Cómo vivir las tensiones en los grupos

El relato de Mateo parece recoger las “normas” que se fue dando aquella comunidad para regular la convivencia entre sus miembros, particularmente en casos de conflicto doctrinal.

Toda comunidad necesita normas o referencias, no solo para tratar de armonizar las relaciones entre las personas, sino para evitar arbitrariedades por parte de la autoridad. Aunque, con frecuencia, este segundo objetivo suele quedar en entredicho al reservarse la propia autoridad la interpretación de la norma.

Por ello, aun siendo necesaria, la regulación se convierte fácilmente en manipulación, en cuanto hay absolutización de la norma y apropiación de su interpretación por parte de algún grupo. Cuando eso ocurre, es ese grupo de poder quien maneja la norma en beneficio propio, juzgando y condenando fácilmente a quienes discrepan.

No solo eso. Cuando la norma –o una interpretación de la misma– se absolutiza, suele utilizarse como pretexto para juzgar y condenar al otro –que será “considerado como pagano o publicano”–, al mismo tiempo que para justificarse uno mismo, en cuanto “cumplidor” de la ley. Es la trampa del legalismo, tan frecuente en grupos rígidos, también religiosos.

En todo grupo o comunidad, las tensiones son inevitables. Son resultado de la diferencia de necesidades y de aspiraciones que vive cada uno de los miembros. La clave está en el modo de gestionarlas. Cuando su gestión no es adecuada, desembocan en conflicto abierto; cuando es acertada, se convierten en oportunidad de aprendizaje y de crecimiento para las personas y para la propia comunidad.

La gestión adecuada de las tensiones parece requerir la capacidad de conjugar con acierto la autenticidad con la flexibilidad: ser fiel a sí mismo –eso es ser auténtico–, al mismo tiempo que flexible ante las demandas de los otros. Lo cual a su vez implica un grado notable de humildad y de libertad interior, como condiciones de un diálogo honesto, en el que no se busca tener razón ni favorecer el propio interés, sino la verdad de la relación y el bien de las personas.

¿Cómo vivo las tensiones en cualquier grupo?

 

Enrique Martínez Lozano

I Vísperas – Domingo XXIII de Tiempo Ordinario

I VÍSPERAS

DOMINGO XXIII de TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Acuérdate de Jesucristo,
resucitado de entre los muertos.
Él es nuestra salvación,
nuestra gloria para siempre.

Si con él morimos, viviremos con él;
si con él sufrimos, reinaremos con él.

En él nuestras penas, en él nuestro gozo;
en él la esperanza, en él nuestro amor.

En él toda gracia, en él nuestra paz;
en él nuestra gloria, en él la salvación. Amén.

SALMO 112: ALABADO SEA EL NOMBRE DEL SEÑOR

Ant. De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.

Alabad, siervos del Señor,
alabad el nombre del Señor.
Bendito sea el nombre del Señor,
ahora y por siempre:
de la salida del sol hasta su ocaso,
alabado sea el nombre del Señor.

El Señor se eleva sobre todos los pueblos,
su gloria sobre los cielos.
¿Quién como el Señor, Dios nuestro,
que se eleva en su trono
y se abaja para mirar
al cielo y a la tierra?

Levanta del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre,
para sentarlo con los príncipes,
los príncipes de su pueblo;
a la estéril le da un puesto en la casa,
como madre feliz de hijos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. De la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor.

SALMO 115: ACCIÓN DE GRACIAS EN EL TEMPLO

Ant. Alzaré la copa de la salvación, invocando el nombre del Señor.

Tenía fe, aun cuando dije:
«¡Qué desgraciado soy!»
Yo decía en mi apuro:
«Los hombres son unos mentirosos.»

¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando su nombre.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo.

Mucho le cuesta al Señor
la muerte de sus fieles.
Señor, yo soy tu siervo,
siervo tuyo, hijo de tu esclava:
rompiste mis cadenas.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando tu nombre, Señor.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo,
en el atrio de la casa del Señor,
en medio de ti, Jerusalén.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Alzaré la copa de la salvación, invocando el nombre del Señor.

CÁNTICO de FILIPENSES: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL

Ant. El Señor Jesús se rebajó, y por eso Dios lo levantó por los siglos de los siglos.

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajo hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor Jesús se rebajó, y por eso Dios lo levantó por los siglos de los siglos.

LECTURA: Hb 13, 20-21

Que el Dios de la paz, que hizo subir de entre los muertos al gran Pastor de las ovejas, nuestro Señor Jesús, en virtud de la sangre de la alianza eterna, os ponga a punto en todo bien, para que cumpláis su voluntad. Él realizará en nosotros lo que es de su agrado, por medio de Jesucristo; a él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

RESPONSORIO BREVE

R/ Cuántas son tus obras, Señor.
V/ Cuántas son tus obras, Señor.

