La Vida de Jesús – Fco. Fernández-Carvajal

2.- EL HOMBRE DE LA MANO SECA. AGLOMERACIONES JUNTO AL MAR

Mt 12, 9-21; Mc 3, 1-12; Lc 6, 17-19

Otro sábado entró Jesús en una sinagoga. Se encontraba allí un hombre con una mano seca. San Lucas nos indica que era la derecha. Y todos le observaban de cerca por si lo curaba en sábado, para acusarle (Mt). No les interesaba mucho la curación en sí, sino la posible falta contra el descanso sabático.

Jesús dijo entonces a este hombre: Levántate y ponte en medio. Y se levantó y se puso en medio (Lc). El Señor preguntó a todos: ¿Es lícito curar en sábado? ¿Se puede hacer el bien, aunque por ello no se viva alguna de las prescripciones acerca del descanso? Y les propone algo de sentido común: ¿Quién de vosotros, si tiene una oveja y se le cae en día de sábado dentro de un hoyo, no la agarra y la saca? Y determina con toda claridad: por tanto, es lícito hacer el bien en sábado (Mt). El Señor debió de pronunciar estas palabras con mucha fuerza, porque a continuación, nos ha dejado escrito san Marcos, les dirigió una mirada airada. Y quedó entristecido por la ceguera de sus corazones. Todos pudieron darse cuenta de esta tristeza de Jesús y de la fuerza de su mirada. Esta es la única vez que los evangelistas aluden a la indignación en la mirada del Señor. Dijo entonces a aquel hombre: Extiende tu mano. Lo hizo y quedó curada.

Este hombre confió en el Señor y dejó a un lado su experiencia negativa anterior, que le hablaba de su incapacidad para mover la mano, y pudo extenderla ahora con soltura. Todo es posible con Jesús. La fe permite lograr metas que antes habrían parecido verdaderos imposibles, resolver viejos problemas personales insolubles…

La reacción ante el milagro fue sorprendente. Nos dice san Mateo que al salir tuvieron consejo contra Él para ver cómo perderle.

Los fariseos observaban cómo Jesús era muy superior a ellos: su doctrina tenía fuerza, su Persona era atrayente para todos, podía hacer milagros cuando lo deseaba… También comprobaban que la hondura de sus enseñanzas los dejaba empequeñecidos ante el pueblo y ante ellos mismos.

Los fariseos no poseían el sacerdocio ni tenían a su cargo el culto y los sacrificios del Templo; de esto se encargaban los saduceos. Sin embargo, dominaban en las sinagogas, que se encontraban en las principales ciudades y pueblos. Toda la vida religiosa estaba muy influida por ellos; después de la destrucción del Templo, solo los fariseos la conservaron[1]. Eran respetados por el pueblo, y ellos fomentaban este respeto (alargan sus filacterias… gustan de ser llamados rabí).

Su norma de vida era hacer la voluntad de Dios. Y para conocerla aceptaban no solo la Escritura, sino también los escritos de los comentaristas, los escribas. En estos escritos veían una continuación de las enseñanzas de Dios a los hombres. Por eso se sentían respaldados por una especial autoridad divina. Estas interpretaciones de los escribas daban al fariseísmo su sello especial.

Se explica bien que los grupos más religiosos e ilustrados del pueblo judío se situaran enfrente de Jesús. Despreocupados en conocer quién era Dios en sí mismo, a los escribas y fariseos no les quedaba otro camino que fijar su atención en los mandamientos y en reglas y deberes de los hombres hacia Él. Esto significaba más y más minuciosas regulaciones rituales y ceremoniales. Convertían los medios en fines en sí mismos.

De un modo creciente se fue perfilando la idea de que el Señor se hacía igual a Dios. Ya le habían visto perdonar pecados, y un poco más tarde le oirían decir: Yo y el Padre somos uno. No encontraban otro camino: o se convertían a Él o debían hacerle desaparecer. Realmente no había más opción. Algunos fariseos principales se convirtieron.

Después de la curación del hombre de la mano seca, se reunieron los fariseos con los herodianos. Estamos en territorio de Herodes, y estos amigos del partido del rey eran necesarios para acabar con Jesús. Los herodianos no eran un grupo religioso, como los fariseos o los saduceos; eran un partido que quería un Israel bajo el cetro de Herodes y en buena amistad con los romanos.

Al ver el peligro que corría, Jesús con sus discípulos se alejó hacia el mar (Mc).

