Vísperas – Martes XX de Tiempo Ordinario

VÍSPERAS

MARTES XX TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Atardece, anochece, el alma cesa
de agitarse en el mundo
como una mariposa sacudida.

La sombra fugitiva ya se esconde.
Un temblor vagabundo
en la penumbra deja su fatiga.

Y rezamos, muy juntos,
hacia dentro de un gozo sostenido,
Señor, por tu profundo
ser insomne que existe y nos cimienta.

Señor, gracias, que es tuyo
el universo aún; y cada hombre
hijo es, aunque errabundo,
al final de la tarde, fatigado,
se marche hacia lo oscuro
de sí mismo; Señor, te damos gracias
por este ocaso último.

Por este rezo súbito. Amén.

SALMO 136: JUNTO A LOS CANALES DE BABILONIA

Ant. Si me olvido de ti, Jerusalén, que se me paralice la mano derecha.

Junto a los canales de Babilonia
nos sentamos a llorar con nostalgia de Sión;
en los cauces de sus orillas
colgábamos nuestras cítaras.

Allí los que nos deportaron
nos invitaban a cantar;
nuestros opresores, a divertirnos:
«Cantadnos un cantar de Sión.»

¡Cómo cantar un cántico del Señor
en tierra extranjera!
Si me olvido de ti, Jerusalén,
que se me paralice la mano derecha;

que se me pegue la lengua al paladar
si no me acuerdo de ti,
si no pongo a Jerusalén
en la cumbre de mis alegrías.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Si me olvido de ti, Jerusalén, que se me paralice la mano derecha.

SALMO 137: ACCIÓN DE GRACIAS

Ant. Te doy gracias, Señor, delante de los ángeles.

Te doy gracias, Señor, de todo corazón;
delante de los ángeles tañeré para ti,
me postraré hacia tu santuario,
daré gracias a tu nombre:

por tu misericordia y tu lealtad,
porque tu promesa supera a tu fama;
cuando te invoqué, me escuchaste,
acreciste el valor en mi alma.

Que te den gracias, Señor, los reyes de la tierra,
al escuchar el oráculo de tu boca;
canten los caminos del Señor,
porque la gloria del Señor es grande.

El Señor es sublime, se fija en el humilde,
y de lejos conoce al soberbio.

Cuando camino entre peligros,
me conservas la vida;
extiendes tu brazo contra la ira de mi enemigo,
y tu derecha me salva.

El Señor completará sus favores conmigo:
Señor, tu misericordia es eterna,
no abandones la obra de tus manos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Te doy gracias, Señor, delante de los ángeles.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: HIMNO DE LOS REDIMIDOS

Ant. Digno es el Cordero degollado de recibir el honor y la gloria.

Eres digno, Señor, Dios nuestro,
de recibir la gloria, el honor y el poder,
porque tú has creado el universo;
porque por tu voluntad lo que no existía fue creado.

Eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos,
porque fuiste degollado
y con tu sangre compraste para Dios
hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación;
y has hecho de ellos para nuestro Dios
un reino de sacerdotes,
y reinan sobre la tierra.

Digno es el Cordero degollado
de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría,
la fuerza, el honor, la gloria, y la alabanza.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Digno es el Cordero degollado de recibir el honor y la gloria.

LECTURA: Col 3, 16

La palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; corregíos mutuamente. Cantad a Dios, dadle gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados.

RESPONSORIO BREVE

R/ Me saciarás de gozo en tu presencia, Señor.
V/ Me saciarás de gozo en tu presencia, Señor.

R/ De alegría perpetua a tu derecha
V/ En tu presencia, Señor.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Me saciarás de gozo en tu presencia, Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Haz con nosotros, Señor, obras grandes, porque eres poderoso, y tu nombre es santo.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Haz con nosotros, Señor, obras grandes, porque eres poderoso, y tu nombre es santo.

PRECES

Invoquemos a Cristo, que da fuerza y poder a su pueblo, diciendo:

Señor, escúchanos.