R/ Y todas las hiciste con sabiduría.
V/ Tus obras, Señor.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Cuántas son tus obras, Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano.

PRECES
Recordando la bondad de Cristo, que se compadeció del pueblo hambriento y obró en favor suyo los prodigios de su amor, digámosle con fe:

Muéstranos, Señor, tu amor.

Reconocemos, Señor, que todos los beneficios que hoy hemos recibido proceden de tu bondad;
— haz que no tornen a ti vacíos, sino que den fruto, con un corazón noble de nuestra parte.

Oh Cristo, luz y salvación de todos los pueblos, protege a los que dan testimonio de ti en el mundo
— y enciende en ellos el fuego de tu Espíritu.

Haz, Señor, que todos los hombres respeten la dignidad de sus hermanos,
— y que todos juntos edifiquemos un mundo cada vez más humano.

A ti, que eres el médico de las lamas y de los cuerpos,
— te pedimos que alivies a los enfermos y des la paz a los agonizantes, visitándolos con tu bondad.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Dígnate agregar a los difuntos al número de tus escogidos,
— cuyos nombres están escritos en el libro de la vida.

Porque Jesús ha resucitado, todos somos hijos de Dios; por eso nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

ORACION

Señor, tú que te has dignado redimirnos y has querido hacernos hijos tuyos, míranos siempre con amor de padre y haz que cuantos creemos en Cristo, tu Hijo, alcancemos la libertad verdadera y la herencia eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Sábado XXII de Tiempo Ordinario

1) Oración inicial

Dios todopoderoso, de quien procede todo bien, siembra en nuestros corazones el amor de tu nombre, para que, haciendo más religiosa nuestra vida, acrecientes el bien en nosotros y con solicitud amorosa lo conserves. Por nuestro Señor. 

2) Lectura

Del Evangelio según Lucas 6,1-5
Sucedió que, cruzando un sábado por unos sembrados, sus discípulos arrancaban espigas, las desgranaban con las manos y se las comían. Algunos de los fariseos dijeron: «¿Por qué hacéis lo que no es lícito en sábado?» Y Jesús les respondió: «¿Ni siquiera habéis leído lo que hizo David, cuando sintió hambre él y los que le acompañaban, cómo entró en la Casa de Dios y tomando los panes de la presencia, que no es lícito comer sino sólo a los sacerdotes, comió él y dio a los que le acompañaban?» Y les dijo: «El Hijo del hombre es señor del sábado.» 

3) Reflexión

• El evangelio de hoy nos habla del conflicto alrededor de la observancia del sábado. La observancia del sábado era una ley central, uno de los Diez Mandamientos. Ley muy antigua que fue revalorizada en la época del cautiverio. En el cautiverio, la gente tenía que trabajar siete días por semana de sol a sol, sin condiciones de reunirse para escuchar y meditar la Palabra de Dios, para rezar juntos y para compartir su fe, sus problemas y su esperanza. De allí surgió la necesidad urgente de parar por lo menos un día por semana para reunirse y animarse mutuamente en aquella condición tan dura del cautiverio. De lo contrario, perderían la fe. Fue así que renació y fue reestablecida con vigor la observancia del sábado.
• Lucas 6,1-2: La causa del conflicto. En un día de sábado, los discípulos pasan por las plantaciones y se abren camino arrancando espigas. Mateo 12,1 dice que ellos tenían hambre (Mt 12,1). Los fariseos invocan la Biblia para decir que esto es trasgresión de la ley del sábado: «¿Por que hacéis lo que no es lícito el sábado?» (Cf. Ex 20,8-11).
• Lucas 6,3-4: La respuesta de Jesús. Inmediatamente, Jesús responde recordando que el mismo David hizo también cosas prohibidas, pues tiró los panes sagrados del templo y los dio de comer a los soldados que tenían hambre (1 Sam 21,2-7). Jesús conocía la Biblia y la invocaba para mostrar que los argumentos de los demás no tenían fundamento. En Mateo, la respuesta de Jesús es más completa. No sólo invoca la historia de David, sino que suscita también la legislación que permite que los sacerdotes trabajen el sábado y cita la frase del profeta Oseas: “Misericordia quiero y no sacrificio”. Cita un texto histórico, un texto legislativo y un texto profético (cf. Mt 12,1-18). En aquel tiempo, no había Biblias impresas como tenemos hoy en día. En cada comunidad sólo había una única Biblia, escrita a mano, que quedaba en la sinagoga. Si Jesús conocía tan bien la Biblia, es señal de que él, durante los 30 años de su vida en Nazaret, tiene que haber participado intensamente en la vida de la comunidad, donde todos los sábados se leían las Escrituras. Nos falta mucho a nosotros para que tengamos esa misma familiaridad con la Biblia y la misma participación en la comunidad.
• Lucas 6,5: La conclusión para todos nosotros. Y Jesús termina con esta frase: ¡El Hijo del Hombre es señor del sábado! Jesús, como hijo de Hombre que vive en la intimidad con Dios, descubre el sentido de la Biblia, no de fuera a dentro, sino de dentro a fuera, esto es, descubre el sentido a partir de la raíz, a partir de su intimidad con el autor de la Biblia que es Dios mismo. Por esto, se dice señor del sábado. En el evangelio de Marcos, Jesús relativiza la ley del sábado diciendo: “El hombre está hecho por el sábado, y no el sábado por el hombre” (Mc 2,27). 

