II Vísperas – Domingo XXIII de Tiempo Ordinario

II VÍSPERAS

DOMINGO XXIII de TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme. 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

¿Qué ves en la noche,
dinos, centinela?

Dios como un almendro
con la flor despierta;
Dios que nunca duerme
busca quien no duerma,
y entre las diez vírgenes
sólo hay cinco en vela.

¿Qué ves en la noche,
dinos, centinela?

Gallos vigilantes
que la noche alertan,
Quien negó tres veces
otras tres confiesa,
y pregona el llanto
lo que el miedo niega.

¿Qué ves en la noche,
dinos, centinela?

Muerto le bajaban
a la tumba nueva.
Nunca tan adentro
tuvo al sol la tierra.
Daba el monte gritos,
piedra contra piedra.

¿Qué ves en la noche,
dinos, centinela?

Vi los cielos nuevos
y la tierra nueva.
Cristo entre los vivos
y la muerte muerta.
Dios en las criaturas,
¡y eran todas buenas! Amén.

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. Oráculo del Señor a mi Señor: «Siéntate a mi derecha». Aleluya.+

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Oráculo del Señor a mi Señor: «Siéntate a mi derecha». Aleluya.

SALMO 110: GRANDES SON LAS OBRAS DEL SEÑOR

Ant. El Señor, piadoso y clemente, ha hecho maravillas memorables. Aleluya.

Doy gracias al Señor de todo corazón,
en compañía de los rectos, en la asamblea.
Grandes son las obras del Señor,
dignas de estudio para los que las aman.

Esplendor y belleza son su obra,
su generosidad dura por siempre;
ha hecho maravillas memorables,
el Señor es piadoso y clemente.

Él da alimento a sus fieles,
recordando siempre su alianza;
mostró a su pueblo la fuerza de su obrar,
dándoles la heredad de los gentiles.

Justicia y verdad son las obras de sus manos,
todos sus preceptos merecen confianza:
son estables para siempre jamás,
se han de cumplir con verdad y rectitud.

Envió la redención a su pueblo,
ratificó par siempre su alianza,
su nombre es sagrado y temible.

Primicia de la sabiduría es el temor del Señor,
tienen buen juicio los que los practican;
la alabanza del Señor dura por siempre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor, piadoso y clemente, ha hecho maravillas memorables. Aleluya.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: LAS BODAS DEL CORDERO

Ant. Reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo. Aleluya.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios,
porque sus juicios son verdaderos y justos.
Aleluya.

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos,
los que le teméis, pequeños y grandes.
Aleluya.

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo,
alegrémonos y gocemos y démosle gracias
Aleluya.

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero,
Su esposa se ha embellecido.
Aleluya.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo. Aleluya.

LECTURA: 1P 1, 3-5

¡Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en su gran misericordia, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza vida, para una herencia incorruptible, pura, imperecedera, que os está reservada en el cielo. La fuerza de Dios os custodia en la fe para la salvación que aguarda a manifestarse en el momento final.

RESPONSORIO BREVE

R/ Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.
V/ Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.

R/ Digno de gloria y alabanza por los siglos.
V/ En la bóveda del cielo.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos», dice el Señor.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos», dice el Señor.

PRECES

Invoquemos a Dios, nuestro Padre, que maravillosamente creó al mundo, lo redimió de forma más admirable aún y no cesa de conservarlo con amor, y digámosle con alegría:

Renueva, Señor, las maravillas de tu amor.

Te damos gracias, Señor, porque, a través del mundo, nos has revelado tu poder y tu gloria;
— haz que sepamos ver tu providencia en los avatares del mundo.

Tú que, por la victoria de tu Hijo en la cruz, anunciaste la paz al mundo,
— líbranos de toda desesperación y de todo temor.

A todos los que aman la justicia y trabajan por conseguirla,
— concédeles que cooperen, con sinceridad y concordia, en la edificación de un mundo mejor.

Ayuda a los oprimidos, consuela a los afligidos, libra a los cautivos, da pan a los hambrientos, fortalece a los débiles,
— para que en todo se manifieste el triunfo de la cruz.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú, que al tercer día, resucitaste gloriosamente a tu Hijo del sepulcro,
— haz que nuestros hermanos difuntos lleguen también a la plenitud de la vida.

Concluyamos nuestra súplica con la oración que el mismo Señor nos enseñó:
Padre nuestro…

ORACION

Señor, tú que te has dignado redimirnos y has querido hacernos hijos tuyos, míranos siempre con amor de padre y haz que cuantos creemos en Cristo, tu Hijo, alcancemos la libertad verdadera y la herencia eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Perdonar no es una opción, es una obligación

Hoy, el evangelio de Mateo nos ofrece un texto singular que tiene en el trasfondo la necesidad buscar modos de afrontar los desencuentros personales y los conflictos comunitarios. El texto se enmarca entre dos parábolas cuyo tema es el perdón y la misericordia (la oveja perdida en 18, 12-14 y la del siervo perdonado que no aprendió a perdonar en 18, 21-35) ofreciendo de este modo un enfoque desde el que interpretar la normativa comunitaria que el relato plantea.

La comunidad de Mateo, asentada probablemente en Antioquia de Siria, vive un momento en que necesita dar forma a su vida fraterna y fortalecer sus vínculos como grupo para poder responder a los desafíos de su entorno y no fracasar en su seguimiento de Jesús. Son muchas las situaciones nuevas que han de afrontar como seguidoras/es de Jesús especialmente relacionadas con la conducta dentro del grupo y con el modo de estar con sus vecinos o familiares no cristianos.

Mateo sabe que el mejor criterio para afrontarlas con éxito es mirar a Jesús y preguntarse, como querría él que actuasen por eso, en la medida que va narrando la vida de Jesús y su mensaje, va incorporando referencias de conducta que puedan ayudar a sus hermanos y hermanas de la comunidad. El texto de hoy responde precisamente a eso, a ofrecer un marco de actuación que les permita resolver adecuadamente los enfrentamientos y desajustes en las relaciones personales, comunitarias y sociales.

La propuesta que hace el evangelista, sin embargo, no solo pretende articular un proceso de resolución de conflictos personales o grupales, sino que muestra un camino de actuación basado en el perdón gratuito. Mirando a Jesús entiende que no solo hay que señalar la culpa y buscar el arrepentimiento, sino que hay que actuar de modo que se priorice la sanación de la herida y se posibilite la reconciliación.

El diálogo personal, la escucha, la ausencia de juicio y la acogida comunitaria son las claves que permitirán que la ofensa no dañe la comunión y el cariño. Si no es posible el encuentro con quien nos ha ofendido, Mateo propone considerar a esa persona como un pagano o publicano (Mt 18,17). En principio parecería que eso podría significar una expulsión o un rechazo, pero no es así. Mirando a Jesús nos encontramos que para él los publicanos, los/as pecadores/as los paganos/as…son destinatarios preferentes, son los que más necesitan de su cercanía, de su comprensión y amistad. Ellos son la oveja que su Abba no quiere que se pierda (Mt 18, 12-14) y recuperarla sigue siendo un compromiso de la comunidad a pesar de todo.

La comunidad está llamada a acoger sin esperar nada a cambio, a perdonar sin condiciones, a fortalecer sus vínculos. Lo importante no es tener capacidad de atar o desatar, de tomar decisiones que cierren o abran caminos de encuentro y de futuro (Mt 18, 18), lo que cuenta es que eso se haga con los criterios de Jesús porque él es quien la ha reunido y la fortalece (Mt 18,19).

Previamente, Mateo había recordado otras palabas de Jesús en las que él definía quienes tenía que estar en el centro de las preocupaciones de la comunidad: todos/as aquellos/as que se podían identificar con los/as niños/as porque eran pequeños/as e indefensos/os (Mt 18, 1-7). Muchas veces esa pequeñez no significaba sencillez o inocencia, sino que venía unida a carencias, a situaciones dolorosas que les hacían errar el camino. Acoger al hermano o a la hermana con su vulnerabilidad era acoger a Jesús y seguirle por el camino. Restaurar la vida de quienes están heridos/as, sostenerlos en la comunidad dándoles tiempo a cambiar, abrirles espacios de escucha, acompañarlos es tarea de la comunidad. Tarea difícil pero ineludible, pues abandonar, juzgar, estigmatizar no entran en las reglas de juego de una comunidad que quiere seguir a Jesús (Mt 18,10-11).

Quien se reúne en nombre de Jesús de Nazaret siempre tiene abierta la puerta para escuchar, entender, perdonar, acoger…siempre sabe esperar con paciencia la vuelta de quien se ha alejado, siempre busca la manera de expresar el cariño en un abrazo, la incondicionalidad en un gesto, el perdón en una mirada limpia y entrañable.

Una utopía quizá… pero así es el mensaje del Reino, porque así es el corazón de Dios. Nunca hay excusas para la compasión y el perdón, nunca hay espacio para la desconfianza ni para el intercambio mercantilista (Mt 18, 27-35). Perdonar no es una opción, es el mandamiento. Si de verdad sentimos el amor y el perdón incondicional de Dios no podemos hacer otra cosa que perdonarnos de corazón unos/as a otros/as (Mt 18, 35).

Carme Soto Varela

Sin comunidad no puede haber persona humana

Del capítulo 16 hemos pasado al 18. Mt comienza una serie de discursos sobre la comunidad. Es la primera vez que se emplea el término “hermano” para designar a los miembros de la comunidad. Hay que notar que este texto está a continuación de la parábola de la oveja perdida, que termina con la frase: “Así vuestro Padre no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños”. El tema de hoy no es el perdón. Los textos lo dan por supuesto y van mucho más allá al tratar de ganar al hermano que ha fallado.

Lo que nos relata el evangelio de hoy es seguramente reflejo de una costumbre de la comunidad de Mt. Se trata de prácticas que ya se llevaban a cabo en la sinagoga. En este evangelio es muy relevante la preocupación por la vida interna de la comunidad (Iglesia). El evangelio nos advierte que no se parte de una comunidad de perfectos, sino de una comunidad de hermanos, que reconocen sus limitaciones y necesitan el apoyo de los demás para superar sus fallos. Los conflictos pueden surgir en cualquier momento, pero lo importante es estar preparados para superarlos sin violencia. Sería muy interesante que esto lo tuviéramos en cuenta en las relaciones de familia.

En la primera frase tenemos un problema en el mismo texto, porque han llegado a nosotros distintas versiones: ‘si tu hermano peca’, ‘si tu hermano peca contra ti’, ‘si tu hermano te ofende’. Lo que está claro es que ninguna de estas versiones se puede remontar a Jesús. Los evangelios ponen en boca de Jesús lo que era práctica de la comunidad para darle valor definitivo. Al pecar contra ti, debía corresponder el perdón. El próximo domingo, Jesús dirá a Pedro que tiene que perdonar ‘setenta veces siete’.

Si tu hermano peca”, no debemos entenderlo con el concepto que tenemos hoy de pecado. La práctica penitencial de los primeros siglos se fue desarrollando en torno a los pecados contra la comunidad. No se tenía en cuenta, ni se juzgaba, la actitud personal con relación a Dios sino el daño que se hacía a la comunidad. La respuesta de la comunidad no juzgaría la situación personal del que ha fallado sino el daño que había hecho a la comunidad, que tiene que velar por el bien de todos sus miembros.

La corrección fraterna no es tarea fácil, porque el ser humano tiende a manifestar su superioridad. En este caso puede suceder por partida doble. El que corrige puede humillar al corregido queriendo hacer ver su superioridad moral. Aquí tenemos que recordar las palabras de Jesús: ¿Cómo pretendes sacar la mota del ojo del tu hermano, teniendo una viga en el tuyo? El corregido puede rechazar la corrección por falta de humildad. Por ambas partes se necesita un grado de madurez humana no fácil de alcanzar. Hoy tenemos la dificultad añadida de que no existe una verdadera comunidad.

Hoy tendría mucha más aplicación a la familia. Tendemos a esperar que los otros sean perfectos y en cuanto algún miembro de la familia falla ponemos el grito en el cielo. La verdad es que ninguna comunidad es posible sin aceptar y comprender que todos somos imperfectos y que antes o después saldrán a relucir esas carencias. Es muy difícil advertir al otro de sus fallos sin acusarle, pero es más difícil todavía aceptar que me corrijan.

Partiendo de que todo pecado es un error, lo que falla en realidad es la capacidad de los cristianos para convencer al otro de su equivocación, y de que siguiendo por ese camino se está apartando de la meta que él mismo pretende conseguir. Una buena corrección tiene que dejar muy claro que buscamos el bien del corregido y no nuestra vanagloria. Debemos ser capaces de demostrarle que no solo se aleja él de la plenitud humana sino que impide o dificulta a los demás caminar hacia esa meta. Radicalmente apartado de los demás, ningún hombre conseguiría el más mínimo grado de humanidad.

Atar y desatar”. Es una imagen del AT muy utilizada por los rabinos de la época. Se refiere a la capacidad de aceptar a uno en la comunidad o excluirlo. Así lo entendieron también las primeras comunidades, cuyos miembros eran todos judíos. El concepto de pecado como ofensa a Dios que necesita también el perdón de Dios, tal como lo entendemos hoy, no fue objeto de reflexión en la primera comunidad. No se trata de un poder conferido por Dios para perdonar los pecados entendidos como ofensas contra Él.

Todo lo que atéis en la tierra…” Hace dos domingos, el mismo Mt ponía en boca de Jesús exactamente las mismas palabras referidas a Pedro. El poder de decidir ¿lo tiene Pedro o lo tiene la comunidad? Solo hay una solución: Pedro actúa como cabeza de la comunidad. En el evangelio de Mateo no se encuentra una autoridad que toma decisiones. En el contexto podemos concluir que son las personas individuales las que tienen que acatar el parecer de la comunidad y no al revés, como se nos ha querido hacer ver.

“Donde dos estén reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Dios está identificado con cada una de sus criaturas, pero solo se manifiesta (está en medio) cuando hay por lo menos dos (comunidad). La relación de amor es el único marco idóneo para que Dios se haga presente. Se trata de estar identificados con la actitud de Jesús, es decir, buscando únicamente el bien del hombre, de todos los seres humanos, también de los que no pertenecen al grupo. Esto lo hemos olvidado con frecuencia.

Es imposible cumplir hoy ese encargo de la corrección fraterna porque está pensado para una comunidad, donde se han desarrollado lazos de fraternidad y todos se conocen y se preocupan los unos de los otros. Lo que hoy falta es precisamente esa comunidad. No obstante, lo importante no es la norma concreta, que responde a una práctica de la comunidad de Mt, sino el espíritu que la ha inspirado y debe inspirarnos a nosotros la manera de superar los enfrentamientos a la hora de hacer comunidad.

La comunidad es la última instancia de nuestras relaciones con Dios. Es absurdo pretender una directa relación con Dios para solucionar mis fallos. El texto evangélico insiste en que hay que agotar todos los cauces para hacer salir al otro de su error, pero una vez agotados todos los cauces, la solución no es la eliminación del otro, sino la de apartarlo, con el fin de que no siga haciendo daño a la comunidad. La solución final manifiesta la incapacidad de la comunidad para convencer al otro de su error. Si la comunidad tiene que apartarlo es que no tiene capacidad de integrarlo.

