Vísperas – Viernes XXIII de Tiempo Ordinario

VÍSPERAS

VIERNES XXIII de TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

¿Quién es este que viene,
recién atardecido,
cubierto con su sangre
como varón que pisa los racimos?

Éste es Cristo, el Señor,
convocado a la muerte,
glorificado en la resurrección.

¿Quién es este que vuelve,
glorioso y malherido,
y, a precio de su muerte,
compra la paz y libra a los cautivos?

Éste es Cristo, el Señor,
convocado a la muerte,
glorificado en la resurrección.

Se durmió con los muertos,
y reina entre los vivos;
no le venció la fosa,
porque el Señor sostuvo a su Elegido.

Éste es Cristo, el Señor,
convocado a la muerte,
glorificado en la resurrección.

Anunciad a los pueblos
qué habéis visto y oído;
aclamad al que viene
como la paz, bajo un clamor de olivos. Amén.

SALMO 134: HIMNO A DIOS, REALIZADOR DE MARAVILLAS

Ant. El Señor es grande, nuestro dueño más que todos los dioses.

Alabad el nombre del Señor,
alabadlo, siervos del Señor,
que estáis en la casa del Señor,
en los atrios de la casa de nuestro Dios.

Alabad al Señor porque es bueno,
tañed para su nombre, que es amable.
Porque él se escogió a Jacob,
a Israel en posesión suya.

Yo sé que el Señor es grande,
nuestro dueño más que todos los dioses.
El Señor todo lo que quiere lo hace:
en el cielo y en la tierra,
en los mares y en los océanos.

Hace subir las nubes desde el horizonte,
con los relámpagos desata la lluvia,
suelta a los vientos de sus silos.

Él hirió a los primogénitos de Egipto,
desde los hombres hasta los animales.
Envió signos y prodigios
—en medio de ti, Egipto—
contra el Faraón y sus ministros.

Hirió de muerte a pueblos numerosos,
mató a reyes poderosos:
a Sijón, rey de los amorreos,
a Hog, rey de Basán,
y a todos los reyes de Canaán.
Y dio su tierra en heredad,
en heredad a Israel, su pueblo.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor es grande, nuestro dueño más que todos los dioses.

SALMO 134

Ant. Casa de Israel, bendecid al Señor; tañed para su nombre, que es amable.

Señor, tu nombre es eterno;
Señor, tu recuerdo de edad en edad.
Porque el Señor gobierna a su pueblo
y se compadece de sus siervos.

Los ídolos de los gentiles son oro y plata,
hechura de manos humanas;
tienen boca y no hablan,
tienen ojos y no ven,

tienen orejas y no oyen,
no hay aliento en sus bocas.
Sean lo mismo los que los hacen,
cuantos confían en ellos.

Casa de Israel, bendice al Señor;
casa de Aarón, bendice al Señor;
casa de Leví, bendice al Señor.
fieles del Señor, bendecid al Señor.

Bendito en Sión el Señor,
que habita en Jerusalén.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Casa de Israel, bendecid al Señor; tañed para su nombre, que es amable.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: HIMNO DE ADORACIÓN

Ant. Vendrán todas las naciones y se postrarán en tu acatamiento, Señor.

Grandes y maravillosas son tus obras,
Señor, Dios omnipotente,
justos y verdaderos tus caminos,
¡oh Rey de los siglos!

¿Quién no temerá, Señor,
y glorificará tu nombre?
Porque tú solo eres santo,
porque vendrán todas las naciones
y se postrarán en tu acatamiento,
porque tus juicios se hicieron manifiestos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Vendrán todas las naciones y se postrarán en tu acatamiento, Señor.

LECTURA: St 1, 2-4

Hermanos míos: Teneos por muy dichosos cuando os veáis asediados por toda clase de pruebas. Sabed que, al ponerse a prueba vuestra fe, os dará constancia. Y si la constancia llega hasta el final, seréis perfectos e íntegros sin falta alguna.

RESPONSORIO BREVE

R/ Cristo nos amó y nos ha librado por su sangre.
V/ Cristo nos amó y nos ha librado por su sangre.

R/ Nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios.
V/ Por su sangre

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Cristo nos amó y nos ha librado por su sangre.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. El Señor nos auxilia a nosotros, sus siervos, acordándose de su misericordia.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Señor nos auxilia a nosotros, sus siervos, acordándose de su misericordia.

