Vísperas – Viernes XXV de Tiempo Ordinario

VÍSPERAS

VIERNES XXV TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

En esta tarde, Cristo del Calvario,
vine a rogarte por mi carne enferma;
pero, al verte, mis ojos van y vienen
de tu cuerpo a mi cuerpo con vergüenza.

¿Cómo quejarme de mis pies cansados,
cuando veo los tuyos destrozados?
¿Cómo mostrarte mis manos vacías,
cuando las tuyas están llenas de heridas?

¿Cómo explicarte a ti mi soledad,
cuando en la cruz alzado y solo estás?
¿Cómo explicarte que no tengo amor,
cuando tienes rasgado el corazón?

Ahora ya no me acuerdo de nada,
huyeron de mi todas mis dolencias.
El ímpetu del ruego que traía
se me ahoga en la boca pedigüeña.

Y sólo pido no pedirte nada,
estar aquí, junto a tu imagen muerta,
ir aprendiendo que el dolor es sólo
la llave santa de tu santa puerta. Amén.

SALMO 40: ORACIÓN DE UN ENFERMO

Ant. Sáname, señor, porque he pecado contra ti.

Dichoso el que cuida del pobre y desvalido;
en el día aciago lo pondrá a salvo el Señor.

El Señor lo guarda y lo conserva en vida,
para que sea dichoso en la tierra,
y no lo entrega a la saña de sus enemigos.

El Señor lo sostendrá en el lecho del dolor,
calmará los dolores de su enfermedad.

Yo dije: «Señor, ten misericordia,
sáname, porque he pecado contra ti.»

Mis enemigos me desean lo peor:
«A ver si se muere, y se acaba su apellido.»

El que viene a verme habla con fingimiento,
disimula su mala intención,
y, cuando sale afuera, la dice.

Mis adversarios se reúnen a murmurar contra mí,
hacen cálculos siniestros:
«Padece un mal sin remedio,
se acostó para no levantarse.»

Incluso mi amigo, de quien yo me fiaba,
que compartía mi pan,
es el primero en traicionarme.

Pero tú, Señor, apiádate de mí,
haz que pueda levantarme,
para que yo les dé su merecido.

En esto conozco que me amas:
en que mi enemigo no triunfa de mí.

A mí, en cambio, me conservas la salud,
me mantienes siempre en tu presencia.

Bendito el Señor, Dios de Israel,
ahora y por siempre. Amén, amén.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Sáname, Señor, porque he pecado contra ti.

SALMO 45: DIOS, REFUGIO Y FORTALEZA DE SU PUEBLO

Ant. El Señor de los ejércitos está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza,
poderoso defensor en el peligro.

Por eso no tememos aunque tiemble la tierra,
y los montes se desplomen en el mar.

Que hiervan y bramen sus olas,
que sacudan a los montes con su furia:

El Señor de los ejércitos está con nosotros,
nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios,
el Altísimo consagra su morada.

Teniendo a Dios en medio, no vacila;
Dios la socorre al despuntar la aurora.

Los pueblos se amotinan, los reyes se rebelan;
pero él lanza su trueno, y se tambalea la tierra.

El Señor de los ejércitos está con nosotros,
nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

Venid a ver las obras del Señor,
las maravillas que hace en la tierra:

Pone fin a la guerra hasta el extremo del orbe,
rompe los arcos, quiebra las lanzas,
prende fuego a los escudos.

«Rendíos, reconoced que yo soy Dios:
más alto que los pueblos, más alto que la tierra.»

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor de los ejércitos está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: HIMNO DE ADORACIÓN

Ant. Vendrán todas las naciones y se postrarán en tu acatamiento, Señor.

Grandes y maravillosas son tus obras,
Señor, Dios omnipotente,
justos y verdaderos tus caminos,
¡oh Rey de los siglos!

¿Quién no temerá, Señor,
y glorificará tu nombre?
Porque tú solo eres santo,
porque vendrán todas las naciones
y se postrarán en tu acatamiento,
porque tus juicios se hicieron manifiestos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Vendrán todas las naciones y se postrarán en tu acatamiento, Señor.

LECTURA: Rm 15, 1-3

Nosotros, los robustos, debemos cargar con los achaques de los endebles y no buscar lo que nos agrada. Procuremos cada uno dar satisfacción al prójimo en lo bueno, mirando a lo constructivo. Tampoco Cristo buscó su propia satisfacción; al contrario, como dice la Escritura: «Las afrentas con que te afrentaban cayeron sobre mí.»

RESPONSORIO BREVE

R/ Cristo nos amó y nos ha librado por su sangre.
V/ Cristo nos amó y nos ha librado por su sangre.

R/ Nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios.
V/ Por su sangre.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Cristo nos amó y nos ha librado por su sangre.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. El Señor nos auxilia a nosotros, sus siervos, acordándose de su misericordia.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Señor nos auxilia a nosotros, sus siervos, acordándose de su misericordia.

PRECES

Bendigamos a Dios, que mira propicio los deseos de los necesitados y a los hambrientos los colma de bienes; digámosle confiados:

Muéstranos, Señor, tu misericordia.

Señor, Padre lleno de amor, te pedimos por todos los miembros de la Iglesia que sufren:
— acuérdate que, por ellos, Cristo, cabeza de la Iglesia, ofreció en la cruz el verdadero sacrificio vespertino.

Libra a los encarcelados, ilumina a los que viven en tinieblas, sé la ayuda de las viudas y de los huérfanos,
— y haz que todos nos preocupemos de los que sufren.

