Vísperas – Miércoles XIX de Tiempo Ordinario

VÍSPERAS

MIÉRCOLES XIX de TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. 
Como era en el principio, ahora y siempre, 
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Ignorando mi vida,
golpeado por la luz de las estrellas,
como un ciego que extiende,
al caminar, las manos en la sombra,
todo yo, Cristo mío,
todo mi corazón, sin mengua, entero,
virginal y encendido, se reclina
en la futura vida, como el árbol
en la savia que apoya, que le nutre
y le enflora y verdea.

Todo mi corazón, ascua de hombre,
inútil sin tu amor, sin ti vacío,
en la noche te busca;
le siento que te busca, como un ciego
que extiende, al caminar, las manos llenas
de anchura y de alegría.

Gloria al padre, y al Hijo, y al Espíritu,
por los siglos de los siglos. Amén.

SALMO 125: DIOS, ALEGRÍA Y ESPERANZA NUESTRA

Ant. Los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares.

Cuando el Señor cambió la suerte de Sión,
nos parecía soñar:
la boca se nos llenaba de risas,
la lengua de cantares.

Hasta los gentiles decían:
«El Señor ha estado grande con ellos.»
El Señor ha estado grande con nosotros,
y estamos alegres.

Que el Señor cambie nuestra suerte,
como los torrentes del Negueb.
Los que sembraban con lágrimas
cosechan entre cantares.

Al ir, iba llorando,
llevando la semilla;
al volver, vuelve cantando,
trayendo sus gavillas.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares.

SALMO 126: EL ESFUERZO HUMANO ES INÚTIL SIN DIOS

Ant. Que el Señor nos construya la casa y nos guarde la ciudad.

Si el Señor no construye la casa,
en vano se cansan los albañiles;
si el Señor no guarda la ciudad,
en vano vigilan los centinelas.

Es inútil que madruguéis,
que veléis hasta muy tarde,
que comáis el pan de vuestros sudores:
¡Dios lo da a sus amigos mientras duermen!

La herencia que da el Señor son los hijos;
su salario, el fruto del vientre:
son saetas en mano de un guerrero
los hijos de la juventud.

Dichoso el hombre que llena
con ellas su aljaba:
no quedará derrotado cuando litigue
con su adversario en la plaza.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Que el Señor nos construya la casa y nos guarde la ciudad.

CÁNTICO de COLOSENSES: HIMNO A CRISTO, PRIMOGÉNITO DE TODA CRIATURA

Ant. Él es el primogénito de toda criatura, es el primero en todo.

Damos gracias a Dios Padre,
que nos ha hecho capaces de compartir
la herencia del pueblo santo en la luz.

Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas,
y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido,
por cuya sangre hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.

Él es imagen de Dios invisible,
primogénito de toda criatura;
porque por medio de él
fueron creadas todas las cosas:
celestes y terrestres, visibles e invisibles,
Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades;
todo fue creado por él y para él.

Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él.
Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia.
Él es el principio, el primogénito de entre los muertos,
y así es el primero en todo.

Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud.
Y por él quiso reconciliar consigo todos los seres:
los del cielo y los de la tierra,
haciendo la paz por la sangre de su cruz.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Él es el primogénito de toda criatura, es el primero en todo.

LECTURA: Ef 3, 20-21

A Dios, que puede hacer mucho más sin comparación de lo que pedimos o concebimos, con ese poder que actúa entre nosotros, a él la gloria de la Iglesia y de Cristo Jesús por todas las generaciones, por los siglos de los siglos. Amén.

RESPONSORIO BREVE

R/ Sálvame, Señor, y ten misericordia de mí.
V/ Sálvame, Señor, y ten misericordia de mí.

R/ No arrebates mi alma con los pecadores.
V/ Y ten misericordia de mí.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Sálvame, Señor, y ten misericordia de mí.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. El Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo.

PRECES

Invoquemos a Dios, que envió a su Hijo como salvador y modelo supremo de su pueblo, diciendo:

Que tu pueblo te alabe, Señor.

Te damos gracias, Señor, porque nos has escogido como primicias para la salvación;
— haz que sepamos corresponder, y así hagamos nuestra la gloria de nuestro Señor Jesucristo.

Haz que todos los que confiesan tu santo nombre sean concordes en la verdad
— y vivan unidos por la caridad.

Creador del universo, cuyo Hijo, al venir a este mundo, quiso trabajar con sus propias manos,
— acuérdate de los trabajadores, que ganan el pan con el sudor de su frente.

Acuérdate, también, de todos los que viven entregados al servicio de los demás:
— que no se dejen vencer por el desánimo ante la incomprensión de los hombres.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Ten piedad de nuestros hermanos difuntos
— y líbranos del poder del Maligno.

Llenos de fe, invoquemos juntos al Padre común, repitiendo la oración que Jesús nos enseñó:

Padre nuestro…

ORACION

Llegue a tus oídos, Señor, la voz suplicante de tu Iglesia, a fin de que, conseguido el perdón de nuestros pecados, con tu ayuda podamos dedicarnos a tu servicio y con tu protección vivamos confiados. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Miércoles XIX de Tiempo Ordinario

1) Oración inicial

Dios todopoderoso y eterno, a quien podemos llamar Padre; aumenta en nuestros corazones el espíritu filial, para que merezcamos alcanzar la herencia prometida. Por nuestro Señor. 

2) Lectura del Evangelio

Del Evangelio según Mateo 18,15-20
«Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele, a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, toma todavía contigo uno o dos, para que todo asunto quede zanjado por la palabra de dos o tres testigos. Si les desoye a ellos, díselo a la comunidad. Y si hasta a la comunidad desoye, sea para ti como el gentil y el publicano.
«Yo os aseguro: todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo. «Os aseguro también que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.» 

3) Reflexión

• En el evangelio de hoy y de mañana vamos a leer y a meditar la segunda parte del Sermón de la Comunidad. El evangelio de hoy habla de la corrección fraterna (Mt 18,15-18) y de la oración en común (Mt 18,19-20). El de mañana habla del perdón (Mt 18,21-22) y habla de la parábola del perdón sin límites (Mt 18,23-35). La palabra clave de esta segunda parte es “perdonar”. El acento cae en la reconciliación. Para que pueda haber reconciliación que permita el retorno de los pequeños, es importante saber dialogar y perdonar, pues el fundamento de la fraternidad es el amor gratuito de Dios. Sólo así la comunidad será señal del Reino. No es fácil perdonar. Ciertos dolores siguen machucando el corazón. Hay personas que dicen: “¡Perdono, pero no olvido!» Rencor, tensiones, broncas, opiniones diferentes, ofensas, provocaciones dificultan el perdón y la reconciliación.
• La organización de las palabras de Jesús en los cinco grandes Sermones del evangelio de Mateo muestran que al final del siglo primero, las comunidades tenían formas bien concretas de catequesis. El Sermón de la Comunidad (Mt 18,1-35), por ejemplo, trae instrucciones actualizadas de cómo proceder en caso de algún conflicto entre los miembros de la comunidad y de cómo encontrar criterios para solucionar los conflictos. Mateo reúne aquellas frases de Jesús que pueden ayudar a las comunidades de finales del siglo primero a superar los dos problemas agudos a los que se enfrentaban en aquel momento, a saber, la salida de los pequeños por causa del escándalo de algunos y la necesidad de diálogo para superar el rigorismo de otros y acoger a los pequeños, a los pobres, a la comunidad.
• Mateo 18,15-18: La corrección fraterna y el poder de perdonar. Estos versículos traen normas simples de cómo proceder en caso de conflicto en la comunidad. Si un hermano o una hermana pecan, esto es, si hubiera un comportamiento no acorde con la vida de la comunidad, no se debe inmediatamente denunciarlo/la. Primero, tratemos de saber los motivos del otro. Si no diera resultado, llevemos a dos o tres personas de la comunidad para ver si se consigue algún resultado. Sólo en caso extremo, hay que llevar el problema a toda la comunidad. Y si la persona no quisiese escuchar a la comunidad, que sea para ti “como un publicano o un pagano”, esto es, como alguien que ya no forma parte de la comunidad. No es que tu estás excluyendo, pero es la persona, ella misma, que se excluye. La comunidad reunida apenas constata y ratifica la exclusión. La gracia de poder perdonar y reconciliar en nombre de Dios fue dada a Pedro (Mt 16,19), a los apóstoles (Jn 20,23) y, aquí, en el Sermón de la Comunidad, a la comunidad misma (Mt 18,18). Esto revela la importancia de las decisiones que la comunidad toma con relación a sus miembros.
• Mateo 18,19: La oración en común. La exclusión no significa que la persona sea abandonada a su propia suerte. ¡No! Puede estar separada de la comunidad, pero nunca estará separada de Dios. En caso de que la conversación en la comunidad no llegue a buen fin, y la persona no quisiese integrarse en la vida de la comunidad, queda como último recurso el rezar juntos al Padre para conseguir la reconciliación. Y Jesús garantiza que el Padre escuchará: “Os aseguro también que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos.”
• Mateo 18,20: La presencia de Jesús en la comunidad. El motivo de la certeza de ser oídos por el Padre es la promesa de Jesús: “¡Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, yo estaré en medio de ellos!” Jesús es el centro, el eje de la comunidad y, como tal, junto con la Comunidad, estará rezando al Padre, para que conceda el don del retorno al hermano o a la hermana que se excluyó. 

4) Para la reflexión personal

• ¿Por qué será que es tan difícil perdonar? En nuestra comunidad, ¿hay espacio para la reconciliación? ¿De qué manera?• Jesús dice: «Allí donde dos o tres están reunidos en mi nombre, yo estaré en medio de ellos». ¿Qué significa esto para nosotros hoy? 

5) Oración final

¡Alabad, siervos de Yahvé,
alabad el nombre de Yahvé!
¡Bendito el nombre de Yahvé,
desde ahora y por siempre! (Sal 113,1-2)

Lectura continuada del Evangelio de Marcos

Marcos 14, 61b-65

De nuevo el sumo sacerdote le preguntaba y le dice: “¿Tú eres el Cristo, el hijo del Bendito?”.

62Pero Jesús dijo: “Yo soy, y veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del Poder y viniendo entre las nubes del cielo”. 63Pero el sumo sacerdote, rasgando sus vestiduras, dice: “¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? 64Habéis oído la blasfemia, ¿qué os parece?”.

65Pero todos dictaminaron en su contra que era reo de muerte. Y algunos comenzaron a escupirle y a cubrirle la cara y a golpearlo y a decirle: “Profetiza”. Y los sirvientes lo recibieron a bofetadas.

14, 61b-65: El sumo sacerdote, al percibir el significativo silencio de Jesús, afila más la pregunta: «¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito?» (14,61b). Es uno de los varios casos irónicos en el relato marcano de la Pasión en los que los enemigos de Jesús proclaman involuntariamente auténticas verdades cristológicas que ellos mismos aborrecen.

Jesús no proclama su filiación mesiánica divina, sino que deja a sus enemigos que la anuncien por él. Y que lo hagan así, incluso contra su voluntad, es uno de los signos sutiles en el relato marcano de la Pasión de que Dios sigue todavía controlando todo, y de que su marcha victoriosa continúa a pesar del sometimiento evidente de Jesús al poder de sus enemigos. El pasaje recuerda perícopas anteriores del evangelio en las que los demonios proclaman a gritos la identidad de Jesús (1,24; 3,11; 5,7). De hecho, la formulación de la pregunta del sumo sacerdote es casi idéntica a la aseveración de los demonios en 3,11. Por tanto, el sumo sacerdote queda desenmascarado por su propia pregunta.

Jesús concluye sus palabras con la profecía de que en el eschaton lo verán entronizado a la derecha de Dios y viniendo entre las nubes para ejecutar el juicio (14,62b).

La clave de la condenación de Jesús por el Sanedrín radica en el modo como se identifica implícitamente Jesús con la imagen del Salmo 110 de una figura entronizada al lado de Dios y con la descripción daniélica del Hijo del Hombre que viene para el juicio entre nubes teofánicas de gloria. Estos pasajes son las expresiones bíblicas de la teología real del antiguo Israel, que a veces borraba la línea divisoria entre Dios y el rey, y sobre la cual muchos judíos habían desarrollado reservas, porque la imagen de un ser humano entronizado al lado de Dios parecía infringir la unicidad divina implícita en el primer mandamiento y la Shemá. No es sorprendente, por tanto, que el sumo sacerdote responda a la profecía de Jesús rasgando sus vestiduras (14,63a), una acción prescrita por la Misná cuando se oye una blasfemia. Esta automutilación simbólica es un signo bíblico de tristeza, y ya en 2Re 18,32-19,1 se realiza esta acción en respuesta a una afirmación blasfema que desprecia al Dios de Israel. Además, en el NT mismo, Bernabé y Pablo rasgan sus vestiduras muy consternados cuando el pueblo de Listra los cree dioses y comienza a ofrecerles sacrificios (Hch 14,14-15). En este texto, como en nuestro pasaje, rasgar las vestiduras es una respuesta a la gente que trata de borrar el límite esencial entre Dios y la humanidad.