4) Para la reflexión personal

• ¿Cómo pasas el domingo, nuestro sábado? ¿Vas a misa por obligación, para evitar el pecado o para estar con Dios?
• Jesús conocía la Biblia casi de memoria. ¿Y yo? ¿Qué representa la Biblia para mí? 

5) Oración final

¡Que mi boca alabe a Yahvé,
que bendigan los vivientes su nombre
sacrosanto para siempre jamás! (Sal 145,21)

Una llamada a la esperanza

1.- “Ayudad a los hombres a descubrir la verdadera estrella que indica el camino: ¡Jesucristo! “ Así de claro y convencido se dirigía, el Papa Benedicto XVI, a los jóvenes en la homilía con la que clausuraba las Jornadas Mundiales de la Juventud en Colonia.

Atar en la tierra, con los nudos de Jesús, muchas veces conlleva la crítica y no, precisamente, el aplauso fácil.

Desatar, según las modas o estrategias que nos acosan y nos uniforman, pueden llevarnos a ese olvido de Dios, del cual también hablaba a los jóvenes el Papa. Lo cierto es que, la Iglesia, sigue siendo esa atalaya desde la cual se puede divisar todo lo, mucho y bueno, que la fe ofrece y todo lo que Dios es capaz de realizar por el hombre.

2.- Es cómodo dejarnos llevar por una religión a la carta (cojo lo quiero y cuando quiero) pero las consecuencias pueden ser fatales en los momentos de turbación y de crisis. El Evangelio de este domingo es una llamada a la esperanza a esta iglesia a la cual pertenecemos. Su fin, llevar a los hombres hasta Dios, ha de ir también alimentado por un clarificar las conciencias de los hombres de hoy y por un despertar las entrañas de una sociedad que parece vivir montada en el caballo de su propia autosuficiencia y arrogancia.

El perdón es una actitud evangélica, y un medio terapéutico que libera al que lo otorga y reaviva al que lo recibe. En cierta ocasión, un discípulo, comentaba a su maestro lo difícil que le resultaba perdonar. Que siempre, junto a ese afán, en su mente, se le cruzaban sentimientos de orgullo y de amor propio que le impedían dar ese paso hacia la reconciliación. El maestro espiritual le respondió: qué poco esfuerzo te costaría si pensaras que, arriba, es Dios quien es perdonado por ti en el hermano.

3.- Un psicólogo norteamericano, Robert Enright, afirmó que las personas que han sido profunda e injustamente heridas pueden sanar emocionalmente perdonando a su ofensor. El insigne fraile dominico Henri Lacordaire dijo: «¿Quieres ser feliz un instante? Véngate. ¿Quieres ser feliz toda la vida? Perdona».

Los cristianos, y volviendo al principio, hemos de enseñar a descubrir la estrella de la fe con aquello que es peculiar y original en ella: el perdón con amor. Acostumbrados a vivir en una sociedad que todo lo airea, distorsiona y todo lo pregona, el mensaje cristiano nos alerta sobre una dimensión totalmente nueva: hazlo con amor y…perdona.

La urbanidad, en las formas y en los modos, no es precisamente la tónica dominante de la realidad que nos rodea. Jesús, por el contrario, nos orienta en el sentido de recuperar y potenciar el sentido de hermandad que debe existir entre aquellos que llevamos el distintivo de la cruz.

Es bueno leer el evangelio de este domingo desde dos dimensiones: la iglesia de hermanos (que se quiere y se perdona) y la iglesia en oración (que vive, siente y se edifica con la presencia del Señor).

Javier Leoz

Comentario – Sábado XXII de Tiempo Ordinario

Un sábado, nos dice el evangelista, Jesús y sus discípulos atravesaban un sembrado. Durante la travesía, los discípulos iban arrancando espigas y, frotándolas con las manos, se comían el grano. Al verles actuar los fariseos en este modo, se dirigen a ellos censurando su conducta: ¿Por qué hacéis en sábado lo que no está permitido?

