Homilía – Domingo XXIV de Tiempo Ordinario

1.- El imposible perdón, sin humana compasión (Si 27, 33-28, 9)

Querer entenderse directamente con Dios ha sido siempre tentación de la experiencia religiosa. Dar un «rodeo interior» para no encontrar al hermano.

La sabiduría de Israel había avanzado ya mucho, para evitar esos espiritualismos desencarnados. Para relacionarse con Dios, hay que contar con el prójimo. Para obtener el perdón, es preciso aprender a perdonar. «Del vengativo se vengará el Señor y llevará estrecha cuenta de sus culpas». Para dar escalofrío al echar una mirada cada uno a su propio corazón.

La medida del perdón ya estaba dada por los sabios d Israel: «Perdona y se perdonará». Fuera de esta lógica del perdón que se recibe en la medida en que se otorga, todo es absurdo: pedir la salvación, guardando rencor a los demás; querer expiar los propios pecados, manteniendo, a un tiempo, la ira.

Y una serie de saludables recuerdos: del propio final, que cese el enojo (todo se hace relativo, mirado desde el propio término); de los mandamientos, para no enojarse con el hermano; de la alianza, para perdonar siempre el error.

Con tino lo dice el soneto: «Perdonar el error…, ser perdonado/ ¡qué cabal es el fiel de la justicia!/ y hay quien se obstina, necio, en la estulticia/ de esperar, sin piedad, ser indultado».

 

2.- Vivir y morir para el Señor (Rom 14, 7-9)

Con un breve texto de la carta a los Romanos terminamos su recorrido por la lectura dominical del tiempo ordinario. Un mensaje que nos proyecta hacia el final, aun en medio del diario caminar. El dilema es vivir y morir para uno mismo, o vivir y morir para el Señor.

Pablo, que ha desarrollado en la carta una teología de la salvación, lo tiene claro: «Ninguno de nosotros viv para sí mismo y ninguno muere para sí mismo». Vivimos y morimos para el Señor. Como creyentes, y aun como criaturas, somos seres «des-centrados». Nuestro centro está en Otro.

La pertenencia al Señor es muy honda. Está arraigada en el creyente de manera sacramental: el bautismo es una consagración tan fuerte al Señor que resulta en morir-con y resucitar-con Él. Entre el creyente y su Señor hay una comunión de destino. Desde la estrecha unió personal, afirma categóricamente el Apóstol: «En la vida y en la muerte somos del Señor».

Somos «del» Señor para ser «como» el Señor. Es la razón fundamental que da Pablo en esta última parte exhortativa de su carta: «Actuemos como el Señor» (exhortación), porque «somos del Señor» (teología).

3.- Quien no perdona no puede ser perdonado (Mt 18, 21-35)

La última frase de la lectura evangélica de hoy «pone el dedo en la llaga»: «Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no persona de corazón a su hermano». Sin otorgar el perdón, no podemos esperar perdón. Es, por otra parte, la enseñanza del padrenuestro: «Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a que nos ofenden». La medida del perdón que nosotros pedimos, se la damos a Dios en la cantidad y calidad del perdón que somos capaces de dar.

¿La cantidad? La indica el Señor respondiendo a Pedro, que estaba dispuesto a llegar hasta siete veces. Es preciso llegar hasta «setenta veces siete». ¿La calidad? Se refleja en la parábola que sigue. El perdón es cuestión de generosidad agradecida. Sólo quien siente el agradecimiento por el perdón recibido es capaz de perdonar con generosidad: «Se le ha perdonado mucho, porque ha amado mucho».

Así lo recuerda nuestro soneto: «Setenta veces siete son la tasa/ de la gracia… Si el malo las rebasa/ podrá el justo emularle en la subida».

Perdonar… Ser perdonado

Perdonar el error…, ser perdonado…
¡Qué cabal es el fiel de la justicia!
¡Y hay quien se obstina, necio, en la estulticia
de esperar, sin piedad, ser indultado!

Es perdiendo el sentido del pecado
como el hombre renuncia a la franquicia
de sus yerros, y cae en la injusticia
de exigir el error contra el malvado.

Setenta veces siete son la tasa
de la gracia… Si el malo las rebasa,
podrá el justo emularle en la subida…

¡Qué inútil es vivir para sí mismo!
¡Qué fecunda es la muerte…, el heroísmo
de ganar al encono la partida!

Pedro Jaramillo

Anuncio publicitario