II Vísperas – Domingo XXVI de Tiempo Ordinario

II VÍSPERAS

DOMINGO XXVI TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. 
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Nos dijeron de noche
que estabas muerto,
y la fe estuvo en vela
junto a tu cuerpo

La noche entera
la pasamos queriendo
mover la piedra.

Con la vuelta del sol,
volverá a ver la tierra
la gloria del Señor.

No supieron contarlo
los centinelas:
nadie supo la hora
ni la manera.

Antes del día.
se cubrieron de gloria
tus cinco heridas.

Con la vuelta del sol,
volverá a ver la tierra
la gloria del Señor.

Si los cinco sentidos
buscan el sueño,
que la fe tenga el suyo
vivo y despierto.

La fe velando,
para verte de noche
resucitando.

Con la vuelta del sol,
volverá a ver la tierra
la gloria del Señor.

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. Cristo, sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec. Aleluya.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Cristo, sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec. Aleluya.

SALMO 113B: HIMNO AL DIOS VERDADERO

Ant. Nuestro Dios está en el cielo, y lo que quiere lo hace. Aleluya.

No a nosotros, Señor, no a nosotros,
sino a tu nombre da la gloria,
por tu bondad, por tu lealtad.
¿Por qué han de decir las naciones:
«Dónde está su Dios»?

Nuestro Dios está en el cielo,
lo que quiere lo hace.
Sus ídolos, en cambio, son plata y otro,
hechura de manos humanas:

Tienen boca, y no hablan;
tienen ojos, y no ven;
tienen orejas, y no oyen;
tienen nariz, y no huelen;

Tienen manos, y no tocan;
tienen pies, y no andan;
no tiene voz su garganta:
que sean igual los que los hacen,
cuantos confían en ellos.

Israel confía en el Señor:
él es su auxilio y su escudo.
La casa de Aarón confía en el Señor:
él es su auxilio y su escudo.
Los fieles del Señor confían en el Señor:
él es su auxilio y su escudo.

Que el Señor se acuerde de nosotros y nos bendiga,
bendiga a la casa de Israel,
bendita a la casa de Aarón;
bendiga a los fieles del Señor,
pequeños y grandes.

Que el Señor os acreciente,
a vosotros y a vuestros hijos;
benditos seáis del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.
El cielo pertenece al Señor,
la tierra se la ha dado a los hombres.

Los muertos ya no alaban al Señor,
ni los que bajan al silencio.
Nosotros, sí, bendeciremos al Señor
ahora y por siempre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Nuestro Dios está en el cielo, y lo que quiere lo hace. Aleluya.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: LAS BODAS DEL CORDERO

Ant. Alabad al Señor, sus siervos todos, pequeños y grandes. Aleluya.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios,
porque sus juicios son verdaderos y justos.
Aleluya.

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos,
los que le teméis, pequeños y grandes.
Aleluya.

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo,
alegrémonos y gocemos y démosle gracias
Aleluya.

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero,
Su esposa se ha embellecido.
Aleluya.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre, 
por los siglos de los siglos.

Ant. Alabad al Señor, sus siervos todos, pequeños y grandes. Aleluya.

LECTURA: 2Ts 2, 13-14

Debemos dar continuas gracias a Dios por vosotros, hermanos amados por el Señor, porque Dios os escogió como primicias para salvaros, consagrándoos con el Espíritu y dándoos fe en la verdad. Por eso os llamó por medio del Evangelio que predicamos, para que sea vuestra la gloria de nuestro Señor Jesucristo.

RESPONSORIO BREVE

R/ Nuestro Señor es grande y poderoso.
V/ Nuestro Señor es grande y poderoso.

R/ Su sabiduría no tiene medida.
V/ Es grande y poderoso.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Nuestro Señor es grande y poderoso.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. No todo el que me dice: «Señor, Señor», sino el que cumple la voluntad de mi Padre entrará en el reino de los cielos. Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. No todo el que me dice: «Señor, Señor», sino el que cumple la voluntad de mi Padre entrará en el reino de los cielos. Aleluya.

PRECES

Demos gloria y honra a Cristo, que puede salvar definitivamente a los que, por medio de él, se acercan a Dios, porque vive siempre para interceder a favor nuestro, y digámosle con plena confianza:

Acuérdate de tu pueblo, Señor.

Señor Jesús, Sol de justicia que ilumina nuestras vidas, al llegar al umbral de la noche, te pedimos por todos los hombres; 
— que todos lleguen a gozar eternamente de tu luz, que no conoce el ocaso.

Guarda, Señor, la alianza sellada con tu sangre,
— y santifica a tu Iglesia, para que sea siempre inmaculada y santa.

Acuérdate de esta comunidad aquí reunida,
— y que tú elegiste como morada de tu gloria.

Que los que están en camino tengan un viaje feliz 
— y regresen a sus hogares con salud y alegría.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Acoge, Señor, las almas de los difuntos
— y concédeles tu perdón y la vida eterna.

Terminemos nuestra oración con las palabras del Señor:
Padre nuestro…

ORACION

Oh Dios, que manifiestas especialmente tu poder con el perdón y la misericordia, derrama incesantemente sobre nosotros tu gracia, para que, deseando lo que nos prometes, consigamos laos bienes del cielo. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Los publicanos y las prostitutas nos preceden en el Reino

El texto evangélico de este domingo nos sorprende de nuevo por su claridad y radicalidad. Su contexto es tremendamente provocador: Una discusión en el Templo mantenida entre Jesús, los fariseos y los sumos sacerdotes. Jesús denuncia su hipocresía desenmascarando su modo de actuar. Dicen querer hacer la voluntad del Padre y sin embargo con su conducta la niegan. Paradójicamente quienes tienen fama de pecadores, como son los publicanos y las prostitutas se abren a la novedad de Dios y su Buena Nueva de misericordia y liberación, por eso les precederán en el reino. Estas palabras también están dichas para nosotros y nosotras hoy cuando nuestra fe no coincide con nuestras prácticas, cuando está descomprometida con la hospitalidad, la justicia, la inclusión y la misericordia con los más excluidos y excluidas.

Por eso este tiempo de pandemia, con toda su dureza, es también una oportunidad y un desafío para nuestra vida como creyentes. Podemos blindarnos, atrincherarnos desde el miedo y la desconfianza hacia los otros y otras, o poner la vida en el centro, pero no solo la propia, sino especialmente las más amenazadas y vulneradas. Desde el evangelio es inaceptable el sálvese quien pueda o la estigmatización y culpabilización de los más pobres por el hecho de serlo.

Conectando este texto con la realidad vienen a mi memoria dos hechos que hemos vivido en estos días. El primero es el confinamiento de los barrios obreros y marginales de Madrid, responsabilizándoles por sus formas de vida, de la extensión de la pandemia. El segundo, el cierre de los burdeles. Con esta última medida se ha ignorado la situación de vulnerabilidad aún mayor en que han quedado las mujeres que trabajan en ellos, ya que esta decisión no ha ido acompañada de ninguna medida de protección para quiénes no solo tienen en estos clubes su principal o única fuente de ingresos sino, además, su única residencia.

El Evangelio va en contra de toda forma de estigmatización. Antepone la mirada de justicia y misericordia a la de la moralidad. Por eso, como cristianos y cristianas, hemos de estar muy atentos a que en la gestión de la crisis sanitaria y social que actualmente estamos atravesando, las vidas y la dignidad de los últimos no sean costes para sacrificar, sino la brújula que nos oriente, por muy políticamente incorrecto que resulte. La inclusión, la acogida y la misericordia no pueden darse de baja en tiempos de pandemia, sino activarse.

