Vísperas – Jueves XXIV de Tiempo Ordinario

VÍSPERAS

JUEVES XXIV TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. 
Como era en el principio, ahora y siempre, 
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Porque anochece ya,
porque es tarde, Dios mío,
porque temo perder
las huellas del camino,
no me dejes tan solo
y quédate conmigo.

Porque he sido rebelde
y he buscado el peligro
y escudriñé curioso
las cumbres y el abismo,
perdóname, Señor,
y quédate conmigo.

Porque ardo en sed de ti
y en hambre de tu trigo,
ven, siéntate a mi mesa,
bendice el pan y el vino.
¡Qué aprisa cae la tarde!
¡Quédate al fin conmigo! Amén.

SALMO 143: ORACIÓN POR LA VICTORIA Y LA PAZ

Ant. Tú eres, Señor, mi bienhechor, mi refugio donde me pongo a salvo.

Bendito el Señor, mi Roca,
que adiestra mis manos para el combate,
mis dedos para la pelea;

mi bienhechor, mi alcázar,
baluarte donde me pongo a salvo,
mi escudo y mi refugio,
que me somete los pueblos.

Señor, ¿qué es el hombre para que te fijes en él?;
¿qué los hijos de Adán para que pienses en ellos?
El hombre es igual que un soplo;
sus días, una sombra que pasa.

Señor, inclina tu cielo y desciende;
toca los montes, y echarán humo;
fulmina el rayo y dispérsalos;
dispara tus saetas y desbarátalos.

Extiende la mano desde arriba:
defiéndeme, líbrame de las aguas caudalosas,
de la mano de los extranjeros,
cuya boca dice falsedades,
cuya diestra jura en falso.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Tú eres, Señor, mi bienhechor, mi refugio donde me pongo a salvo.

SALMO 143

Ant. Dichoso el pueblo cuyo Dios es el Señor.

Dios mío, te cantaré un cántico nuevo,
tocaré para ti el arpa de diez cuerdas:
para ti que das la victoria a los reyes,
y salvas a David, tu siervo.

Defiéndeme de la espada cruel,
sálvame de las manos de extranjeros,
cuya boca dice falsedades,
cuya diestra jura en falso.

Sean nuestros hijos un plantío,
crecidos desde su adolescencia;
nuestras hijas sean columnas talladas,
estructura de un templo.

Que nuestros silos estén repletos
de frutos de toda especie;
que nuestros rebaños a millares
se multipliquen en las praderas,
y nuestros bueyes vengan cargados;
que no haya brechas ni aberturas,
ni alarma en nuestras plazas.

Dichoso el pueblo que esto tiene,
dichoso el pueblo cuyo Dios es el Señor.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Dichoso el pueblo cuyo Dios es el Señor.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: EL JUICIO DE DIOS

Ant. Ahora se estableció la salud y el reinado de nuestro Dios.

Gracias te damos, Señor Dios omnipotente,
el que eres y el que eras,
porque has asumido el gran poder
y comenzaste a reinar.

Se encolerizaron las gentes,
llegó tu cólera,
y el tiempo de que sean juzgados los muertos,
y de dar el galardón a tus siervos, los profetas,
y a los santos y a los que temen tu nombre,
y a los pequeños y a los grandes,
y de arruinar a los que arruinaron la tierra.

Ahora se estableció la salud y el poderío,
y el reinado de nuestro Dios,
y la potestad de su Cristo;
porque fue precipitado
el acusador de nuestros hermanos,
el que los acusaba ante nuestro Dios día y noche.

Ellos le vencieron en virtud de la sangre del Cordero
y por la palabra del testimonio que dieron,
y no amaron tanto su vida que temieran la muerte.
Por esto, estad alegres, cielos,
y los que moráis en sus tiendas.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Ahora se estableció la salud y el reinado de nuestro Dios.

LECTURA: Col 1, 23

Permaneced cimentados y estables en la fe, e inamovibles en la esperanza del Evangelio que escuchasteis. Es el mismo que se proclama en la creación entera bajo el cielo.

RESPONSORIO BREVE

R/ El Señor es mi pastor, nada me falta.
V/ El Señor es mi pastor, nada me falta.

R/ En verdes praderas me hace recostar.
V/ Nada me falta.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ El Señor es mi pastor, nada me falta.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. A los hambrientos de justicia, el Señor los sacia y colma de bienes.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. A los hambrientos de justicia, el Señor los sacia y colma de bienes.

PRECES

Invoquemos a Cristo, luz del mundo y alegría de todo ser viviente, y digámosle confiados:

Concédenos, Señor, la salud y la paz.

Luz indeficiente y Palabra eterna del Padre, que has venido a salvar a todos los hombres,
— ilumina a los catecúmenos de la Iglesia con la luz de tu verdad.

