Vísperas – San Agustín

VÍSPERAS

SAN AGUSTÍN, Obispo y doctor

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Verbo de Dios, eterna luz divina,
fuente eternal de toda verdad pura,
gloria de Dios que el cosmos ilumina,
antorcha toda luz en noche oscura.

Palabra eternamente pronunciada
en la mente del Padre sin principio,
que en el tiempo a los hombres nos fue dada,
de la Virgen María, hecha Hijo.

Las tinieblas de muerte y de pecado
en que yacía el hombre, así vencido,
su verdad y su luz han disipado,
con su vida y su muerte ha redimido.

No dejéis de brillar, faros divinos,
con destellos de luz que Dios envía,
proclamad la verdad en los caminos
de los hombres y pueblos,
sed su gloria. Amén.

SALMO 40: ORACIÓN DE UN ENFERMO

Ant. Sáname, señor, porque he pecado contra ti.

Dichoso el que cuida del pobre y desvalido;
en el día aciago lo pondrá a salvo el Señor.

El Señor lo guarda y lo conserva en vida,
para que sea dichoso en la tierra,
y no lo entrega a la saña de sus enemigos.

El Señor lo sostendrá en el lecho del dolor,
calmará los dolores de su enfermedad.

Yo dije: «Señor, ten misericordia,
sáname, porque he pecado contra ti.»

Mis enemigos me desean lo peor:
«A ver si se muere, y se acaba su apellido.»

El que viene a verme habla con fingimiento,
disimula su mala intención,
y, cuando sale afuera, la dice.

Mis adversarios se reúnen a murmurar contra mí,
hacen cálculos siniestros:
«Padece un mal sin remedio,
se acostó para no levantarse.»

Incluso mi amigo, de quien yo me fiaba,
que compartía mi pan,
es el primero en traicionarme.

Pero tú, Señor, apiádate de mí,
haz que pueda levantarme,
para que yo les dé su merecido.

En esto conozco que me amas:
en que mi enemigo no triunfa de mí.

A mí, en cambio, me conservas la salud,
me mantienes siempre en tu presencia.

Bendito el Señor, Dios de Israel,
ahora y por siempre. Amén, amén.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Sáname, Señor, porque he pecado contra ti.

SALMO 45: DIOS, REFUGIO Y FORTALEZA DE SU PUEBLO

Ant. El Señor de los ejércitos está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza,
poderoso defensor en el peligro.

Por eso no tememos aunque tiemble la tierra,
y los montes se desplomen en el mar.

Que hiervan y bramen sus olas,
que sacudan a los montes con su furia:

El Señor de los ejércitos está con nosotros,
nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios,
el Altísimo consagra su morada.

Teniendo a Dios en medio, no vacila;
Dios la socorre al despuntar la aurora.

Los pueblos se amotinan, los reyes se rebelan;
pero él lanza su trueno, y se tambalea la tierra.

El Señor de los ejércitos está con nosotros,
nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

Venid a ver las obras del Señor,
las maravillas que hace en la tierra:

Pone fin a la guerra hasta el extremo del orbe,
rompe los arcos, quiebra las lanzas,
prende fuego a los escudos.

«Rendíos, reconoced que yo soy Dios:
más alto que los pueblos, más alto que la tierra.»

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor de los ejércitos está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: HIMNO DE ADORACIÓN

Ant. Vendrán todas las naciones y se postrarán en tu acatamiento, Señor.

Grandes y maravillosas son tus obras,
Señor, Dios omnipotente,
justos y verdaderos tus caminos,
¡oh Rey de los siglos!

¿Quién no temerá, Señor,
y glorificará tu nombre?
Porque tú solo eres santo,
porque vendrán todas las naciones
y se postrarán en tu acatamiento,
porque tus juicios se hicieron manifiestos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Vendrán todas las naciones y se postrarán en tu acatamiento, Señor.

LECTURA: St 3, 17-18

La sabiduría que viene de arriba ante todo es pura y, además, es amante de la paz, comprensiva, dócil, llena de misericordia y buenas obras, constante y sincera. Los que procuran la paz están sembrando la paz, y su fruto es la justicia.

RESPONSORIO BREVE

R/ En la asamblea le da la palabra.
V/ En la asamblea le da la palabra.

R/ Lo llena de espíritu, sabiduría e inteligencia.
V/ Le da la palabra.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ En la asamblea le da la palabra.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. ¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. ¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Me llamaste y clamaste, y quebrantaste mi sordera.

PRECES

Glorifiquemos a Cristo, constituido pontífice a favor de los hombres, en lo que se refiere a Dios, y supliquémosle humildemente diciendo:

            Salva a tu pueblo, Señor.

Tú que, por medio de pastores santos y eximios, has hecho resplandecer de modo admirable a tu Iglesia,
— haz que los cristianos se alegren siempre de ese resplandor.

Tú que, cuando los santos pastores te suplicaban, con Moisés, perdonaste los pecados del pueblo,
— santifica, por su intercesión, a tu Iglesia con  una purificación continua.

Tú que, en medio de los fieles, consagraste a los santos pastores y, por tu Espíritu, los dirigiste,
— llena del Espíritu Santo a todos los que rigen a tu pueblo.

Tú que fuiste el lote y la heredad de los santos pastores,
— no permitas que ninguno de los que fueron adquiridos por tu sangre esté alejado de ti.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que, por medio de los pastores de la Iglesia, das la vida eterna a tus ovejas que para nadie las arrebate de tu mano,
— salva a los difuntos, por quienes entregaste tu vida.