Pepa Torres

Rectificar es más humano que acertar a la primera

Jesús acaba de realizar la “purificación del templo”. En el episodio inmediatamente anterior, los sumos sacerdotes y los senadores, preguntan a Jesús con qué autoridad actúa así. Él les responde con otra pregunta: “¿El bautismo de Juan era cosa de Dios o cosa humana?”. No se atreven a contestar y Jesús les cuenta esta parábola. Mateo trata de justificar que la comunidad cristiana se apartara del organigrama religioso judío, pero quiere advertir, también a la nueva comunidad, que no debe caer en el mismo error.

En este capítulo siguen las advertencias a la comunidad. Es muy peligroso creerse perfecto. Lo importante es descubrir los fallos y rectificar lo que se ha hecho mal. La pura teoría no sirve para nada, solo la vida salva. Lo que digamos o lo que proclamemos son palabras vacías, mientras no vayan acompañadas por una actitud vital que, inevitablemente, se manifestará en las obras. En el evangelio de Juan, Jesús pone como instancia definitiva sus obras: “Si no me creéis a mí, creed a las obras”.

El domingo pasado nos hablaba de jornaleros. Hoy nos habla de hijos. En el AT, el pueblo en su conjunto, se consideraba hijo de Dios. Jesús distingue ahora dos hijos: los que se consideran verdaderos israelitas y los que los jefes religiosos consideran pecadores. Recordemos que ser hijo significaba hacer en todo la voluntad del padre. Un buen hijo era el que salía al padre. El que dejaba de hacer la voluntad del padre, dejaba de ser hijo. ¿Quién hizo la voluntad del padre? quiere decir: ¿Quién es verdadero Hijo?

Jesús se enfrenta a los jefes religiosos, como respuesta a la oposición que los evangelios manifiestan. Todos los evangelios dejan clara esa lucha a muerte de las instancias religiosas contra Jesús. Sin embargo, no podemos sacar de estas parábolas argumentos antisemitas. Las prostitutas y los recaudadores de impuestos, que Jesús pone por delante de los jefes religiosos, eran también judíos. Y los primeros cristianos eran todos judíos.

Los fariseos no tenían nada de qué arrepentirse. Eran perfectos porque decían “sí” a todos los mandamientos. Consideraban que tenían derecho al favor de Dios, por eso rechazan de plano el cambio que les propone Jesús. Como los de primera hora del domingo pasado, exigen mayor paga por su trabajo. Para ellos es intolerable que Dios pague lo mismo al que no ha trabajado. No se dan cuenta de que su respuesta es solamente formal, sin compromiso vital alguno. El espíritu de la Ley les importaba un pito.

El escándalo está servido: Para Jesús no hay duda, los que se consideran buenos son los malos y los malos son los buenos. Los primeros eran los estrictos cumplidores de la Ley, los segundos ni la conocían ni podían cumplirla. Los primeros ponían su empeño en el cumplimiento externo de las normas. Los otros buscaban una posibilidad de hacerse más humanos, porque se sabían pecadores. Jesús deja claro cuál es la voluntad de Dios, y quién la cumple. Pero Jesús deja claro que tanto los unos como los otros son hijos.

“Los recaudadores y las prostitutas os llevan la delantera en el Reino”. Es una de las frases más hirientes que pudo decir Jesús a los jerifaltes religiosos. Eran las dos clases de personas más denigradas y odiadas por las instancias religiosas. Pero Jesús sabía muy bien lo que decía. El organigrama religioso-social de su tiempo era represivo e injusto. Que esa situación se mantuviera en nombre de Dios no podía aguantarlo quien había descubierto un Dios que lo único que quiere es el bien del hombre.

No se alude en el relato a las otras dos situaciones que se pueden dar: El hijo que dice sí y va a trabajar a la viña, y el hijo que dice no y no va. En estos dos casos no hay posibilidad de equivocarse ni cabe la pregunta de quién cumple la voluntad del padre. Lo que pretende el relato es advertir sobre el engaño en que puede caer el que interprete superficialmente y a la ligera, la situación del que dice “sí” y del que dice “no”.

No debemos engañarnos. La simplicidad del relato esconde una enseñanza fundamental. Como conclusión general, tenemos que decir que los hechos son lo importante y que las palabras sirven de muy poco. La praxis prevalece siempre sobre la teoría. El evangelio no nos invita a decir primero no y después sí. El ideal sería decir sí y hacer; pero lo maravilloso del mensaje está precisamente ahí: Dios comprende nuestra limitación y admite la posibilidad de rectificación, después de “recapacitar”, dice el texto.

Nuestras actitudes religiosas son incoherentes. Llevamos muchos siglos haciendo una religión de ritos, doctrinas y preceptos. Desde el bautismo decimos: “sí voy”, pero nos quedamos siempre donde estamos. No hay más que ver lo que se entiende por “practicante”, para darse cuenta de que no tiene nada que ver con la vida real. Nos estamos yendo cada vez más por las ramas y alejándonos de la raíz del evangelio.

Se nos llena la boca proclamando pomposamente que somos cristianos, pero hay muchos que, sin serlo, cumplen el evangelio mucho mejor que nosotros. El fariseísmo se ha convertido en moneda corriente entre nosotros, y damos por hecho que basta hablar del evangelio, u oír hablar de él, para tranquilizar nuestra conciencia. Hay un refrán que lo expresa muy bien: “Una cosa es predicar y otra dar trigo”.

En la primera lectura ya se nos dice que ni siquiera los mayores fallos son definitivos. Podemos en cualquier momento rectificar la trayecto­ria equivocada. Los errores cometidos pueden ayudarnos a encontrar el camino verdadero. Somos limitados y tenemos que aceptar esta condición porque es parte de nuestra naturaleza. No podemos pretender, ni para nosotros ni para los demás, la perfección. Cuando exigimos a un ser humano ser pluscuamperfecto, estamos exigiéndole que deje de ser humano.

Solo la experiencia me dice qué es lo que me deteriora como ser humano y qué es lo que me enriquece. Cuando damos por absoluta una norma, nos anclamos en el pasado y nos negamos a progresar. El gran peligro para esta fijación es creer que Dios nos ha dado directamente esa norma. Desde esa perspectiva se siguen cometiendo verdaderas barbaridades en contra del ser humano. El Dios de Jesús nunca puede ir en contra del hombre; las normas que hemos promulgado en su nombre, sí. Entender la religión como verdades, normas y ritos absolutos, es fundamentalismo puro y duro.

También hoy podemos ir un poco más allá de la parábola. Ni siquiera las obras tienen valor absoluto. Las obras pueden ser la manifestación de una actitud vital, pero pueden ser reacciones automáticas desconectadas de nuestro verdadero ser, y conectadas solo al interés egoísta. Los fariseos cumplían escrupulosamente todas las normas, pero lo hacían mecánicamente, sin ninguna sinceridad de corazón. No pierdas el tiempo tratando de situarte en una de las partes. Todos estamos diciendo: “no”, cada tres por cuatro, y todos estamos diciendo: “sí”, con una pasmosa ligereza. La vida es una constante rectificación.

Meditación-contemplación

Si a la primera no somos capaces de decir “sí”,
Dios acepta siempre nuestra rectificación.
Casi siempre acertamos a costa de rectificaciones.
Nadie es capaz de descubrir la meta a la primera.
No deben preocuparme los fallos.
Ser incapaz de rectificar es lo frustrante.

Fray Marcos

Comentario – Domingo XXVI de Tiempo Ordinario

La intención de Jesús al pedir opinión a los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo sobre la respuesta de aquellos hijos al mandato del padre es manifiesta. Vosotros -les viene a decir- sois como el hijo que le dice a su padre: Voy, Señor, pero luego no va. En cambio, hay quienes dijeron: No quiero, pero después se arrepintieron y fueron. Esos son los publicanos y las prostitutas, que os llevan la delantera en el camino del Reino de Dios; y no por ser publicanos y prostitutas, que eso no da ventaja en el camino del Reino, sino por haber creído en el que venía de parte de Dios enseñando el camino de la justicia; éste no era otro que Juan el Bautista.

