Notas para fijarnos en el evangelio – Domingo XXIII de Tiempo Ordinario

• Como tantas otras veces en los Evangelios, aquí (15 y 16) encontramos citado el Antiguo Testamento: No odiarás de corazón a tu hermano. Reprenderás a tu pariente para que no cargues tú con su pecado (Lv 19,17); Un solo testigo no bastará como prueba contra un hombre por cualquier culpa o delito que haya cometido: sólo por la declaración de dos testigos o por declaración de tres testigos se podrá fallar una causa (Dt 19,15). La preocupación de las Escrituras siempre ha sido la de salvar, nunca la de condenar.

• «La comunidad» (17) traduce la palabra «iglesia» que está en el original griego. La iglesia es siempre comunidad de los discípulos de un lugar reunida en asamblea.

• Cuando el «hermano» no quiere escuchar (17), si ya se ha probado todo, se le considera fuera de la comunidad – «pagano», «publicano»-. Se trata de una constatación, no de una expulsión, porque es él quien se mantiene conscientemente fuera: la persona que no escucha a la comunidad rompe los vínculos que la unen a los demás miembros. Por tanto, no se trata de echarlo: los hermanos que han hablado con él, la misma comunidad reunida, no pretenden nunca (no deben pretender nunca), echarlo, por grande que haya sido la ofensa, sino que su preocupación es siempre pastoral, parecida a la del «Padre del cielo» (19) que no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños, como encontramos, justo antes de este fragmento de hoy, en la parábola de la oveja perdida (Mt 18,10-14).

• La potestad de atar y desatar en la tierra y en el cielo que Jesús había dado a Pedro (Mt 16,19), ahora la da a la comunidad (18). Es una de las concreciones de lo que expresa la petición del Padrenuestro cuando dice hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo (Mt 6,10). Es decir, no hay «cielo» al margen de «la tierra». Y, para Jesús, el único lugar al que el Reino de Dios tiene que venir es «la tierra», esta tierra.

• El consenso que pide Jesús (19) es el consenso cuya finalidad es descubrir la voluntad del «Padre del cielo». No es, pues, un consenso para imponer a Dios, por más unanimidad que haya, lo que nos parece a nosotros que Él tiene que hacer, sino para discernir lo que Él quiere de nosotros. La oración comunitaria siempre es abierta y pide que se haga tu voluntad… (Mt 6,10).

• Una de las insistencias del evangelista Mateo es que Jesucristo está en medio de nosotros. Aquí (20) se dice a propósito de la comunidad reunida, la iglesia. En la Iglesia reunida como tal, el Resucitado está presente. Que Él está con nosotros, Mateo ya lo anunciaba en el prólogo: Le pondrá por nombre Emmanuel, que significa «Dios-con-nosotros» (Mt 1,23). Y al final, el Resucitado envía a los discípulos a anunciar el Evangelio a todos los pueblos, también asegura su presencia: Id y haced discípulos de todos los pueblos… Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo (Mt 28,20).