El sentido de la comunidad es la ayuda mutua en la consecución de la plenitud del hombre. La Iglesia debe ser sacramento (signo) de salvación para todos. Hoy día no tenemos conciencia de esa responsabilidad. Pasamos olímpicamente de los demás. Seguimos enfrascados en nuestro egoísmo incluso dentro del ámbito de lo religioso. El fallo más letal de nuestro tiempo es la indiferencia. Martín Descalzo la llamó “la perfección del egoísmo”. Otra definición que me ha gustado es esta: “es un homicidio virtual”. Seguramente es hoy el pecado más extendido en nuestras comunidades.

Meditación

La máxima manifestación de desamor es la indiferencia.
Camuflarla bajo el manto de respeto, o tolerancia, es cobardía.
Si no me comprometo con el bien espiritual del otro,
es que su presente y su futuro me importan un comino.
Debo ir al encuentro del otro para ayudarle, sin juzgarle.
Si no busco el bien del otro, mi plenitud quedará truncada.

Fray Marcos

Comentario – Domingo XXIII de Tiempo Ordinario

¡Ojala escuchéis hoy su voz!, dice el salmista. Es la voz de Dios: una voz que acontece en la historia y se mezcla con los acontecimientos históricos; una voz que se confunde con la voz de su profeta, de su Hijo hecho hombre o de su apóstol; voz, por tanto, profética, evangélica, apostólica.

Todas son voces de Dios, pero mediadas por boca de hombre. Esa voz que debemos escuchar hoy quiere ser alarmante para el malvado, que está obligado a cambiar de conducta para no morir en su maldad, y responsabilizante para el que recibe el encargo de dar la alarma de parte de Dios al malvado en peligro de perderse. Esto es lo que corresponde hacer al profeta puesto de atalaya en la casa de Israel. Pero, como cristianos, todos somos profetas, porque por el bautismo hemos venido a participar de la condición profética de Cristo. Por eso, dar la alarma al malvado no es tarea exclusiva del sacerdote cuando predica, sino de todo cristiano.

Es lo que pone de manifiesto el evangelio de hoy: Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. La reprensión es tarea del hermano que toma conciencia del pecado de su hermano. Todo transcurre entre hermanos.

Es la corrección fraterna, que no puede ser corrección si no hay pecado que corregir, y que no es fraterna si no se da entre hermanos que tienen conciencia de tales. La corrección fraterna, no obstante ser una práctica muy acreditada en la historia de las comunidades cristianas, resulta difícil en su aplicación. No todos sabemos corregir, y menos fraternalmente. Se requieren buenas dosis de amor, inteligencia, humildad, delicadeza y oportunidad. Sin amor, la corrección se convierte fácilmente en una tortura que no estimula a la superación para el que la recibe o en la satisfacción de un oculto deseo de venganza para el que la da.

Ya san Pablo decía: uno que ama a su prójimo no le hace daño, al menos daño gratuito e innecesario. Sin inteligencia, la corrección fácilmente yerra, empeñándose en curar lo que está sano. Sin humildad, la corrección humilla más de lo conveniente, provocando quizá un efecto contrario. Lo mismo sucede cuando se corrige sin delicadeza y sin oportunidad. Ambas cosas son necesarias para la corrección benevolente e inteligente. Nos parece, además, que hay correcciones pertinentes, como las que están obligados a hacer un padre o una madre con sus hijos por razón de su paternidad o maternidad. Esta relación les hace en gran medida responsables de su conducta y les obliga a responder de ella. Y al deber de los padres corresponde el derecho de los hijos. Admitimos, por tanto, que estos tengan derecho a la reprensión de sus padres, aunque en su momento no la acepten. Lo mismo pensamos de personas (maestros, profesores, formadores, superiores) que han recibido el encargo de educar o formar a otros.

En estos ámbitos entendemos la corrección como pertinente. Lo que nos resulta más difícil de admitir es la corrección entre iguales o corrección fraterna, quizá porque está más expuesta a abusos, o porque resulta más humillante, o porque no queremos implicarnos en la vida de los demás, o porque no sentimos al hermano como hermano, porque nos resulta indiferente su conducta siempre que no nos afecte. Y sin embargo, esta práctica nos es recomendada por el evangelio como buena y saludable, ya que, mediante la corrección, podemos salvar a un hermano en trance de perdición. Hay que añadir que todos somos corresponsables en la salvación de los demás, pues hemos contraído con Dios la obligación de velar por los hermanos, sobre todo por los más débiles.

En este contexto de mutua responsabilidad y hermandad hemos de leer las palabras de Jesús: Si tu hermano peca repréndelo a solas. Puede que ni siquiera haya caído en la cuenta de su falta o de la gravedad de la misma. Si acepta la corrección, habrás salvado a tu hermano. Tu intervención habrá sido salvadora. Pero puede que no te haga caso. Entonces llama a uno o dos testigos (eso le puede hacer recapacitar) y en su presencia corrígelo.

Pero si esta medida no da resultado y el caso ya se ha hecho público, siendo motivo de escándalo para otros, dalo a conocer a la comunidad (representada en el obispo), para que ella intervenga, sometiéndolo a la penitencia o expulsándole, si no hace caso. Con la exclusión (= excomunión) de la comunidad, el pecador pasará a ser considerado temporalmente como un pagano o un publicano (en ámbito judío), es decir, un excomulgado. Pero excomulgado no significa rechazado para siempre (= condenado), sino rechazado mientras persista en su pecado y no acepte la reprensión, ni la conversión. No debe olvidarse, sin embargo, que lo atado o desatado (por la Iglesia) en la tierra, quedará atado o desatado en el cielo. Esta expresión evangélica refuerza la definitividad de las intervenciones eclesiales, que llevan anejo el poder de excomulgar o levantar la excomunión.

Es evidente que muchas veces juzgamos y corregimos a los demás; lo que no resulta tan claro es que lo hagamos procurando su bien o con la debida inteligencia y oportunidad. Fácilmente confundimos las ramas sanas con las enfermas, lo grande con lo pequeño, las sospechas o impresiones con las realidades, la oportunidad con la importunidad. La eficacia de nuestra corrección se manifestará en sus frutos. Si da como fruto la serenidad, la confianza, el estímulo para obrar mejor, el deseo de superación… habrá sido afortunada. Si no, habrá errado en su objetivo. Pero el olvido de esta práctica puede ser síntoma de muchas carencias en el seno de la comunidad: síntoma de cobardía, de irresponsabilidad, de indiferencia, de comodidad, de falta de caridad.

Pongámonos de acuerdo para pedir disposición para corregir y para dejarnos corregir fraternalmente. Si lo hacemos, reunidos en su nombre, lo alcanzaremos.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Lumen Gentium – Documentos Concilio Vaticano II

Relaciones de los laicos con la jerarquía

37. Los laicos, al igual que todos los fieles cristianos, tienen el derecho de recibir con abundancia de los sagrados Pastores los auxilios de los bienes espirituales de la Iglesia, en particular la palabra de Dios y les sacramentos. Y manifiéstenles sus necesidades y sus deseos con aquella libertad y confianza que conviene a los hijos de Dios y a los hermanos en Cristo. Conforme a la ciencia, la competencia y el prestigio que poseen, tienen la facultad, más aún, a veces el deber, de exponer su parecer acerca de los asuntos concernientes al bien de la Iglesia. Esto hágase, si las circunstancias lo requieren, a través de instituciones establecidas para ello por la Iglesia, y siempre en veracidad, fortaleza y prudencia, con reverencia y caridad hacia aquellos que, por razón de su sagrado ministerio, personifican a Cristo.

Los laicos, como los demás fieles, siguiendo el ejemplo de Cristo, que con su obediencia hasta la muerte abrió a todos los hombres el dichoso camino de la libertad de los hijos de Dios, acepten con prontitud de obediencia cristiana aquello que los Pastores sagrados, en cuanto representantes de Cristo, establecen en la Iglesia en su calidad de maestros y gobernantes. Ni dejen de encomendar a Dios en la oración a sus Prelados, que vigilan cuidadosamente como quienes deben rendir cuenta por nuestras almas, a fin de que hagan esto con gozo y no con gemidos (cf. Hb 13,17).

Por su parte, los sagrados Pastores reconozcan y promuevan la dignidad y responsabilidad de los laicos en la Iglesia. Recurran gustosamente a su prudente consejo, encomiéndenles con confianza cargos en servicio de la Iglesia y denles libertad y oportunidad para actuar; más aún, anímenles incluso a emprender obras por propia iniciativa. Consideren atentamente ante Cristo, con paterno amor, las iniciativas, los ruegos y los deseos provenientes de los laicos. En cuanto a la justa libertad que a todos corresponde en la sociedad civil, los Pastores la acatarán respetuosamente.

Son de esperar muchísimos bienes para la Iglesia de este trato familiar entre los laicos y los Pastores; así se robustece en los seglares el sentido de la propia responsabilidad, se fomenta su entusiasmo y se asocian más fácilmente las fuerzas de los laicos al trabajo de los Pastores. Estos, a su vez, ayudados por la experiencia de los seglares, están en condiciones de juzgar con más precisión y objetividad tanto los asuntos espirituales como los temporales, de forma que la Iglesia entera, robustecida por todos sus miembros, cumpla con mayor eficacia su misión en favor de la vida del mundo.

Lectio Divina – Domingo XXIII de Tiempo Ordinario

La corrección fraterna en comunidad
Preocuparse por los hermanos que se alejan de la comunidad
Mateo 18,15-20

1. Oración inicial

Señor Jesús, envía tu Espíritu, para que Él nos ayude a leer la Biblia en el mismo modo con el cual Tú la has leído a los discípulos en el camino de Emaús. Con la luz de la Palabra, escrita en la Biblia, Tú les ayudaste a descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos dolorosos de tu condena y muerte. Así, la cruz, que parecía ser el final de toda esperanza, apareció para ellos como fuente de vida y resurrección.

Crea en nosotros el silencio para escuchar tu voz en la Creación y en la Escritura, en los acontecimientos y en las personas, sobre todo en los pobres y en los que sufren. Tu palabra nos oriente a fin de que también nosotros, como los discípulos de Emaús, podamos experimentar la fuerza de tu resurrección y testimoniar a los otros que Tú estás vivo en medio de nosotros como fuente de fraternidad, de justicia y de paz. Te lo pedimos a Ti, Jesús, Hijo de María, que nos has revelado al Padre y enviado tu Espíritu. Amén.

2. Lectura

a) Una división del texto para ayudar a la lectura:

Mateo 18;15-16: Corregir al hermano y restablecer la unidad
Mateo 18,17: Quien no escucha a la comunidad se autoexcluye
Mateo 18,18: La decisión tomada en la tierra es aceptada en el cielo
Mateo 18,19: La oración en común por el hermano que sale de la comunidad
Mateo 18,20: La presencia de Jesús en la comunidad

b) Clave de lectura

– El Evangelio de Mateo organiza las palabras de Jesús en cinco grandes Sermones o Discursos. Esto indica que hacia el final del primer siglo, época en la que se procedió a la redacción final del Evangelio de Mateo, las comunidades cristianas tenían ya unas formas concretas de catequesis. Los cinco Discursos eran como cinco grandes flechas que indicaban la ruta del camino. Ofrecían criterios para instruir a las personas y ayudarles a resolver los problemas. El Sermón de la Comunidad (Mt 18,1-35), por ejemplo, presenta instrucciones sobre cómo debe ser la convivencia entre los miembros de la comunidad, de modo que ésta pueda ser una revelación del Reino de Dios.
– En este 23º Domingo del Tiempo Ordinario leeremos y meditaremos la segunda parte del Sermón de la Comunidad y veremos de cerca dos aspectos: la corrección fraterna (18,15-18) y la oración en común: cómo preocuparse por aquéllos que han abandonado la comunidad (18,19-20)

Mateo 18,15-20

c) El texto

15 «Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele, a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. 16 Si no te escucha, toma todavía contigo uno o dos, para que todo asunto quede zanjado por la palabra de dos o tres testigos.17 Si les desoye a ellos, díselo a la comunidad. Y si hasta a la comunidad desoye, sea para ti como el gentil y el publicano.
18 «Yo os aseguro: todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo.
19 «Os aseguro también que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos. 20 Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.»

3. Un momento de silencio orante

para que la Palabra de Dios pueda entrar en nosotros e iluminar nuestra vida.

4. Algunas preguntas

para ayudarnos en la meditación y en la oración.

a) ¿Qué parte del texto te ha llamado más la atención? ¿Por qué?
b) ¿Cuáles son los consejos que Jesús nos da para ayudar a las personas a resolver los problemas de la comunidad y reconciliarse entre ellos?
c) ¿Cuál es la exigencia fundamental que surge de estos consejos de Jesús?
d) En Mateo 16,19, el poder de perdonar viene dado a Pedro; en Jn 20,23 este mismo poder se le da a los Apóstoles. Aquí, el poder de perdonar se confiere a la Comunidad. Nuestra comunidad, ¿cómo usa este poder de perdonar que Jesús le confiere?
e) Jesús ha dicho: “Donde dos o tres está reunidos en mi nombre, estoy yo en medio de ellos”. ¿Qué significa esto para nosotros hoy?

5. Para aquéllos que desean profundizar aun más en el texto

a) Contexto en el que nuestro texto viene inserto en el Evangelio de Mateo:

Organizando las palabras de Jesús en cinco grandes sermones o discursos, el Evangelio de Mateo imita los cinco libros del Pentateuco y presenta la Buena Nueva del Reino como una Nueva Ley. La liturgia de este domingo nos enfrenta con la Nueva Ley que instruye sobre la corrección fraterna dentro de la comunidad y el tratamiento que hay que dar a aquéllos que se excluyen de la vida comunitaria.

b) Comentario del texto:

Mateo 18,15-16: Corregir al hermano y reconstruir la unidad.
Jesús traza normas sencillas y concretas para indicar cómo proceder en caso de conflicto en la comunidad. Si un hermano o hermana pecan, o sea, si tienen un comportamiento en desacuerdo con la vida de la comunidad, tú no debes denunciarlo públicamente delante de la comunidad. Antes debes hablar a solas con él. Trata de saber los motivos de obrar del otro. Si no obtienes ningún resultado, convoca a dos o tres de la comunidad para ver si se obtiene algún resultado. Mateo escribe su evangelio alrededor de los años 80 ó 90, casi a finales del primer siglo, para las comunidades de judíos convertidos, provenientes de Galilea y de Siria. Si recuerda con tanta insistencia estas frases de Jesús, es porque de hecho, en aquellas comunidades había una gran división en torno a la aceptación de Jesús Mesías. Muchas familias estaban divididas y eran perseguidas por sus mismos parientes que no aceptaban a Jesús, como Mesías (Mt 10,21.35-36.