Cristo, fortaleza nuestra, que nos has llamado a la luz de tu verdad,
— concede a todos tus fieles fidelidad y constancia.

Haz, Señor, que los que gobiernan el mundo lo hagan conforme a tu querer,
— y que sus decisiones vayan encaminadas a la consecución de la paz.

Tú que, con cinco panes, saciaste a la multitud,
— enséñanos a socorrer con nuestros bienes a los hambrientos.

Que los que tienen en su mano los destinos de los pueblos no cuiden sólo del bienestar de su nación,
— sino que piensen también en los otros pueblos.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Cuando vengas aquel día, para que en tus santos se manifieste tu gloria,
— da a nuestros hermanos difuntos la resurrección y la vida feliz.

Todos juntos, en familia, repitamos las palabras que nos enseñó Jesús y oremos al Padre, diciendo:
Padre nuestro…

ORACION

Puestos en oración ante ti, Señor, imploramos tu clemencia y te pedimos que los sentimientos de nuestro corazón concuerden siempre con las palabras de nuestra boca. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Martes XX de Tiempo Ordinario

1) Oración inicial

¡Oh Dios!, que has preparado bienes inefables para los que te aman; infunde tu amor en nuestros corazones, para que, amándote en todo y sobre todas las cosas, consigamos alcanzar tus promesas, que superan todo deseo. Por nuestro Señor.

2) Lectura del Evangelio

Del Evangelio según Mateo 19,23-30
Entonces Jesús dijo a sus discípulos: «Yo os aseguro que un rico difícilmente entrará en el Reino de los Cielos. Os lo repito, es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el Reino de los Cielos.» Al oír esto, los discípulos, llenos de asombro, decían: «Entonces, ¿quién se podrá salvar?» Jesús, mirándolos fijamente, dijo: «Para los hombres eso es imposible, mas para Dios todo es posible.» Entonces Pedro, tomando la palabra, le dijo: «Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué recibiremos, pues?» Jesús les dijo: «Yo os aseguro que vosotros que me habéis seguido, en la regeneración, cuando el Hijo del hombre se siente en su trono de gloria, os sentaréis también vosotros en doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel. Y todo aquel que haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o campos por mi nombre, recibirá el ciento por uno y heredará vida eterna. «Pero muchos primeros serán últimos y muchos últimos, primeros.»