PRECES

Invoquemos al Señor Jesús, a quien el Padre entregó por nuestros pecados y lo resucitó para nuestra justificación, diciendo:

Señor, ten piedad de tu pueblo.

Escucha, Señor, nuestras súplicas, perdona los pecados de los que se confiesan culpables,
— y, en tu bondad, otórganos el perdón y la paz.

Tú que por el Apóstol nos has enseñado que, si creció el pecado, más desbordante fue la gracia,
— perdona con largueza nuestros muchos pecados.

Hemos pecado mucho, Señor, pero confiamos en tu misericordia infinita;
— vuélvete a nosotros, para que podamos convertirnos a ti.

Salva a tu pueblo de los pecados, Señor,
— y sé benévolo con nosotros.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que abriste las puertas del paraíso al ladrón arrepentido, que te reconoció como salvador,
— ábrelas también para nuestros difuntos.

Reconociendo que nuestra fuerza para no caer en la tentación se halla en Dios, digamos confiadamente:
Padre nuestro…

ORACION

Señor, Padre santo, que quisiste que Cristo, tu Hijo, fuese el precio de nuestro rescate, haz que vivamos de tal manera que, tomando parte en sus padecimientos, nos gocemos también en la revelación de su gloria. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Viernes XXIII de Tiempo Ordinario

1) Oración inicial

Señor, tú que te has dignado redimirnos y has querido hacernos hijos tuyos, míranos siempre con amor de padre y haz que cuantos creemos en Cristo, tu Hijo, alcancemos la libertad verdadera y la herencia eterna. Por nuestro Señor. 

2) Lectura

Del Evangelio según Lucas 6,39-42
Les añadió una parábola: «¿Podrá un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? No está el discípulo por encima del maestro. Será como el maestro cuando esté perfectamente instruido. ¿Cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano y no reparas en la viga que hay en tu propio ojo?¿Cómo puedes decir a tu hermano: `Hermano, deja que saque la brizna que hay en tu ojo’, si no ves la viga que hay en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo y entonces podrás ver para sacar la brizna que hay en el ojo de tu hermano. 

3) Reflexión

• El evangelio de hoy nos presenta unos pasajes del discurso que Jesús pronunció en la planicie después de una noche pasada en oración (Lc 6,12) y de haber llamado a los doce para que fueran sus apóstoles (Lc 6,13-14). Gran parte de las frases reunidas en este discurso fueron pronunciadas en otras ocasiones, pero Lucas, imitando a Mateo, las reúne aquí en este Sermón de la Planicie.
• Lucas 6,39: La parábola del ciego que guía a otros ciego. Jesús cuenta una parábola a los discípulos: «¿Puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo?” Parábola de una sola línea, pero que tiene mucha semejanza con las advertencias que, en el evangelio de Mateo, van dirigidas a los fariseos: “¡Ay de vosotros los ciegos!” (Mt 23,16.17.19.24.26) Aquí, en el contexto del evangelio de Lucas, esta parábola va dirigida a los animadores de las comunidades que se consideraban dueños de la verdad, superiores a los otros. Por esto, son guías ciegos.
• Lucas 6,40: Discípulo – Maestro. “Ningún discípulo es mayor que el maestro; será como el maestro cuando esté perfectamente instruido”. Jesús es Maestro. No es profesor. El profesor da la clase, enseña diversas asignaturas, pero no convive. El maestro convive. Su materia es el mismo, su testimonio de vida, su manera de vivir aquello que enseña. La convivencia con el maestro tiene tres aspectos: (1) El maestro es el modelo o el ejemplo que hay que imitar (cf. Jn 13,13-15). (2) El discípulo no sólo contempla e imita, sino que además se compromete con el destino del maestro, con sus tentaciones (Lc 22,28), persecución (Mt 10,24-25), y muerte (Jn 11,16). (3) No sólo imita el modelo, no sólo asume el compromiso, sino que llega a identificarse: «Vivo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí» (Gál 2,20). Este tercer aspecto es la dimensión mística del seguimiento de Jesús, fruto de la acción del Espíritu.
• Lucas 6,41-42: La brizna en el ojo del hermano. “¿Cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano y no reparas en la viga que hay en tu propio ojo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano: `Hermano, deja que saque la brizna que hay en tu ojo’, si no ves la viga que hay en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo y entonces podrás ver para sacar la brizna que hay en el ojo de tu hermano.»
En el Sermón de la Montaña, Mateo trata el mismo asunto y explica un poco mejor la parábola de la brizna en el ojo. Jesús pide una actitud creativa que nos haga capaces de ir al encuentro del otro sin juzgarlo, sin ideas preconcebidas y sin racionalizaciones, acogiendo al otro como hermano (Mt 7,1-5). Esta total apertura hacia el otro como hermano nacerá en nosotros sólo si sabremos relacionarnos con Dios en total confianza, como hijos con su padre (Mt 7,7-11). 