Terminemos nuestra oración con la plegaria que nos enseñó el Señor:
Padre nuestro…

ORACION

Renueva, Señor, en tu Iglesia, el espíritu que infundiste en tu obispo san Agustín, para que, penetrados de ese mismo espíritu, tengamos sed de ti, fuente de la sabiduría, y que te busquemos como el único amor verdadero. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Viernes XXI de Tiempo Ordinario

1) Oración inicial

Ven, Señor, en ayuda de tus hijos; derrama tu bondad inagotable sobre los que te suplican, y renueva y protege la obra de tus manos en favor de los que te alaban como creador y como guía. Por nuestro Señor.

2) Lectura del Evangelio

Del Evangelio según Mateo 25,1-13
«Entonces el Reino de los Cielos será semejante a diez vírgenes, que, con su lámpara en la mano, salieron al encuentro del novio. Cinco de ellas eran necias, y cinco prudentes. Las necias, en efecto, al tomar sus lámparas, no se proveyeron de aceite; las prudentes, en cambio, junto con sus lámparas tomaron aceite en las alcuzas. Como el novio tardara, se adormilaron todas y se durmieron. Mas a media noche se oyó un grito: `¡Ya está aquí el novio! ¡Salid a su encuentro!’ Entonces todas aquellas vírgenes se levantaron y arreglaron sus lámparas. Y las necias dijeron a las prudentes: `Dadnos de vuestro aceite, que nuestras lámparas se apagan.’ Pero las prudentes replicaron: `No, no sea que no alcance para nosotras y para vosotras; es mejor que vayáis donde los vendedores y os lo compréis.’ Mientras iban a comprarlo, llegó el novio, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de boda, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron las otras vírgenes diciendo: `¡Señor, señor, ábrenos!’ Pero él respondió: `En verdad os digo que no os conozco.’ Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora.

3) Reflexión

• Mateo 25,1ª: El comienzo: “Entonces”. La parábola empieza con esta palabra: “Entonces”. Se trata de la venida del Hijo del Hombre (cf Mt 24,37). Nadie sabe cuándo va a venir ese día, “ni los ángeles, ni el hijo mismo, sino que solamente el Padre” (Mt 24, 36). No importa que los adivinos quieran hacer cálculos. El Hijo del Hombre vendrá de sorpresa, cuando la gente menos lo espera (Mt 24,44). Puede ser hoy, puede ser mañana. Por esto, el recado final de la parábola de las diez vírgenes es “¡Vigilad!’ Las diez muchachas deben estar preparadas para cualquier eventualidad. Cuando la policía nazista llamó a la puerta del monasterio de las Carmelitas en Echt en la provincia de Limburgia en los Países Bajos, Edith Stein, la hermana Teresa Benedicta de la Cruz, estaba preparada. Asumió la Cruz y siguió para el martirio en el campo de exterminio por amor a Dios y a su gente. Era una de las vírgenes prudentes de la parábola.

• Mateo 25,1b-4: Las diez vírgenes preparadas para aguardar al novio. La parábola empieza así: “El Reino del Cielo es como diez vírgenes que prepararon sus lámparas y salieron al encuentro del novio”. Se trata de muchachas que debían acompañar al novio para la fiesta de la boda. Para esto, ellas debían llevar consigo las lámparas, sea para iluminar el camino, sea para iluminar la fiesta. Cinco de ellas eran prudentes y cinco eran sin fundamento. Esta diferencia aparece con claridad en la manera en que se preparan para la función que recibirán. Junto con las lámparas encendidas, las previdentes llevaron consigo también una vasija de aceite de reserva. Se preparaban para cualquier eventualidad. Las vírgenes sin fundamento se llevaron sólo las lámparas, sin pensar en llevarse un poco de aceite de reserva.

• Mateo 25,5-7: El retraso no previsto de la llegada del novio. El novio se demora. No había una hora determinada para que llegara. En la espera, el sueño se apodera de las muchachas, sin embargo las lámpara siguen gastando aceite e se van apagando poco a poco. De repente, en medio de la noche, se oye un grito: “¡Ya está aquí el novio! ¡Salid a su encuentro!”. Todas ellas despiertan y empiezan a preparar las lámparas que ya estaban casi al final. Debían de poner el aceite de reserva para evitar que las lámparas se apagaran.

• Mateo 25,8-9: Las diversas reacciones ante la llegada atrasada del novio. Solamente ahora las necias se dan cuenta de que olvidaron llevar consigo el aceite de reserva. Fueron a pedir aceite a las prudentes: “Dadnos de vuestro aceite, que nuestras lámparas se apagan”. Las prudentes no pudieron atender este pedido, pues en aquel momento lo que importaba no era que las prudentes compartieran su aceite con las otras, sino que estuvieran listas para acompañar al novio hasta el lugar de la fiesta. Por esto aconsejan: ‘es mejor que vayáis donde los vendedores y os lo compréis.’

• Mateo 25,10-12: El destino de las vírgenes prudentes y de las necias. Las necias siguen el consejo de las prudentes y van a comprar aceite. Durante esta breve ausencia de la compra llega el novio y las prudentes pueden acompañarlo a la fiesta de las bodas. Y la puerta se cierra detrás de ellas. Cuando llegan las otras, llaman a la puerta y piden: “¡Señor, Señor, abre la puerta para nosotras!” Y reciben la respuesta: “En verdad os digo que no os conozco”.

• Mateo 25,13: La recomendación final de Jesús para todos nosotros. La historia de esta parábola es muy sencilla y la lección es evidente. “Velad, pues, porque no sabéis, ni el día, ni la hora”. Moral de la historia: no seas superficial, mira más allá del momento presente, trata de descubrir el llamado de Dios hasta en las mínimas cosas de la vida, hasta en el aceite que falta en la lámpara.’

4) Para la reflexión personal

• ¿Te ocurrió ya de pensar en el aceite de reserva de tu lámpara?
• ¿Conoces la vida de Santa Edith Stein, Teresa Benedicta de la Cruz?

