Vísperas – Viernes XXIV de Tiempo Ordinario

VÍSPERAS

VIERNES XXIV DE TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Te damos gracias, Señor,
porque has depuesto la ira
y has detenido ante el pueblo
la mano que lo castiga.

Tú eres el Dios que nos salva,
la luz que nos ilumina,
la mano que nos sostiene
y el techo que nos cobija.

Y sacaremos con gozo
del manantial de la Vida
las aguas que dan al hombre
la fuerza que resucita.

Entonces proclamaremos:
«¡Cantadle con alegría!
¡El nombre de Dios es grande;
su caridad, infinita!

¡Que alabe al Señor la tierra!
Cantadle sus maravillas.
¡Qué grande, en medio del pueblo,
el Dios que nos justifica!» Amén.

SALMO 144: HIMNO A LA GRANDEZA DE DIOS

Ant. Día tras día, te bendeciré, Señor, y narraré tus maravillas.

Te ensalzaré, Dios mío, mi rey;
bendeciré tu nombre por siempre jamás.

Día tras día te bendeciré
y alabaré tu nombre por siempre jamás.

Grande es el Señor, merece toda alabanza,
es incalculable su grandeza;
una generación pondera tus obras a la otra,
y le cuenta tus hazañas.

Alaban ellos la gloria de tu majestad,
y yo repito tus maravillas;
encarecen ellos tus temibles proezas,
y yo narro tus grandezas acciones;
difunden la memoria de tu inmensa bondad,
y aclaman tus victorias.

El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas.

Que todas tus criaturas te den gracias, Señor,
que te bendigan tus fieles;
que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas;

explicando tus hazañas a los hombres,
la gloria y majestad de tu reinado.
Tu reinado es un reinado perpetuo,
tu gobierno va de edad en edad.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Día tras día, te bendeciré, Señor, y narraré tus maravillas.

SALMO 144

Ant. Los ojos de todos te están aguardando, Señor; tú estás cerca de los que te invocan.

El Señor es fiel a sus palabras,
bondadoso en todas sus acciones.
El Señor sostiene a los que van a caer,
endereza a los que ya se doblan.

Los ojos de todos te están aguardando,
tú les das la comida a su tiempo;
abres tú la mano,
y sacias de favores a todo viviente.

El Señor es justo en todos sus caminos,
es bondadoso en todas sus acciones;
cerca está el Señor de los que lo invocan,
de los que lo invocan sinceramente.

Satisface los deseos de sus fieles,
escucha sus gritos, y los salva.
El Señor guarda a los que lo aman,
pero destruye a los malvados.

Pronuncie mi boca la alabanza del Señor,
todo viviente bendiga su santo nombre
por siempre jamás.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Los ojos de todos te están aguardando, Señor; tú estás cerca de los que te invocan.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: HIMNO DE ADORACIÓN

Ant. Justos y verdaderos son tus caminos, ¡oh Rey de los siglos!

Grandes y maravillosas son tus obras,
Señor, Dios omnipotente,
justos y verdaderos tus caminos,
¡oh Rey de los siglos!

¿Quién no temerá, Señor,
y glorificará tu nombre?
Porque tú solo eres santo,
porque vendrán todas las naciones
y se postrarán en tu acatamiento,
porque tus juicios se hicieron manifiestos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Justos y verdaderos son tus caminos, ¡oh Rey de los siglos!

LECTURA: Rm 8, 1-2

Ahora no pesa condena alguna sobre los que están unidos a Cristo Jesús, pues, por la unión con Cristo Jesús, la ley del Espíritu de vida me ha librado de la ley del pecado y de la muerte.

RESPONSORIO BREVE

R/ Cristo murió por los pecados, para conducirnos a Dios.
V/ Cristo murió por los pecados, para conducirnos a Dios.

R/ Como era hombre, lo mataron; pero, como poseía el Espíritu, fue devuelto a la vida.
V/ Para conducirnos a Dios.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Cristo murió por los pecados, para conducirnos a Dios.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Acuérdate de tu misericordia, Señor, como lo habías prometido a nuestros padres.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Acuérdate de tu misericordia, Señor, como lo habías prometido a nuestros padres.

PRECES

Invoquemos a Cristo, en quien confían los que conocen su nombre, diciendo:

Señor, ten piedad.

Señor Jesucristo, consuelo de los humildes,
— dígnate sostener con tu gracia nuestra fragilidad, siempre inclinada al pecado.