4) Para la reflexión personal

• Brizna o viga en el ojo. ¿Cómo me relaciono con los demás en casa y en familia, en el trabajo con los colegas, en la comunidad con los hermanos y hermanas?
• Maestro y discípulo. ¿Cómo soy discípulo/a de Jesús? 

5) Oración final

Señor, dichosos los que moran en tu casa
y pueden alabarte siempre.
dichoso el que saca de ti fuerzas
cuando piensa en las subidas. (Sal 84,5-6)

Comentario – Viernes XXIII de Tiempo Ordinario

Jesús recurrió en diferentes momentos a la imagen de la luz y la oscuridad. Un ciego es alguien que no tiene acceso a la luz, bien porque lo ha perdido o porque nunca lo tuvo; por tanto, alguien que vive en la oscuridad. Pero, dado que los ciegos conservan otros sentidos como el oído y el tacto, no viven en la total desorientación o en la más absoluta oscuridad. Si el oído y el tacto les mantienen orientados, ya disponen de una especie de guía orientativa que hace que la oscuridad en la que viven, por carencia de vista, no sea tan tenebrosa o siniestra.

Pero de ordinario es verdad lo que dice Jesús: ¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? El mejor guía para un ciego no es otro ciego, sino un vidente. Un ciego puede ser más hábil que otro para moverse; puede incluso haber desarrollado el sentido del tacto más que otro; pero seguirá sin ser el mejor guía para el otro ciego porque su carencia de vista le incapacita o dificulta enormemente para esta tarea. Lo normal es que, sin otro tipo de información, ambos caigan en el hoyo.

Es importante que nos dejemos guiar por los que ven, o por los que ven mejor. Y si la fe es una luz añadida a la razón, parece razonable que nos dejemos orientar por los que disponen de esta luz que nos permite penetrar en esas zonas oscuras del saber que no alcanza a iluminar la luz de la razón. Pero para eso se requiere humildad, la humildad del que se deja guiar o instruir, la humildad del que asiente a una revelación creíble.

La misma humildad se requiere para reconocer la existencia de esa «viga» que tantas veces se interpone en nuestra visión del otro impidiéndonos verle tal como es, en su verdad. Por eso, ¿cómo pretender ver la «mota» en el ojo del hermano teniendo una «viga» delante de nuestros ojos? Aquí no se trata sólo de cristales que puedan oscurecer o deformar la visión, sino de vigas que la impiden. En semejante situación parece una temeridad pretender apartar la mota del ojo del hermano. De ahí la sentencia de Jesús: ¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano.

Hablar en este contexto de «motas» y de «vigas» que estorban o impiden la visión, es referirse a aspectos de la conducta humana que merecen ser corregidos o curados. Y sucede que tendemos a ver mucho antes el «defecto» del otro que el propio, aunque el del otro tenga el tamaño de una mota casi insignificante y el nuestro el de una viga de grandes proporciones, quizá porque al otro le tenemos «de frente» y a nosotros «detrás» (sólo nos tenemos «de frente» cuando nos miramos en el espejo o examinamos nuestra conciencia).

Pero, mientras nuestra mirada esté impedida por un obstáculo insalvable o por un cristal deformante, nunca veremos la realidad de las cosas con claridad y confundiremos lo bello con lo feo, lo sano con lo enfermo, lo armonioso con lo defectuoso. Y si nuestra mirada está infectada de odio o rencor, proyectaremos ese mismo odio sobre lo que vemos, deformando su verdad y destruyendo su belleza. Y si en ella hay codicia o deseo de posesión, también reduciremos lo que vemos a la condición de objeto de deseo. Y si la viga nos impide ver lo que tenemos delante, estaremos siendo víctimas de un espejismo o de una ilusión imaginaria.

Creeremos estar viendo lo que en realidad no vemos. Y eso es vivir en la mentira. Pretender sacar la mota del ojo del hermano sin apartar antes la viga que tenemos en el nuestro es una hipocresía, porque no estamos en disposición de hacer esa operación con éxito. Aclaremos primero nuestra vista y podremos actuar con posibilidades reales de apreciar el defecto del hermano para ayudarle a corregirlo. Mientras tanto, abstengámonos de semejante intento, porque no seremos más que un ciego que pretende ayudar a otro ciego.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Lumen Gentium – Documentos Concilio Vaticano II

Los consejos evangélicos

42. «Dios es caridad, y el que permanece en la caridad permanece en Dios y Dios en él» (1 Jn 4, 16). Y Dios difundió su caridad en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que se nos ha dado (cf. Rm 5, 5). Por consiguiente, el primero y más imprescindible don es la caridad, con la que amamos a Dios sobre todas las cosas y al prójimo por El. Pero, a fin de que la caridad crezca en el alma como una buena semilla y fructifique, todo fiel debe escuchar de buena gana la palabra de Dios y poner por obra su voluntad con la ayuda de la gracia. Participar frecuentemente en los sacramentos, sobre todo en la Eucaristía, y en las funciones sagradas. Aplicarse asiduamente a la oración, a la abnegación de sí mismo, al solícito servicio de los hermanos y al ejercicio de todas las virtudes. Pues la caridad, como vínculo de perfección y plenitud de la ley (cf. Col 3, 14; Rm 3, 10), rige todos los medios de santificación, los informa y los conduce a su fin. De ahí que la caridad para con Dios y para con el prójimo sea el signo distintivo del verdadero discípulo de Cristo.

Dado que Jesús, el Hijo de Dios, manifestó su amor entregando su vida por nosotros, nadie tiene mayor amor que el que entrega su vida por El y por sus hermanos (cf. 1 Jn 3,16; Jn 15,13). Pues bien: algunos cristianos, ya desde los primeros tiempos, fueron llamados, y seguirán siéndolo siempre, a dar este supremo testimonio de amor ante todos, especialmente ante los perseguidores. Por tanto, el martirio, en el que el discípulo se asemeja al Maestro, que aceptó libremente la muerte por la salvación del mundo, y se conforma a El en la efusión de su sangre, es estimado por la Iglesia como un don eximio y la suprema prueba de amor, Y, si es don concedido a pocos, sin embargo, todos deben estar prestos a confesar a Cristo delante de los hombres y a seguirle, por el camino de la cruz, en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia.

La santidad de la Iglesia también se fomenta de una manera especial con los múltiples consejos que el Señor propone en el Evangelio para que los observen sus discípulos. Entre ellos destaca el precioso don de la divina gracia, concedido a algunos por el Padre (cf. Mt 19, 11; 1 Co 7, 7) para que se consagren a solo Dios con un corazón que en la virginidad o en el celibato se mantiene más fácilmente indiviso (cf. 1 Co 7, 32-34). Esta perfecta continencia por el reino de los cielos siempre ha sido tenida en la más alta estima por la Iglesia, como señal y estímulo de la caridad y como un manantial extraordinario de espiritual fecundidad en el mundo.

La Iglesia medita la advertencia del Apóstol, quien, estimulando a los fieles a la caridad, les exhorta a que tengan en sí los mismos sentimientos que tuvo Cristo, el cual «se anonadó a sí mismo tomando la forma de esclavo…, hecho obediente hasta la muerte» (Flp 2, 7-8), y por nosotros «se hizo pobre, siendo rico» (2 Co 8, 9). Y como es necesario que los discípulos den siempre testimonio de esta caridad y humildad de Cristo imitándola, la madre Iglesia goza de que en su seno se hallen muchos varones v mujeres que siguen más de cerca el anonadamiento del Salvador y dan un testimonio más evidente de él al abrazar la pobreza en la libertad de los hijos de Dios y al renunciar a su propia voluntad. A saber: aquellos que, en materia de perfección, se someten a un hombre por Dios más allá de lo mandado, a fin de hacerse más plenamente conformes a Cristo obediente.

Quedan, pues, invitados y aun obligados todos los fieles cristianos a buscar insistentemente la santidad y la perfección dentro del propio estado. Estén todos atentos a encauzar rectamente sus afectos, no sea que el uso de las cosas del mundo y un apego a las riquezas contrario al espíritu de pobreza evangélica les impida la prosecución de la caridad perfecta. Acordándose de la advertencia del Apóstol: Los que usan de este mundo no se detengan en eso, porque los atractivos de este mundo pasan (cf. 1 Co 7, 31 gr.).

La misa del domingo

El Señor había enseñado a sus discípulos cómo proceder en la corrección en el caso de que algún hermano cometa un pecado (Mt 18,15ss).

Pero, ¿qué hacer si un hermano pide perdón arrepentido, pero luego vuelve a pecar, y esto no una, sino repetidas veces?

En la mentalidad hebrea el número siete significaba totalidad, lo que es pleno, acabado, perfecto. Al preguntar Pedro si debe perdonar “siete veces”, quiere saber si el perdón debe tener un límite o no.

Era cuestión discutida entre los maestros de la Ley cuál debía ser el número legal para perdonar a quien reincidía en el pecado. Por lo general se consideraba que hasta cuatro veces. El perdón debía tener para los maestros de la Ley un límite, un número. Pedro propone hasta “siete veces”. Acaso los discípulos habían comprendido que la misericordia de Jesús no tenía límites. Poner un límite al perdón era convertirlo en un acto imperfecto. Era como decirle al hermano arrepentido: “está bien, te perdono, pero ojo, estoy llevando la cuenta y el perdón tiene un límite”. En el fondo, no se trataba de un perdón real, sino tan sólo condicionado a la enmienda, con la posibilidad de que por la reincidencia y recurrencia el pecador pudiese quedar definitivamente excluido del perdón, a pesar de su nuevo arrepentimiento.

El Señor responde: no sólo “siete veces”, sino “setenta veces siete”. Setenta, múltiplo de siete y diez, indica, lo mismo que siete: plenitud y totalidad. ¿Setenta veces siete? ¿Puede la perfección de lo ilimitado alcanzar una mayor perfección? El Señor no sólo pide un perdón ilimitado, sino también absoluto, un perdón que al proceder de la experiencia de haber sido perdonado uno mismo por Dios, de la experiencia de la misericordia infinita de Dios, se expresa no sólo en el número ilimitado de veces que se perdona al pecador arrepentido, sino en la actitud interior de perdonar totalmente cada pecado, de no guardar cuentas pendientes, de no decir “perdono, pero las voy contando para sacártelas en cara en algún momento”.

El perdón que el Señor pide a sus discípulos debe ser tan perfecto como el perdón que Dios ofrece al pecador que se arrepiente, un perdón que en vez de quedarse contando los pecados o la enormidad de la deuda, busca siempre y ante todo recuperar al pecador, al hijo, a la hija.

El Señor propone inmediatamente una parábola o comparación, para insistir en la necesidad de perdonar al hermano para alcanzar uno mismo el perdón de Dios. En la parábola el Señor Jesús quiere expresar que Dios se compadece y perdona al pecador que le suplica misericordia, incluso cuando la deuda es exorbitante. El Señor habla de uno que le debe diez mil talentos a su rey. Esta suma equivalía a sesenta millones de denarios, siendo en aquella época un denario el jornal de un trabajador. En otras palabras el Señor quiere decir que esta deuda era sencillamente impagable. Esa deuda le fue perdonada a aquél deudor «porque me lo pediste».

El Señor habla también de un compañero que a su vez le debía a él tan sólo cien denarios, una suma irrisoria comparada con los sesenta millones de denarios que le habían sido condonados justo antes. ¿No debía éste también tener compasión de su compañero y perdonarle esa deuda ínfima, cuando el rey le había perdonado tanto? Del mismo modo Dios espera que aquél a quien Él ha perdonado todos sus pecados sea capaz de perdonar al prójimo que le pide perdón.

La conclusión del Señor es fuerte, clara y contundente: Dios le retirará su perdón a aquél que, habiendo sido él mismo perdonado, cierre su corazón a la compasión y se niegue a practicar el perdón con sus hermanos humanos.

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

¿Quién, al recibir una ofensa, no siente el inmediato impulso interior de querer resarcirse? El dolor experimentado, el orgullo herido, la ira que se enciende en nosotros, nos impulsa a querer castigar o vengar de algún modo el daño recibido, creyendo que con hacer sufrir al otro “lo que me ha hecho sufrir a mí” podremos aliviar nuestro propio dolor o encontrar la paz.

¿Es posible ir en contra toda esa corriente interior de sentimientos tan fuertes que se despiertan en nosotros cuando nos hacen daño, cuando nos ofenden? ¿Es posible deponer el odio, resistir al deseo de venganza y purificar el corazón de todo resentimiento? Eso es lo que el Señor pide a sus discípulos: perdonar siempre a quien nos hace daño o nos ofende, incluso a quien lo hace reiteradamente, cada vez que se acerque arrepentido.

Pero podemos decir que el perdón lo debemos ofrecer incluso a aquél que no está arrepentido del daño que nos puede haber ocasionado, involuntaria o voluntariamente. Esto es más difícil aún, ciertamente. Mas de ello da ejemplo y lección el mismo Señor Jesús en la Cruz cuando reza e implora el perdón para aquellos que lo están crucificando sin misericordia, y que no muestran ningún tipo de arrepentimiento sino que están llenos de odio y malicia.

Ofrecer el perdón a quien nos ha hecho daño es un acto heroico que sólo puede brotar de un amor que es más grande que el mal. Este perdón no sólo es una puerta abierta al pecador para que pueda arrepentirse, corregirse y volver al buen camino. También es el camino que trae la paz a aquél que ha sufrido el daño o la ofensa. Quien se niega a perdonar y alimenta el resentimiento, el rencor y el deseo de venganza en su propio corazón, jamás encontrará la paz del espíritu. Quien cree que puede curar su herida y mitigar su dolor dirigiendo su odio y rencor hacia la persona que le ha causado un dolor y un daño acaso irreparable, tan sólo añade al daño recibido otro peor: su rencor es un veneno que se vuelve contra él mismo, la amargura envenena y mata su propia alma y se difunde a su alrededor, haciendo dura y desdichada la vida de quienes lo rodean por la amargura que lleva en sí mismo. ¡Sólo el perdón ofrecido a quien nos ofende es capaz de curar las propias heridas! Quien ofrece el perdón, recibe a cambio la paz del propio corazón.

Quizá entendamos mejor lo dicho con una comparación: Si una serpiente venenosa te muerde, ¿irías tras ella, pensando para tus adentros: “cuando la mate, quedaré curado”? Sería de necios e insensatos pensar y actuar así, ¿verdad? Pero es exactamente lo que hacemos cuando alguien nos hace daño y damos paso al odio y al resentimiento en el corazón, buscando —aunque sólo sea en el pensamiento— devolver el daño recibido hasta quedar nosotros “resarcidos”. Puede que en el momento “te sientas bien” matando a la serpiente a palazos, pero tú también morirás por el veneno que ha sido inoculado en ti. En cambio, quien perdona de corazón es como quien sin preocuparse por perseguir a la serpiente y sin perder un segundo va corriendo a la posta médica para buscar el antídoto y salvar así su propia vida.

El antídoto para el veneno del odio, del rencor, del resentimiento es el Amor, que viene de Dios. Quien se deja tocar por el Amor del Señor, quien experimenta su misericordia que más grande que cualquiera de nuestros pecados, es capaz de amar como Él, es capaz como Él de perdonar toda ofensa o daño recibido, por muy grave que éste sea.

La misa del domingo: misa con niños

DOMINGO XXIV DE TIEMPO ORDINARIO

SALUDO

Dios nuestro Padre y Madre, que nos muestra su Amor en Jesús, el Señor, y la fuerza de su Espíritu nos acompañe y esté con todos nosotros.

ENTRADA

Una vez más nos reunimos, hermanos, para celebrar la Fiesta de la Eucaristía. La Palabra de Dios nos hablará hoy del perdón; del perdón cristiano que es una lección difícil de aprender, y mucho más de practi­carla. Por eso solemos oír la frase: «yo perdono, pero no olvido». Y enton­ces nos hacemos personas cerradas, resentidas con los demás, incapaces de obrar algo nuevo.

Pero nosotros estamos llamados a vivir en el Amor y en el Perdón, porque Dios Padre es Amor y Perdón. Estamos llamados a perdonar de corazón, pues somos hermanos. Estamos llamados a responder al mal con el bien, y a la violencia con la paz que recibimos del Padre. Que la Euca­ristía nos ayude a vivir y a interiorizar el perdón

ACTO PENITENCIAL                                                                                                  

Dios es Perdón sin límites, sin reservas. Y este ser de nuestro Padre nos llena de confianza para reconocernos pequeños y limitados:

– Tú, que nos llamas a vivir en apertura y perdón hacia todas las perso­nas, nuestros hermanos. SEÑOR, TEN PIEDAD.