Lo decisivo en este camino que conduce al Reino es, por tanto, creer en esa justicia (= santidad) que muestra la voluntad de Dios y aplicarse a su cumplimiento. Si antes dijimos que no, plantando cara a esa voluntad y mandato, no importa si somos capaces de rectificar, arrepentirnos y disponernos a hacer lo que Dios quiere. Y para esto no bastan las palabras. Es preciso ir ponerse a trabajar en el trabajo que Dios quiere, pues hace lo que el padre quiere el hijo que va finalmente a trabajar a la viña.

Asumir un trabajo implica incorporarse a un lugar, entrar en relación con unas personas, adquirir unas competencias, contraer unos compromisos, enfrentar las dificultades, hacer uso de las fuerzas disponibles. Para llevar a cabo este encargo no debemos esperar a otro momento o situación más propicios. Aprovechemos el momento (el kairós) para decir sin dilación: Voy, Señor, y vayamos. Si hemos dicho: No quiero, siempre hay posibilidades de rectificar. Si decimos: Quiero, pero me faltan fuerzas, el Señor nos dirá: Me tienes a mí; tienes mis fuerzas; eres perfectamente idóneo para la tarea que te encomiendo. Pero si decimos: Voy, y luego no vamos, estamos defraudando al Señor, no hacemos lo que Él quiere, nos estamos engañando a nosotros mismos y otros nos llevarán la delantera en el camino del Reino de Dios.

En esta viña que es la Iglesia de Cristo hay muchas tareas para las que nuestros sacerdotes nos pueden pedir colaboración. De ordinario este es el cauce por el que Dios nos pide trabajar en su viña. No rehuyamos el compromiso escudándonos en nuestra corta o larga edad, en nuestra falta de preparación, en nuestra escasez de tiempo y de medios, en nuestros complejos o impedimentos emocionales, etc. El amor generoso y gratuito no repara en estos obstáculos. Tampoco nos limitemos a evocar los tiempos gloriosos de nuestra antigua militancia en la acción católica como tiempos ya pasados que sólo pueden aportarnos una estela de nostalgia; es preciso seguir militando en la acción apostólica o misionera con los recursos y los medios de que dispongamos en la actualidad. No hay edad o enfermedad que nos incapacite del todo para este trabajo.

Confiemos en la capacidad de conversión del corazón humano o en la fuerza persuasiva de la gracia de Dios, capaz de transformar los corazones más gélidos o endurecidos. Y cuando os dispongáis a prestar vuestra colaboración, dejad a un lado envidias, ostentaciones y temores. Todos estamos en el mismo barco, todos pertenecemos a la misma familia; la labor convergente de todos redundará en beneficio de la Iglesia entera y en la edificación del Cuerpo de Cristo. Por tanto, colaboración, pero colaboración humilde y desinteresada, buscando el interés de los demás y no el propio, persiguiendo el bien de la Iglesia que es nuestra propia salvación. Si tenemos los sentimientos propios de una vida en Cristo Jesús, todo esto será posible. De momento hemos dicho: Voy, Señor, y hemos venido a su convocación y a su mesa; es preciso que sigamos diciendo: voy, Señor, y vayamos a esos lugares y personas a los que Él nos manda ir. Estemos a su escucha.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

Lumen Gentium – Documentos Concilio Vaticano II

La Bienaventurada Virgen en el ministerio público de Jesús

58. En la vida pública de Jesús aparece reveladoramente su Madre ya desde el principio, cuando en las bodas de Caná de Galilea, movida a misericordia, suscitó con su intercesión el comienzo de los milagros de Jesús Mesías (cf. Jn 2, 1-11). A lo largo de su predicación acogió las palabras con que su Hijo, exaltando el reino por encima de las condiciones y lazos de la carne y de la sangre, proclamó bienaventurados (cf. Mc 3, 35; Lc 11, 27-28) a los que escuchan y guardan la palabra de Dios, como ella lo hacía fielmente (cf. Lc 2, 29 y 51). Así avanzó también la Santísima Virgen en la peregrinación de la fe, y mantuvo fielmente su unión con el Hijo hasta la cruz, junto a la cual, no sin designio divino, se mantuvo erguida (cf. Jn 19, 25), sufriendo profundamente con su Unigénito y asociándose con entrañas de madre a su sacrificio, consintiendo amorosamente en la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado; y, finalmente, fue dada por el mismo Cristo Jesús agonizante en la cruz como madre al discípulo con estas palabras: «Mujer, he ahí a tu hijo» (cf. Jn 19,26-27).

Lectio Divina – Domingo XXVI de Tiempo Ordinario

La parábola de los dos hijos
¡Desobediencia obediente y obediencia desobediente!
Mateo 21,28-32

1. Oración inicial

Señor Jesús, envía tu Espíritu, para que Él nos ayude a leer la Biblia en el mismo modo con el cual Tú la has leído a los discípulos en el camino de Emaús. Con la luz de la Palabra, escrita en la Biblia, Tú les ayudaste a descubrir la presencia de Dios en los acontecimientos dolorosos de tu condena y muerte. Así, la cruz, que parecía ser el final de toda esperanza, apareció para ellos como fuente de vida y resurrección.

Crea en nosotros el silencio para escuchar tu voz en la Creación y en la Escritura, en los acontecimientos y en las personas, sobre todo en los pobres y en los que sufren. Tu palabra nos oriente a fin de que también nosotros, como los discípulos de Emaús, podamos experimentar la fuerza de tu resurrección y testimoniar a los otros que Tú estás vivo en medio de nosotros como fuente de fraternidad, de justicia y de paz. Te lo pedimos a Tí, Jesús, Hijo de María, que nos has revelado al Padre y enviado tu Espíritu. Amén.

2. Lectura

a) Una clave de lectura:

Jesús narra un hecho muy frecuente en la vida de familia. Un hijo dice a su padre: «¡Voy!», pero luego no va. Otro hijo le dice: «¡No voy!», pero luego va. Jesús pide a sus oyentes que presten atención y que den su parecer. Por esto, durante la lectura, prestamos atención para descubrir el punto exacto sobre el cuál quiere Jesús reclamar nuestra atención.

Mateo 21,28-32

b) Una división del texto para ayudar a la lectura:

Mat 21, 28-31ª :
La comparación en sí misma
Mat 21, 31b-32: La aplicación de la comparación

c) El texto:

28-31a: «Pero ¿qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Llegándose al primero, le dijo: `Hijo, vete hoy a trabajar en la viña.’ Y él respondió: `No quiero’, pero después se arrepintió y fue. Llegándose al segundo, le dijo lo mismo. Y él respondió: `Voy, Señor’, y no fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?» -«El primero»- le dicen.
31b-32: Díceles Jesús: «En verdad os digo que los publicanos y las prostitutas llegan antes que vosotros al Reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros por camino de justicia, y no creísteis en él, mientras que los publicanos y las prostitutas creyeron en él. Y vosotros, ni viéndolo, os arrepentisteis después, para creer en él.

3. Un momento de silencio orante

para que la Palabra de Dios pueda entrar en nosotros e iluminar nuestra vida.

4. Algunas preguntas

para ayudarnos en la reflexión personal.

a) ¿Qué punto de esta historia de los dos hijos ha llamado más tu atención?¿Por qué?
b) ¿Quiénes son los oyentes a los que Jesús se dirige? ¿Cuál es el motivo que lo ha llevado a proponer esta parábola?
c) ¿Cuál es el punto central que Jesús subraya en la conducta de los dos hijos?
d) ¿Qué tipo de obediencia recomienda Jesús a través de esta parábola?
e) ¿En qué consiste exactamente la precedencia de las prostitutas y de los publicanos respecto a los sacerdotes y a los ancianos?
f) Y yo ¿dónde me coloco? ¿ Entre las prostitutas o entre los sacerdotes y ancianos?

