La misa del domingo

El Señor Jesús y sus discípulos se encuentran nuevamente en Cafarnaúm.

El Maestro no deja de instruir a sus discípulos. A la pregunta curiosa de uno que quiere saber quién será el mayor en el Reino de los Cielos, Jesús, llamando a un niño y poniéndolo en medio, responde: «Yo les aseguro: si no cambian y se hacen como los niños, no entrarán en el Reino de los Cielos» (Mt 18,3).

En relación a los niños dirá más: al que escandalice a un niño, más vale que le aten al cuello una gran piedra de molino y lo fondeen en el mar. El Señor se expresa de esta manera dura no para que sus palabras sean tomadas al pie de la letra, sino para que sus oyentes comprendan la terrible gravedad del escándalo.

Habla luego de cómo los propios miembros del cuerpo (manos, pies, ojos) se pueden convertir para uno en causa de escándalo, de caída en el pecado. Haciendo uso de comparaciones hiperbólicas aconseja sobre la radicalidad con que hay que apartar el pecado de la propia vida (ver Mt 18,8-9).

En este contexto el Señor habla de la necesidad de reprender al hermano que peca. La corrección, cuando es auténtica, tiene como finalidad el cambio de conducta, la enmienda, lograr que el hermano abandone el camino del mal y retorne al camino del bien. De no corregirse, su conducta pecaminosa sin duda llegará a ser causa de escándalo o tropiezo para los miembros más débiles de la sociedad, para los niños y aquellos que se asemejan a ellos.

La importancia y necesidad de corregir a quien peca aparece clara también en la primera lectura. Dios ha puesto a su profeta como “centinela” de su pueblo. Éste es un elegido de Dios para hablar a los demás en nombre de Dios. Una de sus tareas es la de advertir a quien obra el mal, a fin de que enmiende su conducta: «Cuando escuches palabras de mi boca, les advertirás de mi parte».

Quien peca ciertamente es responsable del mal que comete y tendrá que asumir las consecuencias de sus propios actos. Si no se convierte, morirá por su culpa. Sin embargo, el profeta tiene la gravísima obligación moral de corregir e iluminar la conciencia de quien obra el mal. Si no cumple con su obligación, si calla en vez de advertir al hermano que se aparta del camino de Dios, tendrá que dar cuentas de su vida a Dios: «a ti te pediré cuenta de su sangre».

La necesidad de corregir a un hermano en la fe es un deber de caridad para todo discípulo de Cristo: «Si tu hermano peca, llámale la atención».

Con decir hermano el Señor se refiere a todo discípulo suyo, a todo creyente, a todo aquél que forma parte de la Iglesia fundada sobre Pedro. Cuando este hermano “peca”, es decir, cuando comete un mal moral grave, cuando con su conducta va en contra de Dios y de su ley divina, «llámale la atención». El verbo griego “elenjo” significa “hacerle ver su falta a alguien, reprender severamente, reprobar o amonestar”.

Esta corrección fraterna debe hacerse en primer lugar «a solas», sin duda para guardar la buena fama del hermano y no exponerlo innecesariamente a la vergüenza pública. Dado que lo que se busca es salvar al hermano, y supuesto el caso de que el pecado no sea públicamente conocido, debe guardarse la discreción.

Se entiende que la corrección no debe proceder de la furia que se descarga sobre el pecador por la ira que a uno le produce, sino que debe ser un acto que brota de la caridad que busca el bien y la recuperación del hermano. Quien corrige no debe erigirse en juez y verdugo del hermano que peca, no se trata de tirar la primera piedra y apedrear sin misericordia al hermano que cae, sino de ayudarlo a volver al buen camino.

Una posibilidad es que el hermano en cuestión acoja humildemente la corrección y se enmiende. En ese caso, «has salvado a tu hermano». Pero existe también la posibilidad de que cierre su corazón, se defienda y defienda sus tinieblas, piense que nada tiene de malo lo que ha hecho o hace, y de ese modo permanezca tercamente aferrado a su pecado: «Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos».

Si tampoco entonces hace caso, «díselo a la comunidad». Aquí aparece nuevamente en labios del Señor la palabra “ecclesía”, es decir, Iglesia. Si fallan las dos primeras instancias, queda el recurso a la Iglesia. Aunque algunas versiones traducen “ecclesía” por “comunidad” o “asamblea de hermanos”, existe también la posibilidad de que se refiera a quienes estarán puestos a la cabeza de las asambleas o de la Iglesia, es decir, a la Iglesia jerárquica. De allí que diga inmediatamente después a sus Apóstoles: «Les aseguro que todo lo que aten en la tierra quedará atado en el Cielo, y todo lo que desaten en la tierra quedará desatado en el Cielo». “Atar” y “desatar” significan “permitir” o “prohibir”. Los Apóstoles, como jefes de la Iglesia, gozan de este poder de atar y desatar. Las decisiones morales tomadas por ellos serán ratificadas por Dios.