Mateo 18,17: Quien no escucha a la comunidad se autoexcluye
En último caso, agotadas todas las posibilidades, el hecho del hermano reticente se necesita exponerlo a la comunidad. Y si la persona no quisiese escuchar el consejo de la comunidad, entonces que sea por ti considerado “como un publicano o un pagano”, o sea, como una persona que no pertenece a la comunidad y mucho menos que quiera formar parte de ella. Por tanto, no eres tú el que lo estás excluyendo, sino que es ella misma la que se excluye de la convivencia comunitaria.

Mateo 18,18: La decisión tomada en la tierra es aceptada en el cielo
En Mateo 16,19, el poder de perdonar se le da a Pedro; en Jn 20,23, este mismo poder se le da a los Apóstoles. Ahora, en este texto, el poder de perdonar se le da a la comunidad: “todo lo que atéis sobre la tierra será atado en el cielo y todo lo que desatéis en la tierra será desatado también en el cielo”. Aquí aparece la importancia de la reconciliación y la enorme responsabilidad de la comunidad en su modo de tratar a sus miembros. No excomulga a la persona, sino sencillamente ratifica la exclusión que la persona misma había tomado públicamente saliendo de la comunidad.

Mateo 18,19: La oración en común por el hermano que sale de la comunidad
Esta exclusión no significa que la persona sea abandonada a su propia suerte. ¡Al contrario! Puede estar separada de la comunidad, pero no estará separada de Dios. Por esto, si la conversación en la comunidad no da ningún resultado y si la persona no quiere ya integrarse en la vida de la comunidad, continuamos teniendo la obligación de rogar juntos al Padre para obtener la reconciliación. Jesús garantiza que el Padre escuchará.

Mateo 18,20: La presencia de Jesús en la comunidad
El motivo de la certeza de ser escuchado es la promesa de Jesús: “Allí donde dos o tres están reunidos en mi nombre, estoy yo en medio de ellos”. Jesús dice que Él es el centro, el eje de la comunidad, y como tal, junto a la comunidad ora al Padre, para que conceda el don del retorno al hermano que se ha excluido.

c) Profundizando:

– La comunidad como espacio alternativo de solidaridad y de fraternidad:

Hoy, la sociedad neo-liberal, marcada por el consumismo, es dura y sin corazón. No es en ella fuerte la acogida de los pobres, de los extranjeros, de los prófugos. El dinero no acompaña a la misericordia. También la sociedad del Imperio Romano era dura y sin corazón, sin espacio para los pequeños. Ellos buscaban un refugio para su corazón, sin encontrarlo. Incluso las sinagogas eran exigentes y no ofrecían para ellos un lugar de reposo. En las comunidades cristianas, había personas que querían introducir el rigor de los fariseos en la observancia de la ley. Llevaban al centro de la convivencia fraterna los mismos criterios injustos de la sociedad y de la sinagoga. Y así, empiezan a surgir las mismas divisiones de la sociedad y de la sinagoga entre judíos y no judíos, ricos y pobres, dominantes y sometidos, palabra y silencio, hombre y mujer, raza y religión. Y en lugar de hacer de la comunidad un espacio de acogida, ésta se convertía en lugar de condenación. Recordando las palabras de Jesús en el Discurso de la Comunidad, Mateo quiere iluminar el camino de los cristianos, de modo que la comunidad se convierta en un espacio alternativo de solidaridad y de fraternidad. Debe ser una Buena Noticia para los pobres.

– La excomunión y la exclusión de la convivencia fraterna:

Jesús no quiere aumentar la exclusión. Sino que quiere favorecer la inclusión. Ha hecho esto toda su vida: acoger y reintegrar a las personas que, en nombre de un falso concepto de Dios, se habían excluido de la comunidad. Ciertamente él no puede impedir que una persona, en desacuerdo con la Buena Noticia del Reino, se obstine en no pertenecer a la comunidad y se excluya de ella. Esto es lo que hicieron algunos fariseos y doctores de la ley. Pero aún así, la comunidad debe comportarse como el Padre de la parábola del Hijo Pródigo. Debe seguir teniendo en el corazón al hermano y rogar por él, de modo que cambie de idea y vuelva a la comunidad.

6. Oración: Salmo 32

La confesión libera del pecado

¡Dichoso al que perdonan su culpa
y queda cubierto su pecado!
Dichoso el hombre a quien Yahvé
 no le imputa delito,
 y no hay fraude en su interior.

Guardaba silencio y se consumía mi cuerpo,
cansado de gemir todo el día,
pues descargabas día y noche
tu mano sobre mí;
mi corazón cambiaba como un campo
que sufre los ardores del estío.

Reconocí mi pecado
y no te oculté mi culpa;
me dije: «Confesaré
a Yahvé mis rebeldías».
Y tú absolviste mi culpa,
perdonaste mi pecado.

Por eso, quien te ama te suplica
llegada la hora de la angustia.
Y aunque aguas caudalosas se desborden
jamás le alcanzarán.
Tú eres mi cobijo,
me guardas de la angustia,
me rodeas para salvarme.

«Voy a instruirte, a mostrarte el camino a seguir;
sin quitarte los ojos de encima, seré tu consejero».
No seas lo mismo que caballo o mulo sin sentido,
 rienda y freno hacen falta para domar su brío.

Copiosas son las penas del malvado,
mas a quien confía en Yahvé lo protege su amor.
¡Alegraos en Yahvé, justos, exultad,
gritad de gozo los de recto corazón!

7. Oración final

Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén.

¡Qué fácil es criticar, qué difícil corregir!

La formación de los discípulos

A partir del primer anuncio de la pasión-resurrección y de la confesión de Pedro, Jesús se centra en la formación de sus discípulos. No sólo mediante un discurso, como en el c.18, sino a través de las diversos acontecimientos que se van presentando. Los temas podemos agruparlos en tres apartados:

  1. Los peligros del discípulo:

                * ambición (18,1-5)

                * escándalo (18,6-9)

                * despreocupación por los pequeños (18,10-14)

  1. Las obligaciones del discípulo:

                * corrección fraterna (18,15-20)

                * perdón (18,21-35)

  1. El desconcierto del discípulo:

                * ante el matrimonio (19,3-12)

                * ante los niños (19,13-15)

                * ante la riqueza (19,16-29)

                * ante la recompensa (19,30-20,16)

De estos temas, la liturgia dominical ha seleccionado el 2, corrección fraterna y perdón, que leeremos en los dos próximos domingos (23 y 24 del Tiempo Ordinario) y el último punto del 3, desconcierto ante la recompensa (domingo 25).

La obligación de corregir (Ezequiel 33,7-9)

Al tratar de la corrección fraterna, es muy buen punto de partida la primera lectura, tomada del profeta Ezequiel. Cuando alguien se porta de forma indebida, lo normal es criticarlo, procurando que la persona no se entere de nuestra crítica. Sin embargo, Dios advierte al profeta que no puede cometer ese error. Su misión no es criticar por la espalda, sino dirigirse al malvado y animarlo a cambiar de conducta. Si el profeta calla por comodidad o miedo, se le pedirá cuenta de su silencio.

El modo de corregir (Mateo 18,15-20)

En la misma línea debemos entender el evangelio de hoy, que se dirige a los apóstoles y a los responsables posteriores de las comunidades. No pueden permanecer indiferentes, deben procurar el cambio de la persona. Pero es posible que ésta se muestre reacia y no acepte la corrección. Por eso se sugieren cuatro pasos: 1) tratar el tema entre los dos; 2) si no se atiene a razones, se llama a otro o a otros testigos; 3) si sigue sin hacer caso, se acude a toda la comunidad; 4) si ni siquie­ra entonces se atiene a razones, hay que considerarlo «como un gentil o un publicano».