Que los que por nuestra debilidad estamos inclinados al mal
— por tu misericordia obtengamos el perdón.

Señor, a quien ofrece el pecado y aplaca la penitencia,
— aparta de nosotros el azote de tu ira, merecido por nuestros pecados.

Tú que perdonaste a la mujer arrepentida y cargaste sobre los hombros la oveja descarriada,
— no apartes de nosotros tu misericordia.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que por nosotros aceptaste el suplicio de la cruz,
— abre las puertas del cielo a todos los difuntos que en ti confiaron.

Siguiendo las enseñanzas de Jesucristo, digamos al Padre celestial:
Padre nuestro…

ORACION

Dios omnipotente y eterno, que quisiste que tu Hijo sufriese por la salvación de todos, haz que, inflamados en tu amor, sepamos ofrecernos a ti como hostia viva. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Viernes XXIV de Tiempo Ordinario

1) Oración inicial

¡Oh Dios!, creador y dueño de todas las cosas, míranos; y, para que sintamos el efecto de tu amor, concédenos servirte de todo corazón. Por nuestro Señor. 

2) Lectura

Del Evangelio según Lucas 8,1-3
Recorrió a continuación ciudades y pueblos, proclamando y anunciando la Buena Nueva del Reino de Dios; le acompañaban los Doce, y algunas mujeres que habían sido curadas de espíritus malignos y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios, Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes, Susana y otras muchas que les servían con sus bienes. 

3) Reflexión

• El evangelio de hoy continúa el episodio de ayer, que hablaba de la actitud sorprendente de Jesús para con las mujeres, cuando defendió a una mujer, conocida en la ciudad como pecadora, contra las críticas de un fariseo. Ahora, en el comienzo del capítulo VIII, Lucas describe como Jesús iba por los poblados y por las ciudades de Galilea, y la novedad es que iba acompañado no sólo por los discípulos, sino que también por las discípulas.
• Lucas 8,1: Los doce que siguen a Jesús. En una única frase Lucas describe la situación: Jesús anda por todas partes, por los poblados y ciudades de Galilea, anunciando la Buena Nueva de Dios y los doce están con él. La expresión “seguir a Jesús” (cf. Mc 1,18; 15,41) indica la condición del discípulo que sigue al Maestro, veinte y cuatro horas por día, procurando imitar su ejemplo y participar de su destino.
• Lucas 8,2-3: Las mujeres siguen a Jesús. Lo sorprendente es que, al lado de los hombres, hay también mujeres “junto a Jesús”. Lucas coloca a los discípulos y a las discípulas en pie de igualdad, pues ambos siguen a Jesús. Lucas también conservó los nombres de algunas de estas discípulas: María Magdalena, nacida en la ciudad de Mágdala. Había sido curada de siete demonios. Juana, mujer de Cuza, procurador de Herodes Antipas, que era gobernador de Galilea. Susana y varias otras. De ellas se afirma que “sirven a Jesús con sus bienes”. Jesús permitía que un grupo de mujeres le “siguiera” (Lc 8,2-3; 23,49; Mc 15,41). El evangelio de Marcos, hablando de las mujeres en el momento de la muerte de Jesús, informa: “Unas mujeres miraban de lejos. Entre ellas, María Magdalena, María, madre de Santiago, el menor, y de José, y Salomé. Ellas habían seguido y servido a Jesús, desde cuando él estaba en Galilea. Junto con ellas había otras más, que habían subido con Jesús a Jerusalén” (Mc 15,40-41). Marcos define su actitud con tres palabras: seguir, servir, subir hasta Jerusalén. Los primeros cristianos no llegaron a elaborar una lista de estas discípulas que seguían a Jesús como hicieron los doce discípulos. Pero en las páginas del evangelio de Lucas aparecen los nombres de siete discípulas: Maria Magdalena, Juana, mujer de Cuza, Susana (Lc 8,3), Marta y Maria (Lc 10,38), María, madre de Santiago (Lc 24,10) y Ana, la profetisa (Lc 2,36), de ochenta y cuatro de edad. El número de ochenta y cuatro es doce veces siete. ¡La edad perfecta! La tradición eclesiástica posterior no valoró este dado del discipulado de las mujeres con el mismo peso con que valoró el seguimiento de Jesús por parte de los hombres. ¡Es una lástima!
• El Evangelio de Lucas fue considerado siempre el evangelio de las mujeres. De hecho, Lucas es lo que trae el mayor número de episodios en que se destaca la relación de Jesús con las mujeres. Y la novedad no está sólo en la presencia de las mujeres alrededor de Jesús, pero también y sobre todo en la actitud de de Jesús con relación de Jesús con las mujeres. Jesús las toca y se deja tocar por las mujeres, sin miedo a contaminarse (Lc 7,39; 8,44-45.54). A diferencia de los maestros de la época, Jesús acepta a las mujeres como seguidoras y discípulas (Lc 8,2-3; 10,39). La fuerza libertadora de Dios, actuante en Jesús, hace que la mujer se levante y asuma su dignidad (Lc 13,13). Jesús es sensible al sufrimiento de la viuda y se solidariza con su dolor (Lc 7,13). El trabajo de la mujer preparando alimento está considerado por Jesús como señal del Reino (Lc 13,20-21). La viuda persistente que lucha por sus derechos es colocada como modelo de oración (Lc 18,1-8), y la viuda pobre que comparte sus pocos bienes con los demás como modelo de entrega y de don (Lc 21,1-4). En una época en que el testimonio de las mujeres no era considerado como válido, Jesús acoge a las mujeres como testigos de su muerte (Lc 23,49), sepultura (Lc 23,55-56) y resurrección (Lc 24,1-11.22-24) 