5) Oración final

Bendeciré en todo tiempo a Yahvé,
sin cesar en mi boca su alabanza;
en Yahvé se gloría mi ser,
¡que lo oigan los humildes y se alegren. (Sal 34,2-3)

Comentario – Viernes XXI de Tiempo Ordinario

Toda adquisición de conocimiento exige una búsqueda. Es lo que los científicos llaman investigación. Pero hay descubrimientos que el investigador descubre casualmente, casi sin pretenderlo, como si la sabiduría saliese al encuentro del que anda buscado.

Pues bien, esto que es propio de todo saber se acentúa aún más tratándose de la sabiduría de la que habla el texto sagrado: no solamente la encuentran los que la buscan; es que se anticipa a darse a conocer a los que la desean, la hallamos sentada a la puerta de nuestra casa, porque forma parte de la tradición en que hemos nacido y crecido. Es la sabiduría que nos ha sido dada con la fe cristiana y en la que en gran medida estamos (como esas “creencias” de las que hablaba Ortega y Gasset). Porque estamos en ella, ella está en nuestros pensamientos, inspirándolos, conformándolos, alargándolos, dándoles un horizonte.

Es la sabiduría que se nos da con Jesús, el Logos de Dios, es decir, el pensamiento-palabra de Dios hecho carne de hombre. Por boca del que es la Sabiduría de Dios no pueden salir sino palabras de sabiduría como la parábola que refiere el evangelio de hoy. Pensar en lo que él nos dice es prudencia consumada. Seamos, pues, prudentes como las doncellas de la parábola, y pensemos. El Reino de los cielos se parecerá a diez doncellas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco sensatas.

Así presenta la parábola a los personajes del relato. Todas las doncellas disponen de lámparas, quizá porque todos disponemos de la luz de la razón, y todas salen a esperar al esposo, quizá porque todos esperamos la llegada de un libertador o de alguien que venga a solucionar nuestros problemas. La diferencia entre las sensatas y las necias es que, mientras las primeras esperan bien provistas de aceite para mantener las lámparas encendidas, las segundas descuidan este particular: el aceite necesario para alimentar las lámparas.

El esposo es el único que hace posible nuestro ingreso en el Reino de los cielos, porque sin él no hay banquete de bodas, y el cielo consiste, entre otras cosas, en estar siempre con el Señor –como indica san Pablo-. Pero el esposo suele tardar en llegar. La espera supone tiempo, ese tiempo durante el cual hay que ocuparse sobre todo en mantener la lámpara encendida. Tratándose de un período de espera, la lámpara a la que aquí se refiere no puede ser otra que la de la esperanza.

Pero esta lámpara se alimenta de la fe. No hay esperanza sin fe. Para esperar al esposo hay que tener fe en su venida. Se trata del esposo que ya vino en carne mortal, pero del que esperamos su vuelta gloriosa. Y sin la lámpara encendida de la fe no se puede reconocer al esposo como Salvador, como Señor, como Esposo. Pero mantener la llama de esta lámpara exige una labor de mantenimiento, porque la espera puede ser larga y las condiciones existenciales poco propicias.

Puede que nos cansemos de alimentar la fe o de practicarla, que es un modo de mantenerla activa, en ejercicio; puede sobrevenirnos el cansancio en nuestro combate contra la incredulidad reinante; podemos relajar la vigilancia frente a sus contradictores o enemigos no declarados o manifiestos; podemos acabar acostumbrándonos a vivir en la oscuridad o en la desesperanza, como tantos contemporáneos nuestros. Y si dejamos de esperar, el esposo no llegará para nosotros, se cerrarán las puertas del banquete y quedaremos fuera, en situación de desconocidos.

Los que se empeñan en no reconocer a Jesús como el Esposo que nos invita a su banquete de bodas, pueden acabar como desconocidos o ignorados de Dios y, por tanto, como excluidos del Reino, puesto que no se abre la puerta a desconocidos. Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora. Cuando sucede esto, cuando no se sabe el día ni la hora, lo sensato es velar, aunque esta vela haya que mantenerla durante un largo espacio de tiempo.

Esta es la lección que se desprende de semejante sabiduría: manteneos vigilantes frente a la tentación del abandono o de la apostasía, con las lámparas de la fe encendidas. Y para ello es muy importante la práctica, el ejercicio de ese músculo que es la fe; pues el órgano que no se usa se atrofia. No hay otro modo de ejercitar la fe que hacer actos de fe. Cada vez que traemos a nuestra conciencia a Dios para pedir su ayuda o protección, para reconocer su grandeza, para darle gracias, para ofrecerle un sacrificio, estamos haciendo un acto de fe. Cada vez que nos mantenemos abiertos a la trascendencia divina y al cumplimiento de sus promesas, cada vez que acogemos su palabra como venida de Él a través de sus mediaciones, estamos haciendo un acto de fe. De este modo se acrecentará nuestra confianza en Él.

Y una última aclaración a propósito de esa actitud de las doncellas sensatas que se niegan a prestarles un poco de su aceite a las necias que ven cómo se les apagan las lámparas sin remisión por falta combustible. La respuesta de las sensatas a la petición de las necias (dadnos un poco de vuestro aceite) puede parecernos muy poco solidaria; al menos así suena su contestación: Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis.

No podemos pensar que en su intención estuviese el deseo de excluir del banquete de bodas a sus compañeras de espera. Tales doncellas, además de sensatas, serían malévolas. Pero tratándose de un asunto tan importante, en el que estaba en juego la felicidad eterna, había que actuar con sensatez; no era sensato desprenderse de un aceite que podía serles necesario para ver al esposo en su venida. Tampoco lo era desplazarse a la tienda en un momento como ése. No obstante, la insensatez ya se había instalado en las necias que no habían previsto la tardanza del esposo y el aceite que habrían de necesitar para mantenerse en vela hasta su venida.