Esta práctica recuerda en parte la costumbre de la comunidad de Qumrán. La Regla de la Congregación, sin expresarse de forma tan sistemática como Mateo, da por supuestos cuatro pasos: 1) corrección fraterna; 2) invocación de dos testi­gos; 3) recurso a «los grandes», los miembros más antiguos e importantes; 4) finalmente, si la persona no quiere corregirse, se le excluye de la comunidad.

La novedad del evangelio radica en que no se acude en tercera instancia a los «grandes», sino a toda la comunidad, subrayando el carácter democrático de la vivencia cristiana. Hay otra diferencia notable entre Qumrán y Jesús: en Qumrán se estipulan una serie de sanciones cuando se ofende a alguno, cosa que falta en el Nuevo Testamento. Copio algunas de ellas en el Apéndice.

Hay un punto de difícil interpretación: ¿qué signifi­ca la frase final, «considéralo como un gentil o un publicano»? Generalmente la interpretamos como un rechazo total de esa persona. Pero no es tan claro, si tenemos en cuenta que Jesús era el «amigo de publicanos» y que siempre mostró una actitud positiva ante los paganos. Por consiguiente, quizá la última frase debamos entenderla en sentido positivo: incluso cuando parece que esa persona es insalvable, sigue considerándola como alguien que en algún momento puede aceptar a Jesús y volver a él. Esta debe ser la actitud personal («considéralo»), aunque la comunidad haya debido tomar una actitud disciplinaria más dura.

¿Qué valor tiene la decisión tomada en estos casos? Un valor absoluto. Por eso, se añaden unas palabras muy parecidas a las dichas a Pedro poco antes, pero dirigidas ahora a todos los discípulos y a toda la comunidad: «Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo.» La decisión adoptada por ellos será refrendada por Dios en el cielo.

Relacionado con este tema están las frases finales. Generalmente se los aplica a la oración y a la presencia de Cristo en general. Pero, dado lo anterior y lo que sigue, parece importante relacionar esta oración y esta presencia de Cristo con los temas de la corrección y del perdón.

El conjunto podríamos explicarlo del modo siguiente. La correc­ción fraterna y la decisión comunitaria sobre un individuo son algo muy delicado. Hace falta luz, hallar las palabras adecuadas, el momento justo, paciencia. Todo esto es imposible sin oración. Jesús da por supuesto -quizá supone mucho- que esta oración va a darse. Y anima a los discípulos asegurándoles la ayuda del Padre, ya que El estará presente. Esta interpretación no excluye la otra, más amplia, de la oración y la presencia de Cristo en general. Lo importante es no olvidar la oración y la presencia de Jesús en el difícil momento de la reconciliación.

El mejor modo de corregir: el amor (Romanos 13,8-10)

Los textos de Ezequiel y del evangelio suponen situaciones conflictivas en la comunidad; hablan de malvados y de personas que pecan. La carta a los Romanos también conoce el peligro del adulterio, el asesinato, el robo, la envidia… Pero no se centra en denunciar esos pecados, sino en fomentar la caridad. «Uno que ama a su prójimo no le hace daño». El que ama cumple toda la ley, y su amor puede ser el mejor modo de corregir.

Apéndice: la práctica de la comunidad de Qumrán

Nota: En el siglo II a.C., un grupo de judíos, descontentos del comportamiento del clero y de las autoridades de Jerusalén, se retiró al desierto de Judá y fundó junto al Mar Muerto una comunidad. Se ha discutido mucho sobre su influjo en Juan Bautista, en Jesús y en los primeros cristianos. El interesado puede leer J. L. Sicre, El cuadrante. Vol. II: La apuesta, cap. 15.

Los cuatro pasos en la Regla de la congregación

1) «Que se corrijan uno a otro con verdad, con tranquilidad y con amor lleno de buena voluntad y benevolencia para cada uno» (V, 23-24).

2 y 3) «Igualmente, que nadie acuse a otro en presencia de los «grandes» sin haberle avisado antes delante de dos testigos» (VI, 1).

4) «El que calumnia a los «grandes», que sea despedido y no vuelva más. Igualmente, que sea despedido y no vuelva nunca el que murmura contra la autoridad de la asamblea. (…) Todo el que después de haber permanecido diez años en el consejo de la comunidad se vuelva atrás, traicionando a la comunidad… que no vuelva al consejo de la comunidad. Los miembros de la comunidad que estén en contacto con él en materia de purificación y de bienes sin haber informado de esto a la comunidad serán tratados de igual manera. No se deje de expulsarlos» (VII,16-25).

Algunos castigos

«Si alguien habla a su prójimo con arrogancia o se dirige a él groseramente, hiriendo la dignidad del hermano, o se opone a las órdenes dadas por un colega superior a él, será castigado durante un año…»

«Si alguno habló con cólera a uno de los sacerdotes inscri­tos en el libro, que sea castigado durante un año. Durante ese tiempo no participará del baño de purificación con el resto de los gran­des.»

«El que calumnia injustamente a su prójimo, que sea castiga­do durante un año y apartado de la comunidad.»

«Si únicamente habló de su prójimo con amargura o lo engañó conscientemente, su castigo durará seis meses.

«El que se despereza, cabecea o duerme en la reunión de los «grandes» será castigado treinta días».

José Luis Sicre

No estamos solos

1.- Tenemos una gran responsabilidad sobre la salvación de nuestros hermanos. Todos. Absolutamente todos. No es una obligación particular de los curas y de otros hermanos consagrados. A todos nos afecta y nos obliga. Una de las formas de procurar la salvación del prójimo es transmitiendo la Palabra de Dios. Y no es el templo el único lugar donde debe aparecer la Palabra. Esta Palabra –sin duda– toma especiales resonancias en la celebración litúrgica ante la asamblea de fieles. Es el caso de nuestra misa dominical donde hemos proclamado, con alegría, con fuerza y con la necesaria solemnidad, la Palabra del Señor.

Decíamos que no es el único medio, ni el lugar exclusivo. Hay otros de gran calado y eficacia como pueden ser los que funcionan en las nuevas, o renovadas, tecnologías: Internet, radio, televisión por satélite, etc. Y por supuesto aquellos más clásicos como los periódicos, las revistas, etc. Pero un modo imprescindible y más emocionante es aquel que se dirige al interlocutor cercano, al amigo próximo, a quien contamos, en confianza, esos fragmentos de la palabra divina que le van a comunicar vida.

2.- Podría ser que el hermano no atienda –o no respete– la Palabra de Dios… Dicha actitud contraria será observada por todos y tendrá un doble efecto negativo. Primero, para el mismo que transgrede la Palabra; segundo, como efecto desmoralizador para quienes observan tal conducta. La Palabra, en definitiva nos marca el camino e indica la conducta coherente con los mensajes que salen de esa palabra.

¿Dónde está la solución? El Señor Jesús con todo el amor, pero con una certera precisión nos dice: «Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un gentil o un publicano». No está pues nada oscuro el procedimiento del Salvador para mantener la necesaria coherencia interna en la comunidad.

Lo anterior parecería que choca con el perdón permanente que Jesús pide para todas las ofensas. No marca nuestro Maestro las veces que hay que ejercer el perdón, señala, la insalvable actitud de quienes no quieren ese perdón. Hay un punto de máximo interés en esas palabras. No podemos dejar de hacer una advertencia a tiempo a nuestro hermano porque este podría quedar ignorante de su propia falta. Callar sería ejercer complicidad con la falta y con quien la hace.

En la primera lectura, del capítulo 33 del Libro de Ezequiel, se dice muy claramente y lo hace con las mismísimas palabras de Dios: «Si yo digo al malvado: ‘¡Malvado, eres reo de muerte!’, y tú no hablas, poniendo en guardia al malvado para que cambie de conducta, el malvado morirá por su culpa, pero a ti te pediré cuenta de su sangre.» Aquí el pecado de omisión es verdaderamente grave.

