La teología del perdón

1.-. Poco gusta hoy –y puede que lo mismo haya ocurrido más o menos en otros tiempos– la enseñanza evangélica sobre el perdón. La diferencia con los tiempos pasados tal vez estribe en que ayer el perdón resultaba difícil simplemente y en que hoy se lo considere como debilidad personal o como aun contraproducente para acabar con los opresores. Si perdonamos a quien nos violenta en nuestros derechos, ¿no estamos concurriendo al afianzamiento de los poderosos? Una cierta mal digerida o mal formulada «teología de la revolución» apenas deja lugar al perdón cristiano. Y una cierta mal digerida o mal formulada afirmación de la dignidad humana margina del horizonte contemporáneo toda voluntad de perdón. De ahí la escasa plausibilidad de esta enseñanza evangélica aun en el corazón de los mismos miembros de la comunidad cristiana. Y, sin embargo…

2.- Hay que decir, sin embargo, que la doctrina del perdón a los enemigos es uno de los capítulos mayores del Evangelio. Quien no se esfuerza en asumir esta enseñanza e inspirar su comportamiento en ella, difícilmente puede calificarse de cristiano. Sin voluntad efectiva y real de avanzar por el camino del perdón al enemigo, no hay un mínimo seguimiento de Cristo.

3.- La enseñanza de la Escritura –y ahí está la parábola del evangelio de san Mateo, que la liturgia nos propone hoy a nuestra consideración– parte de una reflexión básica: el creyente se sabe necesitado del perdón de Dios, es consciente de que el perdón divino le rodea y le persigue por doquier. Y bien: ¿No sería un contrasentido que el creyente demandare el perdón de Dios para sus culpas y que, al mismo tiempo, se negare a conceder su perdón a quienes le han hecho mal? ¿Puede un hombre pedir perdón a Dios y no concedérselo a su enemigo? Es la pregunta que agudamente nos formula el libro del «Eclesiástico»: «¿Cómo puede un hombre guardar rencor a otro y pedir la salud al Señor? No tiene compasión de su semejante, ¿y pide perdón de sus pecados?»

4.- Puede que al presente esté ocurriendo algo más antihumano que este contrasentido de pedir perdón a Dios y no saber perdonar a los hombres: que el hombre moderno, y aún el mismo cristiano, vaya perdiendo la conciencia de sus fallos éticos y la conciencia de sus propios pecados. Esta pérdida, que algunos podrían exaltar como expresión su suprema de libertad, puede convertirse a la larga en una tremenda esclavitud. Porque si ya no hay pecado, si ya no hay quiebra ética, tampoco hay lugar para el perdón entre los hombres y, en consecuencia, el único modo de acabar con el enemigo es la destrucción o la aniquilación de quien nos está causando una opresión o violación de nuestros derechos. En un mundo que llegare a perder la conciencia del pecado, sólo habría espacio para la aniquilación del más débil por el más poderoso. La pretendida libertad de toda ética nos conduciría a la esclavitud ante los más fuertes, individuos o masas. Por eso esta dispuesto a perdonar setenta veces siete.

5.- El hombre que perdona, por el contrario, está sin más afirmando que la convivencia humana se encuentra regulada por criterios éticos. El opresor hace caso omiso a esos valores; el que perdona subraya la supremacía de los mismos. Contribuye así a defender la vida y a restituir a la existencia una dimensión que fundamenta su grandeza y su dignidad.

6.- El que perdona opta, además, por creer en el hombre. El perdón al enemigo es, en definitiva, un acto de fe y de confianza en el hombre. Porque perdona con la esperanza de que el perdonado podrá reconsiderar su comportamiento inhumano y rehacer su existencia por caminos más convivenciales.

7.- El que perdona, por último, es un activista de la paz. Sabe que la opresión no se vence con la opresión ni la fuerza con la fuerza. Seguro de sus valores éticos y morales, cree en la fuerza de éstos y, al inspirarse en ellos ante el opresor, se está negando a admitir que la explotación del prójimo sea el criterio superior de la relación humana. El que perdona restituye al amor el puesto que ha de ocupar en la vida. Por eso puede perdonar setenta veces siete.

Antonio Díaz Tortajada