La Vida de Jesús – Fco. Fernández-Carvajal

3.- LA VOCACIÓN DE MATEO

Mt 9, 9-13; Mc 2, 13-17; Lc 5, 27-32

Los tres evangelios sinópticos narran la vocación de Mateo, el publicano, inmediatamente después de la curación del paralítico de Cafarnaún. Quizá el mismo día del milagro o al siguiente, salió Jesús hacia la orilla del lago seguido de una gran muchedumbre, como advierte san Marcos. Pasó delante del puesto público de los impuestos (el telonio) donde se encontraba Mateo en su trabajo de recaudador.

Los romanos acostumbraban a entregar a particulares, mediante un sistema de subastas, los derechos a recaudar las cargas fiscales. Se quedaban con la puja quienes ofrecieran una recaudación más segura y un menor porcentaje como comisión. Esos recaudadores eran los publicanos, que empleaban a su vez a una serie de subordinados para tal misión. Como es lógico, los publicanos procuraban por todos los medios obtener de los particulares la mayor recaudación posible, ya que aumentaban sus ganancias. No se distinguían por ser muy cumplidores de la Ley ni por su asistencia al Templo o a la sinagoga. En el Nuevo Testamento son considerados por los fariseos como pecadores y paganos.

Pasó Jesús y vio a Mateo en su lugar de trabajo. Los otros dos sinópticos le llaman Leví, y san Marcos anota que era hijo de un tal Alfeo. Probablemente tuvo dos nombres, como era frecuente entre los judíos. Jesús le vio al pasar. Solo Dios sabe lo que vio aquel día al fijar su mirada en Mateo, y solo el apóstol sabrá lo que contempló en Jesús para dejar inmediatamente la mesa de las recaudaciones y seguirle.

Le dijo el Maestro: Sígueme. Y él se levantó y le siguió. Dejó atrás su caja, sus libros de registro y a los que estaban esperando en aquel momento para satisfacer su deuda. Su prontitud nos hace suponer que ya conocía al Señor y que su ánimo estaba preparado. Había escuchado al Maestro en otras ocasiones. Es muy probable que antes hubiera hablado ya con Él a solas. Jesús lo había conquistado, y ahora se trata de dar el paso definitivo.

La sorpresa de todos debió de ser enorme. ¡Un publicano entre sus íntimos! ¿Qué dirían las gentes, sus amigos? A Mateo no le importó. Al Señor, tampoco.

Mateo se convirtió en un testigo excepcional de la vida y de los hechos del Maestro. Un poco más tarde sería elegido uno de los Doce para seguir al Señor en todos sus pasos: escuchó sus palabras y contempló sus milagros, estuvo entre los íntimos que celebraron la Última Cena y asistió a la institución de la Eucaristía, oyó el testamento del Señor en el Mandamiento del amor y acompañó a Cristo al Huerto de los Olivos, donde empezaría, con los otros discípulos, un calvario de angustia, especialmente por haber abandonado también a Jesús. Después, muy poco después, saboreó la alegría de la Resurrección y, antes de la Ascensión, recibió el mandato de llevar la Buena Nueva hasta los confines de la tierra. Más tarde, también con los discípulos y la Madre de Jesús, recibió el fuego del Espíritu Santo, en Pentecostés. Al escribir su evangelio recordaría tantos momentos gratos junto al Maestro. Comprendió que su vida cerca de Cristo había valido la pena.

Leví quiso celebrar la llamada del Maestro y dio un gran banquete en su casa (debía de ser hombre rico), e invitó a Jesús y a sus discípulos. Por supuesto, sentados a la mesa estaban un buen grupo de colegas y amigos: publicanos y pecadores, escribe el propio Mateo, es decir, gente que no observaba muy bien la Ley y quizá gentiles. El Maestro asistió al banquete en casa del nuevo discípulo. Y lo haría de buen grado, con gusto, aprovechando aquella oportunidad para ganarse la simpatía de los amigos de Mateo. Los fariseos quedaron escandalizados. Los asistentes al banquete se sintieron acogidos por el Señor, y muchos de ellos con el paso del tiempo se bautizarían y serían cristianos fieles.

El Señor, como vemos a lo largo de su vida, no rehuía el trato social; más bien lo buscaba. Se entendía Jesús con los tipos humanos y los caracteres más variados: con un ladrón convicto, con los niños llenos de inocencia y de sencillez, con hombres cultos y pudientes como Nicodemo y José de Arimatea, con mendigos, con leprosos, con familias… Este interés manifiesta su afán salvador, que se extiende a todas las criaturas de cualquier clase y condición. En el evangelio se pone continuamente de manifiesto.

Los fariseos tenían incontables prescripciones rituales en torno a las comidas y celebraciones. Nunca visitaban la casa de un judío, ni se sentaban a su mesa, si no estaba ritualmente limpio, y mucho menos la de un gentil, que, por definición, era impuro. En sus labios, la palabra pecadores solía referirse a los judíos que no observaban las reglas y los ritos que los doctos en la Ley habían añadido a los preceptos de Moisés.

Los fariseos no entraron, por supuesto, en casa de Leví. Se quedaron fuera, vigilando, murmurando. Pudieron ver cómo Jesús y sus discípulos entraban sin ningún reparo en casa de Mateo. Después dirán a los discípulos: ¿Por qué vuestro Maestro come y bebe con publicanos y pecadores? Ya le habían acusado de blasfemia por perdonar los pecados. Una infracción ritual no era tan grave, desde luego, pero quizá les escandalizara más.

El Señor oyó lo que decían los fariseos. Y enseguida contestó a la pregunta que habían hecho a sus discípulos: No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Y añadió: Id y aprended qué sentido tiene: Misericordia quiero y no sacrificio; pues no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.

El Señor se colocaba por encima del legalismo de su tiempo y apelaba a la autoridad de Dios mismo. Esto motivó que desde aquel día en Cafarnaún se rompiera la neutralidad de aquellos que se consideraban a sí mismos los mejores cumplidores de la Ley.

También en aquella jornada Jesús ganó muchos amigos (los de Mateo), y conquistó un discípulo que sería después un fiel instrumento para llevar a todas partes el Reino de Dios[1].


[1] Encontrar y seguir a Jesús transforma la vida entera, esto es lo que le ocurrió al apóstol Mateo: «no es lo mismo haber conocido a Jesús que no conocerlo, no es lo mismo caminar con Él que caminar a tientas, no es lo mismo poder escucharlo que ignorar su Palabra, no es lo mismo poder contemplarlo, adorarlo, descansar en Él, que no poder hacerlo. No es lo mismo tratar de construir el mundo con su Evangelio que hacerlo solo con la propia razón. Sabemos bien que la vida con Él se vuelve mucho más plena y que con Él es más fácil encontrarle un sentido a todo. Por eso evangelizamos. El verdadero misionero, que nunca deja de ser discípulo, sabe que Jesús camina con él, habla con él, respira con él, trabaja con él». FRANCISCO PAPA , Exh. Ap. Evangelii gaudium, n. 266.