, donde los navegantes gritan a Dios en el peligro y él los salva; en el evangelio, los discípulos gritan a Jesús y es este quien los salva.

Pero el segundo episodio, el de la barca con viento en contra y Jesús caminando sobre el agua, no me recuerda ningún episodio del Antiguo Testamento. Sin embargo, está tan anclado en la primitiva tradición cristiana que no sólo lo cuentan Marcos y Mateo, sino incluso Juan, que generalmente va por sus caminos. Es muy curioso que Lucas omita esta escena: probablemente pensó que presentar a Jesús caminando sobre el agua y confundido con un fantasma iba a plantear a sus cristianos más problemas que beneficios. 

El relato de Mateo 14,22-33

Se inspira en el de Marcos, pero introduciendo cambios muy significativos. Podemos dividirlo en cuatro escenas.

Primera escena: Jesús se separa de los discípulos

Hablando en términos cinematográficos, es un montaje en paralelo. Inmediatamente después de la comida, Jesús obliga a sus discípulos a embarcarse, mientras él despide a la gente. Pero, cuando la despide, no va en busca de sus discípulos, sube «solo» a rezar. Mateo acentúa que Jesús desea verse libre de todos para ponerse en contacto con el Padre. Esa oración será muy larga, desde el anochecer hasta la cuarta vigilia (entre las 3 y las 6 de la noche). Sin embargo, no sabemos qué dice, cómo reza. Lo importante para Mateo no es conocer el misterio sino proponernos un ejemplo que imitar. Mientras, los discípulos navegan con grandes dificultades durante todas esas horas has quedar «a muchos estadios de tierra» (Juan dice que a unos 25-30 estadios, 5-6 km, lo que supone en mitad del lago). A nivel simbólico, se contraponen dos mundos: el de la intimidad con Dios (Jesús orando) y el de la dura realidad (los discípulos remando). Ha sido Jesús el que los ha abandonado a su destino.

Segunda escena: Jesús se acerca a los discípulos

Mateo cuenta con asombrosa naturalidad y sencillez algo inaudito: el hecho de que Jesús se acerque caminando sobre el lago. En la cultura del Antiguo Oriente, donde el mar simboliza las fuerzas del caos (como el sunami), caminar sobre el agua demuestra su poder sorprendente. Pero los discípulos no reaccionan con la misma naturalidad: se asustan, porque piensan que es un fantasma, tienen miedo, gritan. Es la única vez que se usa en el Nuevo Testamento el término “fantasma”, que en griego clásico se aplica a los espíritus que se aparecen, o a «las visiones fantasmagóricas de mis ensueños» (Esquilo, Los siete contra Tebas, 710). Es la única vez que Jesús provoca en sus discípulos un pánico que los hace gritar de miedo. Es la única vez que les dice «¡animaos!». Una escena peculiar sobre la que volveremos más adelante.

Tercera escena: Jesús y Pedro

Quien conoce los relatos de Marcos y Juan advierte aquí una gran diferencia. En esos dos evangelios, Jesús sube a la barca y el viento se calma. Pero Mateo introduce una escena exclusivamente suya, que subraya la relación especial entre Jesús y Pedro. Igual que en otros pasajes de su evangelio, Mateo aporta rasgos de la personalidad de Pedro que justifican su importancia posterior dentro del grupo de los Doce. Pero no ofrece una imagen idealizada, sino real, con virtudes y defectos. Su decisión de ir hacia Jesús caminando sobre el agua lo pone por encima de los demás, igual que ocurrirá más adelante en Cesarea de Filipo. Pero Pedro muestra también su falta de fe y su temor. Incluso entonces, es salvado por la intervención de Jesús. Dentro de la sobriedad de Mateo, esta escena llama la atención por la abundancia de detalles expresivos, que adquieren su punto culminante en la imagen de Jesús alargando la mano y agarrando a Pedro.

