Lectura continuada del Evangelio de Marcos

Marcos 15, 1-5

«151Y, de inmediato, por la mañana, los sumos sacerdotes, tras hacer reunión con los ancianos, los escribas y el Sanedrín entero y tras atar a Jesús, lo llevaron y lo entregaron a Pilato.

2Y Pilato le preguntó: “¿Tú eres el rey de los judíos?”.

Pero él, respondiendo, le dice: “Tú [lo] dices”.

3Y los sumos sacerdotes lo acusaban de muchas cosas.

4Pero Pilato le preguntaba de nuevo, diciendo: “¿No respondes nada? Mira de cuántas cosas te acusan”. 5Pero Jesúsno contestó nada más, de modo que Pilato quedó asombrado.

El segundo de los dos juicios contra Jesús, su proceso ante el gobernador romano Poncio Pilato, va tras la negación de Pedro (14,66-72) y es increíblemente similar al primero, tenido ante el Sanedrín judío (14,53-65). Para Marcos hay una razón teológica para este paralelismo: el mismo poder hostil que había dirigido la condenación de Jesús por las autoridades judías está ahora llevando a cabo su condenación por los gentiles de una manera sorprendentemente similar. Sin embargo, por encima de esa fuerza maligna planea la voluntad de Dios que todo lo dirige.

El pasaje está dividido en dos partes de desigual amplitud: la breve escena del interrogatorio de Jesús por Pilato (15,1-5) y la escena más amplia de sus negociaciones con la muchedumbre sobre Jesús y Barrabás (15,6-15). La longitud desigual es significativa: el relato se interesa por Pilato solo algunos momentos para concluir que Jesús es inocente, pero el gobernador queda tan impresionado por este breve encuentro que realiza un esfuerzo prolongado para liberarlo. No tiene éxito, sin embargo, y de ello se forma una triste inclusión: en 15,1 el Sanedrín entrega a Jesús a Pilato, y en 15,15 Pilato entrega a Jesús a los soldados para que sea crucificado.

• 15,1-5: El centro de la atención retorna a Jesús, a quien los dirigentes judíos encadenan y entregan a Poncio Pilato, el gobernador romano (15,1). Aunque los judíos hayan cedido técnicamente el control de Jesús, estos dirigentes acechan desde el trasfondo, forman la audiencia en el interrogatorio siguiente y permanecen listos para entrar en acción. La imagen de un Jesús encadenado prepara para el tono sarcástico de la pregunta inicial de Pilato: «¿Eres tú el rey de los judíos?» (15,2a). Aunque los títulos con connotaciones parecidas, como «Cristo» e «Hijo de David», han aparecido ya en todas las secciones de Marcos, «rey de los judíos» no aflora hasta este punto del relato, en el que Jesús se topa con las autoridades romanas; entonces aparece cinco veces (15,2.9.12.18.26) y se convierte en el tema principal de la sección. Sin embargo, en esta primera aparición parece como si surgiera de la nada; hay que presuponer que entre 15,1 y 15,2 los dirigentes judíos han informado a Pilato de la acusación contra Jesús, una laguna narrativa que rellena Lc 23,2.

Sin embargo, a pesar de su aspecto de impotencia, Jesús parece cualquier otra cosa menos impotente, puesto que contesta irónicamente a la pregunta irónica de Pilato sobre su realeza, mostrando la misma suerte de gallardía que tenía ante el sumo sacerdote en 14,62: «Tú lo dices» (15,2b). Jesús no tiene ninguna necesidad de afirmar su realeza, porque Pilato ya lo ha hecho por él.

