La Vida de Jesús – Fco. Fernández-Carvajal

8.- LA PESCA MILAGROSA

Lc 5, 1-11

Los discípulos de Cafarnaún acompañaron a Jesús por las diversas ciudades y pueblos a orillas del lago de Genesaret. Le seguían de modo permanente pero, ocasionalmente, volvían a su tarea de la pesca. Un día, estos pescadores acababan de dejar sus barcas y estaban lavando las redes. La jornada no había sido buena y apenas habían pescado nada. Jesús se encontraba en la orilla y la gente había ido llegando de tal manera que hubo un momento en el que se agolpaba a su alrededor para oír la palabra de Dios. Estaban sedientos de escuchar al Maestro.

Entonces subió a una de aquellas barcas, que era de Simón, y, alejado un poco de la orilla, estuvo enseñando.

Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: Guía mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca. Cualquiera hubiera podido comentar que no era el momento más oportuno; ciertamente había pasado ya la mejor hora. Además, estaban con sueño y cansados después de una noche de brega, más aún cuando había sido un trabajo sin frutos. Pedro lo hizo saber a Jesús, pero a la vez obedeció a sus palabras. Es la fe lo que ahora le mueve, porque Jesús es de tierra adentro, de Nazaret, y tiene poca experiencia en aquellas faenas. Pedro, sin embargo, conoce ya bien a Jesús y se fía de Él: Maestro, hemos estado fatigándonos durante toda la noche y nada hemos pescado; pero, no obstante, sobre tu palabra echaré las redes[1].

Y llegó la sorpresa.

La pesca fue abundantísima: recogieron gran cantidad de peces, tantos que las redes se rompían. Pocas veces –quizá ninguna– Pedro había pescado tanto como en aquella ocasión, cuando todos los indicios apuntaban al fracaso.

Mientras Jesús contemplaba en aquellas redes una pesca más abundante a través de los siglos, Pedro se arrojó a sus pies y confesó con humildad: Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador.

Estaba asombrado. Parece como si en un momento lo hubiera visto claro: la santidad de Cristo y su condición de hombre pecador. Apártate de mí, Señor: no soy nada, no tengo nadaSe encontraba ante la divinidad de Jesús, manifestada en el milagro. Y mientras sus labios decían que se sentía indigno de estar junto a Él, los ojos y toda su actitud rogaban a su Maestro que le tomara con Él para siempre. De ninguna manera quería separarse de su lado. ¡Buena pesca había realizado el Señor!

Jesús quitó el temor a Simón y le descubrió el nuevo sentido de su vida: no temas; desde ahora serán hombres los que has de pescar. Recoge la imagen del pescador para enseñarle su misión en la tarea redentora.

Aquellos pescadores sacaron las barcas a tierra y, dejadas todas las cosas, le siguieron. Sus vidas tendrían especialmente desde este día un formidable objetivo: seguir a Cristo y ser pescador de hombres. Todo lo demás en su existencia sería medio e instrumento para ese fin.

Pedro es el centro de la narración. En ella san Lucas emplea el doble nombre de Simón-Pedro. Hasta ahora ha usado solo el de Simón; en adelante usará solo el de Pedro. El Señor ha querido aquí atraerlo más a Sí –ya lo había llamado– y, a la vez, explicarle con un lenguaje que él entendía bien –la pesca– en qué iba a consistir su vocación, su existencia entera. Pedro es ahora un pescador por los cuatro costados.

El Maestro comenzó pidiéndole prestada una barca y se quedó definitivamente con su vida. Muchas veces hará lo mismo a lo largo de los siglos. No quiere las ramas, quiere el árbol.


[1] Sobre tu palabra. Esta es la clave del milagro.