5. Una clave de lectura

para aquéllos que quieran profundizar más en el tema.

a) El contexto en el cual el evangelio de Mateo conserva estas palabras de Jesús (Mateo: capítulos 18-23):

* El contexto del evangelio de Mateo en el cual se encuentra esta parábola es el de la tensión y el del peligro. Después del Discurso de la Comunidad (Mt 18, 1-35), Jesús se aleja de la Galilea, atraviesa el Jordán e inicia su último viaje hacia Jerusalén (Mt 19,1). Mucho antes Él había dicho que debía andar a Jerusalén para ser apresado y muerto y después resucitar (Mt 16, 21; 17, 22-23). Pues ahora ha llegado el momento de subir hasta la Capital y afrontar la prisión y la muerte (Mt 20, 17-19).

* Habiendo llegado a Jerusalén, Jesús se convierte en motivo de conflicto. Por un lado el pueblo que lo acoge con júbilo (Mt 21, 1-11). Hasta los niños lo acogen cuando, en un gesto profético, expulsa a los vendedores del templo y cura a ciegos y cojos (Mt 21, 12-15) Por el otro lado los sacerdotes y doctores que lo critican. Piden ellos que mande a los niños que cierren su boca (Mt 21, 15-16) La situación es tan tensa, que Jesús debe pasar la noche fuera de la ciudad (Mt 21, 17; cfr Jn 11, 53-54). Mas al día siguiente, muy de mañana, regresa y sobre la calle que lleva al templo maldice a una higuera, símbolo de la ciudad de Jerusalén: árbol sin fruto, sólo con hojas (Mt 21, 18-22). Después entra en el templo y comienza a enseñar al pueblo.

* Mientras está hablando al pueblo llegan las autoridades para discutir con Él y Jesús les hace frente uno por uno (Mt 21, 33; 22, 45): los sumos sacerdotes y los ancianos (Mt 21, 23), los fariseos (Mt 21, 45; 22, 41), los discípulos de los fariseos y de los herodianos (Mt 22, 16), los saduceos (Mt 22, 23), los doctores de la ley (Mt 22, 35). Finalmente Jesús hace una larga y durísima denuncia contra los escribas y fariseos (Mt 23, 1-36) y una breve y trágica acusación contra Jerusalén, la ciudad que no se convierte (Mt 23, 37-39). Es en este contexto cargado de tensión y peligroso, cuando Jesús pronuncia la parábola de los dos hijos que estamos meditando.

b) Comentario de las palabras de Jesús conservadas por Mateo:

Mateo 21, 28-30 Un ejemplo tomado de la vida familiar

* ¿Qué os parece? La pregunta es provocativa. Jesús pide a sus oyentes que presten atención y den una respuesta. En el contexto en el que se encuentra la parábola, los oyentes invitados a decir su opinión son los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo (Mt 21, 23). Son los mismos que, por miedo del pueblo, no han querido responder a la pregunta sobre el origen del bautismo de Juan el Bautista: si venía del cielo o de la tierra (Mt 21, 24-27). Los mismos que después buscarán un modo de apresarlo (Mt 21, 45-46).

* Un hombre tenía dos hijos. Jesús narra el caso de un padre de familia que dice al primer hijo: «Hijo, ve hoy a trabajar en la viña». El joven respondió: «Voy», pero luego no fue. El padre dice la misma cosa al segundo hijo. Este responde: «No voy», pero luego fue. Los oyentes, también ellos padres de familia, debían conocer este hecho por experiencia propia.

* ¿Cuál de los dos hijos ha hecho la voluntad del padre? Aquí Jesús termina la parábola aclarando la pregunta inicial. La respuesta de los sacerdotes y de los ancianos surge rápida: ¡El segundo! La respuesta brota pronto porque se trataba de una situación familiar bien conocida y evidente, vivida por ellos mismos en su propia familia y, muy probablemente, practicada por todos ellos (y también por nosotros) cuando eran jóvenes. Así, en la realidad, la repuesta era un juicio, no sobre los dos hijos de la parábola, sino sobre ellos. Respondiendo el segundo, ellos daban un juicio sobre sus propias conductas. Porque, en el pasado, muchas veces habían dicho al padre: «No voy», pero bajo la presión del ambiente o del remordimiento, terminaban por hacer lo que el padre pedía. En la repuesta ellos se muestran como si fuesen hijos obedientes.

* Ahora, y en esto consiste exactamente la función o «la trampa» de la parábola: llevar a los oyentes a sentirse comprometidos en la historia, para que, usando como criterio la propia experiencia de vida, hagan un juicio de valor frente a la historia narrada en la parábola. Este juicio funcionará enseguida como clave para aplicar la parábola a la realidad. El mismo procedimiento didáctico se verifica en las parábolas de la viña (Mt 21,41-46) y la de los dos deudores (Lc 7, 40-46).

Mateo 21, 31-32: La aplicación de la parábola

* En verdad os digo que las prostitutas y los publicanos os preceden en el Reino de Dios. Usando como clave la respuesta dada por los mismos sacerdotes y ancianos, Jesús aplica la parábola al silencio pecaminoso de sus oyentes de frente al mensaje de Juan Bautista. La respuesta que habían dado se convierte en la sentencia de su misma condena. En línea con esta sentencia los publicanos y las prostitutas son aquéllos, que inicialmente, habían dicho no al padre y que luego habían terminado por hacer la voluntad del padre, porque habían recibido y aceptado el mensaje de Juan Bautista, como proveniente de Dios. Mientras ellos, los sacerdotes y ancianos, son aquéllos, que inicialmente habían dicho  al padre, pero no habían hecho lo que el padre quería, porque no quisieron acptar el mensaje de Juan Bautista, ni siquiera delante de tanta gente que lo aceptaba como mensajero de Dios.

* Así, por medio de la parábola, Jesús lo cambia todo: aquéllos que eran considerados transgresores de la ley y condenados por esto, eran en verdad los que habían obedecido a Dios e intentaban recorrer el camino de la justicia, mientras los que se consideraban obedientes a la ley de Dios, eran en verdad los que desobedecían a Dios.

* El motivo de este juicio tan severo por parte de Jesús está en el hecho de que las autoridades religiosas, sacerdotes y ancianos, no querían creer que Juan Bautista hubiese venido de parte de Dios. Los publicanos y las prostitutas, por el contrario, lo habían creído. Esto significa que para Jesús la mirada contemplativa – o sea, la capacidad de reconocer la presencia activa de Dios en las personas y en las cosas de la vida – no estaba en los sacerdotes y mucho menos en los jefes, sino en las personas despreciadas como pecadores e impuros. Se puede entender por qué estas autoridades decidieron prender y matar a Jesús, de hecho, «oyendo esta parábola entendieron que Jesús hablaba de ellos» (Mt 21, 45-46).

* Quien quisiese aplicar esta parábola hoy, provocaría, probablemente, la misma rabia que Jesús provocó con su conclusión. Hoy sucede lo mismo. Prostitutas, pecadores, pobres, ignorantes, mujeres, niños, laicos, laicas, obreros, indios, negros, presos, homosexuales, enfermos del sida, drogados, divorciados, sacerdotes casados, herejes, ateos, trabajadoras, madres jóvenes, parados, analfabetos, enfermos, es decir, todas las categorías de personas que son por lo general marginadas, como no perteneciente al círculo religioso, estas personas, muchas veces, tienen una mirada más atenta para percibir el camino de la justicia, que la que conseguimos los que vivimos todo el día en la iglesia y formamos parte de la jerarquía religiosa. Por el hecho de que una persona pertenece a una jerarquía religiosa, no por esto posee la mirada pura que permite percibir las cosas de Dios en la vida.