El título «rey de los judíos» ponía a los romanos sumamente nerviosos. No hubo un rey judío en Palestina desde el 4 a.C., cuando murió Herodes el Grande, aunque varios de sus hijos y algunos dirigentes revolucionarios aspiraron a la realeza tras la muerte de aquel. Finalmente el emperador romano Augusto designó al hijo de Herodes, Arquelao, etnarca de Judea y prometió hacerlo rey si se mostraba digno; de hecho, Arquelao resultó ser un gobernante terrible y fue depuesto en 6 d.C., lo que inició un período de gobierno directo de los romanos. Este fue interrumpido solo por el efímero reinado de Agripa I (41-44 d.C.) y por las rebeliones de 66-73 y 132- 135, que parecen haber sido dirigidas por «personajes reales», es decir, mesiánicos. Por tanto, el título «rey de los judíos» tenía un potencial revolucionario antiimperial de largo recorrido, que explica la renuencia romana a permitir que los dirigentes judíos se designaran a sí mismos como reyes (cf. Jn 19,12). En realidad, en el mundo romano en general, la afirmación de ser rey o cualquier desaire al emperador, verdadero o imaginario, incluso en broma, era a veces suficiente para que se crucificara a una persona. El emperador en tiempos de Jesús, Tiberio, era especialmente sensible a tales insultos, que podían costar la vida a la gente por asuntos tan leves como cambiarse de ropa cerca de una estatua de Augusto, o llevar en un retrete o en un burdel un anillo o una moneda con la imagen del emperador, o aceptar un honor el mismo día en el que le habían otorgado uno a él.

La sustancia de la respuesta de Jesús, por tanto, no estaba calculada para provocar sentimientos de comprensión en aquel subordinado del emperador. Jesús no emplea figura alguna de la retórica respetuosa («mi señor», etc.), como podría esperarse de un provinciano de clase baja que está en riesgo de ser condenado a muerte por el supremo funcionario romano en Palestina. Al «replicar» más que responder, Jesús muestra precisamente esa conciencia real acerca de la que está siendo interrogado, ya que nadie se atrevería a contestar de ese modo a un gobernante a no ser que se sintiera superior.

Se esperaría, pues, una respuesta punitiva de un gobernador movido a la venganza, pero de hecho no sucede eso, una indicación quizás de que Pilato ha comenzado ya a sentirse inclinado hacia Jesús. Los sumos sacerdotes, sin embargo, no opinan igual, y la sorprendente renuencia de Pilato a condenarlo los despierta y estimula a acusar a Jesús «de muchas cosas» (15,3). Marcos no especifica estas «cosas» y su silencio puede ser significativo, ya que al parecer serían de naturaleza política, como los cargos detallados en Lc 23,2 («perversión de nuestra nación, prohibición del pago de impuestos al emperador, y haber dicho que él es el mesías, el rey»). Marcos tampoco describe directamente la reacción de Jesús ante estos cargos; sabemos indirectamente, por la pregunta de Pilato (15,4), que su primera respuesta fue el silencio y, por parte del narrador, que su siguiente respuesta a un interrogatorio ulterior de Pilato fue también el silencio (15,5a).

Sin embargo, precisamente esta falta de respuesta, así como la audaz réplica en 15,2, muestra la soberana autoestima de Jesús; no se defiende ni trata de escaparse del destino brutal que pende sobre él, sino que se arriesga a molestar a Pilato por su rechazo repetido a contestar preguntas directas. Sin embargo, en vez de provocar la ira de Pilato, el valiente silencio de Jesús provoca su asombro (15,5b), puesto que nadie suele permanecer silencioso cuando su vida está en juego. Esta reacción es típica de las historias de martirio, en las que las autoridades examinadoras quedan asombradas a menudo ante la firmeza del mártir, que desdeña la posibilidad de salvarse, e incluso a veces se atreve a provocarlos. La reacción de Pilato es semejante al temor respetuoso.

Así pues, como en anteriores pasajes marcanos (por ejemplo 1,16-20; 2,13-14; 8,14-21), Jesús rechaza dar las explicaciones requeridas por sus acciones y palabras; y el hecho de que, aun careciendo de tales explicaciones, la gente se sintiera todavía atraída y hasta abrumada por él declara que un poder divino está operando en Jesús incluso cuando camina inexorablemente hacia la muerte. Esta impresión queda reforzada por el eco en el relato, aquí y en 15,44, de la famosa profecía bíblica sobre el siervo sufriente del Señor, que guarda silencio ante sus acusadores (Is 53,7), pero ante quien las naciones sienten asombro y los reyes mantienen cerradas sus bocas (Is 52,15 LXX). El eco de Isaías profundiza la imagen marcana de una inversión paradójica de las apariencias: en vez de ser derrotado por las autoridades mundanas que suponen estar juzgándolo, Jesús, encadenado e impotente en apariencia, avanza en realidad hacia la victoria de la guerra santa.