Corazones atrofiados por el odio

1.- Puede ser un pueblecito de Extremadura, o en la huerta murciana, o en Ciudad Real o Toledo. La Misión rural está acabando. Las largas filas ante los confesionarios –donde “anticuados” misioneros han repartido el perdón de Dios—se han acabado.

La campana de la Iglesia suena lentamente y por las calles hombres y mujeres se afanan buscando a sus enemigos para pedirles perdón y ofrecerles el suyo antes de que la última campana enmudezca. Escenas como estas las leemos en los diarios misioneros de hombres como el Padre Tarín o el Padre Eduardo Rodríguez. Hombres pasados de moda, procedimientos trasnochados, pero que habían llegado a lo más hondo del perdón de Dios, que es esa ráfaga de vida que pasando por el propio corazón acaba en la reconciliación con el hermano. Y si no muere, como aquella última campanada de la iglesia.

2.- La pregunta de Pedro “cuántas veces tengo que perdonar” es un eco de esas otras que nosotros decimos: “No aguanto más”, “ya está bien”, este no me toma el pelo”, “esta es la gota que colma el vaso”.

Pedro también quería fijar un techo al perdón, poner un límite, reglamentarlo. La contestación de “setenta veces siete” es decirnos que en el perdón NUNCA hay última vez, porque el perdón de Dios tampoco lo tiene.

3.- La propuesta “ten paciencia conmigo y todo te lo pagaré” es irreal y falsa. Diez mil talentos eran los ingresos de Herodes el Grande durante diez años. ¿Qué empleado vulgar podría jamás saldar esa deuda? Era un insolvente. Y eso es lo que Jesús nos quiere enseñar: que cada uno de nosotros ante el Señor somos insolventes, pero que tampoco somos deudores, porque Él nos ha perdonado.

Jesús muere en la Cruz con un “perdónales porque no saben lo que hacen” y lo primero que hace resucitado es empujar a sus apóstoles a comunicar a todos los hombres ese perdón, que todos se sepan perdonados, si hay algo con lo que podemos siempre contar es con el perdón del Señor.

4.- El perdón de Dios es un arroyuelo de agua purificadora que pasa por mi corazón y lo limpia y refresca, si sigue su camino hacia los hermanos, si yo, perdonado por el Señor, dejo pasar ese perdón a los que pienso que me han ofendido. Pero si esa corriente se estanca en mí, mi corazón se convierte en una charca verdosa de agua podrida.

No debe preocuparme que Dios me perdone. Sí debe preocuparme que yo sepa perdonar a los demás. Y cuando esto sucede ese perdón se convierte en aire limpio fresco, con olor de pino y jara que revive mi corazón asfixiado por el rencor y llegar al corazón de mi hermano haciéndole sentir la cercanía del amor perdonador del Señor.

Perdonar al hermano no es enterrar el hacha de guerra bajo la tierra del olvido. No es una sepultura de los recuerdos, perdida en la niebla del otoño. No es un estado de “no beligerancia”, ni de “vecindad educada”

Perdonar es el comenzar de una nueva historia entre hermanos, donde no hay quien tuvo la culpa, ni echarse en cara cosas viejas, es el resucitar de dos corazones atrofiados por el odio y el rencor.

José María Maruri, SJ