3) Reflexión

• El evangelio de hoy es la continuación inmediata del evangelio de ayer. Trae el comentario de Jesús respecto de la reacción negativa del joven rico.
• Mateo 19,23-24: El camello y el ojo de la aguja. Después de que el joven se fuera, Jesús comenta la decisión de aquel y dice: «Yo os aseguro que un rico difícilmente entrará en el Reino de los Cielos. Os lo repito, es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el Reino de los Cielos.». Dos observaciones respecto de esta afirmación de Jesús: 1) El proverbio del camello y del ojo de la aguja se usaba para decir que una cosa era imposible, humanamente hablando. 2) La expresión “que un rico entre en el Reino” no se trata, en primer lugar de la entrada en el cielo, después de la muerte, sino de la entrada en la comunidad alrededor de Jesús. Y hasta hoy es así. Los ricos difícilmente entran y se sienten en casa en las comunidades que tratan de vivir el evangelio según las exigencias de Jesús y que tratan de abrirse a los pobres, a los migrantes y a los excluidos de la sociedad.
• Mateo 19,25-26: El espanto de los discípulos. El joven había observado los mandamientos, pero sin entender el porqué de la observancia. Algo semejante estaba aconteciendo entre los discípulos. Cuando Jesús los llamó, hicieron exactamente lo que Jesús había pedido al joven: lo dejaron todo y se fueron detrás de Jesús (Mt 4,20.22). Y sin embargo se quedaron espantados con la afirmación de Jesús sobre la casi imposibilidad que un rico tiene de entrar en el Reino de Dios. Señal de que no habían entendido bien la respuesta de Jesús al joven rico: “¡Va vende todo, dalo a los pobres y ven y sígueme!” Pues, si lo hubiesen entendido, no se hubieran quedado extrañados ante la exigencia de Jesús. Cuando la riqueza o el deseo de riqueza ocupa el corazón y la mirada no consigue percibir el sentido de la vida y del evangelio. ¡Sólo Dios puede ayudar! » Para los hombres eso es imposible, mas para Dios todo es posible.»
• Mateo 19,27: La pregunta de Pedro. El trasfondo de la incomprensión de los discípulos despunta en la pregunta de Pedro: “Ya ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. ¿Qué recibiremos, pues?” A pesar de la generosidad tan bonita del abandono de todo, mantenían la anterior mentalidad. Abandonaron todo para recibir algo en cambio. No habían entendido aún el sentido del servicio y de la gratuidad.
• Mateo 19,28-30: La respuesta de Jesús: «Yo os aseguro que vosotros que me habéis seguido, en la regeneración, cuando el Hijo del hombre se siente en su trono de gloria, os sentaréis también vosotros en doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel. Y todo aquel que haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o campos por mi nombre, recibirá el ciento por uno y heredará vida eterna. Pero muchos primeros serán últimos y muchos últimos, primeros.». En esta respuesta, Jesús describe el nuevo mundo, cuyos fundamentos estaban siendo lanzados por su labor y la de sus discípulos. Jesús acentúa tres puntos importantes: (a) Los discípulos se van a sentar en los doce tronos junto con Jesús para juzgar a las tribus de Israel (cf. Apc 4,4). (b) Van a recibir en cambio muchas veces aquello que habían abandonado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos, campos y tendrán en herencia la vida eterna garantizada. (c) El mundo futuro será el contrario del mundo actual. En él los últimos serán los primeros y los primeros serán los últimos. La comunidad alrededor de Jesús es semilla y muestra de este mundo nuevo. Hasta hoy las pequeñas comunidades de los pobres siguen siendo semilla y muestra del Reino.
• Cada vez que, en la historia de la Biblia, surge un movimiento para renovar la Alianza, el movimiento comienza con reestablecer los derechos de los pobres, de los excluidos. Sin ello, ¡la Alianza no se rehace! Así hacían los profetas, así hace Jesús. Denuncia el sistema antiguo que, en nombre de Dios, excluía a los pobres. Jesús anuncia un nuevo comienzo que, en nombre de Dios, acoge a los excluidos. Este es el sentido y el motivo de la inserción y de la misión de la comunidad de Jesús en medio de los pobres. Saca su raíz e inaugura la nueva Alianza.

4) Para la reflexión personal

• Abandonar casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos, campos por causa del nombre de Jesús. ¿Cómo acontece esto en tu vida¿ ¿Qué has recibido en cambio?
• Hoy, la mayoría de los países pobres no son de religión cristiana, mientras que sí lo son la mayoría de los países ricos. ¿Cómo se aplica hoy el proverbio del camello que no pasa por el ojo de una aguja?

5) Oración final

Aunque fuese por valle tenebroso,
ningún mal temería,
pues tú vienes conmigo;
tu vara y tu cayado me sosiegan. (Sal 23,4)

La Vida de Jesús – Fco. Fernández-Carvajal

9.- CURACIÓN DE UN LEPROSO

Mt 8, 1-4; Mc 1, 40-45; Lc 5, 12-16

Se encontraba Jesús en una ciudad cercana al lago, en un momento en el que va y viene por aquella región de Galilea. En uno de estos viajes se le acercó un leproso y se postró en tierra ante Él. Aunque san Lucas nos habla de una ciudad, lo más probable es que estuviera en las afueras, pues los leprosos se debían mantener alejados de la gente por temor al contagio.

La lepra en aquel tiempo era incurable, y se pensaba que era muy contagiosa (y quizá lo era, dadas las condiciones higiénicas en que muchas veces se vivía). Los miembros del enfermo eran invadidos sin remedio por el mal, entre grandes padecimientos. Muchas veces su vida era una lenta agonía. Quedaban socialmente aislados, por el miedo al contagio, y se les apartaba además de los lugares habitados cuando se les declaraba legalmente impuros. Se les obligaba a llevar la cabeza desnuda y los vestidos desgarrados, y cuando iban a pasar por un camino habían de advertirlo desde lejos. Hasta los mismos familiares huían de ellos. Estos enfermos habían visto muchas veces el horror y el miedo en el rostro de quien se les había acercado. Aquel mal –se pensaba– era un castigo por los pecados. Su situación no podía ser más extrema y desesperanzada.