Además, podemos añadir un último argumento: la fe de las personas es intransferible; no se puede prestar como se prestan unos zapatos o un vestido; y el aceite que mantiene viva la llama de la fe es algo que se tiene que procurar cada uno personalmente, aunque lo pueda encontrar con la ayuda de otros en diferentes lugares (=tiendas). La Iglesia nos proporciona esas fuentes en las que nutrir nuestra fe, pero sólo nosotros, acudiendo a ellas personalmente, podemos encontrar sustento para la misma. Nadie puede suplirnos en esta tarea. Nadie puede prestarnos su aceite, y menos su lámpara.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Lumen Gentium – Documentos Concilio Vaticano II

Los presbíteros y sus relaciones con Cristo, con los Obispos, con el presbiterio y con el pueblo cristiano

28. Cristo, a quien el Padre santificó y envió al mundo (cf. Jn 10,36), ha hecho partícipes de su consagración y de su misión, por medio de sus Apóstoles, a los sucesores de éstos, es decir, a los Obispos, los cuales han encomendado legítimamente el oficio de su ministerio, en distinto grado, a diversos sujetos en la Iglesia. Así, el ministerio eclesiástico, de institución divina, es ejercido en diversos órdenes por aquellos que ya desde antiguo vienen llamándose Obispos, presbíteros y diáconos. Los presbíteros, aunque no tienen la cumbre del pontificado y dependen de los Obispos en el ejercicio de su potestad, están, sin embargo, unidos con ellos en el honor del sacerdocio y, en virtud del sacramento del orden, han sido consagrados como verdaderos sacerdotes del Nuevo Testamento, a imagen de Cristo, sumo y eterno Sacerdote (cf. Hb 5,1-10; 7,24; 9,11-28), para predicar el Evangelio y apacentar a los fieles y para celebrar el culto divino. Participando, en el grado propio de su ministerio, del oficio del único Mediador, Cristo (cf. 1 Tm 2,5), anuncian a todos la divina palabra. Pero su oficio sagrado lo ejercen, sobre todo, en el culto o asamblea eucarística, donde, obrando en nombre de Cristo y proclamando su misterio, unen las oraciones de los fieles al sacrificio de su Cabeza y representan y aplican en el sacrificio de la Misa, hasta la venida del Señor (cf. 1 Co 11,26), el único sacrificio del Nuevo Testamento, a saber: el de Cristo, que se ofrece a sí mismo al Padre, una vez por todas, como hostia inmaculada (cf. Hb 9,11-28). Para con los fieles arrepentidos o enfermos desempeñan principalmente el ministerio de la reconciliación y del alivio, y presentan a Dios Padre las necesidades y súplicas de los fieles (cf. Hb 5,1-13). Ejerciendo, en la medida de su autoridad, el oficio de Cristo, Pastor y Cabeza, reúnen la familia de Dios como una fraternidad, animada con espíritu de unidad, y la conducen a Dios Padre por medio de Cristo en el Espíritu. En medio de la grey le adoran en espíritu y en verdad (cf. Jn 4,24). Se afanan, finalmente, en la palabra y en la enseñanza (cf. 1 Tm 5,17), creyendo aquello que leen cuando meditan la ley del Señor, enseñando aquello que creen, imitando lo que enseñan.

Los presbíteros, próvidos cooperadores del Orden episcopal y ayuda e instrumento suyo, llamados para servir al Pueblo de Dios, forman, junto con su Obispo, un solo presbiterio [109], dedicado a diversas ocupaciones. En cada una de las congregaciones locales de fieles representan al Obispo, con el que están confiada y animosamente unidos, y toman sobre sí una parte de la carga y solicitud pastoral y la ejercen en el diario trabajo. Ellos, bajo la autoridad del Obispo, santifican y rigen la porción de la grey del Señor a ellos encomendada, hacen visible en cada lugar a la Iglesia universal y prestan eficaz ayuda en la edificación de todo el Cuerpo de Cristo (cf. Ef 4,12), Preocupados siempre por el bien de los hijos de Dios, procuren cooperar en el trabajo pastoral de toda la diócesis e incluso de toda la Iglesia. Por esta participación en el sacerdocio y en la misión, los presbíteros reconozcan verdaderamente al Obispo como a padre suyo y obedézcanle reverentemente. El Obispo, por su parte, considere a los sacerdotes, sus cooperadores, como hijos y amigos, a la manera en que Cristo a sus discípulos no los llama ya siervos, sino amigos (cf. Jn 15,15). Todos los sacerdotes, tanto diocesanos como religiosos, están, pues, adscritos al Cuerpo episcopal, por razón del orden y del ministerio, y sirven al bien de toda la Iglesia según vocación y gracia de cada cual.

En virtud de la común ordenación sagrada y de la común misión, todos los presbíteros se unen entre sí en íntima fraternidad, que debe manifestarse en espontánea y gustosa ayuda mutua, tanto espiritual como material, tanto pastoral como personal, en las reuniones, en la comunión de vida, de trabajo y de caridad.

Respecto de los fieles, a quienes han engendrado espiritualmente por el bautismo y la doctrina (cf. 1 Co 4,15; 1 P 1,23), tengan la solicitud de padres en Cristo. Haciéndose de buena gana modelos de la grey (cf. 1 P 5,3), gobiernen y sirvan a su comunidad local de tal manera, que ésta merezca ser llamada con el nombre que es gala del único y total Pueblo de Dios, es decir, Iglesia de Dios (cf. 1 Co 1,2; 2 Co 1,1 y passim). Acuérdense de que, con su conducta de cada día y con su solicitud, deben mostrar a los fieles e infieles, a los católicos y no católicos, la imagen del verdadero ministerio sacerdotal y pastoral, y de que están obligados a dar a todos el testimonio de verdad y de vida, y de que, como buenos pastores, han de buscar también a aquellos (cf. Lc 15,4- 7) que, bautizados en la Iglesia católica, abandonaron la práctica de los sacramentos o incluso han perdido la fe.

