Vísperas – Exaltación de la Cruz

VÍSPERAS

LA EXALTACIÓN DE LA CRUZ

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme. 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

En la cruz está la vida y el consuelo
y ella sola es el camino para el cielo.

En la cruz está el Señor de cielo y tierra,
y el gozar de mucha paz,
aunque haya guerra;
todos los males destierra en este suelo,
y ella sola es el camino para el cielo.

Es una oliva preciosa la santa cruz,
que, con su aceite nos unta
y nos da luz.
Hermano, toma la cruz,
con gran consuelo,
que ella sola es el camino para el cielo.

El alma que a Dios está toda rendida,
y muy de veras del mundo desasida,
la cruz le es árbol de vida
y de consuelo,
y un camino deleitoso para el cielo.

Después que se puso en cruz el Salvador,
en la cruz está la gloria y el amor,
y en el padecer dolor vida y consuelo,
y el camino más seguro para el cielo.
Gloria al Padre, gloria al Hijo,
gloria al Espíritu Santo.
por los siglos de los siglos. Amén.

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. ¡Oh gran obra del amor! La muerte murió cuando en el árbol murió la Vida.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. ¡Oh gran obra del amor! La muerte murió cuando en el árbol murió la Vida.

SALMO 115: ACCIÓN DE GRACIAS EN EL TEMPLO

Ant. Adoramos tu cruz, Señor, recordamos tu gloriosa pasión; ten compasión de nosotros, tú que moriste por nosotros.

Tenía fe, aun cuando dije:
«¡Qué desgraciado soy!»
Yo decía en mi apuro:
«Los hombres son unos mentirosos.»

¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando su nombre.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo.

Mucho le cuesta al Señor
la muerte de sus fieles.
Señor, yo soy tu siervo,
siervo tuyo, hijo de tu esclava:
rompiste mis cadenas.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando tu nombre, Señor.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo,
en el atrio de la casa del Señor,
en medio de ti, Jerusalén.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Adoramos tu cruz, Señor, recordamos tu gloriosa pasión; ten compasión de nosotros, tú que moriste por nosotros.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: HIMNO DE LOS REDIMIDOS

Ant. Te alabamos, oh Cristo, y te bendecimos, porque con tu cruz has redimido el mundo.

Eres digno, Señor, Dios nuestro,
de recibir la gloria, el honor y el poder,
porque tú has creado el universo;
porque por tu voluntad lo que no existía fue creado.

Eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos,
porque fuiste degollado
y con tu sangre compraste para Dios
hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación;
y has hecho de ellos para nuestro Dios
un reino de sacerdotes,
y reinan sobre la tierra.

Digno es el Cordero degollado
de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría,
la fuerza, el honor, la gloria, y la alabanza.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Te alabamos, oh Cristo, y te bendecimos, porque con tu cruz has redimido el mundo.

LECTURA: 1Co 1, 23-24

Predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero, para los llamados —judíos o griegos—, un Mesías que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios.

RESPONSORIO BREVE

R/ Oh Cruz gloriosa en Ti ha triunfado el Rey de los ángeles.
V/ Oh Cruz gloriosa en Ti ha triunfado el Rey de los ángeles.

R/ Y con su sangre lavado nuestras heridas.
V/ En Ti ha triunfado el Rey de los ángeles.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Oh Cruz gloriosa en Ti ha triunfado el Rey de los ángeles.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. ¡Oh victoria de la cruz y admirable signo! Haz que alcancemos el triunfo en el cielo.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. ¡Oh victoria de la cruz y admirable signo! Haz que alcancemos el triunfo en el cielo.

PRECES

Invoquemos a nuestro Redentor, que nos ha redimido por su cruz, y digámosle:

Por tu cruz, llévanos a tu reino.

Cristo, tu que te despojaste de tu rango y tomaste la condición de esclavo, pasando por uno de tantos,
— haz que los miembros de la Iglesia imitemos tu humildad.

Cristo, tu que te rebajaste hasta someterte incluso a la muerte, y una muerte de cruz,
— otórganos, a tus siervos, sumisión y paciencia.

Cristo, tu que fuiste levantado sobre todo por Dios, que concedió el “Nombre-sobre-todo-nombre”,
— concede a tus fieles la perseverancia hasta el fin.

Cristo, a cuyo nombre se dobla toda rodilla en el cielo, en la tierra y en el abismo,
— infunde la caridad en los hombres, para que te adoren en la paz.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Cristo a quien toda lengua proclamará Señor, para gloria de Dios Padre,
— recibe a nuestros hermanos difuntos en el reino de la felicidad eterna.

Llenos de fe, invoquemos juntos al Padre común, repitiendo la oración que Jesús nos enseñó:
Padre nuestro…

ORACION

Señor, Dios nuestro, que has querido realizar la salvación de todos los hombres por medio de tu Hijo, muerto en la cruz, concédenos, te rogamos, a quienes hemos conocido en la tierra este misterio, alcanzar en el cielo los premios de la redención. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Exaltación de la Santa Cruz

Exaltación de la Santa Cruz
El que cree en Jesús tiene vida eterna.
Juan 3,13-17

Oración inicial

Padre, que has querido salvar a los hombres
con la Cruz de Cristo tu Hijo,
concédenos, a los que hemos conocido en la tierra
su misterio de amor,
gozar en el cielo de los frutos de su redención.
Por Cristo nuestro Señor.

