II Vísperas – Domingo XXV de Tiempo Ordinario

II VÍSPERAS

DOMINGO XXV TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Quédate con nosotros,
la noche está cayendo.

¿Cómo te encontraremos
al declinar el día,
si tu camino no es nuestro camino?
Detente con nosotros;
la mesa está servida,
caliente el pan y envejecido el vino.

¿Cómo sabremos que eres
un hombre entre los hombres,
si no compartes nuestra mesa humilde?
Repártenos tu cuerpo,
y el gozo irá alejando
la oscuridad que pesa sobre el hombre.

Vimos romper el día
sobre tu hermoso rostro,
y al sol abrirse paso por tu frente.
Que el viento de la noche
no apague el fuego vivo
que nos dejó tu paso en la mañana.

Arroja en nuestras manos,
tendidas en tu busca,
las ascuas encendidas del Espíritu;
y limpia, en lo más hondo
del corazón del hombre,
tu imagen empañada por la culpa.

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. Desde Sión extenderá el Señor el poder de tu cetro, y reinará eternamente. Aleluya.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Desde Sión extenderá el Señor el poder de tu cetro, y reinará eternamente. Aleluya.

SALMO 113A: ISRAEL LIBRADO DE EGIPTO: LAS MARAVILLAS DEL ÉXODO

Ant. En presencia del Señor se estremece la tierra. Aleluya.

Cuando Israel salió de Egipto,
los hijos de Jacob de un pueblo balbuciente,
Judá fue su santuario,
Israel fue su dominio.

El mar, al verlos, huyó,
el Jordán se echó atrás;
los montes saltaron como carneros;
las colinas, como corderos.

¿Qué te pasa, mar, que huyes,
y a ti, Jordán, que te echas atrás?
¿Y a vosotros, montes, que saltáis como carneros;
colinas, que saltáis como corderos?

En presencia del Señor se estremece la tierra,
en presencia del Dios de Jacob;
que transforma las peñas en estanques,
el pedernal en manantiales de agua.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. En presencia del Señor se estremece la tierra. Aleluya.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: LAS BODAS DEL CORDERO

Ant. Reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo. Aleluya.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios,
porque sus juicios son verdaderos y justos.
Aleluya.

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos,
los que le teméis, pequeños y grandes.
Aleluya.

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo,
alegrémonos y gocemos y démosle gracias
Aleluya.

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero,
Su esposa se ha embellecido.
Aleluya.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo. Aleluya.

LECTURA: 2Co 1, 3-4

¡Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordia y Dios de todo consuelo! Él nos alienta en nuestras luchas hasta el punto de poder nosotros alentar a los demás en cualquier lucha, repartiendo con ellos el ánimo que nosotros recibidos de Dios.

RESPONSORIO BREVE

R/ Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.
V/ Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.

R/ Digno de gloria y alabanza por los siglos.
V/ En la bóveda del cielo.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Bendito eres, Señor, en la bóveda del cielo.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido.

PRECES

Adoremos a Cristo, Señor nuestro y cabeza de la Iglesia, y digámosle confiadamente:

Venga a nosotros tu reino, Señor.

Señor, haz de tu Iglesia instrumento de concordia y de unidad entre los hombres
— y signo de salvación para todos los pueblos.

Protege, con tu brazo poderoso, al papa y a todos los obispos
— y concédeles trabajar en unidad, amor y paz.

A los cristianos concédenos vivir íntimamente unidos a ti, nuestra cabeza,
— y que demos testimonio en nuestras vidas de la llegada de tu reino.

Concede, Señor, al mundo el don de la paz
— y haz que en todos los pueblos reine la justicia y el bienestar.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Otorga a los que han muerto una resurrección gloriosa
— y haz que gocemos un día, con ellos, de las felicidad eterna.

Terminemos nuestra oración con las palabras del Señor:
Padre nuestro…

ORACION

Oh Dios, que has dispuesto la plenitud de la ley en el amor a ti y al prójimo, concédenos cumplir tus mandamientos para llegar así a la vida eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

¿Nos atrevemos a creer en un Dios todo bondad?

¡Tanta bondad nos sobrepasa!

Nos encontramos este domingo con una parábola sencilla, pero de una fuerza sobrecogedora. Nos llega una Buena Noticia, que nos sorprende, nos descoloca y puede provocar en nosotros reacciones controvertidas, incluso apasionadas. ¡Cuántas veces lo hemos experimentado al escucharlo en grupo!

La parábola empieza como muchas otras: “El reino de los cielos se parece a un propietario…” Y es el modo de hacer de este personaje el que nos va descubriendo, con una fuerza arrolladora, el misterio más hondo de su ser, la profundidad y coherencia de su bondad y de su amor. Ante este misterio no podemos quedarnos indiferentes.

Nos acercamos a este señor de la viña que sale de su casa y va, personalmente, a buscar trabajadores para su viña. Va al amanecer, vuelve a media mañana y repite por la tarde. Parece que lo suyo es salir a buscar trabajadores, encontrar y acoger en su viña a los que están “todo el día sin hacer nada”. No pone un anuncio, no manda a otros criados…

Es él personalmente, el que sale a buscar, a buscarnos. A preguntarnos por qué estamos sin hacer nada. Por qué nuestra vida, ya al atardecer, está tan vacía… Nos sorprende esta forma de actuar, porque no suelen actuar así los grandes propietarios. Y nos asombramos aun más de que a todos los contrate por un denario. Un denario era lo que una familia necesitaba para vivir un día y le quedaba algo para el día siguiente.

¿Cuándo nos ha llamado a su viña a cada uno de nosotros? ¿Al amanecer de nuestra vida, en nuestra primera juventud, más tarde o ya casi al final? Parece que lo del reloj no es lo suyo, que tampoco le importan demasiado los años… El sale a buscarnos, nos admite en su viña y promete darnos “lo que necesitamos para vivir plenamente”. Nunca le parece que es tarde para nosotros. 

A continuación viene el núcleo de la parábola, el hecho que cambia el tono y provoca reacciones diversas: Al anochecer paga a todos el denario que les había prometido, el salario que necesitaban para que su familia cenase esa noche. Y por si nos queda duda el evangelio dice, empezando por los últimos y terminando por los primeros.

¿Qué reacción provoca esto en mí? ¿Cuántas veces hemos reaccionado como los “primeros”?: “Toda la vida trabajando, sacrificándonos y ahora todos somos iguales…”

Es la queja de los que se sienten, o nos sentimos, llamados al amanecer, desde siempre. La queja que expresa nuestra mentalidad estrecha y nuestros cálculos mezquinos… Porque no hemos entendido nada, no conocemos a nuestro Dios. Tratamos con Él como el asalariado con su empleador, a más trabajo más sueldo. Y nos encontramos con un Dios que da el mismo salario a trabajo distinto. Un Dios al que le importa que estemos en la viña, no cuando hayamos llegado. Un Dios que ha decidido, desde siempre, darnos a cada uno lo que necesitamos para vivir plenamente, sin que nos lo tengamos que “ganar”. Y nuestro malestar crecer porque en el fondo, lo grave, es que no tenemos ninguna injusticia que denunciar: ¿No te contraté en un denario?

Y entonces nos damos cuenta de que lo que nos molesta es la bondad de Dios: ¿Vas a tener tu envidia porque yo soy bueno?

¿Preferimos en el fondo un Dios mezquino como nosotros, un Dios calculador, que solo da bienes a los que se los ganan?… En definitiva un Dios al que podamos exigir, “hice esto, me debes dar…”

Es un buen momento para revisar en qué Dios creemos. ¿En el que nos hemos imaginado o nos gustaría o en el que Jesús nos anuncia? el Dios que Jesús predica es el que da la salvación a todos gratuitamente. El que trata a todos como a hijos muy queridos y los da lo que necesitan para vivir plenamente. Ese Dios es tan peligroso que a Jesús le costó la vida… no fue su moral social, sus exigencias legales o sus milagros lo que le llevó a la muerte. A Jesús lo condenan porque habla de Dios, como el papá cariñoso, que hace salir el sol sobre malos y buenos y da la lluvia a justos e injustos… ¡Difícil mensaje! Tanta bondad nos sobrepasa…

Sin embargo, esta bondad y forma de actuar de nuestro Dios nos expresa cuál es la dinámica del Reino. La cuestión es, ¿estamos dispuestos a acogerla, a entrar en ella? ¿No es liberador y reconfortante que Dios esté dispuesto a darnos siempre lo que necesitamos? ¿No es una buena noticia que nos trate así a todos?