Cuarta escena: confesión de los discípulos (32-33)

Marcos termina su relato diciendo que los discípulos «no cabían en sí de estupor, pues no habían entendido lo de los panes, ya que tenían la mente obcecada» (Mc 6,51-52). Mateo introduce un cambio radical: los discípulos no se asombran, sino que se postran ante Jesús y confiesan: «realmente eres Hijo de Dios». Esta actitud y estas palabras significan un gran avance. Anteriormente, en el relato de la tempestad calmada (Mt 8,23-27), los discípulos terminan preguntándose: «¿Quién será éste que hasta el viento y el agua le obedecen?» Desde entonces, el conocimiento más profundo de Jesús ha provocado un cambio en ellos. Ya no se preguntan quién es; confiesan abiertamente que es «hijo de Dios», y lo adoran. Este título se lo han aplicado ya el Padre durante el bautismo, el diablo en las tentaciones, y los endemoniados gadarenos (8,29). No podemos interpretarlo con toda la carga teológica que le dio más tarde el Concilio de Calcedonia (año 451). También el centurión que está junto a Jesús en la cruz reconoce que «este hombre era hijo de Dios». Lo que quiere expresar este título es la estrecha vinculación de Jesús con Dios, que lo sitúa a un nivel muy superior al de cualquier otro hombre. De aquí a confesar la filiación divina de Jesús sólo queda un paso.

Anticipando la gloria de Jesús resucitado.

Este relato, tal como lo cuenta Mateo, ofrece tres datos curiosos: 1) el cuerpo de Jesús desafía las leyes físicas; 2) los discípulos no reconocen a Jesús, lo confunden con un fantasma; 3) Jesús, a pesar del poder que manifiesta, trata a los apóstoles con toda naturalidad.

Estos tres detalles son típicos de los relatos de apariciones de Jesús resucitado: 1) su cuerpo aparece y desaparece, atraviesa muros, etc.; 2) ni la Magdalena, ni los dos de Emaús, ni los siete a los que se aparece en el lago, reconocen a Jesús; 3) Jesús resucitado nunca hace manifestaciones extraordinarias de poder, habla y actúa con toda naturalidad.

Por consiguiente, lo que tenemos en Mateo (no en Marcos) es algo muy parecido a un relato de aparición de Jesús resucitado. ¿Qué sentido tiene en este momento del evangelio? Anticipar su gloria. Igual que el relato de la muerte de Juan Bautista, contado poco antes, anticipa su pasión, su maravilloso caminar sobre el agua anticipa su resurrección.  

Sentido eclesial y personal

Desde antiguo, se ha visto en la barca una imagen de la Iglesia, metida por Jesús en una difícil aventura y, aparentemente, abandonada por él en medio de la tormenta. Este sentido, que estaba ya en Marcos, lo completa Mateo con un aspecto más personal, al añadir la escena de Pedro: el discípulo que, confiando en Jesús, se lanza a una aventura humanamente imposible y siente que fracasa, pero es rescatado por el Señor. En la imagen de Pedro podían reconocerse muchos apóstoles y misioneros de la Iglesia primitiva, y podemos vernos también a nosotros mismos en algunos instantes de nuestra vida: cuando parece que todos nuestros esfuerzos son inútiles, cuando nos sentimos empujados y abandonados por Dios, cuando nosotros mismos, con algo de buena voluntad y un mucho de presunción, queremos caminar sobre el agua, emprender tareas que nos superan. Ellos vivenciaron que Jesús los agarraba de la mano y los salvaba. La misma confianza debemos tener nosotros.

La primera lectura

Ha sido elegida porque en ella Dios se revela en la brisa suave, después del viento huracanado, el fuego y el terremoto. En el evangelio, después de la tormenta, cuando Jesús sube a la barca, el viento amaina. Este paralelismo no impide que la lectura parezca traída por los pelos; es preferible no detenerse en ella.