Concede a tus hijos al fuerza necesaria,
— para resistir las tentaciones del Maligno.

Acude en nuestro auxilio, Señor, cuando llegue la hora de nuestra muerte:
— para que puedan contemplarte eternamente.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Conduce a los difuntos a la luz donde tú habitas,
— para que puedan contemplarte eternamente.

Fieles a la recomendación del Salvador, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

ORACION

Te pedimos, Señor, que los que hemos sido aleccionados con los ejemplos de la pasión de tu Hijo estemos siempre dispuestos a cargar con su yugo llevadero y con su carga ligera. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Viernes XXV de Tiempo Ordinario

1) Oración inicial

¡Oh Dios!, que has puesto la plenitud de la ley en el amor a ti y al prójimo; concédenos cumplir tus mandamientos para llegar así a la vida eterna. Por nuestro Señor. 

2) Lectura

Del Evangelio según Lucas 9,18-22
Estando una vez orando a solas, en compañía de los discípulos, les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?» Ellos respondieron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que un profeta de los antiguos ha resucitado.» Les dijo: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Pedro le contestó: «El Cristo de Dios.» Pero les mandó enérgicamente que no dijeran esto a nadie.
Dijo: «El Hijo del hombre debe sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar al tercer día.» 

3) Reflexión

• El evangelio de hoy retoma el mismo asunto del evangelio de ayer: la opinión de la gente sobre Jesús. Ayer, era a partir de Herodes. Hoy es el mismo Jesús quien pregunta qué dice la opinión pública, y los apóstoles responden dando la misma opinión que ayer. En seguida viene el primer anuncio de la pasión, de la muerte y de la resurrección de Jesús.
• Lucas 9,18: La pregunta de Jesús después de la oración. “Estando una vez orando a solas, en compañía de los discípulos, les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?” . En el evangelio de Lucas, en varias oportunidades importantes y decisivas Jesús aparece rezando: en el bautismo, cuando asume su misión (Lc 3,21); en los 40 días en el desierto, cuando vence las tentaciones del diablo con la luz de la Palabra de Dios (Lc 4,1-13); por la noche, antes de escoger a los doce apóstoles (Lc 6,12); en la transfiguración, cuando con Moisés y Elías conversa sobre la pasión en Jerusalén (Lc 9,29); en el huerto, cuando se enfrenta a la agonía (Lc 22,39-46); en la cruz, cuando pide perdón por el soldado (Lc 23,34) y entrega el espíritu a Dios (Lc 23,46).
• Lucas 9,19: La opinión de la gente sobre Jesús. “Ellos respondieron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que un profeta de los antiguos ha resucitado.» Al igual que Herodes, muchos pensaban que Juan Bautista hubiera resucitado en Jesús. Era creencia común que el profeta Elías tenía que volver (Mt 17,10-13; Mc 9,11-12; Mt 3,23-24; Ec 48,10). Y todos alimentaban la esperanza de la venida del profeta prometido por Moisés (Dt 18,15). Respuestas insuficientes.
• Lucas 9,20: La pregunta de Jesús a los discípulos. Después de oír las opiniones de los demás, Jesús pregunta: “Y vosotros ¿quién decís que soy yo?”. Pedro respondió: “¡El Mesías de Dios!” Pedro reconoce que Jesús es aquel que la gente está esperando y que viene a realizar las promesas. Lucas omite la reacción de Pedro tentando de disuadir a Jesús a que siguiera por el camino de la cruz y omite también la dura crítica de Jesús a Pedro (Mc 8,32-33; Mt 16,22-23).
• Lucas 9,21: La prohibición de revelar que Jesús es el Mesías de Dios. “Pero les mandó enérgicamente que no dijeran esto a nadie”. Les está prohibido el que revelen a la gente que Jesús es el Mesías de Dios. ¿Por qué Jesús lo prohibió? Es que en aquel tiempo, como ya vimos, todos esperaban la venida del Mesías, pero cada uno a su manera: unos como rey, otros como sacerdote, otros como doctor, guerrero, juez, o ¡profeta! Nadie parecía estar esperando al mesías siervo, anunciado por Isaías (Is 42,1-9). Quien insiste en mantener la idea de Pedro, esto es, del Mesías glorioso sin la cruz, no va a entender nada y nunca llegará a tomar la actitud del verdadero discípulo. Continuará ciego, como Pedro, cambiando a la gente por un árbol (cf. Mc 8,24). Pues sin la cruz es imposible entender quién es Jesús y qué significa seguir a Jesús. Por esto, Jesús insiste de nuevo en la Cruz y hace el segundo anuncio de su pasión, muerte y resurrección.
• Lucas 9,22: El segundo anuncio de la pasión. Y Jesús añadió: «El Hijo del hombre debe sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar al tercer día.” La comprensión plena del seguimiento de Jesús no se obtiene por la instrucción teórica, sino por el compromiso práctico, caminando con él por el camino del servicio, desde Galilea hasta Jerusalén. El camino del seguimiento es el camino de la entrega, del abandono, del servicio, de la disponibilidad, de la aceptación del conflicto, sabiendo que habrá resurrección. La cruz no es un accidente de camino, sino que forma parte del camino. ¡Pues en un mundo organizado desde el egoísmo, el amor y el servicio sólo pueden existir crucificados! Quien hace de su vida un servicio a los demás, incomoda a los que viven agarrados a los privilegios, y sufre. 