– Tú, que nos enseñas que el perdón ha de ser hasta el límite, sin llevar ninguna cuenta. CRISTO, TEN PIEDAD.

– Tú, que nos llamas a perdonar de corazón porque todos somos her­manos, hijos del mismo Padre. SEÑOR, TEN PIEDAD.

Dios y Padre nuestro, haz que al sentir tu perdón en cada uno de nosotros también sepamos perdonar a los demás. Por Jesucristo nuestro Señor.

ORACIÓN COLECTA

Dios y Padre nuestro, origen de toda bondad y perdón, que en Jesús nos enseñas a perdonar sin medida; haz que la Iglesia, llamada a ser en el mundo servidora e instrumento de tu Amor, trabaje sin cesar por la reconciliación y el perdón entre las personas y los pue­blos. Por nuestro Señor Jesucristo.

LECTURA SAPIENCIAL

Estamos llamados a vivir respetándonos unos a otros: pero nos sobra incomprensión y nos falta perdón. El texto que ahora escuchamos nos avi­sa de la venganza que puede surgir entre las personas, y que debemos rechazar; recordando lo que Dios hace con nosotros, tenemos que estar dispuestos a perdonar a todos. 

LECTURA APOSTÓLICA

El cristiano, está llamado a vivir una «vida nueva», a actuar de acuer­do a su creer y sentir. Es un modo de decir que pertenecemos al Señor en todo, en la vida y en la muerte, y que esta pertenencia no nos hace más pequeños o dependientes, sino que nos llena de la mayor dignidad, la de ser hijos de Dios. 

LECTURA EVANGÉLICA

El Evangelio de hoy es una llamada de atención sobre la necesidad del perdón entre las personas, máxime cuando nos atrevemos a pedir el per­dón para nosotros. Se nos está invitando a expresar y hacer creíble el per­dón recibido, siendo signos e instrumentos de perdón para los demás: sólo así podemos decir a Dios que «perdone nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos».

ORACIÓN DE LOS FIELES

En comunión con Jesús, oremos al Padre por la Iglesia y por el mundo entero. Oremos diciendo: ESCÚCHANOS, PADRE.

  1. Por la Iglesia. Que dé siempre un buen testimonio de fe y de esperanza en medio del mundo. OREMOS:
  2. Por los padres y madres de familia. Que lleven a cabo con mucho amor su misión educadora para con sus hijos. OREMOS:
  3. Por los chicos y chicas que empiezan el curso escolar. Que este tiempo de aprendizaje les haga crecer sanos en el cuerpo y en el espíritu. OREMOS:
  4. Por todos aquellos que cuidan de personas enfermas o dependientes. Que se sientan continuadores de la obra de Dios que siempre da vida. OREMOS:
  5. Por los enfermos graves que sienten cercana la muerte. Que vivan su dolor con la confianza puesta en la vida eterna de Dios. OREMOS:
  6. Por todos nosotros. Que, como Jesús nos ha enseñado, sepamos perdonar a los que nos han ofendido o nos han hecho daño. OREMOS:

Tú, Señor, mejor que nadie conoces nuestras necesidades; concédenos lo que mejor nos ayude a vivir en tu presencia. Por Jesucristo.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Señor, que este pan y este vino, expresión de los dones que de ti recibimos, sean agradables a tus ojos y nos ayuden a vivir con senci­llez y valentía, perdonando a los demás para ser así fieles al perdón que de ti recibimos. Por Jesucristo.

PREFACIO

Con la fuerza de tu Amor y de tu Perdón, Señor, queremos compro­meternos en la tarea de la construcción de tu Reino, porque sabemos que no es una venida automática, sino que necesita del esfuerzo solidario y de la lucha contra el mal. Queremos ser la comunidad que convence, no por la cantidad de actos o por lo espectacular de su actividad, sino porque cuantos la formamos seamos personas que reconozcan sus muchas limi­taciones, pero que también van descubriendo la riqueza de crear lazos fra­ternales, de acoger sin reservas, de estar a bien con todos.

Y siempre sin perder de vista lo más grande, que es reconocerte a Ti como Quien de verdad eres, diciendo: Santo, Santo, Santo…

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

La Eucaristía nos ha unido, Señor, en la misma fe y esperanza. No nos dejes, Señor, de tu mano y ayúdanos a vivir en tu Amor y en la entrega a las personas, en el Amor que se hace real en el respeto y en el perdón. Por Jesucristo.

Bendito seas, por tantas personas buenas

Bendito seas
por tantas personas buenas
que viven y caminan con nosotros
haciéndote presente cada día
con rostro amigo de padre y madre.

Bendito seas
por quienes nos aman sinceramente,
nos ofrecen gratis, lo que tienen
y nos abren las puertas de su amistad,
sin juzgarnos ni pedirnos cambiar.

Bendito seas
por las personas que contagian simpatía
y siembran esperanza y serenidad
aún en los momentos de crisis y amargura
que nos asaltan a lo largo de la vida.

Bendito seas
por quienes creen en un mundo nuevo
aquí, ahora, en este tiempo y tierra,
y lo sueñan y no se avergüenzan de ello
y lo empujan para que todos lo vean.

Bendito seas
por quienes aman, y lo manifiestan,
y no calculan su entrega a los demás;
y por quienes infunden ganas de vivir
y comparten hasta lo que necesitan.

Bendito seas
por las personas que destilan gozo y paz
y nos hacen pensar y caminar;
y por las que se entregan y consumen
por hacer felices a los demás.

Bendito seas
por las personas que han sufrido y sufren
y creen que la violencia no abre horizontes;
y por quienes tratan de superar la amargura
y no se instalan en las metas conseguidas.

Bendito seas
por quienes hoy se hacen cargo de nosotros
y cargan con nuestros fracasos
y se encargan de que no sucumbamos
en medio de esta crisis y sus ramalazos.

Bendito seas
por tantos y tantos buenos samaritanos
que detienen el viaje de sus negocios
y se paran a nuestro lado a curarnos,
y nos tratan como ciudadanos y hasta hermanos.

Bendito seas
por la buena gente, creyente y no creyente,
que recorre nuestra tierra entregándose
y sirviendo a quienes tienen necesidades;
ellos son los nuevos santos que te hacen presente.

Bendito seas
por haber venido a nuestro encuentro
y habernos hecho hijos e hijas queridas.
Hoy podemos contar, contigo y con tantos hermanos,
a pesar de nuestra torpeza y heridas.

Florentino Ulibarri

Comentario al evangelio – Viernes XXIII de Tiempo Ordinario

Mirar con los ojos de Dios

“Ojos claros, serenos”

Como el madrigal de Gutierre de Cetina, pedimos a Dios para nosotros unos ojos claros, serenos. Los ojos del rostro y los ojos del corazón.

Pedimos en oración que se cumpla en nosotros la exhortación de Jesús en el Sermón de la Montaña: “Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios”.  Así echaremos fuera las “pajas y vigas” que puedan enturbiar nuestra mirada.

Igualdad, no dominio

Tres unidades aparecen en este texto evangélico. Las tres sobre el fondo de la máxima de Jesús expuesta en el versículo anterior: “No juzguéis”.  Primero está el refrán: “Si un ciego guía a otro ciego…”. Dicen los entendidos que aquí se reprueba el dominio de uno sobre el otro; existe más egoísmo que ayuda. Luego viene la sentencia: “Un discípulo no es más que su maestro, si bien, cuando termine su aprendizaje, será igual que su maestro”; esta igualdad aleja la tentación del poderío de uno sobre el otro.

Finalmente, está la imagen de “la paja y la viga”. Es la expresión suprema del juicio, de la condenación y del dominio sobre los demás.

Limpiar nuestros ojos

Mejor será sacar nuestra viga que fijarse en la mota del otro. Lo contrario es el colmo: juzgar antes al otro, por pequeñas cosas, que a nosotros mismos, con nuestro pecado. Esta conducta sólo merece, por parte del Señor, la acusación de “hipócrita”. No juzgar a los demás es no caer en la tentación, tan frecuente, de querer dominar.

Una consecuencia inmediata es no proyectar sobre otros la culpa, para defendernos de nuestros propios errores. No podemos hacernos las víctimas. Oyendo a algunos cristianos, se diría que la causa y la culpa de los males que nos aquejan, como Iglesia, están siempre “fuera”, en los otros.

Vamos, pues, a mirar con ojos limpios; es decir, con los ojos de Dios, que no juzgan, no condenan y miran siempre con benevolencia. Que nadie imponga, nadie quiera hacerse más que el otro. Al revés, rompamos la dialéctica dominantes-dominados, mediante el amor y la comunión cristiana. Como San Pablo: me hago todo para todos.