José Luis Sicre

Como el abanico

Estamos en pleno mes de agosto, en los días más cálidos del año, y todos sabemos lo que supone tener que salir a la calle para realizar cualquier gestión, más aún este año al tener que llevar la mascarilla. Para no sufrir el calor, nos gustaría poder estar en sitios con aire acondicionado, pero no siempre es posible, y entonces agradecemos que nos llegue una ráfaga de aire que nos alivie. Pero como a menudo no sopla viento, muchas personas van provistas de abanicos. Básicamente el abanico es un instrumento muy simple: un conjunto de varillas articuladas, unidas por un papel o tela, que se despliegan en semicírculo. Y tampoco requiere grandes conocimientos para utilizarlo: es suficiente con un ligero movimiento de la muñeca. Es muy simple pero efectivo para combatir el calor y, como se puede llevar fácilmente, se ha convertido para muchos en algo imprescindible. 

En la 1ª lectura hemos escuchado el encuentro de Elías con el Señor. Elías estaba sufriendo múltiples problemas, había tenido que huir para salvar su vida y se refugió en una gruta. Necesitaba encontrarse con el Señor, pero ese encuentro no se produjo en medio del huracán, el terremoto o el fuego, sino en el susurro de una brisa suave. En algo tan simple es donde Elías se encuentra con Dios y el alivio que necesita para continuar su misión, aunque ésta se le siga presentando difícil.

La experiencia de Elías nos recuerda algo que ya sabemos: que en medio de los “acaloramientos” y agobios de la vida cotidiana, que tanto nos hacen sufrir, necesitamos buscar espacios y tiempos de tranquilidad que nos permitan encontrarnos con el Señor y encontrar algo de alivio, como cuando entramos en un lugar con aire acondicionado.

Pero el ritmo de vida, las preocupaciones y problemas hacen prácticamente imposible encontrar esos espacios y tiempos; más bien nos sentimos como los discípulos en el Evangelio. Fácilmente nos identificamos con ellos porque están cumpliendo lo que Jesús les ha pedido, que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, pero en un momento dado la barca es sacudida por las olas, porque el viento era contrario. Nosotros a menudo nos sentimos así, bregando y bregando, tratando de vivir con coherencia nuestra fe en Jesús, pero sufriendo muchas sacudidas y vientos en contra, y quisiéramos encontrar un refugio, un lugar “acondicionado” para no sufrir los “calores” de la vida.

Hace unos domingos (XIII) decíamos que muchas personas tienen la creencia de que ser cristianos es algo difícil y complicado pero, en realidad, seguir a Jesús es algo muy “simple” (como el abanico), aunque que no sea fácil: y eso tan simple y a la vez difícil es fiarnos de Él, de su Palabra. Cuando las circunstancias son de “buen tiempo”, en lo personal o social, nos resulta fácil fiarnos de Él, pero cuando la vida, como estamos experimentando, nos presenta los “huracanes, terremotos, oleajes y vientos contrarios”, nos sentimos como Pedro: nos entra el miedo y empezamos a hundirnos.

Como él, gritamos en nuestra oración: Señor, sálvame. Y el Señor también nos cuestiona: ¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado? Porque Jesús, con ese gesto de acercarse a los discípulos andando sobre el agua, les está diciendo y nos está diciendo que Él también está con nosotros en medio de los oleajes y vientos contrarios de la vida, aunque dudemos de Él y su Palabra creyendo que son fantasías. 

A Jesús no lo vamos a encontrar sólo en unos espacios y tiempos determinados, ni hacen falta unas circunstancias concretas para sentir su presencia. Jesús es como el abanico que podemos llevar con nosotros en todo momento, para sentir el alivio de su presencia cuando nos aprietan los “calores” y agobios de nuestra vida cotidiana. Y ese alivio nos llegará si hemos aprendido a fiarnos de Él.

Y para aprender a fiarnos de Él no hacen falta grandes cualidades ni conocimientos, ni irse a un lugar apartado de los problemas, como Elías. Nuestras comunidades parroquiales deberían ser esos lugares sencillos donde podemos experimentar la brisa suave de la presencia del Señor, ofreciéndonos algo tan simple como la oración, la escucha y meditación de la Palabra, la Eucaristía, la Reconciliación, una formación cristiana adecuada a nuestra realidad… Todo esto nos irá uniendo al Señor, y crecerá nuestra fe porque le conoceremos mejor y confiaremos más en Él porque nos daremos cuenta de que, igual que el abanico, a Jesús lo podemos llevar siempre con nosotros.