4) Para la reflexión personal

• Creemos todos en Jesús. Pero algunos entienden a Jesús de una manera y otros de otra. Hoy ¿cuál es el Jesús más común en la manera de pensar de la gente?
• La propaganda ¿cómo interfiere en mi modo de ver a Jesús? ¿Qué hago para no dejarme embaucar por la propaganda? ¿Qué nos impide hoy reconocer y asumir el proyecto de Jesús? 

5) Oración final

Bendito Yahvé, mi Roca,
que adiestra mis manos para el combate,
mis dedos para la batalla.
Es mi aliado y mi baluarte,
mi alcázar y libertador,
el escudo que me cobija. (Sal 144,1-2)

Comentario – Viernes XXV de Tiempo Ordinario

En cierta ocasión, refiere san Lucas, Jesús preguntó a sus discípulos: ¿Quién dice la gente que soy yo?

Por la respuesta que dieron podemos deducir que la idea más generalizada que se habían forjado de Jesús era la de un profeta al estilo de Juan el Bautista, de Elías o de uno de los antiguos profetas. En algún otro pasaje se dice que un profeta poderoso en palabras y obras. Esa era la imagen que había quedado grabada en la mente de sus oyentes y testigos, la de un profeta capaz de persuadir con su palabra poderosa y sus obras portentosas.

A Jesús ésta respuesta no parece satisfacerle del todo, porque continúa preguntando. Esta vez reclama una respuesta más personal y comprometida: Y vosotros¿quién decís que soy yo? Le importa conocer la opinión que tienen aquellos que están más cerca de él, que han tenido por ello más posibilidades de conocerle mejor. ¿Se aproximarán a lo que él realmente es? ¿Compartirán con la gente esa idea más extendida de Jesús como profeta? ¿O habrán sido capaces de captar algo más? Porque no se trata de que esa idea fuese errónea o deformada.

Jesús realmente se comportaba como un profeta. Su palabra y su comportamiento eran proféticos, y en la línea de los grandes profetas de la antigüedad. Era además una comprensión benevolente de su figura y actuación, porque había quienes veían en él un aliado de Belzebú, el príncipe de los demonios, o un falso profeta, o un embaucador, o un transgresor de la Ley, o un endemoniado incluso. Los fariseos, en general, tenían una mala imagen de Jesús. Luego, pudieron ver en él a un condenado a muerte de cruz, es decir, a un maldito. Pero la gente en general, la gente del pueblo, tenía de Jesús la imagen de un verdadero profeta. ¿Era esto, sin embargo, todo?

Cuando Jesús se dirige a sus discípulos pidiéndoles una respuesta personal, parece esperar de ellos una opinión más acendrada y exacta, o una noción más profunda. Es lo que se espera de un amigo, a quien el trato de amistad le hacen acreedor de un conocimiento más cabal, más atinado o más personalizado. El evangelista refiere que sólo Pedro tomó la palabra para responder.

Podemos imaginar un tenso silencio roto por la palabra de Pedro. Quizá los demás discípulos no tenían una opinión distinta de la gente; tal vez podían añadir algunos perfiles como su maestro, su señor, su guía; quizá, su pastor. Puede que cada uno tuviera su propia opinión, y ésta no fuera del todo compartida por los demás. Y es Pedro quien asume el protagonismo y se presenta como portavoz del resto. Al fin y al cabo Jesús había preguntado en plural (y vosotros), como si fuera posible recabar una respuesta unificada, conjunta. Al menos, sabemos que le bastó con la respuesta de Pedro, porque ya no hubo más preguntas.

Lo que sí hubo fue una prohibición y unas precisiones a la respuesta de Pedro: El Mesías de Dios. Tú eres el Mesías de Dios. Parece la respuesta de un iluminado. El evangelista Mateo nos dice que Jesús le aseguró: Eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo.

Semejante aseveración deja constancia de que la respuesta de Pedro había sido no un «chivatazo», pero sí una «revelación». Así lo entiende el mismo Jesús, que se siente identificado con esta declaración que le revela como el Ungido de Dios. Ya no era visto como uno de los muchos y buenos profetas del pueblo de Israel, sino como el Ungido de Dios en singular. Y no es que en el pueblo de Israel no hubiera habido otros ungidos, como reyes y profetas; pero a Jesús Pedro le designa como el Ungido, en singular.

Y el Señor se siente delatado por esta palabra. Pero quiere evitar malentendidos y falsas interpretaciones del término. Por eso, les prohíbe terminantemente decírselo a nadie. Él es realmente lo que Pedro ha dicho de él, el Mesías de Dios, pero de la figura mesiánica había muy diversas interpretaciones entre los judíos. Podían confundirle con un Mesías-rey o Mesías-guerrero, dispuesto a iniciar una campaña bélica, al estilo de un nuevo Judas macabeo, contra el ejército invasor del Imperio romano. Podían equipararle con una figura más pacífica, con la figura de un Mesías-sacerdote, venido para reformar el culto judío y devolverle a su prístina pureza. Pero ni uno ni otro eran el Mesías real, ese Ungido del Señor que había venido para evangelizar a los pobres y devolver a los cautivos la libertad por otras vías no coactivas ni violentas, por la vía de la humillación y del despojamiento.

Por eso anuncia de inmediato el futuro que se presenta a ese Mesías. Él es el Hijo del hombre que tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar al tercer día. El Ungido de Dios es también un Hijo de hombre expuesto al sufrimiento y a la muerte. De hecho, sufrirá o padecerá mucho, y será desechado, y por tanto, humillado, como un desecho de la sociedad por sus dirigentes más notables: los ancianos o miembros del Sanedrín (consejo rector), los sumos sacerdotes (cabezas de este consejo) y los letrados (sabios o asesores del gobierno). Será incluso condenado a muerte y ejecutado. Así concluirá los días de su vida mortal, como un condenado a muerte, como un malhechor.

