El premio del amor a Dios es amarle todavía más (amor a Dios)

El que ama a Dios se contenta con agradarle, porque el mayor premio que podemos desear es el mismo amor […]. El alma piadosa e íntegra busca en ello su plenitud y no desea otro deleite (San Gregorio Magno, Sermón 92).

Alma que ama a Dios no ha de pretender ni esperar otra recompensa por sus servicios prestados que la perfección de amar a Dios (San Juan de la Cruz, Cántico espiritual, 9, 7).

El amor no descansa mientras no ve lo que ama; por eso los santos estimaban en poco cualquier recompensa, mientras no viesen a Dios. Por eso el amor que ansia ver a Dios se ve impulsado, por encima de todo discernimiento, por el deseo ardiente de encontrarse con él. Por eso Moisés se abrevió a decir: Si he obtenido tu favor, muéstrame tu rostro (Ex 33, 13) […]. Por eso también se dice en otro lugar: Déjame ver tu rostro (Sal 80, 4). Y hasta los mismos paganos en medio de sus errores se fabricaron ídolos para poder ver con sus propios ojos el objeto de su culto (San Pedro Crisólogo, Sermón 147).