La persona que se siente así tratada supera la dinámica del “sueldo debido” y entra en la de la gratuidad. ¿Cómo se sentirían los viñadores que llegaron al final y vieron que su familia podría salir adelante un día más? Sin duda, agradecidos. Y de este agradecimiento nace el compromiso, el compromiso con el Señor de la viña, el compromiso por el Reino. La mentalidad “mercantilista” no hace personas comprometidas, implicadas… solo mercenarias.

Este  evangelio nos invita también a plantearnos sinceramente: ¿Es que no somos todos obreros de la última hora? ¿No hay algún aspecto de nuestra vida en el que aún estamos “sin hacer nada”? ¿Cuántas veces no le hemos pedido a Dios que nos de lo que necesitamos, conscientes de que no nos lo hemos ganado? ¿Por qué entonces nos molesta cuando vemos que nuestro Dios trata así a los demás?

Que el Señor de la viña ensanche nuestros corazones y podamos saborear, disfrutar y agradecer su bondad y su amor para con todos.

Mª Guadalupe Labrador Encinas,  fmmdp

Jesús no pide ir más allá de la justicia

Cuando se escribió este evangelio, las comunida­des llevaban ya muchos años de rodaje pero seguían creciendo. Los veteranos seguramente reclamaban privilegios, porque en un ambiente de inminente final de la historia, los que se incorporaban no iban a tener la oportunidad de trabajar como lo habían hecho ellos. La parábola advierte a los cristianos que no es mérito suyo haber accedido a la fe antes, sería ridículo esperar mayor paga.

Jesús acaba de decir al joven rico que venda todo lo que tiene y le siga. A continuación Pedro dice a Jesús: “Pues nosotros lo hemos dejado todo, ¿qué tendremos?” Jesús le promete cien veces más, pero termina con esa frase enigmática: “Hay primeros que serán últimos y últimos que serán primeros”. A continuación viene el relato de hoy, que repite lo mismo pero invirtiendo el orden; dando a entender que la frase se ha hecho realidad.

Las lecturas de los tres últimos domingos han desarrollado el mismo tema, pero en una progresión de ideas interesante: el domingo 23 nos hablaba de la corrección fraterna, es decir, del perdón al hermano que ha fallado. El 24 nos habló de la necesidad de perdonar las deudas sin tener en cuenta la cantidad. Hoy nos habla de la necesidad de compartir con los demás sin límites, no con un sentido de justicia humano, sino desde el amor. Todo un proceso de aproximación al amor que Dios manifiesta a cada uno de nosotros.

Hoy tenemos una mezcla de alegoría y parábola. En la alegoría, cada uno de los elementos significa otra realidad en el plano trascendente. En la parábola, es el conjunto el que nos lanza a otro nivel de realidad a través de una quiebra en el relato. Está claro que la viña hace referencia al pueblo elegido, y que el propietario es Dios mismo. Pero también es cierto que en el relato hay un punto de inflexión cuando dice: “Al llegar los primeros pensaron que recibirían más, pero también ellos recibieron un denario”.

Desde la lógica humana, no hay ninguna razón para que el dueño de la viña trate con esa deferencia a los de última hora. Por otra parte, el propietario de la viña actúa desde el amor absoluto, cosa que solo Dios puede hacer. Lo que nos quiere decir la parábola es que una relación de ‘toma y da acá’ con Dios no tiene sentido. El trabajo en la comunidad de los seguidores de Jesús tiene que imitar a ese Dios y ser totalmente desinteresado.

Con esta parábola, Jesús no pretende dar una lección de relaciones laborales. Cualquier referencia a ese campo en la homilía de hoy no tiene sentido. Cualquier sindicato de trabajadores consideraría una injusticia lo que hace el dueño de la viña. Jesús habla de la manera de comportarse Dios con nosotros, que está más allá de toda justicia humana. Que nosotros seamos capaces de imitarle es otro cantar. Desde los valores de justicia que manejamos en nuestra sociedad será imposible entender la parábola.

Hoy todos trabajamos para lograr desigualdades, para tener más que el otro, estar por encima y así marcar diferencias con él. Esto es cierto, no solo respecto a cada individuo, sino también a nivel de pueblos y naciones. Incluso en el ámbito religioso se nos ha inculcado que tenemos que ser mejores que los demás para recibir un premio mayor. Ésta ha sido la falsa filosofía que ha movido la espiritualidad cristiana de todos los tiempos.

La parábola trata de romper los esquemas en los que está basada la sociedad, que se mueve únicamente por el interés. Como dirigida a la comunidad, la parábola pretende  unas relaciones humanas que estén más allá de todo interés egoísta de individuo o de grupo. Los Hechos de los Apóstoles nos dan la pista cuando nos dicen: “nadie consideraba suyo propio nada de lo que tenía sino que lo poseían todo en común”.

Hay una segunda parte que es tan interesante como la misma parábola. Los de primera hora se quejan del trato que reciben los de la última. Se muestra aquí la incapacidad de comprensión de la actitud del dueño. No tienen derecho a exigir, pero les sienta mal que los últimos reciban el mismo trato que ellos. El relato demuestra un conocimiento muy profundo de la psicología humana. La envidia envenena las relaciones humanas hasta tal punto que, a veces prefiero perjudicarme con tal de que el otro se perjudique más.

En realidad lo que está en juego es una manera de entender a Dios completamente original. Tan desconcertante es ese Dios de Jesús, que después de veinte siglos, aún no lo hemos asimilado. Seguimos pensando en un Dios que retribuye a cada uno según sus obras (el dios del AT). Una de las trabas más fuertes que impiden nuestra vida espiritual es creer que podemos merecer la salvación. El don total y gratuito de Dios es siempre el punto de partida, no algo a conseguir gracias a nuestro esfuerzo.

Podemos ir incluso más allá de la parábola. No existe retribución que valga. Dios da a todos los seres lo mismo, porque se da a sí mismo y no puede partirse. Dios nos paga antes de que trabajemos. Es una manera equivocada de hablar decir que Dios nos concede esto o aquello. Dios está totalmente disponible a todos. Lo que tome cada uno dependerá solamente de él. Si Dios pudiera darme más y no me lo diera, no sería Dios.

La salvación de Jesús no está encaminada a cambiar la actitud de Dios para con nosotros; como si antes de él estuviésemos condenados por Dios y después estuviésemos salvados. La salvación de Jesús consistió en manifestarnos el verdadero rostro de Dios y cómo podemos responder a su don total. Jesús no vino para hacer cambiar a Dios, sino para que nosotros cambiemos con relación a Dios aceptando su salvación.

Con estas parábolas, el evangelio pretende hacer saltar por los aires la idea de un Dios que reparte sus favores según el grado de fidelidad a sus leyes, o peor aún, según su capricho. Por desgracia hemos seguido dando culto a ese dios interesado y que nos interesaba mantener. En realidad, nada tenemos que “esperar” de Dios; ya nos lo ha dado todo desde el principio. Intentemos darnos cuenta de que no hay nada que esperar.

El mensaje de la parábola es evangelio, buena noticia: Dios es para todos igual: amor, don infinito. Queremos decir para todos sin excepción. Los que nos creemos buenos y cumplimos todo lo que Dios quiere, lo veremos como una injusticia; seguimos con la pretensión de aplicar a Dios nuestra manera de hacer justicia. ¿Cómo vamos a aceptar que Dios ame a los malos igual que a nosotros? Debe cambiar nuestra religiosidad, que se basa en ser buenos para que Dios nos premie o, por lo menos, para que no nos castigue.

El evangelio nos propone cómo tiene que funcionar la comunidad (el Reino). ¿Sería posible trasladar esta manera de actuar a todas las instancias civiles? Lo que Jesús pretende es que despleguemos una vida plenamente humana. Si se pretende esa relación, imponiéndola desde el poder, no tendría ningún valor salvífico. Si todos los miembros de una comunidad, sea del tipo que sea, lo asumieran voluntariamente, sería  una riqueza humana increíble, aunque no partiera de un sentido de trascendencia.

 

Meditación

El amor de Dios no se funda en mí, sino en Él.
No tenemos que amar para que Dios nos ame
sino amar como Dios nos ama y porque Él ya nos ama.
Lo que Jesús intenta una y otra vez en el evangelio,
es llevarnos al descubrimiento del verdadero Dios.

 

Fray Marcos

Comentario – Domingo XXV de Tiempo Ordinario

Hablar del Reino de los cielos es siempre hablar de Dios y de su relación con nosotros. Ese propietario de la parábola que al amanecer sale a contratar jornaleros para su viña no es otro que Dios mismo, el propietario de este Reino. En Él se hace realidad lo dicho por el salmista: El Señor es bueno con todos, es bondadoso en todas sus acciones. Así es este propietario que pide colaboraciónde sus criaturas y se compromete a pagar el jornal: se ajusta con ellos en un denario por jornada. Otros se incorporarán más tarde: a mediodía, a media tarde al caer de la tarde.

