Cambio de planes

A la mayoría nos fastidia mucho que nos cambien los planes. Quien más quien menos tiene su agenda, sus proyectos a medio y largo plazo, hemos organizado las cosas, cómo, cuándo, dónde… y de repente algo o alguien interfiere y echa por tierra todo lo que habíamos planificado, y nos cuesta volver a reajustar todos nuestros planes. Esto lo hemos sufrido a nivel mundial con la pandemia del coronavirus, que ha supuesto un vuelco completo a todos los planes y proyectos que las naciones y sus habitantes tenían previstos y que ha afectado desde lo más cotidiano hasta toda la organización económica, social, laboral, política, sanitaria, educativa…                       

Por eso, en este domingo suenan de un modo especial las palabras que hemos escuchado en la 1ª lectura: Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos. Parece como si Dios, de repente, nos cambiase los planes. Y una primera reacción, muy humana y comprensible, es sentirnos contrariados. En la oración le preguntamos por qué, qué falta hacía que se desencadenase esta crisis. Vemos las repercusiones que este “cambio de planes” está teniendo sobre todo para algunas personas, y lógicamente nos duele, y no lo entendemos y protestamos, como los jornaleros de primera hora en la parábola del Evangelio, que no entendían el proceder del amo de la viña.

Pero no es que Dios haya querido cambiarnos los planes. Es cierto que no podemos llegar a comprender todo lo que concierne al plan de Dios, pero la Palabra de Dios en este domingo nos invita a ir más allá de una mirada puramente humana, que siempre es limitada, “estrecha” y a veces mezquina, como la de esos jornaleros, mientras que Dios nos está llamando a ampliar nuestra mirada, nuestros horizontes desde Él, por eso también ha dicho: Buscad al Señor mientras se le encuentra, invocadlo mientras está cerca… Como el cielo es más alto que la tierra, mis caminos son más altos que los vuestros, mis planes, que vuestros planes.

En este sentido el Papa Francisco ha dicho recientemente: “a menudo acudimos a Él sólo en momentos de necesidad, a pedir ayuda. Pero Dios ve más allá y nos invita a ir más lejos, a buscar no sólo sus dones, sino a buscarle a Él, que es el Señor de todos los dones; a confiarle no sólo los problemas, sino a poner en sus manos la vida” (Ángelus 29 junio 2020). Hoy, en este cambio de planes que estamos viviendo, el Señor nos llama a buscarle, a confiar en Él, a poner en sus manos nuestra vida y nuestros trabajos. Y un modo de hacerlo es con la oración del Padre Nuestro, cuando decimos: “Hágase tu voluntad”.

Algunos pueden entender estas palabras como resignación ante las circunstancias adversas pensando “Dios lo quiere así”, pero no es éste el sentido que tienen, como ha recordado el Papa Francisco: “Rezando «hágase tu voluntad», no estamos invitados a bajar servilmente la cabeza, como si fuéramos esclavos. ¡No! Dios nos quiere libres; y es su amor el que nos libera. El Padre Nuestro es la oración de los hijos, no de los esclavos; de los hijos que conocen el corazón de su padre y están seguros de su plan de amor. Es una oración llena de ardiente confianza en Dios que quiere el bien para nosotros, la vida, la salvación. Una oración valiente, incluso combativa, porque en el mundo hay muchas, demasiadas realidades que no obedecen al plan de Dios”. (Audiencia 20 marzo 19)

Quizá este “cambio de planes” que estamos viviendo sea la ocasión de darnos cuenta de que “nuestros planes”, nuestro estilo de vida insostenible, estaba llevándonos por un camino equivocado y sea ahora el momento de acoger el plan de Dios, de decidirnos a que de verdad “se haga su voluntad”.   

Como el propietario de la parábola, Dios sale a buscarnos a todas horas de nuestra vida para que trabajemos en su viña, para que se haga su voluntad, para que seamos colaboradores en su plan de salvación, que es mucho más alto que todos nuestros planes. Aunque a veces nos parezca que Él ha cambiado nuestros planes, aunque no lleguemos a comprender su proceder, no nos sintamos contrariados porque “no hay nada al azar en la fe de los cristianos: en cambio, hay una salvación que espera manifestarse en la vida de cada hombre y de cada mujer y cumplirse en la eternidad. Tiene sentido obedecer a este Dios y abandonarse a Él incluso en la hora de la prueba más dura. Así fue para Jesús en el Huerto de Getsemaní. Jesús es aplastado por el mal del mundo, pero se abandona confiadamente al océano del amor de la voluntad del Padre. Dios, por amor, puede llevarnos a caminar por senderos difíciles, a experimentar dolorosas heridas y espinas, pero nunca nos abandonará. Estará siempre con nosotros, cerca de nosotros, dentro de nosotros. Para un creyente esto, más que una esperanza, es una certeza. Dios está conmigo”. (Audiencia 20 marzo 19)