Como el mundo entero cada día tiende más a la unidad civil, económica y social, conviene tanto más que los sacerdotes, uniendo sus esfuerzos y cuidados bajo la guía de los Obispos y del Sumo Pontífice, eviten toda causa de dispersión, para que todo el género humano venga a la unidad de la familia de Dios.

La misa del domingo

El Evangelista nos ubica espacialmente en la escena que está a punto de narrar: “Al llegar a la región de Cesarea de Filipo”. Se refiere a la ciudad que era la capital de la tetrarquía gobernada en aquella época por Filipo, hijo de Herodes el grande. La ciudad estaba situada a unos cuarenta kilómetros al norte de Cafarnaúm, fuera de Galilea. Originalmente la ciudad se llamaba Paneas, por ser un centro de culto del dios griego Pan. El emperador romano Augusto le concedió el gobierno de la región a Herodes el Grande, rey de Judea, quien en esa ciudad mandó construir un templo dedicado al César Augusto. El así llamado “Templo de Augusto” fue construido con mármol blanco sobre un peñón de roca basáltica, es decir, roca muy sólida y oscura. En la altura de la roca aquel templo dominaba sobre la ciudad y sobre el campo, de modo que la vista de este impresionante templo bien pudo haber servido al Señor Jesús como figura para hablar a sus Apóstoles de “Su Iglesia” que Él iba a construir sobre otra roca: Simón, “Kefas”, “Piedra”, debido a que el Señor se valía de esas imágenes o estampas de la vida cotidiana para hacer sus comparaciones.

Herodes Filipo, hijo de Herodes el Grande, decidió rebautizar esta ciudad luego de embellecerla y engrandecerla con nuevos edificios. De Paneas pasó a llamarse Cesarea, en honor al César, el emperador romano. En la época de Jesús se la conocía como Cesarea de Filipo para distinguirla de Cesarea marítima, puerto ubicado en la costa de Palestina.

Así pues, al llegar a la región de Cesarea de Filipo el Señor inicia el diálogo que va a dar pie al acto fundacional de Su Iglesia, preguntando a los Apóstoles sobre lo que la gente dice de Él. Los discípulos habían recogido muchas opiniones: “Unos dicen que Juan Bautista, otros, Elías, y otros, Jeremías o uno de los profetas”.

Que Jesús no era Juan Bautista, es evidente por los mismos relatos evangélicos: ambos nacieron con pocos meses de diferencia, Jesús fue bautizado por Juan en el Jordán, etc. Jesús no era Juan que había “resucitado” (ver Lc 9,7).

¿Era Jesús la reencarnación de Elías? Según la Escritura y la creencia de los judíos, Elías no había muerto, sino que había sido llevado al Cielo en un carro de fuego (Eclo 48,9), y desde allí volvería para preparar la inmediata aparición del Mesías. (ver Mal 3,23; Mt 17,10-12) No podían creer que Jesús fuese una reencarnación quienes pensaban que Elías nunca había muerto.

¿Jesús era Jeremías que había vuelto a la vida, u otro gran profeta de Israel? Tampoco. Evidentemente los grandes milagros que realizaba el Señor hacían pensar que se trataba de un gran profeta. Sin embargo, aunque todos convienen en pensar que Jesús es «un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo» (Lc 24,19), hay confusión en cuanto a su identidad: no saben quién es verdaderamente. Por ello, todos se equivocan, nadie acierta. Jesús no es Juan que ha resucitado, no es Elías que ha vuelto del Cielo, no es Jeremías u otro profeta que ha vuelto a la vida. La respuesta acertada habrá que buscarla en aquellos que lo conocen de cerca, sus Apóstoles: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”

Ante la pregunta Pedro tomó la palabra y respondió: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Pedro afirma que Jesús es más que cualquiera de los grandes profetas, es más grande que Juan el Bautista, que Elías, que Jeremías o cualquier profeta. Pedro afirma que Jesucristo es el Mesías prometido por Dios para instaurar Su Reino. Pero la respuesta va aún más allá: Tú eres “el Hijo de Dios vivo”.

Tal respuesta es de un alcance inusitado. Decir que Jesús era “el Hijo de Dios vivo”, implicaba afirmar que participaba de la misma naturaleza divina de su Padre. La de Pedro es por tanto la primera profesión de fe en la divinidad de Jesucristo.

¿Cómo llega Pedro al conocimiento de la íntima identidad de Jesucristo? “¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el Cielo”. Esta intuición y conocimiento íntimo de la identidad divina de Jesucristo no le viene de “nadie de carne y hueso”, sino que le ha sido revelada por Dios. “Carne y hueso” es la traducción litúrgica de lo que literalmente se traduce como “carne y sangre”, un hebraísmo para decir lo mismo que la totalidad de la persona, el ser humano. Ninguna persona humana puede haberle revelado a Pedro lo que sólo podía conocer mediante la participación del conocimiento que el Padre celestial tiene de su Hijo. Y es que «nadie conoce bien al Hijo sino el Padre» (Mt 11,27) y sólo puede conocer al Hijo aquel a quien el Padre se lo quiera revelar (ver Mt 11,25). El Señor Jesús, con tal afirmación, deja bien en claro que la razón humana no puede alcanzar por sí misma ese conocimiento. Sólo mediante la Revelación es posible reconocer en Jesucristo al Hijo de Dios, su naturaleza divina.

Luego que Pedro ha reconocido y proclamado la verdadera identidad de Jesús, el Señor le revela asimismo a Simón quién es él: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. En efecto, a Simón, hijo de Juan, el Señor le impone un nuevo nombre que refleja su profunda identidad y futura misión: «Tú te llamarás Cefas» (Jn 1, 42), que traducido significa piedra, de donde deriva el nombre Pedro. Sobre una persona Él quiso asentar y construir su Iglesia. Pedro es fundamento sólido, la roca sobre la que él va a construir su “templo”.