1. LECTIO

 Lectura del Evangelio:
Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Y como Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga en él la vida eterna. Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

2. MEDITATIO

a) Clave de lectura:

El texto que hoy la liturgia nos propone está sacado de la Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. No nos tiene que sorprender el que el pasaje elegido para esta celebración forme parte del cuarto evangelio, porque es justamente este evangelio el que presenta el misterio de la cruz del Señor, como exaltación. Y esto está claro desde el comienzo del evangelio: “Así como Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre” (Jn 3,14; Dn 7,13). Juan nos explica el misterio del Verbo Encarnado en el movimiento paradójico del descenso-ascenso (Jn 1,14.18; 3,13). Y es éste el misterio que ofrece la clave de lectura para comprender el despliegue de la identidad y de la misión de Jesucristo passus et gloriosus, y podemos decir con razón que esto no vale solamente para el texto de Juan. La carta a los Efesios, por ejemplo, se sirve de este mismo movimiento paradójico para explicar el misterio de Cristo: “Subió. ¿Qué quiere decir, sino que había bajado con los muertos al mundo inferior?” (Ef 4,9).

Jesús es el Hijo de Dios que al hacerse Hijo del hombre (Jn 3,13) nos hace conocer los misterios de Dios (Jn 1,18). Esto el solamente puede hacerlo, ya que el sólo ha visto al Padre (Jn 6,46). Podemos decir que el misterio del Verbo que baja del cielo responde al anhelo de los profetas: ¿quién subirá al cielo para revelarnos este misterio? (cfr. Dt 30,12; Prov 30,4). El cuarto evangelio está lleno de referencias al misterio de aquel que “ha bajado del cielo” (1 Cor 15,47). He aquí algunas citas: Jn 6,33.38.51.62; 8,42; 16,28-30; 17,5.

La exaltación de Jesús está justamente en este bajar hasta nosotros, hasta la muerte, y a la muerte de cruz, desde la cual él será levantado como la serpiente en el desierto y “todo el que la mire … no morirá” (Núm 21,7-9; Zc 12,10). Este mirar a Cristo ensalzado, Juan lo recordará en la escena de la muerte de Jesús: “Mirarán a aquel que traspasaron” (Jn 19,37). En el contexto del cuarto evangelio, el dirigir la mirada quiere significar, “conocer”, “comprender”, “ver”.

A menudo en el evangelio de Juan, Jesús se refiere al hecho de ser levantado: “Cuando hayan levantado en alto el Hijo del hombre, entonces conocerán que yo soy” (Jn 8,28); “‘cuando yo haya sido levantado de la tierra, atraeré a todos a mí’. Jesús daba a entender así de qué muerte iba a morir” (Jn 12,32-33). También en los sinópticos Jesús anuncia a sus discípulos el misterio de su condena a muerte y muerte de cruz (véase Mt 20,17-19; Mc 10,32-34; Lc 18,31-33). En efecto, Cristo tenía que “sufrir todo esto y entrar en la gloria” (Lc 24,26).

Este misterio revela el gran amor que Dios nos tiene. Es el hijo que nos es dado, “para que quien crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna”, este hijo a quien nosotros hemos rechazado y crucificado. Pero justamente en este rechazo de nuestra parte, Dios nos ha manifestado su fidelidad y su amor que no se detiene ante la dureza de nuestro corazón. El actúa la salvación, a pesar de nuestro rechazo y desprecio (cfr. Hechos 4,27-28), permaneciendo siempre firme en realizar su plan de misericordia: “Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar el mundo, sino para que el mundo se salve por él”.

b) Algunas preguntas:

i) En el evangelio ¿qué te ha llamado la atención?
ii) ¿Qué significa para tí la exaltación de Cristo y de su Cruz?
iii) Este movimiento de descenso-ascenso ¿qué consecuencias conlleva en la vivencia de la fe?

3. ORATIO

Salmo 78

Escucha, pueblo mío, mi enseñanza,
presta oído a las palabras de mi boca;
voy a abrir mi boca en parábolas,
a evocar los misterios del pasado.

Cuando los mataba, lo buscaban,
se convertían, se afanaban por él,
y recordaban que Dios era su Roca,
el Dios Altísimo su redentor.

Le halagaban con su boca,
con su lengua le mentían;
su corazón no era fiel,
no tenían fe en su alianza.

Él, con todo, enternecido,
borraba su culpa, no los destruía;
bien de veces contuvo su cólera
y no despertó todo su furor.

4. CONTEMPLATIO

«Cristo Jesús es el Señor
para gloria de Dios Padre.» (Fil 2,11)

Id también vosotros a mi viña

Analizando bien las cosas, parece que la Iglesia, los cristianos, hemos perdido el sentido de la trascendencia. La mirada de la mayoría se ciñe al aquí y ahora del tiempo y espacios humanos. La vieja mirada al “más allá”, al espacio y tiempos de Dios, llamado eternidad, es desechada como anacrónica y falta de interés real. El caso es que los cristianos no tenemos mirada de cielo ni olemos a Dios.

¿Para qué hablar de Dios, de Jesucristo, a una cultura que quiere desterrarlo de su historia? ¿Para qué predicar hoy día la Vida Eterna como continuidad o plenitud de una vida que tiene a Dios como fundamento, como camino y como meta? La vida sólo se ciñe a la caducidad individual aquí, en este planeta lleno de individuos que no necesitan sentido… Dios no es necesario, dicen por ahí. Como si la Encarnación del Verbo fuera un mito, Dios una bonita idea, el evangelio un manual socio-político adaptable según convenga.

Basta controlar las emociones y desarrollar buenas estrategias de autoayuda, meramente cerebrales o profesionales. Basta con darle al planeta tierra una categoría sobrenatural y a la historia una categoría dogmática. Visto así, la salvación es una mera conjetura, no una verdad trascendente.

¿Encontrar a Dios? ¿Para qué? ¿Acaso es necesario? Tomar decisiones vitales más allá del aquí y ahora ¿para qué? Si optando por lo políticamente correcto, convirtiendo la pobreza en un valor ideológico, se vive mejor y, además, con el aplauso social. ¿Dar la vida y comprometerla con el Reino de Dios? ¿Acaso el Reino de Dios es real, más allá de la inteligencia emocional o de la mentalidad científica y la tecnología? Si el ser humano es mera corporeidad, con un cerebro lleno de pulsiones y controlable con medicamentos y técnicas de relajación… ni siquiera necesitamos espiritualidad, pues ésta es mera poesía, arte o estrategia. Lo cierto es que el desinterés por la fe, por la relación viva con Dios, está a la orden del día y, por desgracia, entre los bautizados, en general, brilla por su ausencia, al menos de boquilla.

Nuestros planes son los de siempre. Se resumen en tres palabras de una popular canción: salud, dinero y amor. Traducido: comer, beber, enriquecerse, evitar molestias, tener algún tipo de reconocimiento, vivir lleno de comodidades sin complicarse la vida y sin compromisos…

Sin embargo, la verdad es que hay Dios porque hay Jesucristo. Jesús no es fruto de la entelequia o de la imaginación novelesca de nadie. Jesús es real, de carne y hueso… y Espíritu. Toda su vida y obra remite a Dios y no a otra cosa. Su interés es el Reino de Dios y no otra cosa. Su obra es la salvación trascendente de la persona humana y no otra cosa. Este mundo es un espacio de encuentro y relación entre Dios y los hombres y mujeres… y el rostro visible de esa relación trascendental es Jesús. Esa es la Verdad.

Que el hambriento reciba su alimento, que el cautivo sea liberado, que el odio sea desechado, que el género humano sea salvado… que todos tengan vida… vida en abundancia… vida eterna. Mis caminos no son vuestros caminos, dice el Señor. La liberación y salvación del mundo no se produce por leyes o por voluntarismos altruistas o por tecnócratas. Se logra cuando la persona humana, aún en su máxima humillación social, descubre la verdad de su dignidad y el motivo de su existir… entonces puede ser libre y salvada.

El que ha entrado en la verdadera y vital relación con Jesús sabe que la fe no es una ideología más, sino la apertura incondicional de dos que se miran cuya relación se basa en la mutua confianza y en el mutuo don. Por eso, el evangelizador se entrega incondicionalmente, no para adaptar el evangelio a su mentalidad, sino para proponer sin tamices el encuentro con Jesucristo y facilitarlo. Por eso no se ahorrará ni su misma vida ni se quedará atado a sus intereses particulares… pues buscará la verdadera y única salvación posible para cuantos le rodean. El evangelizador, el creyente, el hombre o mujer que está en relación con Jesucristo, que es una relación transformadora porque es trascendente, desea seguir procurando frutos de salvación, en favor del Dios vivo y del hombre y mujer por los que el Señor da su vida, que es eterna.

El Reino de Dios se pone en marcha como iniciativa y obra de Dios mismo. Jesucristo, el Evangelio de Dios, es quien lo acerca al mundo y lo pone en marcha contando con nosotros, los que le recibimos y acogemos. Cada uno llega a la fe, a la relación con Jesucristo, cuando llega. Unos antes y otros después. Pero todos tienen en su haber la herencia del Reino que a todos se ofrece gratuitamente, como un don… pero un don trascendente. Es del cielo, pero atañe a esta tierra. Contiene eternidad, pero se inicia y dinamiza en la historia… una historia que, así, se transforma en historia de salvación.