Este hombre tenía la enfermedad ya muy avanzada: estaba cubierto de lepra, indica san Lucas. Es muy posible que hubiera oído hablar de Jesús y lo estuviera buscando.

El enfermo se postró ante Jesús, le miró, le enseñó cómo iba avanzando incontenible su dolencia. Solo le dijo: Señor, si quieres, puedes limpiarme. Solo eso.

Si quieres, puedes…

Esta es toda su oración. En ella se manifiesta la fe: puedes. Parece un eco del salmo:

El Señor hace cuanto quiere en los cielos, en la tierra y en el mar y en todos los abismos (Sal 134, 6). De la voluntad del Señor depende todo. En Él ha puesto su confianza. Casi ni llega a pedir. Muestra su desgracia. Los motivos son los mismos de siempre: la bondad de Dios y su poder.

Los tres evangelistas nos han dejado el mismo gesto del Señor: Jesús le tocó. Podía haberlo curado a distancia, como en otras ocasiones, pero quiso tocar su carne enferma. Esto era bastante insólito. Muchos habían huido de él con horror. El leproso había visto a tantos que se separaban de él con repugnancia y con miedo. Jesús no se separa, como habían hecho otros; le mira, por el contrario, con afecto, con expresión amable, compasiva. Luego, extendió su mano y le tocó. Quizá quiera decir el texto: lo abrazó, o lo levantó con las manos, pues el leproso estaba postrado a sus pies. ¡Cómo agradecería el enfermo aquel gesto! Y enseguida dijo: Quiero, queda limpio. Apenas había pronunciado aquellas palabras cambió toda su vida: al instante desapareció de él la lepra.

Su propia enfermedad fue la ocasión para acercarse a Cristo. Nunca lo olvidaría. Quizá dio gracias por ella.

El Señor le pidió que no lo dijese a nadie, pero ¡cómo iba a poder callar! ¡Le sale a borbotones la alegría y el deseo de comunicarlo a todo el mundo!

Después de haberle curado le envió al sacerdote, para que certificara su curación y pudiera integrarse a la vida normal. También le mandó que llevara la ofrenda por la curación prescrita por Moisés para estos casos, sumamente raros.

Este milagro debió de conmover hondamente a las gentes y ser objeto constante de la primitiva catequesis. Así se deduce de los detalles con los que los tres evangelios sinópticos nos lo han transmitido[1].


[1] Los Santos Padres vieron en la lepra la imagen del pecado por su fealdad y repugnancia, por la separación de los demás que ocasiona… Con todo, el pecado, aun el venial, es incomparablemente peor que la lepra por su fealdad, por su repugnancia y por sus trágicos efectos en esta vida y en la otra. «Si tuviésemos fe y si viésemos un alma en estado de pecado mortal, nos moriríamos de terror», solía decir el Santo Cura de Ars.

Comentario – Martes XX de Tiempo Ordinario

La experiencia de aquel encuentro le sirvió a Jesús para extraer una enseñanza moral muy útil para sus discípulos: Creedme; difícilmente entrará un rico en el Reino de los cielos. Y añade: Lo repito: Más fácil le es a un camello entrar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el Reino de los cielos. La comparación les sorprende todavía más, y provoca su espanto, y comentan: Entonces, ¿quién puede salvarse?