Este es el final borrascoso que se anuncia en forma de presagio para el Mesías. Imaginar otro destino para este Mesías, el de Dios, es andar extraviado, andar en el error. Para evitarles este error, Jesús ha tenido interés por mostrarle el camino existencial que habrá de recorrer el reconocido por ellos con el título honorífico de Mesías. Al final del camino se encontrarán con un Mesías crucificado. Por tanto, no al Mesías que entusiasma a las multitudes, no al que cosecha éxitos o al que la gente enfervorizada quiere proclamar rey, no al que se ha ganado la fama de taumaturgo al que no se le resiste ninguna enfermedad, ni siquiera la muerte. Aunque tenemos que hacer la salvedad de que el final tenebroso de su existencia terrena no es el final.

Los apóstoles, receptores de estos augurios, tendrán también ocasión de ver a este mismo Mesías crucificado vencedor del pecado y de la muerte tras resucitar de entre los muertos al tercer día de su crucifixión. Porque Jesús no se queda en su ejecución; anuncia también su resurrección al tercer día. Luego la clausura de la muerte y del sepulcro no es el final del Mesías. Para él hay vida detrás de la muerte y éxito detrás del fracaso, y misión detrás de la cruz. Pero habrá de pasar por aquí. Este itinerario de humillación y muerte es exigencia de su amor compasivo y de su obediencia a la voluntad del Padre, exigencia de su misión por ser exigencia de su ser. Lo mismo que le llevó a encarnarse, su amor al hombre y su obediencia, le lleva ahora a la humillante muerte de cruz.

Pero de aquí brota la vida porque el grano de trigo enterrado esconde la Vida misma. Y la Vida no puede morir, aunque pueda pasar por la muerte como se pasa por un pasaje oscuro o tenebroso.

Hoy Jesús nos dirige a nosotros la misma pregunta: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Nuestra respuesta será recta opinión (=ortodoxa) si confesamos con Pedro: Tú eres el Mesías de Dios. Pero sólo será verdaderamente correcta (=ortodoxa) si asume como propias las precisiones del mismo Jesús, es decir, si aceptamos al Mesías que fue y que es, no a un Mesías imaginario o a la medida de nuestros deseos, aspiraciones o intereses.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en 
Teología Patrística

Lumen Gentium – Documentos Concilio Vaticano II

María en la Anunciación

56. Pero el Padre de la misericordia quiso que precediera a la encarnación la aceptación de la Madre predestinada, para que de esta manera, así como la mujer contribuyó a la muerte, también la mujer contribuyese a la vida. Lo cual se cumple de modo eminentísimo en la Madre de Jesús por haber dado al mundo la Vida misma que renueva todas las cosas y por haber sido adornada por Dios con los dones dignos de un oficio tan grande. Por lo que nada tiene de extraño que entre los Santos Padres prevaleciera la costumbre de llamar a la Madre de Dios totalmente santa e inmune de toda mancha de pecado, como plasmada y hecha una nueva criatura por el Espíritu Santo. Enriquecida desde el primer instante de su concepción con el resplandor de una santidad enteramente singular, la Virgen Nazarena, por orden de Dios, es saludada por el ángel de la Anunciación como «llena de gracia» (cf. Lc 1, 28), a la vez que ella responde al mensajero celestial: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38).

Así María, hija de Adán, al aceptar el mensaje divino, se convirtió en Madre de Jesús, y al abrazar de todo corazón y sin entorpecimiento de pecado alguno la voluntad salvífica de Dios, se consagró totalmente como esclava del Señor a la persona y a la obra de su Hijo, sirviendo con diligencia al misterio de la redención con El y bajo El, con la gracia de Dios omnipotente. Con razón, pues, piensan los Santos Padres que María no fue un instrumento puramente pasivo en las manos de Dios, sino que cooperó a la salvación de los hombres con fe y obediencia libres. Como dice San Ireneo, «obedeciendo, se convirtió en causa de salvación para sí misma y para todo el género humano». Por eso no pocos Padres antiguos afirman gustosamente con él en su predicación que «el nudo de la desobediencia de Eva fue desatado por la obediencia de María; que lo atado por la virgen Eva con su incredulidad, fue desatado por la virgen María mediante su fe»; y comparándola con Eva, llaman a María «Madre de los vivientes», afirmando aún con mayor frecuencia que «la muerte vino por Eva, la vida por María».

La misa del domingo

Para mejor comprender el sentido de la parábola conviene tener en cuenta el contexto.

Estaban próximos los días de la pascua judía, y el Señor Jesús había ingresado ya triunfalmente en Jerusalén (Mt 21,1-11). Poco antes, en el camino de Galilea a Judea, algunos fariseos habían salido a buscarlo para ponerlo a prueba, preguntándole sobre la licitud de repudiar el hombre a su mujer por cualquier causa (ver Mt 19,1-9). La animadversión de los fariseos y sumos sacerdotes hacia Jesús iba llegando a su clímax, y ya hablaban de quitarlo de en medio. El gran impedimento para echarle mano era el pueblo, que tenía al Señor como un gran profeta. Había que calcular muy bien la jugada.