3.- ¿Cuáles son los límites de la corrección fraterna? Pues los que inspira el amor. La religión cristiana es una observancia permanente del amor a Dios y del reflejo de este mismo amor dirigido al prójimo. Si amamos a nuestro hermano nuestras advertencias ni serán agrias, ni mucho menos injustas. San Pablo en la Carta a los Romanos lo dice de manera muy clara: «Uno que ama a su prójimo no le hace daño; por eso amar es cumplir la ley entera». Y si bien la frase de Pablo es válida para todas las circunstancias, lo es especialmente significativa para aquellos quienes, por su posición en el ministerio de la Iglesia, tienen que ejercer la acción de reprender y educar.

No hay que olvidar, por otro lado, que esa acción educadora es patrimonio especial de la Iglesia y que en ella está presente el Maestro, el Señor Jesús, que comunica profunda eficacia espiritual a dicha labor. «Os aseguro –dice Jesús– que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo». La Iglesia no es una realidad humana alejada de lo transcendente. Jesús es la cabeza del cuerpo y todo junto forma esa Iglesia que supera la dimensión estrictamente terrenal o humana.

4.- Los dos últimos párrafos del capítulo 18 del Evangelio de San Mateo que leemos hoy nos marcan una realidad fehaciente sobre nuestra relación con Dios. Leámoslos otra vez: «Os aseguro, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». Si nos ponemos de acuerdo para pedir algo al Padre nos lo va a dar. Además, si dos o tres nos reunimos en nombre de Jesús, Él vendrá a nosotros. Es algo muy emocionante y lo es, desde luego, si pensamos en la oración comunitaria, en la oración de la familia, en ese rosario de atardecer que se reza en muchos lugares de España y de América. Pero, además, marca lo comunitario como consustancial con la religión cristiana. No es, pues, una religión de solitarios. Debemos meditar hoy sobre las promesas de Cristo respecto a su presencia al lado nuestro. Está esperándonos en la Eucaristía. Nos promete venir a nuestro lado si solo dos o tres nos reunimos a rezar en su nombre. No vivimos pues esperando a un Dios lejano. Está siempre muy cerca si somos capaces de llamarle con fe, amor y esperanza.

Ángel Gómez Escorial

Volver al kerigma

En los días de agosto en que estoy preparando esta homilía, los rebrotes y nuevos contagios por el coronavirus siguen al alza. Excepto las personas irresponsables que sólo piensan en sí mismas, el resto seguimos con preocupación el desarrollo de los acontecimientos. La incertidumbre acerca del futuro en lo sanitario, laboral, económico, social… hace que vaya creciendo un sentimiento de cansancio y desesperanza: son muchos meses padeciendo las consecuencias de la pandemia, esperando que se vea por fin la luz al final del túnel, pero los hechos rompen estas expectativas.

La crisis provocada por el coronavirus ha supuesto, especialmente para quienes vivimos en el llamado “primer mundo”, un choque con la realidad. Nos creíamos casi invulnerables, los avances técnicos nos hacían sentir que podíamos tener todo bajo control… y todo esto se ha venido abajo: nos vemos confrontados con el misterio de la existencia, en la cual algo tan minúsculo como un virus puede dar al traste con todo y frente al cual nos sentimos totalmente vulnerables.

Ese choque con la realidad también afecta a nuestra fe. Desde el comienzo de la pandemia, los creyentes de todas las confesiones han orado por el fin de la misma. Y acabamos de escuchar en el Evangelio que Jesús ha dicho: si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos. Estas palabras de Jesús nos hacen pensar: somos más de dos los que, desde hace mucho, estamos pidiendo el fin no sólo de la pandemia, sino de tantos males que afligen al mundo entero, pero parece que estas oraciones no obtienen fruto. Y por eso muchos se preguntan para qué orar, de qué sirve si no cambia nada, al revés, las cosas están empeorando.

Como escribió el teólogo Michael P. Moore, “la insolente realidad del mal y del dolor del mundo -que hoy viene del virus COVID 19- empuja más al escándalo y la protesta que a la fe; a la duda, más que al asentimiento. Pero también puede ser una ocasión para purificar esa misma fe y descubrir qué es lo esencial en ella”. Y lo esencial de nuestra fe es un Misterio; no algo oscuro y que provoca temor, sino un Misterio de Amor, y que denominamos “kerygma”. Como dijo el Papa Francisco, “es la belleza del amor salvífico de Dios manifestado en Jesucristo muerto y resucitado”. (EG 36) Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, que padeció y murió por nuestra salvación, es la encarnación de ese Misterio de Amor: Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por medio del profeta: «Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrán por nombre Enmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”». (Mt 1, 22-23) Y por su resurrección se cumple lo que Él también ha dicho hoy: donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.

Y está en medio de nosotros de muchas formas, y una de ellas es allí donde hay amor: Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros (1Jn 4, 12). De ahí la llamada de san Pablo en la 2ª lectura: A nadie le debáis nada más que amor… porque cuando amamos de verdad, en cualquier gesto de amor por pequeño que sea, estamos haciendo patente que Jesús está en medio de nosotros.  

Ante los interrogantes que plantea no sólo el coronavirus sino todo el mal presente en el mundo, la respuesta de Dios es su Misterio de Amor, y en Jesucristo nos invita a creer en Él. Claro que tenemos que presentarle nuestras peticiones, pero hemos de hacerlo con verdadera fe. Y la verdadera fe no es creer “porque me da lo que pido”, sino creer que Dios nos ama y que es el “Dios-con-nosotros”. Y seguir confiando en Él, aunque no nos sea posible entender su Misterio.

El mal, el sufrimiento y la muerte son una llamada a volver al kerygma, a lo esencial de nuestra fe. Como dijo Benedicto XVI en Dios es amor, “para el creyente no es posible pensar que Él sea impotente (…) los cristianos siguen creyendo, a pesar de todas las incomprensiones y confusiones del mundo que les rodea. Aunque estén inmersos como los demás hombres en las dramáticas y complejas vicisitudes de la historia, permanecen firmes en la certeza de que Dios es Padre y nos ama, aunque su silencio siga siendo incomprensible para nosotros (38). La fe nos muestra a Dios que nos ha dado a su Hijo y así suscita en nosotros la firme certeza de que realmente es verdad que Dios es amor. De este modo transforma nuestra impaciencia y nuestras dudas en la esperanza segura de que el mundo está en manos de Dios y que, no obstante las oscuridades, al final vencerá Él. La fe, que hace tomar conciencia del amor de Dios revelado en el corazón traspasado de Jesús en la cruz, suscita a su vez el amor. El amor es una luz —en el fondo la única— que ilumina constantemente a un mundo oscuro y nos da la fuerza para vivir y actuar” (39).

Comentario al evangelio – Domingo XXIII de Tiempo Ordinario

Tu «hermano»


      Si tu hermano… has salvado a tu hermano. Al leer estas palabras del Evangelio, me ha venido a la cabeza la parábola del hijo pródigo, cuando el hijo/hermano mayor, hablando con su padre, se refiere al pequeño como «ese hijo tuyo». Como cuando el hijo de cualquier familia ha hecho algo indebido, y uno de los padres se dirige al otro diciendo: «tu hijo…», como si fuera sólo «hijo del otro» y no propio. Cuando alguien comienza una frase así «ese hijo tuyo»…. ya se sabe que lo que sigue no son alabanzas ni parabienes. Por eso, lo primero que responde el padre de aquella parábola al reproche de ese hijo mayor obediente, intachable y…. ¡también bastante desagradable! es: «tu hermano…». 