El motivo de su censura es que hacían «lo que no estaba permitido en sábado», es decir, que obraban contra la ley del Sábado o ley del descanso sabático, ley que prohibía trabajar en sábado. No se les acusa, pues, de robar en campo ajeno o de substraer bienes que no eran suyos; se les acusa de «arrancar espigas», esto es, de trabajar durante el día del descanso sagrado, y ello aunque lo hicieran con el fin de calmar el hambre, es decir, en situación de necesidad. Y los fariseos, al parecer, también admitían ciertas excepciones a esta ley, como, por ejemplo, la de llevar al buey o al asno a abrevar o la de rescatarlo si se había caído en un pozo.

Jesús, tratando de justificar el comportamiento de sus discípulos, les propone a modo de ilustración un ejemplo tomado de la historia del pueblo de Israel. Se trata de lo que hizo David, el más grande y piadoso monarca judío, cuando él y sus hombres, en una de sus frecuentes campañas guerreras, se vieron faltos y con hambre. Entró en la casa de Dios, es decir, en el templo, y comió de los panes presentados, que sólo pueden comer los sacerdotes, y les dio también a sus compañeros de batalla.

David hizo, por tanto, lo no permitido por la ley, a saber, comer unos panes «ofrecidos en sacrificio sagrado» (=consagrados) que sólo les estaba permitido comer a los sacerdotes. Y no sólo comió él, sino que los compartió con sus compañeros. Hacer uso profano de unos bienes sagrados puede ser calificado como sacrilegio. Sea como fuere, lo cierto es que David hizo lo prohibido por la ley, ciertamente estando en situación de (¿extrema?) necesidad: faltos y con hambre. Se sirvió de un alimento sagrado para saciar una necesidad corporal. Y Jesús justifica esta actuación aludiendo al estado de necesidad (material) en que se encontraban aquellos hombres. La autoridad del personaje ejemplarizado, el gran rey judío, le ayudaba a refrendar esa conducta.

Pero la consecuencia moral que saca Jesús de la actuación transgresora, pero justificable, de David y sus acompañantes no hace distinción de personas: El sábado se hizo para el hombre, y no el hombre para el sábado; así que el Hijo del hombre es señor también del sábado (aquí Marcos completa la versión de Lucas que se limita a decir que el Hijo del hombre es señor del sábado).

Toda ley, incluida la ley del descanso sabático, incluida la ley más sagrada, se hizo para el hombre, para el bien (integral) del hombre, para beneficio del hombre; y no al revés, el hombre para el sábado. Invertir los términos es deformar las cosas queridas por Dios. Suponer que el hombre ha sido hecho para la ley, para el engrandecimiento o la salvaguarda de la ley, de modo que tenga que sacrificar su vida en aras de la ley es deformar el orden de las cosas. La ley está al servicio del hombre, de su dignidad, de su bien integral, de su vida.

La ley del sábado se hizo para que el hombre pudiera descansar de sus afanes diarios, para que pudiera glorificar a Dios, para que pudiera compartir gozosamente su tiempo con su familia y sus amigos, para que pudiera dedicarse a otras cosas, para que pudiera recrearse en las obras de Dios, no para que no pudiera saciar su hambre, aunque para ello tuviera que arrancar espigas, ni para que no pudiera recuperar la salud, aunque para ello tuviera que solicitar la intervención de un médico o un sanador.

El Sábado se hizo –lo hizo Dios- para facilitar la vida del hombre en la tierra, no para dificultarla. Ello no significa que el mismo Dios de la vida no pueda exigir el sacrificio de la vida temporal en aras de un bien superior como es la vida eterna, y que la ley del amor a Dios (o al prójimo) pueda exigir en ocasiones la entrega (martirial) de la propia vida. Pero esta ley, que puede exigir la entrega de la vida disponible, no por eso deja de estar al servicio del hombre y del bien supremo de su salvación. Así que el hombre es señor del sábado, y el Hijo del hombre, que es también hombre, es también y con mayor razón señor del sábado.

Es verdad que las leyes se han dado para que se cumplan, y si siendo justas no se cumplen, no justifican su promulgación. Pero toda ley tiene su excepcionalidad, que hay que valorar en cada caso sin perder nunca de vista que la ley se hizo para bien del hombre y de los hombres en su convivencia social. Si se olvida esta perspectiva incurriremos en un legalismo malsano y perjudicial y haremos del hombre un esclavo de la ley que no discierne situaciones personales ni necesidades. Las exigencias de la ley pueden resultar en ocasiones verdaderamente inmisericordes. Por todo ello es muy conveniente sentar este supuesto evangélico: que el sábado se hizo para el hombre, y no el hombre para el sábado.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Lumen Gentium – Documentos Concilio Vaticano II