En Jerusalén el Señor acude al Templo. Dada la cercanía de las fiestas pascuales los peregrinos empezaban a llenar la ciudad y el Templo. Junto con la gran afluencia de peregrinos se multiplicaron también los vendedores de animales y cambistas, ofreciendo a los peregrinos las monedas y los animales requeridos para las ofrendas y sacrificios. Sin duda con el consentimiento de los sumos sacerdotes y fariseos, éstos se habían instalado en el mismo Templo. El Señor, al entrar en el Templo, «volcó las mesas de los cambistas y los puestos de los vendedores de palomas. Y les dijo: “Está escrito: Mi Casa será llamada Casa de oración. ¡Pero vosotros estáis haciendo de ella una cueva de bandidos!”» (Mt 21,12-13) Muchos ciegos y cojos se acercaron a Él y los curó. Los muchachos en el templo prolongaban aquellos gritos proclamados vivamente durante su entrada triunfal en Jerusalén: «¡Hosanna al Hijo de David!» (Mt 21,15). Los sumos sacerdotes y los escribas estaban indignados y furiosos.

Aquel día el Señor salió nuevamente de la ciudad y fue a hospedarse a Betania, donde pasó la noche. A la siguiente mañana volvió a Jerusalén y se puso a enseñar en el Templo, como era propio de los rabís. Mucha gente, venida de todos los lugares de Israel, escuchaba sus enseñanzas. Entonces se le acercaron los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo, miembros del sanedrín, para interrogarlo públicamente: «¿Con qué autoridad haces esto? ¿Y quién te ha dado tal autoridad?» (Mt 21,23). El Señor es instado por el máximo tribunal de Israel a dar razón de la autoridad con que viene actuando al realizar curaciones y prodigios, al entrar triunfalmente en Jerusalén permitiendo que se le llame “hijo de David”, al arrojar a los vendedores, al enseñar en el Templo como un maestro.

En cuanto a esto último, el poder enseñar oficialmente en el Templo requería la instrucción, preparación y finalmente la imposición de manos —signo de la transmisión de poder y autoridad— por parte de algún rabí. ¿Quién le había dado a Jesús el poder y la autoridad, si ningún rabí conocido lo había hecho? Si no tenía este “sello de autenticidad”, si no había sido transmitida por esta imposición de manos, entonces su enseñanza era ilícita y digna de sospecha.

La pregunta sobre el origen de su autoridad no tenía como fin una sana inquietud, no estaban abiertos a reconocer su origen divino. Al contrario, en su continuo afán por desacreditarlo y con la intención ya decidida de matarlo, esperaban encontrar en su respuesta alguna afirmación que les permitiese desacreditarlo ante el pueblo. El Señor, plenamente consciente de las intenciones de sus interrogadores, utiliza un método de discusión muy empleado por los doctores de la Ley y responde haciéndoles a su vez una pregunta: «También yo les voy a preguntar una cosa; si me contestan a ella, yo les diré a mi vez con qué autoridad hago esto. El bautismo de Juan, ¿de dónde era?, ¿del Cielo o de los hombres?».

Con esta pregunta el Señor astutamente los ponía en una posición muy complicada y delicada. Sabían que si respondían que venía «del Cielo», es decir, de Dios, el Señor les echaría en cara su incredulidad. En efecto, tanto los saduceos como los fariseos incrédulos habían recibido por parte del Bautista una durísima llamada de atención. Juan no dudó en calificarlos de «raza de víboras» por su negativa a acoger su llamado a la conversión (ver Mt 3,7-10). La respuesta de aquellos endurecidos corazones sería la de negar abiertamente la legitimidad de la misión de Juan, rechazando su bautismo y frustrando de ese modo «el plan de Dios sobre ellos» (Lc 7,30). En cambio, «todo el pueblo que le escuchó, incluso los publicanos, reconocieron la justicia de Dios, haciéndose bautizar con el bautismo de Juan» (Lc 7,29). El hecho de no reconocer que el bautismo de Juan venía de Dios significaba negar su misión como precursor del Mesías (ver Jn 1,19-24), por tanto, implicaba negar también todo reconocimiento al Señor Jesús.

Si los fariseos y sumos sacerdotes respondían que el bautismo de Juan venía “de los hombres”, como evidentemente pensaban, temían ser apedreados por el pueblo, que tenía al Bautista por un profeta enviado por Dios (ver Lc 20,6). Así que decidieron encubrir lo que verdaderamente pensaban respondiendo: «No lo sabemos» (Mt 21,25-27). Dado que se negaban de este modo a dar la respuesta verdadera, también el Señor se niega a responderles: «Tampoco yo les digo con qué autoridad hago esto» (Mt 21,27). Inútil era darles la respuesta verdadera, pues así como habían rechazado al Precursor y su misión, rechazarían también al Señor, cuestionando y negando el origen divino de su autoridad y poder.

Inmediatamente, y en el contexto descrito, el Señor pronuncia una parábola que ataca justamente la pretensión que tenían los fariseos de ser “los hijos obedientes de Dios” dado que cumplían meticulosamente la Ley, mientras rechazaban a los publicanos y prostitutas, a quienes consideraban absolutamente impuros, dignos del rechazo total de Dios, fuente de contaminación moral para quienes trataban con ellos.

Quienes eran para ellos despreciables pecadores, sin embargo, a diferencia de los endurecidos fariseos, escribas y sumos sacerdotes, se habían convertido de su mala conducta al escuchar el anuncio de Juan. A éstos va dirigida la parábola de los dos hijos, con la que busca hacerles ver lo equivocados que estaban, la ceguera en la que vivían, pues creyendo obedecer a Dios en realidad estaban frustrando «el plan de Dios sobre ellos» (Lc 7,30).

¿Quién de los dos hijos convocados por el padre de la parábola hace finalmente lo que le pide? Evidentemente no es el que dice sí, pero no va, sino el que en un primer momento se niega pero luego se arrepiente, cambia de opinión y va a trabajar a la viña. Esos son los publicanos y prostitutas que escuchando el llamado de Juan se arrepintieron y se convirtieron de su mala conducta. Así son también los más grandes pecadores que acogiendo el llamado del Señor Jesús abandonan su mala vida y hacen de su Evangelio la nueva norma de vida: éstos «ciertamente vivirán y no morirán» (ver 1ª. lectura).

El Señor Jesús proporciona finalmente a sus oyentes el significado preciso de su parábola: «Les aseguro [a ustedes, que cumplen con la Ley pero que no acuden a trabajar a la viña de Dios cuando se les llama] que los publicanos y las prostitutas entrarán antes que ustedes en el Reino de Dios. Porque vino Juan a ustedes enseñándoles el camino de la salvación, y no le creyeron; en cambio, los publicanos y las prostitutas le creyeron. Y ustedes, a pesar de esto, no se arrepintieron ni creyeron en él».

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Un hijo rebelde, que se niega en un primer momento, aunque luego recapacita y hace lo que su padre le pide. Otro hijo que dice “sí”, “voy”, “haré lo que me pides”, pero que finalmente no hace lo que su padre le pide. Ante esta parábola inevitablemente surge la pregunta: ¿cómo le respondo yo a Dios? ¿Con cuál de los dos hijos me identifico yo? ¿Con el primero? ¿Con el segundo? ¿O acaso tengo de ambos?

¿Cuántas veces como hijos rebeldes y contumaces le hemos dicho a Dios “no quiero hacer lo que tú me dices”, por ejemplo, cuando preferimos pecar, o cuando no queremos renunciar a esto o lo otro para seguir el camino que nos señala? Cuántas negativas le hemos dado a Dios, aunque muchas veces disfrazadas con “buenas razones y argumentos”, en vez de formularlas crudamente: “No me da la gana de hacer lo que Tú me pides”, “quiero ser libre y siento que Tú me limitas: quiero hacer de mi vida lo que a mí me place, quiero seguir mi propio camino, y no quiero que Tú interfieras”. “No voy a hacer lo que me pides porque ¿quién mejor que yo para saber lo que a mí me conviene?”, además, “en el fondo, no confío en Ti: en realidad, Tú eres enemigo de mi felicidad, porque me impones exigencias imposibles y me prohíbes cosas que me hacen ‘pasarla bien’”, “yo sé mejor que Tú lo que a mí me hará feliz”.

Por otro lado, cuántas veces le hemos dicho “sí” al Señor y finalmente no hicimos lo que nos pedía. ¿Por qué esta incoherencia? En el fondo, queríamos hacer lo que Dios nos pedía, pero esperábamos que fuera “más fácil”, que no implicase tanto esfuerzo, oposición por parte de amigos o familiares, renuncias, sacrificios, y a veces opciones radicales. ¡Quisiéramos un cristianismo “light”! Y cuando nos encontramos con tantos obstáculos (externos o internos), dificultades, tentaciones, nos descubrimos tan débiles, frágiles, inconsistentes, incoherentes. Entonces nuestro “sí” inicial se convirtió lentamente en un “no”, nos dejamos vencer por miedos, perezas, caídas, y nos echamos atrás. Así nos convertimos en “medio-queredores”, hombres y mujeres de voluntad dividida, que decimos que queremos hacer lo que Dios nos pide pero no ponemos los medios suficientes para hacerlo o no perseveramos en ellos.

El Señor nos da siempre la posibilidad de recapacitar y de actuar como hijos obedientes. Nos alienta y estimula en este empeño de decirle “sí” a Dios y de ser coherentes en la vida cotidiana el ejemplo de María, Madre de Jesús y nuestra: Ella es la mujer del “sí” pronto, firme, radical, decidido a Dios y a sus Planes, Ella es la Mujer coherente, que inmediatamente pone por obra lo que Dios le pide y sostiene su “sí” con firmeza en medio de las pruebas más duras y difíciles. Con amor maternal Ella nos invita a hacer «lo que Él os diga» (Jn 2,5).

¿Pero cómo saber qué es lo que me pide Dios, de modo que pueda hacer lo que Él me diga?

Lo primero es conocer y cumplir los Diez Mandamientos, tal como Cristo le recuerda al joven rico (ver Mt 19,16-19; ver Catecismo de la Iglesia Católica, 2052-2557; Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, 434-533).

Lo segundo es hacer lo que Cristo, el Hijo de Dios vivo, nos enseña con su palabra y ejemplo (ver Mt 7,21 y siguientes). Para ello es fundamental que cada día conozcamos más y mejor al Señor Jesús, su persona, sus enseñanzas, su pensamiento, para esforzarnos en vivir como Él vivió.

Pero además de lo que nos pide a todos, Dios tiene un plan particular para cada uno de nosotros. Éste es un designio que brota de su amor, de su sabiduría y del profundo conocimiento que Dios tiene de mí. Él sabe qué camino debo seguir para ser feliz y de diversos modos me va señalando ese camino a lo largo de mi vida. Es responsabilidad de cada uno descubrir ese Plan, poniéndome a la escucha, buscando, indagando, rezando, preguntándole a Dios: ¿Cuál es tu Plan específico para mí? ¿Cuál es mi vocación, cuál la misión particular que tú quieres que realice? ¿Qué quieres que haga hoy, en este tiempo, o a lo largo de toda mi vida?

