¿Qué diferencia hay entre el sí y el no?

1.- Resulta paradójico que personas que, aparentemente pertenecen a la iglesia, luego viven como si nunca la conociesen. Como si, aquella casa no fuera en nada con ellas. Estamos a caballo entre una situación heredada de una cristiandad, donde se correspondía –por lo menos exteriormente- vivencia y recepción de sacramentos y otra donde predomina una exigencia de…pero sin correspondencia con…

El “sí me comprometo” a educar a los hijos en la vida cristiana (de padres y padrinos que silabean en el momento del Bautismo), novios que dicen “sí” pero lo hacen movidos por el ambiente que los empuja casi automáticamente hasta el altar. Confirmandos que titubean un “sí” porque, tal vez, puede ser excusa para una buena juerga, etc.

Dicen “voy” pero ¿en realidad van? Gran reto, curso tras curso, enviar y que se sientan enviados a hombres y mujeres, que crean y vivan lo que llevan entre manos: el evangelio.

Comprometernos, de lleno, en cumplir la voluntad de Dios y no solamente en rellenar un expediente de pertenencia a una comunidad, a una iglesia o como discernimiento para la recepción consciente de un sacramento es para nosotros ya no un reto sino, muchas veces, un sufrimiento. Contemplamos con preocupación ese “sí” tímido de muchos creyentes que no saben muy bien en lo que creen, lo que celebran y hacia dónde van.

¿Qué es más importante en nuestra vida: hablar y prometer cosas pero no hacerlas, o decir cualquier insensatez pero llevar las acciones a la realidad?

Definitivamente es preferible aquel que toma acción aunque sea reclamando por lo que hace, que el que sólo sabe alabar, o apuntarse a un sistema de “consumo de sacramentos” pero que no mueve ni un dedo por su conversión personal y dando el “do” de pecho por Cristo.

2. En la vida sacramental, social, política, económica, familiar, también el Señor, y la misma Iglesia, nos urge “id” y, tal vez en un afán de quedar bien con la tradición o con el árbol familiar decimos “vamos” pero nos quedamos en eso: en los buenos propósitos, prefiriendo que vayan otros.

En la iglesia, conscientes de nuestras limitaciones y nuestras fragilidades, sabemos que en muchas ocasiones no estamos a la altura de las circunstancias, Que, cumplir la voluntad del Señor, exige riesgos, persecuciones, purificaciones. Lo que nadie le podrá negar, más que nunca hoy, es su deseo de renovación y de conversión para no cejar en ese empeño de anunciar ese Reino de Dios por el que se mueve y existe.

Hoy la iglesia, desobediente a un sistema laicista, sabe que ha de obedecer a Aquel sobre la que está constituida: Cristo

Hoy, algunos cristianos demasiado obedientes con el mundo que les rodea, les cuesta desobedecer consignas y postulados de esos otros grandes dioses que le rodean y le seducen para vivir como si Dios no existiera. ¿En qué quedamos? ¿Vamos no o vamos por el camino que nos hemos comprometido?

Javier Leoz