Para los miembros de la comunidad marcana, sin embargo, la acción del sumo sacerdote es blasfema porque Jesús es el Hijo de Dios. La verdadera blasfemia es no reconocer que las palabras y hechos de Jesús son la actividad salvadora de Dios (cf. 3,29-30; 15,29-30). El pasaje concluye con una descripción de los insultos y abusos físicos (14,65), que pudo haber recordado a algunos lectores de Marcos el texto de Is 50,6 versión griega LXX. Este pasaje habla del siervo justo del Señor que sufre escupitajos y bofetadas. Este maltrato físico va acompañado por burlas, cuando los que atormentan a Jesús le ordenan que profetice, una referencia a su predicción de hace un momento, en la que se había presentado como una figura escatológica poderosa, y probablemente también a la acusación sobre el Templo, por lo que se burlarán de él en 15,29. Sin embargo, para el evangelista y los lectores bíblicamente instruidos, los ecos de los pasajes del siervo sufriente de Isaías 50-53 (el silencio ante los jueces, los escupitajos y bofetadas) podían sugerir que la admisión de estos insultos lograba en realidad la derrota de los jefes de este mundo. Jesús, pues, no está siendo vencido, sino que triunfa en su misma humillación. Así pues, en contra de todas las apariencias, el siervo sufriente está ahora realizando su marcha victoriosa.

Comentario – Miércoles XIX de Tiempo Ordinario

La voz de Dios es una voz que acontece en la historia y se mezcla con los acontecimientos históricos; una voz que se confunde con la voz de su profeta o de su Hijo hecho hombre, o de su apóstol. Todas son voces de Dios, pero mediadas por la boca del hombre. Esa voz quiere ser alarmante para el malvado que está obligado a cambiar de conducta si no quiere morir en la maldad, y responsabilizante para el que recibe el encargo de dar la alarma de parte de Dios, que puede ser cualquier cristiano que se sienta responsable de la salvación del hermano. Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos.

El evangelio supone la existencia del pecado, y es ésta la que aconseja la reprensión, que se presenta como tarea del hermano que toma conciencia del pecado del otro, también hermano. La corrección fraterna no puede ser corrección si no hay falta que corregir, y no es fraterna si no se da entre hermanos que tienen conciencia de serlo. Se trata, pues, de una corrección que no se concibe sino en el marco de una fraternidad.

No obstante, siendo una práctica muy acreditada en el seno de las comunidades cristianas primitivas, la corrección fraterna es una práctica difícil. No todos sabemos corregir, y menos fraternalmente. Se requieren buenas dosis de amor, inteligencia, humildad, delicadeza y oportunidad. Sin amor, la corrección se convierte fácilmente en una tortura para el que la recibe o en un oculto acto de venganza para el que la ejercita, que no estimula a la superación; sin inteligencia, la corrección resulta errática o poco acertada, hasta el punto de poner el ojo en lo que está sano o no necesita rectificación; sin humildad, la corrección humilla y deprime; sin delicadeza y oportunidad, la corrección acaba provocando con frecuencia efectos contrarios a los perseguidos.

Además, puede que el hermano no nos parezca la persona indicada para llevar a cabo esta acción. Entendemos que los padres están obligados a corregir a sus hijos, porque deben responder de ellos y de su conducta ante la sociedad y ante Dios. También admitimos que los hijos tienen derecho a ser corregidos por sus padres, aunque en el momento de ejercerla no la acojan de buen grado. Lo mismo podemos decir de profesores, educadores, superiores, es decir, de personas que tienen como cometido educar a otros que están en vías de formación; pues la corrección forma parte de la tarea educativa.

Entendemos y aceptamos como oportuna la corrección del superior al inferior, pero la corrección entre iguales nos es más difícil de admitir. ¿Quizá porque está más expuesta a abusos? ¿Tal vez porque es más humillante y dolorosa? ¿O porque decimos lo de Caín cuando se le piden responsabilidades por la muerte de su hermano Abel: acaso soy yo guardián de mi hermano? Si al hermano no le sentimos como hermano, sino como un extraño, no debe extrañar que su conducta nos resulte indiferente y su corrección algo ajeno a nuestras competencias y responsabilidades. Pero la práctica de la corrección fraterna nos es recomendada por el evangelio como buena y saludable, porque mediante ella podemos salvar a un hermano en trance de perdición, y porque todos somos corresponsables en la mejora y salvación del mundo. En el seno de una familia bien avenida, también los hermanos velan por sus hermanos y se prestan ayuda; y los mayores se ocupan del cuidado de los más pequeños, o los más fuertes de los más débiles.

En este contexto de hermandad y mutua responsabilidad hay que leer las palabras de Jesús: Si tu hermano peca, repréndelo a solas; puede que ni siquiera haya caído en la cuenta de su falta o de la gravedad de su falta. Si acepta la corrección, habrás salvado a tu hermano. Pero puede suceder que no te haga caso. Entonces, llama a uno o dos testigos (ello le puede hacer recapacitar) y en su presencia corrígelo. Pero si esta medida no da resultado y el caso ya se ha hecho público y es motivo de escándalo para otros, díselo a la comunidad (seguramente, representada en el obispo) para que ella intervenga sometiéndole a la penitencia, si se arrepiente, o expulsándole, si permanece obstinado en su pecado.