En las estructuras humanas

36. Cristo, habiéndose hecho obediente hasta la muerte y habiendo sido por ello exaltado por el Padre (cf. Flp 2, 8-9), entró en la gloria de su reino. A El están sometidas todas las cosas, hasta que El se someta a Sí mismo y todo lo creado al Padre, a fin de que Dios sea todo en todas las cosas (cf. 1 Co 15, 27-28). Este poder lo comunicó a sus discípulos, para que también ellos queden constituidos en soberana libertad, y por su abnegación y santa vida venzan en sí mismos el reino del pecado (cf. Rm 6, 12). Más aún, para que, sirviendo a Cristo también en los demás, conduzcan en humildad y paciencia a sus hermanos al Rey, cuyo servicio equivale a reinar. También por medio de los fieles laicos el Señor desea dilatar su reino: «reino de verdad y de vida, reino de santidad y de gracia, reino de justicia, de amor y de paz» [115]. Un reino en el cual la misma creación será liberada de la servidumbre de la corrupción para participar la libertad de la gloria de los hijos de Dios (cf. Rm 8, 21). Grande, en verdad, es la promesa, y excelso el mandato dado a los discípulos: «Todas las cosas son vuestras, pero vosotros sois de Cristo, y Cristo es de Dios» (1 Co 3, 23).

Deben, por tanto, los fieles conocer la íntima naturaleza de todas las criaturas, su valor y su ordenación a la gloria de Dios. Incluso en las ocupaciones seculares deben ayudarse mutuamente a una vida más santa, de tal manera que el mundo se impregne del espíritu de Cristo y alcance su fin con mayor eficacia en la justicia, en la caridad y en la paz. En el cumplimiento de este deber universal corresponde a los laicos el lugar más destacado. Por ello, con su competencia en los asuntos profanos y con su actividad elevada desde dentro por la gracia de Cristo, contribuyan eficazmente a que los bienes creados, de acuerdo con el designio del Creador y la iluminación de su Verbo, sean promovidos, mediante el trabajo humano, la técnica y la cultura civil, para utilidad de todos los hombres sin excepción; sean más convenientemente distribuidos entre ellos y, a su manera, conduzcan al progreso universal en la libertad humana y cristiana. Así Cristo, a través de los miembros de la Iglesia, iluminará más y más con su luz salvadora a toda la sociedad humana.

Igualmente coordinen los laicos sus fuerzas para sanear las estructuras y los ambientes del mundo cuando inciten al pecado, de manera que todas estas cosas sean conformes a las normas de la justicia y más bien favorezcan que obstaculicen la práctica de las virtudes. Obrando de este modo, impregnarán de valor moral la cultura y las realizaciones humanas. Con este proceder simultáneamente se prepara mejor el campo del mundo para la siembra de la palabra divina, y a la Iglesia se le abren más de par en par las puertas por las que introducir en el mundo el mensaje de la paz.

Conforme lo exige la misma economía de la salvación, los fieles aprendan a distinguir con cuidado los derechos y deberes que les conciernen por su pertenencia a la Iglesia y los que les competen en cuanto miembros de la sociedad humana. Esfuércense en conciliarlos entre sí, teniendo presente que en cualquier asunto temporal deben guiarse por la conciencia cristiana, dado que ninguna actividad humana, ni siquiera en el dominio temporal, puede substraerse al imperio de Dios. En nuestro tiempo es sumamente necesario que esta distinción y simultánea armonía resalte con suma claridad en la actuación de los fieles, a fin de que la misión de la Iglesia pueda responder con mayor plenitud a los peculiares condicionamientos del mundo actual. Porque así como ha de reconocerse que la ciudad terrena, justamente entregada a las preocupaciones del siglo, se rige por principios propios, con la misma razón se debe rechazar la funesta doctrina que pretende construir la sociedad prescindiendo en absoluto de la religión y que ataca y elimina la libertad religiosa de los ciudadanos.

¿Es posible la corrección fraterna?

1.- La Palabra de Dios de este domingo nos propone hasta cinco temas de reflexión: la corrección fraterna, el amor al prójimo como resumen de todos los mandamientos, la facultad de perdonar los pecados, la eficacia de la oración en común y la presencia del Señor en medio de la comunidad.