Finalmente, si aún ante el juicio de la Iglesia el hermano no hace caso, debe ser considerado «como un pagano o como un publicano», es decir, como los fariseos consideraban a los publicanos y paganos: excluidos del Pueblo de Dios, impuros, hombres con los que no se puede compartir la mesa.

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

El Señor nos habla de la obligación que tenemos de corregir a quien vemos que peca: «Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele, a solas tú con él».

Pero, ¿quién puede corregir a su hermano en la fe sino aquel que con humildad se deja corregir y ha sido corregido muchas veces él mismo, ya sea por la palabra del Señor, por el consejo y advertencia oportuna —y a veces la reprensión dura— de su padre o madre, de un maestro, de un amigo que lo es de verdad, de un hombre o mujer de Dios?

Por ello cabe preguntarnos: ¿cómo reacciono yo ante la corrección de quien busca apartarme del pecado, de quien busca mi bien? A nadie le gusta que lo corrijan, y menos de forma enérgica: «Cierto que ninguna corrección es de momento agradable, sino penosa» (Heb 12,11).

En verdad, toda corrección incomoda, avergüenza, duele, y cuando hiere la vanidad y soberbia despierta ira, rencor y odio contra la persona que corrige. Algo de eso nos sucede a todos. Ante una corrección solemos reaccionar mal, airadamente, nos defendemos y justificamos como podemos, contraatacamos ofendiendo o desautorizamos a quien nos corrige con estas o semejantes expresiones: “¿y quién te crees tú para criticarme, para decirme a mí lo que tengo que hacer? ¡Mírate a ti mismo! ¿Tú haces esto y lo otro, y te atreves a corregirme? ¡No te metas en mis asuntos!”. Tanto podemos ofendernos que incluso a veces “castigamos” a la persona que ha buscado nuestro bien quitándole el habla. En fin, tan necios e insensatos nos volvemos, por nuestra vanidad herida y por nuestra soberbia, que en contra de toda evidencia pensamos que “el otro se equivoca” y que “toda corrección es una agresión injusta a mi persona”.

Por evadir la dolorosa corrección vivimos escondiéndonos, ocultándonos, obrando en las tinieblas al punto incluso de llevar una doble vida. ¿A quién le gusta exponer a la luz su maldad, sus errores, sus vicios? Quien así vive, piensa que es preferible mentir, manejar y manipular la verdad, a decir con valor: “yo he obrado mal, pido perdón, acepto las consecuencias de mis actos y pido ayuda, pues quiero enmendarme, corregir mis errores, ser mejor cada día, liberarme de la esclavitud de mis vicios y pecados, quiero madurar y crecer hasta alcanzar la estatura de Cristo mismo”. En vez de eso, nos dejamos vencer por el miedo al castigo, a pasar un mal rato, a ser rechazados por aquellos cuya confianza hemos defraudado. Y así, mientras seguimos envueltos en la mentira, amparados en las tinieblas, muchas veces nos enredamos más aún en una conducta equivocada, viciosa, pecaminosa, pasando de cosas pequeñas a cada vez mayores.

Es necesario entender que toda auténtica corrección, la que nace de la caridad, no es “una ofensa intolerable” como nuestro orgullo quiere hacernos creer, sino que es una enorme bendición, pues tiene la virtud de arrancarnos de la esclavitud y ceguera en la que nos vemos envueltos por nuestros pecados. Aceptada con humildad, libera y «produce fruto apacible de justicia a los ejercitados en ella» (Heb 12,11).

Así pues, si quieres acercarte cada día más al ideal de perfección que es el Señor Jesús, no rehuyas la corrección. Acéptala con humildad y sencillez. Entiende que a veces no vemos cosas que otros ven, y que el pecado en el que nos enredamos tiene la virtualidad de deformar la realidad para que “mágicamente” llames “bien o bueno para mí” lo que en realidad es un mal objetivo y te destruye, haciendo daño a otros también. No tienes por qué enojarte con quien te muestra tus yerros para que puedas enderezar tus pasos por el camino que conduce a la vida. Al contrario, sé agradecido, escucha lo que se te dice, discierne a la luz de la palabra divina aquello que debes cambiar, y pide fuerzas al Señor para cambiar lo que no se ajusta a las enseñanzas divinas. Así te acercarás cada día más al divino Modelo que es el Señor Jesús.