Con la exclusión (=excomunión) de la comunidad, el pecador pasará a ser considerado como un pagano o un publicano (en ámbito judío), es decir, como un extraño a la comunidad, como un excomulgado. Ésta es la medida más severa. Pero un excomulgado no significa un rechazado para siempre, sino un rechazado mientras persista en su pecado y no acepte la conversión.

Luego la excomunión, siendo una pena muy dura, no deja de ser una medida temporal y revocable; más grave sería que lo excluido en la tierra quedara definitivamente excluido del cielo. Y esto es lo que quiere evitar precisamente la excomunión, que siendo penosa tiene una dimensión medicinal o correctora, quiere evitarle al pecador la definitiva separación de la comunidad de los bienaventurados. No deja de ser medida correctora: separa para hacer recapacitar y evitar la definitiva separación del que se ha puesto en trance de perdición, lo cual sucedería si lo atado en la tierra (la excomunión) quedara definitivamente atado en el cielo (condenación); pero lo que ha sido atado con la excomunión, puede ser desatado con el perdón y la reconciliación. La misma Iglesia que tiene el poder de atar tiene también el de desatar.

La eficacia de nuestra corrección se manifestará en sus frutos. Si da como fruto la serenidad, la confianza, el deseo de mejorar y de superarse, habrá sido afortunada; de lo contrario, habrá sido fallida. Con todo, siempre será una práctica aconsejable, de modo que su olvido puede revelar o ser claro síntoma de cobardía, de irresponsabilidad, de indiferencia o de comodidad.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Lumen Gentium – Documentos Concilio Vaticano II

Sentido de la fe y de los carismas en el Pueblo de Dios

12. El Pueblo santo de Dios participa también de la función profética de Cristo, difundiendo su testimonio vivo sobre todo con la vida de fe y caridad y ofreciendo a Dios el sacrificio de alabanza, que es fruto de los labios que confiesan su nombre (cf. Hb 13. 15). La totalidad de los fieles, que tienen la unción del Santo (cf. 1Jn 2, 20 y 27), no puede equivocarse cuando cree, y esta prerrogativa peculiar suya la manifiesta mediante el sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo cuando «desde los Obispos hasta los últimos fieles laicos» presta su consentimiento universal en las cosas de fe y costumbres. Con este sentido de la fe, que el Espíritu de verdad suscita y mantiene, el Pueblo de Dios más profundamente en ella con juicio certero y le da más plena aplicación en la vida, guiado en todo por el sagrado Magisterio, sometiéndose al cual no acepta ya una palabra de hombres, sino la verdadera palabra de Dios (cf. 1 Ts 2, 13).

Además, el mismo Espíritu Santo no sólo santifica y dirige el Pueblo de Dios mediante los sacramentos y los misterios y le adorna con virtudes, sino que también distribuye gracias especiales entre los fieles de cualquier condición, distribuyendo a cada uno según quiere (1Co 12, 11) sus dones, con los que les hace aptos y prontos para ejercer las diversas obras y deberes que sean útiles para la renovación y la mayor edificación de la Iglesia, según aquellas palabras: «A cada uno… se le otorga la manifestación del Espíritu para común utilidad» (1Co 12, 7). Estos carismas, tanto los extraordinarios como los más comunes y difundidos, deben ser recibidos con gratitud y consuelo, porque son muy adecuados y útiles a las necesidades de la Iglesia. Los dones extraordinarios no deben pedirse temerariamente ni hay que esperar de ellos con presunción los frutos del trabajo apostólico. Y, además, el juicio de su autenticidad y de su ejercicio razonable pertenece a quienes tienen la autoridad en la Iglesia, a los cuales compete ante todo no sofocar el Espíritu, sino probarlo todo y retener lo que es bueno (cf. 1Ts 5, 12 y 19-21).

Comentario Domingo XX de Tiempo Ordinario

Oración preparatoria

Señor, ¡ten piedad de mí! Perdona mi falta de fe, mi incomprensión e insensibilidad hacia los signos de la llegada de tu Reino. Perdóname por las ocasiones en que no he sido capaz de echar una mano, de “curar” a los necesitados, de dar “pan” a los “hambrientos”, ni “migajas” a los que están a mi lado. Aumenta mi fe, Señor. En medio de las dificultades, que te busque sólo a Ti, Señor. En medio de los sufrimientos, que anhele sólo tu presencia. En medio de mis debilidades y limitaciones, que seas mi fuerza, mi luz y mi consuelo. Te lo ofrezco todo, Señor. Crea en mí un corazón nuevo para que pueda realizar tus obras con mis manos sucias e impuras, con mi persona, frágil como el barro, pero llena del amor y el gozo que vienen de tu infinita misericordia. AMÉN.