    Nos gusta mucho estar en casa como «hijos únicos», sentirnos dueños de la casa, y con derechos adquiridos sobre el padre y su herencia… y el «hermano» que vuelve me estorba, y no pocas veces el que está en casa, que no se ha ido, también. Esto que podría llamarse el «síndrome del hijo único», el que no quiere reconocer en el otro a un hermano, y tiene una buena lista de razones para distanciarse de él… es tan viejo como Caín. Ya recordáis que Yahweh le preguntaba por su hermano, y aquél le respondía: «¿acaso soy yo el guardián de mi hermano?»

      Esta palabra «hermano» me da mucho que pensar. Con frecuencia los predicadores se dirigen a los fieles con estas palabras: «Queridos hermanos» (incluso «queridísimos»). A mí sinceramente no me sale. Y no porque no quiera a las personas, y a bastantes las sienta como hermanas, pero es que decir en general «queridos» a personas que desconozco del todo, y «hermanos» a personas con las que ni siquiera me he saludado alguna vez… me parece un poco vacío, o desgastar de contenido palabras muy valiosas. Aunque quizá podría servirme para recordar que tengo/tenemos/hay… en nuestra Iglesia y en nuestras iglesias…. una tarea pendiente: vivirnos como hermanos, que el otro me importe y me implique como un auténtico hermano. 

     Nuestra cultura individualista e insolidaria (y cada vez lo es más), así como el peso de cultural de los últimos siglos… nos empujan a vivir la fe como un asunto privado, individualista, por muchos padres «nuestros» que recemos. La Reforma Litúrgica del Concilio Vaticano II quiso remar contracorriente de esta mentalidad. Por ejemplo quitó de en medio esa poco afortunada oración «Señor mío Jesucristo», donde el dolor de los pecados viene de que «podéis castigarme con las penas del infierno», y la sustituyó por otra en la que confesamos «ante Dios todopoderoso y ante vosotros hermanos que he pecado mucho», por eso ruego a Santa María, los ángeles, los santos, y a VOSOTROS HERMANOS, que intercedáis por mí». Importante afirmación, en línea con las lecturas de hoy: La conversión personal necesita de la intercesión, mediación, ayuda, de los hermanos (¡y de todos los santos del cielo!): yo solo poco puedo conseguir.

Insisto: mi conversión, mi lucha con el pecado, el perdón que Dios me ofrece por mi arrepentimiento depende en parte de «vosotros hermanos», de que recéis por mí, de que me ayudéis. Como también pedimos en plural, comunitariamente: Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo… ten piedad de NOSOTROS. Por no olvidar el  «perdónanos… como nosotros perdonamos»…

       Sin embargo nos sigue ocurriendo lo de aquel fariseo de la parábola, que a pesar de que estaba nada menos que en el Santo Templo hablando con Dios, miraba de reojo al que estaba bastante más atrás, con evidente desprecio y sentimiento de superioridad, juzgándolo, y condenándolo (incluso con razones teológicas: ¡era un publicano!)… sin sentirse para nada afectado o implicado por su suerte, por su condición. No se le ocurre acercarse, interesarse, ofrecerle alguna palabra de ánimo o misericordia, ¡lo que sea! Aquel fariseo había privatizado a Dios y lo tenía ganado en exclusiva gracias a su comportamiento impecable. Al menos es lo que él se creía, porque dice Jesús que «ni fue escuchado en su oración».

        Demasiadas veces eso que llamamos «comunidad» lo hemos convertido en una especie de autoservicio para cubrir mis necesidades personales, sin poner de nuestra parte lo que podamos para que sea una auténtica familia con relaciones cercanas, en donde nos interesemos por el otro. Desconocemos los nombres de los que viven la fe con nosotros, sentados cerca en la misma iglesia y en la misma misa, y con los que nos ponemos en la misma fila para ir a comulgar. Y no es nada raro que los fieles desconozcan el nombre de sus pastores: quién celebra esa misa a la que suelen venir, o quién les confiesa, o les lleva la comunión a casa, o… Nos sentamos en los bancos de la iglesia separados, a distancia (bueno, ahora es obligatorio por cuestiones sanitarias). Algunos evitan dar la paz (ya antes de que hubiera coronavirus) al de al lado, y más si tienen que desplazarse un poco para hacer ese gesto de reconciliación fraterna.

También algunos, bastantes, ¡no todos! (no es justo generalizar ni exagerar) rezan «para dentro», casi ni se les oye, sin darse cuenta que la oración litúrgica es de una asamblea que ora «a una sola voz», unánimes. 

Debiera ser lo más natural estar al tanto de las necesidades (de Cáritas, pastorales, etc), los proyectos, las actividades programadas, las cuentas de su «comunidad cristiana». Aportar, sugerir, revisar, proponer… incluso exigir cuando esas cosas faltan. Pero también felicitar, agradecer… algunos sólo se hacen notar cuando algo les desagrada. ¿Cómo debiera ser una comunidad de hermanos, tal como la soñó Jesús, tal como eran las primeras comunidades cristianas?

      Pues encuentro chispazos de luz para responder a esa peregunta… cuando algún «hermano» (aquí sí me sale la palabra) se te acerca y te dice: «reza por mí que lo estoy pasando mal; tenme presente en la Eucaristía para que el Señor me ayude a tomar una decisión».

Qué bien me siento cuando alguien se ofrece: si algún sin-papeles necesita ayuda, yo quizá podría echarle una mano…

Qué bien me hace cuando alguna persona (un «hermano») te dice: si hay por la zona alguna persona mayor muy sola que necesite alguna ayuda o compañía (gratis, claro), yo estoy disponible.

Recuerdo a cierto«hermano» que me decía: si hay alguna persona auténticamente necesitada de comida, me la envía a mi Supermercado, y le lleno el carro con productos que en pocos días acabarán en la basura, pero que aún están bien.

Padre, si quiere mandarme algún necesitado al bar… un bocata y un café no le van a faltar. Hágalo con toda confianza…

Me ofrezco a pagar los libros del colegio de alguna familia con dificultades económicas…

            Cuando esto no es así, cuando estos casos son más bien excepciones, lo de la «corrección fraterna» se vuelve misión imposible. Porque la corrección ha de ser «fraterna». El mensaje de Jesús y del Profeta Ezequiel subrayan con claridad que si mi «hermano» anda perdido, me tiene que preocupar, me tiene que doler, me tengo que sentir urgido a «ganármelo» (mejor traducido que «salvarlo», según el texto litúrgico) como sea.

      No me puedo reunir «en el nombre del Señor«, sin hacer mía su inquietud por la oveja que se perdió, por el hijo que no está en casa… No podemos celebrar auténticamente la Eucaristía, sacramento de la fraternidad/unidad, si no hay experiencia de fraternidad, de «comunión»,  y la cosa queda reducida a «oír» o «asistir a misa». «Sabrán que sois mis discípulos por el amor que os tenéis unos a otros«. No por abarrotar un templo, o seguir escrupulosamente los ritos litúrgicos, o…

     Considero que una de las tareas más urgentes de nuestra Iglesia (diócesis, parroquias, etc) es buscar medios y gastar todas las energías necesarias para que seamos comunidades de hermanos, que digan algo significativo a esta generación tan sedienta y necesitada de ternura, cercanía y comunicación profunda. «MIrad cómo se aman, se ayudan, comparten, se apoyan, se acompañan, disciernen juntos… Luego ya vendrá el plantearnos como hacer una corrección «fraterna».

Enrique Martínez de la Lama-Noriega, cmf 

Imagen de José María Morillo