Tras las horas del trabajo, llega el momento de la paga. Y sucede lo sorprendente: que los últimos en ser contratados, los que habían trabajado menos horas, apenas media jornada o un tercio de la misma, son los primeros en recibir el jornal por expresa voluntad del dueño que así se lo hace saber al capataz, que es quien tiene el encargo de pagar a los jornaleros. A esto hay que añadir que aquellos reciben la misma paga (un denario) que los que habían trabajado la jornada completa. Este modo de proceder provoca de inmediato la protesta de los que se sienten injustamente tratados, puesto que, habiendo trabajado más horas, reciben la misma paga que los que han trabajado menos.

No es justo -le dicen- que a los que han trabajado sólo una hora les trates igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno. Se sienten, por tanto, tratados injustamente por comparación con aquellos compañeros de trabajo que, habiendo trabajado sólo una reducida parte de la jornada, reciben sin embargo el mismo jornal. Olvidan que el jornal que reciben es el precio convenido en el contrato; por tanto, que no se les hace ninguna injusticia (suponiendo que lo contratado es justo). No obstante, ellos entienden que su trabajo ha sido desigualmente valorado.

Pero detengámonos en las razones del propietario, razones que miran no a la estricta justicia distributiva, sino a un modo de proceder que sobrepasa los límites de la mera justicia: Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno? Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos.

Dios invoca finalmente razones de libertad para hacer lo que quiera en sus asuntos, con sus propiedades y sus retribuciones. Es una libertad al servicio del bien, que no obra en contra de la justicia cuando paga el jornal convenido a los jornaleros de su casa, pero que a algunos -quizás a todos- les paga por encima de los méritos contraídos haciendo un alarde de generosidad. En el caso de los obreros contratados al mediodía, a la media tarde o al atardecer, les paga por un trabajo que no han realizado, puesto que reciben el jornal sin haber trabajado la jornada completa. Se trata, pues, de un sueldo inmerecido, un sueldo que es más regalo que sueldo. ¿Quiénes somos nosotros para juzgar el comportamiento de Dios o para limitar el ejercicio de su libertad inclinada siempre al bien de sus criaturas? Es la respuesta que merece todo aquel que pretende juzgar la conducta de Dios desde sus mediocres criterios de justicia, sin advertir que los caminos y planes divinos están muy por encima de los nuestros, tan por encima que nos son inalcanzables.

La protesta de aquellos jornaleros que reciben el denario convenido, pensando que recibirían más, no está inspirada en criterios de justicia, como parecen dar a entender, sino en la envidia, tal como señala el narrador. Sienten envidia de los que, habiéndose esforzado menos, reciben el mismo premio.

Es la misma envidia que inspira muchas de nuestras protestas: No es justo -dice el estudiante- que este compañero de estudios, habiendo estudiado muchas menos horas que yo, haya obtenido la misma calificación; no es justo que mi vecino, por haber nacido en el seno de una familia adinerada, tenga más oportunidades que yo en la vida; no es justo que yo tenga que soportar una enfermedad crónica mientras que mi amigo rebosa de salud; no es justo que los hijos de mi hermano hayan encontrado todos trabajo mientras que los míos andan buscando todavía dónde colocarse; no es justo que éste que, después de haber disfrutado de todos los placeres de la vida, se ha convertido al final de sus días, reciba la misma recompensa que yo que le he sido fiel al Señor desde mi infancia; y así sucesivamente. Es la misma protesta que el hijo mayor de la parábola eleva a su padre al volver a casa y encontrarse con la fiesta organizada en honor del pródigo.

El que así habla -movido sin duda por la envidia- desconoce la grandeza de la bondad de Dios, que no sólo paga a los que contrata, sino que también les proporciona el trabajo, sabiendo que hay más dicha en estar empleados en la viña del Señor que en estar de brazos cruzados, en el paro. Los que protestan parecen haber experimentado el trabajo por el Reino de los cielos sólo como peso y fatiga y no como co-laboración gozosa con el que les ha requerido para esta labor. No llegan a apreciar debidamente las angustias y las carencias de los que no han sido incorporados aún a esta tarea de colaboración con el dueño de la viña. Y lo que no cuadra con sus mezquinos criterios de justicia lo califican injusto, sin caer en la cuenta de que la justicia de Dios es más alta que la suya y que en la conducta de Dios hay un motivo superior al de la justicia que es el de la misericordia, fruto de su bondad.

La paga, esto es, el jornal con el que Dios se ajusta con nosotros a cambio de esa pequeña colaboración que nos pide en orden a la implantación de su Reino, es mucho más de lo que podamos merecer: el ciento por uno y la vida eterna. Ninguno de sus contratados -ni los de la primera hora, ni los de la última- merece en estricta justicia el denario recibido, que es siempre más un regalo que un salario. Unos habrán trabajado más y otros menos, pero ninguno merece estrictamente la recompensa que se le da por el trabajo realizado.

Esta gratuidad, propia del don (que está no sólo en el jornal, sino también en el trabajo contratado), es la que quiere poner de manifiesto la parábola cuando el dueño, dirigiéndose al capataz, le dice que comience a repartir el jornal empezando por los últimos, es decir, por los que han trabajado menos, y acabando por los primeros, esto es, por los que más podrían merecerlo por haber trabajado toda la jornada. El hecho de haber trabajado nos permite conservar una cierta dignidad respecto del salario recibido, es decir, nos permite entender la paga como el salario merecido por nuestra esforzada labor. Pero no debemos olvidar nunca que todo salario es en último término gracia, porque hasta nuestros méritos dependen de su gracia, o de la capacidad que se nos da para hacer méritos.

Hoy, la palabra de Dios nos quita todos los recursos argumentales para juzgar su conducta. No envidiemos a los que nos parecen privilegiados de la bondad divina. También nosotros lo somos. También nosotros hemos sido llamados a colaborar con Él. También nosotros recibiremos la recompensa inmerecida. Y que la conversión de los pecadores no provoque en nosotros el disgusto engendrado por la envidia, sino la alegría que late en el corazón de los bienaventurados y que se deja sentir en el cielo por un solo pecador que se convierta.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Lumen Gentium – Documentos Concilio Vaticano II

El Concilio establece disposiciones pastorales

51. Este sagrado Sínodo recibe con gran piedad la venerable fe de nuestros antepasados acerca del consorcio vital con nuestros hermanos que se hallan en la gloria celeste o que aún están purificándose después de la muerte, y de nuevo confirma los decretos de los sagrados Concilios Niceno II, Florentino y Tridentino. Al mismo tiempo, en fuerza de su solicitud pastoral, exhorta a todos aquellos a quienes corresponde para que, si acá o allá se hubiesen introducido abusos por exceso o por defecto, procuren eliminarlos y corregirlos, restaurándolo todo de manera conducente a una más perfecta alabanza de Cristo y de Dios. Enseñen, pues, a los fieles que el verdadero culto a los santos no consiste tanto en la multiplicidad de actos exteriores cuanto en la intensidad de un amor activo, por el cual, para mayor bien nuestro y de la Iglesia, buscamos en los santos «el ejemplo de su vida, la participación de su intimidad y la ayuda de su intercesión». Pero también hagan comprender a los fieles que nuestro trato con los bienaventurados, si se lo considera bajo la plena luz de la fe, de ninguna manera rebaja el culto latréutico tributado a Dios Padre por medio de Cristo en el Espíritu, sino que más bien lo enriquece copiosamente.

Porque todos los que somos hijos de Dios y constituimos una sola familia en Cristo (cf. Hb 3,6), al unirnos en mutua caridad y en la misma alabanza de la Trinidad, secundamos la íntima vocación de la Iglesia y participamos, pregustándola, en la liturgia de la gloria consumada. Cuando Cristo se manifieste y tenga lugar la gloriosa resurrección de los muertos, la gloria de Dios iluminará la ciudad celeste, y su lumbrera será el Cordero (cf. Ap 21,23). Entonces toda la Iglesia de los santos, en la felicidad suprema del amor, adorará a Dios y «al Cordero que fue inmolado» (Ap 5, 12), proclamando con una sola voz: «Al que está sentado en el trono y al Cordero, alabanza, gloria, imperio por los siglos de los siglos» (Ap 5, 13).