No lleves cuenta de nuestros delitos, Señor,
— pues de ti procede el perdón.

Señor, que has querido que la inteligencia del hombre investigara los secretos de la naturaleza,
— haz que la ciencia y las artes contribuyan a tu gloria y al bienestar de todos los hombres.

Protege, Señor, a los que se han consagrado en el mundo al servicio de sus hermanos;
— que, con libertad de espíritu y sin desánimos, puedan realizar su ideal.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Señor, que abres y nadie cierra,
— lleva a tu luz a los que han muerto con la esperanza de la resurrección.

Con el gozo que nos da el saber que somos hijos de Dios, digamos con plena confianza:
Padre nuestro…

ORACION

Acoge benigno, Señor, nuestra súplica vespertina y haz que, siguiendo las huellas de tu Hijo, fructifiquemos con perseverancia en buenas obras. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Jueves XXIV de Tiempo Ordinario

1) Oración inicial

¡Oh Dios!, creador y dueño de todas las cosas, míranos; y, para que sintamos el efecto de tu amor, concédenos servirte de todo corazón. Por nuestro Señor. 

2) Lectura

Del Evangelio según Lucas 7,36-50
Un fariseo le rogó que comiera con él, y, entrando en la casa del fariseo, se puso a la mesa. Había en la ciudad una mujer pecadora pública. Al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, llevó un frasco de alabastro de perfume y, poniéndose detrás, a los pies de él, comenzó a llorar, y con sus lágrimas le mojaba los pies y con los cabellos de su cabeza se los secaba; besaba sus pies y los ungía con el perfume. Al verlo el fariseo que le había invitado, se decía para sí: «Si éste fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que le está tocando, pues es una pecadora.» Jesús le respondió: «Simón, tengo algo que decirte.» Él dijo: «Di, maestro.» «Un acreedor tenía dos deudores: uno debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían para pagarle, perdonó a los dos. ¿Quién de ellos le amará más?» Respondió Simón: «Supongo que aquel a quien perdonó más.»Él le dijo: «Has juzgado bien.» Y, volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón: «¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para los pies. Ella, en cambio, ha mojado mis pies con lágrimas y los ha secado con sus cabellos. No me diste el beso. Ella, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. No ungiste mi cabeza con aceite. Ella ha ungido mis pies con perfume. Por eso te digo que quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha mostrado mucho amor. A quien poco se le perdona, poco amor muestra.» Y le dijo a ella: «Tus pecados quedan perdonados.» Los comensales empezaron a decirse para sí: «¿Quién es éste, que hasta perdona los pecados?» Pero él dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado. Vete en paz.» 