2.- La necesidad de la corrección fraterna aparece en la primera lectura del profeta Ezequiel y en el evangelio de Mateo. Ezequiel recibe el mandato del Señor: “pon en guardia al malvado”, pues si no lo haces “a ti te pediré cuenta de su sangre” y si después de tu advertencia el no quiere cambiar de conducta, al menos “has salvado tu vida”. Por tanto, la puesta en práctica de la corrección fraterna no sólo ha de ser posible, sino también es algo necesario y obligatorio en la vida del creyente. Jesús en el Evangelio nos da unas pistas sobre la manera de realizar la corrección mutua. Primero debes hablarlo personalmente con el hermano antes de que sea demasiado tarde y se extravíe definitivamente. Pero, ¿cómo hacerlo? No lo dice Jesús, pero se deduce de su mensaje: con amor y humildad. Si vas con aire superior, creyendo que tú eres perfecto en todo y sólo el otro es el que se equivoca, tu misión no tendrá éxito. Tu hermano lo tomará como una crítica negativa y no verá tu buena intención. Hay que emplear también buena dosis de prudencia, es decir saber encontrar el momento oportuno para hacer la corrección. Si conoces de verdad a tu hermano sabrás también como va a reaccionar y qué tono tienes que emplear: enérgico, suave o firme, según los casos. Pero ante todo, como decía San Agustín, si corriges, corrige con amor”. Jesús nos dice, además, que si no te hace caso a ti, solicita la ayuda de otro hermano para que sea más eficaz la corrección. Y que el otro vea que lo haces porque le quieres, no porque te regodees en la crítica negativa. Hay que hacerlo con mucho tiento, pues hay cosas personales que no es necesario airear por ahí. Si no os hace caso a los dos, debes reunir la comunidad para que con, el consejo y la ayuda de todos, pueda recapacitar y recuperar la senda correcta. Es más fácil evadirse, decir “no es mi problema”, “allá él”, pero esto no es cristiano…….

3.- Es difícil llevar a cabo la corrección fraterna, pues también requiere humildad por parte del que recibe la corrección. Muchas veces el que corrige está expuesto a recibir la recriminación o el odio del otro. Esta semana escuchamos una noticia desagradable: el propietario de un bar se negó a servir más alcohol a un hombre que iba completamente ebrio. La reacción del otro fue clavarle un cuchillo, que le produjo la muerte. En nuestros días los niños suelen estar “hiper-protegidos” por los padres. Si alguien le dice a un padre que su hijo ha hecho una gamberrada es posible que el padre reaccione mal, retirándole el saludo o respondiendo con malas palabras. Sin embargo, los padres inteligentes, que saben educar bien a sus hijos, saben aceptar bien la crítica y ponen remedio a la mala conducta de su hijo. No hay nadie que esté sin pecado, todos tenemos fallos y por eso lo mejor es aceptar lo que nos dice un hermano que quiere nuestro bien. A lo corrección fraterna yo la llamaría “corrección mutua”, porque todos somos perdonadores y perdonados. Atar y desatar tenía relación con lo prohibido y lo permitido. Jesús lo aplica al perdón. Lo dice a todos sus discípulos, pues todos en un momento determinado podemos regalar el perdón, aunque haya algunos ministros que son servidores del perdón de Dios en el sacramento de la Reconciliación. En estos días recordamos con cariño al Hermano Roger de Taizè, que en todos sus escritos nos hablaba de la confianza del corazón y de la reconciliación entre los hombres como modo de establecer la civilización del amor.

“Amar es cumplir la ley entera”, nos dice San Pablo en la Carta a los Romanos. El que ama al prójimo como a uno mismo cumple todos los mandamientos.

San Agustín nos dejó una sentencia definitiva: “Dilige, et quod vis, fac”, es decir “ama y haz lo que quieras”. No es ésta una invitación al desmadre, o a que cada uno haga lo que le dé la gana. Fijémonos en la primera palabra “Ama”, pero ama de verdad, como Jesucristo nos amó, de forma gratuita y desinteresada. El que tiene como norma de su vida el amor auténtico, no podrá hacer nunca daño a su hermano y todo lo que realice tendrá la impronta de la buena intención. Si uno ofende o se porta mal, en el fondo no ama de verdad. Pero es necesario que antes veamos a todos con ojos de hermano. Cuentan que un niño de 9 años tuvo que abandonar la aldea donde vivían porque la guerra había destruido su casa, y sus padres habían muerto. Con otros muchos hombres y mujeres buscaba refugio donde poder huir de la tragedia. Con él, sobre sus hombros, iba un hermano de 4 años. Después de varias horas de camino, un hombre se le quedó mirando y le dijo: “Me admira cómo puedes aguantar sin cansarte con ese niño a cuestas”. Pero nuestro héroe contesto: “No me pesa, es mi hermano”. Esta es la clave, considerar siempre al otro como un hermano de tu propia sangre. Este mismo amor es el que demostró esa madre peruana que protegió de las llamas con su propio cuerpo a su hijo tras el accidente de avión ocurrido la semana pasada ¿Cabe más amor?

4.- Jesús nos anima a pedir. Ya en una ocasión nos dijo “Pedid y se os dará”. Ahora nos recuerda que si esa petición es en común tiene más fuerza. Es lo que hacemos en la Eucaristía cada domingo. La oración universal es llamada también “oración de los fieles”. Nos unimos a cada petición personal, asumiendo los problemas e inquietudes de todos nosotros y de la humanidad entera. ¡Qué bonito es cuando alguien pide por algo personal o familiar y todos juntos oramos por su intención!