4) Para la reflexión personal

• En su comunidad, en su país, en su Iglesia, ¿cómo se le valora a la mujer?
• Compare la actitud de nuestra Iglesia con la actitud de Jesús. 

5) Oración final

Sondéame, oh Dios, conoce mi corazón,
examíname, conoce mis desvelos.
Que mi camino no acabe mal,
guíame por el camino eterno. (Sal 139,23-24)

Comentario – Viernes XXIV de Tiempo Ordinario

San Lucas recuerda a Jesús caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo y predicando la Buena Noticia del Reino de Dios. El Reino de Dios era su evangelio para el mundo. Por eso Jesús recorre ciudades y aldeas; pero ¿no era ésta una geografía demasiado limitada para hacer llegar esta noticia al mundo entero? Sin duda que lo era. Por muy numerosas que fueran las ciudades y pueblos recorridos por Jesús, el espacio geográfico en el que se desenvolvía su actividad no dejaba de ser una mínima parte del mundo habitado.

Lo que en realidad hacía Jesús con esta predicación itinerante era iniciar la tarea de la evangelización que habrían de continuar otros, sus apóstoles; serán ellos los que continúen y completen esta tarea por los caminos del mundo. Porque conviene que el mundo sepa que el Reino de Dios ha llegado a él para que todo el que quiera incorporarse a este Reino lo haga y por su medio logre la salvación.

Ésta es, quizá, la razón por la que se hace acompañar de un grupo de discípulos, los Doce, y de algunas mujeres a las que había curado de malos espíritus y enfermedades. A todos ellos los tendrá en la mejor disposición para prolongar su tarea evangelizadora. Entre estas mujeres estaban María Magdalena, de la que habían salido siete demonios, Juana, mujer de Cusa, intendente de Herodes, Susana y otras muchas que le ayudaban con sus bienes. Éste era por el momento su modo de sostener la campaña misionera del Maestro.

Jesús, por tanto, no está solo, ni quiere estarlo. Le acompañan hombres y mujeres que tienen motivos para seguirle; sobre todo, todas esas mujeres que habían sido objeto de su actuación misericordiosa, gracias a la cual les había sido devuelta la salud. No es extraño, por tanto, que, agradecidas, pusieran sus bienes al servicio de Jesús y de los apóstoles, y con sus bienes sus personas.

Jesús, ni es una persona solitaria ni se niega a recibir colaboración de otros; al contrario, la acepta de buen grado, y él mismo agrupa en torno a sí a una pequeña comunidad discipular que será el germen de la futura comunidad eclesial; y es que la realidad que él anuncia, el Reino de Dios, no deja de ser una realidad social que había de integrar en su seno a muchos hombres y mujeres de diversas razas y procedencias, de lejos y de cerca. Además, aspiraba a ser una realidad universal que reclamaba la presencia en el mundo de muchos apóstoles o anunciadores.

Por tanto, cuantos más efectivos se sumaran a esta tarea de evangelización e implantación, mejor. Porque esos mismos colaboradores de Jesús, los Doce, se buscarán nuevos colaboradores, y estos a su vez otros, y así sucesivamente. Ésta es la manera ordinaria en que podía ir ampliándose el círculo de la evangelización y hacerse efectiva la presencia del Reino de Dios en el mundo, algo que empieza a funcionar como una pequeña semilla (un grano de mostaza) destinada a convertirse en arbusto capaz de albergar en sus ramas a los pájaros.

En la compañía de Jesús no advertimos discriminación entre hombres y mujeres, aunque el grado de cercanía y la asunción de responsabilidades de unos y otros podían ser distintos. De hecho, no todos cumplirán las mismas funciones en el seno de la Iglesia. Los Doce constituirán el grupo al que corresponderá la responsabilidad de la custodia doctrinal y la dirección pastoral de esa Iglesia que se irá abriendo camino en un mundo hostil y poco amigable. Las mujeres tendrán también su papel y su fuerza en el campo de la evangelización, pero siempre al servicio o en colaboración con los Doce y los apóstoles (como Pablo) que se les fueron sumando.

Hoy, difícilmente se puede ser compañía de Jesús al margen de esta comunidad eclesial que él puso en movimiento. Según esto, parece lógico concluir que colaborar con él es colaborar con su Iglesia, sea cual sea el lugar en el que nos encontremos.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Lumen Gentium – Documentos Concilio Vaticano II

Comunión de la Iglesia celestial con la Iglesia peregrinante

49. Así, pues, hasta que el Señor venga revestido de majestad y acompañado de sus ángeles (cf. Mt 25, 31) y, destruida la muerte, le sean sometidas todas las cosas (cf. 1 Co 15, 26-27), de sus discípulos, unos peregrinan en la tierra; otros, ya difuntos, se purifican; otros, finalmente, gozan de la gloria, contemplando «claramente a Dios mismo, Uno y Trino, tal como es»; mas todos, en forma y grado diverso, vivimos unidos en una misma caridad para con Dios y para con el prójimo y cantamos idéntico himno de gloria a nuestro Dios. Pues todos los que son de Cristo por poseer su Espíritu, constituyen una misma Iglesia y mutuamente se unen en El (cf. Ef 4, 16). La unión de los viadores con los hermanos que se durmieron en la paz de Cristo, de ninguna manera se interrumpe, antes bien, según la constante fe de la Iglesia, se robustece con la comunicación de bienes espirituales. Por lo mismo que los bienaventurados están más íntimamente unidos a Cristo, consolidan más eficazmente a toda la Iglesia en la santidad, ennoblecen el culto que ella ofrece a Dios aquí en la tierra y contribuyen de múltiples maneras a su más dilatada edificación (cf. 1 Co 12, 12-27) [149]. Porque ellos, habiendo llegado a la patria y estando «en presencia del Señor» (cf. 2 Co 5, 8), no cesan de interceder por El, con El y en El a favor nuestro ante el Padre, ofreciéndole los méritos que en la tierra consiguieron por el «Mediador único entre Dios y los hombres, Cristo Jesús» (cf. 1Tm 2, 5), como fruto de haber servido al Señor en todas las cosas y de haber completado en su carne lo que falta a los padecimientos de Cristo en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia (cf. Col 1,24). Su fraterna solicitud contribuye, pues, mucho a remediar nuestra debilidad.

La misa del domingo

El Señor pronuncia una nueva parábola, una comparación con un ejemplo tomado de la vida cotidiana. El personaje principal de la parábola es el propietario de una viña. La viña evoca en primer lugar al pueblo de Israel, considerada como la “viña de Dios” (ver Sal 80,9-16; Is 5,1-4).

Llegado el tiempo de la cosecha el propietario requiere operarios que ayuden a sus siervos en la ardua tarea de la recolección de las uvas. Él mismo sale al amanecer a la plaza del pueblo, donde la gente necesitada de trabajo se reunía esperando a que alguien los contratase para la jornada. A horas tempranas el dueño de la viña encuentra un grupo de hombres y conviene con ellos en pagarles un denario por la jornada de trabajo.

Un denario era considerado un salario justo por un día de trabajo. El pago se realizaba al finalizar la jornada, pues en la Ley de Moisés estaba estipulado: al trabajador «dale cada día su salario, sin dejar pasar sobre esta deuda la puesta del sol, porque es pobre y lo necesita» (Dt 24,15; ver Lev 19,13).

El propietario de la viña vuelve nuevamente a media mañana, hacia mediodía y a media tarde a la plaza en busca de más operarios. A éstos les ofrece pagarles ya no un denario sino «lo debido».

Finalmente vuelve una vez más «al caer la tarde y encontró a otros, sin trabajo». Ni siquiera faltando una hora para que el sol se oculte el dueño de la viña cesa en su búsqueda. También a éstos los contrata para trabajar en su viña en lo que queda del día.

Sin duda estos últimos no esperaban recibir mucho por una hora de trabajo. Aún así, ante la necesidad de llevar algo a casa para el sustento de los suyos, poco sería mejor que nada.

Es a los últimos a los que el capataz manda pagar primero, y manda pagar no «lo debido», sino un denario. Desde el punto de vista de la justicia, aquellos hombres recibieron un pago inmerecido, fruto de la magnanimidad y generosidad del dueño de la viña.

También aquellos que habiendo soportado todo el peso de la jornada recibieron el denario, lo que en justicia les correspondía. No alabaron ni se alegraron por la generosidad y magnanimidad mostrada por el dueño de la viña con aquellos operarios contratados al final del día, sino que juzgaron como una injusticia que se les pagara lo mismo habiendo trabajado más. Llenos de amargura empezaron a hablar mal del dueño de la viña, manifestaron su queja y se pusieron a reclamar un pago mayor para ellos. El dueño de la viña, llamando a uno que acaso era el líder de aquel grupo de exaltados, le hace ver que no les hacía ninguna injusticia: se habían arreglado en un denario por la jornada.

Luego de manifestar que en justicia nos les debía más, evidencia la causa de aquel comportamiento inapropiado: «¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?». De este modo el propietario no sólo sale al paso del terrible subjetivismo de aquellos hombres mostrándoles la verdad objetiva, sino que con mirada penetrante va a la raíz del problema, que es de tipo espiritual: es la envidia lo que les lleva a amargarse por el gesto de bondad realizado por aquel señor.

Nuestra versión castellana traduce por “envidia” lo que en el original griego dice “ojo malo”. En la mentalidad semita el ojo era considerado como el reflejo o espejo de lo que hay en el corazón del hombre. Cuando los hebreos decían de un hombre que tenía ojo bueno, querían decir que tenía un corazón generoso y benéfico. Un hombre con ojo malo en cambio era aquel que tenía un corazón lleno de envidia: «Maligno es el ojo del envidioso» (Eclo 14,8). El hombre con “ojo malo” es incapaz de ver la bondad en el corazón ajeno. El hombre cuyo corazón está lleno de envidia es incapaz de alegrarse por el beneficio que recibe su prójimo. De este modo el envidioso «desprecia su misma alma» (Eclo 14,8), es decir, su veneno termina volviéndose contra él mismo.

En la parábola el propietario de la viña representa al Padre eterno. Él sale una y otra vez en busca del hombre, en busca de todos aquellos que quieren trabajar en su viña y recibir el denario al final del día. Aquellos contratados al amanecer y a las diversas horas del día serían los judíos, mientras “los gentiles” serían los llamados al atardecer. Puede aplicarse también a todos los hombres que van siendo buscados por Dios en las diversas horas o etapas de la vida y se dejan encontrar por Él. El pago del denario viene a ser la incorporación de aquellos hombres en el Reino de los Cielos, su participación en la felicidad de la vida eterna.

La parábola resalta la absoluta libertad y bondad de Dios en la distribución de sus bienes. Dios es justo en su obrar cuando paga lo convenido a quienes trabajaron todo el día, y brilla por su magnanimidad, compasión y misericordia cuando da lo mismo a quien sólo ha trabajado una hora al final del día. Incluso el pago justo dado a los primeros es un don que brota de su bondad y generosidad.

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Llama la atención la reacción de los jornaleros, que protestan porque a los últimos se les paga lo mismo que a los que trabajaron desde la mañana. Se quejan porque consideran injusto que a ellos, habiendo trabajado más, se les pague igual. El dueño de la viña pone de manifiesto lo que en realidad se esconde detrás del reclamo aparentemente justo: «¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?» (Mt 20,15).

La envidia es la tristeza que se experimenta ante el bien o prosperidad del prójimo, así como también el gozo ante el daño o mal que sufre. San Agustín calificaba la envidia como el «pecado diabólico por excelencia», y San Gregorio Magno afirmaba que «de la envidia nacen el odio, la maledicencia, la calumnia». ¡Cuántos llevados de la envidia inventan historias, divulgan o exageran defectos del prójimo, se dedican a dañar o destruir su buena fama o reputación!

Las causas de la envidia son innumerables. Basta que otro tenga más dinero o belleza, más fama o fortuna en la vida, más habilidad en esto o en lo otro, mejores notas o mayores triunfos, mayor inteligencia, dones, talentos, capacidades que nosotros no poseemos, etc., para que experimentemos en el corazón un movimiento de envidia.

La envidia no sólo se da entre desconocidos, también se da entre amigos o hermanos. No pocas veces escuchamos a los niños protestar llorosos o airados ante sus padres: “¿Por qué a él sí y a mí no? ¡Qué injusto!” ¡Cuántas veces reclamamos también nosotros de la misma manera ante todo lo que juzgamos como una “injusticia” que se nos hace, o que nos hace “la vida” cuando favorece a otros con éxitos, logros, una aparente felicidad, mientras que a nosotros nos toca luchar y sufrir tanto!

La envidia produce numerosas heridas, rencores, resentimientos, que van envenenando el propio corazón y van difundiendo ese veneno por doquier. Muchas veces buscará destruir a aquellos a quienes considera más favorecido, por ejemplo, dirigiendo contra ellos o ellas una crítica incesante, cargada de amargura, que busca resaltar, exagerar o inventar defectos para destruir su buena reputación y fama e indisponer a todos los que pueda contra la persona envidiada.

El envidioso se encierra cada vez más en su propio egoísmo. El estar mirándose primero a sí mismo lo vuelve mezquino, lo hace incapaz de alegrarse cuando el otro progresa o recibe beneficios que él no. Como está siempre centrado en sí mismo y en su propio interés, percibe un beneficio hecho a otro como una afrenta e injusticia que se comete contra él, tal y como vemos en el Evangelio.

¿Cuál es el remedio a este terrible mal, a este pecado diabólico que sin duda a todos nos afecta, en mayor o menor medida? He aquí la recomendación de Fray Luis de Granada: «si quieres una muy cierta medicina contra este veneno, ama la humildad y aborrece la soberbia, que ésta es la madre de esta peste. Porque como el soberbio ni puede sufrir superior ni tener igual, fácilmente tiene envidia de aquellos que en alguna cosa le hacen ventaja, por parecerle que queda él más bajo si ve a otros en más alto lugar».

Y si quieres asemejarte más aún al Señor, pon por obra también este otro sabio consejo de aquel mismo maestro espiritual: «no te debes contentar con no tener pesar de los bienes del prójimo, sino trabaja por hacerle todo el bien que pudieres, y pide a nuestro Señor le haga lo que tú no pudieres».

La misa del domingo: misa con niños

DOMINGO XXV DE TIEMPO ORDINARIO

SALUDO

Dios nuestro Padre, que se nos ha revelado en Jesús, el Señor, y nos da su Espíritu para que vivamos trabajando por el Reino, esté con todos nosotros.

ENTRADA

Bienvenidos, hermanos, a la celebración de nuestra fe. En la Eucaris­tía de este día la Palabra de Dios nos dirá que tenemos que vivir activos, buscando al Señor: nosotros sabemos, por Jesús, que a Dios lo podemos encontrar siempre en la vida de las personas y en todas las aspiraciones nobles de quienes nos rodean. Bien es verdad que, con frecuencia, no andamos por cl camino del Padre y centramos nuestra atención en lo que carece de importancia. Pero siempre hay personas que con limpio corazón tratan de seguir a Jesús. La Buena Noticia es una oferta incondicional del Amor de Dios, que no nos paga según nuestros méritos sino con total generosidad; para Dios no cuentan ni los resultados ni la productividad, sino aquello que no se puede «medir» con criterios humanos: el amor, la entrega, la solidaridad.

Con alegría comenzamos nuestra Fiesta.

ACTO PENITENCIAL

Pablo nos dice que lo importante en las personas es que llevemos una vida digna del Evangelio de Cristo. De cuantas veces nos apartamos de Dios, pedimos ahora perdón:

– Tú, que nos llamas a abandonar cl mal para vivir llenos de tu Amor. SEÑOR, TEN PIEDAD.

– Tú, que no miras el resultado obtenido, sino el esfuerzo de cada día por vivir en Ti. CRISTO, TEN PIEDAD.

– Tú, que nos enseñas a vivir en entrega y gratuidad. SEÑOR, TEN PIEDAD.

Dios del Amor, perdona todas nuestras limitaciones y peca­dos que nos apartan de Ti y de los hermanos. Por Jesucristo nuestro Señor.

ORACIÓN COLECTA

Dios y Padre nuestro, que te muestras sin cesar a las personas para que vivamos en tu Amor; míranos en tu bondad y, para que vivamos cumpliendo en todo tu voluntad, danos la fuerza de tu Espí­ritu, y testigos del Evangelio que nos ayuden en el camino. Por nues­tro Señor Jesucristo.

LECTURA PROFETICA

Isaías trata de llevar el ánimo y la esperanza al pueblo, sobre todo en los momentos de más pesar y dificultad. Un ánimo que nos es dado, pero para recibirlo hace falta estar abiertos, mantener en tensión la búsqueda de Dios en la seguridad de que Él nunca falla.

LECTURA APOSTÓLICA

Pablo dirige su mensaje a la comunidad de Filipos, haciéndoles saber la importancia y la relación que trata de mantener con Jesús. Por eso les llega a decir que para él «la vida es Cristo», sin duda queriéndonos animar a una relación más íntima y personal que todos deberíamos tener con Jesús.

LECTURA EVANGÉLICA

La parábola que oiremos rompe nuestras ideas humanas de produc­ción, de méritos y recompensas. Se nos está avisando de que para Dios no cuentan los primeros ni los últimos. La «viña» del mundo es nuestra tarea, y la «paga» ya la hemos recibido antes de comenzar el trabajo.

ORACIÓN DE LOS FIELES

 Oremos a nuestro Dios, que es generoso y bueno con todos, y digámosle: ESCÚCHANOS, PADRE.

  1. Por la Iglesia: que sea un hogar de misericordia abierto a todos. OREMOS:
  2. Por los creyentes de las distintas religiones: que aprendamos cada día más a respetarnos y amarnos. OREMOS:
  3. Por los novios que se preparan para el matrimonio: que sientan el amor de Dios en su amor. OREMOS:
  4. Por los refugiados y los inmigrantes que buscan una vida mejor atravesando el mar Mediterráneo. Que encuentren manos amigas que les ayuden a llegar a buen puerto. OREMOS:
  5. Por los que trabajan en los servicios sociales y la atención a los pobres, tanto en instituciones civiles como en instituciones de Iglesia. Que Dios les dé la fortaleza y el acierto que necesitan en su labor. OREMOS.
  6. Por nosotros. Que Dios nos dé salud y buen humor, y nos bendiga con su bondad. OREMOS:

Escucha, Padre de bondad, la oración de tu pueblo, e infúndenos tu Espíritu Santo. Por Jesucristo, nuestro Señor.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Hasta el altar, Señor, traemos estos dones de pan y vino, necesa­rios para nuestra vida: santifícalos con tu Espíritu y haz que, trans­formados en Cuerpo y Sangre de Jesús, colmen también nuestra vida cristiana. Por Jesucristo.

PREFACIO

Reconocemos, Señor, que eres justo y grande, y que muchas veces nuestra vivencia cristiana es pobre, porque nos da miedo seguirte y vivir según el Evangelio. Con frecuencia creemos que en esta vida lo que tene­mos que hacer es ganar méritos, sumar puntos, para así ganar la felicidad que Tú nos prometes. Sin embargo, la salvación y la felicidad es un rega­lo tuyo, y lo hombres no podemos pedirte cuentas o juzgar tus obras. Eso es lo que nos llena de agradecimiento para decirte: Santo, Santo, Santo…

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Es el momento, Señor, al final de la celebración, de darte gracias por todo lo que somos y tenemos, pero sobre todo por Jesús, herma­no nuestro, que es el Camino que nos lleva a Ti; haz que cuanto aquí nos ha unido, nos siga comprometiendo para mostrar tu rostro en medio del mundo. Por Jesucristo.

A tu manera

Saliste, Señor,
en la madrugada de la historia
a buscar obreros para tu viña.
Y dejaste la plaza vacía
–sin paro–,
ofreciendo a todos trabajo y vida
–salario, dignidad y justicia–.

Saliste a media mañana,
saliste a mediodía,
y a primera hora de la tarde
volviste a recorrerla entera.
Saliste, por fin, cuando el sol declinaba,
y a los que nadie había contratado
te los llevaste a tu viña,
porque se te revolvieron las entrañas
viendo tanto trabajo en tu hacienda,
viendo a tantos parados que querían trabajo
-salario, dignidad, justicia-
y estaban condenados todo el día a no hacer nada.

A quienes otros no quisieron
tú les ofreciste ir a tu viña,
rompiendo los esquemas
a jefes, patrones, capataces, obreros y esquiroles…,
a los que siempre tienen suerte
y a los que madrugan para venderse
o comprarte… ¡quién sabe!

Al anochecer cumpliste tu palabra.
A todos diste salario digno y justo,
según el corazón y las necesidades te dictaban.
Quienes menos se lo esperaban
fueron los primeros en ver sus manos llenas;
y, aunque algunos murmuraron,
no cambiaste tu política evangélica.

Señor, sé, como siempre,
justo y generoso,
compasivo y rico en misericordia,
enemigo de prejuicios y clases,
y espléndido en tus dones.

Gracias por darme trabajo y vida,
dignidad y justicia
a tu manera…,
no a la mía.

Florentino Ulibarri

Comentario al evangelio – Viernes XXIV de Tiempo Ordinario

Muchas mujeres.  Comienza el evangelista hablando de “algunas”, y, en seguida, nos advierte de que eran “muchas que le asistían con sus bienes”. Esta escena era, para aquel tiempo y aquella cultura, insólita y llamativa. No cabía en la cabeza de los jefes religiosos. Nosotros nos hemos acostumbrado a encontrarlas, en primera fila, en el Calvario, junto a la Cruz de Jesús, o en la mañana de la resurrección, como pregoneras. Pero, en aquel tiempo, solo podía ser cosa del Maestro de Galilea. Solo él podía romper tantos prejuicios y barreras.

El Evangelio lo dibuja con claridad meridiana. Nos habla del número, nos cita sus nombres -Susana, Juana, María Magdalena-, y nos ofrece informaciones interesantes. Alguna estaba casada (más insólito todavía), otras habían sido sanadas por Jesús, otras “muchas” compartían sus bienes generosamente y -¡lo más importante!- pertenecían a la comunidad de Jesús, junto con los apóstoles. Aquí podemos traer a la memoria y repasar a tantas mujeres que desfilan por las páginas de los Evangelios. Y todas son tratadas con afecto, también las que han sido pecadoras. Es que Jesús es un hombre tan lleno de libertad como vacío de prejuicios y convencionalismos. Acudamos a un solo acontecimiento, el encuentro de Jesús con la mujer samaritana, junto al pozo de Sicar. Sus mismos discípulos se sorprendieron de verlo hablando con una mujer. Y con razón: era mujer, a solas, estaba hablando de religión, la mujer era extranjera y pecadora. ¿Qué más quebrantos podían acontecer? Jesús estaba afirmando con su conducta lo que, más tarde, nos diría el discípulo Pablo. Todos somos iguales en Cristo; iguales judíos y gentiles, iguales hombre y mujer. 

Os invito a alegrarnos todos. Alegrarnos al mirar a estas mujeres acompañando al Maestro. Mujeres misioneras, mujeres en la comunidad de Jesús. Vamos a desnudarnos de prejuicios sexistas, y preocuparnos más  del sentido de la mujer en la sociedad y en la Iglesia. Seamos los primeros en horrorizarnos, y luchar contra la violencia de género, contra la disminución de los derechos humanos en ámbito femenino, contra las mutilaciones vergonzosas, contra la muerte violenta de tantas mujeres, aun en países llamados desarrollados, etc. No apliquemos a las mujeres sofismas que se caen; por supuesto que, en la Iglesia, no hay que buscar el poder sino el servicio, pero, ¿no debe aplicarse este criterio evangélico también a los hombres, y no solo cuando se habla de la presencia de la mujer en la Iglesia? Para acallar las voces, quejosas con la escasa presencia de la mujer, se nos llena la boca proclamando que una mujer, María,  es la más grande criatura; entonces, ¿por qué albergar reticencias, al situar a la mujer en la Iglesia? (Y, por supuesto, no nos metemos en berenjenales hablando de sacerdocio femenino y asuntos parecidos). Más bien, hacemos memoria de tantas mujeres que han dado a luz, han alumbrado tanta vida en la Iglesia. Las conocidas: mártires, como Cecilia; místicas, como Teresa de Jesús; madres y educadoras como Joaquina Vedruna; mujeres de la caridad, como Luisa de Marillac. Sin olvidar a todas las mujeres anónimas que, en el hogar, en la escuela, en el trabajo, en organizaciones diversas están haciendo brillar un magnífico y fecundo testimonio cristiano. Estas mujeres hacen caso al Papa Francisco que reclama el genio y carisma femenino.