La Vida de Jesús – Fco. Fernández-Carvajal

9.- CURACIÓN DE UN LEPROSO

Mt 8, 1-4; Mc 1, 40-45; Lc 5, 12-16

Se encontraba Jesús en una ciudad cercana al lago, en un momento en el que va y viene por aquella región de Galilea. En uno de estos viajes se le acercó un leproso y se postró en tierra ante Él. Aunque san Lucas nos habla de una ciudad, lo más probable es que estuviera en las afueras, pues los leprosos se debían mantener alejados de la gente por temor al contagio.

La lepra en aquel tiempo era incurable, y se pensaba que era muy contagiosa (y quizá lo era, dadas las condiciones higiénicas en que muchas veces se vivía). Los miembros del enfermo eran invadidos sin remedio por el mal, entre grandes padecimientos. Muchas veces su vida era una lenta agonía. Quedaban socialmente aislados, por el miedo al contagio, y se les apartaba además de los lugares habitados cuando se les declaraba legalmente impuros. Se les obligaba a llevar la cabeza desnuda y los vestidos desgarrados, y cuando iban a pasar por un camino habían de advertirlo desde lejos. Hasta los mismos familiares huían de ellos. Estos enfermos habían visto muchas veces el horror y el miedo en el rostro de quien se les había acercado. Aquel mal –se pensaba– era un castigo por los pecados. Su situación no podía ser más extrema y desesperanzada.

Este hombre tenía la enfermedad ya muy avanzada: estaba cubierto de lepra, indica san Lucas. Es muy posible que hubiera oído hablar de Jesús y lo estuviera buscando.

El enfermo se postró ante Jesús, le miró, le enseñó cómo iba avanzando incontenible su dolencia. Solo le dijo: Señor, si quieres, puedes limpiarme. Solo eso.

Si quieres, puedes…

Esta es toda su oración. En ella se manifiesta la fe: puedes. Parece un eco del salmo:

El Señor hace cuanto quiere en los cielos, en la tierra y en el mar y en todos los abismos (Sal 134, 6). De la voluntad del Señor depende todo. En Él ha puesto su confianza. Casi ni llega a pedir. Muestra su desgracia. Los motivos son los mismos de siempre: la bondad de Dios y su poder.

Los tres evangelistas nos han dejado el mismo gesto del Señor: Jesús le tocó. Podía haberlo curado a distancia, como en otras ocasiones, pero quiso tocar su carne enferma. Esto era bastante insólito. Muchos habían huido de él con horror. El leproso había visto a tantos que se separaban de él con repugnancia y con miedo. Jesús no se separa, como habían hecho otros; le mira, por el contrario, con afecto, con expresión amable, compasiva. Luego, extendió su mano y le tocó. Quizá quiera decir el texto: lo abrazó, o lo levantó con las manos, pues el leproso estaba postrado a sus pies. ¡Cómo agradecería el enfermo aquel gesto! Y enseguida dijo: Quiero, queda limpio. Apenas había pronunciado aquellas palabras cambió toda su vida: al instante desapareció de él la lepra.

Su propia enfermedad fue la ocasión para acercarse a Cristo. Nunca lo olvidaría. Quizá dio gracias por ella.

El Señor le pidió que no lo dijese a nadie, pero ¡cómo iba a poder callar! ¡Le sale a borbotones la alegría y el deseo de comunicarlo a todo el mundo!

Después de haberle curado le envió al sacerdote, para que certificara su curación y pudiera integrarse a la vida normal. También le mandó que llevara la ofrenda por la curación prescrita por Moisés para estos casos, sumamente raros.

Este milagro debió de conmover hondamente a las gentes y ser objeto constante de la primitiva catequesis. Así se deduce de los detalles con los que los tres evangelios sinópticos nos lo han transmitido[1].


[1] Los Santos Padres vieron en la lepra la imagen del pecado por su fealdad y repugnancia, por la separación de los demás que ocasiona… Con todo, el pecado, aun el venial, es incomparablemente peor que la lepra por su fealdad, por su repugnancia y por sus trágicos efectos en esta vida y en la otra. «Si tuviésemos fe y si viésemos un alma en estado de pecado mortal, nos moriríamos de terror», solía decir el Santo Cura de Ars.