Este “templo” es llamado por el Señor “mi Iglesia”. Iglesia viene del griego ecclesía, que traducido significa asamblea, reunión de aquellos que han sido convocados por Él, de aquellos que se congregan en torno a Él. A esta Iglesia, fundada sobre Pedro, la llama suya. Es la Iglesia que le pertenece a Él, la Iglesia que Él ama y custodia, Iglesia a la que Él hace esta promesa: “el poder del infierno no la derrotará.” En otras palabras, ninguna fuerza humana ni tampoco las fuerzas demoníacas podrán jamás destruirla. En virtud de esta promesa la Iglesia del Señor, fundada sobre Pedro, es la cosa más fuerte que existe, aunque fundada sobre la cosa más débil, es decir, sobre la tremenda fragilidad de un ser humano.

Es en este solemne momento cuando Cristo anuncia a Pedro la entrega de «las llaves del Reino de los Cielos». Las llaves indican potestad, indican la facultad de disponer, de abrir y de cerrar las puertas de una casa. La entrega de las llaves simboliza el poder con que el dueño de la casa reviste a su siervo para administrar todos los asuntos de su casa. El Señor le entrega a Pedro las llaves del Reino de los Cielos y le confía el poder de “atar y desatar”. “Atar” y “desatar” eran términos propios del lenguaje rabínico referidos primeramente a la expulsión o excomunión de un judío de la asamblea. Atar significaba “condenar” y desatar “absolver” a alguien. Posteriormente se amplió su uso para referirse a las decisiones doctrinales o jurídicas, significando “atar” el prohibir y “desatar” el permitir. A Pedro el Señor Jesús le confía por tanto la misión de ejercer la disciplina en su Iglesia, tiene el poder de admitir o excluir de ella a quien así lo juzgue, tiene la responsabilidad de ordenar la vida de fe y moral de la comunidad por medio de decisiones oportunas. Sus decisiones serán ratificadas por Dios.

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

También hoy el Señor te hace a ti la misma pregunta que entonces le hizo a sus Apóstoles: ¿Y tú, quién dices que soy yo? ¿Qué responderías?

Acaso tu respuesta sea análoga a la de la multitud, a lo que se escucha decir por aquí y por allá, a las opiniones que tantos vierten sobre este personaje histórico: que fue un gran maestro o “gurú” de la talla de Mahoma, de Confucio, de Ghandi y otros semejantes; o que fue un gran líder revolucionario de su época; o que fue un hombre excepcional “mitificado” y “revestido” de una identidad divina por una comunidad de creyentes que no podía aceptar su muerte; o que fue la reencarnación de Buda o de alguna divinidad, etc. ¡Cuántas opiniones se forman también hoy en día “las gentes” y cuántas veces nosotros asumimos una de esas tantas opiniones ignorantes de la verdadera identidad del Señor Jesús!

Pero probablemente mi respuesta se acerque más a la misma respuesta que dio Pedro: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”, tú eres el Salvador del mundo, Dios verdadero de Dios verdadero, el Verbo eterno que por obra del Espíritu Santo se encarnó y nació de María Virgen para nuestra reconciliación. Esa ciertamente es la fe de la Iglesia, es la fe que profesamos los creyentes, pero… ¿es mi respuesta del todo sincera? ¿O es más una repetición vacua de lo que algún día aprendí en el catecismo? Quizá suene muy duro este cuestionamiento, sin embargo, ¿no debería mi vida ser muy distinta en varios aspectos si de verdad creyese que Jesucristo es el Hijo de Dios? ¿No debería ser Él la persona más importante en mi vida, por encima de cualquier otra persona, incluso de aquellos a quienes más amo? ¿No debería reflejarse esta convicción en un deseo de conocerlo cada día más, de conocer sus enseñanzas, de vivir de acuerdo a sus enseñanzas, de crecer en la amistad con Él a través de la oración perseverante, de buscar darle gracias y renovar mis fuerzas en la Comunión con Él en la Misa de cada Domingo? ¿No debería darle la centralidad absoluta a la Misa dominical, sabiendo que Él es el fundamento de mi vida, la roca sólida sobre la que yo y mi familia encontraremos la consistencia, la fuente del amor verdadero y fiel?

Sin embargo, ¡cuántas veces negamos con nuestras actitudes y decisiones de cada día lo que afirmamos con nuestros labios! ¡Cuántas veces relegamos al Señor en nuestras agitadas vidas y le damos el tiempo que nos sobra, si acaso nos sobra! Que si soy joven, tengo que disfrutar de la vida. Que si soy niño y mis catequistas me han enseñado que Jesús está en la Hostia esperándome cada Domingo, pues mis padres me enseñan lo contrario porque una vez que hago mi primera Comunión rara vez me llevan a Misa o comulgan. Que si soy un hombre o mujer que estudia, o que trabaja todo el día, ya no tengo tiempo para rezar. A lo más un Padrenuestro antes de acostarme. Que si tengo muchos proyectos a futuro, nada es para el Señor o para ayudar a los demás en su nombre, sino para lograr éxito en la vida, fortuna, un buen estatus, “ser alguien”. En fin, si nos ponemos ante el Señor y nos examinamos con honestidad, nos daremos cuenta de lo poco o mal que vivimos aquello que decimos creer.