Aquí y ahora es el tiempo y el momento para trabajar en favor del Reino de Dios. Se trata de hablar de Dios porque antes se ha hablado con Dios. La tarea evangelizadora es un anuncio explícito y valiente que da a conocer la persona de Jesucristo, el Hijo de Dios, presente y vivo aquí y ahora. Porque es en el aquí y ahora donde las personas pueden buscar y encontrar a Dios. Más tarde puede ser demasiado tarde. Y la responsabilidad de que el Reino de Dios se malogre en la vida de alguien puede ser imputada a la indolencia, negligencia o manipulación del que, sabiendo que es un evangelizador… no evangeliza. El Reino de Dios se predica con palabras, desde luego, pero también con obras. La clave está en llevar una vida digna del evangelio de Cristo. Sin esa clave, la vida cristiana es disfrazada de ideología que no produce frutos de salvación porque no provoca el encuentro de las personas con Jesucristo, que es Dios.

 

D. Juan José Llamedo González, OP

Comentario – Exaltación de la Cruz

Celebramos la fiesta de una ex-altación, la de la Santa Cruz, o mejor, de un Exaltadoel que se rebajó hasta la muerte y muerte de cruz. Hoy se nos invita a fijar (elevando) nuestras miradas en esta cruz exaltada (=elevada), mirándola como se mira algo sagrado y salutífero: un árbol del que cuelga la salvación como un fruto. Este leño en el que se colgaba (crucificándolos) a los malhechores, este instrumento de ejecución de condenados a muerte (esclavos, prisioneros de guerra, malhechores sin derecho de ciudadanía), se ha convertido en un árbol salutífero del que cuelga el fruto de nuestra salvación, porque en él fue clavado el Salvador. Creyeron estar crucificando a un malhechor cuando en realidad estaban clavando a nuestro bien-hechor.

Esta asociación entre la cruz y el Crucificado hace de ella una cruz santa, no porque lo sea en sí misma –en sí misma es sólo una cruz de madera- o en el uso que se hace de ella –instrumento vil de ejecución, símbolo de ignominia o de vergüenza-, sino porque en ella murió el Santo con muerte redentora. Sólo esta lectura permite exaltar la cruz y mirarla con veneración y gratitud, como lo hacemos hoy.

La cruz ha sufrido, por tanto, una metamorfosis: De ser un signo de humillación ante el que se desvía la mirada, pasa a ser un signo de exaltación, que se levanta para atraer las miradas. Este es también el recorrido existencial que hizo el crucificado. Lo recuerda san Pablo con toda precisión: Siendo de condición divina, se despojó de su rango… y se rebajó hasta someterse incluso a la muerte (lo más contrario a la vida que es la condición divina), y una muerte de cruz (lo más contrario a la dignidad de ese rango propio de la condición divina).

Morir en la cruz era una de las formas más ignominiosas y humillantes de morir. Por eso Dios lo levantó (he aquí la exaltación del humillado) sobre todo (sobre los condenados y sobre los condenadores) y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre (devolviéndole toda su dignidad y rango); de modo que al nombre de este Nombre, Jesússe doble toda rodilla y todo el mundo le reconozca como Señor. Al confesarle Señor, nosotros no lo exaltamos; nos limitamos a reconocer al Exaltado por el mismo DiosEs Dios Padre quien lo ha exaltado poniéndole por encima de todo: de sus jueces, de sus enemigos, de la misma muerte. Lo ha exaltado no dejándole clavado en la cruz, a la vista de las miradas despreciativas de algunos, sanguinarias de otros, complacientes o indiferentes de otros, o compasivas de algunos o de muchos; lo ha exaltado, no sepultándole en un sepulcro para ocultarle de estas miradas de un signo o de otro, sino devolviéndole a la vida o entronizándole a su derecha para ser reconocido como Señor ante el que se doblan las rodillas.

Pero no es esto sólo lo que pretende con su exaltación: que todos (en el cielo, en la tierra, en el abismo) doblen sus rodillas ante él reconociéndole como su Señor, incluidos los que le habían humillado condenándole a muerte de cruz. Hubiese sido un acto de poder imponente y humillante para sus enemigos. Pero la pregunta es otra: ¿Hubiese sido salvífico semejante acto de poder, es decir, hubiese sido capaz de rescatar de su indignidad, ceguera o ingratitud a los que lo habían condenado? El poder aplastante hace doblar las rodillas, pero no atrae los corazones a no ser que se incorpore otro ingrediente, otra fuerza, la fuerza del amor. Pero resulta que el amor está en la base de todo este proceso, y es el factor determinante; porque es por amor por lo que el que era de condición divina se despoja de su rango; es por amor por lo que se somete a la muerte, por lo que se deja crucificar; es por amor por lo que Dios lo exalta: por amor a él y a todos los que mirándole con fe obtendrán el beneficio de la vida como fruto de salvación. Esto es lo que nos hace saber san Juan: Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna.

Luego la entrega del Hijo hasta la muerte de cruz es antes que nada entrega del Padre, que se desprende de su Hijo: un acto de amor o de donación a aquellos para cuyo beneficio se entrega, a aquellos sin cuya entrega perecerían y cuya fe en él y en su acto de amor les da acceso a la vida sin término, la vida eterna. En suma, un acto de amor sobreabundante: lo que se entrega no es una cosa, sino una persona muy querida, el Hijo querido, el predilecto, el Hijo de sus entrañas. El valor de lo que se entrega revela la calidad de la entrega: Tanta que llegó hasta el extremo. Pero si todo hubiese quedado ahí, en la cruz o en el sepulcro, hubiese sido un amor infecundo o ineficaz: sin éxito. Por eso lo exaltó. Sin esta exaltación no tendría el rango de Señor: no podríamos mirarle en la cruz esperando de él la sanación y la vida, como miraban a la serpiente de bronce elevada por Moisés en el desierto los mordidos de serpiente esperando la salud; no podríamos depositar en este crucificado al que se le escapaba la vida sin remedio la fe en el imperio de la vida.

