Comentario – Miércoles XX de Tiempo Ordinario

Hablar del Reino de los cielos es siempre hablar de Dios y de su relación con nosotros. Ese propietario de la parábola que al amanecer sale a contratar jornaleros para su viña no puede ser otro que Dios, el Dios del Reino. Él es ese propietario que pide colaboración de sus criaturas y se compromete a pagar: un denario por jornada. Tal es el jornal ajustado previamente. Otros se incorporarán más tarde al trabajo: a media mañana, al mediodía, a media tarde y a la caída de la tarde. Y tras la jornada laboral llega el momento de la paga: Llama a los jornaleros –le dice el dueño al capataz- y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros, es decir, en orden inverso a los méritos contraídos o a las energías derrochadas.

Son precisamente los últimos, los que han trabajado menos en la viña, apenas un tercio de jornada o ni siquiera eso, los primeros en recibir el jornal. Este modo de proceder ya nos confunde y hasta nos parece injusto. ¿Por qué han de ser los primeros en recibir la paga los que se han incorporado más tarde al trabajo? Quizá porque pagando el jornal a los que menos lo merecen porque no han trabajado más que una reducida parte de la jornada, se pone más de manifiesto la bondad del dueño.

Pero este modo de actuar hace surgir de inmediato la protesta de los que no piensan como él y creen haber hecho más méritos que los que han sido recompensados con el jornal (el denario ajustado) de manera tan gratuita. Al recibir ellos también el denario con el que se habían ajustado, se sienten injustamente tratados y protestan: Estos últimos –dicen- han trabajado sólo una hora y los has tratado igual que a nosotros que hemos aguantado el peso del día y del bochorno. A pesar de haber recibido el precio convenido (un denario) se sienten injustamente tratados al compararse con aquellos jornaleros contratados a última hora que, con mucho menos esfuerzo, han conseguido el mismo premio. Se quejan, por tanto, de desigualdad en el trato. Su trabajo no ha sido valorado del mismo modo: unos, trabajando menos, han recibido la misma paga que ellos, que han aguantado el peso de la jornada completa.

Pero atendamos a las razones del propietario: ¿No nos ajustamos en un denario? Si la paga que recibes es lo convenido en el contrato –y eso es justo-, no te hago ninguna injusticiaToma lo tuyo y veteSi a este último quiero darle lo mismo que a ti¿es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿Vas a impedirme tú que yo haga regalos a quienes crea conveniente?

Es la respuesta que merece el que pretende juzgar la conducta de Dios desde sus mezquinos criterios de justicia, sin caer en la cuenta de que sus caminos y planes están en un nivel muy superior a los nuestros. Pero la protesta de aquellos jornaleros no estaba inspirada en motivos de justicia (una justicia alterada que había que restablecer), sino en la envidia: otros, con menor esfuerzo, habían conseguido lo mismo.

La envidia es la causante de muchas de nuestras protestas: No es justo –dice el estudiante- que éste, estudiando menos horas que yo, haya logrado la misma nota; no es justo que este compañero, por ser hijo de padres ricos, tenga más oportunidades que yo en la vida; no es justo que yo tenga que soportar esta enfermedad mientras que mi vecino rebosa de salud; no es justo que éste, que disfrutó de la vida cuanto pudo y se convirtió al final de sus días reciba de Dios la misma recompensa que yo que me he esforzado por serle fiel desde mi infancia; y así sucesivamente. Nuestras protestas se parecen mucho a la de los jornaleros de la viña y a la del hermano mayor de la parábola del hijo pródigo.

El que así habla no ha descubierto aún el amor de Dios en su vida, no se siente hijo del mismo Padre y, por tanto, hermano de aquellos con los que se compara, no cree realmente en la bondad de Dios que se derrama sobre todos los vivientes. El que así protesta ha experimentado el trabajo por el Reino de los cielos, que es colaboración con el mismo Dios, sólo como fatiga y cansancio y no como gozosa y gratificante labor en beneficio del hombre, y no es capaz de advertir las penalidades y miserias soportadas por los que han vivido alejados del Señor en el vacío, la superficialidad, el libertinaje y la frustración.

Lo que no cuadra con nuestros mezquinos criterios de justicia lo calificamos enseguida de injusto, sin caer en la cuenta de que la justicia de Dios es más alta que la nuestra, tan alta que se confunde con su bondad. El salario con el que Dios se ajusta con nosotros es mucho más de lo que podemos merecer: el ciento por uno y mucho más que eso: la vida eterna. El que paga da también el trabajo, los medios y las fuerzas para trabajar; unos podrán incorporarse antes que otros; unos podrán trabajar más que otros, pero ninguno merece en estricta justicia la recompensa que recibe. No obstante, el hecho de trabajar nos permite conservar la conciencia de haber hecho algún mérito: una cierta dignidad ante el salario recibido. Pero no conviene olvidar nunca que semejante salario es en realidad regalo, gracia; porque hasta nuestros méritos son gracia, dado que de ella dependen.

Si queremos compartir los sentimientos de Cristo Jesús tenemos que alegrarnos con aquellos que son objeto de la bondad benéfica de Dios, sabiendo que también nosotros lo somos, porque la misericordia de Dios alcanza a todos los que colaboran mínimamente con Él.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística