Gracia y comprensión

Cuando se contrasta esta parábola con otra rabínica anterior, salta a la vista la novedad del mensaje de Jesús, una novedad que puede resumirse en una palabra: gratuidad.

La parábola anterior –seguramente conocida por el propio Jesús y sus oyentes– era similar en todo a esta evangélica, salvo en el final. Cuando “los primeros” protestan, el amo les replica: “Es cierto, vosotros habéis aguantado toda la jornada, pero estos últimos han trabajado con tanto empeño que en solo una hora han hecho el mismo trabajo que vosotros en todo el día”.

Esta respuesta “deja las cosas en su sitio” y “salva” nuestro sentido habitual de la “justicia”: cada uno debe recibir según su esfuerzo o sus méritos. Porque no es “justo” que “los últimos sean los primeros”.

La idea del mérito colorea todos los ámbitos de la existencia, incluido el religioso, donde ha dado lugar a una “religión mercantilista”, que conduce fácilmente al fariseísmo: el creyente no solo presume de sus buenas obras, sino que se considera “justo” –por encima de los demás, según otra lúcida, elocuente y conocida parábola (Lc 18,9-14)– y merecedor de los favores divinos (o con “derechos” ante Dios). Es la “religión del ego”.

El ego se entiende a sí mismo como “hacedor” y actúa en función del beneficio que piensa obtener. No solo se percibe, de manera insensata, como separado de la vida –de la realidad–, sino que se adjudica la autoría de todo lo que hace y se apropia del resultado.

Mientras persiste la identificación con el yo no pueden verse las cosas de otro modo. Más aún, se juzgará como indebido o incluso “injusto” el hecho de que todos perciban el mismo “premio”.

La sabiduría, sin embargo, muestra una perspectiva radicalmente diferente, que tal vez pueda resumirse en estos puntos:

· cada persona hace todo lo que sabe y puede en cada momento, de acuerdo a su nivel de consciencia y a su “mapa” mental; a partir de aquí, ¿cómo juzgar y compararme con los otros, cuyos condicionamientos de todo tipo desconozco por completo?;

· todo lo que soy y tengo, en último término, lo he recibido; todo ha sido y es gracia; como se lee en una de las cartas de Pablo, “¿qué tienes que no hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿por qué presumes como si no lo hubieras recibido?” (1 Cor 4,7). El hecho mismo de “ir a la viña en la primera hora” –por volver a la parábola–, ¿no es ya un regalo?;

· lo que llamamos “yo” es solo una “identidad pensada” –la “identidad” que nace de la mente–, pero no lo que realmente somos; el yo se percibe a sí mismo como carencia, en busca de “denarios” con los que conseguir seguridad; pero realmente somos plenitud: ¿por qué pelearnos por “un denario”? (o por “un cabrito”, como hace el hermano mayor de la parábola del “hijo pródigo”, mientras el padre le está asegurando que “todo lo mío es tuyo”: Lc 15,29.31);

· el yo se considera a sí mismo el “hacedor”, porque la mente se apropia de la acción y considera el resultado un mérito propio; sin embargo, hablando desde el nivel profundo, el único sujeto real de toda acción es la misma y única vida; visto desde ese plano, no soy el hacedor, sino el “canal” a través del cual la acción ha pasado o está pasando; y si no soy el hacedor en el plano profundo –aunque en el nivel relativo o de las formas “funcionemos” con esa creencia–, ¿por qué me apropio del resultado, como si realmente fuera obra mía?

Cuando comprendemos la verdad de lo que somos –plenitud de vida experimentándose en una forma o persona concreta–:

· dejamos de apropiarnos de los resultados;

· actuamos sin apetencia de fruto;

· nuestras acciones nacen y fluyen desde la comprensión de lo que somos;

· cesan el orgullo en el éxito y la culpa en el fracaso;

· acaba la comparación, el juicio y la descalificación de los otros.

¿Vivo más en la apropiación o en la gratuidad? ¿A qué se debe?

Enrique Martínez Lozano

I Vísperas – Domingo XXV de Tiempo Ordinario

I VÍSPERAS

DOMINGO XXV DE TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Como una ofrenda de la tarde,
elevamos nuestra oración;
con el alzar de nuestras manos,
levantamos el corazón.

Al declinar la luz del día,
que recibimos como don,
con las alas de la plegaria,
levantamos el corazón.

Haz que la senda de la vida
la recorramos con amor
y, a cada paso del camino,
levantemos el corazón.

Gloria a Dios Padre, que nos hizo,
gloria a Dios Hijo Salvador,
gloria al Espíritu divino:
tres Personas y un solo Dios. Amén.

SALMO 140: ORACIÓN ANTE EL PELIGRO

Ant. Suba mi oración, Señor, como incienso en tu presencia.

Señor, te estoy llamando, ve de prisa,
escucha mi voz cuando te llamo.
Suba mi oración como incienso en tu presencia,
el alzar de mis manos como ofrenda de la tarde.

Coloca, Señor, una guardia en mi boca,
Un centinela a la puerta de mis labios;
no dejes inclinarse mi corazón a la maldad,
a cometer crímenes y delitos
ni que con los hombres malvados
participe en banquetes.

Que el justo me golpee, que el bueno me reprenda,
pero que el ungüento del impío no perfume mi cabeza;
yo seguiré rezando en sus desgracias.

Sus jefes cayeron despeñados,
aunque escucharon mis palabras amables;
como una piedra de molino, rota por tierra,
están esparcidos nuestros huesos a la boca de la tumba.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Suba mi oración, Señor, como incienso en tu presencia.

SALMO 141: TÚ ERES MI REFUGIO

Ant. Tú eres mi refugio y mi lote, Señor, en el país de la vida.

A voz en grito clamo al Señor,
a voz en grito suplico al Señor;
desahogo ante él mis afanes,
expongo ante él mi angustia,
mientras me va faltando el aliento.

Pero tú conoces mis senderos,
y que en el camino por donde avanzo
me han escondido una trampa.

Mira a la derecha, fíjate:
nadie me hace caso;
no tengo adónde huir,
nadie mira por mi vida.

A ti grito, Señor;
te digo: «Tú eres mi refugio

y mi lote en el país de la vida.»

Atiende a mis clamores,
que estoy agotado;
líbrame de mis perseguidores,
que son más fuertes que yo.

Sácame de la prisión,
y daré gracias a tu nombre:
me rodearán los justos
cuando me devuelvas tu favor.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Tú eres mi refugio y mi lote, Señor, en el país de la vida.

CÁNTICO de FILIPENSES: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL

Ant. El Señor Jesús se rebajó, y por eso Dios lo levantó por los siglos de los siglos.

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajo hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor Jesús se rebajó, y por eso Dios lo levantó por los siglos de los siglos.

LECTURA: Rom 11, 33-36

¡Qué abismo de generosidad, de sabiduría y conocimiento, el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos! ¿Quién conoció la mente del Señor? ¿Quién fue su consejero? ¿Quién le ha dado primero para que Él le devuelva? Él es el origen, guía y meta del universo. A Él la gloria por los siglos. Amén.

RESPONSORIO BREVE

R/ Cuántas son tus obras, Señor.
V/ Cuántas son tus obras, Señor.

R/ Y todas las hiciste con sabiduría.
V/ Tus obras, Señor.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Cuántas son tus obras, Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Dice el Señor: «Como el cielo es más alto que la tierra, mis caminos son más altos que los vuestros, mis planes, que vuestros planes.»

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Dice el Señor: «Como el cielo es más alto que la tierra, mis caminos son más altos que los vuestros, mis planes, que vuestros planes.»

PRECES
Glorifiquemos a Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, y supliquémosle, diciendo:

Escucha a tu pueblo, Señor.

Padre todopoderoso, haz que florezca en la tierra la justicia
— y que tu pueblo se alegre en la paz.

Que todos los pueblos entren a formar parte en tu reino,
— y obtengan así la salvación.

Que los esposos cumplan tu voluntad, vivan en concordia
— y sean siempre fieles a su mutuo amor.

Recompensa, Señor, a nuestros bienhechores
— y concédeles la vida eterna.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Acoge con amor a los que han muerto víctimas del odio, de la violencia o de la guerra
— y dales el descanso eterno.

Movidos por el Espíritu Santo, dirijamos al Padre la oración que nos enseñó el Señor:
Padre nuestro…

ORACION

Oh Dios, que has dispuesto la plenitud de la ley en el amor a ti y al prójimo, concédenos cumplir tus mandamientos para llegar así a la vida eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Sábado XXIV de Tiempo Ordinario

1) Oración inicial

¡Oh Dios!, creador y dueño de todas las cosas, míranos; y, para que sintamos el efecto de tu amor, concédenos servirte de todo corazón. Por nuestro Señor. 

2) Lectura

Del Evangelio según Lucas 8,4-15
Se iba reuniendo mucha gente, a la que se añadía la que procedía de las ciudades. Les dijo entonces en parábola: «Salió un sembrador a sembrar su simiente y, al sembrar, una parte cayó a lo largo del camino, fue pisada y las aves del cielo se la comieron; otra cayó sobre piedra y, después de brotar, se secó, por no tener humedad; otra cayó en medio de abrojos y, creciendo los abrojos con ella, la ahogaron. Y otra cayó en tierra buena y, creciendo, dio fruto centuplicado.» Dicho esto, exclamó: «El que tenga oídos para oír, que oiga.» Le preguntaban sus discípulos qué significaba esta parábola, y él dijo: «A vosotros se os ha dado el conocer los misterios del Reino de Dios; a los demás sólo en parábolas, para que viendo, no vean y, oyendo, no entiendan.
«La parábola quiere decir esto: La simiente es la palabra de Dios. Los de a lo largo del camino son los que han oído; después viene el diablo y se lleva de su corazón la palabra, no sea que crean y se salven. Los de sobre piedra son los que, al oír la palabra, la reciben con alegría; pero no tienen raíz; creen por algún tiempo, pero a la hora de la prueba abandonan. Lo que cayó entre los abrojos son los que han oído, pero las preocupaciones, las riquezas y los placeres de la vida les van sofocando y no llegan a madurez. Lo que en buena tierra son los que, después de haber oído, conservan la palabra con corazón bueno y recto, y dan fruto con perseverancia. 

3) Reflexión

• En el evangelio de hoy vamos a meditar la parábola de la simiente. Jesús tenía una manera bien popular de enseñar por medio de parábolas. Una parábola es una comparación que usa las cosas conocidas y visibles de la vida para explicar las cosas invisibles y desconocidas del Reino de Dios. Jesús tenía una capacidad muy grande de encontrar imágenes bien simples para las cosas de Dios con las cosas de la vida que la gente conocía y experimentaba en su lucha diaria por la sobre vivencia. Esto supone dos cosas: estar dentro de las cosas de la vida y estar dentro de las cosas de Dios, del Reino de Dios. Por ejemplo, la gente de Galilea entendía de simiente, de terreno, de lluvia, de sol, de sal, de cosecha, de pesca, etc. Ahora bien, son exactamente estas cosas conocidas por la gente las que Jesús usa en las parábolas para explicar el misterio del Reino. El agricultor que escucha, dice: “Simiente en el terreno, ¡yo sé lo que es! Jesús dice que esto tiene que ver con el Reino de Dios ¿qué será?” ¡Y es posible imaginar las largas conversaciones de la gente! La parábola se mezcla con la gente y lleva a escuchar la naturaleza y a pensar en la vida.
• Al terminar de contar una parábola, Jesús no explicaba, pero solía decir: “¡Quién tiene oídos para oír que oiga!” Lo que significaba: “¡Y esto! Vosotros lo habéis oído. ¡Ahora tratad de entender!” De vez en cuando, explicaba para los discípulos. A la gente le gustaba esta manera de enseñar, porque Jesús creía en la capacidad que las personas tienen de descubrir el sentido de las parábolas. La experiencia que la gente tenía de la vida era para él un medio para descubrir la presencia del misterio de Dios en sus vidas y engendrar valor para no desanimar a lo largo del camino.
• Lucas 8,4: La multitud detrás de Jesús. Lucas dice: Se iba reuniendo mucha gente, a la que se añadía la que procedía de las ciudades. Entonces el contó esta parábola. Marcos describe como Jesús contó la parábola. Y se reunió tanta gente junto a él que hubo de subir a una barca y, ya en el mar, se sentó; toda la gente estaba en tierra a la orilla del mar (Mc 4,1).
• Lucas 8,5-8a: La parábola de la simiente retrata la vida de los campesinos. En aquel tiempo, no era fácil vivir de la agricultura. El terreno era muy pedregoso. Había mucho matorral. Poca lluvia, mucho sol. Además de esto, muchas veces, la gente acortaba el camino y, pasando en medio del campo, pisoteaba las plantas (Mc 2,23). Sin embargo, a pesar de todo esto, cada año, el agricultor sembraba y plantaba, confiando en la fuerza de la simiente, en la generosidad de la naturaleza.
• Lucas 8,8b: ¡Quién tiene oído para oír, que oiga! Al final, Jesús termina diciendo: “¡Quien tiene oído para oír, que oiga!” El camino para llegar a comprender la parábola es la búsqueda: “¡Tratad de entender!” La parábola no entrega el significado de inmediato, pero lleva a la persona a que piense. Le lleva a descubrir el mensaje desde la experiencia que la persona misma tiene de la simiente. Despierta la creatividad y la participación. No es una doctrina que ya viene pronta para ser enseñada y decorada. La Parábola no da agua en botella, sino que entrega la fuente.
• Lucas 8,9-10: Jesús explica la parábola a los discípulos. En casa, a solas con Jesús, los discípulos quieren saber el significado de la parábola. Jesús respondió por medio de una frase difícil y misteriosa. Dice a los discípulos: «A vosotros se os ha dado el conocer los misterios del Reino de Dios; a los demás sólo en parábolas, para que viendo, no vean y, oyendo, no entiendan”. Esta frase hace que la gente se pregunte: Al final, la parábola ¿sirve para qué? ¿Para aclarar o para esconder? Jesús ¿usaba las parábolas, para que la gente continuara en la ignorancia y no llegara a convertirse? ¡Ciertamente que no! Pues en otro lugar se dice que Jesús usaba parábolas “según la capacidad de los oyentes” (Mc 4,33). La parábola revela y esconde ¡al mismo tiempo! Revela para “los de dentro”, que acepan a Jesús como Mesías Servidor. Esconde para los que insisten en ver en él al Mesías como Rey grandioso. Estos entienden las imágenes de la parábola, pero no llegan a comprender su significado.
• Lucas 8,11-15: La explicación de la parábola, parte por parte. Una por una, Jesús explica las partes de la parábola, desde la simiente y el terreno hasta la cosecha. Algunos estudiosos piensan que esta explicación fue añadida después. No sería de Jesús, sino de alguna comunidad. ¡Es bien posible! ¡No importa ¡pues dentro del germen de la parábola está la flor de la explicación. Germen y flor, ambos tienen el mismo origen que es Jesús. Por esto, nosotros también podemos continuar la reflexión y descubrir otras cosas bonitas dentro de la parábola. Una vez alguien preguntó en una comunidad: “Jesús dijo que teníamos que ser sal. ¿Para qué sirve la sal?” Las personas fueron dando su opinión a partir de la experiencia que cada cual tenía de la sal. Discutían y, al final, encontraron más de diez finalidades diferentes para la sal. Y aplicaron todo esto a la vida de la comunidad y descubrieron que ser sal es difícil y exigente. ¡La parábola funcionó! Lo mismo vale para la simiente. Todo el mundo tiene alguna experiencia de la simiente. 

4) Para la reflexión personal

• La simiente cae en cuatro lugares diferentes: camino, piedra, espinos y tierra buena. ¿Qué significa cada uno de estos cuatro terrenos? ¿Qué tipo de tierra soy yo? A veces la gente es piedra, otra vez espinos. Otras veces es camino o tierra buena. En nuestra comunidad, ¿qué somos normalmente?
• ¿Cuáles son los frutos que la Palabra de Dios está produciendo en nuestra vida y en nuestra comunidad? 

5) Oración final

Señor, explicando tus proezas a los hombres,
el esplendor y la gloria de tu reinado.
Tu reinado es un reinado por los siglos,
tu gobierno, de edad en edad. (Sal 145,12-13)

Disposición y no solo esfuerzo

1.- Normalmente se nos educa a valorar, medir y pagar todo según lo realizado. Por el contrario, la matemática de Dios, no deja de ser desconcertante: mira la disposición en el cómo se hacen las cosas, y no tanto las horas que se invierten en ellas.

Acostumbrados a la siembra y cosecha, golpe y efecto, el evangelio de este domingo nos debe de infundir por lo menos, también a los agentes de la pastoral, un cierto aire de optimismo: Dios, al final, es quien sabe lo que hace y porque lo hace.

“Nunca es tarde cuando la dicha es buena”, canta el viejo refrán. Necesitamos abrir, ingenio y esquemas, para que la gran viña del Señor, siga fortaleciéndose y dando el fruto del Espíritu.

2.- “¿Quién ha dicho que la iglesia es vieja?” decía Benedicto ante la presencia entusiasta de un millón de jóvenes en Colonia. ¿Os imagináis que ocurriría, si estos jóvenes allá donde luego estén, fuesen profetas y valientes testigos de Jesús?

Lo que importa, y sobre todo en estos tiempos tan decisivos para la iglesia, es que existan personas dispuestas a transmitir, una y otra vez, el estilo de Jesús de Nazaret. Uno de los grandes inconvenientes de muchos cristianos, es que piensan que la dedicación a la iglesia ha de ser eventual, puntual y no constante. Cuando uno mira a la duración del esfuerzo que realiza, no vive con intensidad su dedicación. Cuando uno se siente comprometido con la causa de Jesús, con su iglesia, con su parroquia, lejos de matar el tiempo, contabilizar o llevar cuenta los momentos invertidos lo llena de buena disposición y los asume como propia realización. Como don y tarea de Dios.

3.- Resulta llamativo cómo 2000 jóvenes, y como consecuencia del encuentro de JMJ, dijeron estar dispuestos a “ir” a la viña del Señor. También nosotros, en cada eucaristía, tendríamos que sentir ese impulso que nos invita a trabajar por el reino de Dios allá donde nos encontramos. No podemos ni debemos dejar pasar la ocasión para dar testimonio de nuestra fe. En el entorno donde nos movemos, es donde hemos de aprender a santificarnos y a santificar lo que nos rodea. Allá donde Dios nos ha hecho nacer es donde hemos de caer en la cuenta de que somos planta del Señor, fruto del Espíritu, trabajo que nos edifica.

Uno de los problemas que tenemos actualmente en la iglesia es lo que la parábola de los viñadores nos narra. Estamos tan excesivamente centrados en aquello que otros hacen que olvidamos de llevar adelante con entusiasmo lo que nosotros llevamos entre manos.

4.- Comienza el nuevo curso pastoral. Esto nos exige a todos, incluidos los animadores de la pastoral, a revisar aquello que obstaculizó el crecimiento de la viña del Señor y replantear si nuestra dedicación (medios, tiempo, dinámicas, etc.,) es la adecuada para que, aquello que la Iglesia nos ha confiado, siga dando sus frutos o quede frenada por nuestra falta de responsabilidad. Al fin y al cabo… ¡curso nuevo bríos nuevos!

Javier Leoz

Sábado XXIV de Tiempo Ordinario

La parábola del sembrador nos es de sobra conocida y quizá también comentada. Jesús equipara su actividad (profética) con la de un sembrador que esparce la semilla en el campo sin reparar demasiado en el terreno en que cae, pues puede tratarse de un sendero aplastado por los pasos de los caminantes, de un terreno pedregoso, de un terreno sin labrar (plagado de cardos y espinas) o de una tierra bien dispuesta, labrada y receptiva, capaz de fructificar. El mundo de los humanos es tan desigual como la tierra en la que habitan. Y el sembrador tiene tal abundancia de semilla que decide esparcirla por todo el mundo sin reparar en el terreno de destino. ¿Es que le importa poco que se pierda o es que considera que todo corazón humano, sea cuales sean sus disposiciones, es susceptible de siembra y de fructificación? Lo cierto es que de hecho hay terrenos en los que la siembra resultará baldía. No es que por naturaleza sean incapaces de fructificar, pero su estado requeriría una buena labor previa de labranza, sin la cual es prácticamente imposible que la siembra arraigue y fructifique.

Jesús constata la existencia fáctica de tales terrenos: duros, pedregosos, abandonados. Ha podido comprobarlo por propia experiencia. Es lo que se ha encontrado en su actividad profética: la dureza de los que oyen, pero no dejan que esa palabra penetre en su corazón y lo abra a la fe y a la salvación (la dureza de los incrédulos); la superficialidad de los que oyen y acogen con gusto y alegría, pero carecen de la debida profundidad para que esa semilla pueda echar raíces y finalmente germinar (la superficialidad de los despreocupados o de los que viven sin apenas plantearse nada serio en la vida); los impedimentos de los que oyen y acogen la palabra con interés y buenos deseos, pero los afanes de la vida, las riquezas y los placeres, les absorben de tal manera que impiden su crecimiento y no la dejan madurar para fructificar. Es la fascinación que ejercen las riquezas y los placeres de este mundo y que termina por ahogar el interés despertado por la palabra.

Pero la palabra del sembrador también halla acogida en tierras bien labradas y dispuestas, aunque de diferente capacidad. Son esos corazones nobles y generosos que escuchan la palabra, la guardan y dan fruto perseverando. Aquí se indican varias condiciones. No basta con ser noble y generoso. Es preciso escuchar la palabra. La nobleza y la generosidad de ánimo nos hacen receptivos hacia esa palabra que estimula esa nobleza y esa generosidad, pero hay que ponerse a escucharla, dejando de escuchar otras cosas. Hay escuchas que son incompatibles, porque se interfieren y se obstruyen la una a la otra. Y a la escucha sucede la “conservación”. Si la palabra no se guarda en el interior durante el tiempo necesario, como la semilla en el seno de la tierra, no echará raíces ni fructificará. Es preciso que a la palabra le demos tiempo para el enraizamiento. Y esto comporta interiorización, meditación, reflexión, rumia, todos actos muy personales y que requieren dedicación. Después vendrá la fructificación, mayor o menor según la capacidad de cada uno.

Pero nada de esto es posible sin perseverancia: perseverancia en la escucha, perseverancia en la meditación, perseverancia en el fruto. Si se interrumpe el proceso en cualquiera de estas fases, se destruye el efecto y uno puede retornar a la vida en la molicie de los placeres o en la esclavitud de las riquezas, o en la superficie de lo intrascendente o en la dureza de los endurecidos por los mismos rigores de la vida. Puede suceder incluso que siendo tierra buena, porque hemos fructificado en algunas buenas obras, sigamos todavía parcialmente atados (y ahogados) por ciertos afanes, estimaciones o complacencias que no nos permiten dar más y mejores frutos.

Examinémonos, pues, y veamos en qué posición merecemos ser clasificados por ese catastro tan especial. Nuestro grado de estima de la palabra de Dios dirá mucho al respecto.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Comentario – Sábado XXIV Tiempo Ordinario

La parábola del sembrador nos es de sobra conocida y quizá también comentada. Jesús equipara su actividad (profética) con la de un sembrador que esparce la semilla en el campo sin reparar demasiado en el terreno en que cae, pues puede tratarse de un sendero aplastado por los pasos de los caminantes, de un terreno pedregoso, de un terreno sin labrar (plagado de cardos y espinas) o de una tierra bien dispuesta, labrada y receptiva, capaz de fructificar. El mundo de los humanos es tan desigual como la tierra en la que habitan. Y el sembrador tiene tal abundancia de semilla que decide esparcirla por todo el mundo sin reparar en el terreno de destino. ¿Es que le importa poco que se pierda o es que considera que todo corazón humano, sea cuales sean sus disposiciones, es susceptible de siembra y de fructificación? Lo cierto es que de hecho hay terrenos en los que la siembra resultará baldía. No es que por naturaleza sean incapaces de fructificar, pero su estado requeriría una buena labor previa de labranza, sin la cual es prácticamente imposible que la siembra arraigue y fructifique.

Jesús constata la existencia fáctica de tales terrenos: duros, pedregosos, abandonados. Ha podido comprobarlo por propia experiencia. Es lo que se ha encontrado en su actividad profética: la dureza de los que oyen, pero no dejan que esa palabra penetre en su corazón y lo abra a la fe y a la salvación (la dureza de los incrédulos); la superficialidad de los que oyen y acogen con gusto y alegría, pero carecen de la debida profundidad para que esa semilla pueda echar raíces y finalmente germinar (la superficialidad de los despreocupados o de los que viven sin apenas plantearse nada serio en la vida); los impedimentos de los que oyen y acogen la palabra con interés y buenos deseos, pero los afanes de la vida, las riquezas y los placeres, les absorben de tal manera que impiden su crecimiento y no la dejan madurar para fructificar. Es la fascinación que ejercen las riquezas y los placeres de este mundo y que termina por ahogar el interés despertado por la palabra.

Pero la palabra del sembrador también halla acogida en tierras bien labradas y dispuestas, aunque de diferente capacidad. Son esos corazones nobles y generosos que escuchan la palabra, la guardan y dan fruto perseverando. Aquí se indican varias condiciones. No basta con ser noble y generoso. Es preciso escuchar la palabra. La nobleza y la generosidad de ánimo nos hacen receptivos hacia esa palabra que estimula esa nobleza y esa generosidad, pero hay que ponerse a escucharla, dejando de escuchar otras cosas. Hay escuchas que son incompatibles, porque se interfieren y se obstruyen la una a la otra. Y a la escucha sucede la “conservación”. Si la palabra no se guarda en el interior durante el tiempo necesario, como la semilla en el seno de la tierra, no echará raíces ni fructificará. Es preciso que a la palabra le demos tiempo para el enraizamiento. Y esto comporta interiorización, meditación, reflexión, rumia, todos actos muy personales y que requieren dedicación. Después vendrá la fructificación, mayor o menor según la capacidad de cada uno.

Pero nada de esto es posible sin perseverancia: perseverancia en la escucha, perseverancia en la meditación, perseverancia en el fruto. Si se interrumpe el proceso en cualquiera de estas fases, se destruye el efecto y uno puede retornar a la vida en la molicie de los placeres o en la esclavitud de las riquezas, o en la superficie de lo intrascendente o en la dureza de los endurecidos por los mismos rigores de la vida. Puede suceder incluso que siendo tierra buena, porque hemos fructificado en algunas buenas obras, sigamos todavía parcialmente atados (y ahogados) por ciertos afanes, estimaciones o complacencias que no nos permiten dar más y mejores frutos.

Examinémonos, pues, y veamos en qué posición merecemos ser clasificados por ese catastro tan especial. Nuestro grado de estima de la palabra de Dios dirá mucho al respecto.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Lumen Gentium – Documentos Concilio Vaticano II

Relaciones de la Iglesia peregrinante con la Iglesia celestial

50. La Iglesia de los viadores, teniendo perfecta conciencia de la comunión que reina en todo el Cuerpo místico de Jesucristo, ya desde los primeros tiempos de la religión cristiana guardó con gran piedad la memoria de los difuntos y ofreció sufragios por ellos, «porque santo y saludable es el pensamiento de orar por los difuntos para que queden libres de sus pecados» (2 M 12, 46). Siempre creyó la Iglesia que los Apóstoles y mártires de Cristo, por haber dado el supremo testimonio de fe y de caridad con el derramamiento de su sangre, nos están más íntimamente unidos en Cristo; les profesó especial veneración junto con la Bienaventurada Virgen y los santos ángeles e imploró piadosamente el auxilio de su intercesión. A éstos pronto fueron agregados también quienes habían imitado más de cerca la virginidad y pobreza de Cristo y, finalmente, todos los demás, cuyo preclaro ejercicio de virtudes cristianas y cuyos carismas divinos los hacían recomendables a la piadosa devoción e imitación de los fieles.

Mirando la vida de quienes siguieron fielmente a Cristo, nuevos motivos nos impulsan a buscar la ciudad futura (cf. Hb 13, 14 y 11, 10) y al mismo tiempo aprendemos el camino más seguro por el que, entre las vicisitudes mundanas, podremos llegar a la perfecta unión con Cristo o santidad, según el estado y condición de cada uno. En la vida de aquellos que, siendo hombres como nosotros, se transforman con mayor perfección en imagen de Cristo (cf. 2 Co 3,18), Dios manifiesta al vivo ante los hombres su presencia y su rostro. En ellos El mismo nos habla y nos ofrece un signo de su reino, hacia el cual somos atraídos poderosamente con tan gran nube de testigos que nos envuelve (cf. Hb 12, 1) y con tan gran testimonio de la verdad del Evangelio.

Veneramos la memoria de los santos del cielo por su ejemplaridad, pero más aún con el fin de que la unión de toda la Iglesia en el Espíritu se vigorice por el ejercicio de la caridad fraterna (cf. Ef 4, 1-6). Porque así como la comunión cristiana entre los viadores nos acerca más a Cristo, así el consorcio con los santos nos une a Cristo, de quien, como de Fuente y Cabeza, dimana toda la gracia y la vida del mismo Pueblo de Dios. Es, por tanto, sumamente conveniente que amemos a «¡tos amigos y coherederos de Cristo, hermanos también y eximios bienhechores nuestros; que rindamos a Dios las gracias que le debemos por ellos; que «los invoquemos humildemente y que, para impetrar de Dios beneficios por medio de su Hijo Jesucristo, nuestro Señor, que es el único Redentor y Salvador nuestro, acudamos a sus oraciones, protección y socorro». Todo genuino testimonio de amor que ofrezcamos a los bienaventurados se dirige, por su propia naturaleza, a Cristo y termina en El, que es «la corona de todos los santos», y por El va a Dios, que es admirable en sus santos y en ellos es glorificado.

La más excelente manera de unirnos a la Iglesia celestial tiene lugar cuando —especialmente en la sagrada liturgia, en la cual «la virtud del Espíritu Santo actúa sobre nosotros por medio de los signos sacramentales»— celebramos juntos con gozo común las alabanzas de la Divina Majestad, y todos, de cualquier tribu, y lengua, y pueblo, y nación, redimidos por la sangre de Cristo (cf. Ap 5, 9) y congregados en una sola Iglesia, ensalzamos con un mismo cántico de alabanza a Dios Uno y Trino. Así, pues, al celebrar el sacrificio eucarístico es cuando mejor nos unirnos al culto de la Iglesia celestial, entrando en comunión y venerando la memoria. primeramente, de la gloriosa siempre Virgen María, mas también del bienaventurado José, de los bienaventurados Apóstoles, de los mártires y de todos los santos.

El denario

1.- «Buscad al Señor mientras se le encuentra…» (Is 55, 6) Hay que aprovechar las ocasiones, no podemos dejar que pasen las oportunidades que la vida nos brinda. Todas tienen su importancia, y sólo el que sabe apreciarlas en su justo valor, llegará a triunfar plenamente en la vida. Por el contrario, el que deja pasar el tiempo sin salir al paso de lo que se le ofrece, acabará fracasando, quedándose atrás siempre, olvidado en el más gris anonimato.

Y de todas las ocasiones, hay una que resulta decisiva. Tan decisiva que de aprovecharla o no, depende nuestra felicidad en esta vida y en la otra. Casi nada. Es decir, todo. Absolutamente todo. Porque lo demás, comparado con la eternidad es bien poquita cosa, nada en definitiva. Y esa oportunidad es la cercanía de Dios que se nos ofrece como Redentor y Salvador.

Despierta. Abre los ojos. El Señor está cerca. Tan cerca, que está, ahora mismo, a tu lado, mirándote con su mirada de infinito amor. Invócalo, dile que quieres estar siempre cerca de él. Pídele que te ayude a no alejarte jamás de su mirada paternal y amable. Dile que te haga comprender de una vez que sólo tenerle a él importa en la vida y en la muerte, que sólo cuando él nos acompaña la soledad no existe.

«… mis caminos son más altos que los vuestros, mis planes que vuestros planes» (Is 55, 9) Resulta relativamente fácil descubrir el sentido de las acciones humanas. Siempre, más o menos claramente, hay una motivación que explica por qué se hacen las cosas… Pero con Dios no ocurre lo mismo. Él escapa muchas veces de nuestras reglas lógicas, rebasa nuestros cálculos y suposiciones, sin que podamos enmarcarlo en unos moldes determinados.

Como el cielo es más alto que la tierra, así los caminos de Dios son más altos que los caminos de los hombres, sus planes que nuestros planes. Hay una diferencia insondable entre él y nosotros, distancia infinita, inabarcable. Y, sin embargo, Dios está cercano, íntimo, entrañable. Grande, inmenso, terrible. Pero al mismo tiempo sencillo, bueno, comprensivo, amable…

Sí, el Señor está a nuestro lado disponiendo todas las cosas, para nuestro bien. Aunque a veces nos parezca lo contrario y no veamos cómo aquello pueda terminar felizmente… Caminos de paz y de amor son los suyos. Caminos quizás escarpados pero que nos llevan hasta la cumbre más maravillosa que el hombre pudo soñar. Caminos de Dios, caminos ante los que sólo cabe una actitud, la de una fe rendida y una esperanza sin límites. La fe y la esperanza que lleva consigo la caridad, el amor a Dios.

2.- «Grande es el Señor y merece toda alabanza, es incalculable su grandeza» (Sal 144, 3)Lo que se recibe, según la capacidad del que recibe es recibido. Eso dicen los filósofos. Eso significa que por mucho que uno quiera dar a otro, si éste no quiere o no puede recibir, poco podrá dar aquél. O también puede ocurrir que para una persona torpe, difícil será, por no decir imposible, comprender una verdad que rebasa su capacidad de comprensión. Pues algo así ocurre con Dios. Es tal su grandeza y magnitud que el hombre, incluso el más inteligente, nunca podrá llegar a conocerlo con las luces del propio entendimiento. Cuando los hombres han intentado encontrar a Dios, lo más que han conseguido es una cierta aproximación, o lo que es peor, y lo más corriente en la historia de las religiones, han concebido un dios raquítico cuando no monstruoso. La razón humana es un cuenco demasiado pequeño, con parecer tan grande, en comparación con la grandeza de Dios. Querer meterlo en nuestro entendimiento sería lo mismo que intentar, como aquel niño del que nos habla san Agustín, verter el mar en el hoyo ridículo que hicieron sus pequeñas manos.

«El Señor es justo en todos sus caminos, es bueno en todas sus acciones» (Sal 144, 17) Para comprender la grandeza divina, el único recurso que le queda al hombre es la fe. Incluso esta solución está en realidad fuera de su alcance, ya que en último término la fe es un don de Dios. Aunque también es cierto que ese don lo ofrece el Señor a todos los hombres, aun cuando sólo los de buena voluntad lo acepten… Mediante la fe sí podemos acercarnos con la mente y con el corazón hasta la excelsa magnitud de Dios, para adorarle con reverencia, para amarle con fervor.

Los que, por la misericordia de Dios, tenemos fe, que la sepamos apreciar, que la agradezcamos, que pongamos empeño para no dejarla escapar, que vivamos una vida limpia pues sólo los limpios de corazón verán a Dios. Sepamos defender nuestra fe de cuanto pueda apagarla o empañarla de alguna forma. Seamos comprensivos con las personas, pero intransigentes con los principios.

Y aquellos que no creen, aquellos que viven como si todo se acabara con la muerte, los que no entienden lo absurdo de un mundo sin Dios, esos pobrecitos que están ciegos, que se pongan a la vera del camino, el oído bien abierto y la vida honesta, y supliquen como el pobrecito incrédulo del Evangelio, gritando si es preciso: ¡Señor, Hijo de David, ten compasión de mí! Y cuando nos pregunte qué queremos, repitamos con la fe de Bartimeo: ¡Señor, que yo vea!

3.- «Cristo será glorificado en mi cuerpo, sea por mi vida o por mi muerte» (Flp 1, 20) Estamos ante una de las páginas de más elevación mística que san Pablo, bajo la inspiración del Espíritu Santo, escribiera. En ella habla de cómo Cristo, Señor y Dios nuestro, recibe un culto de gloria en el mismo Apóstol, a través de su cuerpo vivo o de su cuerpo muerto. Es una idea que enlaza con lo que veíamos en la dominica anterior, y que en otras ocasiones dice también San Pablo al considerar nuestro cuerpo como una hostia viva y grata al Señor. Se ratifica así lo que podemos llamar el materialismo cristiano, el aprecio y dignificación de la carne, de lo humano y de lo terreno, al ser transidos por la fe y el amor. «Para mí -nos dice- la vida es Cristo y una ganancia el morir». No hay otra razón de vivir para Pablo que Cristo… Y lo mismo debe ocurrir con cada uno de nosotros los cristianos. Estar con Cristo, sufrir con Cristo, amar con Cristo, luchar, trabajar, gozar y padecer muy unidos a él… A pesar de nuestros buenos deseos, es cierto que la carne engorda y pesa, mientas que la tierra se nos hace barro que entorpece nuestro caminar. Por eso el Apóstol piensa que el morir es una ganancia, ya que entonces no habrá polvo en el camino, entonces será fácil y sencillo vivir plenamente con Cristo.

«Lo importante es que vosotros llevéis una vida digna del evangelio de Cristo» (Flp 1, 27) San Pablo sigue razonando sobre esas nociones del vivir y del morir, del ganar y del perder. El vivir esta vida mortal -explica- me supone un trabajo fructífero, y sin embargo no sé qué escoger… El vivir es sin duda la única ocasión que tenemos de merecer ante Dios, la sola oportunidad de amar con fe y con esperanza al Señor. Luego, en el Cielo, el amor surge ya espontáneo y desbordado por la grandeza sublime de lo que se tiene delante. Entonces ya no habrá fe, puesto que tendremos evidencia; ni habrá esperanza ya que lo poseeremos todo.

«Me encuentro en esta alternativa -continúa el Apóstol-: por un lado deseo partir para estar con Cristo, que es con mucho lo mejor; pero por otro, quedarme en esta vida, veo que es más necesario para vosotros…». Sí, la única razón de vivir para un cristiano es la de continuar amando a Dios en el prójimo, la de seguir ayudando y «haciendo el bien sin mirar a quién», porque a quien sólo hay que mirar es a Dios. Y así, mientras más tiempo vivamos aquí abajo, mejor para los demás y para uno mismo. Por todo lo cual, concluye el texto, lo importante es que llevemos una vida digna del Evangelio.

4.- «Después de ajustarse con ellos en un denario…” (Mt 20, 2) Dios sale una y otra vez, y otra, a contratar jornaleros para su viña. Afán divino para que todos trabajen en su tarea, para que no haya parados en este Reino suyo que trae la salvación universal. Nadie, al final de los tiempos, podrá decir que no fue llamado por Dios. Es cierto que esa llamada puede ocurrir en las más diversas circunstancias, en las épocas más dispares de la vida. Pero nadie, repito, se podrá quejar de no haber sido llamado a trabajar en la tarea de extender el Reino. Podemos afirmar, incluso, que esa llamada se repite en más de una ocasión para cada uno. Hay momentos en los que uno parece haber perdido el rumbo y de pronto comprende que su camino se está desviando. Resuena entonces, de forma indefinida quizá, la voz de Dios para indicarnos que hay que recuperar el rumbo perdido.

Vamos a pararnos a considerar nuestra vida en el momento presente, vamos a pensar si realmente estamos trabajando en la viña del Señor, o por el contrario, nos empeñamos en vivir ausentes de la gran tarea de salvar al mundo. Es cierto que el amo de esta viña va a ser comprensivo y bueno, pagándonos al final no según el resultado de nuestro trabajo, sino según la medida generosa de su gran corazón. Pero eso mismo nos ha de empujar a trabajar con denuedo y afán renovado. En definitiva, de lo que se trata es de que hagamos en cada instante, con sencillez y rectitud de intención, lo que debemos hacer.

Otra lección importante que se desprende de esta página evangélica es la de saber alegrarse con el bien de los demás. Aquellos que protestaron por ser tratados los últimos de la misma forma que los primeros, se entristecían de no recibir ellos más que los de la última hora. Se deberían haber alegrado de la generosidad del dueño de la viña, de haber servido a un amo tan compasivo y dadivoso, aunque a ellos sólo les diese lo acordado.

Saber contentarse con lo recibido, saber vivir con aquello que se tiene. Comportarse así es tener paz y sosiego, ser felices siempre. A menudo por mirar y desear lo que otros poseen, dejamos de gozar y disfrutar lo que nosotros tenemos. En lugar de fijarnos en los que tienen más, miremos a los que tienen menos, no sólo para darnos cuenta de que tenemos más, sino para ayudar en lo que podamos a esos que tienen menos, que a veces por no tener no tienen ni lo necesario. Entonces ocurre lo inesperado, en lugar de quedarnos con menos por dar y compartir, resulta que somos felices y parece que tenemos más que antes.

Antonio García Moreno

¿Hijos o asalariados?

1.- En el párrafo anterior a esta parábola de hoy, aparece Pedro preguntando al Señor, tal vez como portavoz del sindicato de los apóstoles: “Nosotros que te hemos seguido que premio vamos a recibir, qué salario nos vas a dar”. O “qué seguro de vejez vamos a tener”

Y Jesús, con aquello de que se sentarán en doce tronos sobre las doce tribus de Israel, no les promete el descanso de estar en un incomodo trono, sino el trabajo de estar a la cabeza del pueblo de Dios, como precio les ofrece un trabajo en el Reino. Todo eso de los doces tronos suena un poco a un doctorado “honoris causa”, que no es mucho premio. Y como para acabar con toda posible reivindicación ante Dios, añade la parábola que acabamos de oír.

2.- La queja de los que se habían contratado por un denario, que era el salario común de aquellos tiempos, no es un salario bajo e injusto, sino el salario de los que han trabajado menos es demasiado alto. No son quejas de injusticia, son quejas contra la excesiva generosidad. No son quejas contra la justicia, sino quejas contra el amor.

Y Jesús nos quiere enseñar que nuestra relación con Dios no se funda en un contrato laboral sino en un lazo filial, que no somos asalariados, sino hijos y por tanto hermanos. Hijos únicos que ocupamos en el corazón de Dios un hueco que nadie puede llenar ni reemplazar. Pero no sólo yo. Sino cada uno de mis hermanos. Lo mismo el que trabajó siempre fielmente en la viña del Padre, como el que llega a última hora a trabajar. Lo mismo san Juan, el predilecto del Señor, que San Dimas el buen ladrón. Dios no será nunca injusto con nadie, pero además será infinitamente misericordioso con todos.

3.- En nuestra concepción religiosa hay no poco de mercantilismo, de libro de contabilidad, que lleva cuentas de nuestras buenas obras, del tiempo que hemos trabajado. Por eso piensa uno a veces, que si hubiéramos estado al pie de la Cruz nos hubieran sonado a injustas las palabras de Jesús al buen ladrón: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”… un hombre que llega a última hora y sin más méritos que su vida depravada y pecadora.

Nosotros nos pasamos el tiempo mirando el reloj, sobre todo para calcular el tiempo de los demás. El Señor es un patrón que nunca mira el reloj. Los que trabajan con Él no tienen que fichar, porque para el Señor siempre es hora, siempre llegamos a tiempo, aunque lleguemos corriendo y sin aliento como el buen ladrón, porque no nos mira con ojos de legislación laboral, sino con ojos de Padre, que siempre se alegra de que llegue a cualquier hora un hijo.

Y estas son las injusticias de Dios, las que le dicta el amor. ¿Somos capaces de perdonarle a Dios sus injusticias? ¿No nos parece también a nosotros demasiado el salario del que llega a última hora? ¿No preferiríamos que Dios lo castigara como se merece?

Tenemos que poner al día eso de castigo y premio. Los regalos entre amigos nunca son premio, sino amistad, como los regalos entre esposos son regalos de amor, nunca premios.

Ojalá que algún día desparezca de nuestra vida religiosa todo interés y mercantilismo. Entonces empezaremos a ser hijos de Dios y no asalariados.

José María Maruri, SJ

Los últimos serán los primeros

1.- Todos somos invitados a trabajar en la viña del Señor. Unos reciben la invitación siendo niños, los llamados a primera hora; otros en su adolescencia, la hora tercia; hay quien oyó la llamada de Dios en la madurez, la hora sexta; otros escuchan la voz en la tercera edad, la hora nona; y también quien va a la viña en sus últimos años, la hora undécima. Cada cual tiene su tiempo y su momento. La conversión no tiene edades. A Dios no le importa cuándo, sino cómo es nuestra respuesta. A nosotros no debe preocuparnos la recompensa que podemos obtener. En este tema no debemos funcionar con criterios economicistas o de pura justicia legal. Puede que alguno se escandalice porque el señor de la viña no trata con «justicia» a sus trabajadores. Quizá pensemos que la remuneración que ofrece no encaja con lo que dice la Doctrina Social de la Iglesia.

2.- Jesús al contar esta parábola esta pensando en los fariseos, en los que se creen «justos» y desprecian a los demás. Quiere romper el exclusivismo de la religión judía y anuncia el universalismo de la salvación. Los que se creen los «primeros» reciben un duro golpe al comprobar que reciben igual paga los que han llegado los últimos. Curiosamente, no piden que se les aumente a ellos el salario, sino que se quejan porque los otros han recibido igual. Ellos reciben lo que se les prometió, nadie les hace ninguna injusticia. Si los «últimos» reciben lo mismo es gracias a que el Señor «es bueno». Esto es lo que no saben reconocer los primeros, les cuesta aceptar que «todos son primeros», no saben valorar la bondad de Aquel que les ha invitado a participar en su viña. Aludiendo a este episodio del evangelio de Mateo nos dice San Agustín:»Mirad el trabajo que realizáis; esperad seguros la recompensa. Y si consideráis quién es vuestro Señor, no tengáis envidia si la recompensa es para todos igual».

3.- En nuestra comunidad eclesial podemos caer en el mismo error. Si somos «cumplidores» de los ritos y si nos esforzamos en llevar a la práctica la doctrina con esfuerzo, tal vez nos moleste que otros con menos esfuerzo también sean acogidos por Dios. O, lo que es peor, consideremos que es un hecho de mal gusto que la Iglesia se dedique especialmente a los más pobres o miserables. Nos olvidamos de que la Iglesia ha hecho una «opción preferencial por los pobres». Estos no son los últimos, sino los primeros para Dios. Todo es gracia, no estamos en un campeonato de méritos, pues es Dios el que nos «regala» la salvación, con nuestra colaboración, por supuesto. No seamos como el hermano mayor del hijo pródigo, abramos nuestro corazón a la gracia y la bondad de Dios, que se desborda a raudales y por encima de nuestros mezquinos criterios.

José María Martín OSA