Notamos de verdad la presencia de Jesucristo en medio de la comunidad cuando nos reunimos para orar en común. El ha prometido que siempre estará en medio de nosotros cuando “dos o más se reúnen en su nombre”. Más de dos personas, casi un millón de jóvenes, se reunieron con el Papa Benedicto XVI en Colonia hace dos semanas. Allí estaba presente Jesucristo, allí se palpaba la fuerza del Espíritu, que nos impulsa a auténtica revolución como nos dijo el Papa, la revolución que nace del amor a Cristo.

José María Martín OSA

La corrección fraterna

1.- Para los que nos sentimos Inquisidores Generales del Reino, con derecho a enmendarle la plana al mismo Dios, este evangelio nos da pie a corregir a los demás… Naturalmente, ¡ay de aquél que intente corregirnos a nosotros!

No es esta la corrección que el evangelio de hoy proclama. Se trata de corrección entre hermanos, no de arriba abajo, no la corrección del justo al pecador, como puede sonarnos. Corrección de hermano a hermano, de igual a igual, de pecador que necesita perdón a pecador que también lo necesita.

No se si será irreverente pensar que el Señor Jesús, al que llamaron comilón y bebedor porque participaba en banquetes cuando le invitaban, y no olvidéis que en el de Caná el mismo Señor proporcionó nada menos que seiscientos litros de vino. Digo que posiblemente sería testigo de esas escenas similares y distintas que se dan cuando corre demasiado el vino: el borrachín solitario que regresa a casa, solo, dando tumbos de farola en farola. Y el de aquellos que con la camaradería que da una misma borrachera se pasan el brazo por el hombro y mal que bien dos o tres unidos caminan mas o menos rectamente.

Esta es la corrección fraterna, la de dos o tres que necesitan el mismo perdón, la de los borrachines que aúnan menguados esfuerzos.

Modelo de corrección fraterna es san Dimas, el ladrón. Él comienza por reconocer su pecado: “nosotros sufrimos lo que merecemos…”,”a si que cállate y deja en paz a esta buena persona que muere con nosotros…”. El evangelio calla el efecto de esta corrección, lo cierto es que el otro ladrón no vuelve a decir palabra, quien sabe si detrás del Señor Jesús se entraron el Reino estos dos hermanos borrachines cogidos del bracete, porque ambos necesitaban la ayuda de Dios y de su otro hermano.

2.- La corrección fraterna nunca debe tener visos de venganza, de envidia satisfecha; tiene como fin salvar al hermano, no marcarlo, no pisotearlo tratando de apagar la mecha que aún humea.

Cuando, a pesar de todo, alguno se aparta de la Casa Paterna, es él mismo quien se excomulga, se aparta, pero en la casa del Padre debe quedar siempre una ventana encendida de noche y la puerta abierta de día por si el hermano que se fue regresa.

El Padre del hijo pródigo ni apagó la luz de su ventana ni cerró la puerta. Al contrario, cada día salía a lo alto del camino para ver si el hijo volvía.

No tenemos que acudir a la denuncia corrigiendo porque al hermano le faltó la silenciosa corrección de nuestro buen ejemplo. ¿Es culpable él porque se aleja o somos culpables nosotros que con nuestro mal ejemplo le echamos?

3.- Cuando se clama por una severa corrección se suele apelar a los derechos de la Verdad, olvidando que el único sujeto de derechos es el hombre. Enristrar la Verdad para desplomarla brutalmente sobre la cabeza del hermano no es cristiano. Hay que agarrar la verdad por el mango del Amor.

No se trata del salvar al hermano que huye de esa Verdad. No es abrasar al hermano en la hoguera de la Verdad. Es iluminar el camino del hermano que se adentra por el camino tenebroso del error.

Pues que cuando tengamos que corregir –y que sean pocas veces o ninguna—que lo hagamos como borrachines necesitados del apoyo de aquel mismo al que corregimos.

José Maria Maruri, SJ

El profetismo cristiano

1.- Pocas lecturas bíblicas podrían urgir la responsabilidad profética del creyente con acento más grave que estas de la liturgia dominical de hoy. «Si tu hermano peca, repréndelo a solas…» dice Jesús en el texto evangélico de san Mateo. «Te he puesto de atalaya en la casa de Israel…, les darás la alarma de mi parte… Si yo digo al malvado: `Malvado, eres reo de muerte’, y tú no hablas, poniendo en guardia al malvado para que cambie de conducta, el malvado morirá por su culpa, pero a ti te pediré cuenta de su sangre». Así se expresa, con enorme vigor, el texto del profeta Ezequiel. En estos dos textos bíblicos se subraya una inasequible dimensión del ser creyente: la dimensión profética, entendida en este caso como responsabilidad de intervenir haciendo de conciencia crítica de la sociedad y de los individuos cuando aquélla y éstos se distancian del proyecto de Dios para la convivencia humana. El creyente no puede enmudecer y tiene la gravísima obligación de alzar su voz para salir en favor de la persona humana y de la convivencia responsable. Ante el mal y el pecado, ante la injusticia y el vilipendio de los derechos humanos que tienen su última raíz en Dios, el creyente no es libre de callar o de hablar, sino que sobre él pesa la grave responsabilidad de «reprender» y de no enmudecer.