Es necesario que en oración te pongas ante el Señor y le preguntes a Él sin miedo. Reza cada día, ponte a la escucha en el silencio del corazón, indaga los signos, consulta a personas de Dios, y ¡lánzate confiadamente a hacer lo que Él te diga!

La misa del domingo: misa con niños

DOMINGO XXVI DE TIEMPO ORDINARIO

SALUDO

Dios Padre, que en Jesucristo, el Señor, y con la fuerza del Espíritu nos llama a trabajar buscando el bien de todos, esté con nosotros.

ENTRADA                                                                                                                               

Una y otra vez deseamos acoger y hacer nuestra la Palabra, porque siempre fallamos y tenemos que reiniciar de nuevo la tarea. Hoy tendría­mos que esforzamos en descubrir qué nos dice Dios cuando nos llama a «practicad el derecho y ¡ajusticia», a «vivir unidos en el mismo sentir, con humildad y buscando el bien», a «tener los sentimientos de una vida en Cristo Jesús». Seguro que si hacemos nuestro el mensaje encontraremos consecuencias que nos abrirán a los hermanos y al compromiso cristiano en medio de la sociedad. Será un trabajo más costoso pero, sobre todo, más humano y más cristiano, más enriquecedor.

Que la Eucaristía nos ayude a llenar nuestras prácticas de vida y de esperanza.

ACTO PENITENCIAL                                                                                                               

 Los pequeños intereses nos aíslan y separa, rompiendo la necesaria unidad. Pedimos perdón al Señor:

– Tú, que nos llamas a vivir en constante conversión para acoger tu amor. SEÑOR, TEN PIEDAD.

– Tú, que nos llamas a la unidad, a tener un mismo sentir y actuar. CRISTO, TEN PIEDAD.

-Tú, que nos llamas en cada momento para dar testimonio de la Ver­dad. SEÑOR, TEN PIEDAD,

Danos, Señor, el perdón y la gracia que de Ti proceden. Por Jesucristo nuestro Señor.

ORACIÓN COLECTA                                                                                                         

Dios Padre nuestro, que nos reúnes en una misma fe, y quieres que seamos expresión de tu Amor a todas las personas; haz que cuan­tos formamos la Iglesia hagamos nuestra la tarea de ser en el mundo signos creíbles de la verdad y del bien. Por nuestro Señor Jesucristo.

LECTURA PROFÉTICA                                                                                                             

En la situación de destierro que sufre Israel, algunos se preguntan sobre el modo de proceder de Dios, considerando que si es un Dios justo no tendrían por que vivir de ese modo. La pregunta es antigua y actual: cuando las cosas van mal todos tendemos a responsabilizar y hasta a pedir explicaciones a Dios. 

LECTURA APOSTÓLICA                                                                                                

Pablo expresa a los Filipenses que su mayor alegría y gozo sería que ellos vivieran unidos, concordes con un mismo pensar y actuar, buscando el bien con humildad y entrega. Y este modo de actuar encuentra su moti­vación más profunda en Jesús, que nos enseña cómo tenemos que vivir. 

LECTURA EVANGÉLICA  

En el Evangelio de hoy escuchamos a Jesús que dirige una fuerte crí­tica a los grupos más «selectos» de la religión judía que, sintiéndose más buenos y cumplidores que los demás caen en el desprecio de éstos. Has­ta la prostitutas y los publicanos- les dice Jesús- van por delante en el camino del Reino.

ORACIÓN DE LOS FIELES  

Como hijos e hijas de Dios, presentémosle al Padre nuestras plegarias por la Iglesia y por el mundo entero. Oremos diciendo: PADRE, ESCÚCHANOS.

  1. Por todos los cristianos. Que tengamos siempre los mismos sentimientos de Jesucristo: fortaleza de ánimo, amor que consuela, compasión, comunión, humildad. OREMOS:
  2. Por nuestra parroquia y por todos los que colaboramos en ella en los distintos grupos y actividades: liturgia, catequesis, servicio a los necesitados, voluntariados diversos… OREMOS:
  3. Por los cristianos que viven en países en los que son perseguidos y que no pueden practicar libremente su fe. OREMOS:
  4. Por los refugiados y los inmigrantes que buscan una vida mejor huyendo de sus países hacia las naciones ricas y a menudo les cuesta encontrar acogida entre nosotros. OREMOS:
  5. Por los que sufren las consecuencias de la crisis económica que nos ha traído la pandemia: parados, trabajadores en precario, jóvenes sin empleo, pequeños empresarios o autónomos con dificultades. OREMOS
  6. Por nosotros, y por nuestras familias, y por nuestros difuntos. OREMOS:

Escucha, Padre, nuestra oración, y guía a nuestro mundo por los caminos de la paz. Por Jesucristo, nuestro Señor.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS                                                                                       

Del trabajo de cada día y de tu amor sin límites, Señor, llegan a nuestras manos estos dones de pan y de vino; al traerlos al altar te pedimos que los santifiques con la fuerza de tu Espíritu y que así sean para nosotros alimento de salvación. Por Jesucristo.