Lectio Divina – Domingo XXV de Tiempo Ordinario

Parábola de los obreros enviados a la viña
La gratuidad absoluta del amor de Dios
Mateo 20, 1-16

1. Oración inicial

¡Oh, Padre! Tu Hijo Jesús, que tú nos has dado, es nuestro reino, nuestra riqueza, nuestro cielo; Él es el dueño de la casa y de la tierra donde vivimos y sale continuamente a buscarnos, porque desea llamarnos, pronunciar nuestro nombre, ofrecernos su amorinfinito. No podremos nunca pagarle, ni devolver la sobreabundancia de su compasión y misericordia por nosotros: podemos sólo decirle nuestro sí, el nuestro: “Aquí estoy” o repetirle con Isaías: “¡Señor, aquí estoy, envíame!” Haz que esta palabra entre en mi corazón, en mis ojos, en mis oídos y me cambie, me transforme, según este amor sorprendente, incomprensible que Jesús me está ofreciendo, también hoy, en este momento. Condúceme al último puesto, al mío, al que Él ha preparado para mí allá donde yo puedo ser verdaderamente yo mismo. Amén.

2. Lectura

a) Para colocar el pasaje en su contexto:

Este pasaje nos coloca dentro de la sección del Evangelio de Mateo, que precede directamente a los relatos de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Esta sección comienza en 19,1, donde se dice que Jesús abandona definitivamente el territorio de la Galilea para ir a Judea, dando así comienzo a su camino de acercamiento a Jerusalén y se concluye en 25,46, con el cuadro sobre la venida y el juicio del Hijo de Dios. Más en particular, el capítulo 20 se coloca a lo largo del recorrido de Jesús hacia la ciudad santa y su templo, en un contexto de enseñanzas y de polémica con los sabios y potentes del tiempo, que Él realiza con parábolas y encuentros.

b) Para ayudar a la lectura del pasaje:

20,1ª: Con las primeras palabras de la parábola, que es una especie de introducción, Jesús quiere acompañarnos al interior del tema más profundo del que intenta hablar, quiere abrir ante nosotros las puertas del reino, que es Él mismo y se presenta como dueño de la viña que necesita ser trabajada.
20,1b-7: Estos versículos constituyen la primera parte de la parábola; en ella Jesús narra la iniciativa del dueño de la viña para reclutar sus trabajadores, describiendo sus cuatro salidas, en las cuáles se ajusta con los trabajadores estableciendo un contrato y la última salida, ya al final de la jornada.
20,8-15: Esta segunda parte comprende, por el contrario, la descripción de la paga a los trabajadores, con la protesta de los primeros y la respuesta del dueño.
20,16: Finalmente viene la sentencia definitiva, que revela la clave del pasaje y la aplicación: aquéllos que en la comunidad son considerados últimos, en la perspectiva del reino y del juicio de Dios , serán los primeros.

Mateo 20, 1-16c) El Texto:

20, 1a: 1 «En efecto, el Reino de los Cielos es semejante a un propietario …..
20, 1b-7: ….. que salió a primera hora de la mañana a contratar obreros para su viña. 2 Habiéndose ajustado con los obreros en un denario al día, los envió a su viña. 3 Salió luego hacia la hora tercia y al ver a otros que estaban en la plaza parados, 4 les dijo: `Id también vosotros a mi viña, y os daré lo que sea justo.’ 5 Y ellos fueron. Volvió a salir a la hora sexta y a la nona e hizo lo mismo. 6 Todavía salió a eso de la hora undécima y, al encontrar a otros que estaban allí, les dice: `¿Por qué estáis aquí todo el día parados?’ 7 Dícenle: `Es que nadie nos ha contratado.’ Díseles: `Id también vosotros a la viña.’
20, 8-15: 8 Al atardecer, dice el dueño de la viña a su administrador: `Llama a los obreros y págales el jornal, empezando por los últimos hasta los primeros.’ 9 Vinieron, pues, los de la hora undécima y cobraron un denario cada uno. 10 Al venir los primeros pensaron que cobrarían más, pero ellos también cobraron un denario cada uno.11 Y al cobrarlo, murmuraban contra el propietario, 12 diciendo: `Estos últimos no han trabajado más que una hora, y les pagas como a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el calor.’ 13 Pero él contestó a uno de ellos: `Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No te ajustaste conmigo en un denario? 14 Pues toma lo tuyo y vete. Por mi parte, quiero dar a este último lo mismo que a ti.15 ¿Es que no puedo hacer con lo mío lo que quiero? ¿O va a ser tu ojo malo porque yo soy bueno?’.
20, 16: 16 Así, los últimos serán primeros y los primeros, últimos.»

3. Un momento de silencio orante

para que la Palabra de Dios pueda entrar en nosotros e iluminar nuestra vida.

4. Algunas preguntas

para ayudarnos en la meditación y en la oración.

a) Este pasaje se abre con una partícula conectiva, “en efecto” que es muy importante, porque me remite al versículo que precede (Mt 19,30), donde Jesús afirma que “los primeros serán los últimos y los últimos los primeros” con las mismas palabras que repetirá al final de esta parábola. Palabras, por tanto, importantísimas, fundamentales, que quieren indicarme la dirección que hay que tomar. Jesús es el Reino de Dios, el reino de los cielos; Él es el mundo nuevo, al cuál estoy invitado a entrar. Pero el suyo es un mundo al revés, donde nuestra lógica de poder, ganancia, recompensa, habilidad, esfuerzo, no vale y se substituye por otra lógica, la de la gratuidad absoluta, del amor misericordioso y sobreabundante, Si yo creo ser el primero, ser fuerte y capaz; si ya me he colocado en el primer puesto en la mesa del Señor, es mejor que me levante ya y me vaya a ocupar el último puesto. Allí el Señor vendrá a buscarme, y llamándome, me levantará, me colocará en alto hacia Él.

b) Jesús se compara aquí a un dueño de casa, usando una figura particular, que aparece muchas veces en el evangelio. Intento seguirla, atento a las características que ella presenta y tratando de verificar cuál es mi relación con Él. El dueño de casa es el amo de la viña, que se cuida de ella, rodeándola con un muro, excavando un foso, cultivándola con amor y sudor (Mt 21,33ss), para que pueda dar sus mejores frutos. Es el dueño de casa que ofrece una gran cena, con muchos invitados, llamando a su mesa a los más abandonados, los cojos, los ciegos (Lc 14,21ss). Es el que vuelve de las bodas y al que debemos esperar vigilando, porque no sabemos ni el día ni la hora (Lc 12,36); es el dueño de casa que ha salido para un largo viaje, que ha mandado vigilar, para estar preparados para abrirle, en cuanto regrese y toque a la puerta a la tarde, a medianoche, al canto del gallo o de madrugada (Mc 13,35). Comprendo, pues, que el Señor está esperando de mí, el fruto bueno; que me ha elegido como invitado a su mesa; que volverá y vendrá a buscarme y llamará a mi puerta…¿Estoy preparado para responderle? ¿Para abrirle? ¿Para ofrecerle el fruto del amor que Él espera de mí? O por el contrario ¿estoy durmiendo, preocupado con otros miles intereses, esclavizado por otros dueños de casa, diversos y lejanos de Él?

c) El Señor Jesús, dueño de la casa y de la viña, sale repetidamente para llamarme y enviar: al alba, a las nueve, a mediodía, a las tres de la tarde, a las cinco, cuando ya la jornada está por finalizar. Él no se cansa; viene a buscarme, para ofrecerme su amor, su presencia, para estrechar un pacto conmigo. Él desea ofrecerme su viña, su belleza. Cuando nos encontremos, cuando Él fijándose en mí, me ame (Mc 10,21) ¿qué le responderé? ¿Me entristeceré porque tengo muchos bienes? (Lc 18,23) ¿Le pediré que me dé por excusado, porque yo ya tengo otros compromisos? (Lc 14,18) ¿Huiré corriendo desnudo, perdiendo lo poco de felicidad que me ha quedado para cubrirme? (Mc 14,52) O, más bien, le diré: “Sí, sí” y luego no iré (Mt 21,29). Siento que esta palabra me pone en situación difícil, me escruta hasta el fondo, me revela a mí mismo… quedo atónito, asustado por mi libertad, pero decido, delante del Señor que me habla, hacer como María y decir: “Señor, hágase en mí como tú has dicho” con humilde disponibilidad y abandono.

d) Ahora el evangelio me coloca de frente a mi relación con los otros, los hermanos y hermanas que comparten conmigo el camino del seguimiento a Jesús. Todos estamos llamados a estar con Él, a la tarde, después del trabajo de cada día: Él abre su tesoro de amor y comienza a distribuir, a repartir gracia, misericordia, compasión, amistad, todo Él mismo. Mateo hace notar en este punto, que alguno murmura contra el dueño de la viña, contra el Señor. Nace la indignación, porque Él trata a todos igualmente, con la misma intensidad de amor, con la misma sobreabundancia. Quizás está escrito también de mí estas líneas: el evangelio sabe poner un nudo a mi corazón, la parte más escondida de mi mismo. Quizás el Señor dirige precisamente a mí aquellas palabras cargadas de tristeza: “¿Acaso tú también eres envidioso?.” Me debo dejar interrogar, debo permitir que Él entre dentro de mí y me mire con sus ojos penetrantes, porque sólo si Él me mira, podré ser curado. Ahora rezo así: “Señor, te ruego, ven a mí, echa tu palabra en mi corazón y germine nueva vida, vida de amor”.

5. Una clave de lectura

En la figura de la viña, aparentemente sencilla y cotidiana, la Escritura condensa una realidad, mucha más rica y profunda, siempre más densa de significado, a medida que los textos se acercan a la revelación plena en Jesús. En el primer libro de los Reyes, en el cap. 21, se narra el hecho violento que envuelve a Nabot, un simple súbdito del corrupto rey Acab, el cuál poseía una viña, plantada, para su desdicha, precisamente junto al palacio del rey. La narración nos hace comprender cuánto fuera importante la viña, una propiedad inviolable: por nada del mundo Nabot la hubiera cedido, como dijo: “¡Me guarde el Señor de cederte la heredad de mis padres!” (1 Re 21,3). Por amor a ella, él perdió la vida. Como se ve, la viña representa el bien más precioso, la heredad de la familia, por cierta parte, la identidad de la persona; no se la puede malvender, ceder a los otros, cambiarlo por otros bienes, que no consiguen igualarla. Ella esconde una fuerza vital, espiritual.

Isaías 5 dice claramente que bajo la figura de la viña se significa al pueblo de Israel, como está escrito: “La viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel: los habitantes de Juda su plantación favorita” (Is 5,7). Este pueblo el Señor lo ha amado con amor infinito y eterno, sellado por una alianza inviolable; Él la cuida, igualmente como si lo hiciera un viñador con su viña, haciendo de todo para que ella pueda dar sus frutos más bellos. Israel somos cada uno de nosotros, toda la Iglesia: el Padre nos ha encontrado como tierra abandonada, reseca, devastada, rellena de piedras y nos ha cultivado, regado a cada instante; nos ha plantado como viña escogida, toda de cepas genuinas (Jer 2,21). ¿Qué más pudo hacer por nosotros, que no lo haya hecho? (Is 5,4) En su anonadamiento infinito Él mismo se ha hecho viña; se ha convertido en la verdadera vid (Jn 15,1ss), de la que nosotros somos los sarmientos: se ha unido a nosotros como la viña está unida a sus sarmientos. El Padre que es el viñador, continúa su obra de amor con nosotros, para que llevemos frutos y pacientemente espera; Él poda, cultiva, pero luego nos envía a trabajar a recoger los frutos para ofrecérselos. Somos enviados a su pueblo, a sus hijos: no nos podemos echar para atrás, porque estamos hechos para esto: para que vayamos y llevemos fruto y nuestro fruto permanezca (Jn 15,16). Señor, vuélvete: mira desde el cielo y ve y visita tu viña (Salmo 79,15).

La promesa: un denario

El dueño de la viña establece como recompensa del trabajo de la jornada un denario; una buena suma, que permitía vivir desahogadamente. Más o menos corresponde al dracma pactado del viejo Tobías con el acompañante del hijo hacia la Media (Tb 5,15).

Pero en el relato evangélico este denario viene llamado enseguida con otro nombre por el dueño; dice de hecho: “os daré lo que es justo” (v.4). Nuestra herencia, nuestro salario es el justo, el bueno: el Señor Jesús. Él, en efecto, no da, no promete otra cosa que a sí mismo. Nuestra recompensa está en los cielos (Mt 5,12), junto a nuestro Padre (Mt 6,1). No es el denario que se utilizaba para pagar el tributo a los romanos, sobre el que estaba la imagen y la inscripción del rey Tiberio César (Mt 22,20), sino que es el rostro de Jesús, su nombre, su presencia. Él nos dice: “Yo estaré con vosotros no sólo hoy, sino todos los días hasta el fin del mundo; Yo mismo seré tu recompensa”.

El texto ofrece a nuestra vida una energía muy fuerte, que sale de los verbos “enviar”, mandar” y “andar” repetido dos veces; todos se refieren a nosotros, nos llaman, nos ponen en movimiento. Es el Señor Jesús el que envía, haciendo de nosotros apóstoles: “He aquí que yo os envío” (Mt 10,16). Cada día Él nos llama para su misión y repite sobre nosotros aquello de “¡Andad!” y nuestra felicidad precisamente está escondida aquí, en la realización de estas palabras suyas. Andar donde Él nos manda, en el modo que Él lo indica, hacia la realidad y las personas que Él nos pone delante.

La murmuración y el refunfuño

Palabras importantísimas, verdaderas y muy presentes en nuestra vida de cada día; no podemos negarlo: habitan en nuestro corazón, en nuestros pensamientos y a veces nos atormentan, nos desfiguran, nos cansan profundamente, nos alejan de nosotros mismos, de los otros, del Señor. Sí, en medio de aquellos trabajadores que se lamentan y refunfuñan, murmurando contra el dueño, también estamos nosotros. El rumor de la murmuración viene de muy lejos, pero de todos modos, consigue anidarse en el corazón. Israel en el desierto ha murmurado duramente contra el Señor y nosotros hemos recibido en herencia aquellos pensamientos y palabras: “El Señor nos odia, por esto nos ha hecho salir del país de Egipto para ponernos en manos del Amorreo y para destruirnos” (Dt 1,27) y dudamos de su capacidad de alimentarnos, de llevarnos hacia delante, de protegernos. “¿Quizás puede el Señor prepararnos una mesa en el desierto? (Salmo 77,19) Murmurar significa no escuchar la voz del Señor, no creer más en su amor por nosotros. Entonces nos escandalizamos, nos irritamos fuertemente contra el Señor misericordioso y nos indignamos contra su manera de obrar y queremos cambiarlo, recomponerlo según nuestros esquemas: ¡Se ha alojado en casa de un pecador! ¡Come y bebe con pecadores! (Lc 5,30; 15,2; 19, 7). Si escuchamos bien, éstas son las murmuraciones secretas de nuestro corazón. ¿Cómo curarlas? San Pedro sugiere este vía: “Practicad la hospitalidad los unos con los otros, sin murmurar” (1 Pet 4,9); sólo la hospitalidad, o sea, la acogida puede, poco a poco, cambiar nuestro corazón y hacerlo receptivo, capaz de llevar dentro de sí a las personas, situaciones, realidades que encontramos en nuestra vida. “Acogeos” dice la Escritura. Así es: debemos aprender a acoger ante todo a Jesús, como Él es, con su modo de amar, de permanecer, de hablarnos y cambiarnos, de esperarnos y atraernos. Acogerlo es acoger al que está al lado, al que nos viene al encuentro, sólo este movimiento puede romper la dureza de la murmuración.

La murmuración nace de la envidia, de nuestro ojo malo, como dice el dueño de la viña, el mismo Jesús. Él sabe mirarnos dentro, sabe penetrar nuestra mirada y llegar al corazón, al alma. Él sabe como somos, nos conoce, nos ama y por el amor por el que Él saca de nosotros todo mal, quita el velo de nuestro ojo malo, nos ayuda a tomar conciencia de cómo somos, de lo que vive dentro. En el momento en el que dice: “¿Acaso tu ojo es malo?”, como está haciendo hoy, en este evangelio, Él nos cura, toma el ungüento y lo unta, toma el fango hecho con su saliva y unge nuestros ojos hasta lo íntimo.

Señor, te ruego: haz que yo vea: Con ojos buenos, sin envidia, con la acogida, sin murmurar.

6. Un momento de oración: Salmo 136

Rit. ¡Infinito es tu amor por nosotros!

¡Aleluya!¡Dad gracias a Yahvé, porque es bueno,
porque es eterno su amor!
Dad gracias al Dios de los dioses,
porque es eterno su amor;
dad gracias al Señor de los señores,
porque es eterno su amor.
Al único que ha hecho maravillas,
porque es eterno su amor.

Al que hirió en sus primogénitos a Egipto,
porque es eterno su amor;
y sacó a Israel de entre ellos,
porque es eterno su amor;
con mano fuerte y tenso brazo,
porque es eterno su amor.
Al que partió en dos el mar de los Juncos,
porque es eterno su amor;
e hizo pasar por medio a Israel,
porque es eterno su amor;
y hundió en él al faraón con sus huestes,
porque es eterno su amor.
Al que guió a su pueblo en el desierto,
porque es eterno su amor.