3) Reflexión

• El evangelio de hoy nos habla del episodio de la mujer que fue acogida por Jesús durante una comida en casa de Simón, el fariseo. Uno de los aspectos de la novedad que la Buena Nueva de Dios trae es la actitud sorprendente de Jesús hacia las mujeres. En la época del Nuevo Testamento, la mujer vivía marginada. No participaba en la sinagoga, no podéis ser testigo en la vida pública. Muchas mujeres, sin embargo, se resistían contra esa exclusión. Desde el tiempo de Esdras, crecía la marginalización de las mujeres por parte de las autoridades religiosas (Es 9,1 a 10,44) y crecía también la resistencia de las mujeres contra su exclusión, como aparece en las historias de Judit, Ester, Ruth, Noemí, Susana, de la Zalamita y de tantas otras. Esta resistencia encuentra eco y acogida en Jesús. En el episodio de la mujer del perfume emergen el incorfomismo y la resistencia de las mujeres en el día a día de la vida y de la acogida que Jesús les daba.
• Lucas 7,36-38: La situación que provoca el debate. Tres personas totalmente diferentes se encuentran: Jesús, Simón, el fariseo, un judío practicante, y la mujer de la que decían que era pecadora. Jesús está en casa de Simón que lo invitó a comer. La mujer entra, se coloca a los pies de Jesús, empieza a llorar, moja los pies de Jesús con las lágrimas, suelta los cabellos para secar los pies de Jesús, besa y unge los pies con perfume. Soltar los cabellos en público era un gesto de independencia. Jesús no se retrae, ni aleja a la mujer, sino que acoge su gesto.
• Lucas 7,39-40: La reacción del fariseo y la respuesta de Jesús. Jesús estaba acogiendo a una persona que, según las costumbres de la época, no podía ser acogida, pues era pecadora. El fariseo, observando todo, critica a Jesús y condena a la mujer: «Si éste fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que le está tocando, pues es una pecadora.” Jesús le respondió: Simón, tengo algo que decirte. Jesús usa una parábola para responder a la provocación del fariseo.
• Lucas 7,41-43: La parábola de los dos servidores. Uno debía 500 denarios, el otro 50. Ninguno de los dos tenía con qué pagar. Ambos fueron perdonados. ¿Quién de ellos le amará más? Respuesta del fariseo: «¡Supongo que aquel al que perdona más!». La parábola supone que los dos, tanto el fariseo como la mujer, habían recibido algún favor de Jesús. En la actitud que los dos toman ante Jesús, muestran como apreciaban el favor recibido. El fariseo muestra su amor, su gratitud, invitando a Jesús a que coma con él. La mujer muestra su amor, su gratitud, mediante las lágrimas, los besos y el perfume.
• Lucas 7,44-47: El mensaje de Jesús al fariseo. Después de recibir la respuesta del fariseo, Jesús aplica la parábola. Y estando en la casa del fariseo, invitado por él, Jesús no pierde ocasión para tomarse la libertad de hablar y actuar. Defiende a la mujer, y critica al judío practicante. El mensaje de Jesús para los fariseos de todos los tiempos es: «¡A quien poco se le perdona, poco amor muestra!» Un fariseo piensa que no tiene pecado, porque observa en todo la ley. La seguridad personal que yo, fariseo, creo en mí por la observancia de las leyes de Dios y de la Iglesia, muchas veces me impide experimentar la gratuidad del amor de Dios. Lo que importa no es la observancia de la ley en sí, sino el amor con que observo la ley. Y usando los símbolos del amor de la mujer, Jesús da respuesta al fariseo que se consideraba en paz con Dios:» Entré en tu casa y no me diste agua para los pies. Ella, en cambio, ha mojado mis pies con lágrimas y los ha secado con sus cabellos. No me diste el beso. Ella, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. No ungiste mi cabeza con aceite. ¡Ella ha ungido mis pies con perfume!” Simón a pesar de todo lo que me ofreciste, ¡tú tienes poco amor!»
• Lucas 7,48-50: Palabra de Jesús para la mujer. Jesús declara la mujer perdonada y añade: «Tu fe te ha salvado. ¡Vete en paz!» Aquí aflora la novedad de la actitud de Jesús. El no condena, sino acoge. Y fue la fe lo que ayudó a la mujer a recomponerse y a encontrarse consigo misma y con Dios. En la relación con Jesús, una fuerza nueva despertó dentro de ella y la hizo renacer. 

4) Para la relación personal

• ¿Dónde y cuándo las mujeres son despreciada por los fariseos de hoy?
• La mujer, ciertamente, no hubiera hecho lo que hizo, si no hubiese tenido la certeza absoluta de ser acogida por Jesús. Los marginados y los pecadores ¿tienen hoy la misma certeza respecto de nosotros? 

5) Oración final

Pues bueno es Yahvé
y eterno su amor,
su lealtad perdura
de edad en edad. (Sal 100,5)

El amor a Dios, regla y medida de todos los actos (amor a Dios)

Todo lo que se hace por Amor adquiere hermosura y se engrandece (J. Escrivá de Balaguer, Camino, 429).

Una producción artística se considera buena y acertada cuando se ajusta a sus reglas peculiares. Del mismo modo, cualquier obra humana es recta y virtuosa cuando concuerda con la regla del amor divino, y no es buena ni recta o perfecta si se aparta de ella. Todos los actos humanos, para resultar buenos, deben atenerse a la regla del amor divino (Santo Tomás, Sobre la caridad, 1. c., 201).

El secreto para dar relieve a lo más humilde, aún a lo más humillante, es amar (J. Escrivá de Balaguer, Camino, 418).

Es el amor el que «pone nombre a la obra», el que le da su verdadero sentido y cualidad (San Buenaventura, Comentario a las Sentencias, 11, 40, 1).

No nos amemos, pues, a nosotros mismos, sino a Él. No sé por qué motivo inexplicable, quien se ama a sí mismo y no ama a Dios no se ama a sí mismo; y en cambio, quien ama a Dios y no se ama a sí mismo, se ama a sí mismo (San Agustín, Tratado Evangelio S. Juan, 123).

Los que de veras aman a Dios, todo lo bueno aman, todo lo bueno quieren, todo lo bueno favorecen, todo lo bueno loan, con los buenos se juntan siempre y los favorecen y defienden; no aman sino verdades y cosas que sean dignas de amar (Santa Teresa, Camino de perfección, 40, 3).

También en lo pequeño se muestra la grandeza del alma […]. Por eso el alma que se entrega a Dios pone en las cosas pequeñas el mismo fervor que en las cosas grandes (San Jerónimo, Epístola 60).

Comentario – Jueves XXIV de Tiempo Ordinario

El hecho narrado por el evangelio nos presenta algunas novedades relativas al perdón, ese perdón que Jesús reparte como si fuera «suyo» y que tanto escandaliza a los fariseos, que se preguntan: ¿Quién es éste que hasta perdona pecados?