Comentario al evangelio – Domingo XIX de Tiempo Ordinario

UNA LECCIÓN PARA ELÍAS Y OTRA PARA PEDRO


CONTEXTO DE LA LECTURA

En esta ocasión vamos a fijarnos especialmente en la primera lectura. Se trata de un fragmento de una escena que conviene situar. El pueblo de Dios, con la reina Jezabel a la cabeza, está abandonando la fe y asumiendo costumbres, morales y religiones paganas. El profeta Elías se siente «defensor de Dios» (extraña obsesión que tantos males ha traído a nuestra civilización y a la misma Iglesia a lo largo de la historia. ¡Defensores de Dios!) y de la religión/culto (tal como Elías la entiende y cree que se debe practicar). Y para ello, no se anda con diplomacias: ha empezado por cortar el cuello (literalmente) a unos cuantos sacerdotes paganos. Para después intentar servirse del poder de Dios, y en su nombre demostrar quién es el Dios verdadero, con la intención de que el pueblo regrese a la fe verdadera. ¿Y cómo lo hace?

• Primero monta un altar enorme, se busca unos cuantos animales, y «ordena» a Dios que mande un rayo del cielo y lo queme todo. Y así ocurrirá. 

• Se burla de los rezos y ritos paganos -que no sirven para nada, porque su Dios no existe- contraponiendo los suyos. A la vez, como profeta, asume todo el protagonismo, ya que consigue que Dios se ponga a su servicio y le obedezca. A esta pretensión la podemos llamar propiamente «magia»: manejar a Dios para que me sea favorable, mediante alguna fórmula ritual. Pero resulta que la oración verdadera debiera más bien ocuparse en preguntar, y discernir lo que espera Dios de nosotros en circunstancias concretas. Esto no parece haberlo hecho Elías. 

•  Por otro lado, el profeta intenta que sus gentes vuelvan a la fe a base de milagros y fenómenos espectaculares. En esto no se diferencia nada de sus oponentes paganos. Ellos también procuran mostrar a un «Dios de lo espectacular», de lo milagroso, de lo llamativo… Pero el Dios de Israel no está de acuerdo con estos «recursos» del profeta: ni la violencia, ni los milagros espectaculares, ni las «demostraciones» sobre quién es el auténtico Dios.

•  Y después de toda aquella puesta en escena, el resultado no es el que Elías esperaba. Al contrario: recibe la incomprensión y el rechazo de sus hermanos, y termina dejándose llevar por la cólera, los insultos… y acaba teniendo que huir para salvar su vida. Solo. Tremendamente solo y dolido. 

PARECIDOS Y COINCIDENCIAS

¿En qué se parece esta historia de hace tantos siglos a nuestra realidad de hoy?

 ~ También hoy parece que muchos hermanos se están pasando a otros cultos (o a ninguno), a otros estilos de vida, a otros criterios morales y valores, encarnados en distintos personajes famosillos que no se llaman «Jezabel», pero tampoco hace falta que digamos sus nombres. Y nosotros a veces, para «defender» lo nuestro (nuestra verdad) y demostrarles su error, caemos en la tentación de retarles, burlarnos de ellos, atacarlos, hacer notar la fuerza de los números…

 ~  Y nos parecemos a Elías en la idea que tenemos de un Dios todopoderoso, capaz de resolver nuestros problemas en la tierra, al que podríamos convencer para que nos ayude a base de rezos, ritos, sacrificios… Estos días terribles estamos viendo algunos intentos de esto que describo. Pero si Dios es amor, y se preocupa por el hombre y quiere siempre y en todo nuestro bien… no sería necesario convencerle de nada, ni intentar influir sobre él para que nos ayude. Ya nos ha dicho Jesús: «no seáis charlatanes como los paganos. Vuestro Padre celestial ya sabe lo que necesitáis….». Tendremos que aprender de Él a buscar su voluntad en los momentos más duros (como en Getsemaní o en la cruz) y a contar con sus fuerzas (Dios no niega su Espíritu/fuerza/Luz a quienes se lo piden) y salir adelante del mejor modo posible. Sin huir ni dejar solos a quienes nos necesitan más que nunca. Sin hundirnos ni ahogarnos en la tormenta que amenaza nuestra barca.