Iluminando las palabras de Jesús

* Una nueva manera de enseñar al pueblo y de hablar de Dios.
Jesús no era una persona que había estudiado (Jn 7, 15). No había frecuentado, como el apóstol Pablo ( Act 23, 3) la escuela superior de Jerusalén. El provenía del interior, de Nazaret, un pequeño pueblo de la Galilea. Ahora, llegando a Jerusalén, sin pedir permiso a las autoridades, este carpintero de Galilea, había comenzado a enseñar al pueblo ¡en la plaza del templo! Decía cosas nuevas. ¡Hablaba de un modo diverso, divino! El pueblo estaba impresionado por el modo de enseñar de Jesús: «Una nueva doctrina. Enseñada con autoridad. Diferente de los escribas» (Mc 1,22-27). Enseñar era lo que más hacía Jesús, era su costumbre. Muchas veces los evangelistas dicen que Jesús enseñaba. Aunque no siempre dicen el contenido de la enseñanza, no es por que no tuviese interés el contenido, sino porque el contenido aparece no sólo en sus palabras, sino en sus gestos y en la misma manera de comportarse con el pueblo. El contenido nunca está desligado de la persona que lo comunica. La bondad y el amor que aparecen en sus gestos y en su manera de estar con los otros son parte del contenido.

* La enseñanza por medio de parábolas
Jesús acostumbraba a enseñar por medio de parábolas. Tenía una capacidad extraordinaria de encontrar comparaciones para explicar las cosas de Dios, que no son tan evidentes, a través de cosas sencillas y evidentes de la vida que el pueblo conocía y experimentaba en su lucha cotidiana por sobrevivir. Esto supone dos cosas: estar dentro de las cosas de la vida y estar dentro de las cosas de Dios, del Reino de Dios.
Por lo general no explica las parábolas, sino que dice: «¡Quien tenga oídos para oír, que oiga!» O sea: «¡Está bien, habéis oído Ahora tratar de entender!». Por ejemplo, el agricultor que escucha la parábola de la semilla, dice: «La simiente arrojada en el terreno, yo sé qué cosa es. Pero Jesús ha dicho que esto tiene que ver con el Reino de Dios. ¿Qué querrá decir?» Y por aquí se puede imaginar las largas discusiones y conversaciones del pueblo. Una vez un obispo preguntó en la comunidad: «Jesús dice que debemos ser como sal ¿Para qué sirve la sal?» Discutieron y al final la comunidad encontró más de diez usos de la sal. De aquí aplicaron todo a la vida de la comunidad y descubrieron que ser sal es difícil y exigente. ¡La parábola funcionó!
En algunas parábolas suceden cosas que por lo regular no suceden en la vida. Por ejemplo, ¿cuándo se ha visto que un pastor de cien ovejas abandone las noventa y nueve para buscar la única que se ha perdido? (Lc 15,4). ¿Cuándo se ha visto que un padre reciba con una fiesta al hijo disoluto, sin decir siquiera una palabra de recriminación? (Lc 15,20-24) ¿Dónde se ha visto que un samaritano sea mejor que un levita o un sacerdote? (Lc 10,29-37) Así, la parábola empuja a pensar. Lleva a la persona a comprometerse en la historia y a reflexionar sobre sí misma a partir de la propia experiencia de vida y confrotarla con Dios. Hace que nuestra experiencia nos lleve a descubrir que Dios está presente en la cotidianidad de nuestra vida. La parábola es una forma participativa de enseñar, de educar. No de una vez, sino por partes. No hace saber, pero nos inclina a descubrir. La parábola cambia los ojos, convierte a la persona en contemplativa, descubridora de la realidad. ¡Aquí está la novedad de la enseñanza de las parábolas de Jesús, a diferencia de los doctores que enseñaban que Dios se manifestaba sólo en la observancia de la ley. Para Jesús, «el Reino de Dios» no es fruto de la observancia. ¡El Reino de Dios está en medio de vosotros! (Lc 17, 21)

6. Salmo 121

La mirada contemplativa descubre la presencia de Dios en la vida

Alzo mis ojos a los montes,
¿de dónde vendrá mi auxilio?
Mi auxilio viene de Yahvé,
que hizo el cielo y la tierra.
¡No deja a tu pie resbalar!
¡No duerme tu guardián!
No duerme ni dormita
el guardián de Israel.
Es tu guardián Yahvé,
Yahvé tu sombra a tu diestra.
De día el sol no te herirá,
tampoco la luna de noche.
Yahvé te guarda del mal,
él guarda tu vida.
Yahvé guarda tus entradas y salidas,
desde ahora para siempre.

7. Oración final

Señor Jesús, te damos gracia por tu Palabra que nos ha hecho ver mejor la voluntad del Padre. Haz que tu Espíritu ilumine nuestras acciones y nos comunique la fuerza para seguir lo que Tu Palabra nos ha hecho ver. Haz que nosotros como María, tu Madre, podamos no sólo escuchar, sino también poner en práctica la Palabra. Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo por todos los siglos de los siglos. Amén

Semana Santa en septiembre

La pandemia ha hecho que este año bastantes niños estén celebrando su Primera Comunión no en el mes de mayo, sino en septiembre. Pero la Iglesia católica no necesita ningún virus para alterar el orden de los hechos. Como el año litúrgico termina dentro de dos meses (el 22 de noviembre) a partir de este domingo nos ponemos en contacto con las últimas enseñanzas de Jesús, durante lo que solemos llamar el Lunes Santo.

Lucha a muerte en el recinto del templo

El día antes, Jesús ha entrado triunfalmente en Jerusalén, ha purificado el templo, expulsando a vendedores de animales y cambistas de monedas, y ha curado en el recinto sacro a cojos y ciegos, unos enfermos a los que les estaba prohibida la entrada en el templo. Es fácil imaginar la indignación de los sacerdotes y de los escribas (representantes de moralistas, canonistas y teólogos). Ese día, domingo de ramos, se limitan a protestar. Al día siguiente, cuando Jesús vuelve a Jerusalén y al templo, todos los grupos con poder religioso y político se irán turnando para ponerlo en aprieto con las preguntas más comprometidas y poder condenarlo.

La primera la formulan los sacerdotes y los senadores (representantes del poder político) pensando en lo ocurrido el día antes: «¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado esa autoridad?». Jesús se encuentra ante una disyuntiva. Si responde: «De Dios», lo pueden acusar de blasfemo. Si dice: «de mí mismo», lo considerarán un loco o un vulgar revolucionario. Evita la respuesta directa y les tiende una trampa. Ya que ellos son los jueces religiosos de Israel, que den su opinión sobre otro personaje famoso: Juan Bautista. «El bautismo de Juan, ¿de dónde venía?, ¿de Dios o de los hombres?». Ellos, viendo el peligro de comprometerse en un sentido o en otro, responden: «No lo sabemos». Y Jesús termina con un escueto: «Pues yo tampoco os digo con qué autoridad hago esto». E inmediatamente pasa al contrataque con la parábola que leemos este domingo: la de los dos hijos (Mt 21,28-32).

Obras son amores, y no buenas razones

La historieta que propone Jesús es tan fácil de entender que sus enemigos caen en la trampa. Un padre y dos hijos. ¿Quién cumple la voluntad del padre? ¿El hijo protestón y maleducado que termina haciendo lo que le piden, o el hijo amable y sonriente que hace lo que le da la gana? La respuesta es fácil: el primero. Lo importante no es decir palabras bonitas; tampoco importa protestar mucho. Lo importante es hacer lo que el padre desea. «Obras son amores, y no buenas razones».

Pero Jesús saca de aquí una consecuencia asombrosa. Es preferible vivir de mala manera, si al final haces lo que Dios quiere, que vivir de forma aparentemente piadosa y negarse a cumplir la voluntad de Dios. Dicho con las palabras hirientes del evangelio: es preferible ser prostituta o ladrón, si al final te conviertes, que pertenecer a cualquier organización o institución religiosa y ser incapaz de convertirse.

¿En qué consiste la conversión? Nueva sorpresa. No se trata de aceptar a Jesús y su mensaje, sino a Juan Bautista, que mostraba el camino de la justicia, de la fidelidad a Dios, como primer paso hacia el evangelio. Con ello, Jesús responde indirectamente a la pregunta que no habían querido responder las autoridades: «¿De dónde procedía el bautismo de Juan, de Dios o de los hombres?». El bautismo de Juan era cosa de Dios, su predicación marcaba el camino recto. Las prostitutas y los recaudadores, representados por el hijo protestón, pero obediente, creyeron en él. Las autoridades religiosas, representadas por el hijo tan amable como falso, no le creyeron.

¿Tirando piedras contra el propio tejado?

Lo curioso de esta interpretación de la parábola es que parece volverse contra Juan y contra Jesús. Los que dan testimonio a su favor son gente indigna de crédito, prostitutas y explotadores; quienes lo rechazan o se abstienen, personalidades religiosas de buena fama, los sacerdotes. Puestos a elegir, ninguna persona piadosa aceptaría la opinión de unos cuantos drogatas y unas pocas prostitutas en contra de lo que decida una Conferencia Episcopal.

Además, el judío piadoso de tiempos de Jesús (como muchos cristianos piadosos de nuestro tiempo) está convencido de que no necesita convertirse. Y si en algo tiene que cambiar, el camino no deben indicárselo personas tan extrañas y discutibles como Juan Bautista, Martin Lutero King, Oscar Romero, Pedro Casaldáliga o el Papa Francisco.

Así adquieren pleno sentido las palabras de Jesús: «Los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del reino de Dios». Para entrar en ese reino hay que abrirse a una nueva forma de vida, aunque suponga un corte drástico y doloroso con la vida anterior. La institución religiosa seguirá firme en sus trece, incluso utilizará el argumento de la parábola para recha­zar a Juan y a Jesús. Pero el Reino se irá incrementando con esas personas indignas de crédito, pero que creen en quien les muestran el camino de una nueva forma de fidelidad a Dios. Esas personas que, como dice el profeta Ezequiel en la primera lectura, son capaces de recapacitar y convertirse.

 

José Luis Sicre

El sincero deseo de ser santos

1.- San Mateo –y también los sinópticos– sitúan, tras la entrada triunfal de Jerusalén una serie de relatos, en forma de parábola, que son alegatos contra el inmovilismo e hipocresía de la religión oficial, representada por los fariseos. Pero es precisamente en el párrafo del evangelio de Mateo que leemos hoy donde la parábola sería puramente accidental y Jesús realiza sus acusaciones a las claras. Qué las prostitutas y los publicanos antecedan a los fariseos en el Reino de los Cielos es una acusación muy fuerte y provocadora. El Señor los comparaba con los pecadores públicos más despreciados y odiados por la sociedad judía de su tiempo. Y es, sin duda, el fenómeno de la hipocresía lo que más despreciables hace a los fariseos, letrados y doctores. Por eso la parábola desciende al ejemplo de dos hijos. Uno, contestará con buenas palabras a su padre y, luego, hará lo que le venga en gana. Otro, se resistirá al principio, pero terminará obedeciendo el mandato paterno. El que dice que va a ir, pero no va, tiene pensado desde el principio su desobediencia. Es un golpe de hipocresía manifiesta. Por el contrario, este que aparece en primer lugar en el relato de Mateo y dice que no irá para recapacitar después y acudir a la viña, tuvo un acto de arrepentimiento muy válido. Su actitud fue sincera en todos los momentos.

La hipocresía es habitual en mucha gente que anda cerca de los temas de religión. Se ha acostumbrado a dar un aspecto de aceptación, pero luego –bajo su sayo– hace lo que quiere. Son aquellos que mantienen una conducta pública aparentemente intachable y luego son verdaderamente malvados. O, simplemente, que simulan una conducta amable dentro del templo, pero luego son verdaderas fieras para con sus hermanos. Y ahí meteríamos el ejemplo del empresario que es cumplidor de los preceptos, ritos y sacramentos y, luego, estafa a sus clientes o no paga lo justo a sus trabajadores. O, también, aquella persona que clama por la justicia social y por la liberación de los oprimidos y en su actividad trabaja mal o roba a su jefe. O, también, aquella mujer de «moral estricta», azote de las prostitutas, pero que no va a dudar en forzar la entrega de su hija a un hombre inadecuado para ella, porque simplemente es rico o poderoso. Puede haber, además, una hipocresía menos culpable. Que alojada en lo más profundo de nuestras conciencias haga despreciar al pecador, al débil, al marginado y ello lleve a ensalzar la propia virtud, creando una barrera infranqueable respecto a esos hermanos necesitados de nuestra ayuda. El consejo de Jesús es actual y necesario. La hipocresía florece, precisamente, entre los que están cerca de la virtud, pero ya no la entienden por rutina o por soberbia.

2.- «Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia, y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no recapacitasteis ni le creísteis.» Estas palabras de Jesús nos deben servir de llamada de alarma para quienes creemos que estamos en el camino de la verdad. Lo más importante del mensaje de Jesús –y, por tanto, de la religión católica– es el amor. La anhelada –y deseable– perfección es una consecuencia de nuestro amor por Dios y por los hermanos. Si falta el amor estamos muy lejos de Cristo. Y ese amor se desvela ante los pequeños, los pobres, los enfermos, los pecadores. Si para reafirmar nuestra bondad pretendemos hundir aún mas a los hermanos con problemas, estamos, sin duda, haciéndole el juego al Mal, al diablo. Hemos, pues, de analizar nuestra vida y la proyección de esta en todos los campos; incluido –¡como no!– el religioso. Es seguro que aquellos que se consideran buenos estarán llenos de faltas, de pecados, de faltas de omisión y de falta de amor. Solo una humildad sincera y la sensación de nuestra enorme pequeñez comparada con la grandeza amorosa de Dios nos hará ver nuestros errores.

3.- Si estamos seguros de que somos buenos y un día nos damos cuenta que somos malos caeremos en una cierta depresión. No importa. Es mejor reconocer nuestros fallos, que proclamar nuestras falsas virtudes. La oración es medicina para todos los males, porque todo lo que pidamos a Dios, en nombre de Nuestro Señor Jesucristo, nos lo va a dar. El Salmo 24 que hemos cantado hoy nos marca un camino concreto de oración. Respondemos todos: «Recuerda, Señor, que tu misericordia es eterna». Todos los versos que hemos oído al lector son materia de oración. Podemos repetirlos como jaculatorias. Los últimos que se han proclamado parecen redactados a la medida de lo que venimos diciendo:

El Señor es bueno y es recto,
y enseña el camino a los pecadores;
hace caminar a los humildes con rectitud,
enseña su camino a los humildes.

Como se revisan periódicamente las posibilidades de marcha y vuelo de un automóvil o de un avión, debemos someter nuestra actuación como cristianos a revisiones profundas y frecuentes. El Tentador ataca donde cree que va a tener éxito y nos puede intentar influir bajo el disfraz de «ángel de luz». Y será precisamente en el contexto del trabajo religioso donde propondrá caminos de pecado. Hemos de insistir mucho en estos términos porque la caída es frecuente.

4.- Pablo de Tarso en su Carta a los Filipenses nos da recetas para conseguir la conducta adecuada. Dice primero: «manteneos unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir.» A su vez explica el procedimiento para conseguirlo: «No obréis por rivalidad ni por ostentación, dejaos guiar por la humildad y considerad siempre superiores a los demás. No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás». Queda claro. Y, en fin, muchos siglos antes que Pablo escribiera a la Iglesia de Filipos, el profeta Ezequiel da la pauta para el arrepentimiento. Dice: «si (el malvado) recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá.» Un eje principal tanto en el Antiguo Testamento, como en la Buena Nueva, es la espera constante de Dios Padre para la conversión de todos sus hijos. La Redención –la bajada de su Hijo Único a la tierra– forma parte de ese deseo divino de perdón, concordia y amor. No debemos olvidarlo.

5.- Y ahora se me permitirá que trace un largo epilogo, muy personal, a la presente homilía. Siempre me ha impresionado –incluso mucho antes de ser creyente—la terrible frase de Jesús sobre la precedencia de prostitutas y pecadores sobre la “gente de bien”. Quiero incidir, además, en el peligro del “fariseísmo íntimo” que se sitúa en nuestros corazones y destruirnos. Quiero dar una vuelta de tuerca más y referirnos a lo más íntimo, a lo que yace en lo más profundo de nuestro ser. Todos somos más malos que buenos, porque todos somos pecadores. Cada uno tiene encima de si un tipo de falta o de fallo que está presente en su ser intimo año tras año. Para algunos es la cuestión de la limpieza de corazón, de la dificultad de tener mirada limpia ante lo que les rodea. Para otros será la pereza o una cierta tendencia a la vagancia compulsiva lo que les tenga “muy rotos” y además sin saberlo.

Pero la soberbia generará un exceso de valoración personal que nos hará sentirnos los “mejores del mundo”. Y, tal vez, haya hechos objetivos que indiquen la importancia de nuestras obras. Pero, cuánto más hagamos, más deberemos de pensar que nada somos y que es la mano de Dios la que soporta nuestro buen trabajo. Si, comenzamos a mirar “cara a cara” al Señor para decirle: “Mira que yo voy muy bien y tu me lo debes agradecer, que yo no soy como ese tipo de ahí abajo que no hace nada y lo que hace es muy malo y muy sucio”. Ese día tenemos que caer cara en tierra y pedir perdón y ayuda. Y tras acudir a Dios, acercarnos al hermano que hemos considerado menos que nosotros, pero decírselo y pedirle perdón. La vigilancia ahí debe ser total.

Solo puede acometerse la vida religiosa –la vida de adoración a Dios en compañía de los hermanos—desde la vertiente de la humildad, del reconocimiento de que no somos nada y que lo poco que somos sólo es obra de Dios. Por eso hemos de tener muy afinado nuestro interior para descubrir recovecos de soberbia o de superioridad personal inexistente. Está claro que el Señor nos ayudará. Poner todas las cosas en sus manos tiene el premio inmediato de no sentirse abandonados y luces suficientes para descubrir objetivamente nuestras limitaciones.

Y en fin, los textos sagrados de este 26 Domingo del Tiempo Ordinario nos marcan el camino con maestría y oportunidad. Debemos reflexionar con esos mensajes que nos da la escritura y no aceptar que la soberbia quiebre nuestro camino de Amor a Dios y a los hermanos.

Ángel Gómez Escorial

Lo que cuenta es el final

Hace unas semanas saltó la noticia de que el Rey emérito dejaba España mientras duraba la investigación acerca de unas presuntas irregularidades en temas económicos. Aunque en éste y otros casos habría que mantener siempre la presunción de inocencia hasta que el tribunal competente se pronuncie, muchas personas “dictaron sentencia condenatoria” y hubo una gran cantidad de comentarios negativos hacia su persona, sin tener en cuenta su contribución positiva como Jefe del Estado. Como dijeron algunos, ha sido un mal final para una buena trayectoria.

Manteniendo la diferencia entre hechos delictivos y actuaciones morales, esta reacción se repite muchas veces, no sólo con personajes públicos de todos los ámbitos sino también con nuestro círculo más cercano: alguien a quien consideramos “buena persona”, en un momento dado hace algo que nos provoca escándalo, y todo lo anterior queda “olvidado” o, como mínimo, muy disminuido frente a lo que ahora ha hecho. En cambio, cuando alguien ha llevado “mala vida” pero cambia de rumbo nos provoca admiración y ya no tenemos tan en cuenta lo que hizo anteriormente, sino que valoramos mucho más su trayectoria actual.

Si nos guiáramos por una idea de estricta “justicia”, no tendríamos que reaccionar así: habría que poner en una balanza lo positivo y lo negativo que ha hecho una persona, ver de qué lado se inclina y así podríamos “dictar sentencia”; de lo contrario, estaríamos siendo “injustos”. Pero no es así como solemos actuar las personas, porque tampoco es ése el proceder de Dios, como hemos escuchado en la 1ª lectura: cuando el justo se aparta de su justicia… muere por la maldad que cometió. Y cuando el malvado se convierte… él mismo salva su vida.

Con estas palabras, el Señor nos está recordando dos cosas: por una parte, que Él nos ha creado libres para que podamos elegir entre hacer el bien o no hacerlo, y cada uno somos responsables de nuestra decisión y sus consecuencias. Pero por otra parte, y esto es lo más importante, Dios quiere nuestra salvación y siempre va a dar prioridad a nuestra conversión antes que a nuestros actos pasados: si recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá. Porque como decíamos hace dos domingos, Dios perdona “hasta setenta veces siete”, es decir, siempre.

La Palabra de Dios en este domingo nos invita a recapacitar acerca de nuestras decisiones y nuestros actos para ver si estamos siguiendo el camino del Evangelio o nos estamos apartando de Él, porque la vida cristiana es un caminar hacia el Reino de Dios pero, si en un momento dado decidimos cambiar el rumbo, nunca llegaremos a nuestro destino. Y lo que cuenta es el final.

Y es cierto que en ese caminar hacia el Reino nadie sigue una trayectoria recta, todos tenemos altibajos y en ocasiones, incluso en etapas de nuestra vida, cambiamos de dirección. Pero siempre podremos volver a retomar el rumbo, como nos ha recordado Jesús en el Evangelio, con la parábola de los dos hijos, poniéndonos como ejemplo al primero de los hijos: contestó «no quiero», pero después se arrepintió y fue. A todos nos sale en determinados momentos decirle a Dios “no quiero”, pero Dios siempre nos va a dar oportunidad para nuestro arrepentimiento y su perdón. Y esto es lo que al final va a contar: haber hecho lo que Dios quiere y nos pide, y no aparentar ser “buenos”, como el segundo hijo, pero en realidad no queremos cumplir lo que Dios nos pide.

A la hora de valorar a las personas, ¿me guío por un criterio de “justicia”, sopesando lo positivo y lo negativo? Cuando alguien hace algo malo, ¿olvido lo bueno que ha hecho anteriormente? Y cuando alguien enmienda su vida, ¿lo reconozco, o sigo recordando lo malo que hizo? ¿Soy consciente de mi libertad para elegir entre el bien y el mal, de mi responsabilidad y de las consecuencias de mis decisiones? ¿En qué ocasiones me he comportado con Dios como el segundo hijo, y en qué ocasiones le he dicho: “No quiero”, pero después me he arrepentido?
Para Dios, lo que cuenta es el final. Él quiere que todos vivamos con Él en su Reino, pero nos deja libres para decidir, y siempre nos va a dar oportunidad para que recapacitemos, nos arrepintamos y recibamos su perdón y, como el primer hijo, podamos cumplir lo que Él quiere.

Comentario al evangelio – Domingo XXVI de Tiempo Ordinario

¿VOY O NO VOY A «MI» VIÑA?