Sólo porque el colgado en la Cruz es el Exaltado a la diestra del Padre y el Vencedor del pecado y de la muerte, podemos esperar de él el fruto de la salvación, la vida que no perece, y podemos poner en él nuestra fe y mirarle no sólo con mirada compasiva, sino con mirada agradecida, suplicante, esperanzada. Ojalá nunca dejemos de mirar en este modo la cruz, porque en ella veremos al Crucificado, y en el Crucificado a Aquel de quien nos llega la vida y la salvación, porque es Señor de la vida y de la muerte, y como Señor ha sido constituido.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Lumen Gentium – Documentos Concilio Vaticano II

Bajo la autoridad de la Iglesia

45. Siendo deber de la Jerarquía eclesiástica apacentar al Pueblo de Dios y conducirlo a los mejores pastos (cf. Ez 34, 14), a ella compete dirigir sabiamente con sus leyes la práctica de los consejos evangélicos, mediante los cuales se fomenta singularmente la caridad para con Dios y para con el prójimo. La misma Jerarquía, siguiendo dócilmente el impulso del Espíritu Santo, admite las reglas propuestas por varones y mujeres ilustres, las aprueba auténticamente después de haberlas revisado y asiste con su autoridad vigilante y protectora a los Institutos erigidos por todas partes para edificación del Cuerpo de Cristo, con el fin de que en todo caso crezcan y florezcan según el espíritu de los fundadores.

Para mejor proveer a las necesidades de toda la grey del Señor, el Romano Pontífice, en virtud de su primado sobre la Iglesia universal, puede eximir a cualquier Instituto de perfección y a cada uno de sus miembros de la jurisdicción de los Ordinarios de lugar y someterlos a su sola autoridad con vistas a la utilidad común. Análogamente pueden ser puestos bajo las propias autoridades patriarcales o encomendados a ellas. Los miembros de tales Institutos, en el cumplimiento de los deberes que tienen para con la Iglesia según su peculiar forma de vida, deben prestar a los Obispos reverencia y obediencia en conformidad con las leyes canónicas, por razón de su autoridad pastoral en las Iglesias particulares y por la necesaria unidad y concordia en el trabajo apostólico.

La Iglesia no sólo eleva mediante su sanción la profesión religiosa a la dignidad de estado canónico, sino que, además, con su acción litúrgica, la presenta como un estado consagrado a Dios. Ya que la Iglesia misma, con la autoridad que Dios le confió, recibe los votos de quienes la profesan, les alcanza de Dios, mediante su oración pública, los auxilios y la gracia, los encomienda a Dios y les imparte la bendición espiritual, asociando su oblación al sacrificio eucarístico.

Homilía Domingo XXV de Tiempo Ordinario

1.- Nuestro Dios es rico en perdón (Is 55, 6-9)

Apremia la búsqueda del Señor. Todos son llamados a invocarlo. La cercanía de Dios estimula a recorrer el camino.

¿Todos son llamados? ¿Lo son también los malvados? son, cuando recorren el camino del arrepentimiento («un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias, Señor»). Desandar el propio camino y cambiar los propios proyectos es lo que Dios espera de nosotros, pecadores. Aunque nos cueste reconocer que habíamos errado el tino, al intentar recorrer nuestra particular andadura. Y aunque sea duro pensar que comenzamos a recorrer el camino que nos ha trazado Otro.

Cuando el cambio realmente se da, queda en el corazón la gozosa convicción de que «Dios tiene piedad», porque Él es «rico en perdón». Se trata de una experiencia de hondura, comparada con la ruindad y egoísmo de nosotros, Dios mismo tiene que «justificar» su camino tan distinto. Caminos de gratuidad generosa: «Mis caminos no son vuestros caminos… ni mis planes son vuestros planes».

2.- El dilema de partir o de quedarse (Flp l, 20c-24.27a)

Comenzamos, hoy, con un primer texto de la Carta de san Pablo a los cristianos de Filipos. El tono de todo el escrito es entrañable y personal.

En la lectura de hoy, nos quiere demostrar san Pablo una «santa indiferencia»: «Sea por mi vida, sea por mi muerte»…, lo importante es que Cristo sea glorificado.

No es pequeña la meta: Descentrarse de uno mismo, poniendo la propia satisfacción en la gloria que es de Otro. Pero ahí se da la paradoja: una gloria que es de Otro y termina siendo la propia: «Para mí, la vida es Cristo». Identificación reiteradamente afirmada por san Pablo: «No yo, Cristo en mí». De alguna manera, «un Yo cristificado».

Si ese «ser en Cristo» se hace más fuerte después de esta vida, Pablo no duda en considerar la muerte como auténtica ganancia. En ese anhelo místico de la unión definitiva con quien es vida en plenitud, una sola variante: el trabajo por quienes considera «suyos»; todos aquellos que Dios mismo le ha encomendado. Sólo esta encomienda de Dios es capaz de frenarle su deseo de estar,
ya muerto, plenamente con Cristo.

Más que su propio camino hacia Cristo, le importa al apóstol Pablo la andadura cristiana de los fieles de Fil «Lo importante es que vosotros llevéis una vida según el evangelio de Cristo». Espiritualidad de evangelizador que se alimenta acompañando con fidelidad a todos aquellos a quienes anuncia el Evangelio.

3.- Los hay que no quieren «que Dios sea bueno» (Mt 20, 1-16)

«Los de toda la vida» y los de última hora. Quienes iniciaron pronto el seguimiento tienen un evidente peligro: pensar que recibirán más, porque empezaron primero. Y llegan hasta enfadarse con el mismo Dios porque da la misma suerte a quienes se acercaron a él en el mismo ocaso de su vida. Se portan como quienes han «soportado un peso» y consideran injusta la paga a quienes no soportaron nada.

Pero, ¿es que puede ser considerado el seguimiento como carga? ¿Puede la vida cristiana entenderse como «obligación externa» que se lleva con desgana resignada? Muchos así lo pensaron y lo piensan. Creen haberse ganado el salario a base de cumplimiento; y se enojan con el amo que, con su amor, recompensa con la misma paga a los últimos. No se han acostumbrado a la extraña gratuidad de los caminos y planes de Dios.

Nuestro soneto recoge bien la «ilógica» del Dios bueno «Quiero ser en tu viña jornalero/ desde el amanecer hasta el ocaso,/ aunque premie igualmente tu dinero/ el tiempo breve y el trabajo escaso/ pues no busco otra cosa en el salario/ que el amor contenido en tu denario».

Los planes de Dios desconciertan, en efecto, cuando uno se ha salido de la «ilógica del amor»…, cuando no se percibe ya que el amor es capaz de llegar hasta el extremo.

Un denario de amor

¡Regresar a la Tierra prometida,
gustando en el deseo tu cercanía…,
otear la aurora de la Parusía…
ganar tu intimidad, perder la vida…!

Porque en Ti mi esperanza está escondida,
vivo, mientras te busco, la alegría
de la misericordia y la amnistía
que tu largueza eroga sin medida…

Quiero ser en tu viña jornalero
desde el amanecer hasta el ocaso,
aunque premie igualmente tu dinero

el tiempo breve y el trabajo escaso,
pues no busco otra cosa en el salario
que el amor, contenido en tu denario.

Pedro Jaramillo

Mt 20, 1-16 (Evangelio Domingo XXV de Tiempo Ordinario)

La salvación misterio “contracultural” del amor

El evangelio de Mateo nos ofrece la parábola de los obreros de la viña, una de las más significativas en el ámbito de la exposición que Jesús hacía para exponer el misterio del Reino de Dios, cómo debía hacerse presente, cómo participaba Dios mismo en este acontecimiento que afecta a la historia y a cada una de las personas que acogen su mensaje. Es una parábola que recuerda, en su resultado final, algunos aspectos a la conocida en Lc 15 como la del hijo pródigo. En realidad, se quiere hablar de la misma persona, de Dios, bien como un padre que espera a su hijo y le ofrece misericordia, bien como patrón de una viña que busca obreros durante todo el día. Los elementos intermedios, las horas, no deben distraernos del momento culminante en el que se quiere poner de manifiesto que, precisamente en el Reino de Dios, lo decisivo, como es la salvación de los hombres, no funciona con los criterios de este mundo. La narración comienza con un gár (pues, en griego), que sin duda pretende enlazar con el dicho de Jesús de Mt 19,30: “muchos primeros serán últimos y muchos últimos, primeros”. Es un dicho de gran alcance y la parábola de nuestra narración viene a ilustrar eso que es tan desproporcionado o tan “contracultural” como hoy gusta decir en círculos exegéticos sobre cómo era y como pensaba Jesús de Nazaret.

Habría que tener en cuenta las palabras de Is 55 «mis caminos no son vuestros caminos…». No sería lógico que contrastáramos la justicia estricta que usa con los llamados a la primera hora y la misericordia o la generosidad que aplica con los últimos, pero es ahí donde está el centro del escándalo, de lo contracultural: así no se pensaba en tiempos de Jesús, ni ahora tampoco. Se piensa que es una parábola que se pronuncia a causa de las críticas de los fariseos, religiosos de toda la vida, que al final reciben lo mismo que los otros. Podría pensarse que un gran agricultor, en tiempos de cosecha, tenía necesidad de jornaleros hasta última hora para dar salida a la uva y paga bien. Pero no es eso lo que cuenta; lo que se impone es que el dueño de la viña también es generoso con los últimos que ha podido contratar. En realidad no parece que la narración exija contratar hasta última hora; es un plus que se permite el dueño de la viña, y ahí es donde se cargan las tintas. Así funciona el Reino, no el mundo, y así se hace justicia de una forma absolutamente distinta a la de cualquier otra institución. Por ello, cuando echamos mano de esta parábola para iluminar teológicamente la justicia social y la productividad, no cometemos un error, pero tampoco es lo más acertado en la lectura e interpretación de la misma.

