Lectura continuada del Evangelio de Marcos

Marcos 14, 61b-65

De nuevo el sumo sacerdote le preguntaba y le dice: “¿Tú eres el Cristo, el hijo del Bendito?”.

62Pero Jesús dijo: “Yo soy, y veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del Poder y viniendo entre las nubes del cielo”. 63Pero el sumo sacerdote, rasgando sus vestiduras, dice: “¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? 64Habéis oído la blasfemia, ¿qué os parece?”.

65Pero todos dictaminaron en su contra que era reo de muerte. Y algunos comenzaron a escupirle y a cubrirle la cara y a golpearlo y a decirle: “Profetiza”. Y los sirvientes lo recibieron a bofetadas.

14, 61b-65: El sumo sacerdote, al percibir el significativo silencio de Jesús, afila más la pregunta: «¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito?» (14,61b). Es uno de los varios casos irónicos en el relato marcano de la Pasión en los que los enemigos de Jesús proclaman involuntariamente auténticas verdades cristológicas que ellos mismos aborrecen.

Jesús no proclama su filiación mesiánica divina, sino que deja a sus enemigos que la anuncien por él. Y que lo hagan así, incluso contra su voluntad, es uno de los signos sutiles en el relato marcano de la Pasión de que Dios sigue todavía controlando todo, y de que su marcha victoriosa continúa a pesar del sometimiento evidente de Jesús al poder de sus enemigos. El pasaje recuerda perícopas anteriores del evangelio en las que los demonios proclaman a gritos la identidad de Jesús (1,24; 3,11; 5,7). De hecho, la formulación de la pregunta del sumo sacerdote es casi idéntica a la aseveración de los demonios en 3,11. Por tanto, el sumo sacerdote queda desenmascarado por su propia pregunta.

Jesús concluye sus palabras con la profecía de que en el eschaton lo verán entronizado a la derecha de Dios y viniendo entre las nubes para ejecutar el juicio (14,62b).

La clave de la condenación de Jesús por el Sanedrín radica en el modo como se identifica implícitamente Jesús con la imagen del Salmo 110 de una figura entronizada al lado de Dios y con la descripción daniélica del Hijo del Hombre que viene para el juicio entre nubes teofánicas de gloria. Estos pasajes son las expresiones bíblicas de la teología real del antiguo Israel, que a veces borraba la línea divisoria entre Dios y el rey, y sobre la cual muchos judíos habían desarrollado reservas, porque la imagen de un ser humano entronizado al lado de Dios parecía infringir la unicidad divina implícita en el primer mandamiento y la Shemá. No es sorprendente, por tanto, que el sumo sacerdote responda a la profecía de Jesús rasgando sus vestiduras (14,63a), una acción prescrita por la Misná cuando se oye una blasfemia. Esta automutilación simbólica es un signo bíblico de tristeza, y ya en 2Re 18,32-19,1 se realiza esta acción en respuesta a una afirmación blasfema que desprecia al Dios de Israel. Además, en el NT mismo, Bernabé y Pablo rasgan sus vestiduras muy consternados cuando el pueblo de Listra los cree dioses y comienza a ofrecerles sacrificios (Hch 14,14-15). En este texto, como en nuestro pasaje, rasgar las vestiduras es una respuesta a la gente que trata de borrar el límite esencial entre Dios y la humanidad.

Para los miembros de la comunidad marcana, sin embargo, la acción del sumo sacerdote es blasfema porque Jesús es el Hijo de Dios. La verdadera blasfemia es no reconocer que las palabras y hechos de Jesús son la actividad salvadora de Dios (cf. 3,29-30; 15,29-30). El pasaje concluye con una descripción de los insultos y abusos físicos (14,65), que pudo haber recordado a algunos lectores de Marcos el texto de Is 50,6 versión griega LXX. Este pasaje habla del siervo justo del Señor que sufre escupitajos y bofetadas. Este maltrato físico va acompañado por burlas, cuando los que atormentan a Jesús le ordenan que profetice, una referencia a su predicción de hace un momento, en la que se había presentado como una figura escatológica poderosa, y probablemente también a la acusación sobre el Templo, por lo que se burlarán de él en 15,29. Sin embargo, para el evangelista y los lectores bíblicamente instruidos, los ecos de los pasajes del siervo sufriente de Isaías 50-53 (el silencio ante los jueces, los escupitajos y bofetadas) podían sugerir que la admisión de estos insultos lograba en realidad la derrota de los jefes de este mundo. Jesús, pues, no está siendo vencido, sino que triunfa en su misma humillación. Así pues, en contra de todas las apariencias, el siervo sufriente está ahora realizando su marcha victoriosa.