La Vida de Jesús – Fco. Fernández-Carvajal

XIV. EL VINO NUEVO

1.- LOS AMIGOS DEL ESPOSO. LOS ODRES

Mt 9, 14-17; Mc 2, 18-22; Lc 5, 33-39

Por aquellos días se encontraban en Cafarnaún algunos discípulos del Bautista que, imitando la austeridad de vida de su maestro, practicaban ayunos frecuentes y rezaban a horas fijas largas oraciones. También los fariseos, y en general los israelitas piadosos, ayunaban a menudo. Aunque la legislación mosaica no prescribía más que un solo ayuno cada año, en la fiesta del Gran Perdón (Yom Kippur) o de la Expiación, esta práctica de penitencia era tan normal en aquel tiempo que se recomendaba con frecuencia a las almas piadosas. Jesús tampoco quiso abolirla, y la Iglesia primitiva no solo la conservó, sino que la aconsejaba con insistencia a los cristianos como medio para purificar el alma y acercarse más a Dios.

El día del banquete de Mateo coincidió precisamente, según nos dice san Marcos, con un día de ayuno de los discípulos del Bautista y de los fariseos. Esta circunstancia ponía más de relieve el contraste entre unos y otros: quienes ayunaban y los que participaban en el banquete. Por eso vinieron a Jesús y le preguntaron: ¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos con frecuencia, y en cambio tus discípulos no ayunan? (Mt). Parecen molestos y reticentes.

El Maestro les responde con un lenguaje familiar: ¿Pueden estar de duelo los amigos del esposo mientras el esposo está con ellos? Días vendrán en que se les arrebatará al esposo; entonces ayunarán (Mt). La imagen empleada por Jesús era muy gráfica y tanto más eficaz cuanto poco antes la había empleado el mismo Juan para representar al Mesías como al esposo bajado del cielo para celebrar sus bodas. Los amigos del esposo son, naturalmente, sus discípulos, que viven el tiempo de las bodas y, por tanto, días de fiesta y de alegría. La imagen del esposo había sido empleada también por los profetas para señalar las relaciones de Dios con su pueblo[1]. El Señor, comparándose aquí al esposo, hace una velada declaración de su divinidad. El Esposo, Jesús, es Dios mismo.

Jesús no censuraba los ayunos de los fariseos y de los discípulos de Juan Bautista, solo reclama libertad para los suyos en un asunto que la Ley de Moisés no prescribía[2].

Sin embargo, el Esposo, Jesús, les será arrebatado. Es la primera alusión clara del Señor a su pasión y muerte. Y entonces será necesaria la penitencia. Cuando Cristo no esté visiblemente presente, la penitencia será necesaria para verle con los ojos del alma.

El Señor añade nuevas consideraciones, presentadas en forma de breves parábolas. Nadie echa un remiendo… Quienes le escuchaban sabían de remiendos en los vestidos, y todos también, acostumbrados a las faenas del campo, conocían lo que pasa cuando se echa el vino nuevo, sacado de la uva recién vendimiada, en los odres viejos[3]. Con estas imágenes sencillas y bien conocidas enseñaba el Señor las verdades más profundas acerca del Reino que llegaba ya a las almas.

Jesús declara la necesidad de acoger su doctrina con un espíritu nuevo, joven, con deseos de renovación; pues de la misma manera que la fuerza de la fermentación del vino nuevo hace estallar los recipientes ya envejecidos, así también el mensaje de Cristo tenía que romper todo anquilosamiento. Sus discípulos no recibieron su predicación como una interpretación más de la Ley, sino como una vida nueva que requería un cambio radical en el corazón, en la manera de pensar.

Hubiera sido desastroso intentar remendar con tela nueva el envejecido judaísmo. Los vestidos gastados y los odres viejos representan a las instituciones del Antiguo Testamento, que ya habían cumplido su fin. Una mezcla indiscriminada de ambos Testamentos hubiera producido lamentables consecuencias. Esta doctrina la desarrollará ampliamente san Pablo en la Carta a los Gálatas. Ya se echaron de ver las consecuencias cuando, poco después de la muerte de Jesús, los judaizantes promovieron en la naciente Iglesia un conato de cisma, al querer conservar viejas instituciones –como la circuncisión– que no tenían sentido alguno después de la llegada del Mesías.

San Lucas nos ha dejado una tercera comparación, que expresa en el fondo la misma verdad: Y ninguno acostumbrado a beber vino añejo quiere del nuevo, porque dice: el añejo es mejor. El añejo es mejor, ¡mucho mejor! Es más dulce y sabroso al paladar. Sin embargo, ahora ocurre al revés: Cristo es el mejor vino, más dulce que todo lo anterior.


[1] Os 2, 18-22; Is 54, 5 ss.

[2] La Iglesia conservó las prácticas penitenciales en el espíritu definido por Jesús. Los Hechos de los Apóstoles mencionan celebraciones del culto acompañadas de ayuno. San Pablo, durante su desbordante labor apostólica, no se contenta con padecer hambre y sed cuando las circunstancias lo exigen, sino que añade repetidos ayunos.

[3] El odre (en griego asks) era una piel de animal (cabra o macho cabrío) con la parte interna hacia afuera, cuyas aberturas se cosían para poder guardar líquidos, en especial agua, leche y vino. Estas vasijas eran utilizadas sobre todo por nómadas y campesinos, pues permitían tener el líquido resguardado y además se podía trasladar con más facilidad.