A juicio de los fariseos, Jesús se arrogaba un poder que no tenía o que no le pertenecía. Es precisamente entre fariseos, en casa de uno de ellos y en un ambiente festivo (un banquete) donde se produce la escena narrada: una mujer de la ciudad, una pecadora pública (si no fuera pública no se la conocería como pecadora); una mujer, por tanto, en la que el pecado está especialmente patente o manifiesto, probablemente una prostituta, sin previo aviso, entra en casa del fariseo, se arrodilla a los pies de Jesús y se echa a llorar, regando los pies del maestro con sus lágrimas, enjugándoselos con sus cabellos, cubriéndolos de besos y derramando ungüento sobre ellos. Jesús le deja hacer, desatando las críticas de los comensales.

Transcurridos estos momentos de tensión e incertidumbre, Jesús toma la palabra y se dirige a su anfitrión, el fariseo Simón, planteándole una cuestión en estos términos: Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de los dos lo amará más? La respuesta del fariseo es juiciosa: Supongo que aquel a quien le perdonó más. Simón supone, por tanto, que a mayor condonación de deuda mayor agradecimiento. Aquí amar más es «estar más agradecido».

La gratitud se presenta, por consiguiente, como una consecuencia del perdón. Aquel al que se le ha perdonado una deuda considerable debe estar muy agradecido a su benefactor. Tras esta breve interlocución, Jesús le traslada a la situación de esa mujer que acababa de sembrar el desconcierto entre los invitados, que no dejan de murmurar entre dientes: Si este fuera profeta, sabría quién es esta mujer que lo está tocando y lo que es: una pecadora. Esta mujer, le dice a Simón, ha hecho por mí lo que tú te has ahorrado: me ha lavado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con su pelo; desde que entró no ha dejado de besarme los pies me los ha ungido con perfume. Ha hecho, por tanto, mucho más de lo que manda hacer la cortesía con un huésped de honor.

Esta secuencia de acciones es indicativa de ese amor que estando en su corazón aflora por sus ojos y sus manos. El ímpetu de su amor le ha llevado a hacer lo que ha hecho por Jesús, desafiando respetos humanos, contraviniendo normas sociales. Y porque tiene mucho amorle son perdonados sus muchos pecados. Aquí el amor (=la gratitud) no es la consecuencia del perdón, sino la causa del mismo: porque ha dado muestras de tener mucho amor, merece recibir su perdón. El amor atrae el perdón. El amor cubre la multitud de los pecados.

Se trata de un amor obsequioso, capaz de sobreponerse a obstáculos y dificultades, que ansía oír una palabra de perdón como quien anhela un bálsamo saludable para su angustiado corazón que no soporta ya el peso de la culpa; un amor que nace, por tanto, de la conciencia del pecado como ofensa, que se siente indigno, pero no hasta el punto de impedirle acudir a su sanador, a aquel en el que ha depositado su fe y esperanza de salvación.

El amor es causa del perdón, pero también efecto: porque ama mucho, mucho se le perdona; y porque se le ha perdonado mucho, mucho amará, pues estará inmensamente agradecido al don recibido. En cambio, al que poco se le perdona, poco ama, esto es, al que tiene conciencia de haber recibido poco (un bien de escaso valor), tiene poco que agradecer. La historia demuestra que de grandes pecadores han salido grandes santos. San Agustín nos puede servir de ejemplo.

Y es que el pecado no es un impedimento para el perdón ni para el amor, sino el no tener conciencia de pecado. Ése es el gran impedimento para el perdón: el haber perdido la capacidad de reconocer la propia culpa; del mismo modo que el gran obstáculo para la gratitud es el no tener conciencia de lo mucho que hemos recibido de otros. El amor a los demás brota siempre de la conciencia de los dones recibidos, y cuando el don recibido es el perdón, crecen los motivos para estar agradecidos.

Aquella mujer oyó decir: Tu fe te ha salvado, vete en paz. Y se fue en paz. La fe en Cristo Jesús le había devuelto la paz. Y desde entonces hemos de suponer que aquella mujer vivió marcada por esta fe y por este amor. ¡Qué hay de extraño en suponerla una buena discípula de Jesús! Reconozcamos nuestros pecados, más aún, confesémoslos, y seremos perdonados. No olvidemos que en la absolución hay dicha: Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Lumen Gentium – Documentos Concilio Vaticano II

CAPÍTULO VII

ÍNDOLE ESCATOLÓGICA DE LA IGLESIA PEREGRINANTE Y SU UNIÓN CON LA IGLESIA CELESTIAL

Índole escatológica de nuestra vocación en la Iglesia

48. La Iglesia, a la que todos estamos llamados en Cristo Jesús y en la cual conseguimos la santidad por la gracia de Dios, no alcanzará su consumada plenitud sino en la gloria celeste, cuando llegue el tiempo de la restauración de todas las cosas (cf. Hch 3, 21) y cuando, junto con el género humano, también la creación entera, que está íntimamente unida con el hombre y por él alcanza su fin, será perfectamente renovada en Cristo (cf. Ef 1, 10; Col 1,20; 2 P 3, 10-13).

Porque Cristo, levantado sobre la tierra, atrajo hacia sí a todos (cf. Jn 12, 32 gr.); habiendo resucitado de entre los muertos (Rm 6, 9), envió sobre los discípulos a su Espíritu vivificador, y por El hizo a su Cuerpo, que es la Iglesia, sacramento universal de salvación; estando sentado a la derecha del Padre, actúa sin cesar en el mundo para conducir a los hombres a la Iglesia y, por medio de ella, unirlos a sí más estrechamente y para hacerlos partícipes de su vida gloriosa alimentándolos con su cuerpo y sangre. Así que la restauración prometida que esperamos, ya comenzó en Cristo, es impulsada con la misión del Espíritu Santo y por El continúa en la Iglesia, en la cual por la fe somos instruidos también acerca del sentido de nuestra vida temporal, mientras que con la esperanza de los bienes futuros llevamos a cabo la obra que el Padre nos encomendó en el mundo y labramos nuestra salvación (cf. Flp 2, 12).

La plenitud de los tiempos ha llegado, pues, a nosotros (cf. 1 Co 10, 11), y la renovación del mundo está irrevocablemente decretada y en cierta manera se anticipa realmente en este siglo, pues la Iglesia, ya aquí en la tierra, está adornada de verdadera santidad, aunque todavía imperfecta. Pero mientras no lleguen los cielos nuevos y la tierra nueva, donde mora la justicia (cf. 2 P 3, 13), la Iglesia peregrina lleva en sus sacramentos e instituciones, pertenecientes a este tiempo, la imagen de este siglo que pasa, y ella misma vive entre las criaturas, que gimen con dolores de parto al presente en espera de la manifestación de los hijos de Dios (cf. Rm 8, 19-22).

Unidos, pues, a Cristo en la Iglesia y sellados con el Espíritu Santo, que es prenda de nuestra herencia (Ef 1, 14), con verdad recibimos el nombre de hijos de Dios y lo somos (cf. 1 Jn 3, 1), pero todavía no se ha realizado nuestra manifestación con Cristo en la gloria (cf. Col 3,4), en la cual seremos semejantes a Dios, porque lo veremos tal como es (cf. 1 Jn 3,2). Por tanto, «mientras moramos en este cuerpo, vivimos en el destierro, lejos del Señor» (2 Co 5, 6), y aunque poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior (cf. Rm 8, 23) y ansiamos estar con Cristo (cf. Flp 1, 23). Ese mismo amor nos apremia a vivir más y más para Aquel que murió y resucitó por nosotros (cf. 2 Co 5, 15). Por eso procuramos agradar en todo al Señor (cf. 2 Co 5, 9) y nos revestimos de la armadura de Dios para permanecer firmes contra las asechanzas del demonio y resistir en el día malo (cf, Ef 6, 11- 13). Y como no sabemos el día ni la hora, es necesario, según la amonestación del Señor, que velemos constantemente, para que, terminado el único plazo de nuestra vida terrena (cf. Hb 9, 27), merezcamos entrar con El a las bodas y ser contados entre los elegidos (cf. Mt 25, 31-46), y no se nos mande, como a siervos malos y perezosos (cf. Mt 25, 26), ir al fuego eterno (cf. Mt 25, 41), a las tinieblas exteriores, donde «habrá llanto y rechinar de dientes» (Mt 22, 13 y 25, 30). Pues antes de reinar con Cristo glorioso, todos debemos comparecer «ante el tribunal de Cristo para dar cuenta cada uno de las obras buenas o malas que haya hecho en su vida mortal» (2 Co 5, 10); y al fin del mundo «saldrán los que obraron el bien para la resurrección de vida; los que obraron el mal, para la resurrección de condenación» (Jn 5, 29; cf. Mt 25, 46). Teniendo, pues, por cierto que «los padecimientos de esta vida son nada en comparación con la gloria futura que se ha de revelar en nosotros» (Rm 8, 18; cf. 2 Tm 2, 11- 12), con fe firme aguardamos «la esperanza bienaventurada y la llegada de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo» (Tit 2, 13), «quien transfigurará nuestro abyecto cuerpo en cuerpo glorioso semejante al suyo» (Flp 3, 12) y vendrá «para ser glorificado en sus santos y mostrarse admirable en todos los que creyeron» (2 Ts 1,10).

