Comentario – Jueves XX de Tiempo Ordinario

Jesús se presenta como el que ha venido a instaurar el Reino de los cielos de parte del Padre. Por eso no es extraño que hable tanto y de tan diversos modos de esta realidad, y que lo haga en parábolas: El Reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. De nuevo el Rey, y al mismo tiempo Padre. Tampoco falta el Hijo. En este reino se celebrarán unos desposorios. Habrá, por tanto, celebración; pero no hay celebración sin celebrantes o invitados. Y no hay celebrantes sin motivos que celebrar. Aquí el motivo es la boda misma. Pero para sentir este motivo como propio hay que compartir la alegría de los contrayentes o del que invita a la boda.

Pues bien, para que los invitados se sientan realmente invitados, se cursarán invitaciones personales que podrán ser aceptadas o rechazadas, o excusadas. La parábola habla de quienes excusan la asistencia porque tienen otros intereses (tierras y negocios) que les tienen ocupados o les sirven de excusa para no asistir. La invitación será rechazada por muchos de los invitados; pero este mismo rechazo les hará indignos del Reino: no se lo merecen porque lo han menospreciado o porque han apreciado más sus tierras y sus negocios. Pero como el banquete preparado no puede quedar vacío de invitados, porque entonces no habría banquete ni celebración, la invitación se hará extensiva a otros muchos: a todos los que encuentren en los cruces de los caminos.

Este carácter «masivo» de la invitación no significa que los invitados puedan presentarse de cualquier manera (sin condiciones) en la boda. Han de ir vestidos con traje de fiesta. Sólo así podrán participar del banquete. De lo contrario, serán expulsados o excluidos, puesto que la celebración requiere de un hábito celebrativo, el hábito de la virtud y la alegría.

En aquellos primeros invitados podemos ver al pueblo de Israel (judíos), cuyo rechazo atrajo la bendición y la salvación para los gentiles, universalizando la llamada a la salvación. Nosotros somos históricamente de esos a quienes se hizo extensiva la invitación a participar de las Bodas del Hijo. Pero ya invitados, y después de haber respondido afirmativamente a la invitación, revistiéndonos de Cristo en nuestro bautismo con ese traje de fiesta que hemos de conservar blanco (en su estado bautismal) para el banquete, también nosotros podemos despreciar o menospreciar el bien que se nos ofrece atraídos por otros bienes que podríamos designar como nuestras tierras y nuestros negocios, o ni siquiera estos, sino nuestras diversiones o pasatiempos.

En cualquier caso, en el rechazo de la invitación siempre hay un menosprecio de lo que Dios nos ofrece (misa, palabra, catequesis, espacios y tiempos para la oración, experiencia del Reino) y un sobreprecio de lo que nosotros nos proporcionamos (bienes materiales, lujos, comodidades, placeres, dinero, etc.). Pero rechazar la invitación divina a celebrar la presencia de su Hijo en medio de nosotros, compartiendo con él su palabra, gustando su perdón, alimentándonos de su Cuerpo, gozándonos con su amistad…, es menospreciar lo que nos llega con él, es despreciar la salvación que nos llega con su palabra, con su perdón, con su amistad, con su vida. Y el que esto hace no podrá decir nunca con el profeta: Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara; celebremos y gocemos con su salvación. Pero ¿cómo poder gozarnos con su salvación si no la celebramos?, ¿y cómo podremos celebrarla si no aceptamos su invitación a participar en esta celebración?

La celebración por excelencia de nuestra fe cristiana es la misa dominical. Por eso es tan importante acoger esta invitación que nos hace Jesús (haced esto en memoria mía) por medio de su Iglesia. Pero también es importante que nos presentemos en el banquete debidamente equipados con el traje de fiesta, que equivale fundamentalmente a nuestra disposición como invitados: disposición para celebrar, para compartir, para comulgar, para escuchar, para responder a los compromisos de la fe o a las consecuencias de nuestra amistad con Jesucristo o de nuestra filiación divina. Sólo esta disposición interior nos preparará para participar definitivamente en el banquete del Reino de los cielos. Sólo revestidos de Cristo, de sus actitudes y sentimientos, podremos compartir con él su vida gloriosa o recibir con él la herencia prometida.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística