El denario

1.- «Buscad al Señor mientras se le encuentra…» (Is 55, 6) Hay que aprovechar las ocasiones, no podemos dejar que pasen las oportunidades que la vida nos brinda. Todas tienen su importancia, y sólo el que sabe apreciarlas en su justo valor, llegará a triunfar plenamente en la vida. Por el contrario, el que deja pasar el tiempo sin salir al paso de lo que se le ofrece, acabará fracasando, quedándose atrás siempre, olvidado en el más gris anonimato.

Y de todas las ocasiones, hay una que resulta decisiva. Tan decisiva que de aprovecharla o no, depende nuestra felicidad en esta vida y en la otra. Casi nada. Es decir, todo. Absolutamente todo. Porque lo demás, comparado con la eternidad es bien poquita cosa, nada en definitiva. Y esa oportunidad es la cercanía de Dios que se nos ofrece como Redentor y Salvador.

Despierta. Abre los ojos. El Señor está cerca. Tan cerca, que está, ahora mismo, a tu lado, mirándote con su mirada de infinito amor. Invócalo, dile que quieres estar siempre cerca de él. Pídele que te ayude a no alejarte jamás de su mirada paternal y amable. Dile que te haga comprender de una vez que sólo tenerle a él importa en la vida y en la muerte, que sólo cuando él nos acompaña la soledad no existe.

«… mis caminos son más altos que los vuestros, mis planes que vuestros planes» (Is 55, 9) Resulta relativamente fácil descubrir el sentido de las acciones humanas. Siempre, más o menos claramente, hay una motivación que explica por qué se hacen las cosas… Pero con Dios no ocurre lo mismo. Él escapa muchas veces de nuestras reglas lógicas, rebasa nuestros cálculos y suposiciones, sin que podamos enmarcarlo en unos moldes determinados.

Como el cielo es más alto que la tierra, así los caminos de Dios son más altos que los caminos de los hombres, sus planes que nuestros planes. Hay una diferencia insondable entre él y nosotros, distancia infinita, inabarcable. Y, sin embargo, Dios está cercano, íntimo, entrañable. Grande, inmenso, terrible. Pero al mismo tiempo sencillo, bueno, comprensivo, amable…

Sí, el Señor está a nuestro lado disponiendo todas las cosas, para nuestro bien. Aunque a veces nos parezca lo contrario y no veamos cómo aquello pueda terminar felizmente… Caminos de paz y de amor son los suyos. Caminos quizás escarpados pero que nos llevan hasta la cumbre más maravillosa que el hombre pudo soñar. Caminos de Dios, caminos ante los que sólo cabe una actitud, la de una fe rendida y una esperanza sin límites. La fe y la esperanza que lleva consigo la caridad, el amor a Dios.

2.- «Grande es el Señor y merece toda alabanza, es incalculable su grandeza» (Sal 144, 3)Lo que se recibe, según la capacidad del que recibe es recibido. Eso dicen los filósofos. Eso significa que por mucho que uno quiera dar a otro, si éste no quiere o no puede recibir, poco podrá dar aquél. O también puede ocurrir que para una persona torpe, difícil será, por no decir imposible, comprender una verdad que rebasa su capacidad de comprensión. Pues algo así ocurre con Dios. Es tal su grandeza y magnitud que el hombre, incluso el más inteligente, nunca podrá llegar a conocerlo con las luces del propio entendimiento. Cuando los hombres han intentado encontrar a Dios, lo más que han conseguido es una cierta aproximación, o lo que es peor, y lo más corriente en la historia de las religiones, han concebido un dios raquítico cuando no monstruoso. La razón humana es un cuenco demasiado pequeño, con parecer tan grande, en comparación con la grandeza de Dios. Querer meterlo en nuestro entendimiento sería lo mismo que intentar, como aquel niño del que nos habla san Agustín, verter el mar en el hoyo ridículo que hicieron sus pequeñas manos.

«El Señor es justo en todos sus caminos, es bueno en todas sus acciones» (Sal 144, 17) Para comprender la grandeza divina, el único recurso que le queda al hombre es la fe. Incluso esta solución está en realidad fuera de su alcance, ya que en último término la fe es un don de Dios. Aunque también es cierto que ese don lo ofrece el Señor a todos los hombres, aun cuando sólo los de buena voluntad lo acepten… Mediante la fe sí podemos acercarnos con la mente y con el corazón hasta la excelsa magnitud de Dios, para adorarle con reverencia, para amarle con fervor.

Los que, por la misericordia de Dios, tenemos fe, que la sepamos apreciar, que la agradezcamos, que pongamos empeño para no dejarla escapar, que vivamos una vida limpia pues sólo los limpios de corazón verán a Dios. Sepamos defender nuestra fe de cuanto pueda apagarla o empañarla de alguna forma. Seamos comprensivos con las personas, pero intransigentes con los principios.

Y aquellos que no creen, aquellos que viven como si todo se acabara con la muerte, los que no entienden lo absurdo de un mundo sin Dios, esos pobrecitos que están ciegos, que se pongan a la vera del camino, el oído bien abierto y la vida honesta, y supliquen como el pobrecito incrédulo del Evangelio, gritando si es preciso: ¡Señor, Hijo de David, ten compasión de mí! Y cuando nos pregunte qué queremos, repitamos con la fe de Bartimeo: ¡Señor, que yo vea!

3.- «Cristo será glorificado en mi cuerpo, sea por mi vida o por mi muerte» (Flp 1, 20) Estamos ante una de las páginas de más elevación mística que san Pablo, bajo la inspiración del Espíritu Santo, escribiera. En ella habla de cómo Cristo, Señor y Dios nuestro, recibe un culto de gloria en el mismo Apóstol, a través de su cuerpo vivo o de su cuerpo muerto. Es una idea que enlaza con lo que veíamos en la dominica anterior, y que en otras ocasiones dice también San Pablo al considerar nuestro cuerpo como una hostia viva y grata al Señor. Se ratifica así lo que podemos llamar el materialismo cristiano, el aprecio y dignificación de la carne, de lo humano y de lo terreno, al ser transidos por la fe y el amor. «Para mí -nos dice- la vida es Cristo y una ganancia el morir». No hay otra razón de vivir para Pablo que Cristo… Y lo mismo debe ocurrir con cada uno de nosotros los cristianos. Estar con Cristo, sufrir con Cristo, amar con Cristo, luchar, trabajar, gozar y padecer muy unidos a él… A pesar de nuestros buenos deseos, es cierto que la carne engorda y pesa, mientas que la tierra se nos hace barro que entorpece nuestro caminar. Por eso el Apóstol piensa que el morir es una ganancia, ya que entonces no habrá polvo en el camino, entonces será fácil y sencillo vivir plenamente con Cristo.

«Lo importante es que vosotros llevéis una vida digna del evangelio de Cristo» (Flp 1, 27) San Pablo sigue razonando sobre esas nociones del vivir y del morir, del ganar y del perder. El vivir esta vida mortal -explica- me supone un trabajo fructífero, y sin embargo no sé qué escoger… El vivir es sin duda la única ocasión que tenemos de merecer ante Dios, la sola oportunidad de amar con fe y con esperanza al Señor. Luego, en el Cielo, el amor surge ya espontáneo y desbordado por la grandeza sublime de lo que se tiene delante. Entonces ya no habrá fe, puesto que tendremos evidencia; ni habrá esperanza ya que lo poseeremos todo.

«Me encuentro en esta alternativa -continúa el Apóstol-: por un lado deseo partir para estar con Cristo, que es con mucho lo mejor; pero por otro, quedarme en esta vida, veo que es más necesario para vosotros…». Sí, la única razón de vivir para un cristiano es la de continuar amando a Dios en el prójimo, la de seguir ayudando y «haciendo el bien sin mirar a quién», porque a quien sólo hay que mirar es a Dios. Y así, mientras más tiempo vivamos aquí abajo, mejor para los demás y para uno mismo. Por todo lo cual, concluye el texto, lo importante es que llevemos una vida digna del Evangelio.

4.- «Después de ajustarse con ellos en un denario…” (Mt 20, 2) Dios sale una y otra vez, y otra, a contratar jornaleros para su viña. Afán divino para que todos trabajen en su tarea, para que no haya parados en este Reino suyo que trae la salvación universal. Nadie, al final de los tiempos, podrá decir que no fue llamado por Dios. Es cierto que esa llamada puede ocurrir en las más diversas circunstancias, en las épocas más dispares de la vida. Pero nadie, repito, se podrá quejar de no haber sido llamado a trabajar en la tarea de extender el Reino. Podemos afirmar, incluso, que esa llamada se repite en más de una ocasión para cada uno. Hay momentos en los que uno parece haber perdido el rumbo y de pronto comprende que su camino se está desviando. Resuena entonces, de forma indefinida quizá, la voz de Dios para indicarnos que hay que recuperar el rumbo perdido.

Vamos a pararnos a considerar nuestra vida en el momento presente, vamos a pensar si realmente estamos trabajando en la viña del Señor, o por el contrario, nos empeñamos en vivir ausentes de la gran tarea de salvar al mundo. Es cierto que el amo de esta viña va a ser comprensivo y bueno, pagándonos al final no según el resultado de nuestro trabajo, sino según la medida generosa de su gran corazón. Pero eso mismo nos ha de empujar a trabajar con denuedo y afán renovado. En definitiva, de lo que se trata es de que hagamos en cada instante, con sencillez y rectitud de intención, lo que debemos hacer.

Otra lección importante que se desprende de esta página evangélica es la de saber alegrarse con el bien de los demás. Aquellos que protestaron por ser tratados los últimos de la misma forma que los primeros, se entristecían de no recibir ellos más que los de la última hora. Se deberían haber alegrado de la generosidad del dueño de la viña, de haber servido a un amo tan compasivo y dadivoso, aunque a ellos sólo les diese lo acordado.

Saber contentarse con lo recibido, saber vivir con aquello que se tiene. Comportarse así es tener paz y sosiego, ser felices siempre. A menudo por mirar y desear lo que otros poseen, dejamos de gozar y disfrutar lo que nosotros tenemos. En lugar de fijarnos en los que tienen más, miremos a los que tienen menos, no sólo para darnos cuenta de que tenemos más, sino para ayudar en lo que podamos a esos que tienen menos, que a veces por no tener no tienen ni lo necesario. Entonces ocurre lo inesperado, en lugar de quedarnos con menos por dar y compartir, resulta que somos felices y parece que tenemos más que antes.

Antonio García Moreno