Al que se acordó de nosotros humillados,
porque es eterno su amor;
y nos libró de nuestros adversarios,
porque es eterno su amor.
Al que da pan a todo viviente,
porque es eterno su amor.
¡Dad gracias al Dios de los cielos,
porque es eterno su amor!

7. Oración final

Gracias, Señor, por haberme revelado tu Hijo, y haberme hecho entrar en su heredad, en su viña. Tú me has hecho sarmiento, me has hecho uva: sólo me queda permanecer, permanecer en ti y dejarme prender, como fruto bueno, maduro, para ser puesto en la prensa. Si, Señor, lo sé: éste es el camino. No tengo miedo porque tú estás conmigo. Yo sé que el único camino de la felicidad es el darme a ti. A los hermanos. Que yo sea sarmiento, que yo sea uva buena, para ser exprimida, como tú quieras. Amén.

El terrateniente cabrón y la alternativa de Pablo

Nota: De los numerosos insultos que enriquecen la lengua castellana, “cabrón” es el único tomado de la Biblia (Ezequiel). Por consiguiente, nadie debe escandalizarse de que lo use, aunque tampoco es preciso que añada: “Palabra de Dios”.

Durante el período de formación de los discípulos, tal como lo cuenta el evangelio de Mateo, Jesús parece disfrutar desconcertándolos con sus ideas sobre el matrimonio, la importancia de los niños, la riqueza. Pero el punto culminante del desconcierto lo constituye esta parábola sobre el pago por el trabajo realizado (Mt 20,1-16).

El protagonista es un terrateniente con capacidad para contratar a gran número de obreros. No es un señorito que se dedica a disfrutar de los productos del campo. Al amanecer ya está levantado, en la plaza del pueblo, contratando por el jornal habitual de la época: un denario. Y tres veces más, a las 9 de la mañana, a las 12, incluso a las 5 de la tarde, vuelve del campo al pueblo en busca de más mano de obra. A estos no les dice cuánto les pagará. Pero les da lo mismo. Algo es algo.

Hasta ahora todo va bien. Un propietario rico, preocupado por su finca, atento todo el día a que rinda el máximo. Se intuye también un aspecto más positivo y social: le preocupa el paro, el que haya gente que termine el día sin nada que llevar a su casa.

Pero este personaje tan digno se comporta al final como un cabrón. Al atardecer, cuando llega el momento de pagar, ordena al administrador que empiece por los últimos, no por los primeros. Cuando aquellos, sorprendidos, reciben un denario por una sola hora de trabajo, los demás, especialmente los de las 6 de la mañana, alientan la esperanza de recibir un salario mucho más elevado. Con gran indignación de su parte, reciben lo mismo. Es lógico que protesten.

¿Por qué no empezó el propietario por los primeros, los dejó marcharse, y luego pagó un denario a los otros sin que nadie se enterase? ¿Por qué quiso provocar la protesta? Porque sin el escándalo y la indignación no caeríamos en la cuenta de la enseñanza de la parábola.

¿Cabrón o bueno?

Los jornaleros de la primera hora plantean el problema a nivel de justicia. En cambio, el terrateniente lo plantea a nivel de bondad. Él no ha cometido ninguna injusticia, ha pagado lo acordado. Si paga lo mismo a los de la última hora es por bondad, porque sabe que necesitan el denario para vivir, aunque muchos de ellos sean vagos e irresponsables.

¿Quiénes son los de las 6 de la mañana y los de las 5 de la tarde?

En la comunidad de Mateo, formada por cristianos procedentes del judaísmo y del mundo pagano, predicar que Dios iba a recompensar igual a unos que a otros podía levantar ampollas. El judío se sentía superior a nivel religioso: su compromiso con Dios se remontaba a siglos antes, a Moisés; llevaba el sello de la alianza en su carne, la circuncisión; había cumplido los mandatos y decretos del Señor; no habían faltado un sábado a la sinagoga. ¿Cómo iban a pagarles lo mismo a estos paganos recién convertidos, que habían pasado gran parte de su vida sin preocuparse de Dios ni del prójimo? Usando unas palabras del profeta Daniel, ¿cómo iban a brillar en el firmamento futuro igual que ellos? En este planteamiento se comprende el reproche que les hace el propietario (Dios): vuestro problema no es la justicia sino la envidia, os molesta que yo sea bueno.

Desde la época de Mateo han pasado veinte siglos; la interpretación anterior ya no resulta actual y podemos sustituirla por otra: los cristianos que han cumplido desde niños la voluntad de Dios, no han faltado un domingo a misa, colaboran en la parroquia, ayudan en Caritas, se enteran de que Dios va a compensarlos a ellos igual que a gente que solo pisa la iglesia para entierros y bodas, y que interpretan la moral de la Iglesia según les convenga. A algunos de ellos puede parecerles una gran injusticia. Dios no lo ve así, porque piensa recompensarles como se merecen. Si da lo mismo a los otros no es por justicia, sino por bondad.

¿No es de hipócritas indignarse?

Si alguno se sigue indignando con la actitud de Dios, debería preguntarse si es hipócrita o tonto. En el fondo, el que se indigna es porque piensa que lleva trabajando desde las 6 de la mañana, que lo ha hecho todo bien y merece una mayor recompensa de parte de Dios. Si examina detenidamente su vida, quizá advierta que empezó a trabajar a las 11 de la mañana, y que se ha sentado a descansar en cuanto pensaba que el capataz no lo veía. A buen entendedor, pocas palabras.

En cambio, el que es consciente de haber rendido poco en su vida, de no haberse comportado en muchos momentos como debiera, de haber empezado a trabajar a las 5 de la tarde, se sentirá animado con esta parábola.

Las cinco de la tarde

Cabe el peligro de interpretar lo anterior como “Dios es muy bueno y podemos dedicarnos a la gran vida”. La invitación a ir a trabajar a las 5 de la tarde, aunque sólo sea una hora, es un toque de atención. No se trata de seguir vagueando irresponsablemente. Siempre hay tiempo para echar una mano al propietario de la finca.

Este es el tema de la 1ª lectura, tomada de Isaías 55,6-9, que usa un lenguaje mucho más severo. No habla de desocupados sino de malvados y criminales. Pero los exhorta a regresar al Señor, que “tendrá piedad” porque “es rico en perdón”. En el evangelio, con fuerte contraste, no son malvados y criminales los que van en busca de Dios; es el mismo Dios quien sale al encuentro, cuatro veces al día, de todas las personas que necesitan de su ayuda.

Tanto el evangelio como Isaías coinciden en afirmar, cada uno a su estilo, que los planes y los caminos de Dios son muy distintos y más elevados que los nuestros.

La alternativa de Pablo y la pandemia (Fil 1,20c.24.27a)

Igual que el domingo pasado, la segunda lectura no tiene relación con el evangelio, pero sí mucha con la realidad actual del coronavirus. Pablo está en la cárcel, y no sabe si saldrá absuelto o lo condenarán a muerte. Para nosotros, la elección sería clara: absolución. Pablo ve las cosas de otro modo: la absolución le permitiría seguir trabajando por sus cristianos y por la extensión del evangelio; pero la muerte le permitiría «estar con Cristo, que es con mucho lo mejor». En esta alternativa, no sabe qué escoger.

Lo absolverán, y continuará su obra unos años más, hasta que la muerte le permita estar con Cristo. En esta época en que solo se habla de la muerte como fría estadística o tragedia personal y familiar, Pablo nos recuerda a los cristianos que la muerte es el paso a disfrutar eternamente de la compañía del Señor.

 

José Luis Sicre

La justicia social del Señor

1.- Parece sorprendente la actitud del propietario de la viña en su sistema de remuneraciones. Cualquier sindicalista afearía esa práctica. Y, sin embargo, la explicación dada por el mismo al final del relato del capítulo 20 de Mateo es totalmente lógica. Dice: «Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?» Ha cumplido las condiciones contractuales a pagar a cada uno de los obreros lo estipulado, pero parece que hay una gran injusticia al pagar lo mismo a quienes han pasado mucho más tiempo trabajando. Pero no es así. Jesús hace una advertencia al pueblo judío señalando que no tiene la exclusiva de la paga divina porque haya llegado antes al conocimiento de Dios Padre y que los gentiles recibirán el mismo premio aunque se incorporen a la gracia mucho más tarde. Sin duda, era lo que iba a pasar: la mayoría de los hermanos de raza y de religión de Jesús le dieron la espalda, le detuvieron y lo mataron y la gran siembra se hizo fuera del espacio judío. Los nuevos creyentes también iban a ser herederos de las promesas que Dios hizo en el Sinaí. La Iglesia se iba a constituir en el pueblo elegido.