Jesús se enteró de esta asechanza que tramaban los judíos contra Él y se alejó de allí (Mt), sin duda de los núcleos de más población; se aleja de un peligro real. Se retira también de las sinagogas; en ellas se había manifestado con palabras y obras, pero encontró siempre mucha oposición. Al aire libre parece hallarse mejor. San Marcos hace esta observación llena de los recuerdos de Pedro: Jesús se alejó con sus discípulos del lado del mar. Designa los lugares familiares que Jesús frecuentaba y se sabía de memoria. Se trata del mar de Galilea, donde muchos de sus amigos son pescadores.

A pesar de todo, le siguieron muchos, dice san Mateo. Entre ellos, según san Lucas, un grupo numeroso de sus discípulos y también una gran multitud de gente. La estación era agradable (nos encontramos en los meses posteriores a la Pascua), los caminos estaban transitables y el lago, fácil de atravesar. Jesús es conocido ya en todo el país. Acudió a Él una gran muchedumbre de Galilea y de Judea; también de Jerusalén, de Idumea, de más allá del Jordán, y de los alrededores de Tiro y de Sidón, vino hacia él una gran multitud al oír las cosas que hacía (Mc). Todo el mundo manifestaba de dónde venía, y a los discípulos no les fue difícil enterarse de que había gentes de todas partes. Lo comentarían con Jesús.

Mateo enumera detalladamente, por orden geográfico, los pueblos que se apiñan en torno a Jesús: Le seguían grandes multitudes de Galilea y de la Decápolis, los dos países más próximos, y de Jerusalén y de Judea, y también del otro lado del Jordán, donde vivían todavía muchos israelitas.

Lucas, menos preocupado por la geografía, resume y simplifica la situación escribiendo que había gentes venidas de toda Judea y de Jerusalén y hasta del litoral de Tiro y de Sidón. Ninguno de los tres evangelistas hace mención de Samaria. Tal vez no acudían a Galilea por las malas relaciones con los judíos.

Le traen de lejos a familiares y amigos con todo tipo de miserias y enfermedades. Mateo nos ha dejado un resumen: y le traían a todos los que se sentían mal, aquejados de diversas enfermedades y dolores, a los endemoniados, lunáticos y paralíticos, y los curaba. San Marcos nos dice: sanaba a tantos, que se le echaban encima para tocarle todos los que tenían enfermedades. Y Lucas aclara que toda la multitud intentaba tocarle, porque salía de él una fuerza que sanaba a todos.

Todos estos sucesos podían haber provocado una exaltación turbulenta. Por eso, Jesús les ordenaba que no le descubriesen. Tenía que cumplirse en Él el anuncio profético de Isaías[2] en el que se presentaba al Mesías lleno de misericordia, lejos de superficiales exaltaciones. San Mateo recoge esa profecía:

He aquí a mi Siervo a quien elegí,
mi amado en quien se complace mi alma.
Pondré mi Espíritu sobre él
y anunciará la justicia a las naciones.
No disputará ni vociferará,
nadie oirá sus gritos en las plazas.
No quebrará la caña cascada,
ni apagará la mecha humeante,
hasta que haga triunfar la justicia;
y en su nombre pondrán
su esperanza las naciones.

El Mesías había sido profetizado por Isaías, no como un rey conquistador, sino como alguien que sirve a los demás. Su misión se caracterizará por la mansedumbre, la fidelidad y la misericordia, que describe por medio de dos imágenes bellísimas: la caña cascada y la mecha humeante, que representan las miserias, dolencias y penalidades de la humanidad. No terminará de romper la caña ya cascada; al contrario, se inclina sobre ella, la endereza con sumo cuidado y le da la fortaleza y la vida que le faltan. Tampoco apagará la mecha de una lámpara que parece que se extingue; por el contrario, empleará todos los medios para que vuelva a iluminar con luz clara. Esta era la actitud de Jesús ante estas muchedumbres de todas partes que se le acercaban.


[1] Después de la destrucción del Templo en el año 70 d.C., los saduceos desaparecieron –al no existir el Templo, se acabaron los sacrificios y los sacerdotes que los ofrecían–; además, la humillación nacional que ello supuso no dejó sitio para una clase dominante hábil en pactar con los poderes extranjeros. Después de ser aplastada la rebelión de Bar Kokhba en el año 135, los fariseos fueron los únicos capaces de modelar y reorganizar la vida religiosa de un pueblo destrozado y disperso.

[2] Is 42, 1-4.