Y DIOS TUVO QUE DAR UNA LECCIÓN A SU PROFETA

• En el Monte Horeb/Sinaí, derrumbado y agotado, Dios sale al encuentro de Elías y le invita a comer para reparar las fuerzas. Sin la Comida de Dios, es imposible que veamos con serenidad nuestras circunstancias. Elías desea morir. Pero no: se trata de revisar todo lo que ha venido haciendo, con muy buena intención -¡seguro!-, pero con muy poco acierto.  Sin el Pan y la Palabra de Dios… nos derrumbamos.

 A continuación Dios le hace entender que no le gustan los milagros, ni lo espectacular (el viento, el fuego, el terremoto, el huracán…). Dios no quiere imponerse por la fuerza ni por la violencia, ni enfrentándose.  Lo de Dios es el susurro, el silencio, la calma, la brisa suave. Justo ahí es cuando puede percibir la voz de Dios: «¿Qué haces aquí, Elías?» ¿Cómo te has metido en este lío? Mira dónde te llevan tus proyectos. Eran tuyos, no míos. ¿Quién te ha mandado «defenderme»? ¿Por qué te empeñas en plantarle cara a la reina Jezabel? ¿Por qué te burlas de los que no piensan como tú?

 «VUELVE»… Da marcha atrás… y cambia de estrategia. Lo que yo quiero de ti es que sostengas,  apoyes, acompañes, estés cerca de los que todavía permanecen fieles al Señor y a su Alianza. Son siete mil: un número grande de hermanos que todavía permanecen fieles, sin «doblar las rodillas». Y ellos necesitan tu presencia, tu acompañamiento, tu ánimo… ahí es donde te quiero.

 Dios es el que nos dice lo que tenemos que hacer y no al revés. A Elías le faltaba la calma, la escucha, el silencio, frenar su impulsividad. Y discernir los caminos de Dios. Que no se haga mi voluntad, sino la tuya. Ayudados por el Pan y la Palabra.

Estos fueron los caminos del Hijo de Dios. Precisamente así empieza el Evangelio de hoy: «Despidió a la gente y subió al monte a solas, a orar».

Y como Elías y como Jesús, yo también necesito retirarme a orar a solas, apartado de la gente. Estar con quien es el centro y sentido de mi vida, hacer balance, revisar, escuchar, serenarme de todos los líos en los que yo mismo me he ido metiendo. Y de los líos y problemas de alrededor. No para huir, no para buscarme mi «cueva» en el desierto. Sino para poder experimentar, como Pedro y sus compañeros de travesía, que en medio de las tempestades, de las sacudidas fuertes de nuestra barca, del trabajo infructuoso, de la sensación de que nos hundimos… El Resucitado nos tiende la mano y nos dice: «¡Ánimo, aquí estoy yo, no tengáis miedo!» ¡Ven, y camina firme sobre tus dificultades! ¡Puedes vencer al viento que te azota la cara! ¡Puedes caminar sobre el mar!

Y si, a pesar de todo, aún dudo, y me entra el miedo, y parece que me hundo… gritaré como Pedro: “¡Señor, sálvame!

Y él extenderá la mano, me agarrará, y me preguntará: «¿Por qué has dudado?» ¿Por qué tu miedo y tu angustia? No mires tanto a la tormenta y a las aguas: MÍRAME A MÍ, Y VEN CONMIGO.

Enrique Martínez de la Lama-Noriega, cmf