 

Mt 15, 21-28

«21Y saliendo de allí, Jesús se retiró a la región de Tiro y Sidón.

22Y he aquí que una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, gritó diciendo: ‘Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David; mi hija está malamente endemoniada’. 23Pero él no le respondió palabra.

Y acercándose sus discípulos le rogaron diciendo: ‘Atiéndela, que viene detrás de nosotros gritando’. 24Pero él, respondiendo, dijo: ‘No me han enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel’.

25Pero ella, alcanzándolos, se postró ante él diciendo: ‘Señor, socórreme’. 26Pero él, respondiendo, dijo: ‘No está bien echar a los perritos el pan de los hijos’.

27Pero ella dijo: ‘Sí, Señor; pero también los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus señores’. 28Entonces Jesús le dijo: ‘Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se te haga como quieres’. Y en aquella hora, fue curada su hija».

PALABRA DE DIOS

 

CONTEXTO

Hermosísimo evangelio el de hoy, que nos invita a contemplar la escena sin perder detalle. La firme resolución de la mujer cananea “hace cambiar” la misión al propio Jesús, que se ve impelido a actuar también a la gente pagana. En cierto sentido, este evangelio es el contrapunto al evangelio del domingo pasado: la mujer grita aquí como los discípulos lo hicieron entonces; la mujer se postra ante Jesús como lo hicieron los discípulos en la barca; la mujer le pide a Jesús: “Señor, socórreme”, como antes Pedro había pedido: “Señor, sálvame”; pero la poca fe de Pedro es ahora “una gran fe” de la mujer sirofenicia, y el reconocimiento que los discípulos hacen de Jesús al final de aquel relato, es ahora el reconocimiento que Jesús hace de la fe de la mujer. Antes de esta escena impresionante, hemos visto cómo Jesús se enfrenta a los fariseos desenmascarando sus estrategias religiosas (15,1-20). Después, otro relato de curaciones (igual que ocurría tras la tempestad calmada) (15,29-31) y la segunda multiplicación de panes (15,32-39).

 

TEXTO

Un primer versículo que introduce la situación (v. 21) da paso a las dos partes del evangelio. En la primera parte (vv. 22-24) podemos distinguir dos momentos: la petición de la mujer cananea y el silencio de Jesús (vv. 22-23a); el ruego de los discípulos y la respuesta negativa de Jesús (vv. 23b-24). En la segunda parte (vv. 25-28) también hay dos momentos: una nueva solicitud de la mujer y la respuesta negativa de Jesús (vv. 25-26); la insistencia sagaz de la mujer y la respuesta positiva de Jesús con el resultado de la sanación de la hija (vv. 27-28). Jesús pasa, pues, del silencio a la respuesta positiva, pasando por dos respuestas negativas.

Ese cambio se debe a la insistencia de la mujer y a la gran fe que deposita en Jesús (3 veces le llama “Señor”, término de confesión de fe en Mateo y número definitivo o superlativo para los judíos).

 

ELEMENTOS A DESTACAR

• Este evangelio necesita una profunda contemplación: admirar la postura de una mujer madre que insiste e insiste, además inteligentemente, para conseguir de Jesús la sanación de su hija; sorprendernos de la postura “remolona” de Jesús, que tarda en atender a la mujer (una estrategia narrativa de Mateo para enseñarnos cómo debe ser nuestra fe); extrañarnos de una inusual dureza en las palabras de Jesús (el evangelista pone el diminutivo de “perro” en el refrán usado por Jesús). Es un texto precioso para calibrar nuestra confianza en Jesús.

• Frente a la “poca fe” de Pedro el domingo anterior, hoy una mujer pagana (no judía) deja sorprendido a Jesús por su “gran fe”. No podemos “dormirnos en los laureles” por el hecho de ser cristianos, ni podemos despreciar a quienes no lo son. El evangelio nos presenta la “sorpresa” de la mujer sirofenicia, que confía ciegamente en Jesús, en contraposición a los discípulos y Pedro en el episodio de la tempestad calmada y, sobre todo, en contraposición a los fariseos y maestros de la Ley (escribas) del relato anterior (15,1-20).

• En el texto hay una cantidad inusual de adversativos (“pero”): aunque resulte cansino en castellano, hemos querido mantenerlos porque indican muy bien la situación del desencuentro entre Jesús y la mujer y los discípulos, y porque se resuelve perfectamente en el “entonces” del v. 28, como si, tras una larga marcha, se llegara a la “meta” final. Puede ayudarnos a pensar en todos los “peros” que ponemos en nuestra relación con Jesús o en nuestro compromiso cristiano.

