Comentario – Domingo XX de Tiempo Ordinario

El Dios creador del Universo, infinitamente compasivo y misericordioso, no puede sino tener compasión de todos, incluso de los ‘en algún tiempo’ extraños o extranjeros, por no formar parte del pueblo elegido. En realidad, para Dios no hay extranjero. Ninguna creatura le puede ser extraña, aunque haya hombres que puedan extrañarse o alejarse de Él. Así lo anunciaba el profeta Isaías: A los extranjeros que se han dado al Señor para servirlo, y perseveran en mi alianza, los traeré a mi monte santo.

Así lo confirma Jesucristo con sus obras, teniendo misericordia de aquella mujer cananea que le suplica hasta el extremo de soportar una gran humillación. Y así lo ratifica san Pablo con su doctrina: Dios nos encerró a todos (judíos y no judíos) en desobediencia, para tener misericordia de todos. Porque todos somos sus criaturas y todos estamos llamados a la salvación. Nadie es, por tanto, por principio, extraño a esta salvación. Nadie es excluido, salvo el que finalmente se quiera excluir. Es cuestión de una voluntad, la humana, que en su limitación actúa con una autonomía que merece el respeto su Creador. Dios salva porque quiere la salvación del hombre, pero no salva sin la voluntad de éste.

El pasaje evangélico ilustra bien esta idea: nadie es extraño a la misericordia divina, aunque a veces ésta se haga esperar; la tardanza en la respuesta no es sino una prueba que permite evaluar y, al mismo tiempo, incrementar la fe y la humildad del creyente. Jesús sale del escenario habitual de su actividad, quizá buscando descanso en un lugar donde podía ser más fácilmente ignorado. De hecho, el evangelista nos dice que se retiró al país de Tiro y Sidón.

Pero ni siquiera en este ‘lugar de retiro’ pasa desapercibido. Una mujer lugareña (cananea) le sale al encuentro, como solía suceder en Palestina, donde tantos enfermos y leprosos se presentaban a él en el momento más inoportuno, implorando su compasión. También esta mujer implora compasión para sí, aunque no es ella la que necesita el remedio, sino su hija, porque la enferma por la que ella implora es su hija. Pero el beneficio de la hija será su propio beneficio. Por eso, pide compasión para sí, pues ella sufre el sufrimiento de su propia hija; y la liberación (= curación) de su hija será su propia liberación.

La primera respuesta de Jesús es la indiferencia. Jesús se muestra aparentemente insensible. Hace como el que no oye. Pero ella insiste en su reclamo, hasta el punto de que sus discípulos, ya molestos, le dicen: Atiéndela, que viene detrás gritando. Y en este preciso momento sí hay respuesta por parte de Jesús, pero una respuesta displicente y excluyente: Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel. Pero ni él está en Israel ni esa mujer que viene detrás, gritando, es israelita. Ella, no obstante, les alcanza y se arrodilla ante él, suplicándole: Señor, socórreme. Y la displicencia de Jesús se hace ahora humillante y ofensiva. Les compara (en plural) con perros (el diminutivo perritos que comparece en la última traducción puede resultar menos ofensivo) que no tienen derecho al pan de los hijos. Y ella acepta el desafío y la humillación: «Está bien, podemos ser perros en relación con los hijos»; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos.

Los perros no tienen derecho al pan de los hijos, pero pueden disfrutar al menos de las migajas que caen de su mesa. ¡Qué alarde de fe y de humildad el de esta mujer! Y Jesús se deja vencer por esta grandeza, la grandeza de una fe que no hubiese sido posible sin humildad: una humildad capaz de superar la prueba de la indiferencia, la displicencia y el desprecio. Porque lo que había hecho Jesús con su actitud es someterla a prueba para darle finalmente el premio que se otorga a los vencedores: que se cumpla lo que deseas.

Su deseo se vio cumplido porque había dado muestras de mucha fe: una fe sostenida en la dificultad gracias a la humildad. Sin esta humildad no hubiese sido capaz de mantener su fe, su confianza en Jesús. Quizá hubiera podido confiar en su poder, pero no en su bondad. Luego a pesar de su afirmación inicial (sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel), no era verdad que Jesús haya venido sólo para los judíos o que la misericordia de Dios se circunscriba a una región o parte de la humanidad, descartando al resto, o a un pueblo respecto del cual todos los demás son extranjeros. No; la misericordia de Dios es universal. También los extraños en otro tiempo podrán incorporarse a la alianza, y acceder al monte santo, y ofrecer sacrificios aceptos a Dios, y formar parte de esa casa (universal) de oración, así llamada por todos los pueblos, puesto que ninguno será excluido de antemano.

Esos eran los gentiles en tiempos de san Pablo, ajenos a la llamada de Dios en otro tiempo, pero ahora obedientes, en cierto modo gracias (o con ocasión de) a la desobediencia de los judíos. Sin embargo, tampoco los judíos que rechazaron a Jesús quedarán encerrados en su obstinación y desobediencia, puesto que los dones y la llamada de Dios son irrevocables. Y Dios seguirá llamando a esos judíos desobedientes para traerlos a la obediencia de la salvación aportada por Cristo. Al final resulta que todos, judíos y gentiles, han vivido tiempos de desobediencia.

En este sentido, ninguno tiene ventaja sobre el otro. Al contrario, Dios hace de la desobediencia el medio para tener misericordia de todos. Pero ésta se hará efectiva en diferentes modos o por diferentes caminos: por el camino de la humillación (el más universal), que suele ir acompañado de sufrimiento, por el camino de la carencia o también de la abundancia (aunque éste sea el más equívoco); acudiendo de inmediato, haciéndose rogar y esperar, por la senda del descalabro del pecado y del perdón que pasa por el arrepentimiento.

En fin, se trata de traer a la obediencia de la fe, casi siempre desde las regiones tenebrosas o penumbrosas de la desobediencia. ¡Ojalá que también nosotros podamos oír de sus labios un día: Qué grande es tu fe!, porque más grande será nuestra recompensa.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística