Comentario – Sábado XXIII de Tiempo Ordinario

Es frecuente en la enseñanza de Jesús el uso de algún símil para favorecer la comprensión o facilitar la aceptación de una idea. No hay –decía- árbol sano que dé fruto dañado, ni árbol dañado que dé fruto sano. Cada árbol se conoce por su fruto: porque no se cosechan higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos. Si el fruto es la última expresión del árbol, más allá de las hojas y las ramas, no debe extrañar que nos dé a conocer a ese árbol de quien es fruto y pende. Los higos nos dan a conocer a la higuera de la que se recogen. Hay una intrínseca correlación entre el árbol y su fruto, de modo que nos basta con ver el fruto para conocer el árbol, pero no sólo en su cualidad específica, sino también en su estado concreto de sanidad o enfermedad, pues la salud del árbol se ve reflejada en su fruto.

Esta observación, que se aprecia a simple vista en los frutos, esto es, en el color, el tacto o el olor de los mismos, permite a Jesús completar su enseñanza: El que es bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal, porque lo que rebosa del corazón lo habla la boca. Tanto la buena como la mala acción proceden de esa fuente de bondad o maldad que es el corazón humano, una especie de estanque en el que se almacena bondad o maldad y del cual se puede sacar lo uno o lo otro, conforme a lo retenido en él, del mismo modo que de cualquier árbol frutal se pueden cosechar frutos sanos o dañados. Luego lo que se deja ver al exterior –el fruto, con su color, sabor, olor y textura- no es sino la expresión de aquello que está almacenado en el interior del mismo. Tal sería en su comparación el corazón del árbol.

Si esto vale para la vida vegetal, mucho más para la vida humana. Toda vida se conoce por sus frutos. Y una vida cristiana, vida ungida por el Espíritu de Cristo –que es como la savia de esa vida-, debe producir no sólo frutos de racionalidad o vida inteligente, sino también frutos de caridad o vida sobrenaturalizada, pues la caridad o el amor oblativo (agape) es el principal ingrediente de la vida cristificada: una vida que tiene el sabor de la entrega en oblación, el color de la sangre derramada, el olor del holocausto y el tacto del madero de la cruz. Tal es la composición de estos frutos, cargados de caridad, que dan a conocer la existencia de vida cristiana en sus portadores. Y no hay otro modo de conocer la cualidad de la vida cristiana que por sus frutos, puesto que, como toda vida, también ésta es fructífera, es decir, portadora de frutos.

La ruptura de la cadena que enlaza la vida con su fruto explica la inmediata queja de Jesús recogida en este mismo pasaje del evangelio de san Lucas: ¿Por qué –decía él- me llamáis “Señor, Señor” y no hacéis lo que os digo? Reconocerle como Señor, pero no hacer lo que él nos pide, es una flagrante incoherencia: por una parte, le reconocemos como Señor, Dueño o Guía; por otra parte, no le permitimos regir nuestras vidas, ni le sometemos nuestros pensamientos y voluntades. Pero para que él sea Señor de nuestras vidas es preciso que escuchemos sus palabras y las pongamos por obra, de modo que estas palabras conformen realmente tales vidas. Y el que hace esto, es decir, el que escucha sus palabras las pone por obra es alguien que edifica su casa sobre roca o pone un sólido cimiento a su construcción. Sólo las vidas así edificadas (sobre sólidos cimientos) podrán aguantar el impacto de las crecidas de los ríos sin tambalearse ni derrumbarse. El que no edifica en este modo, en cambio, verá cómo su construcción se desploma, porque no será capaz de aguantar en pie las acometidas de la vida.

Toda vida, a la manera de una casa, necesita de una sólida cimentación si quiere aguantar sin derrumbarse las adversidades que le sobrevengan. Es la cimentación que quiere aportar Jesús con su palabra y con su Espíritu: una palabra sólida, una palabra para ser puesta como cimiento; pero sólo será cimiento si se pone en práctica; y para eso contamos con la fuerza de su Espíritu. Para que una vida esté edificada sobre roca ha de levantarse sobre sólidos principios, que sólo en la práctica podrán revelar su solidez. Tal es la solidez que vemos reflejarse en las vidas de los santos, vidas que no se tambalean ante las dificultades, ni se derrumban ante las sacudidas más violentas, vidas llevadas hasta el extremo del testimonio o hasta el límite del martirio y que, sin embargo, se mantienen enteras y firmes en la fe que profesan. Tales son las vidas levantadas sobre esta roca que es Cristo y que muestran una solidez sobrehumana: vidas sostenidas por la savia del amor oblativo que dan el fruto de ese amor que les nutre.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística