Homilía Domingo XXV de Tiempo Ordinario

1.- Nuestro Dios es rico en perdón (Is 55, 6-9)

Apremia la búsqueda del Señor. Todos son llamados a invocarlo. La cercanía de Dios estimula a recorrer el camino.

¿Todos son llamados? ¿Lo son también los malvados? son, cuando recorren el camino del arrepentimiento («un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias, Señor»). Desandar el propio camino y cambiar los propios proyectos es lo que Dios espera de nosotros, pecadores. Aunque nos cueste reconocer que habíamos errado el tino, al intentar recorrer nuestra particular andadura. Y aunque sea duro pensar que comenzamos a recorrer el camino que nos ha trazado Otro.

Cuando el cambio realmente se da, queda en el corazón la gozosa convicción de que «Dios tiene piedad», porque Él es «rico en perdón». Se trata de una experiencia de hondura, comparada con la ruindad y egoísmo de nosotros, Dios mismo tiene que «justificar» su camino tan distinto. Caminos de gratuidad generosa: «Mis caminos no son vuestros caminos… ni mis planes son vuestros planes».

2.- El dilema de partir o de quedarse (Flp l, 20c-24.27a)

Comenzamos, hoy, con un primer texto de la Carta de san Pablo a los cristianos de Filipos. El tono de todo el escrito es entrañable y personal.

En la lectura de hoy, nos quiere demostrar san Pablo una «santa indiferencia»: «Sea por mi vida, sea por mi muerte»…, lo importante es que Cristo sea glorificado.

No es pequeña la meta: Descentrarse de uno mismo, poniendo la propia satisfacción en la gloria que es de Otro. Pero ahí se da la paradoja: una gloria que es de Otro y termina siendo la propia: «Para mí, la vida es Cristo». Identificación reiteradamente afirmada por san Pablo: «No yo, Cristo en mí». De alguna manera, «un Yo cristificado».

Si ese «ser en Cristo» se hace más fuerte después de esta vida, Pablo no duda en considerar la muerte como auténtica ganancia. En ese anhelo místico de la unión definitiva con quien es vida en plenitud, una sola variante: el trabajo por quienes considera «suyos»; todos aquellos que Dios mismo le ha encomendado. Sólo esta encomienda de Dios es capaz de frenarle su deseo de estar,
ya muerto, plenamente con Cristo.

Más que su propio camino hacia Cristo, le importa al apóstol Pablo la andadura cristiana de los fieles de Fil «Lo importante es que vosotros llevéis una vida según el evangelio de Cristo». Espiritualidad de evangelizador que se alimenta acompañando con fidelidad a todos aquellos a quienes anuncia el Evangelio.

3.- Los hay que no quieren «que Dios sea bueno» (Mt 20, 1-16)

«Los de toda la vida» y los de última hora. Quienes iniciaron pronto el seguimiento tienen un evidente peligro: pensar que recibirán más, porque empezaron primero. Y llegan hasta enfadarse con el mismo Dios porque da la misma suerte a quienes se acercaron a él en el mismo ocaso de su vida. Se portan como quienes han «soportado un peso» y consideran injusta la paga a quienes no soportaron nada.

Pero, ¿es que puede ser considerado el seguimiento como carga? ¿Puede la vida cristiana entenderse como «obligación externa» que se lleva con desgana resignada? Muchos así lo pensaron y lo piensan. Creen haberse ganado el salario a base de cumplimiento; y se enojan con el amo que, con su amor, recompensa con la misma paga a los últimos. No se han acostumbrado a la extraña gratuidad de los caminos y planes de Dios.

Nuestro soneto recoge bien la «ilógica» del Dios bueno «Quiero ser en tu viña jornalero/ desde el amanecer hasta el ocaso,/ aunque premie igualmente tu dinero/ el tiempo breve y el trabajo escaso/ pues no busco otra cosa en el salario/ que el amor contenido en tu denario».

Los planes de Dios desconciertan, en efecto, cuando uno se ha salido de la «ilógica del amor»…, cuando no se percibe ya que el amor es capaz de llegar hasta el extremo.

Un denario de amor

¡Regresar a la Tierra prometida,
gustando en el deseo tu cercanía…,
otear la aurora de la Parusía…
ganar tu intimidad, perder la vida…!

Porque en Ti mi esperanza está escondida,
vivo, mientras te busco, la alegría
de la misericordia y la amnistía
que tu largueza eroga sin medida…

Quiero ser en tu viña jornalero
desde el amanecer hasta el ocaso,
aunque premie igualmente tu dinero

el tiempo breve y el trabajo escaso,
pues no busco otra cosa en el salario
que el amor, contenido en tu denario.

Pedro Jaramillo