Aceptación de la iniciativa divina

1.-El cristianismo no es una religión de actos, sino de actitudes. Y lo es así porque la fe en el Evangelio es un compromiso de la persona en cuanto tal con el mensaje de Jesús de Nazaret, y no sólo la adhesión intelectual a un sistema de verdades o de sabidurías. Lo es, además, porque –apurando quizá los términos– el cristianismo no es una religación o religión. Las religiones se caracterizan por el intento del hombre de «hacerse con Dios», de granjearse su benevolencia y de alejar de la vida humana la intervención maléfica o vengativa de los poderes superiores. El cristianismo, por el contrario, es la aceptación de una iniciativa divina que ofrece al hombre la salud. El creyente en Jesús no tiene que realizar esfuerzo alguno para «hacerse con Dios» y ganarse su benevolencia y escapar a sus iras. El Dios que en Jesús de Nazaret se presenta como salvador del hombre no reclama la realización de actos para conseguir su buena voluntad ni la ejecución de ritos para apaciguar sus enojos. El Dios de Jesús es un Dios de salvación a partir del momento y hora en que Él, por amor al hombre, da el primer paso de acercamiento a los hombres para salvar a todos.

2.- Pero si no actos, el cristianismo si exige posturas, actitudes mantenidas, posiciones personales permanentes. Lo exige no por imposiciones legalistas, sino como derivación lógica y natural del cambio que el saberse salvados en esperanza estimula en el creyente el ofrecimiento de la salud. Por la fe con la que el hombre acepta la salvación de Dios, todo es «novedad» en la vida del creyente: el tiempo, su persona, los demás, las cosas todas, la convivencia, el amor y hasta muerte adquieren un nuevo y cierto significado. La condición de creyente no aleja al hombre desde su propio drama ni soluciona automáticamente problema alguno de la existencia; pero la certeza de que el drama de la vida tiene un desenlace de salvación y la seguridad de que los problemas no son planteamientos absurdos, sino «haber» humano que un día será perpetuado en la eternidad de Dios, lleva al hombre a «ver» la realidad de este mundo con ojos nuevos. De ahí toda esa larga teoría de las metáforas que, con referencia al «mensaje» y a los creyentes, hablan de la luz, de la sal, del camino, de la libertad, la verdad y la vida. Todo sigue igual en la vida del creyente y del que no lo es; todo, menos el sentido y el alcance del vivir, y, en consecuencia, el estilo nuevo que inspira al quehacer humano. Todo igual, menos las posturas radicales del hombre ante la propia existencia, la existencia de los otros y la realidad de las «cosas»

3.- Somos creyentes en la medida en que la fe nos arrastra libremente a adecuar nuestras posturas, actitudes y criterios de valoración a las posturas, actitudes y criterios de Jesús de Nazaret. El evangelio de san Mateo nos convoca hoy a una serie de «despropósitos», y Pedro es llamado «Satanás» por el mismo Cristo cuando el apóstol se permite la osadía de querer convertir la postura de Jesús a su propia postura, nacida de carne y sangre. ¿No es «despropósito» el que Cristo proclame la necesidad de perder la vida para ganarla, frente a nuestro comportamiento carnal que trata de asegurar la vida a todo precio? ¿No es «despropósito» que se nos estimule a tomar la cruz de la existencia –símbolo de los supremos compromisos parta la liberación de los hombres–, frente a nuestra tendencia natural al egoísmo y a pasar lo mejor que podamos, vueltos de espaldas a las urgencias de de este mundo? ¿No es «despropósito» que se nos aguijonee a dar calibre al vivir, frente a la tentación de rodear de muchos bienes una vida que, por eso mismo, se hace inauténtica?

4.- Pablo, en su carta a los cristianos de Roma, prolonga esta misma enseñanza: «No os ajustéis a este mundo, sino transformados por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que agrada, lo perfecto.» Y este Dios incómodo, desmitificador, intranquilizante para nuestros criterios de carne y de sangre, es el Dios con el que lucha internamente el profeta Jeremías cuando dice: «Me sedujiste, Señor, y me deje seducir; me forzaste y me pudiste… La Palabra del Señor se volvió para mí oprobio y desprecio y todo el día… Pero la Palabra era en mis entrañas fuego ardiente, encerrado en los huesos… Intentaba contenerla, y no podía».

Antonio Díaz Tortajada