2.- En la actualidad hay muchos que desearían borrar del diccionario cristiano el término «profeta», y más aún los que pretenden alejar de las comunidades cristianas el ejercicio del profetismo en cuanto denuncia de las estructuras injustas, de las normas inhumanas y abusivas, de las acciones basadas en odios y violencia. Hay muchos, sin duda, que desean una Iglesia encerrada en las sacristías o dedicada a una vana y descomprometida profesión de fe; pero frente a esta numerosidad, la Palabra de Dios de los textos bíblicos de hoy nos recuerda a los creyentes que lo somos en la medida en que sabemos afrontar a los poderosos para renovar ante ellos la afirmación de que no es lícito hacer caso omiso de los derechos fundamentales de la persona y de los imperativos requeridos para una convivencia social de reconciliación sobre la base de la justicia y de la solidaridad.

3.- El «profetismo» cristiano reclama unos modos y la consideración de unos ritmos. Deben cumplirse, ciertamente, y el texto de san Mateo los evoca al nivel de la sociedad de su tiempo. Pero, advertidos modos y tiempos, el «profetismo» es una dimensión irrenunciable de las condiciones del creyente, tanto en la jerarquía como en los demás miembros de la comunidad.

4.- San Pablo, en su carta a los cristianos de Roma subraya que la vocación del creyente es una vocación al amor a todos los hombres. Sería gran torpeza entender el amor cristiano como una renuncia a luchar por la justicia y a salir en defensa de los derechos humanos. Se ama movilizando al explotado para que sacuda las cadenas del explotador. Y se ama al explotador con la denuncia valiente y comprometida de sus abusos. La opción por el hombre y por la sociedad da sentido al hecho cristiano. En la defensa y promoción del hombre se centra la atención de los «mandamientos». Y en el amor liberador para los explotados y vilipendiados, y en el amor crítico y denunciador ante los explotadores se comprende y resume «la ley entera».

Antonio Díaz Tortajada

Habitar en un espacio creado por Jesús

Al parecer, a las primeras generaciones cristianas no les preocupaba mucho el número. A finales del siglo I eran solo unos veinte mil, perdidos en medio del Imperio romano. ¿Eran muchos o eran pocos? Ellos formaban la Iglesia de Jesús, y lo importante era vivir de su Espíritu. Pablo invita constantemente a los miembros de sus pequeñas comunidades a que «vivan en Cristo». El cuarto evangelio exhorta a sus lectores a que «permanezcan en él».

Mateo, por su parte, pone en labios de Jesús estas palabras: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». En la Iglesia de Jesús no se puede estar de cualquier manera: por costumbre, por inercia o por miedo. Sus seguidores han de estar «reunidos en su nombre», convirtiéndose a él, alimentándose de su evangelio. Esta es también hoy nuestra primera tarea, aunque seamos pocos, aunque seamos dos o tres.

Reunirse en el nombre de Jesús es crear un espacio para vivir la existencia entera en torno a él y desde su horizonte. Un espacio espiritual bien definido no por doctrinas, costumbres o prácticas, sino por el Espíritu de Jesús, que nos hace vivir con su estilo.

El centro de este «espacio Jesús» lo ocupa la narración del evangelio. Es la experiencia esencial de toda comunidad cristiana: «hacer memoria de Jesús», recordar sus palabras, acogerlas con fe y actualizarlas con gozo. Ese arte de acoger el evangelio desde nuestra vida nos permite entrar en contacto con Jesús y vivir la experiencia de ir creciendo como discípulos y seguidores suyos.

En este espacio creado en su nombre vamos caminando, no sin debilidades y pecado, hacia la verdad del evangelio, descubriendo juntos el núcleo esencial de nuestra fe y recuperando nuestra identidad cristiana en medio de una Iglesia a veces tan debilitada por la rutina y tan paralizada por los miedos.

Este espacio dominado por Jesús es lo primero que hemos de cuidar, consolidar y profundizar en nuestras comunidades y parroquias. No nos engañemos. La renovación de la Iglesia comienza siempre en el corazón de dos o tres creyentes que se reúnen en el nombre de Jesús.

José Antonio Pagola