 

Paso 1 Lectio: ¿Qué dice el texto? Atiende todos los detalles posibles. Imagina la escena. Destaca todos los elementos que llaman la atención o te son muy significativos. Disfruta de la lectura atenta. Toma nota de todo lo que adviertas.

Paso 2 Meditatio: ¿Qué me dice Dios a través del texto? Atiende a tu interior. A las mociones (movimientos) y emociones que sientes. ¿Algún aspecto te parece dirigido por Dios a tu persona, a tu situación, a alguna de tus dimensiones?

Paso 3 Oratio: ¿Qué le dices a Dios gracias a este texto? ¿Qué te mueve a decirle? ¿Peticiones, alabanza, acción de gracias, perdón, ayuda, entusiasmo, compromiso? Habla con Dios…

Paso 4 Actio: ¿A qué te compromete el texto? ¿Qué ha movido la oración en tu interior? ¿Qué enseñanza encuentras? ¿Cómo hacer efectiva esa enseñanza?

Para la catequesis – Domingo XX de Tiempo Ordinario

XX Domingo de Tiempo Ordinario
16 de agosto 2020

Isaías 56, 1. 6-7; Salmo 66, 2-3. 5. 6 y 8; Romanos 11, 13-15. 29-32; Mateo 15, 21-28

Jesús cura la hija de la mujer cananea.

En aquel tiempo, Jesús se retiró a la comarca de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea le salió al encuentro y se puso a gritar: “Señor, hijo de David, ten compasión de mí. Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio”. Jesús no le contestó una sola palabra; pero los discípulos se acercaron y le rogaban: “Atiéndela, porque viene gritando detrás de nosotros”. Él les contestó: “Yo no he sido enviado sino a las ovejas descarriadas de la casa de Israel”. Ella se acercó entonces a Jesús y postrada ante él, le dijo: “¡Señor, ayúdame!” Él le respondió: “No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perritos”. Pero ella replicó: “Es cierto, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de sus amos”. Entonces Jesús le respondió:“Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas”. Y en aquel mismo instante quedó curada su hija.

Reflexión

Una mujer de Caná le ruega a Jesús que cure a su hija. Los cananeos y los judíos se odiaban. Jesús la ignora, pero los discípulos también le ruegan para que ella deje de gritar. ¿Cómo responde Jesús? Jesús primero se niega diciendo que Él vino para las ovejas descarriadas de Israel solamente. Le dice a la mujer que no está bien darle el pan de los hijos a los perritos. ¿Esto suena como algo que Jesús, el Dios de Amor, le diría a alguien? No, Él quiere enseñarnos algo. ¿Qué contesta la mujer? “Es cierto, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de sus amos”. ¿Qué demuestra la mujer con esta respuesta? Demuestra mucha humildad, perseverancia, y fe en Jesús. ¿Qué le contesta Jesús? “Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas” y curó a su hija. ¿Por qué creen que Jesús primero negó curarle la hija tan despectivamente? Jesús quería enseñarle a los apóstoles y a nosotros que lo importante es tener mucha humildad, perseverancia, y fe cuando oramos; y que Él vino para todos no solo por los judíos.

Actividad

En la siguiente página, colorear a Jesús con la mujer cananea. En la otra página leer oración y poner un circulo alrededor de H si refleja una actitud humilde u O si refleja una actitud Orgullosa.

Oración

Jesús, Tu eres mi Dios; Tu todo lo puedes. Ayúdame a crecer en humildad. Ayúdame a crecer en fe. Ayúdame a perseverar en la oración. Amen.

¿Qué me quiere decir hoy Jesús?

Curación de la hija de una canaea – Mateo 15, 21-28

En aquel tiempo Jesús salió y se retiró la país de Tiro y Sidón. Entonces una mujer canaea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: – Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo. El no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle: – Atiéndela, que viene detrás gritando. El les contestó: – Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel. Ella los alcanzó y se postró ante él, y le pidió de rodillas: – Señor, socórreme. El le contestó: – No está bien echar a los perros el pan de los hijos. Pero ella repuso: – Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos. Jesús le respodió: – Mujer, ¡qué grande es tu fe!, que se cumpla lo que deseas. En aquel momento quedó curada su hija.

Explicación

Cuando Jesús fue a la región de Tiro y Sidón, una mujer cananea le pidió que curase a su hija pues tenía un demonio muy malo. Pero Jesús al principio no la hizo caso, ella insistió y Jesús le dijo: – «No está bien que te ayude a ti en vez de hacerlo a los de mi pueblo». y ella le contestó: -¿Pero no podrías darme algo de lo que les sobra a los de tu pueblo? Y Jesús la felicitó por su fe y curó a su hija.