El interrogante es pertinente: si la dificultad es ésta, la que encuentra un camello para pasar por el ojo de una aguja, ¿quién puede entonces salvarse o entrar en el reino de los cielos?, ¿y sobre todo, qué rico podrá salvarse?, ¿quizá el no ponga su confianza en el dinero?; pero ¿es posible ser rico, tener dinero, y no poner la confianza en él? Quizá esto sea imposible para los hombres, pero no para Dios; Dios lo puede todo; Dios puede hacer que un rico deje de poner su confianza en el dinero. Basta con hacerle pasar por una experiencia de ruina, de crisis o de enfermedad mortal para hacerle tomar conciencia de que en semejantes circunstancias el dinero no sirve para nada o para casi nada –quizá para unos cuidados paliativos o poco más-.

Pero nos podemos hacer todavía una pregunta: ¿Por qué esta incompatibilidad entre el dinero, o la confianza en él, y el reino de Dios? Probablemente porque tras el afán por el dinero hay una idolatría que resulta incompatible con el verdadero culto a Dios. Es eso que dice Jesús en otro pasaje del evangelio: No podéis servir a Dios y al dinero.

Y es que el dinero se convierte fácilmente en un pequeño reyezuelo, un amo que reclama servicio, atención, culto y adoración. Deja de ser un medio de adquisición de ciertos productos más o menos indispensables para la vida para convertirse en un ídolo que absorbe todas nuestras energías y por el que uno arriesga y sacrifica aspectos muy importantes de la vida como la amistad, la armonía familiar, la paz social, la estabilidad personal. Sucede con frecuencia que el que pone su confianza en el dinero deja de ponerla en los demás; más aún, deja de ponerla en Dios.

Y este es el gran peligro del dinero: que somete a esclavitud, que despierta la codicia generando una espiral de efectos imprevisibles, porque nunca se ve saciada, que nos aparta de Dios provocando la engañosa imaginación de que nos aporta una base más segura (para la vida) que la del mismo Dios. La dificultad que Jesús ve en el dinero está en su poder encadenante, en su capacidad para atar, hasta el punto de encadenar nuestra voluntad, de no dejarnos libertad para actuar conforme al dictado de nuestra recta conciencia. Esto es lo que le sucedió a aquel joven rico: sus posesiones le tenían tan aprisionado que le impedían seguir a Jesús, cuando éste parecía ser su verdadero deseo.

Es en este preciso instante en el que Pedro reacciona y le dice: Pues nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué nos va a tocar? Si el joven rico no había sido capaz de romper el lazo que le tenía atado a sus riquezas, ellos, en cambio, habían dejado casa, trabajo, familia y posesiones por seguir a Jesús. Su asiento en el mundo no había sido tan fuerte como para retenerles ante la llamada del Maestro. Realmente habían dejado muchas cosas (todo, dice Pedro) por embarcarse en esta aventura de final incierto con este singular Maestro que había ejercido sobre ellos una atracción irresistible.

Jesús valora su actitud y les hace saber que no quedará sin recompensa: Creedme, cuando llegue la renovación, y el Hijo del hombre se siente en el trono de la gloria, también vosotros, los que me habéis seguido, os sentaréis en doce tronos para regir a las doce tribus de IsraelEl que por mí deja casa, hermanos o hermanas, madre o padre, hijos o tierras, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna.

El seguimiento del Hijo del hombre lleva aneja una promesa de participación en su propio destino glorioso. Sus apóstoles podrán compartir con él trono y regencia, pero no en un marco terreno, sino celeste. No obstante, la recompensa prometida incrementa ya «en este tiempo» las posesiones dejadas «cien veces más»; no hay que esperar, por tanto, a la vida futura para obtener la recompensa con la que Dios premia a sus seguidores o a esos que han dejado tantas cosas ‘valiosas’ por Jesús y por el Evangelio, que es la causa de Jesús; porque las cosas (y personas) que se dejan, no se dejan por desprecio (o baja estima) hacia ellas, sino por el aprecio que les merece la persona y la causa de Jesús.

Pues bien, Jesús promete recompensarles con más –cien veces más– casas, hermanos, padres, hijos y tierras estando aún en esta vida y tiempo; porque, llegada la edad futura, recibirán no mil veces más, sino un premio que no tiene equivalencia con nada de este mundo, recibirán vida eterna.