Para entender mejor la parábola, hay que tener en cuenta que el trabajo “de sol a sol” eran doce horas, que se dividían habitualmente de tres en tres. Supongamos que de 6 de la mañana a 6 de la tarde. Los primeros jornaleros fueron contratados a las 6 de la mañana, y los últimos, a las 5 de la tarde, la undécima hora. Por eso a ellos les dice el dueño de la viña: “¿Por qué estáis aquí todo el día parados?”. Podemos imaginarnos el contexto histórico de esta parábola de Jesús en su actitud de recibir y acoger a los pecadores contra la mentalidad legalista y puritana de los controladores de las leyes de pureza y santidad. Y de la misma manera podemos suponer un contexto eclesial de la comunidad de Mateo, quien quiere explicar a algunos judeo-cristianos, que la llamada de los paganos y su respuesta generosa les ha situado en el mismo plano de la salvación que a ellos. Todo en la parábola es desconcertante y a la vez original. El gran maestro en la interpretación de las parábolas, J. Jeremías, pone de manifiesto el contraste que existe entre ésta de Jesús y una que se nos trasmite en el Talmud de Jerusalén sobre Rabí Bun bar Hiyya, quien murió joven, y el que hizo su elogio fúnebre, lo alabó porque en pocos años había hecho lo que otros en 100 años. Pero no es este el caso de la parábola de los obreros de la viña que son llamados a última hora: de éstos no se dice nada de su eficacia y dedicación.

La parábola quiere enseñar una única cosa, decisiva: «Así es Dios con respecto a la salvación». Todo lo demás no sobra, sino que viene a servir a esta idea que es verdaderamente escandalosa. Este es el Dios de Jesús; este es el mensaje radical del evangelio del reino de los cielos. En la parábola rabínica que se conoce del Talmud, el obrero es uno sólo, que llega a última hora, ha trabajado tanto como los otros que han estado más tiempo empeñados en su quehacer; en la parábola evangélica, los obreros, en plural, que han llegado a última hora, no tienen mérito alguno, pero se les ha dado lo que sin duda necesitaban para su familia y para sus vidas. Es muy posible que no merecieran ese jornal, desde el punto de vista de la justicia simple o productiva, pero desde la bondad de Dios han recibido «gratuitamente» lo que necesitaban. Así es el Dios de Jesús, así es el Dios de la salvación, así es el Dios de«mis planes no son vuestros planes, mis caminos no son vuestros caminos». Todos los jornaleros pudieron llevar a sus casas el pan de cada día, unos por justicia y otros por generosidad. Pero eso no acontece más que en el Reino de Dios, de la vida, de la salvación, del perdón, de la misericordia, de la solidaridad. He aquí lo contracultural del Dios de Jesús.

Flp 1, 20-27 (2ª lectura Domingo XXV de Tiempo Ordinario)

«Vivir en Cristo», o la victoria sobre la muerte

La IIª Lectura del día es un pasaje de una gran densidad paulina. Pablo, muy probablemente, está prisionero en Éfeso y se confidencia con su comunidad de Filipos a donde piensa ir. Lo ha pasado muy mal; ha podido estar a las puertas de la muerte, en la cárcel o a causa de una persecución y les habla de lo que significa para él «vivir en Cristo», estar con él, orar con él. Ha sentido su presencia salvífica hasta lo más profundo y no le teme ya a la muerte. Es uno de los puntos álgidos de la «escatología» paulina porque, ante la muerte, todo adquiere una dimensión más personal e inevitable.

Incluso Pablo ya no espera una «parusía» o venida del fin del mundo, como en otros momentos de sus cartas primeras. Sabe que la muerte está ahí al lado, en cualquier momento. Es como si quisiera afirmar, en realidad lo expresa rotundamente, que no le teme a la muerte porque tiene la confianza de Cristo, su Señor. Ha tenido y tiene la experiencia de lo que es «vivir en Cristo», y la muerte le abre una puerta a la vida que nadie le podrá arrebatar.

Solamente desearía quedarse en este mundo, entre los suyos, por servir a las comunidades a las que ha predicado el evangelio. Es uno de los pasajes de Pablo que más importancia tienen para la teología de la muerte y la resurrección. Y especialmente de lo que es Cristo Jesús para Pablo y de lo que significa para la vida y la muerte de todos nosotros. Podríamos, incluso, ilustrar esta opción cristológica paulina con unos versos de Miguel de Unamuno, en su «Cristo de Velázquez», que expresan mejor que nada la hondura y profundidad logradas por Pablo en esta expresión del «vivir en Cristo». Porque en Cristo y con Cristo ya no somos víctimas de un destino fatal, al contrario, como expresa maravillosamente Dn. Miguel: «Sin ti Jesús, nacemos solamente para morir; contigo morimos para nacer, y así nos engendraste». Esto es todo un mundo de poesía, pero más aún, un kerygma unamuniano que bien podía ser ciertamente paulino.

Is 55, 6-9 (1ª lectura Domingo XXV de Tiempo Ordinario)

A Dios siempre se le puede encontrar

Esta lectura pertenece al «Deuteroisaías», un profeta anónimo del destierro que interpreta con mucho acierto la acción de Dios en la historia del pueblo y de los hombres. Probablemente el texto de la liturgia de hoy sea uno de los más bellos, asombrosos y conocidos, por aquello de «mis caminos no son vuestros caminos…». Es, en cierta manera, el resumen final de los cc. 40-55 en que se recogen los oráculos y exhortaciones de ese profeta anónimo del destierro que tiene que levantar el ánimo del pueblo.

Estamos ante una llamada verdaderamente materna para buscar a Dios en nuestra vida, porque Él no es como lo imaginamos; actúa ciertamente con misericordia. Es verdad que no siempre se ha presentado así a Dios en la teología del Antiguo Testamento, sino más bien, negativamente. Pero este texto profético debe poner en evidencia ese tipo de teología. En este caso, el profeta quiere ser escandaloso para sus contemporáneos que piensan que Dios es terrible, alejado y justiciero. Los caminos del Señor, es verdad, no son los de los hombres; ni sus planes son como los nuestros. De ahí que el profeta exhorte a buscar al Señor para salir de la situación de opresión en el destierro. Un nuevo «éxodo» está por llegar, es decir, un nuevo camino de liberación.

El Deuteroisaías es el que mejor ha formulado este carácter específico del Dios de la Alianza, del que nos hablará Jesús en su evangelio y en la parábola de hoy. Se trata, pues, de poner de manifiesto el proyecto salvífico de Dios por el que nunca se han fascinado verdaderamente los hombres. Es como si desearan, algunos, que Dios siguiera siendo duro e imposible de comprender. Pero el profeta expresa todo lo contrario y todos estamos llamados a buscarlo y a convertirnos a Él, porque está cercano y, sin duda, se deja encontrar. Dios no huye, ni se esconde, ni «pasa» de su pueblo o de cada uno de nosotros. Porque usa la raham, la compasión. Por eso merece la pena buscar al Señor.

Comentario al evangelio – Exaltación de la Cruz

Exaltación de la Santa Cruz

“La señal del cristiano es la santa cruz”, repetíamos en el viejo catecismo. Por eso vemos esta señal, al bautizar a los niños, en los “cruces” de los caminos, en la cabecera de la cama, en la delantera de los coches, en el recuerdo de los muertos, al salir de casa, y en mil momentos. También abusamos de ella. Cuando hacemos la cruz de una manera mágica u ostentosa; cuando la llevamos –cruz de pasión e infamia- como adorno precioso o señal de dignidades. 

La cruz es la cruz de nuestro Señor. Es el instrumento de nuestra redención. La muerte en cruz era el suplicio reservado sólo para los esclavos, tan cruel como lleno de ignominia. ¿Cómo se podía pensar que la redención podía venir de la impureza de un cadáver?  Sin embargo ahí está la paradoja. Un hombre inocente carga con todos los pecados de la humanidad. Condenado, no condena. En el mayor dolor brilla el mayor amor.  La cruz de Jesús, dando muerte al pecado, es causa de reconciliación. Reconciliación de los hombres con Dios. Pero también de gentiles y judíos, de la economía de la ley y de la economía de la fe. 

Pero aún sorprendemos otra paradoja que da nombre a la fiesta de hoy. Este condenado, sometido a la máxima humillación, envilecido, desnudo, es exaltado, elevado como la serpiente en el desierto, en signo de salvación para cuantos le contemplan. Es la exaltación del amor: “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo”. La Pasión de San Juan que leemos el Viernes Santo contempla a Cristo en la Cruz, lleno de majestad.

Que bien estaría que en este día nos parásemos a contemplar la santa cruz. Y, después de un silencio de asombro, podríamos recitar textos tan bellos, y al alcance de todos, sobre Cristo crucificado. Por ejemplo: “Delante de la Cruz los ojos míos” (Sánchez Mazas). “Pastor que tus silbos amorosos” (Lope de Vega). “El Cristo de Velázquez” (Unamuno).

Luego vendrían los buenos propósitos de no abusar o frivolizar con el signo de la cruz. Nada de adornos con crucifijos lujosos, no hacer la señal de la cruz repetidamente de manera que se banalice, etc. Por supuesto, y en un orden muy distinto, no he visto a ningún maestro espiritual que enseñe el victimismo, el dolorismo y todos espiritualismos que busquen el dolor por sí mismo para parecerse más a Jesús. Jesús nos dice que tomemos “nuestra” cruz y le sigamos. Pues, venga, tomemos nuestra cruz, amemos como Jesús nos mandó, perdonemos y bendigamos a los que nos maldicen, estemos dispuestos a ser perseguidos por la justicia. Si amamos, siempre encontraremos la cruz. Entonces, sí que podremos repetir con San Pablo: “Lejos de mí gloriarme sino en la cruz de Cristo”.