     Pongamos el contexto a la escena del Evangelio de hoy, imprescindible para entenderla correctamente.

Jesús se encuentra en Jerusalem, en los últimos días de su vida. Lo primero que Jesús ha hecho, según la versión del Evangelio, después de entrar por última vez en la ciudad, ha sido expulsar del Templo a los vendedores y cambistas (Mt 21, 12-13), manifestando así desacuerdo y enfrentamiento con las autoridades religiosas, que buscarán la forma de acabar con él. En este contexto es donde Jesús cuenta la parábola.

      ¿Por qué ese conflicto de las autoridades del Templo con Jesús?

Jesús ha presentado con claridad y radicalidad un rostro de Dios que es Padre bueno y misericordioso, que muestra su preferencia y cuidado por los «enfermos», los pobres, pecadores y marginados… Un Dios que pone a las personas por encima de las normas y tradiciones, y cuyas entrañas se conmueven ante los muchos abandonados como ovejas sin pastor (ellos, que son teóricamente sus pastores), un Dios de vida y amor.

     Por su parte los sacerdotes y dirigentes piensan y actúan desde un Dios del Templo y de los sacrificios, un Dios que pone montones de condiciones para ganarse su favor, que fundamenta las divisiones y exclusiones, que justifica las marginaciones: el pecador, el leproso, el extranjero, los buenos y los malos, los creyentes y los no creyentes… Es un Dios que excluye y rechaza a unos (de los que las autoridades del Templo pasan a tope) y que lo ordena y regula todo milimétricamente, con ellos como mediadores absolutos.

      No pensemos que esto son cosas del ayer remoto, de hace 21 siglos… También hoy, dentro de nuestra Iglesia, aparecen personajes muy similares, con autoridad, que se escandalizan y tachan de hereje a un Papa que se sale de «lo de siempre», y que parece que se salta las sagradas tradiciones y enseñanzas de siempre,  que parece muy comprensivo y cercano con comportamientos tradicionalmente inmorales… Y hay un número  de cristianos que recuerdan con añoranza a Papas anteriores, a quienes consideran con mayor autoridad moral… sobre todo porque se sentían confirmados en sus opiniones y fastidiados o desconcertados por las del actual. 

    Dejando esto a un lado, este Evangelio nos invita (como el domingo anterior) a preguntarnos cuál es nuestra imagen o idea, o rostro de Dios. El real, el que se descubre detrás de nuestras opciones y acciones, ¿coincide con el que nos presentó Jesús?

     Repetir en nuestras celebraciones que «creemos en un solo Dios Padre…» tiene poco valor si nuestra «creencia» no va acompañada de un determinado estilo de vida. Según las encuestas, muchos españoles que se reconocen católicos, al mismo tiempo se declaran abiertamente en contra de los inmigrantes,  cuando son pobres (= «aporofobia», según Adela Cortina). Un solo Dios y Padre no puede estar muy contento con nuestras fronteras y divisiones. Recordemos que hoy es la 106 Jornada Mundial del migrante y del refugiado.

Ha escrito el Papa para este día:

«La pandemia nos ha recordado cuán esencial es la corresponsabilidad y que sólo con la colaboración de todos —incluso de las categorías a menudo subestimadas— es posible encarar la crisis. Debemos «motivar espacios donde todos puedan sentirse convocados y permitir nuevas formas de hospitalidad, de fraternidad y de solidaridad»

      Tampoco es aceptable la agresividad con que se expresan algunos hermanos por cuestiones políticas o de cualquier otra índole. No pretendo dar ni quitar razones a nadie, ni organizar aquí un debate. Pero sí tengo que decir que «el tono», actitud y lenguaje con el que muchos expresan sus posturas está bastante lejos del espíritu fraterno y evangélico: no tienden puentes, no tratan con respeto, no ofrecen alternativas… sino que más bien abren heridas, buscan culpables, y provocan divisiones y enfrentamientos… incluso con los más cercanos. Así entiendo las palabras de san Pablo: «No obréis por rivalidad ni por ostentación, considerando por la humildad a los demás superiores a vosotros. No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás«. Bueno será revisarse en este punto.

     La parábola de hoy presenta a un «hijo» que desobedece rotundamente a su padre, no le reconoce su autoridad, se siente con el derecho de no hacerle caso. El otro, en cambio, parece todo un modelo: «Sí, padre, lo que tú digas, padre, enseguida...». Pero «¿cuál de los dos hizo lo que quería el padre?».

    Aquí es donde se juega lo importante. A lo mejor el desobediente termina por ir a la viña no por la autoridad de su padre, sino por convencimiento: la viña es de su padre, como también lo es suya. Hay que cuidarla, trabajarla, porque si no será también su propia ruina. Puede que sea un insolente, un maleducado y un chulo,… pero le preocupa la viña y se ocupa de ella. 

     El otro, en cambio, cuida mucho las apariencias, se muestra disponible, contesta como debe ser, pero se engaña sobre todo a sí mismo. Es un hipócrita. Las palabras, las proclamaciones de obediencia, las supuestas creencias, y el sentimiento de familia se quedan en nada. No ha descubierto que la viña también es suya.

    Es más probable que nos reconozcamos en el segundo hijo. A menudo se nos va la fuerza por la boca. Nos cargamos de buenas intenciones, y nos declaramos dispuestos a colaborar en muchas cosas… y luego los hechos desmienten nuestras palabras. Se firman declaraciones y derechos y compromisos en favor de la justicia, del reparto de ayudas, de la acogida de inmigrantes, de desarme, de… ¡Papel mojado!, y pocas veces reclamamos a quienes los firmaron tan solemnemente, poniendo «cara de foto». Se llama «falta de coherencia». Esto daña mucho nuestra credibilidad. No se trata de que seamos perfectos, porque somos criaturas frágiles, y nos equivocamos, nos despreocupamos, nos vencen los miedos… Pero sí se trata de lo que San Pablo nos pedía hoy: «No obréis por rivalidad ni por ostentación, no os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás, y  dadme esta gran alegría: manteneos unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir».

Si Jesús echaba mano hoy de una parábola, invitando a revisar posturas, quiero terminar yo con una anécdota de Mahatma Gandhi:

En la India había hubo una mujer cuyo hijo menor era diabético, y no sólo era un goloso tremendo del azúcar, sino también un admirador de Gandhi. Aquella madre decidió buscar la sabiduría de Gandhi, y tomó un tren con su hijo para encontrarle. Cuando llegaron, tuvieron que esperar bastantes horas hasta que les dieron permiso para hablar con él. Una vez que la madre hubo explicado la historia, Gandhi le respondió: 

– “Por favor vuelve en 15 días.”

Pasado el plazo, volvieron de nuevo donde estaba Gandhi, esperando su consejo. Esta vez Gandhi se puso de pie, tomó al niño por los hombros, y dijo: 

– “Hijo mío, debes parar de comer azúcar.” 

La madre estaba furiosa. 

– “Con todo respeto, hemos hecho un largo viaje para buscar tu consejo, ¿y esto es todo lo que tienes que decirnos?”

A lo que Gandhi respondió:  – “Señora, no podía pedirle a su hijo que hiciera algo que yo mismo no podía hacer. Hasta ayer no había sido capaz de apartar por completo el azúcar de mi propia dieta.”

         Las palabras y los hechos. Nuestra coherencia. Fraternidad universal, creemos en un solo Dios y Padre,  instrumentos de paz, compromiso con la justicia. Quitemos por fin el azúcar de nuestra dieta. El mundo será mucho más sano. Porque la viña es de Dios… pero también es nuestra. ¿Vas o no vas?

Enrique Martínez de la Lama-Noriega, cmf

Imagen de José María Morillo