PREFACIO     Dominical N 4                                                                                                                             

En verdad es justo y necesario reconocerte siempre, Señor, como el origen de todo lo creado, que nos ayuda a crecer como personas. Tú, Señor, nos haces hijos y nos llamas a una tarea que nos sobrepasa, pero siempre nos das tu ayuda para hacer posible la entrega y el testimonio. Estamos llamados por Ti a vivir en justicia, y tenemos que trabajar para hacerla realidad en el mundo; estamos llamados a transformar la vida, pero aún nos cuesta salir de la comodidad.

Pese a nuestra limitación, Señor, Tú sigues apostando por cada perso­na, por cada uno de nosotros. Esto nos llena de esperanza y de ilusión. Permite, pues, que unamos nuestra vida a la de tantas personas buenas que hay en el mundo, para glorificarte diciendo: Santo, Santo, Santo…

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN                                                                          

Te damos gracias, Señor, y te reconocemos presente en la Euca­ristía y en las personas; te rogamos que nos ayudes a tener actitudes de entrega y de servicio, y que en la Iglesia seamos miembros activos y responsables. Por Jesucristo.

Lo que va de hijo a hijo

Todas tus parábolas, una vez iniciadas,
tienen un final
que nos alcanza como lanza afilada.

Recogen, en síntesis, lo que es historia cotidiana
de pugna y respuesta
a tu respetuosa invitación y llamada.

Y expresan en pocas palabras humanas
nuestra rebeldía
que algo tendrá que ver con tu espíritu y semejanza.

Los hay que saben expresar muy dignamente
respeto y obediencia:
es lo que se espera de gente religiosa y prudente.

Pero se quedan en la caravana en la que estaban;
no les da la gana
de interpretar tus gestos, hechos y palabras.

Dicen sí, porque es la respuesta correcta,
pero no hacen nada
aunque la brisa sople con fuerza y en dirección buena.

Y los hay que, desde el principio, se rebelan
y no quieren ser
ni siervos, ni beatos ni hijos deudores.

Saben recapacitar para encontrar en camino,
respuesta adecuada,
para trabajar la viña y vivir como hijos.

Quizá, Señor, te agrade más la frescura y rebeldía,
nuestra libertad,
que las palabras adecuadas de una respuesta perfecta.

Quizá temas más nuestro ser e historia vacíos
de amor y vida
que todos nuestros cuestionamientos e impertinencias.

No sé lo que dije,
hace un instante…
pero he venido,
me has acogido
y estoy contento…
y muy satisfecho.

Florentino Ulibarri

Comentario al evangelio – Viernes XXV de Tiempo Ordinario

“Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”.  Han pasado siglos, y sigue resonando esta pregunta de Jesús. Nosotros nos apresuramos a responder con el Credo del catecismo; con las fórmulas acuñadas en los concilios: “Nacido del Padre, antes de todos los siglos”, “Engendrado, no creado, de la misma naturaleza que el Padre”, “Bajó del cielo, se encarnó, padeció, fue sepultado y resucitó”, “ Vendrá para juzgar a vivos y muertos”.  Son fórmulas exactas, recitadas con fe en la Iglesia, a través de tantas generaciones, dignas de nuestro estudio y amor. También corremos el riesgo de la rutina, casi infantil, al decirlas en la liturgia. Y nosotros sabemos que el objeto de nuestra fe es él, Jesucristo; no, unas verdades abstractas sobre él.

Saber bien quién es Jesús, para tener fe y confianza en él, es tan importante que Jesús lo sitúa en un momento de oración. En la oración, no caben las ideologías que afloran en las reflexiones y discusiones de los hombres. Es que solo la fe tiene la respuesta sobre la identidad de Jesús. La visión clara es: “El Mesías de Dios”. No un Mesías político y triunfador. En el Antiguo Testamento, el Mesías es Rey, libertador del pueblo en toda opresión. Pero el Mesías Jesús va asociado a su pasión y muerte, a su fracaso de varón de dolores. Este es el verdadero contenido de su mesianismo. Con razón, no les cabía en la cabeza. Por eso, Jesús les prohíbe a los suyos que lo digan a nadie. Este evangelio establece el siguiente recorrido, en cuanto a la identidad de Jesús: La gente lo llama profeta, los apóstoles lo confiesan Mesías de Dios y Jesús se autoproclama Hijo del Hombre. Ya está la respuesta redonda.

Este Mesías no quería títulos o poderes mundanos.  Y los discípulos no lo entendieron. Querían apartarle del camino de la pasión; más bien, pretendían los primeros puestos y estaban lejos de quedarse los últimos y servidores. Hoy, todavía hay entre los seguidores de Jesús mucho lastre de ambiciones de poder, del carrerismo denunciado por los tres últimos Papas, de escalar dignidades, de acaparar títulos, tan lejos del que se humilló hasta la muerte. ¿Qué hacer? Mirar a Jesús, y confesar nuestra fe. Recordamos un ejemplo: “Jesucristo es el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Es el Maestro y Redentor de los hombres. Él nos conoce y nos ama, compañero y amigo de nuestra vida, hombre de dolor y de esperanza. Yo nunca me cansaría de hablar de él; él es la luz, la verdad, más aún, el camino, la verdad y la vida. Fue pequeño, pobre, humillado, ejemplo, nuestro consuelo, nuestro hermano. Instituyó el nuevo Reino en el que  los pobres son bienaventurados, en el que todos son hermanos. A vosotros, cristianos, os repito su nombre: Cristo Jesús es el mediador entre el cielo y la tierra, es el Hijo de María. ¡Jesucristo! Recordadlo. Nuestro anhelo es que su nombre resuene hasta los confines de la tierra por los siglos de los siglos” (Pablo VI).