En el tiempo presente sólo cabe multiplicar las posesiones y los afectos, pero la recompensa futura no es siquiera una multiplicación de las cosas dejadas, sino un bien de rango infinitamente superior, un bien de carácter intemporal: la vida eterna, que, en cuanto eterna, no es comparable con ningún estado temporal. La promesa de Jesús para los que han dejado cosas –realmente valiosas- por él habla a las claras de la generosidad de Dios que paga con creces la siempre limitada generosidad humana. A Dios, fuente suprema de toda bondad, no podemos ganarle en generosidad. La misma generosidad que hallamos en nosotros procede de Él, que nos ha creado así, con capacidad para amar y para gozarnos en el amor con que nos donamos.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Lumen Gentium – Documentos Concilio Vaticano II

CAPÍTULO III

DE LA CONSTITUCIÓN JERÁRQUICA DE LA IGLESIA Y EN PARTICULAR SOBRE EL EPISCOPADO

Proemio

18. En orden a apacentar el Pueblo de Dios y acrecentarlo siempre, Cristo Señor instituyó en su Iglesia diversos ministerios ordenados al bien de todo el Cuerpo. Porque los ministros que poseen la sagrada potestad están al servicio de sus hermanos, a fin de que todos cuantos son miembros del Pueblo de Dios y gozan, por tanto, de la verdadera dignidad cristiana, tiendan todos libre y ordenadamente a un mismo fin y lleguen a la salvación. Este santo Concilio, siguiendo las huellas del Vaticano I, enseña y declara a una con él que Jesucristo, eterno Pastor, edificó la santa Iglesia enviando a sus Apóstoles como Él mismo había sido enviado por el Padre (cf. Jn 20, 21), y quiso que los sucesores de éstos, los Obispos, hasta la consumación de los siglos, fuesen los pastores en su Iglesia. pero para que episcopado mismo fuese uno solo e indiviso, estableció al frente de los demás apóstoles al bienaventurado Pedro, y puso en él el principio visible y perpetuo fundamental de la unidad de la fe y de comunión. Esta doctrina de la institución perpetuidad, fuerza y razón de ser del sacro Primado del Romano Pontífice y de su magisterio infalible, el santo Concilio la propone nuevamente como objeto firme de fe a todos los fieles y, prosiguiendo dentro de la misma línea, se propone, ante la faz de todos, profesar y declarar la doctrina acerca de los Obispos, sucesores de los apóstoles, los cuales junto con el sucesor de Pedro, Vicario de Cristo y Cabeza visible de toda la Iglesia, rigen la casa de Dios vivo.

Recursos – Ofertorio Domingo XXI de Tiempo Ordinario

PRESENTACIÓN DE UN CAYADO O UN BASTÓN

(Esta ofrenda la puede hacer el mismo Presidente o quien dirige el Consejo Pastoral)

ORACIÓN – EXPLICACIÓN: Señor, yo te traigo hoy este bastón. Es el símbolo de la autoridad. Con él te quiero ofrecer mi disponibilidad de servicio, porque, como discípulo del Buen Pastor, sé que la única autoridad existente en tu familia es la del servicio incondicional. Dame fuerzas para crecer en mi capacidad de entrega. En nombre del resto de la comunidad, te ofrezco también su disponibilidad de servicio, pues bien sabemos que somos pastores unos de otros; trenza entre todos nosotros y nosotras esa red del amor y la caridad.

PRESENTACIÓN DE UN RACIMO DE UVAS

(Hace esta ofrenda un padre, al que acompaña toda la familia)

ORACIÓN – EXPLICACIÓN: Señor, yo te ofrezco hoy este racimo de uvas, que bien puede simbolizar nuestra familia y todas las familias de la tierra. Y es que un débil tronco común soporta las uvas individuales y diferentes, como en nuestra familia vivimos personas distintas, con roles distintos, pero en orden a la construcción de la unidad. Señor, al ofrecerte hoy nuestro deseo, danos Tú tu gracia para poderlo hacer realidad.