Evangelio dialogado

Te ofrecemos una versión del Evangelio del domingo en forma de diálogo, que puede utilizarse para una lectura dramatizada.

VIGESIMO DOMINGO: TIEMPO ORDINARIO -“A” (Mt. 15, 21-28)

NARRADOR: En aquel tiempo, Jesús se marchó y se retiró al país de Tiro y Sidón.

Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle:

MUJER: Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.

NARRADOR: Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle:

DISCÍPULO1: Maestro, atiéndela, que viene detrás gritando.

DISCÍPULO2: No ves, Señor, con que fuerza te lo pide, está desesperada.

NARRADOR: Él les contestó:

JESÚS: Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.

NARRADOR: Ella los alcanzó y se postró ante él, y le pidió:

MUJER: Señor, socórreme.

JESÚS: No está bien echar a los perros el pan de los hijos.

MUJER: Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos.

NARRADOR: Jesús le respondió:

JESÚS: Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas.

NARRADOR: En aquel momento quedó curada su hija.

Fr. Emilio Díez Ordóñez y Fr. Javier Espinosa Fernández

Comentario al evangelio – Miércoles XIX de Tiempo Ordinario

Vivimos en una sociedad muy polarizada. La lógica del mundo —acusar, condenar, torturar, matar— puede penetrar venenosamente en la comunidad cristiana. La Iglesia necesita desvestirse de la toga de los tribunales y vestirse con el manto del respeto, de la atención, de la escucha, de la caridad y del perdón. Por eso, en el Evangelio de hoy predominan las actitudes del diálogo y del encuentro: “Si tu hermano cometió un error, repréndelo”. Da el primer paso, no te calles en un silencio hostil, busca el diálogo. Alguien puede hacer la siguiente objeción: ¿Y qué me autoriza a intervenir en la vida del otro? ¿La búsqueda de la verdad es suficiente? ¿Eso no me hace sentir superior al otro? ¿Qué criterios tengo para juzgar? La respuesta a todas estas preguntas se encuentra únicamente en esta palabra: “hermano”. Lo que nos permite y nos lleva a dialogar e ir al encuentro del que se equivocó es la fraternidad, no sentirnos poseedores de la verdad o jueces del bien y del mal, sino del deseo de construir la fraternidad.

El diálogo empieza con la menor comunidad: tú y yo, lejos de las instituciones, pero sí en la sinceridad de la vida, del corazón que desea el bien común: “si te hace caso, has ganado a tu hermano”. Es un verbo muy bonito: “ganar al hermano”. Todos ganan cuando la fraternidad se sobrepone a los intereses personales, cuando la corrección fraterna es un modo de vivir con los límites de las relaciones interpersonales.

El Evangelio va más allá: lo que conquistamos en fraternidad aquí en la tierra, llega al cielo: “todo lo que atéis en la tierra quedará atado en los cielos”. El poder de atar y desatar es para todos los creyentes: todos tenemos el poder de crear comunión o separación. Por eso, el poder de perdonar no es solo de Dios o del sacerdote en el sacramento de la confesión, sino de todos los que son capaces de responder con una presencia transformadora y reconciliadora a los conflictos humanos.

La capacidad de perdonar a los enemigos, acoger al prójimo en su necesidad, son cosas divinas, capaces de hacer de nuestra vida una presencia de transfiguración en la vida de los demás. Hacen falta cristianos capaces de transfigurar relaciones rotas por la discordia, la envidia, el egoísmo…

Es muy bonito pensar que todo lo que unimos —personas, afectos, esperanzas— no se perderá. Lo que atamos en esta vida tendrá comunión para siempre. Lo que desatamos también tendrá un eco en la eternidad. Por eso, es mejor que desatemos la sonrisa y la alegría atadas por las preocupaciones de la vida; que desatemos la propia vida de lo que le aprisiona en las situaciones de muerte, pues tendrá resonancia en la eternidad.

El Evangelio termina con una promesa divina: “donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Esta presencia no solamente se da en la oración, sino también en el amor de dos personas, en la complicidad festiva de los amigos, en aquellos que luchan por justicia, en la reconciliación… No importa donde se encuentren, sino que estén reunidos en el nombre de Dios. Así toda la vida puede tener un toque de la presencia divina. Llevemos esta certeza a lo largo de nuestra jornada: si estamos reunidos en el nombre del Señor, Él mismo se hace presencia amorosa en nuestras vidas.

Eguione Nogueira, cmf