Por ello la pregunta del Señor no puede dejarnos indiferentes, tiene que cuestionarnos hasta lo más profundo, tiene que sacudirnos, tiene que hacernos reaccionar: ¿Quién dices tú que soy yo? ¿Quién soy yo para ti? Si respondo como Pedro, si reconozco que Él es verdaderamente el Hijo de Dios, mi Salvador y Reconciliador, entonces he de manifestar esa fe en mi vida cotidiana, en la exigencia personal por vivir de acuerdo a lo que Cristo me enseña, en el esfuerzo por darlo a conocer a través de mis palabras y de mis obras, en el empeño por cooperar con la gracia para vivir una vida santa.

Con su pregunta el Señor nos invita a descubrir y redescubrir día a día su verdadera identidad, a mantenernos firmes en la verdad revelada por Dios a Pedro, a no dejarnos seducir por las modas de opinión que tan fácilmente se difunden por el mundo entero, a no dejarnos llevar por lo que dicen aquellos que no conocen de cerca de Cristo. Sólo la Iglesia de Cristo fundada sobre Pedro posee y custodia la verdad sobre Jesucristo, sólo ella es capaz de dar la respuesta acertada sobre la identidad de su Señor. Por ello, si andamos confundidos por las miles de opiniones que se dan sobre la identidad de Jesús, acudamos a la Iglesia, escuchemos su voz maternal, confiemos en lo que ella también hoy nos revela sobre Jesucristo.

Acudamos al Señor día a día, renovémosle nuestra adhesión y amor, supliquémosle la fuerza de su gracia y esforcémonos pacientemente en vivir de acuerdo a lo que junto con Pedro y toda la Iglesia creemos y profesamos. No nos cansemos de poner al Señor en el centro de nuestras vidas, conscientes de que Él y sólo Él es el camino y la verdad que conducen a la vida plena, a la vida en plenitud, a la vida eterna (ver Jn 14,6-7). Quien en Él confía, no quedará defraudado.

La misa del domingo: misa con niños

DOMINGO XXII TIEMPO ORDINARIO

SALUDO

Dios nuestro Padre, que en Jesucristo el Señor y con la Fuerza de su Espí­ritu nos ayuda a descubrir lo que es bueno y perfecto, esté con todos nosotros.

ENTRADA

Con frecuencia, hermanos, limitamos nuestra pertenecía a la Iglesia a cumplir una serie de preceptos que, a fuerza de repetirlos, parece que pier­den para nosotros su verdadero sentido. Nos pasa con la Eucaristía, con la oración, con lo más importante…, y no es una exageración decir esto. Por contra, ponemos como muy importante cosas que no lo son tanto: la fiesta del lugar, la romería, lo que siempre se ha hecho… Lo más importante para el cristiano es lo que aprendemos de Jesús, puesto que Él es nuestro Señor; Jesús nos dice que quienes quieran seguirle se han de sentir seducidos por su persona, por su mensaje, seducidos por una causa (el reino de Dios) que le llevó a la cruz. Una cruz que también reducimos en ocasiones a un boni­to artículo de joyería, olvidando que es signo de entrega y de la salvación que Dios obra por medio de Jesús. Y olvidando que no hay Cruz sin Resu­rrección. El Evangelio no termina en la Cruz, sino que viene seguido de la Vida, de la fuerza del Amor.

Que la Eucaristía nos haga mejores seguidores de Jesús, asumiendo la cruz de cada día, en la espera de la Resurrección.

ACTO PENITENCIAL

Sabemos que tenemos pecados y limitaciones, pero también sabemos que la misericordia del Señor nunca termina. Pidamos ahora perdón:

– Tú, que pones el sentido de la vida en la entrega y el servicio.

SEÑOR, TEN PIEDAD.

– Tú, que nos ayudas a valorar la vida como ocasión de crecimiento y de plenitud.

CRISTO, TEN PIEDAD.

-Tú, que nos ayudas a descubrir en la vida lo que es bueno y perfecto.

SEÑOR, TEN PIEDAD.

Oración: Danos, Señor, tu gracia y tu perdón. Por Jesucristo nuestro Señor.

ORACIÓN COLECTA

Dios Padre nuestro, que en Jesús nos muestras tu verdadero rostro de amor y de ternura; ayúdanos para que, superando las dificultades de cada día, sepamos vivir cerca de quienes sufren la cruz del desamor y de la injusticia, dándoles motivos para la esperanza. Por nuestro Señor Jesucristo.

LECTURA PROFÉTICA

“Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir”, es la experiencia del profeta. No somos nosotros quienes elegimos a Dios, sino que es Él quién nos bus­ca sin cesar. Pero esta elección conlleva con frecuencia tener que romper con modos establecidos, para vivir abiertos al Amor.

LECTURA APOSTÓLICA

La vida del cristiano es, ante todo, una práctica, un poner de manifiesto aquello que decimos creer. En este texto se nos llama a los cristianos, a vivir de modo acorde con esta vocación y con este nombre de cristianos. No es un modo de obrar, una ética añadida, sino derivada directamente del ser cristiano.

LECTURA EVANGÉLICA

Ser cristiano significa ser discípulo, vivir siguiendo a Jesús, nuestro Camino al Padre. No es un seguimiento fácil, pero sí confiado, pese a las dificultades. Con frecuencia supone tener que renunciar a seguridades humanas y a ideas preconcebidas, para vivir abiertos sólo a la novedad del reino y a Jesús.

ORACIÓN DE LOS FIELES

Oración universal: Guiados por el Espíritu de Jesús, presentemos al Padre nuestras peticiones diciendo: ESCÚCHANOS, PADRE.