PRESENTACIÓN DE UNA PIEDRA

(Sin exagerar en el tamaño, sí que debiera verse que es un material de construcción. Debe hacer la ofrenda alguien de la comunidad que esté relacionado con esa actividad humana)

ORACIÓN – EXPLICACIÓN: Señor, por mi trabajo sé bien lo que te traigo y para lo que sirve. Es una piedra, y la usamos para construir con solidez. Como ella, tu Hijo Jesucristo es clave para nuestra comunidad y para la Iglesia. Gracias a Él se sostiene todo el edificio y en él encuentra su sentido.

Al hacerte hoy esta ofrenda, quiero, en nombre de toda la comunidad, ofrecerte nuestro edificio espiritual, el Cuerpo de tu Hijo que se «encarna» en nuestra parroquia (comunidad). Y con ella, va nuestro compromiso de ser testigos de tu Hijo resucitado en medio de este mundo. Nuestra experiencia de unidad entre nosotros y nosotras y de servicio al mundo quiere ser nuestro ofrecimiento.

PRESENTACIÓN DE UNA BUENA NOTICIA

(Debe haberse recogido en los últimos días de la prensa o los medios de comunicación social. La lee una de las personas adultas de la comunidad)

ORACIÓN – EXPLICACIÓN: Por mi parte, Señor, te traigo esta buena noticia reciente. Mira, Señor, los hombres y las mujeres no sólo somos capaces de hacer el mal. También, y por tu gracia, hacemos cosas positivas como ésa. Señor, que no sea una excepción; que nos empeñemos en realizarlas continuamente, porque sólo así es como transformaremos este mundo y esta sociedad, y serán un buen campo para la nueva vida de la resurrección.

PRESENTACIÓN DE UNA LÁMPARA ENCENDIDA

(Hace la ofrenda una persona adulta de la comunidad)

ORACIÓN – EXPLICACIÓN: Yo te traigo, Señor, esta candela encendida, símbolo de tu Hijo Resucitado, que reunió en torno a su luz a los primeros cristianos en comunidades vivas. Te ofrecemos, en primer lugar, nuestros deseos de vivir y compartir seriamente en nuestra comunidad y también, en segundo lugar, nuestras ganas de salir de ella para hacerte presente entre los hombres y las mujeres, a través de nuestra palabra y nuestra vida. Para todo ello, danos, Señor, tu gracia y fortaleza.

Oración de los fieles – Domingo XXI de Tiempo Ordinario

Pedro, confirma hoy que Cristo es el Mesías tanto tiempo esperado. Ha sido el Padre quien, por medio del Espíritu, se lo ha revelado. También nosotros le pedimos:

QUE NOS GUÍE TU ESPÍRITU, SEÑOR.

1. – Por el Papa, piedra que fundamenta la Iglesia, para que sea la fuerza del Espíritu quien constantemente le sostenga. OREMOS

2. – Por los gobernantes de todos los países de la tierra, para que se dejen guiar por la misericordia de Dios. OREMOS

3. – Por todos aquellos que reconocen a Cristo por vez primera, para que no dejen de ahondar en el misterio que nos trae. OREMOS

4. – Por los padres de familia, para que la fuerza del Espíritu les ayude y sean fundamento y ejemplo para sus hijos. OREMOS

5. – Por todos los que sufren y los necesitados, para que sean escuchados en su súplica. OREMOS

6. – Por todos los que hoy nos reunimos ante tu mesa, haz que, reconociéndote como Mesías, llevemos una vida ejemplar como los primeros apóstoles. OREMOS

Padre, escucha nuestra oración y haz que tu Espíritu reparta sus siete dones sobre la tierra para que prosperemos en Paz y armonía. Por Jesucristo nuestro Señor.

Amen.


Oremos con mucha esperanza por nosotros y por todos los hombres. Dirijamos nuestra oración a Dios Padre. Y respondamos:

ESPERAMOS TU SALVACIÓN, SEÑOR.

1. Por la Iglesia, por el Papa, los obispos, presbíteros y diáconos y por todos los hombres y mujeres pertenecientes a ella, para que estén unidos en el amor, la esperanza y la entrega. OREMOS.

