Aprender a rezar el Padrenuestro

1- Todos los días decimos en el Padrenuestro: «perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden». Hay personas que me han comentado que prefieren saltarse estas palabras para no ser hipócritas, porque les resulta imposible perdonar. La parábola que cuenta Jesús en el evangelio de hoy refleja la actitud de un hombre duro y olvidadizo. Lo mismo puede ocurrirnos a nosotros. Sólo quien experimenta en su propia piel el perdón que Dios le «regala» es capaz de darse cuenta de la grandeza de este don. Porque Dios ama y perdona sin condiciones. Basta con que se lo pidamos arrepentidos.

Al comentar este evangelio San Agustín te dice: «Si te alegras de que se te perdone, teme el no perdonar por tu parte». El no se cansa de perdonar, no te dice «siempre vienes con la misma cosa», sino que te escucha y te abraza como el padre del hijo pródigo. Cuentan que un niño oía atentamente lo que le decía su catequista sobre Dios: siempre nos atiende, nos quiere, vela continuamente por nosotros. El niño preguntó entonces si Dios no se aburría, pues estaba siempre despierto, qué hacía durante tanto tiempo. El catequista le respondió: «Dios no se aburre, pues se pasa el día perdonando».

2- ¿Cómo podemos dudar de la capacidad que Dios tiene de perdonar? ¿No esto dudar del fruto de su sacrificio redentor de Cristo en la cruz? Cristo dio la vida por la remisión de los pecados, los tuyos y los míos. Todos somos pecadores, pues «el que esté sin pecado que tire la primera piedra». A menudo somos tolerantes con nuestros fallos y queremos disculparnos delante de los demás y delante de Dios, pero somos inmisericordes con los defectos de los demás. Necio, mira primero la viga de tu ojo y no juzgues sobre la paja del ojo ajeno. «Que levante la mano quien se quiera salvar», dice el estribillo de una canción veraniega. ¿Quién no quiere reencontrar la paz y la presencia de Dios en su vida?

La Iglesia es sacramento de salvación, nunca debe ser muro, sino puente entre Dios y los hombres. Hay demasiadas condenas y poco amor en algunos gestos de los cristianos. Jesucristo miraba a los pecadores con ojos llenos de amor: a Zaqueo, a la mujer pecadora, al buen ladrón les perdonó sin echarles nada en cara, sin tener en cuenta el número o la gravedad de sus faltas. Sólo les dice: «Anda y no peques más».

3- «Perdono, pero no olvido». En esta expresión se encierra una gran falacia porque queremos aparentar que perdonamos, «con los labios», pero no perdonamos con el corazón. En el fondo tenemos archivado el mal que nos han hecho para sacarlo a relucir en la primera ocasión que podemos. Este no es el perdón del que habla Jesús. El nos dice que Dios nuestro Padre no lleva cuenta de nuestros delitos, se olvida de nuestros pecados, no «está siempre acusando, ni guarda rencor perpetuo» (salmo). Quizá no hemos asumido lo que significa esta gran noticia «Dios es compasivo y misericordioso». La sed de venganza, el odio, el rencor, son frutos del desamor. La comprensión, la tolerancia, la acogida, el perdón… son señales de que hemos experimentado en nosotros el amor que Dios nos tiene.

José María Martín OSA