  1. Por la Iglesia, por todos los que, en el mundo entero, queremos seguir el camino de Jesús con fidelidad. OREMOS:
  2. Por los pobres y los enfermos, por los humillados y los perseguidos, por todos los que comparten más de cerca el dolor de la pasión y la cruz. OREMOS:
  3. Por los gobernantes y los políticos, por los responsables de la economía, por los trabajadores de la administración pública. OREMOS:
  4. Por los extranjeros que han visitado nuestro país este verano . OREMOS:
  5. Por nosotros, por nuestras familias, por nuestros amigos, por nuestros compañeros de trabajo o de estudio. OREMOS:

Oración; Escucha, Padre, nuestra oración, y concédenos seguir a tu Hijo Jesucristo en su pasión, paraa alcanzar también su resurrección. Él, que vive y reina por los siglos de los siglos.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Al presentar en esta mesa de la fraternidad, Señor, el pan y el vino como signo de los bienes que de ti recibimos, acoge también con ellos todos nuestros trabajos por crear un mundo de hermanos, y hazlos fruc­tificar, tu que todo lo puedes. Por Jesucristo.

PREFACIO  Prefacio dominical VIII.

Acostumbrados a adorar el dinero como signo de grandeza, de prepo­tencia, de dominio; acostumbrados a valorar a las personas por lo que pode­mos sacar de ellas; acostumbrados a vivir en un mundo que no cuidamos y que no es casa de acogida para todos…, queremos, Señor, reorientar nuestra vida hacia la búsqueda de la justicia, del amor y de la paz. Pero qué difícil, Señor, qué dificil. Pasar a estar entre los últimos, renunciar a nuestra parce­la de poder; pasar a servir a los demás; pasar a asumir la dificultad, el desa­mor, la injusticia, y a luchar para que triunfe siempre la verdad.

Sé Tú nuestra fuerza y ánimo para aclamarte, siempre, como quien de verdad eres, diciendo: Santo, Santo, Santo…

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Te damos gracias, Señor, por esta celebración que nos ha unido y que es una nueva llamada a la entrega y al testimonio; ayúdanos para que vivamos como personas salvadas, anunciando en todo tu Amor y tu entrega sin fin. Por Jesucristo.

DESPEDIDA

Que la Eucarsitía nos devuelva a nuestra vida diaria dispuestos de nuevo a vivir cristianamente todos nuestras ocupaciones y poreocupaciones para llenar el mundo del espíritu de las bienaventuranzas.

Reconfigurar la vida

Reconfigurar la vida:
irse contigo siguiendo tus huellas,
no dar importancia a nuestros proyectos y cosas,
cargar con la cruz que nos venga
sin perder la dignidad y la sonrisa.

Reconfigurar la vida:
ponernos en tus manos humanas y divinas,
por esos lugares de la historia
tan poco frecuentados y llenos de sorpresas.

Reconfigurar la vida:
aceptar los golpes, marcas y heridas,
pero no arrugarse ni detener el paso;
vibrar menos sin perder la música
y mantener fresca la memoria.

Reconfigurar la vida:
admirar tus surcos y huellas
en nuestra carne vieja y correosa;
abrirse a tus sugerencias
aunque no lleguemos a entenderlas.

Reconfigurar la vida:
jugar al juego que tú jugaste,
partiéndonos en tiras, esquejes o estrellas,
y compartirse con dignidad
dándose en fraternidad.

Reconfigurar la vida:
aceptar como centro, eje y motor
tu Espíritu en nuestra vida;
poner todas las cruces bajo su presencia
y exponernos con esperanza a su brisa.

Reconfigurar la vida:
descubrirnos como flor florecida
-hermosa, perfumada y distinta-;
acercarnos a los otros dignamente
y hacer un jardín para los caminantes.

Reconfigurar la vida:
vivir siendo plenamente en la tierra
aunque la situación sea pasajera;
admirar a las personas
y agradecer la vida.

Reconfigurar la vida:
no malograrla en tonterías,
no conservarla escondida
sino compartirla, sin medida,
gratis y con alegría.

Florentino Ulibarri

Comentario al evangelio – Viernes XXI de Tiempo Ordinario

Ayer la madre, y hoy el hijo. Una familia santa. Por caminos distintos y misteriosos, como son los caminos de Dios.

La paciencia es un rasgo del corazón compasivo de Dios. Y de distintas maneras nos recuerda la Palabra que la paciencia de Dios es nuestra salvación.

Nada se improvisa. Con su lámpara en la mano, salieron al encuentro del novio. Las prudentes, junto con sus lámparas, tomaron aceite en las alcuzas. Nada se improvisa. Es la afirmación que sintetiza la buena noticia del evangelio. Llamada reiterada a estar preparados. Saber esperar, estando dispuestos a dejarnos sorprender.

Tiempo. Si nada se improvisa hablamos en coordenadas de tiempo. Proceso. Crecimiento. Paciencia. Vivimos en la cultura de lo inmediato, agobiados y dispersos por los ritmos que nos marcan. Corremos el riesgo de ahogar la vida por privarla de espacios y condiciones para crecer.

A veces, en lugar de vivir la vida nos hacemos consumidores de experiencias sin darnos tiempo suficiente para que dejen poso, sin darnos tiempo para descubrir el paso y poso de Dios. Necesitamos cuestionarnos esa impaciencia sinónima de eficacia y acoger confiados la lentitud de los procesos de crecimiento, necesitamos trabajarnos por dentro y experimentar la dicha de los que esperan. ¡Señor, Señor ábrenos! pero él les respondió: no os conozco. Saber esperar. Aún en nuestra condición de criaturas, en la pequeñez y en la debilidad -como el novio tardaba, se durmieron todas-. Resistir. Sostener. Permanecer. Perseverar. Si nos entregamos a estas esperas experimentaremos una fuerza y un conocimiento nuevos. Las mujeres que saben esperar al novio y que entran al banquete son llamadas prudentes. Y la prudencia es sabiduría práctica, sensatez, delicadeza, acierto, discreción, cordura, juicio, ponderación, tolerancia. La prudencia es don y ejercitarla, nuestra tarea.

De la vida de san Agustín te puedes enterar aquí. Él sí que supo esperar, permanecer, perseverar.