2.- La parábola es especialmente útil para los tiempos actuales. Hay muchos creyentes «de larga duración» que se creen con todos los derechos habidos y por haber. Buscan un premio permanente a su fidelidad y pretenden ser los primeros. La verdad es que habría que tener en cuenta los méritos de toda una vida dedicada al seguimiento de Cristo. Y hay hermanos verdaderamente ejemplares en ese camino. Pero son ellos precisamente los que también han de ejercer la máxima humildad y ponerse en el último lugar de la lista de retribuciones. No es fácil desprenderse de una cierta complacencia ante la satisfacción del deber cumplido. Y, sin embargo, no es lo que nos pide Cristo. Guarda, sin duda, relación el evangelio de hoy con la doctrina de la conversión de los pecadores. Aun convertidos en el mismo momento tendrán la misma paga que los fieles de «toda la vida». La gracia de Jesucristo les llevará a la vida eterna. Y, en este caso lo que dice Jesús respecto a las retribuciones es perfectamente aplicable. Va a dar a sus hijos fieles de siempre lo que les prometió, sin restarles ni un céntimo, ni un gramo: la salvación. La única receta posible para no caer en pecados de superioridad respecto a los recién llegados a la gracia está en la última frase: «Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos».

4.- Habría que tener en cuenta que los planes de Dios no pueden ser comprendidos con exactitud por el género humano. Serían los famosos «renglones torcidos de Dios». Porque el hombre, muchas veces, se queda perplejo ante lo que le ocurre. Y va a necesitar mucho más tiempo y más acontecimientos para alcanzar el epilogo verdadero de mucho de lo que le ocurre. Ahí estriba la dificultad para comprender la «justicia social» desplegada por el Señor en su oficio de Dueño de la Viña. Y es que nosotros solo podemos desplegar ante El nuestra humildad, acompañada de la paciencia. Una confianza absoluta en Dios y mucho amor por nuestros hermanos –por todos– nos facilitará el camino de unión con Dios y, probablemente, menos un examen minucioso de lo que está ocurriendo. El Profeta Isaías nos da hoy pauta de esa diferencia. El oráculo del Señor –la voz de Dios– nos dice que los caminos son diferentes y que el cielo está en otra dimensión que la tierra. El descubrimiento pacifico de nuestra pequeñez frente a la grandeza de Dios es lo que nos ayudará a comprender las diferencias que existen entre los caminos divinos y los nuestros.

5.- En este domingo vigésimo quinto del Tiempo Ordinario se inicia la lectura de cuatro pasajes de la Carta de San Pablo dirigida a los filipenses. Filipos era una ciudad importante y tenía también una numerosa Iglesia. Pablo escribe desde su prisión de, probablemente, Roma. La precariedad de su situación no le produce desesperanza, si no una gran alegría. Si muere sabe que se reunirá con Cristo, pero si no muere podrá encargarse de la cura espiritual de quienes él mismo ha llevado al conocimiento del Evangelio de Jesús. «Me encuentro –dice San Pablo– en ese dilema: por un lado, deseo partir para estar con Cristo, que es con mucho lo mejor; pero, por otro, quedarme en esta vida veo que es más necesario para vosotros». Pero a la postre va a declarar que dicha alternativa tiene menos importancia que la necesaria vida digna que deben llevar los fieles de Filipo. Pablo acepta los planes de Dios y aunque su inteligencia analiza bien las opciones que tiene, deja en manos del Señor lo que tenga que ocurrir. Y esa confianza en el Señor toma mayor relevancia si consideramos que San Pablo vive la incertidumbre personal que produce el hecho de estar encarcelado.

6.- Es buena tarea meditar durante toda esta semana sobre la necesaria aceptación de los caminos de Dios. No se trata, tal vez, de ejercitar la llamada «fe del carbonero». Y si entender, como Pablo, que el conocimiento del tiempo y del espacio está en manos de Dios. El tiene todos los datos de nuestra historia. Nosotros, no. En cualquier camino asumido habrá que buscar, sobre todo, la salvación de los hermanos y mucho menos el premio que, sin duda, nos podemos merecer. Eso solo queda en manos de Dios. Por eso hemos de meditar con humildad y alegría muchas de las cosas que nos ocurren, las cuales, probablemente, no tienen lógica aparente dentro de nuestra valoración humana. ¿Y si nosotros, por fin recibimos nuestro denario, qué nos importan los premios de los demás? El denario es la gracia y la salvación del Señor. Ya es mucho.

Ángel Gómez Escorial

Cambio de planes

A la mayoría nos fastidia mucho que nos cambien los planes. Quien más quien menos tiene su agenda, sus proyectos a medio y largo plazo, hemos organizado las cosas, cómo, cuándo, dónde… y de repente algo o alguien interfiere y echa por tierra todo lo que habíamos planificado, y nos cuesta volver a reajustar todos nuestros planes. Esto lo hemos sufrido a nivel mundial con la pandemia del coronavirus, que ha supuesto un vuelco completo a todos los planes y proyectos que las naciones y sus habitantes tenían previstos y que ha afectado desde lo más cotidiano hasta toda la organización económica, social, laboral, política, sanitaria, educativa…                       

Por eso, en este domingo suenan de un modo especial las palabras que hemos escuchado en la 1ª lectura: Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos. Parece como si Dios, de repente, nos cambiase los planes. Y una primera reacción, muy humana y comprensible, es sentirnos contrariados. En la oración le preguntamos por qué, qué falta hacía que se desencadenase esta crisis. Vemos las repercusiones que este “cambio de planes” está teniendo sobre todo para algunas personas, y lógicamente nos duele, y no lo entendemos y protestamos, como los jornaleros de primera hora en la parábola del Evangelio, que no entendían el proceder del amo de la viña.

Pero no es que Dios haya querido cambiarnos los planes. Es cierto que no podemos llegar a comprender todo lo que concierne al plan de Dios, pero la Palabra de Dios en este domingo nos invita a ir más allá de una mirada puramente humana, que siempre es limitada, “estrecha” y a veces mezquina, como la de esos jornaleros, mientras que Dios nos está llamando a ampliar nuestra mirada, nuestros horizontes desde Él, por eso también ha dicho: Buscad al Señor mientras se le encuentra, invocadlo mientras está cerca… Como el cielo es más alto que la tierra, mis caminos son más altos que los vuestros, mis planes, que vuestros planes.

En este sentido el Papa Francisco ha dicho recientemente: “a menudo acudimos a Él sólo en momentos de necesidad, a pedir ayuda. Pero Dios ve más allá y nos invita a ir más lejos, a buscar no sólo sus dones, sino a buscarle a Él, que es el Señor de todos los dones; a confiarle no sólo los problemas, sino a poner en sus manos la vida” (Ángelus 29 junio 2020). Hoy, en este cambio de planes que estamos viviendo, el Señor nos llama a buscarle, a confiar en Él, a poner en sus manos nuestra vida y nuestros trabajos. Y un modo de hacerlo es con la oración del Padre Nuestro, cuando decimos: “Hágase tu voluntad”.

Algunos pueden entender estas palabras como resignación ante las circunstancias adversas pensando “Dios lo quiere así”, pero no es éste el sentido que tienen, como ha recordado el Papa Francisco: “Rezando «hágase tu voluntad», no estamos invitados a bajar servilmente la cabeza, como si fuéramos esclavos. ¡No! Dios nos quiere libres; y es su amor el que nos libera. El Padre Nuestro es la oración de los hijos, no de los esclavos; de los hijos que conocen el corazón de su padre y están seguros de su plan de amor. Es una oración llena de ardiente confianza en Dios que quiere el bien para nosotros, la vida, la salvación. Una oración valiente, incluso combativa, porque en el mundo hay muchas, demasiadas realidades que no obedecen al plan de Dios”. (Audiencia 20 marzo 19)

Quizá este “cambio de planes” que estamos viviendo sea la ocasión de darnos cuenta de que “nuestros planes”, nuestro estilo de vida insostenible, estaba llevándonos por un camino equivocado y sea ahora el momento de acoger el plan de Dios, de decidirnos a que de verdad “se haga su voluntad”.   