2.- Por todos los países de la tierra, para que los Gobernantes y los gobernados, se den cuenta que solamente en Dios encontrarán el sosiego y el bienestar. OREMOS.

3.- Para que entendamos que la riqueza de la tierra es de todos y la repartamos con más justicia y más caridad. OREMOS.

4.- Por todos los que están enfermos, solos, despreciados, para que encuentren fuerza y esperanza en Dios y consuelo a partir de nosotros y de nuestras buenas obras. OREMOS.

5.- Para que Dios –Padre, Hijo y Espíritu Santo– sea conocido y amado en todo el mundo. OREMOS.

6.- Por nosotros presentes en esta Eucaristía (cada uno expresa en silencio su petición), en especial por aquel que más urgencia tenga en ser atendido. OREMOS.

Ven, Dios Padre, renuévanos, condúcenos a tu Reino, donde habita la paz, la justicia, la generosidad, la verdad y el amor. Te lo pedimos por tu Hijo Jesucristo que contigo vive y reina, en unidad del Espíritu Santo, por los siglos de los siglos.

Amén.

Comentario al evangelio – Martes XX de Tiempo Ordinario

En los capítulos 25–32, la segunda parte del Libro de Ezequiel, encontramos una colección de oráculos contra los pueblos vecinos de Israel que adoran otros dioses. Esos pueblos mostraban sentimientos de orgullo frente a Dios y representaban una constante tentación para el pueblo israelita que lo alejaba de Yahvé, su Dios. La lectura litúrgica de hoy contiene los oráculos dirigidos al príncipe de Tiro y a todo su reino, que constituía una gran potencia marina. El juicio es pronunciado con severidad e ironía. Lo que se denuncia es el orgullo desmesurado hasta el punto de usurpar el puesto de Dios.

El príncipe de Tiro pretende ser una divinidad, pretende dominar no solo las islas, sino incluso el basto mar. Él se exalta sobre todo de su inteligencia, sabiduría y versatilidad en lo diplomático, se enorgullece de su capacidad para enriquecerse. Su autodivinización, a parte de ser una locura, es un grave atentado contra la gloria de Yahvé único Dios, creador y señor del universo. El orgullo, la exaltación, la autodivinización: es en el fondo el pecado que siempre a amenazado al ser humano desde el inicio. Como aparece en el libro del Génesis, el hombre y la mujer que no saben vivir como creaturas y quieren convertirse en Dios.

En el Evangelio vemos que después de que el joven rico se marcho triste, también Jesús en un tono de lamento comenta: «Les aseguro que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos». La imagen elocuente del camello contribuye a dar mayor énfasis a la afirmación. Es comprensible que los discípulos se sorprendieran y quedarán desconcertados. El evangelista coloca un hermoso detalle: «Jesús los quedó mirando», esa mirada de Jesús penetra el corazón de sus discípulos tomando su perplejidad. Han comprendido perfectamente. Seguirle en modo radical es difícil, más aún, imposible con solo las fuerzas humanas, pero no se trata de algo que se alcanza a punta de voluntarismo. El seguimiento de Jesús es una gracia, un don y una tarea. Deben recordar que el sujeto de la vocación recibida no son ellos mismos, sino Dios, para quien no hay «nada imposible».

A este punto, Pedro, con la sinceridad e impulsividad que lo caracteriza, descubre con sorpresa la diferencia entre la situación de ellos y la de aquel joven rico. Ellos han recibido ese don especial, han dejado todo para seguir a Jesús, entonces: «¿qué será de ellos?» (v. 27). El joven rico se fue triste, porque dijo que “no”, pero ¿qué pasa con los que dicen que “sí”? Jesús conociendo la pequeñez del corazón humano y que necesita seguridad y motivaciones, les asegura que la recompensa es grande bien sea en el tiempo, como en la eternidad. De hecho, «Dios es más grande que nuestro corazón» (1 Jn 3,20), no se deja ganar en generosidad, lo poco a lo que hemos renunciado por su amor, vendrá recompensado «cien veces más».

Edgardo Guzmán, cmf.