Los caminos de Dios

1. Todo cuidado es poco a la hora de leer el texto evangélico de los jornaleros llamados a trabajar en la vendimia en distintas horas y que, al término de la jornada, perciben igual salario. Ante la conciencia contemporánea que busca ansiosamente comportamientos justos, el del dueño de la viña aparece como arbitrario. Surge espontáneamente, calificar de “injusticia” esta igual retribución salarial cuando las horas de la faena han sido tan diferentes entre unos y otros vendimiadores. Y quienes por un elemental respeto a la palabra de Dios no se atreven a formular tan duro calificativo optan una vez más por renunciar a la comprensión del mensaje.

2. – Para una correcta comprensión de éste habrá que leer con atención el texto del profeta Isaías, primera de las lecturas de este domingo. Los pasajes del profeta y del evangelista se complementan. Afirman bajo tonalidades diversas que Dios es Dios de Salvación, que Dios solicita de continuo al hombre en orden a realizar en beneficio del mundo sus propósitos de salud, que la historia de la salvación del mundo se desarrolla con unos ritmos y unas cadencias cuya clave de interpretación se nos escapa. “Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos. Como el cielo es más alto que la tierra mis caminos son más altos que los vuestros; mis planes, que vuestros planes”. Pero, si el creyente no puede ambicionar entrar en posesión de esa clave, algo sí tiene muy cierto: que el Dios de la salvación siempre y permanentemente está solicitando al hombre para obrar en él sus designios salvíficos. Bajo la parábola de una convocatoria a distintas horas del día, se nos dice que toda hora es hora de salud para el hombre y que la salvación será a la postre “salario” de cuantos hayan acogido la invitación del Dios salvador.

3.- En una perspectiva más histórica, la parábola plantea el tema de que en la nueva alianza ya no hay lugar a la existencia de un pueblo elegido. Jesús enseña en esta parábola que el proyecto salvífico de Dios prescinde de la antigua economía de un pueblo preferido sobre todos los demás. Parábola de lo que es el Reino de Dios, la afirmación central de la misma es que todos los hombres, no obstante sus diferencias, son igualmente llamados al final de los tiempos a la salud eterna. Es éste, sin duda, uno de los temas capitales del mensaje cristiano y una de las razones más básicas de la tensión que Cristo suscitó en su proclamación. El ofrecimiento de salvación recupera su libertad ante la conciencia de los creyentes. La salvación no está exclusivamente vinculada ni a la elección de un pueblo ni a la mediación de una Iglesia y la pertenencia a aquél o a éste no es título alguno para reclamar privilegios y tratos de favor en orden a la salvación. Lo importante es aceptar la invitación en la hora y según las condiciones reales en que la misma llaga a cada hombre.

4.- La pertenencia a la Iglesia de Jesús, si no es un título de superioridad sobre quienes no comparten el mensaje, si es razón de exigencia a “llevar una vida digna del Evangelio”. Las medidas de la respuesta humana al ofrecimiento salvador de Dios varían de hombre a hombre según las propias condiciones y circunstancias en que se reciba el ofrecimiento y se formule la respuesta; para el cristiano la medida está en vivir de modo coherente con el Evangelio. Y esto, además, no sólo como exigencia para la salvación, sino como aportación evangelizadora de cara al mundo. Pablo, en su carta a los cristianos de Filipo, lo subraya con el testimonio de sus personales sentimientos. Desea entrar de lleno en la salvación que espera; pero desea al mismo tiempo, ser útil al mundo. Esta es la actitud correcta del verdadero creyente: mientras esperamos la salvación trabajamos por compartir la esperanza de salvación con todos los demás hombres, invitados como están también ellos a la herencia del reino.

Antonio Díaz Tortajada

¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?

«El reino de Dios es como un amo que salió muy de mañana a contratar obreros para su viña. Convino con los obreros en un denario al día, y los envió a su viña. Fue también a las nueve de la mañana, vio a otros que estaban parados en la plaza y les dijo: Id también vosotros a la viña, yo os daré lo que sea justo. Y fueron. De nuevo fue hacia el mediodía, y otra vez a las tres de la tarde, e hizo lo mismo. Volvió por fi n hacia las cinco de la tarde, encontró a otros que estaban parados y les dijo: ¿Por qué estáis aquí todo el día sin hacer nada? Le dijeron: Porque nadie nos ha contratado. Él les dijo: Id también vosotros a la viña. Al caer la tarde dijo el dueño de la viña a su administrador: Llama a los obreros y págales el jornal, empezando por los últimos hasta los primeros. Vinieron los de las cinco de la tarde y recibieron un denario cada uno. Al llegar los primeros, pensaron que cobrarían más, pero también ellos recibieron un denario cada uno. Y, al tomarlo, murmuraban contra el amo diciendo: Esos últimos han trabajado una sola hora y los has igualado a nosotros, que hemos soportado el peso del día y el calor. Él respondió a uno de ellos: Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No convinimos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Pero yo quiero dar a este último lo mismo que a ti. ¿No puedo hacer lo que quiera con lo mío? ¿O ves con malos ojos el que yo sea bueno? Así pues, los últimos serán los primeros, y los primeros los últimos». 


Mateo 20, 1-16

PARA MEDITAR

En el Reino de Dios todos valemos lo mismo. Dios nos quiere a todos por igual, seamos cristianos desde toda nuestra vida o desde hace 10 minutos.

Jesús nos dice que debemos amar al Padre, que lo mejor para nosotros es sentirnos Hijos de Dios. Pero no hay privilegios. Todos somos iguales. Y así deberíamos vivir entre nosotros, sin privilegios, sabiendo que todos valemos lo mismo, que no hay cristianos de primera o de segunda. Y que no debemos creernos mejores que los que no son creyentes.

PARA HACER VIDA EL EVANGELIO

  • Escribe una situación que hayas vivido en la Iglesia en la que todos los cristianos hayamos hecho algo juntos.
  • ¿Hay cristianos que son más valiosos que otros? ¿Qué podemos hacer para hacer cosas todos juntos?
  • Piensa en alguna cosas que podamos hacer en la parroquia al comienzo del curso para sentirnos todos juntos.

ORACIÓN

Llevamos la cuenta de todo
lo que hacemos y nos hacen,
devolvemos favores, esperamos
que nos agradezcan,
que nos reconozcan
todo lo que hemos hecho.
Tu amor no tiene medida;
lo regalas del todo.
¿Cuándo comprenderemos, Padre,
que Tú quieres a todos tus hijos por igual?
¿Cuándo entenderemos
que lo que quieres
es que queramos del todo,
que seamos hermanos
y así alcanzaremos la felicidad total?
Grábanos en la mente tu modo,
tu manera y tu estilo de AMAR.

Tu única medida es el amor

Llevamos la cuenta de todo
lo que hacemos y nos hacen,
devolvemos favores, esperamos
que nos agradezcan,
que nos reconozcan
todo lo que hemos hecho.
Tu amor no tiene medida;
lo regalas de todo.

Nosotros queremos si nos quieren,
y si no recibimos lo que esperábamos,
guardamos en la memoria la cuenta,
para responder igual.

A una injusticia respondemos con otra,
a un gesto amargo, devolvemos lo mismo
si no nos dan lo que necesitamos,
nos vengamos
o vivimos instalados en la queja
y el reproche.
¿Cómo podríamos cambiar el corazón,
para darnos como Tú?

Sacamos nuestra simpatía
sólo con los elegidos,
practicamos la justicia
cuando son justos con nosotros,
no regalamos lo mejor nuestro
por medirnos con los demás.
Tú, en cambio, nos enseñas
a entregarnos del todo, sin pesar,
contar ni medir.

¿Cuándo comprenderemos, Padre,
que Tú quieres a todos tus hijos por igual?
¿Cuándo entenderemos
que lo que quieres
es que queramos del todo,
que seamos hermanos
y así alcanzaremos la felicidad total?
Grábenos en la mente tu modo,
tu manera y tu estilo de AMAR.

Mari Patxi Ayerra

Notas para fijarnos en el evangelio – Domingo XXV de Tiempo Ordinario

• El nacimiento de esta parábola la debemos situar, probablemente, en el debate de Jesús con sus adversarios que le echan en cara que acoja a los que no eran considerados del pueblo de Dios -la «viña»-. Para Jesús, que hasta ahora hayan estado fuera no quita que no puedan empezar a ser miembros de pleno derecho como los demás. El plan de Dios, que llama a todo el mundo, se tiene que cumplir.

• La imagen de «la viña» (1) ya era frecuente en el Antiguo Testamento para hablar de Israel como el pueblo de Dios (Is 5,1- 7; Jr 2,21; Ez 17,6-10; 19,10-14). Los profetas la usan para denunciar infidelidades de los israelitas, concretamente las de los responsables. Jesús, por tanto, en este contexto polémico, se sitúa en la misma línea de los profetas.

• En la época y el país de Jesús (como en otras épocas y países), los trabajadores eventuales se esperaban cada mañana en la plaza hasta que alguien que tenía trabajo por ofrecer venía a contratarlos.

• Lo que no era normal era que los amos saliesen a contratar en las últimas horas del día, ni que hubiera nadie que esperara. Por tanto, Jesús hace una exageración intencionada por tal de dar el mensaje que pretende.