Como el propietario de la parábola, Dios sale a buscarnos a todas horas de nuestra vida para que trabajemos en su viña, para que se haga su voluntad, para que seamos colaboradores en su plan de salvación, que es mucho más alto que todos nuestros planes. Aunque a veces nos parezca que Él ha cambiado nuestros planes, aunque no lleguemos a comprender su proceder, no nos sintamos contrariados porque “no hay nada al azar en la fe de los cristianos: en cambio, hay una salvación que espera manifestarse en la vida de cada hombre y de cada mujer y cumplirse en la eternidad. Tiene sentido obedecer a este Dios y abandonarse a Él incluso en la hora de la prueba más dura. Así fue para Jesús en el Huerto de Getsemaní. Jesús es aplastado por el mal del mundo, pero se abandona confiadamente al océano del amor de la voluntad del Padre. Dios, por amor, puede llevarnos a caminar por senderos difíciles, a experimentar dolorosas heridas y espinas, pero nunca nos abandonará. Estará siempre con nosotros, cerca de nosotros, dentro de nosotros. Para un creyente esto, más que una esperanza, es una certeza. Dios está conmigo”. (Audiencia 20 marzo 19)    

Comentario al evangelio – Domingo XXV de Tiempo Ordinario

Buscad al Señor mientras se deja encontrar


Así de golpe empieza el oráculo de Isaías. Quizá resulte sorprendente que invite al Pueblo de Dios a buscar a Dios, como si se hubieran alejado de él, como si Dios estuviera ausente. Pero es que en las duras circunstancias en que el profeta hace esta llamada, quiere hacerles ver que su «imagen» de Dios, los rasgos que le atribuyen, las expectativas que de él tienen ni son las más convenientes para salir adelante de su difícil situación en el destierro, ni responden al auténtico rostro de Dios. Por eso su llamada supone una conversión, un cambio de mentalidad, para abrirse al Dios que les quiere acompañar en una renovadora experiencia de Éxodo, de vuelta a su tierra. Los caminos de Dios no son los caminos de su pueblo. Van por distinta autopista.

Me parece oportuno reocger aquí lo que decía San Agustín: “Aquel a quien hay que encontrar está oculto, para que lo busquemos; y es inmenso, para que, después de hallarlo, lo sigamos buscando”.

Nunca podemos decir que «ya hemos encontrado a Dios», que ya le conocemos, que ya sabemos definitivamente su voluntad. Como tampoco podemos decir que «ya tenemos conseguido el amor de alguien» (menos si ese Alguien es Dios). Porque el amor no es una «cosa» que se encarga, se compra o se consigue, se tiene, se posee, se controla… sino algo que hay que sembrar, trabajar y cuidar cada día. Como una viña: al comenzar el día, a media mañana, a media tarde y al anochecer…

Como puede ser engañoso pensar que «ya hemos encontrado el sentido de nuestra vida», porque la vida es algo cambiable e incontrolable, imprevisible, sorprendente, que pide a cada momento que vayamos reorientando, corrigiendo, adaptando, interpretando, discerniendo lo que ella nos va trayendo. El sentido de la vida es algo dinámico, en continuo movimiento. Como la vida misma.

Ni conviene dar por hecho que  «yo me conozco muy bien» y ya no es necesario andar mirándome por dentro, escucharme, sentirme. Hace ya más de veinticinco siglos, Tales de Mileto afirmaba que la cosa más difícil del mundo es conocerse a uno mismo. En el templo de Delfos podía leerse aquella famosa inscripción socrática: «conócete a ti mismo». Hasta el último día de tu vida, hasta el último momento, no podrás decir: me conozco, sé quién soy. Por tanto en tantos aspectos de la vida y en todas nuestras relaciones personales… hay que estar siempre buscando, renovando, adaptando.

Isaías lanzó su reto al Pueblo de Dios, al de entonces y al de ahora: «Buscad al Señor». No asegura que lo encontremos. Pero hay que buscarlo, porque «se deja encontrar».  ¿Tú le buscas? ¿Dónde, cuándo, cómo, y sobre todo con quién? 

Hay quien busca a Dios en la Naturaleza: ante el mar inmenso, en una elevada montaña, en los prados de su pueblo… Hay quien le busca con técnicas de meditación y relajación de todo tipo, practicando el silencio y la contemplación. Hay quien le busca en algunos lugares especiales: una ermita, una determinada capilla, la inmensidad de una catedral, un cierto santuario, un rincón lleno de recuerdos… Hay quien le busca en la belleza y la estética de la música, la danza, la arquitectura, el arte en general. Hay quien le busca en los ritos y ceremonias especiales, donde se cuidan los gestos, los inciensos, el órgano, el coro, la solemnidad… Hay quien le busca en los libros de teología, meditación o devocionales. También la Ciencia ha sido un camino de búsqueda para algunos… 

Pero ninguno de ellos «garantiza» la experiencia de Dios, el encuentro con el auténtico rostro de Dios. 

Además, para el cristiano es muy relevante «buscar con otros». «Buscad», no simplemente «busca». Es un rasgo seguro del rostro de Dios su opción y su progresiva revelación por medio de un pueblo, de una comunidad, de una Iglesia. La fe cristiana es comunitaria: nos llega por medio de otros, madura con otros, se mantiene viva compartida con otros. Y también nos ayuda a purificar nuestras obsesiones, limitaciones y bloqueos en esa búsqueda. 

Por otra parte, San Agustín, por propia experiencia, afirma que aun encontrando, no se termina la búsqueda. Porque nosotros cambianos, porque la vida cambia, porque la sociedad cambia. Es el Dios que se esconde para que le sigamos buscando; es el Dios que no nos quiere acomodados. Es el Dios siempre nuevo y sorprendente, distinto al de ayer, porque nuestro hoy y lo que yo soy hoy… no es como ayer. Se oculta para que lo busquemos. La tarea del hombre es buscar y buscar siempre … Cuando dejamos de buscar… empezamos a morir.

Pero si los caminos de Dios no son nuestros caminos, puede ocurrir que por donde caminamos pretendiendo encontrarlo… no es el mismo camino porque el que anda Dios. Hay estilos de vida, actitudes, costumbres, ideas, ideologías que bloquean, impiden el encuentro con Dios.  El individualismo, el egoísmo, la falta de compromiso por construir un mundo más justo, menos contaminado, más fraterno; la superficialidad, la falta de silencio, el no saber valorar y agradecer… Al Dios de Jesús se le encuentra entre los débiles, los pobres, los necesitados, los marginados… y no en lugares (o grupos) cómodos, seguros, protegidos, ala defensiva… Lo diremos mejor con las mismas palabras de San Pablo:  «Lo importante es que vosotros llevéis una vida digna del Evangelio de Cristo». 

El contexto de esta frase importa, para comprender su significado. Pablo se encuentra en la cárcel, cansado, le empiezan a pesar los años, y su «cuerpo» le pide ya dejar la tarea apostólica y prepararse para el encuentro definitivo con el Señor. Es lo que más le apetece. Aunque depende en buena medida del juez que lo libere o le condene. Pues bien, en ese contexto no «elige» lo que le pide el cuerpo, sino que Cristo sea glorificado, pase lo que pase. El dilema entre su propio bienestar y el servicio a las comunidades cristianas a las que tiene que seguir educando y acompañando, se resuelve por lo segundo: quedarse con ellos y seguir. «Para mí vivir es Cristo», podríamos traducirlo también: «para mí vivir es entregarme a vosotros como hizo Cristo«. Ya se nota que conocía bien a su Señor. Y una vida digna del Evangelio de Cristo es aquella en que nos convertimos en Buena Noticia (Evangelio) con nuestra entrega diaria hasta el final.

La parábola del Evangelio nos aporta algunas luces importantes para conocer y experimentar al Dios que buscamos:

+ Primero: que es más bien el propio Dios quien sale a buscarnos. Quiero contar con nosotros. Me busca él. Y es él quien decide a qué hora me llama.

+ Segundo: nos invita a trabajar en su viña (el mundo, el Reino). Esta viña tiene que ser importante para nosotros. Para aquellos trabajadores de las primeras horas, la viña no importaba nada: les importaba «lo suyo». Y se sentían con más derechos que los demás. 

+ Tercero: conviene ser conscientes de quién nos llama, y procurar sintonizar y vibrar con él, con su sorprendente rostro, con su preocupación de que a nadie le falte lo necesario, aunque haya trabajado poco. Trabajar para quien nos ha invitado a su viña significa dejarse transformar por él, parecerse a él. Siempre me ha estremecido esta oración de Claret: «Guárdame, no sea que anunciando a otros el Evangelio, quede yo excluido del Reino». En otra de sus parábolas Jesús afirma que los trabajadores… acabaron expulsados de su viña. 

Cuando olvidamos todo esto… estamos presentando un falso rostro de Dios. Y se hará expecialmente urgente «salir a buscarlo».

Busquemos. Juntos. Contamos con la ayuda del Espíritu de Dios. Dejemos que Dios nos busque y vayamos a su viña.

Enrique Martínez de la Lama-Noriega, cmf

Imagen de José María Morillo