La misa del domingo

El Señor había enseñado a sus discípulos cómo proceder en la corrección en el caso de que algún hermano cometa un pecado (Mt 18,15ss).

Pero, ¿qué hacer si un hermano pide perdón arrepentido, pero luego vuelve a pecar, y esto no una, sino repetidas veces?

En la mentalidad hebrea el número siete significaba totalidad, lo que es pleno, acabado, perfecto. Al preguntar Pedro si debe perdonar “siete veces”, quiere saber si el perdón debe tener un límite o no.

Era cuestión discutida entre los maestros de la Ley cuál debía ser el número legal para perdonar a quien reincidía en el pecado. Por lo general se consideraba que hasta cuatro veces. El perdón debía tener para los maestros de la Ley un límite, un número. Pedro propone hasta “siete veces”. Acaso los discípulos habían comprendido que la misericordia de Jesús no tenía límites. Poner un límite al perdón era convertirlo en un acto imperfecto. Era como decirle al hermano arrepentido: “está bien, te perdono, pero ojo, estoy llevando la cuenta y el perdón tiene un límite”. En el fondo, no se trataba de un perdón real, sino tan sólo condicionado a la enmienda, con la posibilidad de que por la reincidencia y recurrencia el pecador pudiese quedar definitivamente excluido del perdón, a pesar de su nuevo arrepentimiento.

El Señor responde: no sólo “siete veces”, sino “setenta veces siete”. Setenta, múltiplo de siete y diez, indica, lo mismo que siete: plenitud y totalidad. ¿Setenta veces siete? ¿Puede la perfección de lo ilimitado alcanzar una mayor perfección? El Señor no sólo pide un perdón ilimitado, sino también absoluto, un perdón que al proceder de la experiencia de haber sido perdonado uno mismo por Dios, de la experiencia de la misericordia infinita de Dios, se expresa no sólo en el número ilimitado de veces que se perdona al pecador arrepentido, sino en la actitud interior de perdonar totalmente cada pecado, de no guardar cuentas pendientes, de no decir “perdono, pero las voy contando para sacártelas en cara en algún momento”.

El perdón que el Señor pide a sus discípulos debe ser tan perfecto como el perdón que Dios ofrece al pecador que se arrepiente, un perdón que en vez de quedarse contando los pecados o la enormidad de la deuda, busca siempre y ante todo recuperar al pecador, al hijo, a la hija.

El Señor propone inmediatamente una parábola o comparación, para insistir en la necesidad de perdonar al hermano para alcanzar uno mismo el perdón de Dios. En la parábola el Señor Jesús quiere expresar que Dios se compadece y perdona al pecador que le suplica misericordia, incluso cuando la deuda es exorbitante. El Señor habla de uno que le debe diez mil talentos a su rey. Esta suma equivalía a sesenta millones de denarios, siendo en aquella época un denario el jornal de un trabajador. En otras palabras el Señor quiere decir que esta deuda era sencillamente impagable. Esa deuda le fue perdonada a aquél deudor «porque me lo pediste».

El Señor habla también de un compañero que a su vez le debía a él tan sólo cien denarios, una suma irrisoria comparada con los sesenta millones de denarios que le habían sido condonados justo antes. ¿No debía éste también tener compasión de su compañero y perdonarle esa deuda ínfima, cuando el rey le había perdonado tanto? Del mismo modo Dios espera que aquél a quien Él ha perdonado todos sus pecados sea capaz de perdonar al prójimo que le pide perdón.

La conclusión del Señor es fuerte, clara y contundente: Dios le retirará su perdón a aquél que, habiendo sido él mismo perdonado, cierre su corazón a la compasión y se niegue a practicar el perdón con sus hermanos humanos.

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

¿Quién, al recibir una ofensa, no siente el inmediato impulso interior de querer resarcirse? El dolor experimentado, el orgullo herido, la ira que se enciende en nosotros, nos impulsa a querer castigar o vengar de algún modo el daño recibido, creyendo que con hacer sufrir al otro “lo que me ha hecho sufrir a mí” podremos aliviar nuestro propio dolor o encontrar la paz.

¿Es posible ir en contra toda esa corriente interior de sentimientos tan fuertes que se despiertan en nosotros cuando nos hacen daño, cuando nos ofenden? ¿Es posible deponer el odio, resistir al deseo de venganza y purificar el corazón de todo resentimiento? Eso es lo que el Señor pide a sus discípulos: perdonar siempre a quien nos hace daño o nos ofende, incluso a quien lo hace reiteradamente, cada vez que se acerque arrepentido.

Pero podemos decir que el perdón lo debemos ofrecer incluso a aquél que no está arrepentido del daño que nos puede haber ocasionado, involuntaria o voluntariamente. Esto es más difícil aún, ciertamente. Mas de ello da ejemplo y lección el mismo Señor Jesús en la Cruz cuando reza e implora el perdón para aquellos que lo están crucificando sin misericordia, y que no muestran ningún tipo de arrepentimiento sino que están llenos de odio y malicia.

Ofrecer el perdón a quien nos ha hecho daño es un acto heroico que sólo puede brotar de un amor que es más grande que el mal. Este perdón no sólo es una puerta abierta al pecador para que pueda arrepentirse, corregirse y volver al buen camino. También es el camino que trae la paz a aquél que ha sufrido el daño o la ofensa. Quien se niega a perdonar y alimenta el resentimiento, el rencor y el deseo de venganza en su propio corazón, jamás encontrará la paz del espíritu. Quien cree que puede curar su herida y mitigar su dolor dirigiendo su odio y rencor hacia la persona que le ha causado un dolor y un daño acaso irreparable, tan sólo añade al daño recibido otro peor: su rencor es un veneno que se vuelve contra él mismo, la amargura envenena y mata su propia alma y se difunde a su alrededor, haciendo dura y desdichada la vida de quienes lo rodean por la amargura que lleva en sí mismo. ¡Sólo el perdón ofrecido a quien nos ofende es capaz de curar las propias heridas! Quien ofrece el perdón, recibe a cambio la paz del propio corazón.

Quizá entendamos mejor lo dicho con una comparación: Si una serpiente venenosa te muerde, ¿irías tras ella, pensando para tus adentros: “cuando la mate, quedaré curado”? Sería de necios e insensatos pensar y actuar así, ¿verdad? Pero es exactamente lo que hacemos cuando alguien nos hace daño y damos paso al odio y al resentimiento en el corazón, buscando —aunque sólo sea en el pensamiento— devolver el daño recibido hasta quedar nosotros “resarcidos”. Puede que en el momento “te sientas bien” matando a la serpiente a palazos, pero tú también morirás por el veneno que ha sido inoculado en ti. En cambio, quien perdona de corazón es como quien sin preocuparse por perseguir a la serpiente y sin perder un segundo va corriendo a la posta médica para buscar el antídoto y salvar así su propia vida.

El antídoto para el veneno del odio, del rencor, del resentimiento es el Amor, que viene de Dios. Quien se deja tocar por el Amor del Señor, quien experimenta su misericordia que más grande que cualquiera de nuestros pecados, es capaz de amar como Él, es capaz como Él de perdonar toda ofensa o daño recibido, por muy grave que éste sea.

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