• «Un denario» (2), moneda romana, era el jornal de un trabajador del campo.

• Es evidente que la parábola no se puede leer en clave de justicia laboral ya que, por más que el amo cumple con el contrato, «un denario» (2,9), y, por tanto, no comete «ninguna injusticia» (13), hay un agravio comparativo que provocaría que a la mañana siguiente todos fueran a la plaza «al caer la tarde» (6,9).

• La clave es otra: los dones de Dios no dependen del trabajo ni de los méritos de nadie. Su generosidad no depende de nosotros y va mucho más allá de las categorías humanas de retribución. Su amor es gratuito. Nadie es capaz de merecerlo.

• La parábola es, también, una invitación a no sentir envidia ante la generosidad de Dios. Él ha llamado a todo el mundo a su Reino. También a los paganos. Los «primeros» en haber escuchado la llamada (10), los judíos, no tendrán ningún privilegio especial como no sea el de haber disfrutado de la llamada y de la pertenencia al pueblo a pesar del «peso del día y el bochorno» (12) -es decir, haberlo «dejado todo», como se dice en Mt 19,27-29; Marcos añadirá, a lo de «cien veces más», las persecuciones (Mc 10,30)-. Si no disfrutan esto, este «denario» que ya tienen, puede ser que ellos mismos se excluyan, que pasen a ser «los últimos» (16).

• En todo caso, teniendo en cuenta el capítulo 19, esta parábola es una invitación a vivir entre los últimos: los niños y los que son como ellos (Mt 19,14), o los pobres (Mt 19,21), a los que hay que dar todos los bienes, que es como decir que hay que darse a ellos.

Comentario al evangelio – Jueves XXIV de Tiempo Ordinario

Solo la finitud humana puede explicar tanta ceguera. La palabra y el comportamiento de Jesús son claros como el día. El Dios que nos revela Jesús es el Padre de la compasión. El evangelista Lucas ilumina, como ninguno,  esta convicción con parábolas, signos y sentencias que salen de la boca de Jesús. En un solo capítulo, el 15, confirman este juicio las parábolas de la oveja perdida, de la moneda perdida y del hijo pródigo. 

Basta con fijarnos en el modo de moverse los personajes en escena. Primero, la mujer pecadora. De improviso, irrumpe e interrumpe a los comensales. Entra decidida, sin mediar palabra, sin rubor, aunque conocida por su mala fama. Se dirige al Maestro, y lo colma de atenciones: se coloca a sus pies, a los que baña con sus lágrimas, los enjuga con su cabellera, los besa y los llena de perfume. Es la mujer agradecida a la bondad de Jesús. En esta pecadora pública sorprendemos a todas las personas excluidas en la vida: leprosos, pecadores, homosexuales, recaudadores, extranjeros. Salta, en seguida, Simón, el fariseo. De entrada, ha tenido el gesto de invitar a Jesús, pero pronto aparece la vena moralista; queda horrorizado de que tal mujer se atreva a tocar a Jesús. ¡Cómo va a ser profeta! Es incapaz de enternecerse y mirar las lágrimas agradecidas; al revés, juzga la conducta de Jesús, le puede la ley, la norma de siempre. Miremos, pues, a Jesús. Empezó aceptando la invitación “del enemigo”, y ahora no siente escrúpulo de que una pecadora le abrace. Ve el corazón, y el amor y gratitud que atesora. Es el profeta de la compasión, sencillamente la ama, la perdona, admira sus gestos.

Jesús siempre está a punto para el perdón. Un perdón sin condiciones. Solo nos queda abrirnos a su amor, y experimentar su clemencia. Para ello, como la mujer pecadora, hemos de sentirnos necesitados de la misericordia de Dios. El fariseo soberbio de la parábola bajó del templo no reconciliado. Si, como Simón, nos creemos dueños de la verdad y, en actitud moralista, juzgamos y condenamos a los otros, ¿cómo vamos a estar dispuestos al perdón? Escuchemos a Jesús que nos dice “Vete en paz”. Esta paz es fruto del encuentro con Jesús. El amor de Dios borra y purifica todo lo malo que pueda socavar la bondad en nosotros. Si así lo sentimos, miraremos a los demás con los ojos de Jesús, incluso a los pecadores. Y nos sorprenderemos de cuantas cosas buenas habitan en el corazón de la gente; como la gratitud de la mujer pecadora. Todos caben en la Iglesia; a nadie vamos a apartar o excluir. No hagamos caso a esos que gritan en el anonimato de Internet: “Que se vayan”, “Que los echen de la Iglesia”. De hecho, Jesús comenzó citando al Levítico: “Sed santos  como yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo” y remató su discurso proclamando: “Sed compasivos. Como vuestro Dios es compasivo”.